Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 2, Sección 1

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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EJERCICIOS ESPIRITUALES PARA PREPARAR A LA RECEPCIÓN DE LOS ÓRDENES SAGRADOS

Gran necesidad de trabajar en la reforma del estado eclesiástico, cuando el Sr. Vicente puso en marcha los Ejercicios de Ordenandos

Hemos visto en el capítulo anterior las abundantes bendiciones que Dios quiso derramar sobre las misiones del Sr. Vicente y de los de su Congregación. Los grandes frutos que han producido son bastante conocidos, y cuán propias y eficaces son para convertir las almas a Dios, sustrayéndolas de la ignorancia y del pecado y encaminándolas a la práctica de las obras cristianas.

Se puede afirmar que, así como nuestro Señor Jesucristo plantó la fe y las demás virtudes en todos los lugares de la tierra por las misiones de los apóstoles, que han sido los primeros y los grandes Misioneros, como lo dice el significado del nombre, también quiere reparar el deterioro que sufre la virtud de la fe en gran número de almas hasta aumentarla y hacerla operante y fructuosa por medio de las misiones de los hombres apostólicos, tales como han sido el Sr. Vicente y los que participan de su espíritu.

Aunque eso es verdad, hemos de confesar que, dada la debilidad de la mayor parte de los hombres y la poca estabilidad que tienen en el bien, es muy difícil que se conserven largo tiempo las luces y las buenas disposiciones que han recibido por medio de las misiones, si no disponen siempre junto a ellos de pastores y de sacerdotes que cultiven la tierra de sus almas y que se preocupen de hacer fructificar la buena semilla.

Esa es la razón por la que el Sr. Vicente deseaba ardientemente que pluguiera a Dios atender a aquella necesidad. Decía a este propósito, que como los conquistadores ponían fuertes guarniciones en las plazas que habían conquistado, para conservarlas, igualmente los misioneros, después de haber arrancado a las almas del poder de Satanás, debían también trabajar todo lo que pudieran en procurar que las parroquias estuvieran dotadas de buenos párrocos y de buenos sacerdotes, que conservaran los pueblos en las buenas disposiciones que se les había procurado por medio de las misiones; y que sin eso, era casi inevitable que el demonio, después de ser expulsado de aquellos lugares, volviera a apoderarse de ellos, al no encontrar a nadie que se opusiera a sus malhadados planes. Y sin embargo, la experiencia le había hecho conocer al Sr. Vicente demasiado bien cuán pocos de tales eclesiásticos había, por haber visto con sus propios ojos los desórdenes que reinaban entre el clero en la mayor parte de los lugares donde él había trabajado. Y aunque no lo hubiera conocido personalmente, estaba más que persuadido por la serie de quejas que le habían llegado de personas bien intencionadas y hasta de grandes y virtuosos prelados.

Un eclesiástico, noble de nacimiento y célebre por su piedad, que era canónigo de la iglesia catedral, le escribió el año 1642 en estos términos:

«En esta diócesis el clero está sin disciplina, el pueblo sin temor de Dios y los sacerdotes sin devoción ni caridad, los púlpitos sin predicadores, la ciencia sin honor, el vicio sin castigo; la virtud es perseguida, la autoridad de la Iglesia se ve odiada o menospreciada; el interés particular es el peso ordinario del santuario; los más escandalosos son los que más pueden, y la carne y la sangre han logrado suplantar al Evangelio y al espíritu de Jesucristo. Estoy seguro de que usted mismo se sentirá impulsado a venir en socorro de esta diócesis, cuando vea su necesidad. Quis novit utrum ad regmun idcirco veneris, ut en tali tempore parare ris? La ocasión es digna de su caridad, si acepta la muy humilde súplica que le hago de que piense seriamente en ello ante nuestro Señor, como recibida de uno de sus primeros hijos».

Un buen prelado le comunicó un día que trabajaba con sus vicarios generales, cuanto podía, para el bien de su diócesis:

«Pero —decía— con muy poco éxito a causa del grande e inexplicable número de sacerdotes ignorantes y viciosos que componen mi clero, que no pueden corregirse ni con palabras, ni con ejemplos. Me horrorizo, cuando pienso que en mi diócesis hay casi siete mil sacerdotes borrachos, o impúdicos, que suben diariamente al altar, y que no tienen vocación»

Otro prelado escribiéndole sobre este asunto el año 1643:

«La desolación extrema que encuentro en el clero de mi diócesis y mi incapacidad para poner remedio me han obligado a recurrir al celo de usted, cuyos sentimientos y ardientes deseos de restaurar la disciplina eclesiástica en donde se encuentre decaída o totalmente destrozada son tan bien conocidos».

Otro prelado le escribió entre otras cosas estas palabras:

«Si exceptuamos al canónigo lectoral de mi iglesia, no conozco a ningún sacerdote entre todos los sacerdotes de mi diócesis, que pueda desempeñar ningún cargo eclesiástico. Por ahí podrá juzgar usted qué gran necesidad tenemos de obreros. Le conjuro que me deje su misionero para ayudarnos en nuestra ordenación».

Por esas muestras se puede hacer una idea sobre el resto de la pieza, inferir cuál podía ser el estado del clero en la mayor parte de las diócesis del Reino, y la gran necesidad que había de trabajar eficazmente en su reforma. Por eso el Sr. Vicente, como reconocía, tal como lo hemos hecho notar en el primer Libro, que todos los otros medios tendrían poco efecto, si no se aplicaba el remedio en la fuente del mal, procuró que todos los que se presentaran de allí en adelante para recibir los Ordenes eclesiásticos, vinieran con las disposiciones necesarias y convenientes para tan gran sacramento. Con vistas a eso, trabajó siempre el Sr. Vicente en los Ejercicios de Ordenación con una dedicación muy extraordinaria. Vamos a ver en las secciones siguientes su forma de actuar junto con los suyos y los frutos que consiguieron.

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