Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 10

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Las reuniones de las Damas de la Caridad de París

Como ya hemos hablado con suficiente amplitud en el Libro primero sobre el origen y progreso de esta devota Asamblea de las Damas de la Caridad de París, que siempre han reconocido al Sr. Vicente por el que, después de Dios ha sido el primer autor y el más sabio Director de ellas, este capítulo sólo servirá de pequeño suplemento de las cosas que no se han dicho, y que se ha pensado no omitirlas.

Y en primer lugar, se ha de observar que estas Damas se habían reunido para socorrer a los pobres del Hôtel-Dieu, pero que su caridad no se limitó sólo a esa obra buena, sino que, por una gracia singularísima que han recibido de Dios por medio de su sabio Director, han emprendido bajo su dirección y con sus consejos otras cosas importantísimas para la gloria de Dios, para el servicio de la Iglesia, y para la salvación de las almas. Porque, además de todo lo que han hecho en el Hôtel-Dieu, para el servicio de sus enfermos y para el buen orden de la casa, se han encargado también de alimentar y educar a los pobres niños abandonados de la ciudad y de los arrabales de París, que anteriormente estaban en total abandono, y que han obligado a la caridad de ellas, no sólo a encargarse de la vida que les han salvado, sino también de otras ayudas espirituales que les han prestado para llevar una vida cristiana y lograr su salvación.

Por la ayuda de las Damas se fundó la Casa de las Hijas de la Providencia para acoger en ella, instruir, hacerlas trabajar y mantener en sitio seguro a muchachas honradas, que, sin ese sitio de acogida estarían en gran peligro, por no haber ningún establecimiento, ni colocación o refugio en París.

Dios también se ha querido servir de estas mismas Damas para poner algo así como los primeros cimientos del Hospital General, tal como ya lo hemos dicho en el Libro primero: y el fundado en SainteReyne, donde se practican tantas obras de misericordia, también se debe en buena parte a la caridad de ellas.

Igualmente, han contribuido notablemente a la empresa y al sostenimiento de varias misiones en países extranjeros, como en las Islas Hébridas, en Madagascar, etc. Y su celo ha hecho llegar su fervor hasta las regiones más alejadas de las Indias: su generosidad es la que ha hecho enviar misioneros a aquellas tierras; y además de eso han prodigado sus liberalidades para contribuir a los gastos del viaje que los Sres. Obispos de Heliópolis, de Beirut y de Metellópolis han emprendido, con la bendición de la Santa Sede, a Tonkín y a China, para ir a aquellas extensísimas Provincias a trabajar en la conversión de los infieles y el acrecentamiento del Reino de Jesucristo.

Finalmente, se han ocupado, con una caridad infatigable y con unos gastos increíbles, en socorrer y asistir, durante todo el tiempo de las guerras pasadas, a Lorena, Champaña, Picardía y a tantos otros lugares que han sido más torturados por ese azote, tal como lo veremos en el capítulo siguiente.

Y todas esas grandes empresas y esas santas obras las han hecho estas virtuosas Damas con un orden, una humildad, una discreción, un celo y una perseverancia admirable, bajo la sabia dirección del Sr. Vicente, que animaba la devota Compañía con su espíritu, y le inspiraba el mismo fervor y la misma caridad de los que estaba lleno. Y para darlo a conocer como en un breve resumen, presentaremos aquí sólo Sucedió esto el 11 de julio de 1657 lo que sucedió en una charla que dio el sabio y celoso Director, con ocasión de una junta general y extraordinaria de estas Damas. Se tuvo ésta en casa de la Señora Duquesa de Aiguillon, que era la Superiora. El misionero que lo acompañaba recogió secretamente la charla al tiempo que el Sr. Vicente la pronunciaba. El lector quedará consolado al ver, por un lado la prudencia y la piedad del Sr. Vicente para insinuar muy oportunamente en el alma de las Damas sentimientos de virtud, y por otro, la variedad y el gran número de bienes que hizo con ellas y cuyo valor es inestimable.

Después de haber invocado de rodillas al Espíritu Santo con la antífona Veni, Sancte Spiritus, y sentadas que fueron todas las Damas, les habló de la manera siguiente:

«La convocatoria de esta asamblea obedece a tres objetivos. El primero es para proceder a una nueva elección de Oficialas, si se cree conveniente; el segundo para poner en conocimiento de la Compañía la situación de las obras que Dios le ha concedido la gracia de emprender: y el tercero, para considerar las razones que tienen ustedes para entregarse a su Divina Bondad, a fin de que Dios quiera concederles la gracia de sostener y de continuar estas obras comenzadas».

«En cuanto a la elección, ya se habló de ella el viernes pasado en la reunión ordinaria, que está compuesta de las Oficialas y de algunas otras Damas; las Oficialas insistieron en que era preciso nombrar otras nuevas, mientras que las demás eran del parecer de que se les rogase que continuaran en el cargo hasta Pascua».

