Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 13, Sección 6

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Disponibilidad al servicio de los Prelados de la Iglesia

El Sr. Vicente siempre mostró un respeto singular por la dignidad de los obispos, pues en la persona de ellos reconocía y honraba el Poder y la Majestad de Jesucristo. Siempre hizo profesión particular de obedecerles y de servirles en toda ocasión, mientras le fuera posible; y principalmente desde que perteneció a los Consejos del Rey, aprovechaba ardorosamente las ocasiones que se le presentaban, no esperando a que lo buscaran o le rogaran por su parte, sino previniéndolos y recomendando por propia iniciativa los intereses de ellos a la Reina, al Sr. Cardenal, al Sr. Canciller y a otras personas de autoridad con más interés que si fueran los suyos propios.

Se dedicó con todo su poder a mediar entre los Sres. de Rieux y Cupif, ambos Obispos de Léon de Bretaña. El primero fue arrancado de su sede durante el reinado de Luis XIII, de gloriosa memoria, y tratando de conseguir su reinstalación, pretendía echar de la sede al segundo. Este por su parte, apoyándose en la autoridad de los dos Poderes, el espiritual y el temporal, quería mantenerse firme. Eso estaba creando una dolorosa división en la diócesis, y daba mucho que hablar en la Iglesia. Finalmente, después de varias disputas, el Sr. de Rieux fue de nuevo instalado en su diócesis y el Sr. Cupif nombrado Obispo de Dol, con lo que ambos quedaron satisfechos, y gracias a eso terminó la agitación.

También contribuyó mucho a la traslación de la sede episcopal de Maillezais a la ciudad de La Rochela, baluarte que fue de la herejía, refugio de los enemigos del Estado, y ocasión para el Rey difunto de inmortalizar su piedad, su valor y su poder, al someter a su obediencia la ciudad rebelde. Desde entonces se pensó en convertirla en ciudad episcopal para hacer florecer allí la Religión Católica con tanta majestad y justicia, como los herejes sediciosos habían tratado de mancillarla con más ignominia e impiedad. Pero la ejecución de aquel plan digno de loa había sido reservada, por orden de la divina Providencia, a la Regencia de la Reina, quien por consejo del Sr. Vicente eligió al Sr. Santiago Raoul, Obispo de Nantes por aquellos días, para ser el primer obispo de La Rochela. El Sr. de Béthune, Obispo de Maillezais, fue nombrado arzobispo de Burdeos como consecuencia del consentimiento que dio al traslado, y el Sr. de Bassompierre fue nombrado para el obispado de Saintes. Y para fundar algunas canongías en la iglesia catedral de La Rochela se determinó que los beneficios simples dependientes del Cabildo Regular de Maillezais, que iban a quedar vacantes, se unirían al de La Rochela.

El celo del Sr. Vicente en el servicio de los Sres. Prelados quedó muy a la vista particularmente, cuando ellos necesitaron de la autoridad del Rey y de la protección del Sr. Canciller contra los herejes: acudía a menudo a uno y a otro para hacer prohibir sus reuniones y sus prédicas fuera de los sitios que les habían sido señalados. También se esforzó en remediar los abusos acostumbrados entre algunos pobres engañados, que, para casarse con jóvenes católicas, hacían como que se convertían, y después del matrimonio volvían a la prédica como anteriormente, haciendo notar claramente que no tenían ninguna fe, ni divina ni humana. Y como también había otros, que compraban cargos de cierta entidad por dos o tres veces más de lo que valían en varias ciudades del Reino, y que después se esforzaban en ser nombrados al precio que fuera, a pesar de los edictos contrarios, el Sr. Vicente no dejaba de elevar sus quejas a la Reina y al Sr. Canciller para impedir el nombramiento de aquéllos. También solía mandar a menudo que escribieran de parte del Rey a los Intendentes de las Provincias para detener las frecuentes y variadas iniciativas de los herejes, y recomendaba en cuanto podía el derecho de los católicos en los pleitos y en las desavenencias que tenían con ellos.

