Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 1, Sección 8

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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MISIONES DEL SEÑOR VICENTE

SECCIÓN VIII: Misiones en Irlanda

Fue el año 1646 cuando nuestro Santo Padre, Inocencio X, hizo saber al Sr. Vicente, que se había enterado del peligro en que se hallaba la religión en Irlanda a causa de la ignorancia de los católicos y de las acciones que emprendían los herejes. Por eso, deseaba que enviara allí algunos sacerdotes de su Congregación para poner remedio a aquella situación de la mejor forma posible. El humilde siervo de Dios se dispuso inmediatamente a dar satisfacción por puro motivo de obediencia a quien reconocía por Cabeza de la Iglesia y Vicario de Jesucristo en la tierra. Con ese fin escogió a ocho misioneros de su Congregación, entre los cuales habían cinco irlandeses, todos ellos competentes y formados en las prácticas de las misiones, pero a quienes el Sr. Vicente juzgó que debía darles unos consejos saludables antes de su partida, y, entre otras cosas, les dijo:

«Estén muy unidos y Dios los bendecirá; pero que sea en la caridad de Jesucristo: porque toda otra unión que no esté cimentada con la sangre de ese divino Salvador, no puede subsistir. Así que deben estar ustedes unidos unos con otros en Jesucristo, por Jesucristo y para Jesucristo. El Espíritu de Jesucristo es un espíritu de unión y de paz. ¿Cómo podrán ustedes atraer almas a Jesucristo, si no están unidos entre sí y con El? No se podría. Tengan pues un único sentir y una sola voluntad; de otro modo sería portarse como lo caballos, que, cuando están enganchados al mismo arado, tiran cada uno por su lado; así lo estropearían y romperían todo. Dios los llama a trabajar en su viña. Vayan allí, como si tuvieran un corazón único, y una intención única. Y de esa forma producirán fruto».

Los exhortó también en gran manera a portarse como verdaderos hijos de obediencia para el Soberano Pontífice, que es el Vicario de Jesucristo, porque iban a una tierra, en la que había miembros del clero que faltaban en ese punto; y que no daban ejemplo a los demás católicos. Les dijo también de qué modo debían portarse ya durante el viaje, o bien, después de su llegada al sitio señalado; y les dio algunos medios muy útiles para tener éxito en aquella importante misión. Ellos mismos han reconocido más tarde y confesado que los frutos que han producido en aquellas provincias se deben atribuir, después de a Dios, a los prudentes consejos y a los avisos saludables, que el Sr. Vicente les había dado.

Después de recibir la bendición, partieron de París el mismo año 1646, y se dirigieron a Nantes. Allí se vieron obligados a detenerse por algún tiempo. Mientras esperaban una ocasión para embarcarse, se dedicaron a servir y a consolar a los enfermos de los hospitales, como también a instruir a los pobres, y a otras obras parecidas

Todo ello con permiso, y por orden de lo superiores ordinarios. También dieron conferencias espirituales a las señoras de la Caridad de la parroquias, con el fin 327 de darles a conocer la manera de visitar y atender a los enfermos con el espíritu de nuestro Señor Jesucristo.

Bajaron a Saint-Nazaire, cerca de la desembocadura del río Loira, pues allí es donde se suele embarcar, y como se encontraron con muchos otros pasajeros, les dieron una especie de misión, mientras estaban a la espera de la partida de un barco holandés, que los debía llevar. Entre los pasajeros había un gentilhombre inglés hereje, y se convirtió a nuestra santa religión. En eso se pudo ver una actuación especial de la divina misericordia que quería salvarlo, porque tres días más tarde quedó herido de muerte, y cuando vio que no podía liberarse de ella, no dejaba de dar gracias a Dios, porque lo había puesto en el camino de su salvación antes de morir, cosa que él hacía con tan grandes muestras de agradecimiento por aquella gracia y de entendimiento por los pecados de su vida pasada, que arrancó lágrimas de los ojos de todos los que lo oyeron hablar, su les causó grandísima edificación.

El demonio, rabioso, porque aquella presa se le había escapado, y previendo que aquellos misioneros le arrebatarían muchas otras, hizo todos los esfuerzos por dificultar su viaje, y les promovió varias persecuciones y tempestades, tanto en tierra como en el mar; pero pudieron escaparse de ellas por una especial protección de Dios, que los libró de varios peligros de muerte, que parecían inevitables.

Llegados que fueron a Irlanda, se separaron, para trabajar. Algunos fueron a la diócesis de Limerick; otros, a la de Cashel. Empezaron a dar catequesis; más adelante sermones sencillos, claros y patéticos, porque el Sr. Vicente les había recomendado que se dedicaran sobre todo a dar instrucciones familiares para enseñar bien a los pueblos las verdades de la fe y las obligaciones del criticanismo. Más adelante les incitaron a vivir de acuerdo con aquellos conocimientos, renunciando al pecado por la penitencia, y abrazando la práctica de las virtudes propias de su condición. Aquella forma de enseñar y de predicar atraía a la gente de todos los sitios, y era aprobada enteramente por los Sres Prelados; y el Sr. Nuncio de Irlanda, cuando supo el fruto que producían las misiones felicitó a los misioneros, y los animó a continuar, y hasta llegó a invitar a los eclesiásticos y a los religiosos del país a trabajar de la misma manera, y a acomodarse a aquel modo de enseñar y de predicar

No se puede decir cuán grandes fueron los frutos de las misiones, cuyos actos eran casi desconocidos en aquella tierra, y cómo sería la devoción de los católicos, que acudían de todos los lugares aledaños, hasta de los más lejanos, para asistir a la catequesis y a los sermones, y para hacer una confesión general. Tenían que esperar semanas enteras para poder acercarse al confesor, a causa de la gran cantidad de gente que se presentaba. Y lo que es más de notar, los párrocos y otros eclesiásticos de los sitios en donde se predicaban misiones, eran los primeros, de ordinario, en hacer su confesión general, mostrándose además muy interesados en aprender el método de catequizar y de predicar, que usaban más tarde para mantener y conservar el bien que las misiones habían producido en sus parroquias.

Con el tiempo se vieron los efectos, durante la persecución que Cromwell suscitó en aquel pobre reino contra los católicos. Porque no hubo ni un párroco o pastor de aquellas tierras, donde se había dado la misión, que abandonara a sus ovejas: todos se mantuvieron constantemente atendiéndolas y defendiéndolas, hasta que fueron condenados a muerte, o desterrados por confesar la fe católica. Efectivamente, todos sufrieron una u otra cosa; y se ha sabido, que uno de los más animosos de aquellos valientes curas, cuando fue a verse con uno de los sacerdotes de la Misión, que vivía en una cabaña al pie de una montaña, para hacer con él la confesión general, sucedió que la noche siguiente, en el momento en que estaba administrando los sacramentos a algunos enfermos, fue preso y degollado por soldados herejes. Una muerte gloriosa coronó su vida inocente; dio cumplimiento al gran deseo que tenía de sufrir por nuestro Señor, tal como lo había manifestado un año antes en un retiro que hizo en Limerick con los sacerdotes de la misión.

Como la persecución de los herejes iba creciendo más cada día, por fin se vieron obligados a interrumpir la misiones del campo, y por consejo y órdenes del Sr.Vicente, algunos misioneros volvieron a Francia, pero antes de marcharse de Irlanda, fueron a despedirse del Sr. Arzobispo de Casthel el 16 de agosto de 1658, quien les entregó la siguiente carta dirigida al Sr. Vicente, carta que estaba escrita en latín, y que ha sido traducida al francés de la siguiente manera:

«La partida de sus misioneros me ofrece la ocasión de demostrarle mi reconocimiento y gratitud por haberse dignado, con su gran caridad, socorrer con sus sacerdotes misioneros al pequeño rebaño que Dios me ha confiado, tal como se ha llevado a cabo no sólo en un tiempo muy indicado para nuestras necesidades, sino también en unas circunstancias sumamente necesarias. La verdad es que sus trabajos han excitado a los pueblos a la devoción, que va aumentando de día en día. Y aunque esos buenos sacerdotes han sufrido muchas molestias desde su llegada a esta tierra, no han dejado por ello de entregarse continuamente a los trabajos de su misión como obreros infatigables que, con la ayuda de la gracia, han extendido y aumentado gloriosamente el culto y la gloria de Dios»

«Espero que este mismo Dios, que es bueno y omnipotente, será su recompensa y la de ellos. Por mi parte, le pediré que le conserve a usted muchos años, ya que le ha escogido para bien y utilidad de la Iglesia».

El Sr. Obispo de Limerick escribió, a su vez, por ese mismo tiempo, al Sr. Vicente en estos términos:

«Es justo, señor, que le agradezca con todo mi corazón el favor que de usted he recibido por sus sacerdotes y que le exponga la grandísima necesidad que de ellos tenemos en esta tierra. Puedo asegurarle con confianza que sus trabajos han hecho más frutos y han convertido más almas que los de todos los demás eclesiásticos, además, por su ejemplo y su buena conducta, la mayor parte de la nobleza de uno y de otro sexo se han convertido en modelos de virtud y devoción, tal como no se vio nunca entre nosotros hasta la llegada de sus misioneros por estas tierras. Es cierto que las revueltas y las luchas de este reino han sido un gran impedimento para sus funciones. Sin embargo, la memoria de las cosas que se refieren a Dios y a la salvación se ha grabado tanto por su medio en el espíritu de los habitantes de las ciudades y de la gente del campo, que todos bendicen a Dios igualmente en sus adversidades, como en su prosperidad. Yo mismo espero salvarme con su asistencia».

Como la violencia de la persecución iba creciendo cada vez más en Irlanda, el Sr. Vicente pensó que sólo podía dejar allí a tres sacerdotes de su Congregación, y esos tres siguieron trabajando en la salvación de la gente con gran éxito y bendición, con la ayuda de la gracia de Dios, a pesar de las dificultades y los peligros con que se encontraban. Experimentaban manifiestamente que bastaba con que estuvieran dos o tres reunidos en nombre de nuestro Señor para sentir el socorro de la divina Presencia; porque, habiendo emprendido un trabajo que estaba muy por encima de sus fuerzas, lograron a pesar de todo salir adelante por una ayuda especial de su bondad. Me refiero a la misión que dieron en la cuidad de Limerick, que el Sr. Obispo la había deseado así, tanto porque no se podía trabajar ya más en el campo, (los herejes se habían apoderado de él), como porque los pobres aldeanos católicos se habían refugiado en dicha ciudad. Y lo que animó aún más a los obreros evangélicos fue que aquel buen prelado quiso trabajar también en él en llos actos de la misión. Había cerca de veinte mil comulgantes en Limerick; todos hicieron confesión general, y algunos, con pecados enormes, dieron grandes muestras de una verdadera conversión. Toda la ciudad se puso en estado de penitencia, para atraer la ayuda y las gracias de la divina bondad. Los regidores municipales, por su parte, contribuyeron mucho a dicho ambiente, porque además del buen ejemplo dado por ellos con su asiduidad a los actos de la misión, usaron de su autoridad para desarraigar el vicio y para exterminar los escándalos y desórdenes públicos. Entre otras cosas dictaron leyes e impusieron castigos contra los que juraran y blasfemaran. Eso sirvió mucho para que ese detestable pecado fuera totalmente desterrado de la ciudad y de los lugares circunvecinos. Dios también quiso autorizar lo que hacían los regidores con dos accidentes ocurridos, uno en Turles, donde un carnicero había blasfemado del nombre de Dios en pleno mercado; un sacerdote de la misión que pasaba por allí le llamó la atención, y la corrección caritativa que le hizo, produjo tal efecto, que el culpable, entrando dentro de sí le dijo al misionero: «Estoy contento por haber sido condenado al cepo por mi crimen, pero le ruego que me acompañe hasta allí; cuando se dirigió a la prisión por propio impulso, alguno de sus parientes quiso hacerle desistir, para evitar, decía, la confusión que recaería sobre toda la familia. A lo que el misionero le contestó que había que dejarle hacer una buena acción para satisfacer a la justicia de Dios y para reparar el escándalo que había dado a muchas personas. Ante aquella respuesta el pariente se enfureció, y cogió unas piedras, amenazando al misionero con matarlo, si no hacía desistir a su familiar de dar aquella satisfacción. Pero Dios en aquel mismo instante hirió a aquel desgraciado con una enfermedad desconocida, que le hacía sacar la lengua totalmente negra de la boca sin que la pudiera meter, hasta que, habiendo rezado por él, y después de aplicarle agua bendita en la lengua, que pudo meter gracias a ese medio, pidió perdón por su falta e hizo penitencia, lo mismo que el carnicero, quien ingresó en la cárcel y fue sometido al cepo.