«Y puesto que ustedes tienen voto deliberativo en este asunto, recogeremos sus opiniones al final de esta plática, para saber si las Oficialas tienen que continuar, o si desean ustedes proceder a una nueva elección».

«En cuanto a la situación de los asuntos, empezaremos, si les parece bien, por el Hôtel-Dieu, que fue el que dio origen al nacimiento de la Compañía; es el fundamento sobre el que Dios quiso establecer las demás obras que se han emprendido y es la fuente de los demás bienes que se han hecho».

«El Sr. Vicente leyó entonces delante de la asamblea la situación de los ingresos y de los gastos. Desde la última reunión general, esto es, desde hacía cerca de un año, se habían gastado 5.000 libras para la colación de los pobres enfermos del Hospital, y se habían recibido para este fin 3.500 libras. Así, pues, el déficit subía a 1.500 libras».

«Hecha esta exposición continuó: Esto ha podido provenir de que han muerto varias Damas que pertenecían a la Compañía y que no se han repuesto por otras nuevas. Por eso, Señoras, están ustedes reunidas aquí en parte para ver los medios de que siga adelante esta buena obra, que comenzó y continuó durante tantos años por unos caminos imperceptibles para todos, menos para Dios, que derramó sobre ella tantos beneficios, que nunca lograremos agradecer bastante».

«Señoras, ¡cuántas gracias tienen ustedes que dar a Dios por la atención que El les ha hecho poner en las necesidades corporales de esos pobres enfermos! Porque la asistencia a sus cuerpos ha producido este efecto de su gracia: que les ha hecho pensar en su salvación en un tiempo tan oportuno, que la mayor parte de ellos jamás habían tenido otro para prepararse a bien morir, mientras que los que se curan de la enfermedad no pensarían ciertamente en cambiar de vida sin esas buenas disposiciones en que se les procura poner».

«El Sr. Vicente leyó a continuación la nota de gastos hechos por la Compañía para los pobres de Champaña y de Picardía, que comprende desde el 15 de julio de 1650 hasta el día de la última asamblea general. Se han enviado y distribuido a los pobres trescientas cuarenta y ocho mil libras; y desde la última asamblea general hasta hoy, diecinueve mil quinientas libras, que es poco comparándolo con los años precedentes».

«Estas sumas —dijo continuando la charla— se han empleado para alimentar a los enfermos pobres; para recoger y mantener a unos ochocientos niños huérfanos de las aldeas destruidas, tanto niños como niñas, poniéndolos en algún oficio o a servir, después de haberlos instruido y vestido; para mantener a muchos párrocos en sus parroquias arruinadas, que se habrían visto obligados a abandonar a sus feligreses, al no poder vivir con ellos sin esa ayuda; y finalmente, para arreglar un poco algunas iglesias, que se encontraban en un estado tan lamentable que es imposible decirlo sin estremecerse de lástima».

«Los lugares en donde se ha distribuido el dinero son las ciudades y los alrededores de Reims, Rethel, Laon, San Quintín, Ham, Marle, Sedán, y Arrás».

«Sin contar los trajes, sábanas, mantas, camisas, albas, casullas, misales, copones, etc., que sumarían una cantidad considerable, si se contabilizasen»

«Ciertamente, Señoras, no puede pensarse sin admiración en el gran número de vestidos para hombres, para mujeres y para niños, así como para sacerdotes, como tampoco en los ornamentos diversos para las iglesias despojadas y reducidas a tal pobreza, que puede decirse, que sin esa caridad habría sido necesario suprimir la celebración de los sagrados misterios, y los lugares sagrados habrían tenido que dedicarse solamente a usos profanos. Si hubieran estado entre las Señoras que se encargaban de aquellos paquetes de ropa, habrían visto sus casas convertidas en grandes almacenes y depósitos, como los de los mercaderes mayoristas».

«¡Bendito sea Dios, Señoras, por haberles concedido la gracia de cubrir a Nuestro Señor en sus pobres miembros, cuya mayor parte no llevaban más que andrajos, estando muchos niños tan vestidos como la palma de la mano! La desnudez de las jóvenes y de las mujeres era tan grande, que no se atrevería a mirarlas un hombre que tuviera un poco de pudor. Además, todos estaban a punto de morir de frío en medio de los rigores del invierno. ¡Cuántas gracias tienen que darle a Dios por haber recibido de El la inspiración y los medios para atender a estas grandes necesidades! ¡Y a cuántos enfermos les han salvado la vida! Porque estaban como abandonados de todo el mundo, tumbados en tierra, expuestos a las inclemencias del tiempo y reducidos a la más extrema necesidad por los soldados y por la escasez de trigo. La verdad es que hace algunos años su miseria era mayor de lo que es ahora, y entonces había que enviar hasta 16.000 libras por mes. Todas se animaban a dar, al ver el peligro de morir en que estaban los pobres, si no se les socorría pronto, y se animaban las unas a las otras para asistirlos con su caridad. Pero hace uno o dos años, desde que los tiempos van siendo mejores, las limosnas han disminuído mucho. No obstante, todavía quedan unas ochenta iglesias en ruinas y la pobre gente se ve obligada a ir a misa hasta muy lejos. Miren la situación en que estamos. Ya se ha empezado a trabajar en este asunto, gracias a la Providencia que Dios tiene sobre la Compañía».

«Señoras, ¿no les conmueve el corazón el relato de todas estas cosas? ¿No se sienten impresionadas y llenas de gratitud para con la bondad de Dios sobre ustedes y sobre esos pobres afligidos? Su Providencia se ha dirigido a unas Señoras de París para asistir a dos Provincias desoladas. ¿No les parece esto algo singular y nuevo? La historia no nos dice que haya sucedido nunca esto, ni con las Señoras de España, ni con las de Italia, ni con las de ningún otro país. Estaba reservado esto para ustedes, las que están aquí, y para algunas más que están ya en la presencia de Dios, en donde han encontrado una amplia recompensa por su caridad».

«Desde el año pasado han fallecido ocho de la Compañía. Y, a propósito de esas Señoras difuntas, ¡Dios mío!, ¿quién les habría dicho, la última vez que se reunieron, que Dios iba a llamarlas antes de la siguiente reunión? ¡Qué reflexiones no habrían hecho sobre la brevedad de esta vida y sobre la importancia de pasarla bien! ¡Cuánto habrían estimado la práctica de las buenas obras! Y ¡qué resoluciones no habrían tomado de entregarse más que nunca al amor de Dios y al servicio del prójimo con mayor fervor y con efectos más abundantes! Entreguémonos a Dios para entrar también nosotros en estos sentimientos. Ellas están ahora gozando en el cielo, como hay motivos para esperar; ellas saben por experiencia lo bueno que es servir a Dios y asistir a los pobres; y en el día del Juicio escucharán estas agradables palabras del Hijo de Dios: Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado, porque, cuando tuve hambre, me disteis de co mer; cuando estuve desnudo, me vestisteis; cuando estuve enfermo, fuisteis a visitarme y socorrerme, etc. ¡Qué hermosa práctica, Señoras, ofrecerse a Dios y yo con ustedes para hacernos dignos, mientras todavía tenemos esta ocasión, de estar algún día en aquel bienaventurado grupo, y proponernos hacer todo el bien que nos gustaría hacer, si estuviéramos convencidos de que quizá sea ésta la última reunión en la que nos encontremos! ¡Ocho en un solo año! Si a ellas añaden todas las que fueron muriendo los años anteriores, verán que ha disminuido en mucho el número de las de la Compañía. Al principio había doscientas o trescientas; actualmente se ha quedado reducida a ciento cincuenta. Encomiendo a sus oraciones a estas queridas difuntas».

«Pasemos a los niños abandonados, de los que se ha encargado la Compañía de ustedes. Por las cuentas de la Señora de Bragelonne, que es su Tesorera, vemos que los ingresos del año pasado ascienden a 16.248 libras, mientras que los gastos suman 17.221 libras»

«Después de haber recorrido la lista de los niños, tanto de los destetados como de los que estaban con nodriza, y de los mayores, colocados como aprendices o como criados, y de los que estaban en el Hospital, el Sr. Vicente comprobó que eran en total 395».

«Y añadió: Hemos observado que el número de los niños abandonados es casi siempre igual todos los años, es decir, casi tantos como días tiene el año. Pueden ver qué orden hay en medio de tanto desorden, y cuánto bien es el que hacen ustedes, al cuidar a estas pobres criaturas abandonadas de sus propias madres, y al encargarse ustedes de alimentarlas, educarlas y ponerlas en condiciones de ganarse la vida y de poder salvarse. Antes de que ustedes se encargaran de ellos, les estuvieron urgiendo durante dos años los Sres. Canónigos de Notre Dame. Como se trataba de una empresa importante, ustedes quisieron pensar en ella, y finalmente pusieron manos a la obra, creyendo que Dios la vería con agrado, tal como lo ha hecho ver desde entonces. Hasta entonces nunca había oído nadie decir, y eso hace más de cincuenta años, que ningún niño abandonado hubiera logrado sobrevivir: todos morían de una manera o de otra. Les tocaba a ustedes, Señoras, a quienes Dios había reservado esta gracia, conseguir que vivieran muchos de ellos, y que pudieran vivir bien».

