Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 13, Sección 4

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Luis Abelly · Translator: Martín Abaitua, C.M.. · Year of first publication: 1664.
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Luis Abelly

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Su celo contra los abusos que se cometían en la consecución de los beneficios

Hay que confesar que estamos en un siglo en el que, con mucha razón, se podría renovar la queja de san Bernardo contra los abusos que se cometían en su tiempo buscando beneficios. «¿Se podrá encontrar a alguien —decía este santo Padre— que busque, o mejor, que sea buscado, para que lo pongan en los cargos y las dignidades eclesiásticas por la única y sincera intención de ofrecerse a Dios para servirle con una verdadera santidad de corazón y de cuerpo, y para trabajar con más fervor en su propia salvación y en la de los demás, entregándose a la oración y al ministerio de la predicación? Por el contrario, no se ve más que ambición y deseo de aparecer, o mejor, afecto inmoderado de enriquecerse, que le hace a uno usar de toda clase de artificios y servirse a veces de medios ilícitos y hasta vergonzosos, para procurarse la entrada en el patrimonio de Jesucristo, y que mueve a los padres y a las madres a buscar beneficios para sus hijos desde la más tierna infancia, y, a veces, hasta antes de que nazcan. En fin, no se escatiman ni las solicitudes ni las impertinencias, cuando se trata de conseguir beneficios, hasta que se haya obtenido lo que se pide. Y a menudo los que más reciben, son los menos agradecidos y, a veces, los más ingratos»

El Sr. Vicente vio en su tiempo esos mismos abusos y desórdenes, y otros aún mayores, por los que su corazón estaba vivamente impresionado. Sin embargo, siguiendo el ejemplo de aquel gran Santo, no se contentó con lamentarse ante Dios: hizo todos los esfuerzos por impedirlos, y siempre se opuso a ellos, sin miramiento alguno a los respetos humanos, y sin contrariarse por el resentimiento que tendrían las personas influyentes, interesadas en ello, ni del perjuicio que le podría ocurrir a él y a los suyos. Los intereses del honor de Dios le eran mucho más queridos que todo lo demás.

Sobre todo, no podía disimular el disgusto que experimentaba viendo el ardor con que algunos deseaban ciegamente y hacían todos los esfuerzos para ascender al episcopado, usando para tal fin de todas las influencias imaginables, dando abadías de rentas cuantiosas, y sobrecargándose con eso de grandes pensiones para alcanzar aquella dignidad. El fiel Siervo de Dios, que, por lo demás, era muy reservado en sus palabras, no se pudo contener un día sin que le dijera a cierta persona de su confianza, «Que temía mucho que ese trapicheo, digno de condena, no atrajera la maldición de Dios sobre el Reino».

Un capellán limosnero del Rey, que por cierto era un hombre de bien, se vio obligado por sus parientes a presentar sus largos servicios y a hacerse recomendar, para que fuera nombrado para cierto obispado. Se vio movido a hacerlo, persuadido de que si no hablaba o hacía hablar en lugar suyo, se olvidarían de él y no lo ascenderían nunca. Mas, al ver que aquello era contrario a la humildad y a la modestia convenientes a un eclesiástico, y que era mucho más seguro para su salvación abandonarse a la Providencia de Dios, se halló metido en una gran perplejidad de espíritu. Escribió sobre dicha cuestión al Sr. Vicente, rogándole que le escribiera lo que debía hacer. Y el gran Siervo de Dios le respondió en estos términos:

«Recibí su carta con todo el respeto que le debo y con todo el aprecio y reconocimiento que merece la gracia que Dios ha puesto en su amable corazón. Como solamente Dios es el que, en la inclinación natural que los hombres sienten para elevarse, ha podido darle las ideas y los impulsos que usted ha sentido para hacer lo contrario, también le dará a usted la fuerza para ponerlos en ejecución y cumplir en todo esto lo que más le agrada a El. De esta forma, señor, seguirá usted las normas de la Iglesia, que no permite que busque uno por sí mismo las dignidades eclesiásticas y, especialmente, el episcopado; así imitará también al Hijo de Dios, que, siendo sacerdote desde toda la eternidad, sin embargo no vino a ejercer este oficio por sí mismo, sino que esperó a que su Padre lo enviara, aunque fue esperado durante mucho tiempo como el Deseado de las naciones; de esa forma podrá dar además mucha edificación al siglo presente, en el que por desgracia hay pocas personas que no pasen por encima de esta norma y de este ejemplo. Tendrá usted el consuelo, señor, si Dios quiere llamarle a ese divino oficio, de tener una vocación segura y cierta, porque no se habrá introducido en ella por medios humanos. Entonces se verá usted socorrido por las especiales gracias de Dios que van unidas a una vocación legítima, y que le harán producir frutos de una vida apostólica, digna de la eternidad bienaventurada, tal como lo ha hecho ver la experiencia en los Prelados que no han dado ningún paso para hacerse obispos, y a los que Dios ha bendecido manifiestamente en sus personas y en su gobierno. Finalmente, señor, no tendrá entonces por qué lamentarse, en la hora de la muerte, de haberse cargado usted mismo con el peso de una diócesis, que en esa ocasión le parecería insoportable. Ciertamente, no puedo escribirle todo esto sin dar muchas gracias a Dios por haberle apartado de la búsqueda peligrosa de esa carga, dándole las disposiciones necesarias para no proseguir por ese camino. Es una gracia que no se puede comprender ni apreciar bastante», etc

