Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 13, Sección 2

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Resoluciones tomadas por consejo del Sr. Vicente en materias beneficiales

El Sr. Vicente entró en el Consejo de la manera que acabamos de decir, y pensó que debía, ante todo, inclinar a la Reina y a los Señores del Consejo a tomar las resoluciones que sirvieran de norma en la colación de los beneficios, cuyo nombramiento pertenecía a Su Majestad.

Las principales resoluciones fueron las siguientes:

La primera: Que la Reina no concedería ninguna pensión sobre los obispados ni arzobispados, sino en el único caso permitido por el Derecho, que es cuando el titular, después de mucho tiempo de servicio, dimitía voluntariamente de su obispado por enfermedad, ancianidad u otras razones pertinentes.

En segundo lugar: Que la Reina no ordenaría ninguna expedición de decretos para las abadías, sino para los que, además de las otras cualidades requeridas, tuvieran dieciocho años cumplidos; dieciséis para los prioratos y las canongías de las iglesias catedrales; y catorce para las colegiatas.

En tercer lugar: Que no se concedería ningún decreto para obtener beneficios vacantes por devolución, sin que se hubieran visto antes unos documentos justificativos de las cosas que se quisieran alegar para obtenerlos, y unos certificados adecuados de la vida, las costumbres y la capacidad de quienes los pidieran; y en caso de que no tuvieran las cualidades requeridas, se escogerían otros, en quienes se dieran las cualidades deseadas para cuidar dichos beneficios.

En cuarto lugar: Que no se concedería ninguna coadjutoría, ni reserva para las abadías comendatarias.

En quinto lugar: Que no se haría expedir ningún decreto de obispado por muerte, coadjutoría o de otro modo, sino para los que fueran sacerdotes al menos un año antes.

En sexto lugar: Que no se concedería ninguna coadjutoría de las abadías de monjas, sino con conocimiento y certeza de que la Regla era observada en tales abadías; y que las religiosas, que fueran propuestas para ser coadjutoras tendrían, cuando menos, veintitrés años y cinco de profesión.

Pues bien, como no basta con tomar buenas resoluciones, si no se las observa, el Sr. Vicente hizo todo lo que pudo para que fueran cumplidas con exactitud. Por eso las hacía recordar a menudo, y cuando veía que había algún relajamiento en su aplicación, se esforzaba, en cuanto le era posible, en poner remedio, mediante la observación de los Reglamentos, a los abusos que se podían introducir en la colación de los beneficios y en la administración de los bienes eclesiásticos. Y lo hacía todo con libertad llena de respeto, lamentándose cuando veía que las consideraciones puramente humanas estaban por encima de las que miraban al servicio de Dios y el bien de la Iglesia.

No es que él no apreciara, como cosa muy de alabar, considerar especialmente a las personas eclesiásticas de condición y de firmeza de carácter para los cargos de la Iglesia, y hasta para las prelaturas, cuando el nacimiento y las demás cualidades no les servían de pretexto para la vanidad, y que, por otra parte, tenían la capacidad, la virtud y las demás cualidades convenientes, alegando a este propósito lo que afirmaba un escritor antiguo: «Que era preferible que cincuenta ciervos fueran dirigidos por un león, que no que cincuenta leones lo fueran por un ciervo». Pero se lamentaba ante Dios, cuando veía que los intereses personales prevalecían sobre los espirituales con perjuicio del servicio de Dios y provecho de la Iglesia. Mas, a pesar de todo, después de haber hecho lo que creía que era su deber, confiaba el resto a la Providencia divina, y quedaba en paz.

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