«Cuando aprenden a hablar, aprenden al mismo tiempo a alabar a Dios, y poco a poco se les va dando ocupación según las habilidades y la capacidad de cada uno; se vela sobre ellos para educar bien sus modales y corregir oportunamente sus malas inclinaciones. Se sienten felices de haber caído en las manos de ustedes mientras que serían desgraciados en las de sus padres que, de ordinario, son gente pobre o viciosa. No hay más que ver su distribución del día para conocer bien los frutos de esta obra, que es de tal importancia, que tienen ustedes todos los motivos del mundo para dar gracias a Dios por habérsela confiado».

«Nos quedan por decir algunos motivos que obligan a la Compañía a renovar su devoción por estas diversas obras de caridad, que la misericordia de Dios ha conducido hasta el punto que acabamos de ver, y cuyos frutos no se verán perfectamente hasta el cielo; obras que les obligan, repito, a todas las que se encuentran aquí, alistadas en esta santa milicia, a que continúen y aumenten su primer fervor, y a las que todavía no pertenecen a la Compañía a contribuir todo lo que puedan para sostener e incrementar estas obras, que guardan tanta relación con las que Nuestro Señor hizo y recomendó en favor de los pobres».

«El primer motivo es que la Compañía de ustedes es una obra de Dios, y no una obra de los hombres. Como ya les he dicho otras veces, de los hombres no cabría esperar nada parecido; por consiguiente, es Dios el que se ha mezclado en esto. Toda buena acción viene de Dios; El es el autor de todas las obras santas. Hay que referirlas todas al Dios de las virtudes y al Padre de las misericordias, pues, ¿a quién hay que referir la luz de las estrellas, sino al sol que es su origen, a quien hay que referir el designio de la Compañía, más que al Padre de las misericordias y al Dios de todo consuelo, que les ha escogido como vehículos de su consuelo y de su misericordia? Nunca ha llamado Dios a una persona para una tarea, sin que haya visto en ella las cualidades propias para cumplirla, o sin que tenga el proyecto de dárselas. Por tanto, es El el que por su gracia las ha llamado y las ha unido a todas. Ha sido necesario que su movimiento las haya traído a estas tres clases de bienes; no ha sido la voluntad de ustedes. Esto bien vale la pena que suscitemos el espíritu de caridad entre nosotros de todas esas maneras. ¡Cómo! ¡Es Dios el que me ha hecho el honor de llamarme! Es menester, por eso, que escuche su voz. ¡Es Dios el que me ha destinado a estas obras caritativas! Es preciso, por tanto, que me dedique a ellas. El no ha querido, Señoras, que los ojos de ustedes hayan visto al Salvador, como lo vió el santo Simeón, pero quiere que escuchen su voz para ir adonde les llame, si no ciegamente, como san Pablo, sí con alegría y con cariño; porque si no la escuchan y no responden a ella, se harían indignas de la gracia de la vocación de ustedes. Yo he visto nacer la obra; he visto cómo la bendecía Dios; la he visto comenzar con una simple colación, que se llevaba a los enfermos; y ahora la prosiguen ustedes, y con unas consecuencias tan ventajosas para su gloria y para el bien de los pobres. Así que es menester que le tenga cariño. ¡Qué dureza de corazón, si hubiera alguna que no tuviera interés en contribuir al sostenimiento de unos bienes tan grandes como éstos!».

«El segundo motivo es que todas tienen que tener mucho miedo de que estas obras lleguen a disolverse y a perderse en sus manos. Señoras, sería sin duda una gran desgracia; una desgracia tan grande, como la gracia que Dios les ha concedido de utilizarlas en una obra tan admirable. Hace ya alrededor de ochocientos años que las mujeres no han tenido ninguna función pública en la Iglesia. Antes existían las que llevaban el nombre de diaconisas, y se preocupaban de cuidar del orden entre las mujeres en las iglesias, y de instruirlas en las ceremonias que entonces se usaban. Pero en tiempos de Carlomagno, por una disposición secreta de la Providencia, cesó este uso, y el sexo de ustedes quedó privado de toda función, sin que en adelante se le haya confiado alguna. Y he aquí que esta misma Providencia se dirige actualmente a algunas de ustedes para suplir lo que se necesitaba para los enfermos pobres del Hôtel-Dieu. Algunas respondieron a sus designios, y poco después, otras se asociaron a las primeras. Dios las hizo como madres de los niños abandonados, las directoras de su Hospital, y las dispensadoras de las limosnas de París por las Provincias, especialmente para las que acababan de ser desoladas. Estas almas buenas han respondido a todo esto con entusiasmo y con firmeza, por la gracia de Dios».