Como no era sólo en la búsqueda de las prelaturas, sino también de casi todas las clases de beneficios tras las que se andaba con diligencia, y que, con tal de conseguirlos, muy a menudo no se reparaba en cometer varias clases de simonía y de confidencias, el Sr. Vicente se servía de una vigilancia extraordinaria para impedir ese mal, y cuando descubría algo relacionado con él, primero lo advertía con caridad a los que lo querían cometer, y si persistían en ello, los rechazaba en absoluto. Pero como conocía bien que la malicia de los hombres es muy astuta para ocultarse y taparse con diversos pretextos, vigilaba cuidadosamente los enmascaramientos de los que se sirven para ocultar ese malhadado comercio. Y cuando no veía muy claro en los cambios, las dimisiones y otros acuerdos relacionados con los beneficios, hacía despedir a los que lo pretendían, hasta que no se hubiera aclarado más; y además de eso, se mantenía firme, para que no se cometiera ningún abuso en las pensiones, y para que no fueran excesivas, ni demasiado onerosas a los beneficios a los que se les imponía.

Había además otro desorden que se cometía en la búsqueda de los beneficios y que él se esforzó en remediarlo, tanto como le fue posible, que es que algunos, queriendo ardientemente enriquecerse a costa de los bienes de la Iglesia y no pudiendo conseguirlo por el camino recto, seguían caminos torcidos promoviendo una declaración de devolución sobre los beneficios para infundir temor con sus enredos y con su categoría a los que eran los posesores legítimos, y así obligarles a redimirse de su vejación injusta por medio de alguna componenda, de tal manera que, si no podían quitarles el título del beneficio, trataban de sacar de ellos cuando menos una pensión. Y como esos parásitos del bien de la Iglesia, para hacer sus gestiones menos odiosas, empleaban ordinariamente pretextos especiosos que parecían buenos en apariencia, aunque las más de las veces lo sean supuestos, el Sr. Vicente, para no ser engañado y para cortar de raíz ese mal, a los que se dirigían al Consejo en busca de tales beneficios, antes de que se les concediera los decretos que pedían, les obligaba a justificar y a probar las causas y razones en las que basaban sus pretensiones. Y como algunos no lo podían probar, él informaba al Consejo y, al darle a conocer que no había lugar para acceder a sus peticiones, las hacía devolver. Por ese medio echó por tierra infinidad de pleitos desde su misma raíz, y redimió de vejaciones injustas a un gran número de virtuosos eclesiásticos y también a muchos buenos Pastores, que, sin ese caritativo protector hubieran sido más de una vez obligados a abandonar a sus ovejas, y a ir a gastar meses y, a veces, hasta años enteros solicitando procesos ante diversos tribunales para defenderse de las violencias que les querían hacer sufrir.

Aunque lo temporal de los beneficios no es tan importante como lo espiritual, con todo, no debe ser descuidado, porque es un bien ofrecido a Dios y los beneficiarios, que son sus dispensadores y ecónomos, están obligados a cuidar con una vigilancia especial. Sin embargo, varias abadías de cuantiosas rentas, al estar poseídas en encomienda por personas poderosas que de ordinario se contentaban con retirar los frutos de ellas sin preocuparse de cuidar los edificios, ni de hacer las reparaciones necesarias, sucedía que los edificios y también las iglesias, se hallaban más de una vez en peligro de convertirse en ruinas. El Sr. Vicente, viendo aquel desorden y queriendo ponerle algún remedio, logró que se escribiera de parte del Rey a los Procuradores Generales de los Parlamentos para que actuaran contra aquellos abades y los obligaran, mediante el embargo de sus rentas, a las reparaciones necesarias.

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