Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 13, Sección 7

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Servicios importantes prestados por el Sr. Vicente a varias Órdenes religiosas

El aprecio y el cariño, que el Sr. Vicente sentía por el estado religioso, le movían a prestar gustosamente favores a las personas que habían profesado, y especialmente cuando se trataba de restablecer o mantener el buen orden en sus casas. A eso se dedicó siempre celosamente, aprovechando con cuidado todas las ocasiones que se le presentaban en los Consejos del Rey y en otras ocasiones, de tal manera que se puede decir sin exagerar que, de todas las Ordenes Religiosas que hay en Francia, no existe una que no haya sentido algún efecto de su caridad, sea en el cuerpo de la Orden en general, sea en alguno de sus miembros en particular; tanto para las necesidades que han tenido de la protección y de los favores del Rey, que el Sr. Vicente ha tratado de procurarles, como por otros servicios que se ha esforzado en ofrecerles, y, en especial, los relacionados con las reformas que siempre ha favorecido con todas sus fuerzas, así la de San Mauro, de San Bernardo de Grandmont, etc. Solamente traeremos aquí algunos ejemplos a este propósito, dejando en silencio gran número de otras, por ser más conveniente callarlas que divulgarlas para no renovar la memoria de algunos desórdenes que hay que sepultar en un olvido eterno.

Un abad regular, de gran virtud, trató de reformar su Orden a pesar de las trabas que le ponían varias personas de autoridad, que llegaron a acudir hasta a un Príncipe para que actuara contra aquella reforma. Y como había recibido toda clase de ayudas y socorros de parte del Sr. Vicente, le escribió una carta dándole gracias el año 1644. En ella le habla en estos términos:

«Es muy necesario que Dios le dé una fuerza extraordinaria para una obra tan grande a usted, digo, que defiende la causa de Dios contra el poder del mundo. Sólo podemos rezar y ponernos en manos de su Providencia y del celo de usted, señor, que es nuestro único refugio en la tierra, y el único sostén de nuestra desolada Orden».

Un religioso no reformado habiéndose hecho elegir abad de una abadía muy importante, que era Cabeza de la Orden, en la que por eso mismo era muy importante introducir la reforma, pedía al Rey la confirmación de su elección. Pero el Sr. Vicente, bien informado de la nulidad de la elección, hizo todo lo posible, para que se procediera a una nueva elección, y para procurar que se eligiera un abad reformado. Sobre ello escribió a un prelado en estos términos:

«Hace un año, más o menos, que tuve el honor de escribirle sobre la elección de N. para abad de N., a fin de que usted tuviera a bien venir a París, para informar a la Reina acerca de las cualidades de ese personaje y de las necesidades de la abadía. Pero, a causa de algún inconveniente que se lo impidió, tuvo usted la bondad de indicarme por una carta las verdaderas razones que había para impedir que dicha elección se llevara a efecto. La cosa se ha ido arrastrando desde entonces por la oposición de dos religiosos electores llamados a la elección después de que ésta tuvo ya lugar, y esa oposición acaba de ser rechazada en el Parlamento por sorpresa a favor del elegido, que tanto se ha empeñado en obtener su confirmación, insistiendo enormemente en la expedición de su decreto. Y como lo apoyan muchas personas influyentes, es de temer que lo consiga, lo cual hace que la presencia de usted sea muy de desear aquí para decir una palabra a la Reina, y dar fuerza a las razones que han de impedir ese mal. Ya sé que a Su Majestad, que le aprecia mucho a usted, le agradará, y al Sr. Guardasellos le ha parecido bien que yo le suplique, y así lo hago muy humildemente, que venga aquí lo más pronto que pueda por amor de Dios. Me tomo esta confianza porque sé cuán metidos tiene los intereses de Dios en el corazón de usted. Quizás dependa de este momento, tal como me ha hecho usted el honor de escribirme, la reforma de esa casa y de sus filiales; y que Nuestro Señor quiere que el mérito de un éxito tan de desear le sea imputado, como a uno de los Prelados del Reino que tiene más celo por la gloria de su Iglesia», etc