«¡Ay Señoras! Si todos estos bienes llegaran a disolverse en las manos de ustedes, sería un motivo de gran desconsuelo. ¡Qué desolación! ¡Qué vergüenza! ¿Y quién podría pensar en semejante catástrofe? ¿De dónde podría provenir? ¿Quién podría ser la causa? Que cada una de ustedes se pregunte en su interior: ¿Soy yo la que contribuyo a hacer que decaiga esta santa obra? ¿Qué hay en mí que me haga indigna de sostenerla? ¿Soy yo la causa de que Dios cierre su mano a sus gracias? Seguramente, Señoras, si nos examinamos bien, tendríamos mucho miedo de no haber hecho todo lo que hemos podido por el progreso de esta obra; y si consideraran su importancia, la querrían tanto como a la niña de sus ojos, y como al instrumento de la salvación de ustedes. Y si se interesaran, según Dios, por su progreso y su perfección, traerían acá a las Señoras conocidas de ustedes. De lo contrario, se les podrá aplicar el reproche del Evangelio a aquel que empezó a construir un edificio, y lo dejó sin acabar: Han puesto ustedes los fundamentos de una obra, y han dejado así las cosas.Y esto es un asunto de importancia, sobre todo, si tienen en cuenta que su edificio es un adorno para la Iglesia, y un asilo para la gente desgraciada. Por consiguiente, si por su culpa llegara a faltar, le quitarán al público un motivo de gran edificación y a los pobres un gran consuelo».

«El Hermano que está encargado de distribuir las limosnas de ustedes, me decía: Padre, es el trigo que se ha enviado a la frontera lo que ha dado la vida a un gran número de familias; no tenían ni un solo grano para sembrar; nadie se lo quería prestar; las tierras permanecían yermas y aquellas aldeas se quedaban desiertas por la muerte y por el abandono de sus habitantes. Se han utilizado hasta 22.000 libras en un año en simiente para ocupar a la gente en verano y alimentarla en invierno. Fíjense, Señoras, en los bienes que han hecho y la desgracia que ocurriría, si llegaran a faltar».

«El tercer motivo que tienen ustedes para proseguir estas obras tan santas es el honor que Nuestro Señor saca de ellas. ¿Cómo así? Porque es honrarle a El entrar en sus sentimientos, seguirlos, hacer lo que El hizo y realizar lo que El ha ordenado. Pues bien, sus sentimientos más íntimos han sido preocuparse de los pobres para curarlos, consolarlos, socorrerlos y atenderlos; en ellos es en quienes ponía todo su afecto. Incluso El también quiso nacer pobre, recibir en su Compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que les hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina Persona. ¿Podía acaso demostrarles un amor más tierno a los pobres? No hay ninguna diferencia, Señoras, entre amarle a El y amar a los pobres de ese modo; servirles bien a los pobres es servirle a El, es honrarle como es debido e imitarle en nuestra conducta. Si esto es así, ¡cuántos motivos tenemos para animarnos a perseguir estas buenas obras, diciendo ya desde ahora desde lo más profundo de nuestros corazones: ¡Sí, me entrego a Dios para cui dar de los pobres y para practicar con ellos las obras de caridad; los atenderé, los cuidaré, los querré y, a ejemplo de Nuestro Señor, amaré a quienes los consuelan, y respetaré a todos los que los visiten y atiendan!.Pues bien, si nuestro bondadosísimo Salvador se considera honrado con esta imitación, ¡cómo hemos de sentirnos también nosotros honrados en poder hacernos semejantes a El! ¿No les parece, Señoras, que es éste un motivo muy poderoso para renovar en ustedes el primer fervor? En cuanto a mí, creo que debemos ofrecernos hoy a su Divina Majestad, para que nos anime de su misma caridad, de forma que en adelante se pueda decir de todas ustedes que es la caridad de Cristo la que las impulsa».

«He aquí bastantes motivos para las almas que aman a Dios. Me parece que también ustedes me dicen: Padre, estamos todas convencidas de que es importante continuar las obras buenas comenzadas, porque solamente el fin es lo que corona las obras, y que no solamente hay que servir a Dios y atender a los pobres, sino además hay que procurar hacerlo bien; no queda más que buscar los medios para ello, puesto que, gracias a Dios, estamos decididas y dispuestas a hacer todo lo posible para que sigan adelante las obras y prosigan nuestras reuniones»