Resultaría enojoso para el lector que refiriéramos aquí al detalle todos los servicios y todos los buenos oficios, que los Prelados recibieron del santo sacerdote en toda clase de ocasiones. Bastará con decir que no se ha presentado ninguna que él no haya aceptado de buen grado, y en la que no se haya metido de lleno, ya para defender los legítimos derechos de ellos y apoyar sus justas pretensiones, ya para procurarles la protección de las autoridades contra las injustas vejaciones que les habían hecho, ya, finalmente, para darles consejos saludables, cuando era requerido por ellos, o él pensaba que era necesario para el bien de sus diócesis. Con todo era muy circunspecto y muy reservado; su extrema humildad y el gran respeto que manifestaba a la dignidad de ellos le cerraban frecuentemente la boca y le impedían manifestar sus propios sentimientos, pues desconfiaba mucho de éstos, porque estaba persuadido de que ellos (los obispos) tenían luces más puras y más agudas que las suyas, a su parecer muy pequeñas y cortas. Ciertamente en algunas ocasiones el afecto que sentía por el servicio de ellos lo superaba su propia humildad. Vamos a presentar aquí sólo un ejemplo; con él daremos fin a esta sección

El gran Siervo de Dios veía con pena y dolor un abuso que se había introducido en la Iglesia de Francia por el abuso de las Apelaciones, pues aunque se habían introducido sólo para mantener en su vigor la observancia de los cánones y de la disciplina eclesiástica, y para impedir la relajación que podía introducirse, producían, sin embargo, un efecto totalmente contrario por la mala disposición y por las injustas pretensiones de algunos, que se servían de ellas las más de las veces que podían para seguir en sus desarreglos y en fomentar sus vicios, tratando así de enervar la autoridad legítima de los Prelados para hacer reinar la impunidad en el estado eclesiástico. El Sr. Vicente, como conocía los perniciosos efectos de aquel desorden, se lamentaba con frecuencia ante Dios, y buscaba los medios para poner a aquello algún remedio. Pero al ver que el mal estaba demasiado enraizado para poderlo arrancar totalmente, al menos intentó reducirlo con los saludables consejos que dio en diversas ocasiones a determinados obispos.

Les recordaba que un medio para prevenir el mal uso que se hacía de las Apelaciones era instaurar un buen orden en los tribunales eclesiásticos, y en poner oficiales virtuosos y capaces, versados en el Derecho Canónico y Civil, entendidos y experimentados en la práctica de los cargos de la Judicatura, irreprochables en sus costumbres, inflexibles en la práctica de la justicia, y muy exactos en observar las formalidades que se practican en este Reino.

En especial escribió una vez a cierto prelado, que le había pedido consejo sobre aquella cuestión. Y para darle a conocer mejor cuánto importaba que un hombre constituido en aquel cargo fuera capaz de ejercerlo, añadió en su carta lo siguiente:

«Presenté en cierta ocasión al difunto Sr. Molé, que fue Procurador General y Primer Presidente, las quejas de algunos Prelados, que habían sido muy mal tratados por el Parlamento por haber querido poner remedio a los desórdenes de algunos sacerdotes, y que, al verse así obstaculizados, habían manifestado, derramando lágrimas, que habían decidido dejar las cosas como estaban. El sabio Magistrado me dijo, que era cierto que cuando los obispos o los provisores no cuidaban de las formalidades que les estaban prescritas para la administración de la Justicia eclesiástica, la Corte era estricta en corregir sus abusos; pero, cuando observaban bien las formalidades, que aquella no emprendía nada contra su procedimiento. Acerca de eso me puso un ejemplo: Sabemos—me dijo— que el Sr. Provisor de París es hábil en su cargo, y que no hay nada que decir contra sus juicios; por eso, cuando nos presentan apelaciones de abuso contra sentencias pronunciadas por él, no admitimos ninguna, y haríamos lo mismo con todos los de más, si se portaran de la misma manera».

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