Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 13, Sección 3

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Equidad y vigilancia con que el Sr. Vicente actuaba en los asuntos beneficiales

El Sr. Cardenal Mazarino, nombrado por la Reina para Presidente del Consejo de los Asuntos Eclesiásticos, dedicaba al Consejo el tiempo que le podían permitir sus otras responsabilidades. Y cuando en el Consejo solicitaba a los Consejeros su parecer sobre la provisión de beneficios, el Sr. Vicente solía decir, con respeto y con libertad todo a la vez, sus sentimientos en presencia de Dios acerca de la capacidad o incapacidad, el mérito o demérito de las personas que estaban propuestas. Pero como no había nada regulado sobre el día del Consejo y, por lo demás, eso dependía de la voluntad y del tiempo disponible del primer ministro, quien muchas veces se veía impedido por otros problemas graves, sucedía que Su Eminencia disponía, con la anuencia de la Reina, de las abadías y hasta de los obispados que acababan de quedar vacantes, cuando él lo estimaba conveniente para el servicio del Rey, y no veía ninguna dificultad en creer que tuviera necesidad de que el Consejo resolviera el asunto. Eso no era obstáculo para que quedaran sin resolver muchos otros beneficios menores, ya regulares ya seculares, de los que había que disponer; tantas renuncias y tantos cambios que examinar, tantos y tan diversos asuntos que regular para impedir abusos y poner en buen orden a tantas cosas, que el Sr. Vicente, que estaba especialmente encargado de ellos, presentaba en gran número en cada Consejo.

El Sr. Vicente juzgaba que en la colación de los Beneficios era razonable que se tuviera consideración con los eclesiásticos de la Casa del Rey y de la Reina, y también con los capellanes limosneros del ejército que habían servido con rectitud, y que se les diera preferencia sobre los demás, cuando se veía que estaban en posesión de las cualidades exigidas, porque pensaba que los Oficiales de Sus Majestades, que vivían sin ser criticados y se conservaban en su integridad en medio de la corrupción de la Corte, merecían ser especialmente considerados. Pero no todos eran como debían ser, y hasta había algunos que, provistos como estaban de jugosos beneficios, no dejaban de pedir más y de andar tras otros, de modo que sucedía con frecuencia que los más incapaces disfrutaban de varias pensiones y beneficios, y que los que más los merecían estaban privados de ellos. Para poner remedio a semejantes desórdenes, el Sr. Vicente había confeccionado una lista de todos los limosneros, confesores, capellanes, clérigos, chantres y otros oficiales eclesiásticos de la Casa, Capilla y Música de Sus Majestades, y en ella había señalado los que estaban suficientemente dotados, y los que no lo estaban; y vigilaba, y hacía todo lo que de él dependía, para que la abundancia de unos no perjudicara a la indigencia de los demás.

El Rey tiene el derecho de proveer las parroquias de Normandía, que son del Patronato Laico, cuando los patronos son menores de edad, a favor de la Guardia Noble, que pertenece a Su Majestad. El Sr. Vicente se mantenía sobre aviso de los que iban a solicitar beneficios, cuando quedaban vacantes por renuncia o por muerte, obrando siempre de forma que fueran concedidos a los más capaces, porque estaba plenamente persuadido de que aquellos a los que corresponde nombrar para los beneficios que tienen cura de almas son responsables ante Dios, no sólo de todos los males que hacen los pastores indignos, a quienes les dan los beneficios, sino también de todos los bienes que no hacen los que son menos dignos, a los que han dado los beneficios con exclusión de los más dignos.

Había en aquel tiempo varios gentileshombres mutilados de guerra, que urgían sobre manera para conseguir pensiones a costa de beneficios, como recompensa por los servicios que decían haber prestado al Rey. El Sr. Vicente los recomendaba gustosamente a la Reina y al Sr. Cardenal, para que obtuvieran alguna recompensa; pero no podía consentir que fuera a costa de los bienes eclesiásticos, porque no habían vivido nunca, ni habían estado dispuestos a vivir como los eclesiásticos, como deben hacer los que disponen de esas pensiones.

Así el fiel consejero tenía por un lado los ojos abiertos para vigilar, con el fin de que no se diera ninguna irregularidad en los asuntos beneficiales con perjuicio del servicio de Dios y del honor de la Iglesia; y por el otro, sostenía la balanza en la mano para guardar, en cuanto dependía de él, una justa equidad en la distribución de los bienes eclesiásticos, que los Santos Padres llaman patrimonio de los pobres y el precio del rescate de los pecados.

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