«El primer medio que les presento, Señoras, es tener un interés continuo y acendrado por trabajar en vuestro progreso espiritual y vivir con toda la perfección que les sea posible, teniendo siempre la lámpara encendida dentro de ustedes, esto es, un deseo cordial, ardiente y perseverante de agradar y de obedecer a Dios; en una palabra, de vivir como verdaderas siervas de Dios. Las que están en estas disposiciones atraen seguramente las gracias de Dios y de Nuestro Señor sobre ellas mismas, en sus corazones y en sus acciones, viviendo de esa manera, ustedes conseguirán la perseverancia en las buenas obras, porque el Señor de las misericordias habitará en ustedes. Y puesto que las máximas del mundo no están de acuerdo con esto, y no hay nada que nos prive tanto del espíritu de Dios como el vivir mundanamente en el siglo, y como cuanto mayor es el lujo y la fastuosidad, más indigno se hace uno de poseer a Jesucristo, las Damas de la Caridad tienen que apartarse de ese espíritu del mundo, como de un aire infectado; es preciso que se declaren partidarias de Dios y de la caridad. Y tiene que ser por entero, pues el que quisiera adherirse en una pequeña parte al partido contrario, lo estropearía todo, porque Dios no puede tolerar un corazón compartido, lo quiere todo, sí, lo quiere todo. Tengo el consuelo de hablarles a unas almas que son totalmente suyas, apartadas de todo lo que podría hacerlas desagradables a sus ojos. En los primeros años, entre aquéllas que se presentaban para entrar en la Compañía, se elegía a las que no frecuentaban el juego, ni las comedias, ni otros pasatiempos peligrosos y que no eran vanidosas, haciéndose las devotas. Por eso, hemos de creer que Dios no derrama sus gracias más que sobre aquéllas que se separan del gran mundo, que se acercan a Dios y que se recogen para unirse con El a base de suspiros, oraciones y con trabajos y ocupaciones santas, de manera que todo el mundo sepa que han hecho profesión de servir a Dios».

«¡Oh Señor! ¿Será mucha la gente que se salva? Hay dos puertas para ir a la otra vida, una estrecha y otra ancha. Hay pocos que pasan por la primera y muchos por la segunda. Los santos entienden por puerta ancha la libertad de los mundanos, quienes, tomando carrera, siguen sus apetitos desordenados: para ésos no queda más remedio que la cólera y la maldición de Dios, según lo que dice san Pablo: Si vivís según la carne, moriréis. ¡Salvador mío! ¡Qué amenaza! Tenemos motivos para creer que no estamos en ese gran número de los que caminan a la perdición; sí, así es, si realmente marchamos por el camino estrecho».

«Las Señoras, que se entreguen a Dios para vivir como verdaderas cristianas en la observancia de los mandamientos de Dios y cumpliendo con las reglas de la justicia: las casadas, obedeciendo a sus maridos; las viudas, viviendo como viudas; las madres, cuidando de sus hijos; las amas, de sus criados y criadas; y que, finalmente, añadan a esos deberes lo que el Bienaventurado Obispo de Ginebra les aconseja, a saber, que entren en las Compañías y Cofradías que hacen profesión especial de virtud y que, además de recomendar algún acto externo de piedad o de misericordia, lleven también a la mortificación de las pasiones y al amor de Dios, esas Señoras caminarán por el buen camino, que conduce a la vida. Entren pues, en esta Compañía o Cofradía las que todavía no se hayan alistado en ella, puesto que lo más importante es no tener corazón más que para Dios, ni más voluntad que la de amarle, ni más tiempo que para servirle. Si una se complace en su marido, es por Dios; si se preocupa de sus hijos, es por Dios; si se dedica a sus negocios, es por Dios. Así es como se pasa por la puerta estrecha de la salvación y se llega al cielo».

«Nuestro Señor tenía que tratar con tres clases de gente: con los Apóstoles, con los discípulos y con el pueblo. Este le seguía por algún tiempo, pero, después de haber saboreado sus palabras de vida, se retiraba. Eso le obligó a Nuestro Señor a decir a sus discípulos: Y ¿vosotros? ¿No queréis dejarme? Hay algunas personas que, al ver cómo muchas de ustedes siguen constantemente a Nuestro Señor por el camino estrecho del ejercicio del amor de Dios y del prójimo, querrían también hacer lo mismo. Es algo que les parece hermoso, pero, como lo encuentran difícil, no se quedan».

«Entre los que se mantuvieron firmes en seguir a Nuestro Señor, había tanto mujeres como hombres, que le siguieron hasta la cruz. Ellas no eran apóstoles, pero componían un estado medio, cuyo oficio consistió luego en administrar a los apóstoles los medios de vida, y en contribuir a su santo ministerio. Es de desear que las Damas de la Caridad miren a esas mujeres devotas como a sus modelos. No hay ninguna condición en el mundo que se acerque tanto a ese estado como la de ustedes. Ellas iban de un lado para otro atendiendo a las necesidades, no sólo de los obreros del Evangelio, sino de los fieles necesitados»

