Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 2, Sección 3

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Resumen de lo que se hace en los Ejercicios y de los Reglamentos observados en ellos

Quienes desean recibir los Ordenes vienen a la casa de los Sacerdotes de la Misión diez días antes del sábado en el que van a ser ordenados.

Cuando llegan se les anotan los nombres, calidad, grados, etc. Algunas personas de la casa están ya dispuestas para recibir y coger sus bultos, llevarlos a sus habitaciones y demás sitios, servirlos, animarlos, explicarles el orden de las diversas prácticas o actos del día; como también para procurar que se guarde el orden prescrito, y para recomendarles recogimiento, silencio, modestia y exactitud en todo lo que vayan a hacer; en fin, para ayudarles a sacar provecho de los Ejercicios y a prepararse dignamente a la recepción de los Ordenes. Hay un director de la Ordenación, que tiene la supervisión sobre todos los oficiales que están dedicados a eso y sobre todos los Ordenandos. Viene a ser como el jefe que dirige la Obra para que todo se desarrolle con el mismo espíritu.

Todos los días se dan dos charlas diferentes a los Ordenandos: la primera se tiene por la mañana, sobre los principales capítulos de la teología moral y de las cosas prácticas, cuyo conocimiento es más necesario a los Eclesiásticos. La otra charla se tiene por las tardes, sobre las virtudes, cualidades y funciones propias de los que están ya en los sagrados Órdenes.

Se tienen diez de cada una de esas charlas. Por lo que toca a las mañanas, versan sobre teología moral he aquí el orden que se sigue:

El primer día les hablan de las Censuras de la Iglesia en general.

En el segundo les hablan de las Censuras en particular, a saber, de la excomunión, de la suspensión y del entredicho, a las que se añade la irregularidad.

En el tercero, del sacramento de la Penitencia, de su institución, de su forma, de sus efectos, de las condiciones necesarias al confesor para administrarla bien.

En el cuarto, de las disposiciones para el sacramento de la Penitencia, a saber, de la contricción, de la confesión y de la satisfacción, como también de las indulgencias.

En el quinto, de las leyes divinas y humanas y de los pecados en general, y se explica su división, las circunstancias, las especies, las causas, los efectos, los grados y los remedios

En el sexto se trata de los tres primeros mandamientos del decálogo, que se refieren a las obligaciones del hombre para con Dios, y en particular se habla de las tres virtudes teologales y de la virtud de la religión y de sus actos.

En el séptimo se les explica los otros siete mandamientos de Dios relacionados con el prójimo.

En el octavo se les habla de los sacramentos en general, de la Confirmación y de la Eucaristía como sacramento.

En el noveno se trata de la Eucaristía como sacrificio, de la Extremaunción y del Matrimonio.

En el décimo se explica el símbolo de los apóstoles, declarando en cada artículo lo que un sacerdote debe saber de ellos, con los consejos necesarios para enseñarlos útilmente a otros.

En cuanto a las charlas de la tarde, he aquí el orden que se observa:

El primer día se habla de la oración mental, y se les hace ver en primer lugar las razones por las que los eclesiásticos deben darse a ella. Después se les enseña en qué consiste, y el método que se debe observar, con los medios para hacerla bien. La primera charla empieza con este tema, porque durante los Ejercicios se les invita a dedicar todos los días algún rato a esa clase de oración.

En el segundo se trata de la vocación al estado eclesiástico, y se les hace ver cuánto importa ser llamado por Dios antes de presentarse a los Ordenes; en qué consiste esa vocación y cuáles son sus señales, con los medios para reconocerla y corresponder a ella.

En el tercero se habla del espíritu eclesiástico y se les enseña la obligación de entrar en ese espíritu: en qué consiste, las señales y medios para adquirirlo y perfeccionarse en él.

En el cuarto se trata de los Ordenes en general, de su institución, necesidad, materia, forma, efectos, diferencias y disposiciones exigidas para recibirlos bien.

En el quinto se habla de la tonsura clerical, y se les explica la doctrina de esa ceremonia, las obligaciones que contrae el que la recibe, las cualidades que debe tener, las disposiciones que debe llevar, y se responde a varias dificultades y objeciones acerca de esa materia.