El otro accidente sucedió en la Rakelle en la persona de un gentil hombre, había jurado y blasfemado en plena calle, y otro gentilhombre, amigo suyo, que estaba presente, le dijo que existía la disposición de besar la tierra, sin tardar, en el mismo sitio en que se había jurado. Y como el blasfemo se riera de aquella advertencia, el otro, movido por el sentimiento de la ofensa cometida contra Dios, se puso de rodillas, en lugar del culpable, en medio de la calle, y besó el suelo, aunque estaba lleno de barro. El blasfemo volvió a burlarse de él, pero, al volver a su casa, Dios permitió que cayera del caballo, y la herida que recibió por aquella caída le hizo abrir los ojos, y reconocer el pecado que había cometido. Sintió un gran remordimiento por ello en su conciencia, que le hizo decidirse a hacer una buena confesión general de toda su vida a uno de los sacerdotes de la misión. En adelante se portó virtuosamente, y sirvió de ejemplo para la conversión de muchos más

Mientras trabajaba en aquella misión de Limerick, el Sr. Obispo la escribió la siguiente carta al Sr. Vicente. Por ella se pueden conocer las grandes bendiciones que Dios derramó sobre aquella misión. La hemos traducido del latín al francés de la manera siguiente:

«Con frecuencia le hemos escrito a su Reverencia acerca de la situación de los misioneros que tiene en este reino. Puedo decirle delante de Dios que nunca hemos oído decir que se haya logrado tan gran progreso y avance en la fe católica, como el que hemos notado estos últimos años con su habilidad, su piedad y su dedicación; especialmente a comienzos de este año, cuando empezamos la misión en esta ciudad, en donde hay por lo menos veinte mil comulgantes; y eso, con tanto fruto y aplauso de todos que no dudo de que, gracias a Dios, la mayor parte se han librado de las garras de Satanás, gracias al remedio que han puesto a tantas confesiones inválidas, borracheras, juramentos, adulterios y demás desórdenes, que han quedado suprimidos por completo. La ciudad ha cambiado de aspecto, viéndose obligada a recurrir a la penitencia por la peste, el hambre, la guerra y los peligros que nos abruman por todos los lados, y que recibimos como señales manifiestas de la cólera de Dios. Su bondad, sin embargo, nos ha querido hacer este favor, aunque seamos siervos inútiles, de emplearnos para esta obra que ciertamente resultó difícil en sus comienzos, llegando a creer algunos que no la podríamos llevar a cabo. Pero Dios se ha servido de los débiles para confundir a los fuertes de este mundo. Los principales de esta ciudad se muestran tan puntuales a las predicaciones, a los catecismos y a los demás efectos de la misión, que la iglesia catedral resulta pequeña. No podríamos aplacar la cólera de Dios mejor que extirpando los pecados, que son el fundamento y la causa de todos los males. Y acabaremos mal, si Dios no nos tiende la mano. A El es a quien toca tener misericordia de nosotros y perdonarnos. Le confieso, señor, que me siento deudor ante sus hijos de la salvación de mi alma. Escríbales algunas palabras de consuelo. No conozco que haya bajo el cielo una misión tan útil como ésta de Irlanda; pues, aunque hubiera ciento, la misión sería siempre grande para tan pocos obreros. Nuestros pecados son nuestro mayor mal. ¡Quién sabe si quiere Dios arrancarnos de este reino y darle a los perros el Pan de los ángeles, para nuestra vergüenza y confusión»

Añadiremos a la carta de ese buen prelado otra que el Sr. Vicente escribió el mes de abril del año 1650 al superior de los misioneros que habían quedado en Limerick para alentarlo en las difíciles circunstancias en que podían verse.