«Ese es su oficio, Señoras; ésa es su herencia. Bendigan a Dios, porque les ha llamado a ese bienaventurado estado, y vivan como aquellas santas mujeres. Sientan cariño y devoción por la bienaventurada Juana de Cusa y por las demás de las que nos habla san Lucas. Al hacer así, pasarán por la puerta estrecha, que lleva a la vida. Y, como dice santo Tomás, se salvarán todas, porque —así lo dice él— nadie puede perderse en el ejercicio de la caridad. Encerrémonos, pues, dentro del recinto de esta virtud; pongámonos a los pies de Nuestro Señor, y pidámosle que derrame luz, movimiento y calor en el espíritu de ustedes cada vez más, para continuar hasta el fin con la obra comenzada, porque no hacer mañana un poco más que hoy, es lo mismo que retroceder. En la vida espiritual es necesario avanzar siempre, y se avanza, cuando no se abandonan las buenas obras. ¡Quiera Dios conservarlas en las de ustedes, y hacerlas vivir como a las verdaderas madres, que nunca abandonan a sus hijos! Ustedes son las madres de los pobres, obligadas a portarse como Nuestro Señor, que es su padre y que se hizo semejante a ellos, viniendo a la tierra a instruirlos, a consolarlos y recomendárnoslos. Hagan ustedes lo mismo, frecuenten los santos lugares, como son los Hospitales, y traten con las personas virtuosas, como son las de su Compañía. Esa será una señal de su predestinación. Ese será un medio para avanzar en la virtud, un buen medio para atraer a otros a ella, y el medio de los medios para conservar y hacer florecer a la Compañía para mayor gloria de Dios y edificación del pueblo».

«Otro medio para la conservación de su Compañía consiste en que moderen sus actividades, porque —según dice el refrán— el que mucho abarca, poco aprieta. A otras Compañías o Cofradías, a varias Comunidades e, incluso, a Congregaciones religiosas enteras les ha sucedido que, por haberse cargado por encima de sus fuerzas, han sucumbido bajo la carga. La virtud se encuentra entre dos vicios opuestos, que son el defecto y el exceso. Por ejemplo, el que con el pretexto de caridad quisiera encargarse de todas las necesidades del prójimo, sin dejar pasar ninguno de los favores que podría hacerle, esa persona caería en un vicio; lo mismo le sucedería a la que no quisiera ejercer ninguna virtud, ni realizar nunca un acto de caridad, caería en el vicio contrario. Los teólogos opinan que es un mal tan peligroso excederse en la práctica de las virtudes como faltar en ella. Y el demonio, de ordinario, tienta a las personas muy caritativas, para que se excedan en sus buenas obras, sabiendo que más tarde o más temprano acabarán por sucumbir. ¿No han visto nunca a esos hombres que por llevar demasiado peso, o por tener mucha prisa en llegar, caen bajo su carga? Podría suceder que también la Compañía sucumbiera bajo la suya, si se cargara con demasiadas cosas».

«Se reconoce ya esto en la tarea de las catorce Señoras de la Compañía, que van por parejas dos veces cada día al Hôtel-Dieu a visitar y consolar a los pobres enfermos; es mucho el bien que hacen. Mientras que las otras se encargan de llevar todos los días algún refrigerio a los pobres enfermos, ellas se dividen para ir a consolar e instruir a las pobres mujeres y jóvenes enfermas en las camas donde están acostadas. Les cuesta ya mucho trabajo sostener esta tarea y soportar todas las dificultades con que se encuentran. Y este esfuerzo tan penoso hace que se encuentren pocas personas que quieran dedicarse a él»

«La ayuda que se manda a las fronteras y a las Provincias desoladas es muy grande. Se trata de una cosa casi sin ejemplo con que compararla, al ver cómo se reúnen unas Señoras para ayudar a unas Provincias reducidas a la extrema necesidad, enviando para allá grandes sumas de dinero, alimentos y ropa para atender a infinidad de pobres de toda condición, de toda edad y sexo. Nunca se ha oído decir que se hayan asociado unas personas como ésas, que, de oficio, como ustedes, hayan hecho algo semejante».

«Por consiguiente, sería de temer que, al sobrecargarse con nuevas obras, se dejaran caer otras más útiles y que finalmente todas acabaran por desaparecer. Es lo que me decía una persona hace poco tiempo. Dios es todopoderoso, pero nosotros somos débiles. Ponemos la virtud en donde no puede ponerse: no puede estar en el exceso. El Hijo de Dios sólo ha hecho un poco. Los Apóstoles hicieron algo más: San Pedro convirtió a cinco mil personas en una predicación, y Nuestro Señor predicó en muchas ocasiones sin convertir quizás a nadie. Dijo que los que creyeran en El harían más de lo que El hizo. Quiso ser humilde emprendiendo pocas cosas. Un estómago cargado no digiere bien. Un porteador acostumbra a sopesar la carga antes de echársela a los hombros y, si excede sus fuerzas, no se la carga. Hemos de pedirle a Dios que sea El mismo quien nos cargue con el peso; de ese modo, si las fuerzas nos fallan, El nos ayudará a llevarla. Que le conceda a la Compañía la gracia de ser prudente, a fin de que no abrace nada que no venga de El. ¡Cuánto tiempo ha pasado sin que nadie se encargara de los niños abandonados! ¡Cuántas instancias se han hecho, para que alguien los tomara bajo su protección! ¡Cuántas oraciones, peregrinaciones y comuniones se han hecho antes de decidirse a ello! Lo saben ustedes muy bien, y saben también que conviene hacerlo siempre así antes de hacer lo mismo con las nuevas propuestas que se nos hacen, para no comprometerse con ninguna de ellas por un celo indiscreto. Cuando vean que llevan bien los asuntos que Dios les ha encomendado, ¡ánimo!, bendigan a su Bondad infinita y entréguense a ella para llevarlos adelante. No presuman de sus fuerzas para poder hacer más».

