Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 13, Sección 5

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Notable ejemplo en esta materia

Entre otros ejemplos que podríamos presentar aquí acerca del celo que el Sr. Vicente manifestó para hacer que los beneficios, y especialmente las Prelaturas sólo fueran conferidas a quienes pudieran ser juzgados dignos, y de los que podía esperarse que desempeñarían dignamente su cargo, aduciremos sólo uno. En él se verá cómo era la virtud y el temple del carácter del gran Siervo de Dios.

La Corte llevaba ya fuera de París varios años; y el Sr. Cardenal Mazarino le escribió al Sr. Vicente la siguiente carta:

«Señor: Estas líneas son para decirle, que, habiendo acudido aquí el Sr. N. para pedirle a la Reina el obispado de N., vacante desde hace algunos días, para su hijo, ella se lo ha concedido con tanto mayor gusto cuanto que reúne todas las cualidades requeridas para obtenerlo, y Su Majestad ha visto con agrado una ocasión tan favorable para reconocer los servicios del padre y el celo que tiene por el bien del Estado en la persona de su hijo. La Reina me ha prometido que le escribiría a usted, pero me he querido adelantar, para que haga el favor de ir a verlo, y le dé las instrucciones que usted crea necesarias para cumplir debidamente con dicha función», etc

El Sr. Vicente, cuando recibió la carta, quedó contrariado, porque por un lado tenía grandísimo respeto por todo lo que venía de parte de Su Majestad y de su Primer Ministro; y por otro, porque sabía de buena fuente que aquel eclesiástico, al que se le entregaba el obispado, carecía de las cualidades requeridas para mantener dignamente el cargo, y que, además, la diócesis de la que se trataba, era una de las mayores de la Provincia, y como había estado abandonada por los obispos anteriores, necesitaba de un Pastor que quisiera residir y trabajar; y eso no se podía esperar del que querían poner allí. ¿Qué hará entonces el fiel y celoso Siervo de Dios para tratar de desviar ese golpe? Porque era ya demasiado tarde para dirigirse a la Reina y al Sr. Cardenal, pues el decreto ya había sido expedido, y, por otra parte, la Corte tenía una necesidad particular por aquellos días de los servicios del padre. Así que era preciso que hiciera algún esfuerzo para impedir un proyecto tan perjudicial para el bien de aquella pobre diócesis, y para la salvación del padre y del hijo. Como ambos honraban con su amistad al Sr. Vicente, creyó que en aquella importante ocasión les debía prestar un acto de caridad tanto más puro y desinteresado, cuanto que, deseando tratar de hacerles un verdadero y fiel servicio, se ponía en peligro de perder su amistad. A tal efecto, fue a verse con el padre en su casa, y le dio a conocer todo lo que le faltaba a su hijo para el buen gobierno de una diócesis, y cuán importante era no exponerlo a las consecuencias muy funestas de una promoción indigna para no atraer sobre su propia persona y sobre toda la familia la indignación de Dios. En fin, no olvidó nada de todo lo que pensó era apropiado para disuadir al padre de la resolución que tenía tomada; también previno las objeciones, respondiendo de antemano a todo lo que el amor paternal podía decir sobre el tema. El buen señor lo escuchó con mucha atención, y le manifestó que le agradecía su reconvención caritativa e incluso le dio gracias, al tiempo que le decía que ya lo pensaría.

Días más tarde, el Sr. Vicente volvió donde él por otro asunto, y lo recibió con estas palabras: «¡Ah Señor! ¡Señor Vicente!: ¡Qué noches más malas me ha hecho pasar!». E inmediatamente se puso a presentarle el estado de su casa y de sus negocios, su edad avanzada, el número de sus hijos y la obligación que tenía de dotarlos antes de que muriera para no dejarlos en dificultades; que su hijo tendría a buenos eclesiásticos consigo, y que, siendo virtuosos y sabios, podrían ayudarlo a sobrellevar el cargo; y que por esas razones creía que no debía perder la ocasión de aceptar aquel cargo.

El Sr. Vicente, que ya le había manifestado todo lo que se podía decir contra tales consideraciones humanas, no le habló ya más, dejando a la Divina Providencia la marcha y andadura de aquel asunto. Pero poco tiempo más tarde Dios hizo ver con claridad que aquel plan no le resultaba agradable, pues retiró de este mundo al nuevo obispo en cuanto fue elevado a la dignidad. Al padre sólo le quedó el sentimiento de no haber seguido el saludable consejo que le había dado el Sr. Vicente.

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