«Los hemos quedado muy edificados con su carta, al ver en ella dos maravillosos efectos de la gracia de Dios. El primero es ver cómo se ha entregado usted a Dios para resistir en el país en que se encuentra, en medio de peligros, prefiriendo exponerse a la muerte antes que dejar de asistir al prójimo. El segundo, al ver cómo se preocupa por la vida de sus hermanos, enviándolos a Francia para alejarlos del peligro. El espíritu del martirio le ha impulsado a lo primero, y la prudencia le ha obligado a llevar a cabo lo segundo. Ambas cosas han sido sacadas del ejemplo de nuestro Señor, el cual, cuando estaba a punto de sufrir los tormentos de su muerte por la salvación de los hombres, quiso garantizar y librar a sus discípulos diciendo: Dejad a éstos y no los toquéis.

Así es como ha obrado usted, como un verdadero hijo de Padre tan adorable, a quien le doy infinitas gracias por haber producido en usted estos actos de caridad tan soberana, que es el culmen de todas las virtudes. Le ruego que le llene a usted todas ellas, a fin de que, practicándola en todo y siempre, la infunda en el corazón de los que carecen de ella. Puesto que los demás señores que están con usted se encuentran en la misma disposición de seguir ahí a pesar del peligro real de guerra y de contagio, creemos que convendrá dejarlos. ¿Qué sabemos nosotros de lo que Dios les tiene destinado? La verdad es que no les habrá dado en vano una resolución tan santa ¡Dios mío! ¡Qué inescrutable son tus juicios! ¡He aquí que, al cabo de una misión de las más fructuosas y quizás de las más necesarias que hemos visto, detienes, al parecer, el curso de tus misericordias sobre esta ciudad penitente, para cargar todavía más tu mano sobre ella, añadiendo a las desgracias de la guerra el azote de la enfermedad! Es que deseas cosechar a las almas bien dispuestas y reunir el buen trigo en tus graneros. ¡Adoramos tu voluntad, Señor», etc

Con muchísima razón hablaba así el Sr. Vicente, como previendo el futuro; porque pareció por los sucesos posteriores que, por las misiones que dieron a propósito, Dios quería preparar a aquella gente para dos grandes tribulaciones que debían servir para probar su paciencia y su fe. La primera fue una gran epidemia, que se adueñó del país, y que causó tan grande estrago en la ciudad de Limerick, que murieron cerca de ocho mil personas, y el hermano del Sr. Obispo fue uno de ellos, por haberse expuesto con los misioneros, yendo a visitar a los enfermos, a consolarlos y a atender a sus necesidades.

Era una maravilla ver a aquella pobre gente soportar aquel azote, no sólo con paciencia, sino también con paz y tranquilidad de espíritu, diciendo que morían contentos, porque se habían aligerado de la pesada carga de sus pecados, pues la habían depositado en el sacramento de la penitencia con las confesiones generales.