El Sr. Vicente hizo también todo lo posible para introducir la reforma, y para apoyar sus comienzos en una orden que tenía de ella mucha necesidad. He aquí en qué términos escribió al General, al enviarle una carta del Rey:

«Reverendísimo Padre: La razón por la que Su Majestad escribió a su Reverencia es que así se resolvió en el Consejo de los Asuntos Eclesiásticos, cuando, estando vacante un Priorato de su Orden en la diócesis de N., se pensó que uno de sus buenos religiosos llamado Padre N. fuera nombrado para una pensión, con tal de que restableciera allí la antigua regularidad, tal como ha hecho en otra de las casas de ustedes. Dicha pensión pasaría de él a sus sucesores a tenor de dicha norma. Se le ha hecho saber a la Reina lo acordado, y Su Majestad ha manifestado gran alegría, y nos mandó ayudar a su expedición. Hay motivos para esperar, Reverendo Padre, que el buen Dios se sirva de usted para levantar a una Orden tan santa como la suya, que ha sido celebérrima en la Iglesia, y una bendición para este Reino, pues bajo su gobierno empieza a recuperar el mismo olor que difundió en su primera época, y cuyo restablecimiento deseaba tanto la gente. El Rey quiere contribuir a ello, y parece que es ése el designio de Dios, ya que le ha concedido a V. ese buen religioso, como instrumento muy apto, de quien su Reverencia puede servirse, y así lo hará Su Reverencia muy útilmente, si tiene a bien darle su Vicariato general para regir las casas de N.N.N., con facultad de recibir novicios y profesos según la antigua observancia, todo ello bajo la autoridad y dirección de usted. No dudo que Su Reverencia responderá a las intenciones de Su Majestad en cosa tan razonable, que busca la gloria de Dios y la conservación de una Institución, de la que usted es la Cabeza, y sobre la que Nuestro Señor influirá por usted y por sus ministros, su espíritu religioso, para que reine allí en los siglos venideros, y por ese medio hacer a su persona y a su celo recomendables a la posteridad, además del mérito que Su Reverencia hallará ante Dios», etc

Una abadía muy importante fue entregada a un joven príncipe que estaba bajo la dirección y administración de su señora madre. El Sr. Vicente escribió a la Princesa, para que consintiera que se introdujera en aquella abadía la reforma, pues tenía mucha necesidad. He aquí en qué términos le habla:

«Señora: Me tomo la confianza de escribir a Su Alteza para renovarle el ofrecimiento de mi obediencia con toda la humildad y sumisión que me es posible, con el fin de recomendarle a este buen religioso que va a visitarla a fin de presentarle sus respetos y exponerle la disposición en que se encuentra la abadía de N., para recibir la reforma y los medios más apropiados para llegar a ese fin. Es un religioso de buena reputación y de una familia muy distinguida. Espero que Su Alteza se dignará atenderle: en primer lugar, porque conozco el gran celo que siente Su Alteza por la gloria de Dios, que le hace proteger a todas las personas que tienen el honor de trabajar por ella: segundo, porque al hacerlo así Su Alteza será causa de que Jesucristo se vea más honrado y mejor servido en aquella casa, que no puede hacerlo debidamente en la situación en que ahora se encuentra, tal como le expondrá el portador de la presente; en tercer lugar, porque el difunto Sr. Obispo de N. deseaba con mucho ardor que se introdujera la reforma en dicha casa, y me había escrito varias veces sobre ello; y creo que ya se hubiera hecho sin los impedimentos que puso uno de los principales religiosos de esa abadía, que gozaba de mucho prestigio ante los demás; pero ya ha muerto y quizá Dios ha permitido este retraso para reservarle al abad, su hijo, y a Su Alteza el mérito de una obra tan grande».

