Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 13, Sección 9

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Otros asuntos piadosos a los que atendió en el Consejo del Rey

El celo del Sr. Vicente por todo lo que se refería a los intereses del servicio y del honor de Dios lo mantenía en una atención continua sobre todas las ocasiones, que se le presentaban para promover su progreso y para apartar lo que podía oponer algún obstáculo. Para eso precisamente usaba del crédito que su virtud le había adquirido en el Consejo de Su Majestad, considerando feliz el día en el que había podido impedir algún mal o procurar algún bien.

Hizo entre otras cosas todo lo que pudo durante la guerra para aportar algún remedio a los atropellos que los soldados cometían por todas partes, y especialmente en las profanaciones de las iglesias y en las vejaciones injustas de las personas consagradas a Dios. Y viendo que era imposible impedir todo el mal, por lo menos trataba de disminuirlo; y cuando no podía otra cosa, acudía a Dios con la oración y la penitencia para implorar el socorro de su gracia y de su misericordia, tanto en favor de los que sufrían el mal, como de los que lo cometían

Había otro desorden muy perjudicial para las buenas costumbres, que era que algunos comediantes representaban en el teatro cosas no sólo indecentes, sino también escandalosas y que no se podían decir, ni escuchar, ni ver, sin ofender a Dios gravemente. Se lo advirtieron al Sr. Vicente, y al ver los maléficos efectos que dicha licencia podía producir, consiguió con sus admoniciones que se les prohibiera tamaña libertad.

Las revueltas del Estado y las diferentes intrigas contra el servicio del Rey habían obligado a Su Majestad a asegurarse de ciertas personas poco de fiar o sospechosas, y a recluirlas en la Bastilla, donde, a pesar de que no les faltaban las cosas necesarias, no se practicaba ningún acto de piedad entre ellas, ni había persona alguna que los invitara o ayudara a ello. El Sr. Vicente, en cuanto lo supo, hizo que un virtuoso eclesiástico de la Conferencia que se reúne en San Lázaro, fuera a visitar a los presos y les diera algunos consejos, y de este modo se introdujeron las oraciones de la tarde y de la mañana entre ellos, junto con otros actos piadosos, con mucho provecho espiritual de sus almas.

El Demonio, enemigo de la paz, al mismo tiempo que iba encendiendo por todas partes la guerra y la discordia en el Reino, y sembraba por todos los sitios semillas de desobediencia y de rebelión contra el servicio del Rey, incitaba a muchos espíritus a rebelarse contra Dios, y a realizar diversos ataques contra la Religión. Y entre otros había algunos que trataban de renovar las máximas y los errores dignos de condena de los Iluminados. El Sr. Vicente, luego que descubrió el mal que ya empezaba a extenderse por varios puntos y, especialmente, en París y en algunas localidades de la diócesis de Bazas, procuró con sus desvelos y su celo, que se pusiera remedio tan pronto, que ese monstruo quedó asfixiado en su cuna, antes de que pudiera hacer mayores estragos en la Iglesia.

La libertad que todos se tomaban durante las turbulencias del Reino, de hablar como bien les parecía acerca de las cosas que atañían a la Religión, así como de las que se referían al Estado, abrió la puerta a otra licencia aún más peligrosa, de escribir y de publicar toda clase de libelos, incluso contra la fe y las buenas costumbres.

El Sr. Vicente lo hizo saber al Consejo, y logró que aquella licencia fuera reprimida, y se ordenó que se buscaran y recogieran los libros malos, con prohibición a los impresores y libreros de imprimirlos o divulgarlos.

Este Santo Varón se dedicó con gran interés a cooperar de todas las formas posibles, ya con sus reconvenciones y sabios consejos, ya con sus ruegos y sus intervenciones, para que la costumbre reprobable de los duelos fuera totalmente abolida. Por fin se ha conseguido, por la piedad de la Reina y por el celo y la autoridad del Rey, que desde su más tierna edad, como un Hércules cristiano, tuvo la fuerza y la suerte de estrangular al dragón que los reyes anteriores no habían podido vencer con todos los rayos de las leyes y ordenanzas lanzados contra dicho monstruo. Dios quiso reservar la gloria de esa derrota a nuestro gran Monarca, y destacar los primeros años de su reinado con una proeza heroica, que ha salvado la vida del cuerpo y del alma a un millón de gentileshombres franceses, e impedido la ruina y la última desgracia a infinidad de nobilísimas familias, que le serán eternamente deudoras de su felicidad y de su salud

El Sr. Vicente también trabajó en desarraigar la blasfemia. Para eso, renovó las ordenanzas ya dadas contra ese detestable crimen, y también propuso varios medios para exterminarla enteramente. Y aunque no llegó a ver el efecto deseado, no deja de tener el mérito de ello, y hay que esperar que Dios escuchará algún día las fervorosas oraciones que le ofreció a tal fin, y que inspirará a nuestro incomparable Monarca emplear los medios más eficaces, y también, si lo juzga conveniente, el hierro y el fuego, a imitación de San Luis, antepasado suyo, para purificar el Estado de esa gangrena infernal que lo corrompe e infecta en algunas de sus partes, incluso las más considerables y más nobles.

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