Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 12

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Lo que hizo el Sr. Vicente para extirpar los nuevos errores del jansenismo

Este humilde y fiel Siervo de Dios pudo decir, «Timor, quem timebam evenit mihi; et quod verebar, accidit». Job, 3imitando al Patriarca Job, a propósito de los nuevos errores que han perturbado a la Iglesia en este último siglo, que le había acaecido lo que más temía, y que se había hallado cogido en una ocasión, que siempre había evitado como la más peligrosa

«Durante toda mi vida —decía en una ocasión a la Comunidad— he tenido mucho miedo de encontrarme en el origen de alguna herejía. Veía el gran desastre que había causado la de Lutero y Calvino, y cómo muchas personas de toda clase y condición habían succionado su peligroso veneno, al querer saborear las falsas dulzuras de su pretendida reforma. Siempre he tenido mucho miedo de verme envuelto en los errores de alguna nueva doctrina, sin darme cuenta de ello. Sí, durante toda mi vida, he tenido miedo a esto».

Sin embargo, Dios, por una actuación especial de su Providencia, quiso que, lo que él temía llegara durante su vida, al permitir que en su tiempo naciera el jansenismo en la Iglesia, y también que antes de que esta nueva herejía apareciera, el Sr. Vicente se encontrara, como atado con cierta ligadura, con uno de sus primeros autores.

Pero eso no era más que para hacer brillar más la fortaleza de su fe y el vigor de su celo; y para ponerlo en la Iglesia como una columna de hierro y como una muralla de bronce —tal como se dice en un Profeta antiguo— para sostener y para defender la verdad.

Dios, pues, queriéndolo preparar y prevenir con antelación contra el contagio de los nuevos errores, permitió que, antes de que se hubieran producido, él contrajera una particular amistad con un Abad, natural de su Provincia, quien, después de una larga estancia en la universidad de Lovaina, ya vuelto a Francia, y traído consigo a Jansenio, compañero suyo de estudios y confidente de sus proyectos, empezó a propalar poco a poco, y sólo en conversaciones particulares, la nueva doctrina que había concebido y planeado para reformar —eso era lo que pretendía— la Iglesia, tanto en la disciplina, como en varios puntos de la fe.

Este Abad, después de haber viajado a su tierra y a alguna otra Provincia de Francia, no halló un lugar más a propósito donde sembrar sus errores que la ciudad de París. Allí encontró a varios espíritus dispuestos a escucharle, ya movidos por vana curiosidad, ya por deseo de hacerse dignos de nota, aprendiendo de él una doctrina nueva desconocida, como él decía, desde hacía siglos a los Doctores escolásticos.

El Sr. Vicente, viendo el aprecio que algunos tenían a su compatriota a causa de la erudición y de otras buenas cualidades intelectuales que creían había en él, se persuadió de que su trato podía serle muy provechoso, así como a su Compañía,  que aún estaba entonces en la cuna. Por eso se dispuso a frecuentarle, y el trato hizo nacer entre ambos una amistad bastante íntima. El Sr. Vicente, como una abeja mística, sólo intentaba libar de él la miel de la buena doctrina y de algunos consejos provechosos, que, pensaba, encontraría. Y el Abad, por el contrario, queriendo servirse de aquel trato y amistad para hacerle asimilar el veneno de sus errores y de sus máximas perniciosas, y, a continuación, comunicárselos a toda su Compañía, por cuyo medio los podría extender por otros lugares. Por eso, como lo veía en plan de escucharle, empezó por descubrirle poco a poco algunas de sus opiniones particulares, que dejaba correr con tan buenos pretextos, que un espíritu menos despejado que el del Sr. Vicente difícilmente lo habría notado.

El fiel Siervo de Dios al principio quedó sorprendido al oír una doctrina y unas máximas tan poco comunes, y cuanto más iba descubriéndolas, tanto más sospechosas, y hasta peligrosas, le iban pareciendo las ideas del Abad. Uno de tantos días, habiendo incidido, cuando discutían, sobre un punto de la doctrina de Calvino, quedó el Sr. Vicente muy sorprendido, al ver al Abad mostrarse partidario y sostener el error de aquel heresiarca. Por eso, le hizo notar que aquella doctrina de Calvino estaba condenada por la Iglesia, y el Abad le respondió que Calvino no había propuesto una causa tan mala, sino que la había defendido mal. Y añadió las palabras latinas: «Bene sensit, male locutus est».

En otra ocasión, el Abad se iba acalorando al defender una doctrina que había sido condenada por el Concilio de Trento. El Sr. Vicente, pensando que la caridad le obligaba a hacerle alguna advertencia, le dijo:

«Señor, va usted demasiado lejos. ¿Qué? ¿Quiere usted que yo crea antes a un doctor particular, como usted, expuesto a equivocarse, que a toda la Iglesia que es la Columna de la verdad? Ella me enseña una cosa, y usted sostiene otra que le es contraria. ¡Señor! ¿cómo se atreve a preferir su juicio a las mejores cabezas del mundo, y a tantos Prelados santos reunidos en el Concilio de Trento, que han tomado una decisión sobre este punto? ‘No me hable de ese Concilio —respondió el Abad—, que fue un Concilio del Papa y de los escolásticos; allí sólo hubo intrigas y cabildeos»

Esas palabras temerarias de un espíritu engreído de su propia estima, y que comenzaba a desviarse del camino recto de la verdad obligaron desde entonces al Sr. Vicente, quien tenía un singular respeto a todas las decisiones de la Iglesia, a andar con más circunspección en el trato de aquel hombre, que él consideraba muy peligroso, y hasta se determinó, si aquél continuaba en su actitud, a separarse de él del todo. Y se confirmó aún más en aquella decisión por otro encuentro que tuvo con él

Un día fue a verle, y lo encontró en su habitación leyendo la Biblia, y después de estar un rato sin dirigirle la palabra por miedo a interrumpirle la lectura, el Abad, volviendo los ojos hacia él, «¿Ve, Sr. Vicente lo que estoy leyendo? —le dijo— Es la Sagrada Escritura». Y se extendió mucho sobre eso para darle a entender que Dios le daba una inteligencia perfecta de ella, y muchas hermosas luces para su explicación. Y después, llegó a decir que la Sagrada Escritura era más luminosa en su espíritu, que lo que era en sí misma. Esas son sus propias palabras, que el Sr. Vicente ha contado repetidas veces

Otro día, el Sr. Vicente, después de haber celebrado la misa en la iglesia de Notre Dame, fue a visitar al Abad. Le encontró encerrado en su habitación; cuando salió de allí al cabo de un rato, el Sr. Vicente le dijo sonriendo con su dulzura y educación habituales:

«Dice usted que acaba de escribir algo de lo que Dios le acaba de comunicar en su oración de la mañana». Después de invitarle a sentarse, el Abad le respondió: «Le confieso que Dios me ha concedido y me concede grandes luces. Me ha hecho conocer que la Iglesia no existe». —Y como vio al Sr. Vicente muy extrañado por aquella afirmación, prosiguió:— «No; ya no existe la Iglesia. Dios me ha dado a conocer que hace más de quinientos o seiscientos años que no existe la Iglesia. Antes de eso la Iglesia era como un gran río, que llevaba las aguas claras. Pero ahora lo que nos parece Iglesia, no es más que cieno. El cauce de este hermoso río es todavía el mismo, pero las aguas no son las mismas». —»¡Qué, Señor! —le dijo el Sr. Vicente— ¿Prefiere creer más a sus ideas particulares, que a las palabras de Nuestro Señor Jesucristo, que dijo que edificaría su Iglesia sobre roca, y que las puertas del Infierno no prevalecerían contra ella? La Iglesia es su esposa; El no la abandonará nunca: y el Espíritu Santo la asiste siempre». —El Abad respondió: —»Es cierto que Jesús ha edificado su Iglesia sobre roca; pero hay tiempo de edificar y tiempo de destruir. Era su esposa, pero ahora es una adúltera o una prostituta. Por eso, la ha repudiado, y quiere que la sustituya otra que le sea fiel».— Habiéndole replicado el Sr. Vicente que se estaba separando mucho del respeto debido a la verdad, añadió que debía desconfiar totalmente de su propio espíritu, que estaba tan lleno de sentimientos errados. Y después de unos dimes y diretes se separaron.

Todas estas cosas las ha dicho el mismo Sr. Vicente en diferentes ocasiones, tanto a algunos de su Compañía, como a varias personas externas, que las han dado a conocer. Mas él siempre habló de eso con dolor, y solamente cuando se veía obligado por alguna razón de caridad para desengañar o para prevenir a las personas contra las sorpresas de los nuevos dogmatistas.

Pero temiendo desde entonces que el Abad, cegado por la vana opinión de su propia suficiencia, e impulsado por el espíritu de presunción y de soberbia, se fuera a precipitar en el abismo de una nueva herejía a la que podría arrastrar consigo a muchos otros, pensó que estaba obligado, tanto por la obligación de su antigua amistad, como por la ley de la caridad cristiana, a hacer un último esfuerzo para sacarle de ella, y a usar con él el remedio de la corrección fraterna.

Con este propósito fue un día a verlo a su casa en plan de visita; y después de haber preparado su espíritu con algunos temas convenientes para recibir bien el remedio que quería aplicarle, le habló de la obligación que tenía de someter su juicio al de la Iglesia, y de tener al Concilio de Trento más respeto y deferencia, que el que había manifestado; y bajando a los detalles de algunas proposiciones erróneas que había sostenido, le hizo ver que eran contrarias a la doctrina de la Iglesia, y que hacía un disparate comprometiéndose con aquel laberinto de errores, y, aún más, por haber querido comprometerle tanto a él como a toda su Congregación; que le conjuraba en nombre de Nuestro Señor que se retirase de él lo antes posible.

No se han podido conocer los detalles de aquella conversación, sino únicamente que el Sr. Vicente le habló con tanta energía, que el Abad quedó como desconcertado; de forma que no le respondió ni una sola palabra en aquel momento. Sin embargo, tuvo dificultades para digerir aquella advertencia, que le había quedado grabada en el corazón; y cuando fue después a su abadía, escribió, casi un mes más tarde, una extensa carta al Sr. Vicente para justificarse. Aquí transcribimos fielmente algunos párrafos de ella.

«La disposición de humildad —le escribe el Abad— que tiene usted en el fondo de su corazón para creer lo que se le hiciera ver en los Libros Santos, me da a conocer bastante bien que no habría nada más fácil que hacerle consentir por el testimonio de sus ojos mismos en lo que ahora detesta como errores. Pero cuando le oí, tras su amonestación fraternal, añadir la quinta corrección a las otras cuatro, porque yo le había dicho en particular que tenía ganas de prestarle un buen servicio a usted y a toda su casa redactándole unos artículos acerca de las cosas que atañen a su Instituto, creí que aquel no era el momento de defenderme, y eso lo he soportado fácilmente de un hombre que me había honrado desde hacía mucho con su amistad, y que estaba considerado en París como un perfecto hombre de bien. Sólo me ha quedado en el alma la extrañeza de que, usted que hace profesión de ser tan manso y discreto en todo, haya tomado pie de una conjuración que han tramado contra mí, para unirse usted a esos otros para aplastarme, añadiendo a los excesos de ellos, el que usted se decidiera a venir donde mí a decirme a mi cara y en mi propia casa lo que ninguno de los otros se habría atrevido a hacer. Me atrevo a decirle que no hay ningún Prelado, de los que frecuentan la casa de usted, con quien yo no esté de acuerdo y que no autorice con su parecer todas mis opiniones, cuando pueda hablar despacio con ellos; y ni mucho menos que se oponga a ellas, sino que quedarán encantados y me las agradecerán».

Y después de algunos otros arrebatos de bilis enardecida y de la presunción de su espíritu, que le hacían rechazar todos los consejos caritativos del fiel amigo, añadió al terminar la carta:

«Pretendía apartar a usted de ciertas prácticas que siempre he tolerado en su disciplina viendo el apego que les tiene, con una resolución tanto más fuerte de mantenerlas, cuanto que estaban autorizadas por los consejos de los grandes personajes, que usted consulta. Después de eso, no me recato en manifestar los pensamientos, que yo tenía, de que a Dios, según creo, no le agradan, pues sólo se las puede practicar con una sencillez verdadera, que es más rara que la gracia común de los cristianos, y tan rara, que me atrevería a decir de ella lo que un Bienaventurado de nuestro tiempo ha dicho de los Directores de las almas: que, de diez mil que hacen profesión de tales, apenas se puede escoger uno. Sólo esa sencillez —he dicho— es capaz de hacerles excusables ante Dios. Sin embargo, tendré la misma paciencia, que él tuvo, de dejar hacer a usted, y permaneceré en la misma voluntad que le he manifestado, de servirle por condescendencia, ya que no con entera aprobación».

Esta carta hace conocer el propósito que tenía entonces el Abad de atraer al Sr. Vicente a su partido, y de insinuar sus ideas y sus máximas erróneas en la Congregación de la Misión. Pero Dios, por una gracia especialísima preservó, tanto al Padre como a los Hijos, de aquel contagio de errores, y los ha mantenido siempre en una fiel y sincera profesión de todas las verdades ortodoxas que la Iglesia reconoce y enseña. Algún tiempo más adelante, el Abad, siempre firme en propalar secretamente su mala doctrina, fue encarcelado por orden del Rey, y los escritos y papeles que encontraron en su domicilio fueron decomisados; entre ellos se encontraba el borrador que había hecho y guardado de la carta de la que acabamos de hablar, y así es como se divulgó; e incluso llegó a ser interrogado por la justicia sobre las cosas que en ella se dice que el Sr. Vicente le había hecho notar. Se esperaba que su detención podría humillar su persona y hacerle abrir los ojos para desengañarse; pero no fue lo bastante larga para eso. Porque sus seguidores, a fuerza de influencias, habían logrado su liberación; pero Dios, por un juicio secreto, lo retiró poco después de esta vida.

Por ese mismo tiempo salieron a luz dos libros perniciosos, que habían pasado por las manos de ese Abad: uno trataba de demostrar que San Pedro y San Pablo había recibido de Dios igual poder para gobernar la Iglesia, y así impugnar por ese medio la unidad de la Cabeza de la Iglesia. El otro era el Augustinus de Jansenio, que después ha metido tanto ruido y causado tantas divisiones en Francia y en toda la Iglesia. El Sr. Vicente, que conocía lo peligrosa que era la fuente de donde procedía la nueva doctrina, pensó que estaba obligado a oponerse a ella y a hacer todo lo que pudiera para procurar su condena

En cuanto al primero, entre otras cosas que el Sr. Vicente realizó, escribió una carta a un Cardenal con fecha del 4 de octubre del año 1646. En ella le habló en estos términos:

«Le suplico muy humildemente a Su Eminencia, que tenga a bien recibir algunos escritos contra el parecer de las Dos Cabezas, San Pedro y San Pablo, escritos por uno de los más sabios teólogos que tenemos, y de los hombres más honrados, que no quiere que se diga su nombre. Por la Gazetta de Roma se ha enterado que se está examinando el libro que él refuta, y que dos doctores de la Sorbona sostienen que la doctrina de ese libro es la de la Facultad. Y habiéndose enterado esa misma Facultad que se le atribuía la opinión de las Dos Cabezas, se ha constituído en asamblea, y ha enviado un mandatario al Sr. Nuncio para desautorizar a esos doctores y asegurar que la facultad es de la opinión contraria; y al mismo tiempo para rogarle obre de forma que la próxima Gazettamanifieste que se le atribuye (a la Facultad) falsamente dicha doctrina.

Todo esto le ha movido a este buen y virtuoso personaje a traerme hoy esos escritos, con la intención de que yo los mande a Roma para que sirvan de información a los que Su Santidad nombre como examinadores del libro indicado. Ellos encontrarán en esa obra los párrafos que se aducen para la pretendida igualdad de San Pablo con San Pedro, refutados por los mismos autores que se alegan, unos después de otros».

Después de esta carta, el Libro de las Dos Cabezas fue censurado y condenado por la Santa Sede, y el Sr. Vicente tuvo el consuelo de ver el fruto de las gestiones que había hecho en aquel asunto.

En cuanto al libro de Jansenio, el Sr. Vicente conoció muy pronto que era un amasijo de toda la doctrina que el difunto Abad le había propalado por entregas en las conversaciones que había tenido con él en diversos momentos, y que el veneno de esta nueva doctrina era tanto más de temer, cuanto que el pretexto con el que lo propagaban, de querer volver la teología a su primitiva pureza, parecía más especioso.

Por eso, como ya tenía de ella conocimiento más detallado, pensó que estaba más estrictamente obligado a procurar algún antídoto para prevenir los espíritus contra aquella peligrosa lectura, en espera de que la autoridad de la Iglesia proporcionara un último y soberano remedio. A tal fin, rogó a varias personas de condición y de piedad, que se pusieran a escribir para refutar los errores del perverso libro. Y, entre otros, al difunto Sr. de Raconis, obispo de Lavaur, a quien le dio unos consejos a propósito del libro, y con quien trataba de ponerse de acuerdo para detener el curso de la peligrosa doctrina. Como lo podemos ver en varias cartas que el mismo Sr. Obispo le escribió por ese tiempo. Bastará con que de ellas aduzcamos aquí la que sigue; en ella habla en estos términos:

«Después de haber tenido ayer el honor de conversar con usted, he visto al Sr. Príncipe de Condé a propósito de Jansenio. Lo he encontrado lleno de fervor y de luces contra los errores de ese autor. Me ha animado mucho a proseguir mi trabajo y secundar el celo de usted por la defensa de la Iglesia, de la que le he hablado largo y tendido, y con la que ha quedado entusiasmado. Me ha ordenado dos cosas: la primera, que vea al Sr. Nuncio y le diga de su parte que le gustaría visitarle en alguna iglesia para hablarle de este asunto, e indicarle la necesidad absoluta que tienen la Iglesia y el Estado de que se responda a ese autor. Así lo he hecho inmediatamente y he visto al Sr. Nuncio, que, después de una charla prolongada, ha aceptado que le envíe una lista de los errores de Jansenio que ya han sido condenados por los concilios o por los Papas. Le he prometido que así lo haría. De allí volví a la casa del Sr. Príncipe, el cual se ha quedado muy satisfecho de esta decisión, y me ha asegurado que le expondrá la gran importancia de este asunto a la Reina y al Sr. Cardenal Mazarino, y me ha renovado la segunda orden que me había dado: asegurarle a usted su celo en este asunto, a fin de llevarlo adelante juntamente con usted».

