Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 2, Sección 2

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
Tiempo de lectura estimado:

Cómo comenzaron los Ejercicios de Ordenandos

Hemos visto en el primer libro de qué modo empezaron estos Ejercicios tan importantes en Beauvais, allí donde el Sr.Vicente los organizó por primera vez el mes de septiembre del año 1628, siguiendo las órdenes de Don Agustín Potier, que era entonces el obispo. Y consiguió tal éxito, que no sólo los mandó continuar en adelante el virtuoso prelado, con cuya ayuda los había comenzado tan bien para provecho de su clero, sino que incluso un gran número de prelados, tanto de este Reino, como de diferentes Provincias extranjeras introdujeron después el uso en sus diócesis con grandísimos frutos.

Y en primer lugar, Monseñor Juan Francisco de Gondi, arzobispo de París, quien, cuando supo lo que el Sr. Vicente había realizado en Beauvais, decidió que los hiciera practicar lo mismo también en París, pues había conocido en él desde hacía tiempo grandes dones de Dios, para trabajar muy útilmente en el bien de la Iglesia. A tal fin, le envió los Ordenandos de su diócesis, al comenzar la cuaresma del año 1631, y el caritativo sacerdote los acogió en el Colegio de BonsEnfants, donde residía su Compañía recién nacida; con la cual trabajó con tanto éxito en los Ejercicios, que aquella fuentecilla ha vertido sus arroyuelos por todos los lados para fertilizar el campo de la Iglesia. Porque en París, varios prelados y otros virtuosos eclesiásticos empezaron a conocer el valor y la utilidad de los Ejercicios de Ordenandos, y eso le indujo a practicarlos en diferentes sitios. He aquí lo que el Sr. Vicente escribió dos años más tarde:

«El Sr. Arzobispo, de acuerdo con la antigua costumbre de la Iglesia, según la cual los obispos hacían instruir en sus propias casas durante varios días a los que querían ser promovidos a los Ordenes, ha decretado que de aquí en adelante los que, siendo de su diócesis, quieran ordenarse, se retiren diez días antes de cada uno de los Ordenes a la casa de los Sacerdotes de la Misión para hacer allí un Retiro espiritual, ejercitarse en la meditación tan necesaria para los eclesiásticos, hacer una confesión general de toda su vida pasada, repasar la teología moral, y, especialmente, la que se refiere al uso de los sacramentos, aprender a hacer bien las ceremonias de todas las funciones de los Ordenes, y en fin, instruirse en todas las cosas necesarias para los eclesiásticos. Durante todo ese tiempo se alojan y alimentan allí, y suele resultar un fruto tan grande, por la gracia de Dios, que se ha visto que todos los que han hecho esos Ejercicios llevan en adelante una vida verdaderamente eclesiástica, y, además, la mayor parte de ellos se entregan de una forma muy especial a obras piadosas, todo lo cual comienza ya a hacerse público».

En otra ocasión, hablando a los de su Comunidad, y haciéndoles ver que los diferentes trabajos a los que se dedicaban no se debían a su propia elección, sino a una disposición particularísima de la Divina Providencia.

«¿Habíamos nosotros —les dijo— jamás buscado la ocupación de dar Ejercicios a Ordenandos, que es el más rico y más precioso tesoro que la Iglesia nos ha podido poner en las manos? No; eso nunca se nos había pasado por la mente».

Hubo seis ordenaciones el año 1631 en París, y en cada ordenación el Sr. Vicente acogió a lo Ordenandos en su casa para que hicieran los Ejercicios. Aquello continuó de igual modo hasta el año 1643. Entonces el Sr. Arzobispo pensó que era oportuno suprimir los Ordenes de mediados de cuaresma, porque sus consejeros le hicieron ver que el intersticio entre cada uno de los Ordenes era demasiado corto para poder cumplir con toda las disposiciones convenientes. A propósito de esto, se ha de señalar que hasta el año 1638, a esos Ejercicios solamente acudían los Ordenandos de la diócesis de París. Pero algunas señoras de singular piedad, cuando vieron el cambio notable que se notaba en los eclesiásticos de París que habían pasado por los Ejercicios, propusieron al Sr. Vicente que admitiesen también a los de  otras diócesis que vinieran a recibir los Ordenes en París. Y como sabían bien que no se podía hacer frente a los gastos, una de ellas (era la señora Presidenta de Herse) se ofreció a cubrirlos a lo largo de cinco años; durante ellos le mandó mil libras para cada una de las Ordenaciones. Además, junto con otras Damas de la Compañía de la Caridad de París, contribuyó al alojamiento y al amueblamiento necesario de los Ordenandos. La señora Marquesa de Maignelay, hermana del Sr. Arzobispo de París, que era una dama de mucha piedad y caridad, y que sentía una estima especial por el Sr. Vicente, favoreció también a la casa de San Lázaro, ayudándola a hacer frente al gran dispendio de los Ordenandos. Y la Reina Madre del Rey, cuando empezó su Regencia, sintió la devoción de asistir a una charla de los Ordenandos, que el Sr. Perrochel, que había sido nombrado para el obispado de Boulogne, daba en la Iglesia del colegio de BonsEnfants, se sintió conmovida y consideró aquella obra muy útil para la iglesia. Y como algunas señoras le dijeran que aquello bien merecía una fundación real, dio esperanzas de alguna ayuda. En efecto, como los cinco años de la señora de Herse habían ya acabado, Su Majestad dio graciosamente algunas limosnas durante dos o tres años para contribuir a la alimentación de los Ordenandos. Pero desde hace casi dieciocho años todo aquel gasto ha recaído sobre la casa de San Lázaro, que, al no disponer de ninguna fundación para la alimentación y los demás gastos necesarios para tan gran número de personas que pasan todos los años por esos Ejercicios, no pudo menos que verse muy gravada, como así lo ha estado, teniendo además en cuenta que desde el año 1646 a los que debían recibir los cuatro Ordenes menores se les había obligado a pasar por los mismos Ejercicios, con el fin de que, antes de comprometerse con los Ordenes sagrados, pudieran conocer con más luz si habían sido verdaderamente llamados por Dios, y tratar de prepararse mejor.

Aunque aquella carga ha solido superar con mucho las fuerzas de la casa de San Lázaro, con todo nunca se ha oído que saliera de la boca del Sr. Vicente ninguna queja por todos aquellos grandes gastos que había que hacer para que pudiera seguir aquella obra. Los sufrió en silencio, abandonándose en manos de Dios, pues prefería incomparablemente el honor que Dios recibía de aquella obra y el bien de la iglesia a todos los intereses temporales de su Compañía.

El número de los que se recibían en cada Ordenación solía ser de ordinario de setenta, ochenta o noventa, y más. Se albergaban en San Lázaro, los alimentaban y los atendían en todo lo que necesitaban durante once días en cada Ordenación, que hace el total de cincuenta y cinco días al año. No se les pedía ni un «sueldo» para los gastos, para que vinieran más a gusto al ver que no se escatimaba nada para ponerlos en situación de servir bien a la iglesia.

Traemos aquí el testimonio de un eclesiástico, de grandísima virtud, acerca de este asunto:

«No es posible —dice— describir el cuidado que ponía el Sr. Vicente, para que los Ordenandos estuvieran bien atendidos durante el tiempo de los Ejercicios. No reparaba en gastos, aunque excedían mucho las posibilidades de su casa, que no puede menos de verse abrumada de deudas por esa razón. Me acuerdo que durante las revueltas de París, algunas personas de categoría que conocían lo difícil que era que el Sr. Vicente pudiera sostener los gastos de los Ordenandos, quisieron disuadirle de que quisiera gravar su casa durante unos tiempos tan penosos; pero no tuvo en cuenta las observaciones de ellos, y quiso, a pesar de la escasez de dinero y de víveres a que se veía reducido, que no dejaran de hacer todos los gastos necesarios para su acogida y alimentación en su casa durante los once días que duraban los Ejercicios, no haciendo caso de lo temporal, cuando se trataba de lo espiritual; y no apreciando los bienes temporales, sino en cuanto que los juzgaba útiles para el avance de la gloria de Dios. ¿Qué cosas no decía a los de su Comunidad referentes a la excelencia del sacerdocio, todas las veces que el tiempo de Ordenes se acercaba para exhortarlos a prestar servicio y ayuda a los Ordenandos, y a trabajar con todas sus fuerzas de cuerpo y de alma para el progreso del estado eclesiástico en la virtud? Todas sus palabras eran como dardos de fuego que penetraban hasta el fondo del corazón, y todas ellas muy dignas de ser bien destacadas y recordadas, hasta por escrito. Y si no se ha hecho así, se puede decir que es una pérdida incomparable».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *