Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 13, Sección 10

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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El Sr. Vicente siempre guardó fidelidad inviolable al Rey, y un afecto constante a su servicio, incluso durante los tiempos más peligrosos y difíciles

No basta con dar a Dios lo que le pertenece, sino que, siguiendo la doctrina del Evangelio, hay que dar al César lo que es del César. Y la misma Ley Divina que obliga a adorar a Dios, a obedecerle y a amarle por encima de todas las cosas, obliga también a honrar y respetar a los Reyes, como la representación de su Soberana Majestad en la tierra, a prestarles con afecto el servicio que les es debido, y a guardarles inviolable fidelidad; de forma que los Príncipes cristianos tienen esa ventaja por encima de los Monarcas que no creen en Jesucristo, pues sus súbditos están sujetos a su servicio no sólo por la fuerza de las ordenanzas, o por el temor de su poder soberano, o por la consideración de los favores y recompensas que pueden esperar de su liberalidad; sino que están unidos por unas ligaduras mucho más fuertes y más nobles, que son la autoridad de la Ley Divina y los principios de su Religión. Y como no pueden faltar a lo que deben a sus Reyes sin contravenir a la voluntad de Dios, tampoco la obediencia, el afecto y la fidelidad que les rinden, se acaban solamente en sus personas, sino que llegan hasta Dios, que se considera honrado, obedecido y amado en la persona de los que ha puesto como lugartenientes suyos para el gobierno temporal de los pueblos. De ahí se sigue, que, entre los súbditos de un Príncipe cristiano, los más fieles, los más sumisos y los más unidos a su servicio son los más virtuosos y los más unidos a Dios por la gracia y por la caridad; y, por el contrario, no se debe esperar de quienes faltan a sus deberes para con Dios una fidelidad muy constante, ni un afecto muy sincero en el servicio del Príncipe.

Teniendo esto presente, no será difícil deducir lo que se ha dicho tanto en este capítulo, como en todos los demás del Segundo Libro, y también del Primero, que el Sr. Vicente, siempre tan fiel a la voluntad de Dios y muy celoso de su honor y de su gloria, consiguientemente guardó una fidelidad inviolable al Rey, y un afecto especialísimo al bien de su servicio, ya que el segundo depende del primero, y que la medida del afecto y de la fidelidad que se tiene a un Príncipe se debe tomar de la que se tiene a Dios.

Pero además de esta consideración general, que es muy fuerte, podemos presentar aquí otras pruebas más particulares y no menos convincentes, refiriendo de qué modo este Santo Varón se portó, cuando tuvo que declararse servidor del Rey durante los tiempos más difíciles y más peligrosos y exponer los bienes, la vida y toda su Compañía, para manifestar su celo y su fidelidad al servicio de Su Majestad.

Es todavía demasiado reciente el recuerdo del estado lamentable en que se encontraba Francia los años 1649, 1652, etc.; y hay razones para decir que en aquel tiempo Dios permitió por un secreto juicio que el funesto pozo del abismo, del que habla la Sagrada Escritura, quedara entreabierto y que exhalara algo así como un humor negro sobre todo el Reino, que llenó los espíritus de los franceses de tinieblas tan oscuras, que muchos de ellos parecían haber perdido el discernimiento de lo que estaban obligados a prestar a su Soberano; y aunque en el corazón sentían siempre el cariño que le debían, pero sus obras desmentían sus intenciones; y al mismo tiempo que pensaban en trabajar y combatir al servicio del Rey, empleaban sus armas y sus fuerzas para rebajar su autoridad, para perder a sus más fieles servidores, y para llevar la desolación y la ruina a todos los rincones de su reino.

Así como una estrella brilla durante la noche con una claridad más viva cuando se encuentra rodeada de nubes, que sólo sirven para dar mayor realce a su luz; de la misma manera se puede decir que todas las turbulencias de Francia proporcionaron al Sr. Vicente una ocasión para que apareciese mejor cómo era la perfección de su fidelidad al Rey y la constancia de su celo en el servicio de aquél. Ciertamente durante ese tiempo calamitoso, la confusión era tan grande en tantos sitios, que la mayor parte de los mejores franceses y de los más fieles a los intereses de su Príncipe no pensaban poder hacer otra cosa que mantenerse en silencio y lamentarse, pues sabían de sobra que todo lo que hubieran tratado de decir o de hacer para apaciguar los espíritus mal dispuestos sólo hubiera servido para enfurecerlos más, y quizás para llevar a otros a mayores extremos, que la prudencia les sugería evitar. Pero el Sr. Vicente, aunque era muy prudente y circunspecto, no pudo contenerse en semejante situación: el celo que tenía por el servicio de su Príncipe no le permitía guardar silencio, y se declaró abiertamente servidor del Rey, e hizo profesión abierta de querer obedecer todas las órdenes que provinieran de Su Majestad. Y no contento con portarse de aquella forma en su comportamiento personal, trató de que los demás se portaran en todas las ocasiones del mismo modo; pero, como su voz no la podían oír en los sitios en donde no estaba presente, con sus cartas logró lo que no podía hacer con sus palabras: escribió a varias personas sobre aquel tema, y particularmente a varios obispos, como ya lo hemos dicho en el primer Libro, para persuadirles que permanecieran en sus diócesis, y usaran de su autoridad para contener a los pueblos en la obediencia al Rey. Además dio unas pruebas muy notables de fidelidad y de celo ardiente en el servicio del Rey, poniendo bajo sus pies los propios intereses y los de su Compañía, cuando tuvo que ir a verse con Sus Majestades a Saint Germain en Laye, después de salir de París, para ofrecerles sus servicios, después de haber dejado como prenda a la pasión de sus enemigos su casa de San Lázaro y a todos sus hijos queridos, quienes, a ejemplo de su Padre, sufrieron con paciencia y hasta con alegría verse despojados de sus bienes y maltratados por aquella razón.

Lo que ha hecho ver aún con más claridad hasta dónde podía llegar la fidelidad y el cariño del Sr. Vicente en el servicio de Sus Majestades es que, habiendo pensado en darles un consejo que él creía útil y en cierto modo necesario, dada la situación en que se hallaban los negocios del Estado; sin embargo, como tenía motivos para temer que no fuera favorablemente acogido por quienes llevaban en su mano las riendas del Gobierno, y que a eso le siguiera algún enfriamiento respecto de su persona, prefirió exponerse al peligro de caer en este inconveniente, que es tan de temer por parte de muchos, y exponerse incluso a la desgracia de Sus Majestades, que dejar de hacer una cosa que él pensaba que podía ser útil para el servicio de ellos. Ciertamente la Reina conocía la sinceridad de su corazón; por eso aceptó benévolamente sus consejos, y el Sr. Cardenal Mazarino le concedió una audiencia favorable, sabiendo de sobra que no tenía otra pretensión que prestar un fiel servicio a Sus Majestades. Y aunque por entonces sus consejos no fueron tenidos en cuenta, eso no disminuyó nada, sino que más bien aumentó el crédito que siempre se había tenido de su fidelidad y de su afecto, al ver que, en esta ocasión, después de haber abandonado todo por el servicio del Príncipe, había tenido el valor de exponerse incluso a sufrir alguna disminución de aceptación, que le era más querida que todo lo demás, para no faltar en darle un consejo, que él creía que le era útil.

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