Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 13, Sección 11

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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El Sr. Vicente sirvió al Rey con total desinterés

No pretendemos censurar aquí a los que sirven fielmente al Rey con la esperanza de que Su Majestad, al agradecerles sus servicios, les recompense con sus favores. Al contrario, decimos que no será justo ni razonable censurar tal procedimiento, porque es conveniente para el bien del Estado, el que, así como las leyes establecen castigos contra los rebeldes y los refractarios a la voluntad del Soberano, también su liberalidad prodigue gracias y recompensas a los que prestan un servicio fiel; y así como el temor del castigo sirve de freno para retener a los súbditos díscolos dentro de los límites de su deber, igualmente la esperanza de la recompensa sirve como un aguijón más poderoso a los buenos para hacer actos dignos de los favores de su Príncipe.

Aunque esté permitido, y hasta sea loable, servir fielmente al Príncipe en vista de las recompensas que se esperan de su liberalidad; no se puede negar, que es una disposición más excelente, más noble y más perfecta, no tener otros planes ni pretensiones al servir al Rey, sino el bien de su servicio; y aún más, cuando para mantenerse con más constancia en cumplir con sus deberes, se ve en la persona del Rey a la de Dios, y se le sirve con todo el cariño y toda la fidelidad posible, con el único fin de que ese servicio sea agradable a Dios, de forma que la principal, y también la única pretensión al servir al Rey sea la de agradar a Dios y cumplir lo que se sabe que es conforme con las órdenes de su voluntad.

Pero ¿no tendríamos motivos para hacer aquí la misma exclamación que hace el Sabio, hablando de quien no deja que su corazón vaya tras del oro, y que no pone sus esperanzas en las riquezas: «Quis est hic et laudabimus eum?».¿Quién es esta persona admirable que ha conseguido semejante victoria sobre la más indomable de todas las pasiones? ¿Y dónde está que la podamos encontrar, para que le concedamos las alabanzas que merece su virtud? Pues bien, ya lo hemos hallado felizmente; y a pesar de la corrupción del siglo, Francia ha tenido el honor de producir en nuestros días una obra maestra tan extraordinaria en la persona de Vicente de Paúl. De él se puede decir con toda verdad, que su corazón no se ha dejado llevar tras del oro, y que no ha puesto nunca su esperanza y sus afectos en las riquezas: porque, aunque estuvo junto a la fuente de donde manan ordinariamente los tesoros más ricos y las recompensas más magníficas, con todo, ha desviado sus ojos y su corazón de todo eso, y nunca tuvo otros fines ni pretensiones, al servir fielmente al Rey, que el bien de su servicio y la gloria que pudiera darle a Dios. Ese es el único motivo que lo llevó a aceptar los cargos y las actividades que le fueron confiados, ése el lazo que lo ha retenido inviolablemente unido al servicio de Sus Majestades en los tiempos más difíciles; esa intención de rendir gloria a Dios sirviendo fielmente a su Príncipe es la que le ha inspirado la fuerza, la constancia y la perseverancia en ese servicio en medio de todas las contrariedades, calumnias y persecuciones que ha sufrido, y en medio de los peligros a los que se ha expuesto por tal motivo.

Y en primer lugar, cuando la Reina Madre, al empezar la Regencia le hizo el honor de llamarlo al Consejo de los Asuntos Eclesiásticos, fue sólo la obediencia que él creía que Dios deseaba que rindiera a las órdenes de Su Majestad, y el celo que tenía de procurar el bien de la Religión y el avance de la gloria de Dios, lo que le hizo decidirse a aceptar aquel cargo, a pesar de la extrema repugnancia que experimentaba su humildad y de todo lo que él preveía que podría sucederle en contra de sus ganas de descansar y del deseo que sentía de acabar su vida en paz y en tranquilidad en la edad en que se hallaba.