Mientras esta peligrosa doctrina iba infectando cada vez más a muchas personas que se prestaban fácilmente a abrazar novedades, el Sr. Vicente, que fue llamado por la Reina Madre a sus Consejos desde el comienzo de la Regencia, hizo ver 493 desde entonces a Su Majestad y al Sr. Cardenal Mazarino, cuánto importaba, para el bien de la Religión y del Estado, no poner en los beneficios ni en los cargos a personas que fueran sospechosas. Y como sabía que las cátedras de los profesores y de los predicadores son como las fuentes públicas de donde se toman las aguas saludables para la doctrina y para las costumbres, se aprovechó de las ocasiones, en cuanto le fue posible, para que fueran ocupadas por personas bien asentadas en las ideas comunes de la Iglesia, mandando hacer con esa intención oraciones especiales, y usando de otros recursos que le sugería la caridad.

Hablaba a menudo con el Sr. Nuncio y con el Sr. Canciller acerca de los medios para detener el curso de aquella peligrosa doctrina; y en una ocasión, en cuanto supo que querían defender una tesis sospechosa de jansenismo en una casa religiosa, intervino donde ellos para hacerla suprimir por la autoridad de ellos; como así fue en efecto. He aquí lo que escribió sobre este asunto a un virtuosísimo Prelado:

«Monseñor: Un religioso de esta ciudad, ha defendido una tesis, en la cual ha expuesto una proposición contagiada de jansenismo, y que ha sido condenada por la Sorbona. El Sr. Canciller ha hecho prohibir la reunión y las disputas que iban a celebrarse sobre aquel tema. Y cuando el Superior puso para ello alguna dificultad, lo mandó buscar, y le dijo que si contravenía la orden, ya sabía cómo hacerles cumplir, tanto a él como a todos los suyos, su deber. Le ordenó que fuera a ver al Sr. Nuncio. Este le reprendió seriamente por no haber impedido que aquella tesis se defendiera en público, y le amenazó a él y a todos los suyos, que favorecían aquella doctrina, con mandarles castigar, y con escribir al Papa y al General. El Superior y toda su comunidad por su parte, castigaron luego a dicho religioso, declarándolo inhábil para todos los cargos y oficios en la Orden, y lo privaron de voz activa y pasiva, y, además, lo expulsaron de la casa. Esto da motivos para esperar, que, si en adelante se mantiene igual actitud, impidiendo semejantes excesos, podrá finalmente disiparse esa doctrina perniciosa».

Así es cómo el fiel Siervo de Dios no perdía ninguna ocasión para impedir que dichos errores causaran mayores estragos en la Iglesia.

Pero, como el mal iba siempre creciendo, y a pesar de todos los esfuerzos que se hacían para oponerse a su progreso, no dejaba de extenderse por todas partes, y empezaba a introducir la división no sólo en las Escuelas, sino también en las comunidades religiosas, y llegaba hasta las familias seglares, e incluso parecía, en cierto modo, que amenazaba a la tranquilidad del Estado, el Sr. Vicente, al ver esos males y previendo los funestos efectos que podían seguirse, gemía sin cesar ante Dios, y pensaba a menudo en su interior con qué medio se podría detener el avance del error. Rezó mucho y se mortificó mucho para aplacar la cólera de Dios y para obtener de su bondad infinita que quisiera alejar los males que eran de temerse de semejantes comienzos. Sus oraciones y sus lágrimas no quedaron sin efecto, porque se enteró, al poco tiempo, que varios Prelados del Reino, movidos de un santo celo por la conservación de la fe y de la Religión católica, habían resuelto acudir a la Santa Sede Apostólica para poner un remedio más rápido y más eficaz a aquellos desórdenes. Quedó por ello muy consolado y alabó mucho su determinación. Creyó que debía informar de todo a otros Prelados que él conocía, para invitarles a que se juntaran a los primeros. He aquí en que términos escribió a algunos de ellos acerca de este tema el mes de febrero de 1651.

«Los malos efectos que producen las opiniones del tiempo han movido a gran número de los Sres. Prelados del Reino a escribir a Nuestro Santo Padre el Papa para suplicarle que condene esta doctrina. Las razones especiales que les han movido a hacerlo así son las siguientes: En primer lugar, que con este remedio esperan que muchos se atengan a las opiniones comunes, mientras que, de lo contrario, podrían extraviarse; es lo que ocurrió con todos los que vieron la censura de las Dos Cabezas; en segundo lugar, que el mal va cundiendo cada vez más porque parece que se tolera; en tercer lugar, se piensa en Roma que la mayoría de los obispos franceses siguen las nuevas opiniones, y conviene hacerles ver que son muy pocos sus seguidores; finalmente, esto está en conformidad con el santo Concilio de Trento que quiere que, si surgen opiniones contrarias a las cosas que él determinó, se recurra a los Soberanos Pontífices para que pongan remedio».

«Esto es lo que se pretende hacer, Sr. Obispo, como podrá ver usted en la carta adjunta, que le envío con la confianza de que aceptará usted firmarla, junto con otros cuarenta Prelados que ya la han firmado según la lista siguiente». etc

Además de la Carta Circular que envió a algunos Prelados, escribió una particular a uno de ellos, pues no había recibido respuesta suya. He aquí en qué términos:

«París, 23 de abril de 1651»

«Monseñor: Hace algún tiempo me tomé la confianza de enviarle la copia de una carta que la mayor parte de los Sres. Prelados de este Reino deseaban enviar a Nuestro Santo Padre el Papa para suplicarle que se pronunciara sobre los puntos de la nueva doctrina, a fin de que, si usted quería ser de ese número, hiciera el favor de firmarla. Como no he tenido el honor de recibir ninguna respuesta, tengo motivos para suponer que no la ha recibido, o que cierto escrito pernicioso, que los de esa doctrina han difundido por todas partes para apartar a nuestros Sres. Prelados de este designio, le retiene a usted suspenso en esta iniciativa. Por eso mismo, Monseñor, le envío una segunda copia, y le suplico en nombre de Nuestro Señor que considere la necesidad de esta carta por la extraña división que se ha introducido en las familias, en las ciudades y en las universidades. Es un fuego, que se va encendiendo cada vez más, que altera los espíritus y que amenaza a la Iglesia con una irreparable desolación, si no se pone remedio prontamente».

«La situación de los tiempos presentes no permite que pueda aguardarse a un concilio universal. Además, ya sabe usted el tiempo que se necesita para reunirlo, y cuánto duró el último que se celebró. Ese sería un remedio lejano para un mal tan urgente».

«Así pues, ¿quién podrá atajar este mal? Es indudable que tiene que ser la Santa Sede, no sólo porque no hay otros caminos, sino porque el concilio de Trento, en su última sesión, pone en sus manos la decisión de las dificultades que habrían de surgir sobre lo que se había decretado. Pues bien, si la Iglesia se encuentra en un concilio universal canónicamente reunido, como aquél, y si el Espíritu Santo guía a la misma Iglesia, como no cabe dudar, ¿por qué no habrá que seguir la luz de ese Espíritu, que declara cómo hay que comportarse en estas ocasiones dudosas, esto es, recurriendo al Sumo Pontífice? Esta sola razón, Monseñor, hace que pueda citarle el número de sesenta Prelados que ya han firmado esta carta, sin más acuerdo que una simple propuesta, además de otros muchos que la firmarán».

«Si alguno creyera que no debe hacerse ninguna declaración de antemano en un asunto del que tiene que ser uno juez, le podría responder que por las razones indicadas parece ser que no tendría que haber concilio y que, por tanto, no podría ser juez en él. Pero supongamos lo contrario: el recurso al Papa no sería un impedimento, ya que los santos le han escrito en otras ocasiones contra las nuevas doctrinas, y no han dejado de asistir como jueces en los concilios que las han condenado».

«Si acaso replicaran que los Papas imponen silencio en esta materia no queriendo que se hable, ni se dispute, ni se escriba sobre ella, se les podría responder también que esto no debe entenderse en lo que se refiera al Papa, que es Cabeza de la Iglesia, con quien todos los miembros deben tener relación, sino que hay que recurrir a él para asegurarse en medio de las dudas y de las turbulencias. ¿A quién si no, podríamos dirigirnos y cómo sabría Su Santidad las perturbaciones que surgen, si no se le indicaran, para que las remedie?».

«Si alguno temiera, Monseñor, que una respuesta tardía, o menos decisiva de Nuestro Santo Padre, podría aumentar la osadía de los adversarios, puedo asegurarle que el Sr. Nuncio ha dicho, que tiene noticias de Roma de que, apenas Su Santidad vea una carta del Rey y otra de una gran parte de los Sres. Obispos de Francia se pronunciará sobre esta doctrina. Pues bien, Su Majestad ya ha tomado la decisión de escribirle, y el Sr. Primer Presidente ha dicho también que, con tal de que la bula de la Santa Sede no indique que ha sido dada por aviso de la Inquisición de Roma, será bien recibida y ratificada por el Parlamento».

