Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 13, Sección 1

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
Tiempo de lectura estimado:

ACTUACIÓN DEL SR. VICENTE AL SERVICIO DEL REY EN LOS CONSEJOS DE SU MAJESTAD Y DE OTRAS MANERAS DURANTE LA REGENCIA DE LA REINA MADRE

Podemos poner aquí entre las grandes realizaciones del Sr. Vicente sus trabajos en el Consejo del Rey acerca de los asuntos eclesiásticos y los servicios que prestó a Su Majestad, ya que, además de la importancia de los asuntos que le fueron confiados, y que él desempeñó muy dignamente, fue en esas ocasiones cuando de forma especial dio a conocer cómo era la fortaleza de su carácter y la eminencia de su virtud. Por eso, merece ser tanto más estimado, cuanto que es cosa más rara hallar en el mismo sujeto lo que se ha visto y admirado en él de sus trabajos, a saber, un acceso favorable ante los Soberanos y un perfecto desprendimiento de todos los intereses del siglo, una prudencia política y una sencillez cristiana, una gran vigilancia y actividad en las ocupaciones externas y un recogimiento interno y una unión íntima con Dios, el manejo de diversos negocios muy importantes y una rectitud de corazón inalterable, un flujo y reflujo continuo de toda clase de personas que lo abordaban y una constante igualdad de ánimo acompañada de dulzura y afabilidad muy singular para con todos. Finalmente, un entendimiento capaz de las más importantes tareas en servicio de su Príncipe y una voluntad enteramente transida de sentimientos de una sólida y perfecta devoción a Dios.

Eso es lo que han reconocido con admiración todos los que han observado más de cerca la actuación del Sr. Vicente. En este capítulo presentaremos algunos ejemplos. Y aunque fue muy reservado en sus palabras en todo lo concerniente al servicio de Su Majestad, pues tenía como norma la que en otra ocasión enseñó un ángel «Sacramentum regis abscondere bonum est»,sin embargo se han conocido por otros caminos parte de los actos virtuosos del gran Siervo de Dios en ocasiones importantes en donde lo había puesto la Providencia. Como todo lo que hizo fue obra de la gracia divina, lo podemos declarar con todo derecho y publicar con honor, porque, según dijo el espíritu celestial: «Opera Dei revelare et confiteri honorificum est».

Ingreso del Sr. Vicente en el Consejo del Rey para Asuntos Eclesiásticos

Después de la muerte del Rey Luis XIII, de gloriosa y triunfal memoria, sucedida el año 1643, la Reina Madre, cuando se vio encargada de la dirección de la gran monarquía durante la minoría de edad del Rey, su hijo, reconoció que, para atraer la protección de Dios sobre una persona que le era tan querida y sobre todo el estado, debía, antes de nada, poner en buen orden los asuntos que se referían a la Religión y obrar de manera que Dios reinase en los corazones de todos sus súbditos, con el fin de que, por ese medio, la autoridad real quedara más consolidada. A tal efecto, creó un Consejo para los Asuntos Eclesiásticos, y especialmente para la colación de los Beneficios que dependían del nombramiento de Su Majestad. Y como tenía un conocimiento particular de la virtud y de las demás excelentes cualidades del Sr. Vicente, quiso que fuera del número de los que debían componer dicho Consejo.

No podemos decir qué sorprendido y admirado quedó el humilde Siervo de Dios cuando le llevaron la noticia, ni qué esfuerzos hizo para persuadir a la Reina de que le dispensara de aquel cargo, tanto más insoportable, cuanto más honorable y deslumbrante parecía ante los ojos de los hombres. Pero Su Majestad se mantuvo en su primera resolución, e hizo saber al Sr. Vicente que deseaba absolutamente que él prestara aquel servicio a Dios y al Rey, su hijo. La humildad del Sr. Vicente cedió ante la obediencia, y pensó que aquella declaración de intenciones de la Reina era para él la manifestación de la voluntad de Dios. Por eso, renunciando a todos sus sentimientos, se ofreció a Dios para hacer en aquello todo lo que le fuera más agradable. Y, aunque desde entonces había previsto con claridad las grandes tempestades y las violentas sacudidas a las que se iba a exponer en el mar tempestuoso de la Corte, conocida suficientemente por propia experiencia; que, al defender los intereses de la justicia y de la piedad, recibiría mucha contrariedad y persecuciones de parte del mundo, pensó que no podía hacer cosa mejor que abandonarse a la Divina Providencia, al tomar la decisión de desempeñar santamente el cargo que le habían impuesto y guardar una fidelidad inviolable a Dios y al Rey, le pasara lo que le pasara.

Mas, para evitar la pérdida de tiempo, que le era tan caro, y que empleaba tan dignamente, así como para prevenir otros inconvenientes, decidió no acudir nunca a la Corte, si no era llamado, o si no estaba obligado por alguna necesidad urgente e indispensable. Le pidió a la Reina se dignase aceptar su súplica; y en adelante siempre lo ha observado inviolablemente. No obstante lo cual, ha dejado traslucir que no era por falta de afecto al servicio de Su Majestad por lo que él quería portarse de aquel modo, y que, si no cumplía con todos los deberes de un cortesano, sabía muy bien cumplir con los de un fiel servidor, estando como estaba siempre en disposición de prestar pronta obediencia a Su Majestad, cuando ella lo mandara buscar.

Esa resolución le valía mucho al Sr. Vicente, porque la Reina, como le hacía el honor de escuchar sus consejos, varias personas de alta alcurnia, que solían ir a solicitar el favor y la recomendación suya, lo hubieran obligado con sus instancias a ir y venir continuamente para sus asuntos, si él no se hubiera excusado con la norma que tenía de no acudir a la Corte sino cuando le mandaban, así como por su profesión, a la que no le convenía mezclarse en los asuntos seculares.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *