Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 1, Sección 7

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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MISIONES DEL SEÑOR VICENTE

SECCIÓN VII: De las cosas más notables sucedidas en las misiones de Berbería

Aunque las misiones dadas bajo la dirección y las órdenes del Sr. Vicente en Francia, en Italia y en otras Provincias aledañas hayan sido acompañadas por grandísimas bendiciones, como hemos visto en las secciones precedentes, sin embargo, hemos de confesar que las de las provincias más lejanas, que le costaron mucho más, obtuvieron frutos, si no más abundantes, al menos más preciosos y más exquisitos; y que esos países extranjeros y salvajes recibieron una fertilidad especial, después de que fueron regados no sólo por los sudores, sino en cierto modo por la sangre de los misioneros. Varios de ellos consumaron allí su vida en medio de excesivos trabajos a los que se expusieron por el servicio de Jesucristo. Ese era también uno de los más ardientes deseos del digno Padre y Fundador de los misioneros: ir a predicar a Jesucristo entre los infieles, y exponerse al martirio por la confesión de su Santo Nombre, si hubiera podido hacerlo sin faltar a las otras obligaciones que la Providencia Divina le había impuesto.

«¡Qué desgraciado soy! —decía a veces en el fervor de su celo—. Me he hecho indigno por mis pecados de ir a servir a Dios entre los pueblos que no lo conocen».Y hablando sobre ese tema a los de su Compañía: «¡Qué feliz, oh qué feliz! —les decía — es la condición de un misionero que tiene por límite de sus misiones y de sus trabajos por Jesucristo a toda la Tierra habitable. ¿Por qué restringirnos a un punto y ponernos límites, cuando Dios nos ha dado semejante extensión para ejercer nuestro celo?».

Manifestaba una especialísima veneración a san Francisco Javier, que había extendido sus trabajos hasta los últimos confines de las Indias con tanto valor y bendición. Honraba muy especialmente a los Obreros evangélicos de la Compañía de ese gran santo, y de todas las otras órdenes religiosas que estaban dedicadas a las misiones de las Provincias extranjeras. Y cuando alguno de ellos volvía y le iba a visitar a San Lázaro, reunía a la Comunidad en su presencia, para que le oyeran contar los frutos de sus santos trabajos, y así animar a sus misioneros a imitar su celo. Y para eso mandaba también leer en el comedor las relaciones impresas, y hasta contribuía cuando podía al progreso de sus misiones entre infieles, como veremos un poco más adelante. Pero como reconocía que, según la palabra de Jesucristo en el Evangelio, la mies de las almas es grandísima en esas tierras extranjeras y bárbaras, y que el número de los obreros era todavía muy pequeño, eso le movió a ofrecerse a Jesucristo, y también todos los suyos, para ir a trabajar en la instrucción de los pobres y de las almas más abandonadas, no sólo en las Provincias cristianas, sino también entre las naciones infieles y bárbaras. Infundía en todos los individuos de su Compañía ese mismo celo y esa misma disposición; y cuando algunos se ofrecían a ir a aquellas tierras, se congratulaba con ellos de la gracia que Dios les hacía al darles aquellos ánimos. Mas nunca quiso adelantarse a enviar a algunos de los suyos a las misiones extranjeras sin una orden previa, para atenerse siempre a su gran norma, que era no intervenir nunca por propia decisión, ni prevenir, sino seguir sencillamente a lo que disponía la Divina Providencia

Ahora vamos a hablar de las misiones que se llevaron a cabo por orden del Sr.Vicente en las Provincias más lejanas, y entre los infieles, herejes y otros enemigos de nuestra religión. Empezaremos en esta sección por las que se hicieron en Berbería. En ellas veremos cuánto trabajaron los misioneros y cuánto sufrieron por servir a Jesucristo en la persona de los pobres cautivos cristianos, y en las secciones siguientes presentaremos algo de lo que sucedió de más memorable en las demás misiones extranjeras.

§. I Comienzo de las misiones de Túnez y de Argel

El estado de esclavitud en el que Dios permitió que el Sr. Vicente cayera el año 1605, como ya lo hemos dicho en el libro primero, le había hecho conocer por propia experiencia los grandes males que los cautivos sufren en sus cuerpos, y los peligros aún mayores en que están de perder sus almas. Ese hecho le había dejado siempre en su corazón un sentimiento grandísimo de compasión. Y en ellos veía una imagen muy expresiva de la miseria humana, que movió al Hijo de Dios a bajar del cielo a la tierra para consolar y liberar a los hombres esclavos del pecado y de Satanás. También reconocía en eso una bella ocasión de imitar al adorable Salvador visitando, consolando, asistiendo a los pobres cautivos abandonados. Todo eso le hizo concebir grandes deseos con el corazón siempre movido por la caridad de la que estaba lleno; pero siguiendo su máxima habitual, esperaba las órdenes de la Providencia de Dios, para dedicarse a aquella santa obra, pidiendo a Dios que le hiciera conocer su voluntad, y que le diera la gracia y los medios para realizar lo que le fuera más agradable. Y no fue en vano, porque hacia el año 1642 Dios le inspiró al difunto Rey, Luis XIII, de gloriosísima memoria, socorrer a aquellos pobres cautivos, y Su Majestad puso los ojos en el Sr. Vicente, considerándolo muy capaz de llevar a cabo dignamente aquella caridad, y le ordenó que enviara algunos de sus sacerdotes a Berbería para asistir corporal y espiritualmente a aquellos pobres cautivos. A tal efecto, puso en sus manos nueve o diez mil libras. Dios sabe con qué corazón recibió este caritativo sacerdote aquel encargo, él que pedía continuamente a Dios: que quisiera poner remedio y atender a las necesidades de aquellos pobres desgraciados.

Se puso, pues, desde entonces a pensar en los medios para poner por obra aquella santa empresa, que presentaba muchísimas dificultades, porque los turcos no toleran de buena gana a sacerdotes cristianos entre ellos, si no son cautivos. Se acordó que, por los tratados firmados entre Francia y el Gran Señor sobre la libertad de comercio, le estaba permitido al Rey Cristianísimo enviar y disponer de hombres con el título de cónsules en las ciudades marítimas sometidas al Gran Señor, para proteger a los mercaderes y a los cautivos cristianos de las vejaciones de aquella nación bárbara. Y cada uno de lo cónsules podía disponer de un sacerdote como capellán en sus casas de las ciudades. Con ese pretexto, que era muy justo y razonable, como el Sr. Martín, por entonces cónsul en Túnez, estaba dispuesto a recibir en su casa a un Sacerdote de la Misión, que no le resultaría gravoso, el Sr. Vicente le envió a aquella ciudad el año 1645 al Sr. Julián Guérin, Sacerdote de su Congregación, con un hermano llamado Francisco Francillon. Este buen sacerdote, después de haber trabajado dos años con gran celo, cuando vio que no podía dar abasto a la grandísima cosecha que tenía en perspectiva, decidió ir a ver al Dey, que viene a ser como el Rey de aquel país, y pedirle permiso para hacer venir a otro sacerdote para ayudarle. Dios toco el corazón del Dey, de forma que, después de escucharle favorablemente, le respondió que si no le bastaba con uno, le permitía llamar a dos y tres. Y le dijo que le protegería en cualquier caso, y que si necesitaba algo, que se lo pidiera, y que se lo concedería, pues sabía que (el sacerdote) no hacía mal a nadie, sino todo lo contrario, que hacía bien a todos.

El Sr. Guérin le escribió al Sr. Vicente y le pidió un sacerdote, y éste le envió al Sr. Juan Le Vacher, quien llegó muy oportunamente a la ciudad de Túnez a comienzos del año 1648, pues la peste estaba causando una gran mortandad por aquellos días entre los turcos y los esclavos. Ambos trabajaron con mucha caridad en aquella situación tan apremiante, y el mes de mayo del mismo año el Sr. Le Vacher cayó también bajo el contagio y llegó a estar en las últimas. Pero Dios quiso salvarlo del peligro de muerte para conceder la vida por su medio a muchas almas, que posteriormente ha asistido y que aún asiste en aquel país

El Sr. Guérin escribió sobre ese asunto al Sr. Vicente, y le dio noticias de la enfermedad:

«Me es imposible —le dice— expresarle cuán grandes han sido los gemidos y el llanto de los pobres cautivos, de todos los mercaderes y del Sr. cónsul, y cuánto consuelo hemos recibido de parte de ellos. Hasta los turcos nos vienen a visitar en nuestro dolor, y las personas más importantes de la ciudad de Túnez me han ofrecido, por su parte, ayuda y favores. En fin, señor, veo evidentemente que es bueno servir con fidelidad a Dios, ya que en la tribulación impulsa a los mismos enemigos suyos a socorrer y asistir a sus pobres servidores. Estamos abrumados por la guerra, la peste y el hambre, hasta con exceso, y además de eso, estamos sin dinero. Pero por lo que toca a nuestros ánimos, son buenos, a Dios gracias. Tampoco tenemos miedo a la peste, es como si no existiera. La alegría que tenemos, el Hermano y yo, por la recuperación de la salud de nuestro buen Sr. Le Vacher, nos ha hecho fuertes como los leones de nuestras montañas».