«Pero ¿qué se ganará —dirá un tercero— con que el Papa se pronuncie, si los que sostienen esas novedades no se le van a someter? Esto puede ser verdad en algunos casos, como en los del grupo del difunto Sr. de N., que no solamente no estaba dispuesto a someterse a las decisiones del Papa, sino que ni siquiera creía en los concilios; lo sé muy bien, Monseñor, por haber tratado mucho con él; y ésos podrán obstinarse como él, cegados por sus propias opiniones, pero los demás que no le siguen más que por el atractivo que sienten por las novedades, o por ciertos lazos de amistad o de parentesco, o porque creen que hacen bien, habrá pocos que no se aparten de ellos antes que rebelarse contra su Padre legítimo y verdadero. Hemos visto cómo ocurría así con el libro sobre las dos Cabezas y con el Catecismo de la gracia, pues apenas se supo que habían sido condenados, ya no se habló más de ellos».

«Por tanto, Monseñor, es muy de desear que se aparten muchas almas de ellos, y que se impida oportunamente que otras entren en una facción tan peligrosa como ésta. El ejemplo de un tal Labadie es una prueba de la malicia de esta doctrina. Es un sacerdote apóstata, que pasaba por ser un gran predicador, y que después de haber hecho mucho daño en Picardía, y más tarde en Gascuña, se ha hecho hugonote en Montauban; y por un libro que ha escrito sobre su pretendida conversión, declara que, después de haber sido jansenista, ha visto que la doctrina que allí se defiende coincide con la fe que ha abrazado. En efecto, Monseñor, los ministros se jactan en sus sermones, al hablar de esas personas, de que la mayor parte de los católicos están de su lado, y que pronto vendrán los demás. Si esto es así, ¿qué no habrá que hacer para apagar este fuego que da la ventaja a los enemigos jurados de nuestra Religión? ¿Quién no se echará sobre este pequeño monstruo que empieza a devorar a la Iglesia, y que acabará destruyéndola si no lo ahogamos en su nacimiento? ¿Qué no querrían haber hecho ya tantos valientes y santos Obispos que ahora viven, si hubieran vivido en tiempos de Calvino?».

«Ahora es cuando se palpa la culpa de los de aquel tiempo por no haberse opuesto con firmeza a una doctrina que iba a causar tantas guerras y divisiones. Es que entonces había mucha ignorancia sobre esto; pero ahora que nuestros Sres. Obispos son más sabios, se muestran también más celosos. Así es el Obispo de Cahors, que me ha escrito últimamente que le habían enviado un libelo difamatorio contra dicha carta. Es el espíritu de la herejía —me dice— que no puede tole rar las justas correcciones y reprimendas, y se arroja inmediatamente en manos de la violencia y de la calumnia. Hemos llegado ya a las manos, punto al que yo siempre he creído que se llegaría.Y como yo le pedía que se cuidara, debido a un percance que ha sufrido su salud, me decía: Le aseguro que lo haré, con la ayuda de Dios, aunque sólo sea para encontrarme en el combate que preveo habrá de producirse… Espero que, con la ayuda de Dios, los venceremos. Estos son los sentimientos de este buen Prelado. Los mismos, se espera, que sean también los suyos, Monseñor, que anuncia y manda anunciar en su diócesis las opiniones comunes de la Iglesia, y que, sin duda, estará deseoso de que se pida que el Santo Padre mande hacer lo mismo por todas partes, para reprimir estas nuevas opiniones, que tanta semejanza tienen con los errores de Calvino. Se trata ciertamente de la gloria de Dios, de la tranquilidad de la Iglesia y, me atrevo a decirlo, de la del Estado, tal como lo vemos más claramente en París que en cualquier parte. Si no fuera así, Monseñor, me hubiera guardado mucho de molestarle con un razonamiento tan largo. Le ruego muy humildemente a su bondad que me perdone, ya que ha sido ella, la que me ha invitado a tomarme esta confianza», etc

Entre los Obispos a quienes el Sr. Vicente escribió sobre este asunto, hay dos que le dieron una respuesta en común; en ella le exponían algunas razones por las que creían que no debían firmar la carta. Por eso les escribió la que sigue. En ella se pueden ver unas muestras muy claras de su espíritu y de su celo.

«Monseñores: He recibido con el respeto debido a su virtud y a su dignidad la carta que me han hecho el honor de escribirme a finales de mayo, en respuesta a las mías sobre el tema de las cuestiones de estos tiempos. En ella veo muchos pensamientos dignos del rango que ustedes ocupan en la Iglesia y que parecen inclinarles a ustedes a seguir el partido del silencio en las presentes circunstancias. No dejaré, sin embargo, de tomarme la libertad de exponerles algunas razones que quizás puedan moverles a otros sentimientos. Les suplico, Monseñores, postrado en espíritu a sus pies, que excusen mi atrevimiento».

«En primer lugar, sobre lo que dicen que tienen miedo de que el juicio que se espera de la Santa Sede no sea recibido con la sumisión y la obediencia que todos los cristianos deben a la voz del Soberano Pastor, y que el Espíritu de Dios no encuentra suficiente docilidad en los corazones para realizar en ellos una verdadera unión, les manifestaré de buena gana que, cuando las herejías de Lutero y de Calvino, por ejemplo, empezaron a surgir, si se hubiera esperado a condenarlas hasta que sus seguidores hubieran demostrado estar dispuestos a someterse y a reunirse con los demás, esas herejías seguirían estando todavía en el número de las cosas indiferentes que se pueden seguir o dejar y habrían contagiado a muchas más personas de las que contagiaron. Así pues, si estas opiniones, cuyos efectos tan perniciosos vemos en las conciencias, son de la misma naturaleza, en vano esperaremos que sus seguidores se pongan de acuerdo con los defensores de la doctrina de la Iglesia. Es eso precisamente lo que no se puede esperar y lo que nunca se hará. Retrasarse en obtener la condenación de la Santa Sede es darles tiempo para que sigan esparciendo su veneno, y es igualmente arrebatar a muchas personas de condición y de gran piedad el mérito de la obediencia que han prometido rendir a los decretos del Santo Padre, apenas aparezcan. Lo único que ellos desean es conocer la verdad y, aguardando el efecto de estos deseos, permanecen todavía de buena fe en ese partido, dándole mayor número y fuerza por ese medio, habiéndose apegado a él por la apariencia de bien y por la reforma que predicen, que es la piel de oveja con que siempre se han cubierto los verdaderos lobos para seducir y aprovecharse de las almas».

«En segundo lugar, Monseñores, lo que ustedes dicen acerca de que el calor que ponen los dos partidos en sostener sus respectivas opiniones deja pocas esperanzas para una nueva unión, a la cual habría que llegar por encima de todo, me obliga a decirles que no es posible conseguir esa unión en la diversidad y oposición de ideas en materia de fe y de religión, más que apelando a un tercero, que no puede ser más que el Papa, a falta de concilios; y que el que no quiera unirse de este modo no es capaz de ninguna unión, que lejos del Papa ni siquiera es de desear; porque las leyes nunca podrán conciliarse con los crímenes, así como tampoco la mentira puede estar de acuerdo con la verdad».

«En tercer lugar, esa uniformidad que ustedes desean entre los Prelados sería muy de apetecer, con tal de que fuera sin perjuicio de la fe; porque no puede haber unión en el mal y en el error. Pero cuando tuviera que hacerse esa unión, le tocaría a la minoría ponerse de acuerdo con la mayoría, al miembro le correspondería unirse con su cabeza. Y es eso precisamente lo que se propone, ya que por lo menos de cada seis partes hay cinco que se han ofrecido a atenerse a lo que diga el Papa, a falta de concilio, que no puede reunirse por culpa de las guerras. Y aún cuando se siguiera la división y, si ustedes quieren, el cisma, no habría que seguir a los que no quieren juez, ni atenerse a la mayoría de los Obispos, con los que no quieren tener nada que ver, lo mismo que tampoco con el Papa».

«Y de aquí se sigue una cuarta razón, que sirve de respuesta a lo que ustedes me dicen, de que cada uno de los partidos cree que la razón y la verdad están de su lado. Confieso que así es; pero saben ustedes muy bien que todos los herejes han dicho otro tanto y que, sin embargo, eso no les ha librado de la condenación y de los anatemas que contra ellos han pronunciado los Papas y los concilios. Nunca se ha visto que la unión con ellos haya sido un medio para curar el mal; al contrario, se les ha aplicado el hierro y el fuego, aunque a veces demasiado tarde, como podría suceder aquí. Es verdad que un partido acusa al otro, pero con la diferencia de que uno pide jueces y el otro no los quiere, y eso es mala señal. No desea ningún remedio, repito, por parte del Papa, del que sabe que es posible, y simula desear el del concilio, porque lo cree imposible en las circunstancias actuales; y si creyera que fuera posible, lo rechazaría lo mismo que rechaza el otro. Y eso no será a mi juicio ningún motivo de burla para los libertinos ni para los herejes, pero sí de escándalo para los buenos, el ver divididos a los Obispos; porque, además de que el número de quienes no quieren firmar las cartas escritas al Papa para dicha cuestión será muy pequeño, no es nada extraordinario en los antiguos concilios el que no todos sean de la misma opinión. Eso demuestra igualmente la necesidad de que intervenga el Papa, ya que, como Vicario de Jesucristo, es Cabeza de toda la Iglesia y, por consiguiente, el Superior de los Obispos»

«En quinto lugar, no veo por qué la guerra, extendida casi por toda la cristiandad, le impide al Papa juzgar con todas las condiciones y formalidades necesarias y prescritas por el concilio de Trento en las materias que encomienda a Su Santidad, a quien de ordinario han consultado y apelado muchos Santos y antiguos Prelados en las dudas de la fe, incluso estando reunidos, como vemos en los Santos Padres y en los Anales eclesiásticos. Pues bien, la afirmación de que no se aceptará su decisión está tan lejos de tener motivos para temerla, que más bien puede ser éste el mejor medio para distinguir así a los verdaderos Hijos de Dios de los obstinados en el error».