El Sr. Vicente no sólo trabajaba en promover la Reforma, sino también la paz y la unión de las casas religiosas, lamentando muchísimo las divergencias y divisiones que veía sobrevenir, y haciendo todo lo posible por remediarlas. Pues bien, como siempre actuaba con mucha prudencia y circunspección cuando se dedicaba a esas obras de caridad y se esforzaba en unir los espíritus divididos, para no ser sorprendido por los de uno u otro partido que iban a hablar con él, procuraba que algunas personas de virtud y autoridad fueran de parte del Rey a conocer la verdad, escuchando las razones que alegaba una y otra parte, con el fin de que con su informe se pudieran tomar los medios más convenientes y más seguros para restablecer la paz, como así lo ha hecho en muchas ocasiones. Procuraba también que algunos grandes Prelados asistieran a sus Capítulos Generales, cuando venía alguna necesidad, tanto para impedir con su prudencia o autoridad el acaloramiento de algunos religiosos causantes de la contienda, como para mantener a todos en la libertad durante las votaciones, y a toda la Asamblea en la disposición de regular las cosas necesarias para el bien de la Orden; y después, informada Su Majestad, por los Prelados de que las elecciones y deliberaciones llevadas a cabo en los Capítulos eran buenas y canónicas, él apoyaba su ejecución, y no escuchaba más las quejas que los espíritus revoltosos pudieran promover.

En más de una ocasión, a ruegos de los Superiores, también intervino para serenar amistosamente las divisiones y desavenencias de algunas casas religiosas; y varias veces recibió cartas de Roma, de parte de los Generales de tres o cuatro Ordenes diferentes, que le agradecían con todo el afecto todas las ayudas que había prestado a sus Ordenes, y por su intervención ante Su Majestad para procurarles su protección le reconocían como su ángel tutelar, etc

Lamentaba muchísimo la ruina de cierta Orden, que veía en una desolación tal, que casi no disponía de ningún medio para recuperarse. Y un religioso de otra Orden, en la que no se hallaba contento, le pidió su parecer en una carta acerca de su intención de pasar a aquella Orden desolada. Ahí va la respuesta que le dio:

«No me gustaría aconsejar a nadie que entrara en la Orden que usted pretende de N., y menos aún a un religioso doctor y profesor de teología y gran predicador como es usted, porque eso no es una Orden, sino un desorden, un cuerpo sin consistencia ni verdadera cabeza, y en la que los miembros viven sin ninguna dependencia o lazo de unión. Me ví cierto día con el Sr. Canciller en su biblioteca, y me dijo que andaba buscando el origen y el progreso de aquella Orden en Francia, y que no había hallado ningún dato. En una palabra, es sencillamente una quimera de Orden religiosa, que sirve de refugio a religiosos libertinos y díscolos, quienes, para sacudir el yugo de la obediencia se meten en esa Religión imaginaria, y viven sin Regla alguna. Por eso, creo que tales personas no viven con la conciencia tranquila, y le ruego a Nuestro Señor que le preserve a usted de semejante ligereza».

Esta carta desengañó al pobre religioso tentado, y abriéndole los ojos para conocer el precipicio en el que iba a despeñarse, le hizo reflexionar y tomar la determinación de perseverar en su Religión.

Otro religioso muy célebre dentro y fuera de su Orden, tanto por su virtud como por haber predicado en los primeros púlpitos del Reino, le dio a conocer cierto día al Sr. Vicente sus prolongados trabajos, la austeridad de su Regla, la disminución de sus fuerzas y el temor que tenía de no poder continuar prestando por mucho tiempo sus servicios a la Iglesia; y al mismo tiempo le propuso un medio que se le había ocurrido, gracias al cual le parecía que podría ponerse en estado de trabajar todavía con utilidad: consistía en hacerse sufragáneo del arzobispado de Reims, porque, como la dignidad de obispo le dispensaba del ayuno y de las demás austeridades de su Orden, eso le conservaría las fuerzas para predicar y actuar con más vigor y fruto. Por eso, le rogó al Sr. Vicente que le comunicara su parecer, y en caso de que aprobase su idea, que le ayudara a que el Rey le nombrara para dicho cargo, prometiendo que también sería apoyado por otras personas de solvencia. El Sr. Vicente se dio cuenta en seguida de que el pensamiento de aquel buen religioso sólo era una tentación; se lo hizo notar con toda claridad en la respuesta que le dio a su carta. En ella, después de manifestarle el aprecio y el cariño especialísimo que tenía a su persona y a su Orden, y después de haberle alabado los talentos que había recibido de Dios para predicar y la edificación que había causado hasta entonces a toda su Orden, le añadió lo que sigue:

«No me cabe la menor duda de que su Reverencia haría maravillas en el obispado, si hubiera sido llamado a él por Dios. Pero como El ha hecho ver que le quería en el cargo en que está por el gran éxito que ha concedido a sus ocupaciones y a su actuación, no parece que desee sacarle de ahí, porque si la Providencia lo llamara al episcopado, no se dirigiría a usted para hacérselo buscar: se lo inspiraría más bien a aquellos en los que reside el poder de nombrar para los cargos y las dignidades eclesiásticas, y le elegiría para eso, sin que usted hiciera ninguna gestión. Y entonces su vocación sería pura y segura. Pero si lo busca usted mismo, parece que habría algo censurable, y que usted no tendría motivos para esperar las bendiciones de Dios en semejante cambio, que no puede ser deseado ni pretendido por un alma verdaderamente humilde, como la suya».

«Y además, Reverendo Padre, ¿cuánto daño causaría usted a su santa Orden, al privarla de una de sus principales columnas, que la sostiene y que la acredita con su doctrina y con sus ejemplos? Si usted abriera esa puerta, les daría pretexto a otros para salir detrás de usted o, cuando menos, para llevar mal los actos de penitencia: no les faltarán pretextos para suavizarlos y disminuirlos, con perjuicio de la Regla, porque la naturaleza se suele cansar de las austeridades, y si se la consulta, dirá que eso es demasiado; que hay que ahorrar energías para vivir mucho, y para servir a Dios por más tiempo. En lugar de lo que dijo Nuestro Señor: El que ama su alma, la perderá; y el que la odia, la salvará: Usted sabe mejor que yo todo lo que se puede decir sobre eso, y no me hubiera metido a escribirle, si no me lo hubiera mandado. Pero quizás usted no ha reparado en la corona que le espera. ¡Dios mío! ¡Qué hermosa será! ¡Ha hecho usted ya tanto, Reverendo Padre, para llevarla felizmente! Y quizá sólo le falte un poco por hacer. Hace falta la perseverancia en el camino estrecho en donde usted ha entrado, y ese camino lleva a la vida. Usted ya ha superado las mayores dificultades. Debe tener ánimo, y esperar que Dios le conceda la gracia de vencer otras menores. Si me cree, deje por algún tiempo los trabajos de la predicación para recuperar su salud. Todavía está usted para prestar muchos servicios a Dios y a su santa Religión, que es una de las más santas y más edificantes que hay en la Iglesia de Jesucristo», etc

Finalmente, la caridad del Sr. Vicente extendía sus atenciones tanto sobre lo temporal como sobre lo espiritual de las Comunidades Religiosas. Varias veces trató de procurar que varias casas religiosas, y otras comunidades y hospitales pudieran recibir con facilidad las rentas que tenían sobre los dominios del Rey, pues tenían muchas dificultades en que les pagasen durante el calamitoso tiempo de la guerra; y a tal efecto, se convertía en solicitante de ellas ante la Reina y el Sr. Cardenal para conseguir la orden de que se las restituyeran. Procuró también que los hospitales de las fronteras del Reino fueran puestos bajo protección particular contra la forma de actuar de la gente de guerra; y que varios de ellos siguieran disfrutando de los dones, gracias y privilegios que les habían sido concedidos

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