Tenía en el cargo ocasiones favorables para conseguir ventajas temporales para su Congregación, si hubiera querido aprovecharse de ello, como lo podía hacer lícitamente, y parecía incluso estar en cierto modo obligado por la caridad que debía tener con los suyos; y como la distribución de muchos beneficios pasaba por sus manos, no le hubiera resultado nada difícil obtener algunos para unirlos a las casas de su Congregación, que, como todavía era muy joven y bastante poco dotada de bienes temporales, por no decir pobre y carente de riquezas, tenía en consecuencia mucha necesidad de ayuda para fortalecerse y extenderse, y hasta para poder sostener los trabajos para el servicio de Dios y de la Iglesia que empezó a hacer gratuitamente. Sin embargo, no quiso servirse de ese medio: nunca pidió directa ni indirectamente ningún beneficio para alguna de las casas de su Congregación; y si se ha unido alguno a sus seminarios, se ha hecho por los insistentes ruegos de los que eran dueños de los mismos, o tenían derecho de conferirlos, y, a menudo, esos mismos han tenido que insistir tanto ante el Sr. Vicente, para que los aceptara, como otros lo hubieran hecho para hacerse con ellos; y su propósito, al aceptarlos, no era enriquecer su casa, ni poner a los suyos bien dotados, sino usar las rentas fielmente en instruir y formar a los que eran llamados al ministerio de la Iglesia.

Uno de sus amigos más íntimos vino a verlo un día, y le ofreció una gran cantidad de dinero (se ha sabido que llegaba a las cien mil libras) de parte de algunas personas con la condición de que él intentara en el Consejo procurar que se recibieran las propuestas de ellos, y de que se les concediera la ejecución de algunas sugerencias que ellos habían presentado, las cuales, por lo demás, parecían bastante razonables y no eran carga para el pueblo, sino que podían en cierta manera perjudicar a los intereses del clero. A lo que el Santo Varón, levantando los ojos al cielo, le respondió: «Dios me guarde: preferiría morir que decir una sola palabra sobre ese asunto».

En segundo lugar, como él no había buscado nunca provecho temporal alguno en el servicio que ofrecía a Sus Majestades, tampoco se preocupó de procurarse el favor de personas influyentes en las ocasiones en las que podía obligarlas. Eso no significa que tuviera una virtud arisca y huraña, como algunos que tienen a gloria enfrentarse con los más grandes; por el contrario, los trataba siempre con singular respeto, y en todas las ocasiones trataba de contentar hasta a los más pequeños, pero con esta condición: que Dios fuera el primero en quedar contento y satisfecho; de forma que si veía que lo que se deseaba de él era según el orden de la voluntad de Dios, lo concedía fácilmente y con mucho gusto; pero si creía que no lo podía hacer sin faltar contra Dios, no tenía respeto humano alguno, ni miedo a desgracia o malevolencia de quien fuera, que lo pudiera doblegar; no tenía ninguna consideración al poder de los que rechazaba, ni se sorprendía de sus amenazas, ni se apuraba por los perjuicios o persecuciones que le podrían suceder: sólo miraba a Dios, a El sólo quería agradar, y a El sólo temía disgustar.

En tercer lugar, él ha dejado ver su desprendimiento de todo interés, no solamente rehusando buscar ventajas, sino aun más, sufriendo con gusto las pérdidas que le habían acaecido, como lo hemos dicho, sirviendo fielmente a Sus Majestades.

En este punto hay una circunstancia notable y muy digna de ser contada aquí mismo, que es que todas esas grandes pérdidas que experimentó durante la guerra, y todos los malos tratos recibidos, le habían ocurrido por la mala voluntad de ciertas personas, por el odio con que lo veían ser tan fiel y tan afecto al servicio del Rey. A pesar de todo, nunca se le oyó ninguna queja, ni tampoco pidió ninguna recompensa ni indemnización. Y lo que es más admirable: con la habilidad de una caridad verdaderamente desinteresada, a veces ha logrado desviar con destreza los efectos de la buena voluntad de la Reina hacia él para hacerlos derivar sobre otros, cuando pensaba que podía hacerlo sin herir el orden de la justicia o de la caridad.

Ciertamente hemos de confesar que eso es servir a su Rey con total desprendimiento de su propio interés, y que el Sr. Vicente practicó esa virtud heroica de una forma tanto más admirable cuanto que hoy en día es más rara en las Cortes de los Príncipes.

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