Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 1, Sección 9

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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MISIONES DEL SEÑOR VICENTE

SECCION IX: Misiones en la isla de San Lorenzo, llamada también Madagascar

§. I Carta del Sr. Vicente al Sr. Nacquart, sacerdote de la Congregación de la Misión sobre esta misión

No sabríamos hacer mejor ni más a propósito la apertura de esta importante misión, sino con un párrafo de una carta que el Sr. Vicente escribió acerca de este asunto al difunto Sr. Carlos Nacquart, Sacerdote de la Congregación de la Misión, natural de la diócesis de Soissons, que fue el primero sobre el que puso sus ojos para aquel trabajo apostólico, y en el que por fin, ha consumado felizmente su vida en el servicio de nuestro Señor y en la conversión de aquellos pobres infieles. He aquí en qué términos el Sr. Vicente le escribió el mes de abril de 1648 desde Richelieu, donde él se hallaba entonces:

«Hace ya mucho tiempo que Nuestro Señor puso en su corazón el sentimiento de hacerle un señalado servicio. Cuando se hizo en Richelieu la propuesta (de las misiones) entre gentiles e idólatras. Creo que Nuestro Señor le hizo sentir a su alma que le llamaba a ellas, tal como usted me lo escribió entonces, junto con otros de esa casa de Richelieu. Ya es hora de que esa semilla divina de la vocación produzca su efecto en usted. El Sr. Nuncio, por orden de la sagrada Congregación de la Propaganda de la fe, que tiene al Santo Padre el Papa por cabeza, ha escogido a nuestra Compañía para ir a servir a Dios en la isla de San Lorenzo, llamada por otro nombre Madagascar. Y la Compañía ha puesto sus ojos en usted, como la mejor hostia que tiene para rendir homenaje a nuestro Soberano Creador, para hacerle este servicio, junto con otro buen sacerdote de la Compañía. Mi más querido señor, ¿qué dice su corazón ante esta noticia? ¿siente la vergüenza y la confusión convenientes para recibir tan alta gracia del cielo? ¡Vocación tan grande y tan adorable como la de los mayores apóstoles y los mayores santos de la Iglesia de Dios! ¡Los designios eternos realizados en el tiempo sobre usted! La humildad es la única capaz de soportar esta gracia; el perfecto abandono de todo lo que usted es y puede ser, con la exuberante confianza en su soberano Creador la debe seguir. Le serán necesarias la generosidad y una gran valentía. Necesita una fe tan grande como la de Abraham; tiene usted gran necesidad de la caridad de san Pablo, el celo, la paciencia, la deferencia, la pobreza, la solicitud, la discreción, la integridad de costumbres y un gran deseo de consumirse totalmente por Dios: todo eso le será tan necesario como al gran san Francisco Javier».

«Esa isla está bajo el Capricornio. Tiene cuatrocientas leguas de largo y unas ciento sesenta de ancho. Hay pobres hombres que viven en la ignorancia de Dios, pero que son muy sencillos y muy rectos. Para ir allá, hay que pasar la línea del Ecuador»

«Lo primero que tendrá que hacer usted es amoldarse al viaje que hizo el gran san Francisco Javier, sirviendo y edificando a los de los barcos que le lleven; organizar las oraciones públicas, si es posible; cuidar de los enfermos y desvelarse siempre por acomodarse a los demás; procurar una buena navegación, que dura cinco o seis meses, tanto con sus oraciones y la práctica de todas las virtudes, como los marineros la procurarán con sus trabajos y su destreza; a los sobrecargos y a sus oficiales tenerles siempre un gran respeto; pero ser fiel para con Dios para no faltar nunca a los intereses de El, sin traicionar jamás a la conciencia por ninguna consideración, sino buscando con cuidado que no se estropeen los asuntos del buen Dios por precipitarse demasiado, tomándose su tiempo y sabiendo esperar».

«Cuando hayan llegado a aquella isla, tendrán primero que arreglarse como puedan. Quizás tengan ustedes que separarse para servir en diversos lugares; pero convendrá que se vean uno a otro lo más frecuentemente que puedan para consolarse y animarse. Desempeñarán ustedes todas las funciones parroquiales con los franceses y con los idólatras convertidos. Seguirán en todo las normas del Concilio de Trento y utilizarán el ritual romano. No permitan que se introduzca ningún otro uso; y si ya se había introducido, procuren suavemente hacer que las cosas vuelvan a su cauce. Para ello será conveniente que se lleven al menos dos Rituales Romanos. Su preocupación principal, después de esforzarse en vivir con las personas que tengan que tratar en olor de suavidad y de buen ejemplo, debe ser que procuren que aquella pobre gente, nacida en las tinieblas de la ignorancia de su Creador, comprenda las verdades de nuestra santa fe, no ya por razones de teología, sino por razonamientos sacados de la naturaleza, pues hay que comenzar por ahí, intentando hacerles comprender que no hace usted más que desarrollar en ellos las señales que Dios les ha dejado de Sí mismo, y que había ido borrando la corrupción de la naturaleza, desde hace mucho habituada al mal. Por eso, Señor, convendrá que se dirija con frecuencia al Padre de las luces, repitiendo lo que le decimos todos los días: Da mihi intellectum ut sciam testimonia tua.Ordene en la meditación las luces que El le de, y para demostrar la verdad de un soberano y primer ser y las consecuencias del misterio de la Trinidad, la necesidad del misterio de la Encarnación, que nos hace nacer un nuevo hombre perfecto, después de la corrupción del primero, para reformarnos y asemejarnos a El. Me gustaría que les hiciera ver las debilidades de la naturaleza humana mediante los desórdenes que ellos mismos condenan, pues también ellos tienen leyes y castigos».

«Será bueno que tengan ustedes libros que traten de estas materias, como Catecismo de Granada, o algún otro que procuraremos enviarle. No puedo menos de repetirle, señor, que lo mejor es la oración: Accedite ad eum, et illuminamini, abandonarse en el espíritu de Dios, que habla en esas ocasiones. Si su divina Bondad quiere darle la gracia de cultivar la semilla de cristianos que ya hay allí y hacer que vivan con aquella buena gente en la caridad cristiana, no dudo, ni mucho menos, que Nuestro Señor se servirá de ustedes para preparar allí a la Compañía una mies abundante. Vaya, pues, señor, y ya que le envía Dios por medio de sus representantes en la tierra, eche audazmente las redes».

«Sé cuánto estima su corazón la pureza. Tendrá que hacer allí un buen uso de ella, dado que esos pueblos, viciados en muchas cosas, tienen sobre todo ese vicio. La gracia infalible de su vocación le garantiza contra todos esos peligros».

«Todos los años recibiremos noticias de usted y le mandaremos las muestras».

«Le enviaremos un oratorio completo, dos rituales romanos, dos biblias pequeñas, dos Concilios de Trento, dos casuístas, algunas estampas de todos nuestros misterios, que sirven maravillosamente para que esa buena gente comprenda lo que se le quiere enseñar, y les gusta mucho».

«Tenemos aquí un joven de esa tierra, de unos veinte años, a quien tiene que bautizar hoy el Sr. Nuncio. Yo utilizo estampas para instruirlo, y me parece que esto sirve para que ate su imaginación».

«No sé si será necesario llevar hierros para hacer hostias con que celebrar la santa misa; los santos óleos para el bautismo y para la Extremaunción; un Bussé para cada uno; y para sus meditaciones algunos ejemplares de la ‘Introducción a la vida devota’; vidas de santos».

«Tiene usted una obediencia nuestra y plenos poderes del Sr. Nuncio, que lleva esta obra en el corazón»

«Con todo esto me entrego por entero a usted, si no para seguirle efectivamente, pues soy indigno de ello, al menos para pedirle a Dios por usted todos los días que todavía me conceda en la tierra y, si Dios quiere hacerme esta misericordia, para volver a verlo en la eternidad y honrarlo allí como a una persona que estará colocada por la dignidad de su vocación en el número de los hombres apostólicos».

«Acabo, postrado en el espíritu a sus pies, rogándole que quiera ofrecerme a nuestro común Señor, para que le sea fiel, y acabe en su amor el camino que conduce a la eternidad. Soy en el tiempo y seré para siempre, señor, su…» etc

«La otra persona a la que hemos destinado con usted es el Sr. Gondrée, a quien quizás vio usted en Saintes, donde estuvo cuando todavía era clérigo. Es uno de los mejores miembros de la Compañía, que aún conserva la devoción que tenía al entrar en ella; es humilde, caritativo, cordial, exacto y lleno de celo, en una palabra, que no sabría qué decir en su alabanza» .

«El miércoles o el jueves saldrán de aquí algunos mercaderes para La Rochela. Si desean pasar por Richelieu, el Sr. Gondrée podrá ir con ellos para juntarse allí con usted, y ellos irán por delante para preparar el barco y esperarles para el día 15 o el 20 del mes próximo, cuando se harán a la vela. Le ruego, que esté preparado. A los libros que ya he nombrado añadiremos la Vida y las Cartas del apóstol de las Indias. Haga el favor de no divulgar esta noticia, pues por aquí no hemos dicho nada todavía».

«En el viaje irá también uno de los señores del comercio de Indias; él le pagará los gastos en el mar y le enviaremos con qué vivir en aquellos lugares».

«¡Qué más le diré, señor, sino que ruego a Nuestro Señor, que le dió parte en su caridad, que le haga participar también de su paciencia, y que no hay ninguna cosa que yo desee tanto en la tierra como ir a servirle de compañero, si fuera posible, en lugar del Sr. Gondrée».

 

§. II Partida de dos sacerdotes de la C.M. camino de la isla de San Lorenzo, y lo que les sucedió de más notable hasta su llegada

En cuanto recibió el Sr. Nacquart la carta del Sr. Vicente se dispuso a realizar lo que le había prescrito, considerándola como manifestación de la voluntad, no de un hombre, sino del mismo Dios. En cuanto llegó el Sr. Gondrée, salieron juntos de Richelieu el 18 de abril siguiente. Y por haberse visto obligados a detenerse cerca de un mes en La Rochela esperando a que estuviera preparado el barco que los debía llevar, emplearon el tiempo, de acuerdo y con permiso del Sr. Obispo, catequizando y prestando otros servicios y asistencias parecidas a los pobres, en especial a los que estaban en los hospitales o en la cárcel.

El 11 de mayo, día de la Ascensión de Nuestro Señor, el barco en el que habían embarcado, levó anclas e izó las velas al viento. Y en los primeros días aquellos dos buenos misioneros se dedicaron principalmente a preparar a los que estaban en el barco, en número de ciento veinte personas, con las confesiones generales a participar de las gracias e indulgencias del jubileo, que había sido concedido hacía poco por nuestro Santo Padre el Papa

Llegaron a Cabo Verde, y se detuvieron para hacer aguada, y allí se encontraron con un barco de Dieppe que iba a las islas de San Cristóbal, e hicieron la misma caridad con los pasajeros de aquel barco.

Continuando su ruta, y ya cerca de la Línea (del Ecuador), tuvieron unos vientos tan contrarios, que casi se vieron obligados a entrar de arribada; pero los misioneros, después de exhortar a los del barco que acudieran a la protección y a la intercesión de la Santísima Virgen, y después de hacer todos, por consejo de aquéllos, un voto público a Dios en honor de la Reina del cielo, de confesarse y comulgar uno de los días de la semana que precedía a la fiesta de la gloriosa Asunción, y de levantar una iglesia en la isla de Madagascar, cesó la tempestad, y el viento se tornó favorable, de forma que la víspera de aquella gran fiesta se hallaron debajo de la Línea. Y continuando el viaje, experimentaron en varias circunstancias su protección. Se liberaron especialmente de un gran peligro a la vista del Cabo de Buena Esperanza; y después, fondearon en la 1. Africa del Sur. Bahía de Saldanha 1 . Se detuvieron allí ocho días. Se hicieron a la mar, y finalmente llegaron, después de seis meses y medio de navegación, a la isla de San Lorenzo

Durante todo ese tiempo, aquellos dos buenos misioneros no permanecieron ociosos; porque, cuando se enteraron que en el barco varios de los marineros y de los pasajeros necesitaban ser instruidos, daban tres o cuatro veces por semana catequesis en forma de exhortaciones acerca de los principales misterios de la fe y de las otras materias más necesarias, según el método que se practica ordinariamente en las misiones, preguntando después a los más jóvenes las cosas principales que habían explicado.

Además de eso, como en el barco se suele ir muy hacinados y hay siempre enfermos, los dos buenos misioneros se repartieron el trabajo para poder prestar los servicios y las asistencias que pudieran. Uno de ellos los visitaba por la mañana, y el otro por la tarde. En cuanto a los que se encontraban bien, con el fin de que pudieran emplear útilmente el tiempo, y evitar la ociosidad y otros vicios que la acompañaban, además de las oraciones públicas que se tenían siempre por la mañana y por la tarde, y la santa misa que se celebraba diariamente, cuando el tiempo lo permitía, habían determinado reunirse a ciertas horas del día en grupos de tres o cuatro; de éstos, uno hacía la lectura a los demás en algunos buenos libros, como la Imitación de Nuestro Señor, la Introducción a la vida devota, y otros parecidos.

También lograron persuadir a buena parte de las personas del barco a que tuvieran unos coloquios espirituales dos o tres veces por semana, sobre diversas materias más propias de ellos, particularmente sobre las tentaciones y ocasiones de ofender a Dios, y sobre los medios especiales para resistirlas, o evitarlas. Así es como se manifestaba sensiblemente el efecto de la palabra de nuestro Señor, que cuando se reunieran dos o tres en su nombre, El se encontraría en medio de ellos. Al terminar el coloquio, uno de los dos sacerdotes resumía lo que se había hablado, y añadía familiarmente sus propias ideas, y después concluía con alguna historia de la Sagrada Escritura, o algún ejemplo de la vida de los santos.

§. III Descripción de la Isla de Madagascar y sus habitantes

Antes de contar lo que los dos buenos Sacerdotes de la Congregación de la Misión hicieron en aquellas tierras, y para entender todo mejor, es preciso hacer una pequeña descripción de la isla. Para ello seguiremos con exactitud lo que el Sr. Nacquar escribió al Sr. Vicente

La isla de «Madagascar», llamada también de «San Lorenzo», porque fue descubierta el día de la fiesta de aquel gran santo, tiene de largo unas seiscientas millas italianas; de ancho, doscientas millas en algunos lugares, y en otros, trescientas o cuatrocientas. Su perímetro es de mil ochocientas millas, más o menos. Allí el calor es muy grande, pero no intolerable. Está dividida en varias comarcas o provincias, separadas unas de otras por montañas muy altas. Los que más han frecuentado la isla sostienen que hay más de cuatrocientas mil almas

En cada comarca o provincia hay un Grande, a quien tienen por amo y señor; hay vasallos que le obedecen; algunos tienen de tres a cuatro mil; otros aún más. La riqueza de los señores se basa en el ganado, que poseen en propiedad, y en una especie de tributo de arroz y de raíces, que les pagan los súbditos. Hay dos clases de habitantes: unos son negros, y tienen el cabello crespo, son los originarios del país; otros son blancos, tienen el cabello largo como los franceses, y se dice que llegaron hace unos quinientos años de las costas de Persia a aquella isla, y allí se han hecho dueños de los demás.

Habitan en su mayor parte en aldeas, pues no poseen ni ciudades ni fortalezas. Sus casas son de madera, cubiertas con hojas y muy bajas. No tienen camas ni más asientos que el suelo de madera sobre el cual se acuestan, y comen sobre una estera de junco.

Los alimentos habituales del país son el arroz, las aves, los bueyes y los corderos. No hay trigo, ni vino, pero hacen una bebida con miel; también tienen habas, melones y raíces, que son buenas para comer. Hay en cantidad limones y naranjas. Los ríos abundan en pescado, pero es expuesto, casi en todas partes, atravesarlo a causa de los cocodrilos, que son muy abundantes y peligrosos.

En cuanto a la religión, aunque no hay ninguna establecida y determinada entre los habitantes de la isla, porque en toda su extensión no se ven ni templos ni sacerdotes, existen sin embargo algunas ceremonias y ritos supersticiosos, fundados en creencias falsas e incorrectas con otras que se aproximan más a la verdad.

En primer lugar reconocen que hay un Dios, que es el Dueño de todo el mundo, a quien llaman «Senhare»; pero lo encierran en el cielo, donde El vive –dicen ellos– como un rey en su reino. Sin embargo, en varios sitios, los que no conocen casi ni Dios ni demonio, sino de nombre, dan preferencia al demonio en sus sacrificios, ofreciéndole la mejor parte, y reservando la otra para aquel a quien llaman Dios. No se conoce otra razón, sino que temen más a uno que al otro, según el mal trato que reciben de ellos.

Hay entre aquellos habitantes una especie de secta de personas que ellos llaman «ombiasas», es decir, escribanos, y los llaman así, porque saben leer y escribir. Son los maestros de ceremonias, costumbres y supersticiones del país. El pueblo los teme y respeta por su escritura y sus libros, en los cuales, a pesar de todo, no se encuentran ni conocimientos razonables ni doctrinas, sino sólo algunos discursos o sentencias sacadas del Corán, que los primeros que llegaron de Persia trajeron consigo. Hay también en esos libros algunas ilustraciones supersticiosas, que los ombiasas hacen creer que son buenas para curar las enfermedades, para adivinar las cosas futuras y para encontrar las que se han perdido.

Es costumbre generalizada en toda la isla circuncidar a los niños, no por razones religiosas, sino por ser costumbre de sus antepasados y un motivo puramente humano.

Los blancos observan una especie de ayuno en dos meses diferentes del año, que consiste en no comer nada desde que sale el sol, hasta después de que se ponga; pero durante toda la noche se alimentan bien para todo el día. Se abstienen de comer carne de buey y de beber vino; pero no les están prohibidos ni los capones, ni el aguardiente, y si alguno no siente devoción en el ayuno, queda libre, con tal de que haga ayunar a otro en su lugar.

Entre todas las costumbres supersticiosas de aquella isla la más opuesta al honor de Dios, y que presenta más dificultades para su erradicación, es una especie de culto ridículo y reprobable que los Grandes del país y sus súbditos rinden a ciertos ídolos llamados «Olys». Los hacen y los venden los ombiasas; la materia que usan para fabricar esos pequeños ídolos no es más que un pedazo de madera, o algunas raíces, u otra cosa todavía más baja, que ellos tallan muy toscamente, y le dan algo parecido a la figura de un hombre, o de algo grotesco; y una vez vaciados los llenan de aceite mezclado con un polvo especial. Los pobres isleños se imaginan que aquellos fetiches están vivos, y que hay en ellos un espíritu familiar que los anima, y que tiene poder de darles lo que puedan desear, como el buen tiempo, la salud, la victoria sobre los enemigos, etc. Todos tienen algunos en sus casas y los llevan con fe a todos los sitios, y hasta en los viajes. Acuden a ellos en sus necesidades y les piden consejo en sus dudas; después de eso el primer pensamiento que se les ocurre, creen que les ha sido sugerido por sus «olys». Cuando quieren pasar los ríos, acuden a esos mismos ídolos y les ruegan que los libren de los cocodrilos. También se dirigen a los cocodrilos, pidiéndoles en alta voz que no les hagan daño; e inmediatamente se acusan de las faltas que han cometido, como de haber robado, y prometen satisfacer lo robado; y después, una vez echada agua y arena a los cuatro lados, se imaginan que pueden pasar con toda seguridad. Y si, a pesar de todas esas precauciones supersticiosas, alguno es cogido y devorado por los cocodrilos, dicen que todo ha sucedido porque su «olys» no era bueno

Esa superstición está arraigada en el espíritu del pobre pueblo, que no puede sufrir que se les descubra el engaño, ni que se les hable sobre esa cuestión; aunque, por la gracia de Dios, desde que han llegado los sacerdotes de la Misión, varios han abierto los ojos a la verdad y reconocido los engaños de los ombiasas y de todos sus «olys».

Tienen además una costumbre reprochable, que es arrojar y exponer a los niños que nacen la noche del sábado al domingo, como niños funestos y que causarían desgracias a la familia. Y los pobres niños así abandonados mueren todos, salvo que alguien, al encontrarlos, se mueva a compasión y los alimente, como a veces suele suceder.

§. IV Llegada de los dos sacerdotes de la C. M. a la isla de Madagascar, y sus prime ras  ocupaciones

El poblado de los franceses en Madagascar está situado en un saliente de la isla hacia el Trópico, en un lugar llamado en la lengua de la tierra «Histolangar». Allí han levantado un fuerte, al que llaman «FortDauphin».

Fue ahí adonde felizmente llegaron el 4 de diciembre de 1748 aquellos dos buenos sacerdotes de la Misión, Srs. Nacquart y Gondrée, después de una larga navegación de seis meses y medio. Fueron recibidos con gran alegría por los franceses que allí encontraron, y que asistieron con devoción extraordinaria al «Te Deum» y a la misa solemne que se celebró en acción de gracias, y que, desde hacía casi cinco meses, no la habían podido oír.

Uno de sus primeros trabajos después de su llegada a la isla fue dedicarse a procurar el bien espiritual de los franceses y a prepararlos para ganar el jubileo que les habían llevado desde Francia. Inmediatamente se dedicaron a aprender la lengua de aquella tierra, cosa que encontraron muy difícil, porque los que les servían de trujamanes y de intérpretes no podían dar con las palabras propias para explicar las verdades y los misterios de nuestra fe en una tierra en la que no se habla en absoluto de cosas relacionadas con la religión.

En cuanto pudieron balbucear un poco la lengua, empezaron a instruir a los isleños. Hallaron mayor docilidad en los negros que entre los blancos, porque, al creer que tenían más inteligencia, no querían escuchar cuando se les hablaba de cosas de la fe; o si lo hacían, sólo era por curiosidad y sin ninguna intención de ser instruidos y de convertirse.

Seis días después de su llegada, el Sr. Nacquart oyó decir que uno de los señores de la isla llamado «Andrián Ramach» había ido tiempo atrás a Goa, en las Indias, durante su juventud, y que había estado allí tres años. Le fue a visitar y supo de él que había sido bautizado e instruido en nuestra religión; y como prueba hizo tres signos de la cruz en la frente, y recitó el «Pater», «Ave» y «Credo» en portugués. Aquello le sirvió al Sr. Nacquart para preguntarle si le parecía bien enseñar las mismas verdades a sus súbditos y que les enseñara a rezar de aquella manera. El manifestó su asentimiento, y hasta prometió asistir a los rezos del Sr. Nacquart, cosa que también hicieron los principales del lugar donde él vivía, los cuales manifestaron que estaban de acuerdo en que se fuera a instruir a sus hijos. Todo eso obligó a aquel buen misionero a estudiar con más ahínco la lengua, con el fin de aprovechar una ocasión tan favorable para la propagación de nuestra santa religión entre aquellos pobres infieles.

El día de la fiesta de Reyes siguiente, para corresponder a los misterios de la vocación de los gentiles, el Sr. Nacquart y su compañero empezaron a bautizar algunos niños no adultos y el Sr. Flacourt, gobernador de FourDauphin tuvo la devoción de ser padrino espiritual de la iglesia que empezaron a edificar desde entonces en aquella isla.

Inmediatamente, siguiendo siempre el aprendizaje de la lengua y entendiéndola ya un poco, comenzaron a recorrer la isla para enseñar a los que hallaban dispuestos.

Y los domingos daban una especie de catecismo a la juventud del país.

Cierto día, al volver de la localidad de los franceses, encontraron en una aldea a uno de los principales que estaba enfermo, quien mandó a rogarles que entraran a su casa y que consiguieran de Dios su curación. En vista de eso, el Sr. Nacquart le hizo ver que Dios permitía a menudo las enfermedades del cuerpo para conseguir la salvación de las almas y que era lo bastante poderoso y lo bastante bueno como para curarle, si quería dejar las supersticiones y darse a su servicio profesando la verdadera religión. Pidió inmediatamente que le enseñaran aquella religión. El Sr. Nacquart convocó a los aldeanos, para que pudieran aprovecharse de las enseñanzas que daba al enfermo, y en presencia de ellos le explicó por medio de un intérprete que llevaba consigo, las cosas sustanciales y más necesarias de la fe. El enfermo, después de escuchar muy atentamente, dijo que su corazón se sentía aliviado y que creía todo lo que acababa de oír, y después preguntó si Jesucristo era lo suficientemente poderoso como para devolverle la salud. El misionero le dijo que sí, con tal de que creyera de todo corazón y que su alma fuera lavada de todos sus pecados por el bautismo y, después de eso, se sometiera a todo lo que quisiera disponer la Divina Bondad. En seguida mandó traer agua, e instó mucho al buen sacerdote que lo bautizara. Pero, por temor (como se vio más tarde) de que buscara más la salud del cuerpo que la del alma, el Sr. Nacquart pensó que lo debía diferir, y le dijo que había que comprobar si el deseo que manifestaba de servir a Dios y de hacerse cristiano era verdadero, y que le parecía que sería tal, si persistía en aquella buena disposición cuando hubiera recuperado la salud, como había razones para esperar que Nuestro Señor se la daría, si se hacía instruir enteramente con toda su familia. La esposa del enfermo, al oír las enseñanzas que le daban, dijo que mucho antes de que llegaran los franceses, había acudido a Dios, y que, cierto día, estando recolectando el arroz que había crecido en su heredad, levantando los ojos al cielo había dicho a Dios: «Tu eres quien hace crecer y madurar el arroz que yo recojo; si lo necesitas, te lo daré, y pienso darlo a los que lo necesitan». He ahí cómo en medio de las tinieblas de la infidelidad Dios no deja de hacer brillar algún pequeño rayo de su gracia para disponer las almas para su conocimiento y su servicio.

Todos los que asistieron a la instrucción que le daban al enfermo manifestaron estar muy satisfechos de las cosas que habían oído, y que, según decían, apreciaban más que el oro y la plata, que les podían quitar violentamente, pero que no les podían arrebatar el bien que podían recibir conociendo y sirviendo a Dios. Después de eso, el Sr. Nacquart y su compañero se despidieron del grupo, dejando al enfermo con la esperanza de curarse, y a los demás, la de estar mejor instruidos.

§. V Muerte del Sr. Gondrée, uno de los dos sacerdotes de la Congregación de la misión, y actuación del Sr. Nacquart, único sacerdote en la isla

Aunque los juicios de Dios son incomprensibles, como dice el santo Apóstol, y sus caminos nos son desconocidos, no estamos menos obligados a someternos a ellos y a reconocer que todo lo que El hace, está bien hecho.

Aquellos dos buenos sacerdotes de la Misión, según iban avanzando más y más en el conocimiento de la lengua y de los rincones de la isla, empezaron a trabajar con bendición y éxito en la instrucción y en la conversión de los pobres infieles. Y mira por donde, en medio de las más hermosas esperanzas que su celo les hacía concebir, el Sr. Gondrée se vio atacado por una fiebre que, junto con otras dolencias muy graves, lo llevó de esta vida en pocos días.

He aquí lo que su querido compañero, Sr. Nacquart, le escribió al Sr. Vicente:

«Por los días de Rogativas, el Sr. de Flacourt, nuestro gobernador, quiso que lo acompañara uno de nosotros en un corto viaje que hizo por algunos lugares de la isla. El Sr. Gondrée fue con él, y sufrió mucho en el camino, tanto por causa de los grandes calores, como por la poca comida que tomó por no quebrantar la abstinencia, pues no comió más que un poco de arroz cocido con agua. Eso lo debilitó mucho y volvió a casa con fiebre y con dolores intolerables en las articulaciones. En medio de todos sus males demostró una gran constancia y unos sentimientos verdaderamente cristianos».

«Durante la fiesta de Pentecostés, aunque yo estaba sumamente afligido por la enfermedad de este buen siervo de Dios, Nuestro Señor me dio fuerzas para atender a la devoción de los franceses y de nuestros catecúmenos, confesando, predicando dos veces al día y dedicándome a la instrucción de estos pobres isleños. Y, entre otros, administré el bautismo a dos jóvenes adultas, que se casaron con dos habitantes del país, que también habían sido bautizados».

«Sin embargo, como la enfermedad del Sr. Gondrée iba agravándose, le administré el santo Viático y la Extremaunción, que recibió con grandísima devoción. Dijo que su mayor disgusto era abandonar a estos pobres infieles. Recomendó a los franceses el temor de Dios y la devoción a la Santísima Virgen, de la que era muy devoto. Me pidió que le escribiera a usted, señor, y que le agradeciera muy humildemente en su nombre la gracia que le había concedido al admitirlo y recibirlo entre sus hijos, y, sobre todo, por haberle escogido entre tantos que había más capaces que él, para enviarlo a predicar el evangelio de Jesucristo en esta isla. Y que pedía a los de nuestra Congregación que dieran gracias a Dios por él. Me dijo también que me debía preparar para sufrir mucho por Nuestro Señor en esta tierra, y esto me lo repitió dos veces. Y habiendo pasado parte de la noche en continuas aspiraciones dirigidas a Dios, murió con gran paz y tranquilidad y entregó su alma a las manos de su Creador catorce días después de caer enfermo».

«Lo enterramos al día siguiente con lágrimas de todos los franceses y también de un gran número de los pobres infieles, que decían que no habían visto, hasta nuestra llegada, hombres que no fueran coléricos ni de mal genio y que les enseñaran las cosas del cielo con tanto afecto y dulzura como hacía el difunto».

«Ya puede usted pensar cuáles fueron los sentimientos de mi pobre corazón al perder a quien he querido como a mí mismo, y que era en esta tierra, después de Dios, todo mi consuelo. Pedí a Nuestro Señor Jesucristo que quisiera comunicarme la parte de gracias que concedía al difunto, para que pueda realizar yo solo el trabajo de los dos. Y he sentido, después de su muerte, el efecto de sus oraciones y una doble fortaleza de cuerpo y de espíritu para trabajar en la conversión de los pobres infieles y en todo lo que pueda contribuir al progreso de la gloria de Dios en esta tierra».

«Después de esto, temiendo ser prevenido por la muerte, me he sentido impulsado a trabajar en lo más necesario, que es componer en la lengua de esta tierra las enseñanzas que se refieren a lo que hay que creer y hacer para la salvación eterna, a fin de que pueda hacerlas familiares, y también dejarlas a los que vengan a esta isla, en el caso de que Dios disponga de mí».

«Después de haber ordenado algo estas enseñanzas, empecé a reunir a los infieles de nuestro vecindario todos los domingos y fiestas, y se extrañaban al verme en tan poco tiempo hablar en su lengua, aunque no hacía más que balbucear lo más necesario para su instrucción. Entre los oyentes, los hijos de un gran señor de una región que estaba a doscientas leguas de aquí, y que habían venido para sus negocios, acudían asiduamente a escuchar mis catequesis. Y cuando estaban ya para marcharse me dijeron que informarían a su padre lo que habían oído de nuestra religión, que, según decían, les había dejado muy satisfechos. Yo les di esperanzas de que con el tiempo podríamos ir allí. Y después de su marcha, me he enterado que su tierra es mucho mejor y más poblada que el sitio en que estamos, y los habitantes se muestran muy curiosos por asistir a las oraciones de los franceses que van allá a negociar; eso da motivos para creer que allí se podría lograr mucho rendimiento».

«No pierdo ocasión para anunciar a Jesucristo personalmente y por otros, tanto a los negros que viven aquí, como a los negros lejanos adonde van los franceses, a quienes, después de exhortarles a confesarse y a comulgar antes de su viaje y de recomendarles a todos que teman a Dios y den buen ejemplo a los infieles, y suelo encargar a los más inteligentes de entre ellos que aprovechen la ocasión de hablar acerca de nuestra fe, y les doy por escrito las instrucciones necesarias».

«Después de la muerte del Sr. Gondrée, mi querido compañero, en quien yo descansaba y a quien encomendaba el cuidado de nuestro poblado y de los alrededores, no he podido hacer mis correrías tan lejos como antes, porque tengo que estar los domingos y días de fiesta en nuestra iglesita para celebrar en ella la santa misa y el oficio divino, y hacer mis exhortaciones a los franceses y las instrucciones a los infieles de los alrededores. Por eso mis correrías y viajes sólo han sido de cinco o seis días».

«El último mes de agosto estuve en las montañas más próximas, y allí durante el día instruía a los que hallaba en las aldeas, y al anochecer, al claro de luna, repetía la misma instrucción a los que volvían del trabajo. Me sentí muy consolado al ver la docilidad de aquellos pobres infieles, que manifestaban que creían de todo corazón lo que les enseñaba. Y me decía a mí mismo con lágrimas en los ojos: Quid prohibet baptizari?Pero temiendo que no estuvieran todavía muy firmes en la fe, y que abusaran del bautismo, y por no disponer de un sacerdote que los mantuviera en la piedad cristiana, lo dejé todo en manos de la Providencia adorable de Dios. Hubiera bautizado a los niños, pero temía sobre todo que, con el tiempo, no se les pudiera distinguir de los demás, teniendo en cuenta sobre todo que estos pobres isleños cambian a menudo de residencia, y pienso que sería conveniente hacerles alguna señal para distinguirlos. Los que he bautizado en los alrededores de nuestro poblado se reconocen bastante bien, y los llaman ordinariamente en su tierra con los nombres de bautismo; Nicolás, Francisco, etc»

«Sería una cosa muy aburrida querer concretar todas las correrías y los viajes que he hecho, los nombres de los lugares y de las gentes a las que he anunciado a nuestro Señor Jesucristo, y todas las demás particularidades que han sucedido: le puedo decir que no se puede desear mejor disposición para recibir el Evangelio. Todos los que he visto se me han quejado de que los franceses, desde que están comerciando en su tierra, no les hayan hablado de las verdades de la fe, y tienen una santa envidia de los que viven cerca de nuestro poblado. Referiré sólo lo que sucedió el mes de noviembre en una visita que hice a varias aldeas alejadas de aquí, adonde ya había llevado un gran cartel del juicio final, en cuya parte más alta estaba representado el paraíso, y en la baja, el infierno. Al llegar a cada una de las aldeas yo les gritaba que había ido allí para que sus ojos vieran y sus oídos oyeran las cosas de su salvación. Y después de haberles explicado lo que tenían que creer y hacer para este fin, les descubría el cartel y les hacía ver las estancias de la eternidad y la posibilidad de elegir lo de arriba o lo de abajo, el cielo o el infierno, la pobre gente daban gritos de que no querían de ninguna manera ir con el demonio y que querían estar con Dios. Se quejaban entre ellos, de que sus «ombiasas» no les hablaban de Dios, y que sólo les visitaban por interés y para engañarlos; y, en cuanto a mí, que yo les visitaba y enseñaba gratuitamente».

«He estado también, hace ya algún tiempo, más allá de las montañas, en una Comarca que se llama «Valle de Ambul» Le enseñé el mismo cartel al señor del lugar, y le dije que Dios haría arder para siempre a los que tenían varias mujeres, sabiendo como sabía, que tenía cinco en su casa. Quedó impresionado y noté cómo cambiaba el color de su cara. Vuelto un poco en sí, me rogó que fuera a instruírle, y me prometió que obligaría a sus vasallos a recibir el Evangelio» «Por Navidad visité la región de Anossi, que está poblado por cerca de diez mil personas, y en la actualidad no me quedan más visitas que hacer en las regiones aledañas para dar al pueblo unos someros conocimientos de Jesucristo, y acabar de preparar los caminos In omnem locum, in quem ipse Dominus est venturus Iré lo más pronto que pueda, para que los que vengan encuentren, cuando menos, la tierra un poco roturada».

«No tengo más que decirle, señor, salvo que toda esta pobre gente, que he empezado a instruir, sólo espera el aquae motum, y la mano de algunos buenos Obreros para que los metan en la piscina del santo Bautismo. ¡Cuántas veces evangelizando en el campo, he oído, no sin lágrimas, a esa pobre gente clamar ¿Dónde está el agua que lava las almas, que nos han prometido? Haznos ir ahí, y reza las oraciones. Pero la voy retrasando, por temor a que la pidan todavía materialmente como la Samaritana, que, por librarse de las molestias de ir a sacar agua del pozo, pedía a Nuestro Señor el agua que quitaba la sed, y no conocía aún la que apagaba el fuego de la concupiscencia, y que manaba hasta la vida eterna».

«A nuestra llegada encontramos en esta tierra a cinco niños bautizados, y nuestros Señor ha querido añadir a aquellos otros cincuenta y dos. Aunque hay muchos adultos suficientemente preparados, he diferido su bautismo, hasta que los pueda casar en cuanto se bauticen, para remediar el vicio que es tan común en esta tierra. Pero, tendré sumo cuidado en que ninguno de los que están suficientemente preparados muera sin el bautismo. Hace algún tiempo bauticé a una pobre entrada en años que estaba muy enferma, y Dios hizo ver en ella los efectos de su gracia por los grandes sentimientos de agradecimiento para con su Bondad, que se los inspiró de repente. Ha sido la primera de esta tierra que se ha ido a la eternidad bienaventurada, y su cuerpo ha sido el primero en ser enterrado en el cementerio de los franceses».

«Estoy a la espera de la ayuda y de las órdenes que quiera enviarme; empero, si no puedo progresar mucho, al menos trato de no dejar perder lo comenzado.

¡Qué lástima! ¿Dónde están y qué hacen ahora tantos doctores y tantos sabios, como decía en otro tiempo san Francisco Javier, que están perdiendo el tiempo en las academias y universidades, mientras que tantos pobres infieles Petunt, panem, et non est qui frangat eis.Plegue al Soberano Dueño de la mies atender a sus necesidades, porque, a menos que haya aquí un buen número de sacerdotes para instruir y para mantener el fruto de las enseñanzas, no se podrá avanzar nada, etc»

§. VI Carta del Sr. Bourdaise, sacerdote de la C.M., que contiene la continuación de lo sucedido en las misiones de Madagascar

No se puede decir cuánto se conmovió el Sr. Vicente al enterarse de la noticia de la muerte del Sr. Gondrée, tanto por la pérdida de tan buen Obrero, como por el peligro en que veía al Sr. Nacquart, único sacerdote en la isla, de sucumbir bajo el peso del trabajo que su celo le iba a hacer abrazar. Pero después de bendecir a Dios por todo, y haberse sometido a todas las disposiciones de su santísima Voluntad, en cuanto pudo, se preocupó de elegir algunos misioneros dignos para enviarlos en ayuda de su cohermano en el laboreo de aquella iglesia nueva. Puso los ojos especialmente sobre el Sr. Santos Bourdaise, a quien unió el Sr. Francisco Mousnier, ambos Sacerdotes de su Congregación y muy aptos para aquel trabajo apostólico. Y considerando la magnitud de la obra, que exigía muchos obreros, les añadió inmediatamente otros tres que fueron los Sres. Dufour, Prévost y de Belleville, todos ellos Sacerdotes de la Misión, de virtud probada y muy experimentados en las funciones de su vocación, y que todos han consumado gloriosamente su vida, trabajando en el crecimiento del reino de Jesucristo en aquella tierra infiel. Como el Sr. Bourdaise es quien ha sobrevivido a todos los demás, y ha sido el que más tiempo ha trabajado en el laboreo de aquella nueva iglesia, traeremos aquí una carta que escribió al Sr. Vicente el año 1657, después de la muerte de todos sus cohermanos. En ella le cuenta lo que pasó de más notable en aquellas misiones de Madagascar.

«En estos momentos me faltan totalmente las palabras para poder explicar la amargura de mi pobre alma. Bien sabe Dios cuáles fueron nuestro dolor y nuestras lágrimas derramadas cuando, al llegar a esta isla por primera vez, no encontramos en ella más que las cenizas del Sr. Nacquart, que debía ocupar el lugar de José para recibirnos con honor como a sus hermanos, y el de Moisés para conducirnos por los desiertos terribles de esta soledad»

«La pérdida que poco después sufrí en la persona del Sr. Mousnier, consumido por el celo en menos de seis meses, me fue todavía más de sentir al verme solo para soportar todo el peso. Desde entonces esta llaga ha estado sangrando en mi corazón. Y aunque la esperanza de recibir nueva ayuda con un nuevo envío de misioneros ha aligerado de vez en cuando mi dolor, sin embargo el retraso en el cumplimiento de esta misma esperanza me ha dado muchas veces motivos de una nueva aflicción. Y lo que es más de lamentar, casi al tiempo que he gozado de este gran bien tan deseado y anhelado, me he sentido arrebatado y lo he perdido todo sin remedio. De modo, mi querido Padre, que me encuentro actualmente en la más extrema desdicha y en situación de no esperar ya realmente nada para el futuro, puesto que nada tengo que perder, ni quizás tampoco que esperar, ya que esta tierra ingrata devora tan cruelmente, no ya a sus habitantes, sino a sus liberadores».

«Entenderá usted perfectamente, señor, todo lo que quiero decirle y que me gustaría poder callarle para ahorrar sus lágrimas y mis suspiros. El Sr. Belleville, a quien sólo conozco de nombre y por el recuerdo de sus virtudes, ha muerto en el camino; el Sr. Prévost ha muerto también, poco después de haber descansado de las fatigas de su viaje; y ha muerto, finalmente, el Sr. Dufour, a quien sólo he visto aquí para conocer lo mucho que iba a perder. Han muerto todos los Hijos que había enviado usted a Madagascar. Y he quedado yo sólo, como desgraciado servidor para darle esta noticia que, aunque triste y tremendamente lamentable, no dejará de darle gozo y consuelo cuando conozca usted la santidad de la vida que llevaron tanto en el mar como en la tierra, y las grandes bendiciones que Dios ha concedido a todas sus tareas desde que abandonaron Francia. Voy a hacerle un breve relato de esto», etc

Sólo Dios conoce bien el dolor del Sr. Vicente por la pérdida de sus obreros, acaecida una tras otra y en un lugar donde eran deseables su conservación y su presencia. Oigamos hablar acerca de esa necesidad al Sr. Bourdaise, y después de haberle oído las noticias aflictivas, veamos los motivos de alegría con que consolaba al Sr. Vicente:

«Si hubiera —dice— dos o tres sacerdotes, espero que antes de un año casi todo el país de Anossy, aunque es extenso, estaría bautizado. Las aldeas son muy numerosas en esta tierra. No puedo ir muy lejos, y satisfacer a los que vienen a nuestra iglesia. Pero, los principales de estas aldeas dicen que aceptarían bautizarse, si tuvieran alguno que les hiciera rezar. Trato cuando menos de moverlos a desear el bautismo y a hacer actos para que el bautismo in voto supla en la necesidad» «Con el fin de que la gente de aquí retenga con más facilidad las verdades de nuestra fe, he rogado a un francés que entiende muy bien la lengua de esta tierra, que me ayude a traducir palabra por palabra a esa lengua nuestro pequeño catecismo. Así lo ha hecho, y eso me sirve mucho. Ya no utilizo intérprete. Van enfervorizándose cada vez más en nuestra santa fe, y veo todos los días a nuevas personas que vienen a aprender el Pater, el Ave, el Credo, que les enseño y que les explico. Todas las mujeres de Histolangar quieren bautizarse y casarse por la Iglesia. Cuando llegaron los Srs. Dufour y Prévost y estaban todavía en la pequeña isla de Santa María, que no está lejos de ésta, había ya pensado en dejarles a uno en aquel sitio y al otro aquí, y yo me iría a las tierras vecinas a instruir a unos y a otros. Y para no ser carga para nadie, me había propuesto hacer un pequeño almacén de víveres en uno de los principales poblados, situado en el lugar más céntrico del país; y así permanecer de ocho a diez días en un sitio, hasta que hubiera alguno en la aldea que supiera rezar, para enseñar a los demás y les invitara a rezar por las tardes y por las mañanas, como se hace en nuestro poblado. Esos planes me gustaban mucho, y frecuentemente les aseguré a los pobres que pronto iría donde ellos para enseñarles a conocer a Dios y a rezarle, ya que lo habían deseado tanto, y que habían venido cohermanos míos para ayudarme; eso les alegraba mucho. Pero Dios ha dispuesto las cosas de otra manera».

«Enseño a esta buena gente que ha recibido el bautismo a confesarse, y espero que antes de Pascua todos se confesarán, si Dios quiere. Son muy asiduos a las oraciones de la tarde y de la mañana, también del mediodía. Los que tienen vergüenza y los ancianos vienen a mi casa y les instruyo en particular».

«Varios piden que se les bautice, pero quiero que antes sepan rezar, y durante ese tiempo es cuando yo les pruebo, y me entero de sus extravíos».

«Algunas personas me han dicho que una de las cosas que les impiden bautizarse es que temen que si los franceses no se quedan durante mucho tiempo en la isla, siendo ellos pocos, los vayan a matar los blancos (isleños)».

«Estoy siempre agotado de tanta gente como viene a todas horas para aprender. Me he visto obligado a hacerles rezar a todos juntos en voz alta en la iglesia; y acuden con mucha exactitud tanto los pequeños como los mayores. Dios ha querido, señor, que todos nuestros cohermanos oigan las suaves nuevas armonías de tantas voces discordantes de jóvenes y de ancianos, de hombres y de mujeres de pobres y de ricos que se han unido en la fe del mismo Dios».

«He bautizado durante estos días a cinco familias de negros, a saber, al hombre, a la mujer y a los hijos».

«He realizado doce matrimonios entre franceses y mujeres de esta tierra; ellas han sido las primeras que han venido a rezar, las primeras bautizadas y las primeras llenas de celo por el honor de Dios: son en este momento ejemplo para las demás mujeres».

«Hemos tenido todas las dificultades imaginables para hacer que se marchen las mujeres públicas. Me he visto obligado a ir a las cabañas con una cuerda para expulsarlas, y eso después de usar en vano de ruegos y de súplicas. El miedo ha conseguido expulsarlas. Tenía el visto bueno del Sr. Gobernador para actuar así» «Cuatro negros, que habían sido bautizados y casados por el difunto Sr. Nacquart, y separados de sus mujeres por las guerras, han podido juntarse de nuevo con muchas dificultades».

«Además de eso, tenemos doce nuevos matrimonios contraídos entre negros, y veintitrés entre franceses y mujeres del país. Esto va multiplicándose poco a poco. Cada uno de los habitantes se ha ido retirando a su poblado; vienen a la iglesia los días de fiesta».

«Me estoy imponiendo en leer y escribir al estilo de esta tierra; para eso llamo a uno de los más grandes y más sabios de los ombiasas».

«Hemos instruido a cuatro niños roandrias, que son hijos de cuatro de los Grandes más importantes del país, que los mandan aquí. Uno está ya bautizado; estoy esperando a nuestros franceses, que están en camino para ser padrinos, y bautizarlos a todos; están deseándolo, se han desprendido de los olys que llevan al cuello y se han puesto cruces en su lugar».

«He estado hablando con un jefe Roandria (hace ya tiempo bauticé a sus dos hijos mayores), para moverlo a bautizarse él y todos los que quedan de su casa, como también a su padre y a su hermano, que son reyes como él; no se ha echado atrás. Ha dejado aquí al más joven de los chicos y me ha permitido bautizarlo. Eso es mucho para un Grande: si estuviera bautizado también él, lo harían muchos más».

«El hijo mayor de otro rey llamado Dian Massa, que está bautizado y es uno de los más valientes de esta tierra, es de muy buen carácter y está muy bien formado reza todos los días ante los suyos. Le he dicho que instruya a su mujer y a su gente y me lo ha prometido».

Tengo aquí a dos niños de dos Grandes de la isla con sus esclavos. Quieren igualmente recibir el bautismo, y se lo administraremos, con la ayuda de Dios, con la mayor solemnidad posible, para que Dios sea más glorificado, y la gente, especialmente los principales, más edificados y excitados a seguir el buen ejemplo que estos dos les darán. Porque hay que confesar que nuestra religión se extiende más con la conversión de un solo noble y gran señor, que si se convierten cien de los del pueblo bajo. La experiencia nos lo hace ver suficientemente».

«El año pasado me informaron que a tres de los más poderosos señores de todo el país, y de los más temidos, no les quedaba nada de tiempo para vivir, que con toda seguridad morirían en cuestión de pocos días. Me vi en situación comprometida, porque sabía que eran personas muy apegadas a sus supersticiones, pero me dejé llevar por la inspiración de Dios. Los fui a ver y Dios les hizo la gracia de abrirles los ojos. Porque, al hablarles de las verdades de nuestra fe y asegurarles que nadie podía ser bienaventurado, ni evitar las penas eternas después de la muerte, si no estaba bautizado, inmediatamente me rogaron que los bautizara, pero que los bautizara al punto, y los sepultaran después de muertos. Les prometí que haría ambas cosas, con tal de que abandonaran todos los olys y las supersticiones que temían, y así lo hicieron inmediatamente. Después de lo cual les concedí el bautismo. Y cuando murieron, me encargué de amortajarlos y de darles sepultura en nuestro cementerio. No puedo callar la alegría y la edificación que me causaron los negros en el momento del entierro. Inmediatamente acudieron en grandísimo número para ver el entierro de los que habían tenido hasta entonces como dioses, y dedicaban mil alabanzas a la religión católica, porque nos habíamos preocupado de amortajar tan honoríficamente a los mismos que, antes del bautismo, sólo nos deseaban mal. Vea usted la gran disponibilidad que tienen estos indios para convertirse, y cuánto contribuyen a eso el ejemplo de los Grandes».

«Me he hecho cargo de tres niños, hijos de nuestros franceses con dos hijos de los reyes de Moobule, los cinco de unos dos años, que es la edad en la que puede uno estar seguro de hallarlos y conservarlos en la inocencia, sobre todo, en la castidad, que aquí es mucho más rara de lo que se puede decir. No hay por qué extrañarse de eso: sus padres y sus madres sólo esperan a que sus hijos de uno y otro sexo tengan el uso de razón para que les enseñen cómo se puede perder la pureza, y lo que es peor, los estimulan a ello, cosa bien de lamentar y que hace ver la gran necesidad que este pobre pueblo tiene de ser instruido».

«Tengo ya desde hace mucho tiempo a otros cuatro niños, que en la actualidad son de siete a ocho años, que me dan mucha satisfacción y esperanza por verlos algún día cooperar en la conversión de los demás. Especialmente, dos de ellos, que ya saben leer y ayudar a misa».

«Estos pobres indios acuden a mí en sus enfermedades, por lo cual doy gracias a nuestro Señor. En el momento que uno se hiere o se pone enfermo, me manda a buscar para recibir un pequeño alivio. Eso me sirve mucho, porque es precisamente en ese momento cuando me escuchan de más buena gana, y ésa ha sido la causa por la que he bautizado a varios niños pequeños, que murieron casi inmediatamente, y, por consiguiente, han subido al cielo. Los hemos enterrado con las ceremonias acostumbradas cuidándonos de que los niños de su edad llevaran velas».

«Fui a ver al señor de la aldea de Imurs; es ya un anciano y está gravemente enfermo, y en presencia de todos sus súbditos, que habían acudido a mi llegada, le hablé de las cosas del otro mundo y de la grandeza de la fe cristiana. Le dije si quería ser bautizado como los cristianos; así se le contaría entre uno de los hijos de Dios. Aquel buen hombre reuniendo lo que le quedaba de sus fuerzas me dijo que deseaba mucho ser cristiano. Por eso, y como la enfermad apremiaba, lo bauticé en presencia de toda la reunión y a continuación hice una exhortación a los presentes. Y volviendome al enfermo, le di unos clavos de especias para fortalecerlo, porque ya no le quedaban fuerzas. Me pidió vino fuerte de Francia; se lo prometí. Me quiso hacer un regalo, pero se lo agradecí, diciéndole que el bautismo es una cosa de tan gran precio, que no hay nada en el mundo que lo pueda pagar. Viéndole tan bien dispuesto, me vine para casa y le envié un poco de triaca y un preparado de jacinto, y al cabo de tres días se curó. Por eso, me siento obligado a la Bondad divina, porque gracias a esos pequeños remedios, a los que Ella da la bendición para los cuerpos, encuentro facilidades en esta buena gente para la curación de las almas».

«Durante la guerra los enemigos fueron de noche a una aldea cercana a la nuestra y mataron a unos veinte hombres, que estaban sometidos a los franceses. Hirieron a una mujer con quince azagayas. Me la trajeron después de diez días, con fiebres muy altas. Las heridas estaban tan infectadas a causa de la podredumbre que no se podía aguantar su hediondez. Aquello era debido a que los pobres no disponen de medios para hacerse curar por los ombiasas, y los pobres heridos dejan así las heridas sin ponerles remedio alguno. Le di un ungüento que la curó en poco tiempo, con la ayuda de Dios, a pesar de que ella tenía un nervio y una de las venas grandes cortados en el brazo. Cuando se recuperó, me trajo a sus dos hijos para bautizarlos y me los quería dar como esclavos; pero no los quise recibir en cuanto tales, dándole a entender que en nuestra religión no había esclavos».

«Un ombiasa me vino últimamente a buscar para rogarme que fuera a curar en su aldea a un hombre que no dormía nada desde hacía tres meses, y que sufría mucho a causa de un absceso que tenía en el muslo; se le había hinchado mucho y era tan grande como el cuerpo de un hombre; la piel estaba tan dura que el absceso no podía reventar por sí mismo. Cuando vi aquello, tomé un bisturí y le abrí el apostema, que llenó de pus más de un caldero. Aquella pobre gente quedó maravillada. Se curó en tres día. El hombre también tenía otro absceso en el hombro y procedí en la misma manera, y en poco tiempo se le pasó totalmente el mal».

«Existe entre los naturales de esta tierra cierta disentería, o flujo gris, que llaman «sorac». Es debida a algún alimento en mal estado, y dura tres meses del año. Esta enfermedad los mata en ocho días y no disponen de ningún remedio que la sane. Les di un poco de triaca y los curó a todos. He curado a más de cien por la misericordia de Dios: vienen todos donde mí por eso. Hay motivos para esperar que la curaciones corporales los dispondrán para las espirituales, como sucedió con los apóstoles, y también con nuestro Señor, puesto que curaban los cuerpos antes de convertir las almas».

«Tenemos aquí un adivino llamado Rathy, de unos sesenta y nueve años, bajo de estatura, de mirada ingenua y parco en palabras. Este hombre se ha hecho muy famoso por sus adivinaciones, que muchas veces han resultado verdaderas. Hasta los franceses le dan crédito. El año 1654 predijo que en menos de seis semanas verían aquí barcos de Francia: resultó cierto, porque un poco más adelante, llegaron los barcos que había enviado el Sr. Mariscal de la Meilleraye. En otra ocasión, los franceses le preguntaron, si el Sr. de Flacourt que se volvía para Francia, llegaría a buen puerto; respondió que sí, pero que, al acercarse a Francia, se encontraría con tres barcos de guerra enemigos. Y así sucedió, como el Sr. de Flacourt ha podido decirle a usted. También ha acertado en varias predicciones más y yo he sido testigo de ello. Esto me ha hecho dudar, si Dios no le habrá comunicado a este hombre un verdadero don de la profecía, como antiguamente a las Sibilas, en recompensa por alguna insigne virtud moral que tiene; porque parece que es un buen hombre, sencillo, candoroso. Y como suele venir a verme con frecuencia, quise un día enterarme de lo que había. Le pregunté sí hablaba con los cuculambúes, es decir, con los duendes y los espíritus. Me respondió candorosamente que les hablaba y muy a menudo. Me enteré del lugar en donde habitaban aquellos demonios y cómo eran. Me dijo que habitaban en los montes altos y que parecía que sólo tenían el vientre, aunque no comían nada; que algunos los oían hablar y otros no. Le pregunté si no soñaba, cuando dormía, en las cosas que iba a predecir sobre el futuro. Me dijo que su pensamiento le dictaba todo sobre la marcha. Y se lo creí, porque da unas respuestas que no ha podido tener ocasión para consultárselas al demonio, como cuando una persona le preguntó si su padre estaba vivo y cuántos hermanos y hermanas tenía, lo cual él no podía saber. Respondió muy bien a todo aquello, y sin dudar dijo exactamente lo que había. Le pregunté si aquello le llevaba al bien y si sería bueno rezar. Me respondió ambiguamente, o porque dudaba o porque no se atrevía a decir que no, o por otra razón. Hasta que ya no le volví a insistir más. Le pregunté sólo si el espíritu quería a los sacerdotes. Y me dijo que más bien les tenía miedo: eso me hizo pensar que se trataba de malos espíritus. Ha predicho varias cosas más, pero su verdad no es conocida todavía. Entre ellas, que toda la isla se convertirá y será bautizada. Yo no sabría decir si esta profecía es del buen o del mal espíritu. Dios quiera que veamos cuanto antes su realización. Hay razones para esperarlo, si mis pecados no le ponen obstáculos; porque estoy comprobando con mis propios ojos la verdad de otra predicción parecida; que es, que tanto él, como su mujer y sus hijos serán bautizados un día. Efectivamente él me lo ha prometido que lo haría cuanto antes, y acude todos los días a la oración, y me dice que, cuando sepa rezar bien, irá por las aldeas, como yo, a enseñar a los demás, y desde ahora no quiere responder más a los que le preguntan algunas cosas relacionadas con sus supersticiones, porque, para excusarse, dice que me tiene miedo. Este hombre puede desengañar a muchos sobre la cuestión de los olys, porque es uno de los mayores maestros en esa materia».