«En cuanto al remedio que ustedes proponen de prohibir severamente a ambos partidos que sigan dogmatizando, les suplico humildemente que consideren que ya se ha probado inútilmente, y que eso ha servido solamente para dar más facilidades al error, porque, al verse tratado al mismo nivel que la verdad, ha buscado su expansión y ha sido atacado demasiado tarde, dado que esa doctrina no afecta solamente a la teoría, sino que, al consistir también en la práctica, las conciencias no pueden ya soportar la vacilación y la inquietud que nace de esa duda y que se va formando en el corazón de cada uno. Hemos visto a personas que, al oír que algunos les decían a los moribundos, para consolarlos, que tuvieran confianza en la bondad de Nuestro Señor, que había muerto por ellos, les decían a los enfermos que no se fiasen de sus palabras, ya que Nuestro Señor no había muerto por todos».

«Permítanme, además, Monseñores, añadir a estas consideraciones que los que profesan las nuevas ideas, al ver que se temen sus amenazas, las exageran y se preparan para una fuerte rebelión. Se sirven del silencio de ustedes como de un poderoso argumento en favor, e incluso se jactan, como resulta de un impreso que han publicado, de que ustedes son de su opinión. Y, por el contrario, los que se mantienen en la sencillez y en la antigua creencia se asustan y se desaniman, al ver que no los apoyan ustedes. ¿Les gustaría acaso a ustedes, Monseñores, que su nombre sirviera, aunque fuera en contra de sus intenciones, que son totalmente santas, para confirmar a unos en su obstinación y para debilitar a los otros en sus creencias?».

«Sobre el remedio de dejar las cosas para un concilio universal, ¿es que puede convocarse durante estas guerras? Pasaron cuarenta años desde que Lutero y Calvino empezaron a perturbar a la Iglesia hasta que se celebró el concilio de Trento. Así pues, no hay más remedio a mano que el de recurrir al Papa, a quien nos remite el mismo concilio de Trento en su última sesión, capítulo final, del que les envío un extracto».

«Por otra parte, Monseñores, no hay por qué temer que no se obedezca al Papa, como es justo, después de que él haya pronunciado sentencia, pues, aparte de que esa razón de temer la desobediencia tendría lugar en todas las herejías, a las que en consecuencia habría que dejar que reinaran impunemente, tenemos un ejemplo muy reciente en la falsa doctrina de las dos pretendidas Cabezas de la Iglesia, que salió de la misma botica: cuando el Papa la condenó, se obedeció a su juicio y no volvió ya a hablarse de esa nueva opinión».

«Ciertamente, Monseñores, todas estas razones y muchas otras que ustedes conocen mejor que yo, me gustaría a mí oírselas a ustedes, a quienes reverencio como a Padres, y como a doctores de la Iglesia. Son, por otra parte, las que han hecho que, al presente queden pocos Prelados en Francia que se hayan negado a firmar la carta que les envié».

Las cartas del Sr. Vicente, así como toda su actuación en este asunto nos bastan para conocer que el único motivo que le movía a obrar así era la gloria de Dios y la salvación de las almas. En todo eso tenemos motivos para admirar cómo supo concordar tan estupendamente un celo ardentísimo por todo lo que estaba relacionado con el servicio de Nuestro Señor y de su Iglesia, con una humildad profundísima y un singular respeto por la dignidad sagrada de los Obispos; porque, si por un lado la caridad lo impulsó a hablar y a proponerles los sentimientos que Dios le inspiraba en aquella ocasión, la humildad y el respeto lo llevan al mismo tiempo a prosternarse en espíritu a sus pies, suplicándoles que le perdonen esta libertad, y también manifestándoles más con el corazón que con la boca, que los reverenciaba como a sus Padres y como a Doctores de la Iglesia, de los que él se consideraba dichoso por aprender las cosas que se atrevía a presentarles. Así es como ha actuado siempre, y por ese procedimiento tan humilde como caritativo, halló gracia tanto ante Dios, quien bendijo sus buenos planes, como ante los Obispos, que aprobaron la sinceridad de su celo, que sólo trataba de secundar el de ellos, de acuerdo con el ejemplo de santos personajes, quienes, aunque vivían una vida retirada, no dejaron de acudir en ocasiones semejantes a los Prelados de la Iglesia, dándoles consejos acerca de las herejías incipientes que descubrían, para detener su curso.

Mientras que el Sr. Vicente trabajaba de esa forma, los jansenistas, cuando se enteraron de que se pensaba acudir al Soberano Pontífice para obtener su sentencia sobre la doctrina del libro de Jansenio, hicieron todo lo que pudieron para obstaculizar dicho plan e impedir su efecto.

A ese propósito, difundieron un escrito en forma de carta circular, que enviaron a todos los Obispos del Reino, con el fin de disuadirles de firmar la Carta que estaba planeada para enviar al Papa. Eso no impidió que en muy poco tiempo fuera firmada por más de ochenta Prelados, tanto Arzobispos como Obispos.

Al ver que ese golpe les había fallado, acudieron al Señor de N., doctor en teología, que ya había ido a Roma, y le escribieron que hiciera todo lo posible para disuadir al Papa de que se pronunciara sobre aquella consulta de los Obispos. Y además, temiendo que no tuviera el enviado suficiente fuerza como para conjurar aquella tormenta, que amenazaba al libro de Jansenio y a todos sus seguidores, enviaron rápidamente a tres de sus doctores para asesorarle, y para hacer con él todos los esfuerzos con el fin de impedir, o al menos, retrasar cuanto pudieran, el juicio del Papa acerca de dicha materia.

En cuanto se divulgó lo de la delegación de los jansenistas, el Sr. Vicente creyó que era muy importante que algunos doctores ortodoxos y bien intencionados fueran también a Roma para defender la verdad contra todas las iniciativas y los artificios de sus enemigos. Y por una inspiración especialísima de la Divina Providencia que vela incesantemente sobre su Iglesia, se encontró con tres de la facultad de la Sorbona, quienes, ya sea por propio impulso, ya por sugerencia de algunos amigos, decidieron emprender el viaje juntos para el servicio de la Religión Católica. Esos tres fueron los Sres. Hallier, Joisel y Lagault. El primero de ellos fue más tarde nombrado Obispo de Cavaillon por nuestro Santo Padre, Inocencio X, quien quiso con esa dignidad agradecer sus trabajos a sus méritos en favor de la Iglesia. El Sr.Vicente sintió gran alegría, cuando conoció la resolución de esos tres Señores. Y como los conocía bien, los animó todo lo que pudo para tan buena acción, y les ofreció todos los servicios que les podía ofrecer, ya antes de su partida, ya después de su llegada de Roma.

No es éste el lugar donde debemos dar a conocer todo lo que esos Señores hicieron por el servicio de la Iglesia y por la defensa de la verdad durante su estancia en Roma. Informaban de todo, de cuando en cuando, al Sr. Vicente, y recíproca499 mente, recibían de él diversos consejos de lo que tenían que hacer, en el sitio en que estaban, por el bien de la Religión. Bastará con que presentemos aquí una carta que él escribió al Sr. Hallier el año 1652, el 20 de diciembre, a propósito de ese asunto.

«Le doy gracias a Dios por los progresos y los éxitos que va obteniendo por ahí. También le agradezco muy humildemente el favor que me ha hecho poniéndome al corriente de todo. Le aseguro que no recibo una alegría mayor que la que me proporcionan sus cartas, y que no le rezo a Dios por ninguna otra cosa con mayor cariño que por usted y por el éxito de su empresa. Por eso, su Divina Bondad me da grandes esperanzas de que pronto dará la paz a su Iglesia, y que, con la ayuda de sus esfuerzos, se reconocerá la verdad, y su celo quedará manifiesto ante Dios y ante los hombres. Así se lo seguiremos pidiendo. Haga el favor de seguir dándome noticias de todo», etc

Por esta carta se puede deducir que el Sr. Vicente tenía algún presentimiento de dos cosas que iban a suceder: una es la condena de la doctrina del libro de Jansenio contenida en las cinco proposiciones, que vino de Roma unos meses más tarde; otra es la promoción del Sr. Hallier a la dignidad episcopal, de la que ya hemos hablado.

