Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 2, Sección 5

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Ejemplos de los frutos conseguidos en los Ejercicios de Francia

El primer testimonio que presentaremos aquí será del mismo Sr. Vicente en una carta que escribió a un sacerdote de su Compañía que estaba en Roma, el año 1633. En ella le habla, de la abundancia de su corazón, de las bendiciones que Dios estaba derramando sobre los Ejercicios de Ordenandos desde el comienzo

«Es preciso que sepa —le dice— lo que creo que no le he escrito todavía: que la bondad de Dios se ha complacido en dar una bendición muy especial e inimaginable a los Ejercicios de nuestros Ordenandos. Ha sido tan grande que todos los que han pasado por ellos, o la mayoría, llevan una vida como la que corresponde a los buenos y perfectos eclesiásticos. Hay incluso algunos, que son importantes por su nacimiento o por otras cualidades que Dios ha puesto en ellos, que viven en sus casas tan reglados como vivimos nosotros, y son tanto o más interiores que muchos de nosotros, al menos, que yo mismo. Tienen su tiempo reglado, hacen oración mental, celebran la santa misa, hacen los exámenes de conciencia todos los días como nosotros. Se dedican a visitar hospitales y cárceles, donde dan catecismo, predican, confiesan, así como también en los colegios, con bendiciones muy especiales de Dios. Entre otros muchos, hay doce o quince en París que viven de este modo y que son personas de condición, lo cual empieza a ser conocido por el público. Estos días pasados, uno de ellos, hablando del género de vida que llevan los que habían pasado con él por los Ejercicios de los Ordenandos propuso un pensamiento que había tenido de juntarlos a todos en una especie de asamblea o de compañía, y se ha llevado a cabo con una particular satisfacción de todos los demás. Y la finalidad de esta reunión es la de dedicarse a su propia perfección, a idear medios para que Dios no sea ofendido, sino conocido y servido en todas las familias, y procurar su gloria en las personas eclesiásticas y entre los pobres, y esto, bajo la dirección de una persona de aquí, en donde han de reunirse cada ocho días. Y como Dios ha bendecido los Retiros que muchos párrocos de esta diócesis han hecho aquí, estos señores han querido hacer lo mismo y han empezado ya. Hay motivos para esperar grandes bienes de todo esto, si quiere Nuestro Señor dar su bendición a su obra, que yo recomiendo especialmente a las oraciones de usted».

Esos fueron los primeros frutos de los Ejercicios de Ordenandos, que el Sr. Vicente tuvo el consuelo de recoger de los primeros servicios que les prestó, y que tuvieron consecuencias tan provechosas para la Iglesia, a saber, que estos Ejercicios han continuado desde entonces no solamente en París, sino también en otras diócesis, tanto de Francia como de Italia; y hasta de Roma, donde hay sacerdotes de la Congregación de la Misión, que, animados por el espíritu de su santo Fundador e institutor y formados por su mano, trabajan con la misma bendición en procurar que la Iglesia se llene de buenos sacerdotes; y eso mismo se ha extendido también por muchos lugares, en los que los Sacerdotes de la Misión no se han establecido todavía, y donde los Sres. Prelados han hecho dar los Ejercicios de Ordenación, a ejemplo y siguiendo el modelo de los que el Sr. Vicente comenzó y que los suyos continúan en todos los sitios donde trabajan

Añadiremos al testimonio del Sr. Vicente el de algunos eclesiásticos. Don Enrique Luis Chastaigner de la RocheOizay, obispo de Poitiers, había mandado a sus Ordenandos a Richelieu. Allí los Sacerdotes de la Misión les dieron los mismos Ejercicios que en París. El superior de Richelieu escribió sobre ello al Sr. Vicente en el mes de junio de 1649 en estos términos:

«Tenemos —dice— solamente cuarenta y tres Ordenandos, cuya modestia empieza a producir una maravillosa edificación, de forma que el pueblo que los ve en el oficio divino no puede contener las lágrimas de ternura al ver el orden, la decencia, la devoción con que asisten a él; en esa buena gente le parece que está viendo no a unos hombres, sino a los ángeles del cielo. ¡Sólo a Dios sea dada la gloria, y al Sr. Cardenal de Richelieu, que nos ha establecido aquí, el mérito y la recompensa! ¡Para nosotros es la vergüenza y la confusión ante las potestades celestiales y terrenales, por haber sido empleados en tan alto ministerio!».

En el mes de diciembre del año siguiente, 1643, el Sr. Vicente recibió una carta del Sr. de Angulema. En ella, entre otras consideraciones para moverlo a consentir a que fundara su Congregación en la diócesis, le presenta la bendición que Dios había concedido a los Ejercicios de Ordenandos, que ellos habían comenzado allí el mismo mes. Dicha bendición —decía— había sido tan grande, que no había nadie en la ciudad de Angulema que no alabara por eso y bendijera el santo Nombre de Dios, y que no deseara la continuación de un bien tan grande

El mismo año, 1643, Don Leonor d’Étampes, arzobispo de Reims, como deseaba que el Sr. Vicente le enviara algunos de sus sacerdotes para dar los mismos Ejercicios en las primeras Ordenaciones que iba a tener en la diócesis, en la que había sido entronizado hacía poco, le escribió después en estos términos:

«No podré nunca agradecerle bastante el favor que me ha concedido al enviarme a sus misioneros para hacer que mis Ordenandos hagan Ejercicios. Le aseguro que tenían mucha necesidad de ellos, y que no podían ir a ningún sitio en que tanto los necesitaran. Ellos mismos le contarán los grandes frutos que han conseguido».

El mismo año, 1643, luego de dar comienzo los Sacerdotes de la Misión a los Ejercicios de Ordenandos en la ciudad de Noyon, los eclesiásticos de la Conferencia de esa misma ciudad escribieron al Sr. Vicente en estos términos:

«Si las acciones de gracias tienen que corresponder a la grandeza de los beneficios recibidos, esta Compañía no tiene más remedio que quedarse corta en la obligación que ha contraído con usted por la especial edificación que ha recibido de sus sacerdotes en la orientación y en la instrucción de los Ordenandos. Hace mucho tiempo que deseábamos esta bendición de Dios que nos ha vendido por medio de usted; pero ahora que la Compañía ha experimentado sus beneficiosos efectos, los aprecia y los quiere hasta tal punto que le faltan palabras para expresarle sus sentimientos».

Y un virtuosísimo eclesiástico de esa misma Conferencia en una carta particular que escribió al Sr. Vicente acerca de ese tema:

«Me gustaría —le dice— encontrar unos términos que fueran capaces de expresar el consuelo y la edificación que han recibido no sólo los Ordenandos, si no también los Sres. de la Conferencia por las charlas que nos ha dado el Sr. N. de su Compañía. De tal manera ha conmovido los corazones, que esos señores no sabrían dejar de hablar de él. Y entre los Ordenandos hay varios, que, disgustados porque se les obliga a hacer Ejercicios, se habían propuesto antes de empezarlos no hacer confesión general, y otros, no hacerla con los sacerdotes de ustedes. Pero después de haber escuchado las charlas, han cambiado tanto, que han manifestado y declarado abiertamente en presencia de otros sus malas intenciones y, como consecuencia, la resolución contraria que habían tomado de hacer confesión general, e incluso hacerla con los sacerdotes misioneros. Todos lo decían derramando lágrimas, tanto los había impresionado. Le doy infinitas gracias por su gran caridad para con nosotros, tanto de mi parte, como de la de los señores, que me han encargado escribirle para manifestarle la satisfacción que han recibido».

El mes de mayo del año 1644, el Sr. Vicente había enviado dos sacerdotes de su Congregación a Chartres con el propósito de llevar a cabo los Ejercicios, que Don Santiago Lescot, que era entonces obispo, quería que se dieran a sus Ordenandos. Trabajaban con tanta bendición, que el gran prelado se lo agradeció en una carta en estos términos:

(154) «Los dos misioneros que usted me ha hecho el honor de enviarme para los órdenes de Pentecostés, son sacerdotes muy honestos, prudentes, preparados, cuidadosos y llenos de celo. Por eso han conseguido, gracias a Dios, mucho fruto, por lo que yo me siento sumamente agradecido a usted con toda mi diócesis, a la que encuentro tan inclinada hacia el bien; pero estamos necesitados de la asistencia que espero de su caridad, que es general y tan grande que no se la niega usted a nadie» El mes de marzo de 1645, el Sr. Obispo de Saintes, al escribir al Sr. Vicente para agradecerle por los sacerdotes de su Congregación que le había enviado para los mismos Ejercicios

«Nuestros Ordenandos —le dice— siguen adelante con una maravillosa bendición de Dios. Tienen ahora tanta prisa para que los recibamos en estos Ejercicios, como dificultad habían tenido antes cada uno de ellos para hacerles entrar en ellos».

Se necesitarían volúmenes enteros si se quisiera contar al detalle todos los buenos efectos que han producido los Ejercicios en todos los sitios donde han estado en uso, y todas las gracias y bendiciones que han recibido los que no les han puesto algún impedimento, bendiciones que han aparecido al exterior después de su Ordenación con el cambio de vida y con la práctica de todas las virtudes eclesiásticas. Nos bastará con decir que han sido de tal manera aprobados y experimentados por los prelados del Reino, que le ha sido imposible al Sr. Vicente, por falta de Obreros, satisfacer a todos los que se los han solicitado para trabajar en los Ejercicios en sus diócesis; y que una aprobación tan general de esa obra buena es una señal evidente de su excelencia y de su utilidad.

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