«Tienen ustedes la colación de los pobres del Hôtel-Dieu y su instrucción, la manutención y educación de los niños abandonados, la preocupación por las necesidades espirituales y corporales de los criminales condenados a galeras, la asistencia a las fronteras y a las Provincias desoladas, la contribución a las misiones de Oriente, del Norte y del Sur. Estas son, Señoras, las obras que atiende su Compañía. ¡Cómo! ¡Ocuparse de todo esto unas mujeres! Sí, esto es lo que, desde hace veinte años, les ha dado Dios la gracia de emprender y sostener. Entonces, no hagamos nada más sin pensarlo antes bien. Hagamos bien lo que hacemos, cada vez mejor, pues eso es lo que Dios pide de nosotros».

«El tercer medio para mantener la Compañía es contribuir a llenarla con otras Señoras piadosas y virtuosas. Pues, si no se anima a otras personas a entrar en ella, se irá reduciendo cada vez más y, al faltar gente, será demasiado débil para poder llevar adelante unas cargas tan pesadas. Por eso mismo, se propuso ya en otra ocasión que las Señoras procurasen, antes de morir, preparar a una hija, a una hermana o a una amiga, para que entrara en la Compañía; quizás es que no se acuerden. ¡Oh qué buen medio sería que cada una de ustedes se convenciera bien de los grandes bienes que se siguen, en este mundo y en el otro, para las almas que ejercen las obras de misericordia espiritual y corporal de tantas maneras como ustedes lo hacen! Esto les moverá sin duda alguna a que vayan preparando a otras, para que se unan a ustedes en esta santa práctica de la caridad por la consideración de esos bienes. Este convencimiento les animará primero entre ustedes, lo mismo que los carbones encendidos que se ponen juntos, y luego, alentarán a las demás con sus palabras y ejemplos».

«Permítanme, Señoras, que les pregunte cuáles son sus sentimientos sobre estas ideas. Y dirigiéndose a la Señora de Nemours, el Sr. Vicente le dijo: Señora, ¿se le ha ocurrido a usted algún medio? Y esa misma pregunta se la hizo a continuación a otras Señoras de la reunión. Algunas hicieron las observaciones siguientes:

«1. Que sería conveniente hablar con las personas a punto de presentarse delante de Dios, para que hicieran mandas piadosas en favor de los pobres que atiende la Compañía»

«Es un medio interesante —observó el Sr. Vicente— sugerir esta idea a las pe sonas acomodadas, cuando se les visite en sus enfermedades».

«2. Que sería de mucho provecho para la Compañía ser más asiduas en los actos».

«Es un buen consejo —replicó— ser cumplidoras y exactas para atraer a las de más, así como también es un gran medio hacer que sientan el atractivo por una vida santa»

«3. Que cada una de las Señoras debería concurrir, en la medida de sus posibilidades, a los gastos y al trabajo de la Compañía».

Para terminar el Sr. Vicente dijo: «Está bien, Señoras. ¡Bendito sea Dios! Queda por saber si les parece bien que las Oficialas sigan en su cargo. Si no les parece así, pasaremos a votar. Después de preguntarles a todas, una por una, concluyeron por unanimidad que no se procediese por esta vez a una nueva elección».

«Y el Sr. Vicente terminó la reunión con estas palabras. ¡Muy bien, Señoras! De mos gracias a Dios por esta reunión. Pidámosle que acepte con agrado este ofre cimiento que vamos a hacerle de rodillas, entregándonos a su Divina Majestad con todo nuestro corazón, para recibir de su Bondad infinita el espíritu de caridad, y que nos conceda la gracia de responder con ese espíritu a los designios que tie ne sobre cada uno de nosotros en particular y sobre la Compañía, en general, y de suscitar por todas partes ese espíritu de fervor por la caridad de Jesucristo, a fin de merecer que El lo derrame abundantemente en nosotros y que, haciendo producir ya sus efectos en este mundo, nos haga agradables a Dios, su Padre, eternamente en el otro. Así sea».

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