En el sexto les hablan de los Ordenes menores en particular, se explica su definición, materia, forma, funciones y virtudes requeridas en los que los han recibido para ejercerlos bien.

En el séptimo les hablan del subdiaconado y de las virtudes que son propias de ese Orden y particularmente de la castidad.

En el octavo, del diaconado y de las virtudes propias de los diáconos, particularmente de la caridad para con el prójimo.

En el noveno, del sacerdocio, y se les habla particularmente de la ciencia necesaria a los sacerdotes para desempeñar dignamente las funciones de su Orden.

Finalmente, en el décimo se da una charla sobre la vida eclesiástica; en ella se hace ver que los que han recibido los sagrados Ordenes deben llevar una vida mucho más santa que la de los seglares, y les proponen varios medios para ayudarles a llevar una vida santa.

Todos los días, inmediatamente después de cada charla, se reúnen los Ordenandos por academias. Cada una de ellas está compuesta por doce o quince personas, más o menos. Y ponen juntos a los que se les ve con una capacidad más o menos parecida para que dialoguen entre ellos, y con un Sacerdote de la Misión presente en cada una de las academias, sobre lo que se ha dicho de más importante, para que lo recuerden y su fruto permanezca.

Todos los días les hacen dedicarse a la oración mental durante media hora, más o menos, e inmediatamente se les reúne por academias para dialogar sobre ella, y para enseñar a los que todavía no tienen practica la forma de hacerla bien, cómo deben hacer las consideraciones, excitar los afectos y sacar resoluciones prácticas.

Se les ejercita todos los días en las funciones de los Ordenes que deben recibir, principalmente en las ceremonias de la santa misa, tanto de la rezada como de la solemne.

Les hacen recitar el oficio divino juntos y observar bien las pausas y mediaciones.

Les preparan sobre todo a hacer una buena confesión general de toda su vida, si es que no la han hecho nunca; o cuando menos, desde la última confesión general, si han hecho alguna. Y por esa razón, en las charlas de teología moral se trata en primer lugar de las materias, cuyo conocimiento es especialmente necesario a tal efecto. El día siguiente de su confesión, que es el jueves, comulgan todos en la misa cantada.

Les dan siete horas y media de descanso por la noche, y durante el día, dos horas de conversación santa y decente, a saber, una después de cada comida. Durante ésta se les hace lectura de la Sagrada Escritura y del libro sobre la dignidad y santidad de los sacerdotes, de Molina, el cartujo.

En una palabra, se les pone un plan de vida reglada, ni demasiado libre, ni demasiado austera, sino conveniente para los eclesiásticos, para que se acomoden a ella lo más que puedan.

El domingo, después de la Ordenación, vuelven a sus casas, después de haber asistido a la misa mayor y comulgado en acción de gracias por su Ordenación.

He ahí en resumen la distribución de los Ejercicios de Ordenación que fueron comenzados, continuados y organizados por el Sr. Vicente, e inmediatamente difundidos en la Iglesia por él y por los suyos.

Deseaba mucho, y recomendaba solícitamente a los que daban las charlas de la Ordenación, que siguieran las Memorias que se les daban a tal efecto; en ellas estaban las materias ya digeridas, sabiendo, como sabía, que no podían tratar cosas más necesarias ni más provechosas a los Ordenandos, ni tampoco con un orden más conveniente para el fin de los Ejercicios. Felicitaba efusivamente a nuestros señores los obispos, cuando daban las charlas, si en ellas procedían como los padres con sus hijos, alimentándolos con la doctrina más sólida e infundiéndoles la vida y las obras del espíritu de Dios, de forma apostólica. «La sencillez —decía a los suyos— edifica a los Ordenandos; se felicitan por ello, y vienen a buscar sólo eso; las verdades que les enseñan, las reciben bajo esa capa, tienen más eficacia con ese adorno natural».Y un día, como alguno diera sus charlas con un espíritu que no era de la Misión, el Sr. Vicente se puso de rodillas ante él, y le rogó insistentemente que usara un estilo más sencillo y más devoto.

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