Por lo que se refiere a la condena de las cinco proposiciones, el Lector católico tendrá la satisfacción de ver aquí dos cartas que fueron escritas desde Roma al Sr. Vicente sobre esa cuestión, cuyos originales están en la casa de San Lázaro de París. La primera es del Sr. Hallier. Estas son sus palabras:

«El pasado lunes sólo tuve tiempo para ponerle unas letras de cómo la Constitución hecha contra Jansenio era muy ventajosa para la defensa de la Religión Católica y la condenación del error. Los Señores Jansenistas salen hoy de esta ciudad para volver por Loreto, después de haber estado durante quince días preparando sus lacayos. Han prometido obedecer puntualmente al Papa. Tengo motivos para desconfiar de ello, pues les han dicho a sus amigos que no les habían condenado, y que su posición, que es la misma que la de Jansenio, se mantenía íntegra. Sé que resultan ridículos al decir eso, ya que Jansenio ha sido condenado; que sus proposiciones están como sacadas de Jansenio; que el sentido dado por los jansenistas a la quinta proposición ha sido también expresa y específicamente condenado, y que todas sus interpretaciones han sido excluídas como impertinentes por una condenación absoluta. Todo eso demuestra su obstinación en el error, que podrá encontrar algunos secuaces tanto por allí, como por estas tierras. Por eso, hay que trabajar en abrir los ojos a los ignorantes y conseguir decididamente la publicación de la bula y su legalización en los Parlamentos, en las diócesis, en la facultad, en presencia del Rey y del Sr. Canciller y Guardasellos, de los Obispos y de los Doctores»

«Temo que el Sr. de SaintAmour acuda en seguida, y refiera las cosas de una manera muy distinta de cómo han pasado, diciendo que no les han escuchado suficientemente. Varias veces se les ha replicado ya lo siguiente: primero, que la culpa sería de ellos, ya que han tenido la libertad de informar oralmente y por escrito a los Cardenales de la Congregación y a los Consultores durante un año; segundo, que se les comunicaron nuestros escritos, como ellos mismos lo confiesan en el discurso que tuvieron ante el Papa; tercero, que era inútil escucharles y también a nosotros, ya que no se trataba más que de una doctrina sacada del libro de Jansenio, que el Papa ha hecho examinar cuidadosamente, siendo aún más inútil el escucharlos, porque no alegan más medios en su defensa que los que están ya ocultos en Jansenio; cuarto, que cuando se condena un libro, no se acostumbra recibir más luz que la que viene del mismo libro y de las personas sabias en la materia que se trata en ese libro; quinto, que se les ha ofrecido a los doctores jansenistas dos, tres, cuatro, cinco audiencias y todas las que fueran necesarias ante los Sres. Cardenales, pero que se han negado a acudir; sexto, que siempre que han entregado algún escrito ha sido fuera de cuestión, ya que sólo intentaban retrasar y, con ese retraso, impedir que el Papa se pronunciara contra sus herejías, a fin de sembrarlas a su gusto»

«En lo que se refiere a los medios con los que quieren eludir la bula, basta con leerlos para condenarlos. Han venido expresamente a defender las proposiciones presentadas al Papa por nuestros Sres. Obispos, e impedir que fueran condenadas; han querido impedir su censura en la facultad (de París), aunque habría sido menos severa; han escrito tres apologías en favor de Jansenio; han interpretado las proposiciones en el sentido de este autor, sin que dichas proposiciones puedan tener más sentido que el de Jansenio, si no se altera el significado de las palabras con que han sido concebidas. El Papa las condena todas como heréticas, y no pueden tener otro significado. Por tanto, han sido condenadas en el sentido que ellos querían darle, y que habían presentado al Papa: Ubi lex non distinguit, nec nos distinguere debemus»

«Ya sabe usted que el Sr. Nuncio tiene un Breve para Su Majestad, a quien el Papa suplica que se muestre firme en la ejecución de la Bula. Ya comprenderá usted su importancia. También hay un Breve para los Sres. Obispos. Nos han pedido que nos quedemos aquí hasta que se hayan recibido noticias de cómo se han portado en la recepción de esta Bula, ya que tienen la intención de condenar las Apologías en favor de Jansenio, el libro De la gracia victoriosa, la Teología familiar y otros, apenas se vea cómo han recibido la Bula. Verá usted por la lectura de la misma que se han suprimido todas las cláusulas ordinarias en su estilo, para no perjudicar nuestras pretensiones. Este procedimiento lleno de bondad nos obliga a corresponder con una obediencia respetuosa, y por eso hemos de hacer todos los esfuerzos en este sentido; y como los jansenistas intentarán impedirlo con todas sus fuerzas, habrá que trabajar por hacer inútiles sus esfuerzos. Habrá que informar a la Reina acerca del interés, la diligencia, el trabajo y la bondad que Su Santidad ha demostrado en este asunto, y exponerle cuál es su deber de conciencia, su honor y la seguridad del Estado del Rey, su hijo, que quedan afectados en esta ocasión. Estamos pensando en escribirle, ya que el Sr. Embajador nos ha dicho que no le iba a escribir nada, remitiéndose a lo que le íbamos a escribir nosotros. También habíamos pensado en escribir a Su Eminencia. Al final, hemos decidido no hacerlo, no sea que creyeran que nuestro propósito era interesado, lo cual estamos muy lejos de pretender; pero creemos que será mejor que otras personas les informen de todo, como juzgue usted conveniente»

«Roma, 16 de junio de 1653

Su muy humilde y muy obediente servidor Hallier»

La segunda carta es del Sr. Lagault, escrita en Roma el 15 de junio de 1653, y es como sigue:

«Señor: En mi última tuve ocasión de escribirle ampliamente sobre la manera como concluyó el asunto en contra de los jansenistas, ya que la Bula no se publicó hasta la misma tarde en que salió el correo. No sabría explicárselo mejor que diciéndole con San Pablo: Regi saeculorum immortali, in visibili, soli Deo honor et gloria!, ya que sólo Dios es el que ha actuado tan visiblemente en este negocio, que a El solo es al que hay que atribuir toda la gloria. El mismo Papa lo ha reconocido diciendo, en varias ocasiones, que nunca había sentido tanta alegría, como la que sentía en las Congregaciones, en donde ha permanecido, a veces, hasta cinco horas sin cansarse; y hubiera estado ocho y nueve horas, a no ser por la compasión que sentía por los teólogos, que ya no podían ni tenerse de pie. Además, lo oía todo con tanta facilidad, que por la tarde trataba de ello con el Sr. Cardenal Chigi, secretario de Estado, hablándole de todo lo que se había dicho».

«Y también se ha visto la mano de Dios en que ha habido muy grandes dificultades que superar, y el Papa se ha visto presionado por toda clase de personas, para que dejara este asunto sin decidir. Entre ellas había algunas de consideración, que intentaban disuadirle con el pretexto de que tenía que cuidar más de su salud. No sé, incluso, si ha habido alguna intriga de importancia, que viniera de nuestros barrios. El tiempo lo dirá algún día».

«Sin embargo, ha permanecido siempre tan firme en su resolución que, desde que la tomó, no ha vacilado un solo momento. Siempre ha dicho que, puesto que este asunto concernía al bien de la Iglesia, quería concluirlo. Y lo llevaba tan en el corazón que, cuando iban a verlo sus parientes para entretenerlo, les hablaba continuamente de ello».

«No ha omitido nada de lo que era necesario, para quitar cualquier pretexto de queja. Después de más de veinticinco Congregaciones celebradas por los Sres. Cardenales, se han tenido diez en su presencia, de más de cuatro horas seguidas. Luego ha querido escuchar despacio a los Sres. Jansenistas, puesto que lo deseaban, aunque no estaba obligado a ello de ningún modo, sobre todo, cuando se negaron a ser oídos por los Sres. Cardenales. Pero actuaron tan mal delante de él, que no les concedió ya una segunda audiencia, que pedían solamente para que pasara el tiempo, pues, según decían, querían tener hasta veinticinco audiencias. Pero no dijeron ni una sola palabra de lo que se trataba; se entretuvieron en pronunciar injurias contra los Jesuítas, y en demostrar que eran autores de más de cincuenta herejías. El Papa, al ver su intención, se decidió, por fin, a pasar por encima de ellos. Aún así, no tienen ningún motivo para estar quejosos de él, ya que nosotros ni siquiera hemos tenido una sola audiencia con él, y ellos, desde que están en Roma, han tenido más de ocho o nueve. Después de haberse tomado la decisión, han vuelto a tener otra de más de una hora; en ella han protestado su obediencia. No obstante, le digo con toda franqueza, que dudo mucho de que todos obedezcan. Se han vuelto rápidamente a Francia, a pesar del calor. Hay muchas razones para temer que sea solamente para impedir el efecto de la Bula»

«Entretanto nosotros nos quedaremos aquí durante el verano por orden de los Sres. Cardenales, que nos han dicho que era conveniente que nos quedásemos, hasta que se tuvieran noticias de cómo se había recibido la Bula en Francia, a fin de suplir lo que pudiera faltar, aunque creo que no hay nada que criticar en ella. El Sr. Hallier me ha dicho que le enviaría un ejemplar de la Bula. Por eso no se la envío yo. He querido explicarle todo esto por extenso, para que se tome usted la molestia de desengañar a muchas personas, que probablemente estarán llenas de prejuicios y falsedades».