«El hambre ha llegado a ser tan grande aquí, que varios negros han muerto de hambre. He hecho una marmita para los niños bautizados y no bautizados, que están encantados por tener todos los días una ración de potaje. Les doy la catequesis al mediodía; durante ella están atentos y modestos; hasta suelen venir las madres a traer a sus hijos pequeños, cosa que me alegra mucho, porque así maman la leche espiritual con gran asiduidad y estoy resuelto a continuar siempre, dado el fruto que se espera. Además de la ración ordinaria, doy limosna a los ancianos y a los niños abandonados por sus madres durante los malos días en que no encuentran casi nada que comer».

«Ya ve usted, señor, por un lado las hermosas y ricas disposiciones para la extensión del reino de Jesucristo en esta isla tan extensa. Son ya, por lo menos, seiscientos los habitantes que han recibido la luz del Evangelio, y el número de los que la desean y la esperan es todavía mucho mayor. Si por la facilidad y la mínima resistencia de esos podemos juzgar de los demás, hay motivos para esperar la misma cosa de todos los habitantes. Es decir, de las cuatrocientas mil almas que hay en esta tierra, y de una multitud innumerable de otras, que en el correr de los tiempos recibirán de sus antepasados esta rica herencia. Sin embargo, a pesar de que yo no soy más que un pobre y pequeño siervo inútil, si yo viniera a faltar, estando como estoy todos los días al borde de la muerte, ¡ay! ¿qué sería de esta pobre Iglesia? Y ¿qué sería de tantos pueblos como quedarían sin instrucción, sin sacramentos y sin ningún guía? Dios, que me hace ver esa situación extrema, me impulsa a postrarme en espíritu a los pies de usted, como lo estoy aquí en el cuerpo, para decirle de parte de tantas almas, con toda la humildad y el respeto que me es posible Mitte quos missurus es. Envíenos misioneros, pues los que han venido a morir a nuestras puertas, no los han enviado a Madagascar para quedar aquí, sino que solamente han sido llamados por este camino al cielo, donde usted tiene tanta necesidad de establecer su Compañía como en la tierra».

«Acabo con una pequeña noticia triste y alegre a la vez, que he sabido hace algún tiempo, a saber, que la madre de Dian Nachicor, uno de los más grandes señores de esta tierra, de más de cien años de edad, había muerto después de haber solicitado insistentemente el bautismo, que no había podido recibir a causa de la distancia del lugar donde estaba. Verdaderamente quedé muy afligido, porque no se me había llamado a tiempo para asistirla en los últimos momentos. Pero como hay razones para esperar, que, en caso de impotencia, el buen deseo que ella manifestó habrá suplido a mi falta y habrá recibido el bautismo interior del Espíritu Santo, mi corazón se ha consolado mucho por ello. He pensado que estaba obligado a darle un lugar entre los neófitos. Probablemente hay muchos otros de uno y otro sexo que se salvan aquí en virtud de ese bautismo espiritual, por no tener ocasión de recibir el otro; pero también hay que confesar que el número de los que se condenan es mucho mayor por no disponer de un hombre que les ayude a salvarse en esta mística piscina. Y eso sí que me causa más dolor, sobre todo, cuando me represento a los ángeles de la guarda que me dicen: Si fuisses hic, frater meus non esset mortuus. ¡Oh misionero! Si hubieras asistido a tal hombre o a tal mujer, no habrían muerto con la muerte eterna! ¡Querido Padre mío! ¡Cuántas veces he deseado que tantos eclesiásticos bien dotados que están en Francia en la ociosidad, y que conocen la gran necesidad de Obreros, hicieran alguna vez semejante reflexión y se persuadieran vivamente que Nuestro Señor en persona les hace estos reproches a cada uno de ellos en particular: O sacer dos! Si fuisses hic, frater meus non fuisset mortuus. ¡Oh sacerdote! Si hubieras estado en esta isla, muchos de mis hermanos rescatados por mi sangre, no habrían muerto con una muerte irreparable! Seguramente que este pensamiento les daría compasión y hasta espanto, sobre todo, si consideran atentamente que, por haberse descuidado en prestar asistencia espiritual, el mismo Jesucristo les dirá un día estas palabras terribles: Ipse impius in iniquitate sua morietur, sanguinem verò eius de manu tua requiram. ¡Oh si los sacerdote, los doctores, los predicadores, los catequistas y otras personas de talento y vocación para estas misiones lejanas se fijaran en todo eso, y, sobre todo, en las cuentas que se les exigirán por tantas almas, que por faltarles la asistencia por su parte se condenarán. No hay duda que se preocuparían, mucho más de lo que lo hacen, en irse lejos a buscar las ovejas descarriadas para traerlas al aprisco de la iglesia»

Como este ferviente misionero se temiera que el Sr. Vicente llegara a perder los ánimos o a cambiar de resolución, viendo morir así a los más excelentes obreros de su Congregación, volvió a la carga:

«Envíenos cuanto antes algunos obreros, se lo conjuro, querido Padre, y si todos esos lamentables sucesos le hicieran dudar sólo un poco de la vocación de nuestra Compañía en este trabajo, fíjese en los proyectos de san Bernardo, cuando aconsejó la Cruzada para conquistar Tierra Santa, y en la historia de las hazañas que realizaron los Israelitas contra la ciudad de Gabaón. Porque, si usted piensa que el resultado de esas expediciones fue bastante malo, aunque Dios había autorizado la primera con un milagro, y la segunda por revelación, confesará con facilidad que el triste final del viaje de nuestros sacerdotes no le debe impedir creer que la vocación de ellos había sido del mismo Dios, que por otra parte le ha dado señales bastante evidentes de ello. Y, además, señor, usted sabe que Dios mortifica y vivifica, cuando quiere, y que así hay razones para esperar que los otros obreros que su caridad (de usted) enviará, resultarán mejor que los precedentes. Así ocurrió a los israelitas, que, después de haber sido en dos ocasiones derrotados y rechazados por los gabaonitas, quedaron al fin victoriosos y tomaron el pueblo al tercer asalto. Ciertamente, querido Padre, usted ha perdido muchos hijos, y buenas personas, pero le suplico por el amor de Jesucristo que no se desaliente por eso, y no abandone tantas almas rescatadas por el Hijo de Dios. Tenga por cierto que si tantos misioneros buenos han muerto, no ha sido por el aire de esta tierra, sino por las fatigas de su viaje, o por sus mortificaciones excesivas, o también por el trabajo descomedido, que aquí siempre será demasiado grande mientras haya tan pocos obreros».

§. VII Carta del Sr. Vicente al Sr. Bourdaise. Le manda otros cinco misioneros para ayudarle

Las tristes nuevas de la pérdida de tantos misioneros buenos le causaron al Sr. Vicente un dolor muy grande, y no hay duda de que las muertes de los suyos, que 348 le comunicaban, eran otras tanta heridas en su corazón paternal, que sentía una ternura especialísima hacia sus hijos, aunque, por otra parte, permaneciera enteramente sumiso a todas las disposiciones de Dios, a cuya gloria hacía una ofrenda y un sacrificio contínuo de su vida y de la de sus hijos espirituales. Ciertamente, después de aquellas terribles pruebas, había alguna razón como para dudar de si Dios quería servirse de él y de los suyos en aquella misión tan lejana. Y parecía que era una empresa temeraria querer mantenerla en adelante, cuando la voluntad de la Divina Providencia se manifestaba tan contraria. Esa era la forma de pensar de algunos de sus amigos, que seguían más bien la luz de la prudencia humana, que no siempre vale para tener éxito en las obras apostólicas. Pero este buen varón de Dios, iluminado por el Espíritu Santo, reconocía que todas aquellas adversidades y oposiciones eran más bien señales de que Dios aprobaba su empresa, que no obstáculos que su Providencia quería oponer. Por eso, elevándose como una palmera bajo un peso, que habría acabado con un ánimo menor que el suyo, tomó la resolución de continuar lo que había empezado tan bien con la ayuda de la gracia, y en ella ponía su único apoyo

«Decía que la Iglesia universal había sido establecida por la muerte del Hijo de Dios, confirmada por la de los apóstoles, de los papas y de los obispos martirizados; que se había multiplicado por la persecución, y que la sangre de los mártires había sido la semilla de los cristianos; que Dios acostumbraba probar a los suyos, cuando tenía un gran proyecto sobre ellos; que su Divina Bondad daba a conocer que quería ahora más que nunca, que su Nombre fuera conocido y el Reino de su Hijo establecido en todas las naciones; que era evidente que los pueblos isleños estaban dispuestos para recibir las luces del Evangelio, y que seiscientas personas de allí habían recibido ya el bautismo gracias a los trabajos de un sólo misionero que Dios había conservado, y que no sería razonable ni caritativo abandonar al servidor de Dios que gritaba pidiendo ayuda, y abandonar al pueblo que sólo pide ser instruido».