Otros decían que no lamentaban su muerte, porque Dios había querido enviarles a los padres santos (así es cómo llamaban a los sacerdotes de la misión) para purificar sus almas. Había también otros que en su enfermedad no pedían otra cosa sino participar en las oraciones de sus confesores, a quienes ellos creían que les debían la salvación. En una palabra, los sanos y los enfermos manifestaban abiertamente su agradecimiento y sus buenas disposiciones. Oyendo y viendo eso el buen prelado, no podía contener las lágrimas, ni tenía reparo en decir con frecuencia estas palabras: «¡Ah! Aunque el Sr. Vicente no hubiera hecho nunca por la gloria de Dios más que el bien que han hecho a esta pobre gente, se debería considerar bienaventurado»

Pero por haber crecido la prueba y por una nueva tribulación, aquella pobre ciudad de Limerick se vio asediada y finalmente tomada por los herejes. Hicieron morir cruelmente a muchos habitantes a causa de la fe católica que profesaban y, señaladamente a cuatro de los principales de la ciudad, que manifestaron en aquella ocasión cuánto se habían aprovechado, tanto de las enseñanzas y predicaciones de la misión, como de lo retiros espirituales que habían hecho más tarde en la casa de los misioneros, por el celo invencible del que dieron muestras en la defensa de la religión católica, y especialmente el Sr. Tomás Strich, quien, al salir del retiro fue elegido alcalde de la ciudad. En aquel cargo se declaró abiertamente contrarios a todos los enemigos de la Iglesia, y al recibir la llaves de la ciudad, las puso inmediatamente, por consejo de su confesor, en las manos de la imagen de la santísima Virgen, suplicándole que recibiera a la ciudad bajo su protección, y obligó al mismo tiempo a toda la corporación de la ciudad a ir ante él camino de la iglesia, donde el acto piadoso se realizó con muchas ceremonias, y a la vuelta, el nuevo alcalde pronunció una arenga muy cristiana a toda la multitud para alentarla a mantener una fidelidad inviolable a Dios, a la iglesia y al Rey, ofreciendo su propia vida por una causa justa. Aquel ofrecimiento fue aceptado por Dios, pues como los enemigos tomaban la ciudad algún tiempo más adelante, le hizo la gracia de sufrir el martirio con otros tres de los más representativos, que habían sido compañeros suyos en el retiro espiritual, y lo fueron también en el martirio. Se presentaron los cuatro, no solamente con constancia, sino también con alegría, vestidos con sus mejores galas para manifestarla al exterior, y antes de ser ejecutados, lanzaron arengas que arrancaron lágrimas de los ojos de todos los presentes, y hasta de los herejes, declarando ante el cielo y la tierra que morían por la confesión y la defensa de la religión católica. Aquello sirvió para confirmar a todos los demás católicos en su fe, y para preferir toda clase de violencias antes que faltar a la fidelidad debida a Dios.

Uno de los tres sacerdotes de la Congregación de la misión que habían quedado en Irlanda acabó también gloriosamente su vida, en medio de los trabajos de las misiones; y los otros dos que se mantuvieron firmes en Limerick durante la peste y durante el asedio, se marcharon después de ser tomada la ciudad, disfrazados, no sin gran peligro para sus vidas, y se vieron obligados a volver a Francia el año 1652. En Irlanda habían permanecido unos seis años, ocupados con los compañeros suyos en trabajar sin tregua en las misiones. Se vieron en ellas mantenidos a costa de la casa de san Lázaro por la caridad inagotable del Sr. Vicente, quien, por no resultar importuno para nadie, sólo recibió como ayuda una limosna que le entregó la señora duquesa d`Aiguillon, para tener alguna parte en los gastos de viaje de los misioneros y en la compra de ornamentos que les eran necesarios.

Ciertamente se realizaron en las misiones de Irlanda más de ochenta mil confesiones generales y, obras buenas sin cuento; pero no podemos hablar de ellas más al detalle, porque la humildad del Sr. Vicente quiso que permanecieran ocultas bajo el velo del silencio. Cuando volvió el superior de aquellas misiones, le preguntó al prudente Superior General, si le gustaría que hiciera una pequeña relación; más él respondió: ¡Que bastaba con que Dios hubiera conocido todo lo que se había hecho, y que la humildad de nuestro Señor pedía a la pequeña Compañía de la misión ocultarse en Dios con Jesucristo para honrar su vida oculta». Añadió «que la sangre de los mártires no quedaría olvidada ante Dios, y que tarde o temprano serviría para producir nuevos católicos»

 

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