«Me olvidaba decirle que aquí se han querido ya aprovechar del hecho de que la Bula no apareció hasta dos horas y media después de haber sido publicada, por orden del Papa. Ya sabe usted, señor, que esto se hizo adrede. El Papa quiso que se publicase manuscrita, y no quiso permitir que se distribuyera ningún ejemplar de la misma, porque deseaba mandársela a los Monarcas y a los Nuncios antes de que las enviaran a los particulares; de manera que la mandó quitar según costumbre, cuando ya estaba demostrado que se había publicado y que había estado expuesta en el cartel. Aquel mismo día la envió a Francia, con un Breve particular al Rey y otro a los Sres. Obispos. El Papa ha enviado un correo expreso a Polonia, para que llegue antes, ya que es el país más lejano. Espero que dentro de poco tiempo podré enviarle una relación más detallada de lo que ha pasado»

«Le conjuro, señor, que siga dando gracias a Dios por haber preservado a la Iglesia de Francia de caer de nuevo en el calvinismo, y que no se olvide en sus santos sacrificios de aquél, que es de todo corazón su muy humilde y devoto servidor, Lagault».

«Después de escrita la presente, hoy día 16, hemos ido a dar las gracias a Su Santidad, que nos ha concedido una audiencia de dos horas y media, y nos ha dicho que podíamos saber todas las cosas que había hecho antes de tomar aquella decisión: que había mandado rezar mucho a Dios, en público y en privado, y nos dijo todas las Congregaciones que había celebrado para su discusión. Además, nos ha confirmado lo que ya le decía en la presente: que había tenido una satisfacción especial en esta discusión, y una asistencia particular y sensible del Espíritu Santo en esta ocasión, y que no se había propuesto ningún punto teológico que él no lo entendiera ni retuviera con facilidad. Nos estuvo explicando todas las razones de la Bula, punto por punto, y nos dijo que una mañana, después de haberse encomendado a Dios, mandó venir a uno de sus secretarios, y se la dictó en una mañana. Nos dijo también que esos Señores, a los que ya no me atrevo a llamar jansenistas (pues quiero creer que ya no los habrá) habían ido a darle las gracias por su declaración y le habían prometido someterse plenamente a ella, llegando incluso a derramar lágrimas. ¡Quiera Dios que guarden estos buenos propósitos! Añadió además que el discurso de ellos durante la audiencia pública que les había concedido antes no había sido más que una terrible invectiva contra los jesuítas (estas fueron sus palabras), y que todo lo que habían dicho había sido un despropósito».

En cuanto llevaron a Francia la Constitución de nuestro Santo Padre el Papa Inocencio X, al Sr. Vicente, pensando en la forma de sacar el fruto que se esperaba de su publicación, que era la sumisión y unión de las personas que se habían dejado sorprender por el relumbrón de la nueva doctrina, se le ocurrió ir a visitar a los Superiores de algunas casas religiosas y a algunos doctores y a otras personas de categoría, que habían manifestado más celo en aquel asunto, para conjurarlos a contribuir, con el máximo esfuerzo que pudieran por su parte, a la reconciliación del partido vencido. Les dijo que pensaba que era preciso contenerse y moderarse en las públicas manifestaciones de alegría, y no afirmar en los sermones, ni en las charlas y conversaciones, nada que pudiera producir humillación a los que habían sostenido la doctrina condenada de Jansenio por miedo a amargarlos aún más en lugar de ganarlos; que lo más conveniente era prevenirlos con el honor y la amistad en tal coyuntura, que, al ser tan humillante para ellos, podría, a pesar de todo, ayudarles a volver, cuando se vieran tratados con respeto y caridad, asegurándoles que, por su parte, él actuaría de esa manera.

De las palabras pasó a los hechos, y se marchó a PortRoyal a visitar a los señores, que se retiraban allí habitualmente, y a felicitarlos, porque se había enterado que se iban a someter a la decisión del Papa, como efectivamente así lo habían manifestado al principio, al menos por las apariencias. Charló con ellos durante varias horas, y les habló muy confidencialmente con grandes muestras de aprecio y afecto. Fue después a ver a otras personas de condición, de las más importantes de aquel partido, que prometieron total sumisión a la Santa Sede Apostólica en lo tocante a la doctrina condenada.

Pero todas esas atenciones caritativas del Sr. Vicente no tuvieron el efecto esperado, y las obras no respondieron a las buenas palabras que le habían dado: porque, aunque hubo varios de entre los seguidores de Jansenio, que quedaron impresionados al principio, y que, efectivamente, concibieron deseos de someterse al juicio del Jefe de la Iglesia, sin embargo, el disimulo y los pretextos con los que los principales jefes de ese partido simulaban su obstinación en sostener la doctrina condenada fueron tales, que prevalecieron en muchos individuos contra todas las advertencias externas y todos los movimientos internos que les movían a reconocer y confesar la verdad.

A pesar de eso, cuando la nueva Constitución de nuestro Santo Padre el Papa Alejandro VII, por la que confirmaba y explicaba la de Inocencio X, fue publicada a fines del año 1656, el Sr. Vicente, impulsado por su celo habitual, volvió una vez más sobre sus pasos, y repitió las mismas visitas y las mismas instancias ante los personajes más influyentes de ese partido; mas, a pesar de eso, ellos no manifestaron mayor sumisión por la segunda Constitución que por la primera. El fiel Siervo de Dios, cuando vio que no había nada que ganar de unos espíritus tan mal dispuestos, dirigió sus pensamientos y sus desvelos a trabajar en la conservación de quienes habían mantenido su fe sana y entera, y para prevenirlos contra el contagio de los nuevos errores. Empleó sus primeros cuidados, según lo requiere el orden de la caridad, en mantener a los de su Congregación en la pureza de la fe y de la doctrina de la Iglesia. A tal efecto, les habló varias veces en los actos de comunidad, para invitarles a reconocer cuán obligados estaban a la Bondad divina por haberlos preservado de aquellas novedades, capaces de corromper y de perder la Congregación. Les recomendó que rogaran a Dios por la paz de la Iglesia, por la extirpación de los nuevos errores, y por la conversión de los que habían quedado infectados. Les prohibió leer los libros de los jansenistas, y defender directa ni indirectamente la doctrina, ni ninguna de las opiniones que la podían favorecer. Y después de esto, si descubría a alguno que era partidario, del modo que fuera, de dicha doctrina, lo cercenaba inmediatamente, como un miembro gangrenado, por miedo a que fuera a infectar y corromper el resto del cuerpo.

Así es como cuidó de la conservación y seguridad de los suyos. Luego dirigió sus cuidados a procurar el mismo bien a varias comunidades religiosas, que con sus consejos y con sus caritativas intervenciones preservó del contagio de los nuevos errores, y, particularmente, a varios monasterios de religiosas, que deben, después de a Dios, su conservación al celo y a la caridad del Sr. Vicente.

Bastará con que juntemos a todo lo que hemos dicho un ejemplo de esa caridad, que aprovechaba con gusto todas las ocasiones que se presentaban para procurar un bien idéntico, no sólo a las comunidades, sino también a las personas particulares, a las que tendía los brazos con afecto cordial, sea para retenerlas y conservarlas en los sentimientos ortodoxos, cuando las veía fieles, sea también para sacarlas del error, cuando habían caído en él, y manifestaban alguna disposición para salir de él.

Había un doctor de la Facultad de la casa de Sorbona que se había implicado en el jansenismo, no sólo por el apego que sentía a la nueva doctrina, sino más aún por algunas relaciones particulares con personas de condición y autoridad que eran de aquel partido. La Constitución de Inocencio X lo había tocado fuertemente, y si no lo había convertido del todo, al menos se hallaba quebrantado. Por eso en las dudas y perplejidades que agitaban su espíritu, se le ocurrió hacer un Retiro en San Lázaro. Allí, después de haber considerado una y otra vez todos los pensamientos que le venían a la mente acerca de aquel tema, finalmente declaró al Sr. Vicente, que tenía la intención de abandonar las opiniones de Jansenio, si el Papa le quisiera aclarar todas las dudas que tenía. Y las expuso en una carta que escribió a Su Santidad. El Sr. Vicente le procuró una respuesta favorable, que lo preparaba suavemente a renunciar la doctrina condenada, pero, en lugar de seguir con presteza y sin dudar aquel consejo paternal, y los movimientos internos que Dios le inspiraba, hizo demasiado caso al respeto humano, y prefirió la gloria de los hombres a la que debía dar a Dios. Eso no fue obstáculo para que el Sr. Vicente le hiciera nuevas invitaciones y lo impulsara a declararse. Pero no le respondió otra cosa, sino que no podía decidirse a renunciar a una doctrina que, al parecer, Dios aprobaba con milagros que, según decía, tuvieron lugar en PortRoyal. Sobre eso, el Sr. Vicente le escribió la carta siguiente, y le mandó los papeles de los que habla la carta.

«Le envío también —le dice— la Bula de nuestro Santo Padre el Papa, que confirma las de Inocencio X y las de otros Papas, que han condenado las opiniones nuevas de Jansenio. Creo, señor, que la encontrará tal que no le quedará ya ningún género de duda, después de la aceptación y de la publicación que de ella han hecho nuestros Sres. Obispos reunidos tantas veces por este motivo y, hace aún poco tiempo, los Señores de la Asamblea del Clero que han hecho imprimir una relación de la misma; finalmente, también le envío, la censura de la Sorbona, y la carta que le ha sido escrita a usted por orden de Su Santidad».