Todas esas consideraciones y otras semejantes le hicieron tomar la decisión de enviar, a fines del año 1659, otros cinco misioneros a aquellas islas lejanas, a saber, cuatro sacerdotes y un hermano, quienes despreciando los peligros y la muerte, se le habían ofrecido y le habían rogado insistentemente ir a sus órdenes a trabajar en aquella peligrosa y difícil misión. Les dio, antes de su partida, la carta siguiente dirigida al Sr. Bourdaise. En ella, como en un dibujo hecho por su mano, se podrá ver la eminencia de su celo y de sus virtudes

«Le manifestaré en primer lugar, señor, —tales son los términos de su carta— el justo temor en que estamos de que no esté en esta vida mortal, teniendo en cuenta el poco tiempo que sus hermanos que le han precedido, acompañado y seguido, han vivido en esa tierra ingrata que ha devorado a tantos buenos obreros enviados a roturarla. Si todavía sigue vivo ¡qué grande será nuestra alegría, cuando estemos seguros de ello! No le costaría mucho trabajo creerlo si supiera hasta qué punto llega la estima y el afecto por usted, que es tan grande que ninguna persona puede tener con otra uno igual».

«La última y breve relación que nos envió usted nos ha hecho ver la virtud de Dios en usted y esperar un fruto extraordinario de sus trabajos, y nos ha hecho derramar lágrimas de alegría por la Bondad de Dios, que ha tenido un cuidado admirable de usted y de esos pueblos que está evangelizando, por su gracia, con tanto celo y prudencia por parte suya y con tan buena disposición por parte de ellos para convertirse en hijos de Dios. Pero al mismo tiempo, hemos llorado con su dolor y su pérdida en la muerte de los Sres. Dufour, Prévost y de Belleville, que encontraron su descanso en lugar del trabajo que fueron a buscar, y que aumentaron la pena de usted, cuando esperaba de ellos mayor solaz. Esta separación tan rápida ha sido siempre desde entonces una espada de dolor para su alma, lo mismo que lo había sido antes la muerte de los Sres. Nacquart, Gondrée y Mousnier. Nos ha expresado usted también su sentimiento al darnos la noticia del fallecimiento de ellos, y me he visto tan conmovido por su enorme aflicción como por esas grandes pérdidas. Parece como si Dios le tratara a usted como trató a su Hijo: lo envió al mundo para establecer su Iglesia con su pasión, y parece que quiere introducir la fe en Madagascar solamente por los sufrimientos de usted. Adoro las divinas disposiciones y le ruego que cumpla en usted los designios de Dios. Hay quizás alguno muy especial sobre su persona, ya que, entre tantos misioneros fallecidos, le ha dejado con vida. Parece como si su Voluntad, al querer el bien que ellos desearon realizar, no ha querido impedir su efecto al quitarles de ese mundo, sino producirlo por medio de usted, al conservarle la vida» «Sea lo que fuere, señor, hemos sentido mucho la privación de esos buenos siervos de Dios, y hemos tenido grandes motivos para admirar en esta última ocasión extraordinaria los recursos incomprensibles de su Providencia. Bien sabe El que con todo el corazón hemos besado la mano que nos hería, sometiéndonos humildemente a su golpes tan sensibles, aunque no podíamos comprender las razones de una muerte tan repentina en hombres que prometían mucho en medio de un pueblo que está pidiendo instrucción, y después de tantas señales de vocación que se manifestaban en ellos para hacerse cristianos» «Sin embargo, esta pérdida, lo mismo que las anteriores y los sucesos que luego han tenido lugar, no han sido capaces de disminuir en lo más mínimo nuestra decisión de socorrerle ni la de exponer la vida de los cuatro sacerdotes y un Hermano que enviamos, los cuales, sintiendo inclinación a su misión, nos han insistido mucho en que los enviáramos»

(Describe aquí sus buenas cualidades para darle el conocimiento de cada uno en particular, y después dice:)

«No sé quien se sentirá más consolado por su llegada: usted, que los ha estado esperando tanto tiempo, o ellos, que tienen un grandísimo deseo de verse con usted. Mirarán en usted a Nuestro Señor y a usted en Nuestro Señor; le obedecerán como a mí mismo, con su gracia. Para ello le pido que tome su dirección. Espero que Dios bendecirá la autoridad de usted y la sumisión de ellos».

«No habría estado tanto tiempo sin recibir socorro, si no hubieran fallado dos embarques que se hicieron. Uno se perdió en el río de Nantes. Iban en él dos de nuestros sacerdotes y un Hermano, que se salvaron por una protección especial de Dios. Murieron cien personas. El otro, que partió el año pasado, fue capturado por los españoles y tuvieron que volverse otros cuatro de nuestros sacerdotes y un Hermano. De forma que no ha querido Dios que le llegara desde aquí ninguna ayuda ni consuelo, sino que ha querido que le llegara El mismo. El ha querido ser su primero y su segundo en esta obra apostólica a la que le ha destinado para demostrar que el establecimiento de la fe es asunto suyo y no obra de los hombres. Así es cómo lo hizo también al comienzo de la fundación de la Iglesia universal, escogiendo solamente a doce apóstoles, que marcharon por toda la tierra para anunciar la venida y la doctrina de su divino Maestro. Pero cuando empezó a crecer esta santa semilla, su Providencia hizo que aumentara el número de Obreros, y El hará también que su Iglesia naciente, multiplicándose poco a poco, se vea provista al fin de sacerdotes que vivan para cultivarla y extenderla».

«¡Ah, señor! ¡Qué feliz es usted por haber puesto los primeros fundamentos de ese gran proyecto, que habrá de enviar tantas almas al cielo, que no hubieran entrado nunca, si Dios no derramara en ellas el principio de vida eterna por los conocimientos y los sacramentos que les administra! ¡Ojalá pueda usted con ayuda de su gracia seguir mucho tiempo en ese santo ministerio y servir de regla y de entusiasmo a los demás misioneros! Es la súplica que muchas veces le hace toda la Compañía, ya que siente una devoción especial en encomendar a Dios a usted y a sus trabajos. Pero en vano le pediríamos a Dios su conservación, si usted mismo no coopera a ello. Le ruego, pues, con todo el cariño de mi corazón, que tenga mucho cuidado de su salud y de la de sus hermanos. Puede juzgar por su propia experiencia la necesidad recíproca que tenemos unos de otros, y lo mucho que los necesita el país. El temor que manifiesta de que nuestros queridos difuntos hayan adelantado su muerte por el exceso de sus trabajos le tiene que obligar a moderar su celo. Más vale tener fuerzas de más que carecer de ellas. Pida a Dios por nuestra pequeña Congregación, pues tiene mucha necesidad de hombres y de virtud por las grandes y diversas cosechas que se ofrecen por todas partes, tanto entre los eclesiásticos como entre los pueblos. Pida también a Nuestro Señor por mí, que ya no duraré mucho tiempo por causa de mi edad que pasa de los ochenta años, y de mis piernas enfermas, que ya no me quieren llevar. Moriría contento si supiera que vive usted y cuántos son los niños y adultos que ha bautizado; pero, si no puedo saberlo en este mundo, espero verlo delante de Dios, en quien soy»,etc

Los cinco misioneros partieron de Francia, y se embarcaron a fines del año 1659; y la Providencia ha querido que se hayan visto obligados a volver a París al cabo de dieciocho meses por haber naufragado el barco que los llevaba a la altura del Cabo de Buena Esperanza. Todos los que estaban dentro del barco se salvaron, gracias a Dios. Aquellos buenos misioneros permanecieron allí, hasta que la armada de los holandeses, que pasaba por allí diez meses después del naufragio, los trajo a Francia

El Sr. Vicente ya había muerto para cuando llegó la noticia de este último accidente, que lo habría seguramente afligido en el último momento. De manera que fueron diecinueve o veinte las personas de su Compañía que había hecho embarcar en momentos diversos para ir a trabajar en la conversión de los habitantes de aquella isla, y para fundar entre ellos el imperio de Jesucristo. De ellos siete murieron en aquel trabajo glorioso, contando entre ellos al Sr. Bourdaise, que quedó el último. Y los demás se vieron obligados a volver por órdenes secretas e incomprensibles de la Providencia de Dios, que no les permitió ir a cultivar aquella pobre Iglesia naciente

Quien ocupa en la actualidad el lugar del Sr. Vicente ha mandado inmediatamente a cinco misioneros el mes de diciembre del año 1662, para que fueran a trabajar en aquella misión. Se han visto obligados a detenerse en Nantes hasta el mes de mayo siguiente, y, por fin, se han embarcado con el mismo deseo de trabajar y de sufrir para procurar que Dios sea conocido y glorificado entre los pobres isleños, deseo que ha animado a todos los que los han precedido en aquella misión. Y poco después se ha sabido que ya han llegado allí por la gracia de Dios.

 

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