«Según eso, espero, señor, que, después de todo ello dará usted gloria a Dios y edificación a su Iglesia, tal como todos esperan de usted en esta ocasión, porque, si espera más, es de temer que el espíritu maligno, que utiliza de tantas argucias para huir de la verdad, le irá poniendo imperceptiblemente en tal situación que ya no tendrá fuerzas para hacerlo, por no haberse abierto a la gracia, que hace tanto tiempo le solicita por unos medios tan suaves y tan poderosos como nunca he oído decir que Dios haya utilizado otros semejantes con nadie más».

«Si dice usted, señor, que los milagros que hace la Santa Espina en PortRoyal parecen aprobar la doctrina que se predica en aquel lugar, ya conoce usted lo que dice Santo Tomás, o sea, que jamás ha confirmado Dios los errores con milagros, basándose en que la verdad no puede autorizar la mentira, ni la luz las tinieblas. Pues bien, ¿no es evidente que las proposiciones de que se trata, sostenidas por ese partido, son erróneas, ya que están condenadas? Si Dios hace milagros, no es para autorizar esas opiniones que conducen al error, sino para sacar gloria de ellos de otra manera».

«Si espera que Dios le mande un ángel del cielo para iluminarle mejor, no lo hará. El le envía a la Iglesia, y la Iglesia reunida en Trento le envía a la Santa Sede en el asunto de que se trata, tal como se puede ver en el último capítulo de ese concilio».

«Si espera que el propio San Agustín vuelva a explicarse a sí mismo, Nuestro Señor nos dice que, si uno no cree en las Escrituras, menos creerá todavía en lo que digan los muertos resucitados. Y si fuera posible que ese Santo volviera a la vida, se sometería de nuevo, como ya lo hizo en otra ocasión, al Soberano Pontífice».

«Si espera el fallo de alguna facultad famosa de teología, que decida de nuevo en esta cuestión, ¿dónde está? No se conoce en todo el mundo cristiano una más sabia que la de la Sorbona, de la que usted es un miembro digno».

«Si, por otro lado, espera que un gran doctor y hombre de bien le señale lo que tiene que hacer usted, ¿dónde encontrará usted a alguno que tenga esas dos cualidades mejor que la persona a la que estoy hablando?» «Me parece, señor, oírle que usted opina que no debe declararse tan pronto, a fin de traer con usted a algunas personas de condición. Está bien, pero es de temer que, queriendo salvar del naufragio a esas personas, sean ellas las que le arrastren a usted y se ahogue con ellas. Le digo esto con dolor, dado que su salvación es para mí tan querida como la mía, y daría de buena gana mil vidas que tuviera por ellos. Creo que su ejemplo les hará más bien que todo cuanto usted pudiera decirles».

«Teniendo en cuenta todo eso, en nombre de Dios, señor, no retrase esta acción que debe ser tan agradable a su divina Bondad. Va en ello su propia salvación, y tiene más motivos para temer por usted mismo que por la mayor parte de los que titubean en medio de esos errores, ya que usted ha recibido mejor que ellos una luz especial por parte de nuestro Santo Padre. ¡Qué disgusto para usted, si, por retrasar más tiempo declararse, llegaran a obligarle a ello según como lo han resuelto nuestros Sres. Obispos! Por eso le suplico en nombre de Nuestro Señor, que se apresure y que no vea mal que el más ignorante y el más abominable de los hombres le hable de esta forma, porque lo que le dice es razonable. Si los animales han hablado y los malvados han profetizado, también yo puedo decirle la verdad, aunque sea un animal y un malvado».

«Quiera Dios hablarle El mismo eficazmente, dándole a conocer el bien que puede hacer apresurándose a darle gloria en esta ocasión».

«Pues, aparte de que se pondrá usted en la situación en que Dios quiere, hay motivos para esperar que, con su ejemplo, volverá una buena parte de esas personas de sus extravíos. Y, al contrario, podrá ser usted causa de que ellos se obstinen. Si retrasa este proyecto, tengo miedo de que no lo llegue nunca a ejecutar, y eso me causaría una pena mortal, pues le quiero y le aprecio más de cuanto podría decirle y, como he tenido el honor de servirle en varias ocasiones, no podría, sin un inmenso dolor, verle salir de la Iglesia. Espero que Nuestro Señor no permitirá esta desgracia; así se lo pido muchas veces, ya que soy en su amor», etc

Por la respuesta que el doctor dio a esta carta, ofreció otra vez alguna esperanza de su retorno, y sólo le faltaba, para realizar su plan, hallar el tiempo y la manera conveniente para llevar consigo a otros con él. El Sr. Vicente incluso planeó un proyecto de qué tenía que hacer y decir; pero el doctor anduvo con tantos cumplidos que todos sus buenos propósitos quedaron sin efecto de forma que permaneció siempre en sus primeros errores a pesar de todos los esfuerzos de la caridad del Sr. Vicente para sacarle de ellos.

Mas acabemos este capítulo con una respuesta digna de su celo, que se la dio a un hombre de honor y de mérito, preocupado por el gran aprecio que sentía, no tanto por los sabios jansenistas cuanto por algunas personas ricas que los apoyaban, al ver las cuantiosas limosnas que hacían: eso lo mantenía en suspense, y no se atrevía a condenar en su interior a unas personas que creía eran tan caritativas y virtuosas.

Este hombre quien, por otra parte, era amigo del Sr. Vicente, fue un día a verlo, y le preguntó, si había algún medio para moderar el ardor con el que apremiaban a los Señores de PortRoyal.

«¿Qué? —le dijo— ¿se les quiere hacer perder la paciencia? ¿No sería mejor ponerse de acuerdo con ellos amistosamente? Están dispuestos, si se les trata con más moderación, y no hay persona más adecuada que usted para suavizar la acritud que hay entre ambas partes, y para lograr un buen acuerdo»

El Sr. Vicente le respondió:

«Señor: Cuando se ha juzgado una controversia, no hay lugar para otros acuerdos: se debe aceptar el fallo. Antes de que esos Señores fueran condenados, han hecho todos los esfuerzos para que la mentira prevaleciera sobre la verdad, y han querido imponer su criterio con tanto ardor, que apenas se atrevían a resistirles, ni querían admitir ningún arreglo. Aún después de que la Santa Sede hubo resuelto las cuestiones contra ellos, dieron un sentido distinto a las Constituciones para eludir su efecto. Y aunque, por otra parte, habían parecido someterse sinceramente al Padre común de los fieles, y de recibir las Constituciones en su verdadero sentido según el cual quedaban condenadas las proposiciones de Jansenio, los escritores de su partido, que han defendido esas opiniones y que han escrito libros y apologías para defenderlos, todavía no han dicho ni escrito una palabra que parezca desaprobarlas. ¿Qué unión podemos hacer con ellos, si no tienen verdadera y sincera intención de someterse? ¿Qué moderación se puede añadir a lo que ya ha decidido la Iglesia? Son materias de fe que no pueden sufrir alteración alguna, ni admitir componendas y, por consiguiente, no podemos adaptarlas a las ideas de esos señores, sino que les toca a ellos someter las luces de su espíritu, y juntarse con nosotros por una misma creencia, y por una verdadera y sincera sumisión a la Cabeza de la Iglesia. Sin eso, señor, no hay nada que hacer, salvo pedir a Dios por su conversión»

He ahí una pequeña muestra de la entereza con la que el Sr. Vicente se opuso siempre a todos los que defendían la doctrina de Jansenio. Después que la condenó la Iglesia, se manifestó más abiertamente sobre este asunto, y pensaba que un verdadero católico debía portarse de esa forma, y que era un mal muy grande disimular o tergiversar, y, más aún, mantenerse en una especie de indiferencia y de neutralidad, cuando se trataba de la fe y de la Religión. Porque, aunque él opinara que siempre había que obrar con moderación, y aún con una gran caridad para con los que se adherían a la doctrina condenada con el fin de, si se podía, procurar su conversión; sin embargo, quería que a eso se le juntara una gran firmeza, y defendía que una nueva herejía era un mal que era necesario no halagar ni disimular en la persona que fuera; y que, así como no estaba permitido juzgar temerariamente de nadie, así también era un mal todavía más peligroso querer por una falsa caridad, o por otro motivo aún más vicioso, juzgar bien de los que se debía tener como herejes o sospechosos de herejía, y que había no sólo temeridad, sino injusticia y también impiedad, al querer juzgar a la misma Iglesia, o condenar los juicios que ella dictaminaba por la boca de su Cabeza y de sus Prelados

Aunque el Sr. Vicente había actuado con ese celo contra el Jansenismo, y había hecho todos los esfuerzos para destruirlo; sin embargo sabía distinguir muy bien los errores condenados de la moral relajada que no podía aprobar, como así lo manifestó abiertamente en varias ocasiones. Siempre había recomendado a los suyos que se mantuvieran unidos fuertemente a la moral verdaderamente cristiana, que se enseña en el Evangelio y en los Escritos de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, alabando en gran manera a los Prelados y a la Sorbona, que habían condenado aquella relajación, así como los errores de Jansenio, y recibiendo, con igual alegría, lo que la Santa Sede Apostólica había pronunciado sobre una y otra cosa.

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