En cuanto el Sr. Le Vacher recuperó la salud y se puso a trabajar, el Sr. Guérin, ese hombre de Dios, cuyo celo despreciaba tanto los peligro de muerte que le rodeaban, y le hacía olvidarse de sí mismo para dedicarse al alivio y a la salud de los apestados, fue, por fin, atacado por el aire corrompido: No se sorprendió por tal accidente; lo había previsto con tiempo, y preparado como estaba para la muerte, no sólo con paciencia, sino con una total conformidad con el beneplácito de Dios, la consideró y la recibió como final de sus trabajos y comienzo de la vida y de la gloria que estaba esperando de la misericordia de Dios. No se puede decir cuanto lo sintieron los cristianos por quienes había dado la vida, y cómo fue el dolor del Sr. Vicente, al perder en aquel caritativo misionero a uno de sus más queridos y más dignos hijos. El Sr. Cónsul murió poco después, y el Dey ordenó al Sr. Le Vacher que ejerciera el consulado, hasta que el Rey de Francia enviara a otro para ocupar el puesto del difunto.

Al mismo tiempo que el Sr. Vicente atendía así a las necesidades espirituales de cinco o seis mil cautivos que estaban en Túnez, y también a las corporales, como diremos más adelante, trabajaba además en proveer a las necesidades de los de Argel, que eran mucho más grandes y más apremiantes, tanto, porque el número de los esclavos es más grande, pues de ordinario pasan de veinte mil los cristianos encadenados, como porque están muy mal tratados por amos más inhumanos que los de Túnez. Pero como los sacerdotes no podrían actuar con eficacia, ni tampoco residir mucho tiempo en aquella tierra infiel, si los cónsules no están muy unidos y en inteligencia con ellos, lo cual no se puede conseguir, si los cónsules miran más por sus intereses y sus conveniencias, que por la salvación y el consuelo de los pobres cautivos, que es el único fin que se proponían el Sr. Vicente, por eso consiguió, que, (con la ayuda de la señora duquesa de Aiguillon, que indemnizó al propietario del Consulado de Argel) el Rey concediera el ejercicio de aquel cargo el año 1646, al Sr. Juan Barreau, natural de París, que estaba lleno de celo por el servicio de Dios y de los pobres cautivos, sin otras pretensiones que las de cooperar a los caritativos planes del Sr. Vicente, como lo ha dejado bien manifiesto durante varios años. He aquí el consejo que le dio, en su partida, el Sr. Vicente:

«El alma de sus esfuerzos tiene que ser la intención de la pura gloria de Dios; el estado continuo de humillación interior, al no poder ocuparse mucho en las cosas exteriores; y la sumisión interna del juicio y de la voluntad al Sacerdote de la Misión, que le será dado por consejero. No haga nada sin informarle, a no ser que sea usted obligado a responder inmediatamente. Jesucristo era el soberano señor de la santísima Virgen y de San José, mientras estuvo con ellos, pero no hacía nada sin su consejo. Este misterio es el que deberá usted honrar de manera especial, para que plazca a su infinita Bondad guiarle y asistirle en el cargo al que su Providencia lo ha destinado».

El Sr. Vicente destinó por ese tiempo a la misma ciudad de Argel al Sr. Nouelly, después al Sr. Le Sage, y a continuación al Sr. Dieppe, tres buenos sacerdotes y auténticos misioneros, que, los tres, han acabado felizmente allí su carrera y consumado su vida por la caridad, exponiéndose valerosamente noche y día al contagio, que fue muy grande en Argel los años 1647 y 1648, por asistir a los pobres cautivos cristianos que estaban ya atacados, y que sin ellos se habrían muerto totalmente abandonados, como los animales. Estos buenos sacerdotes dieron muestras, al acercarse la muerte, de qué espíritu habían estado animados durante la vida, y cuáles habían sido sus ideas acerca de la caridad para con el prójimo. El Sr. Dieppe murió con el crucifijo en la mano, y con los ojos fijos en él, repitiendo con fervor estas palabras, durante la media hora que estuvo en agonía: «Maiorem Charitatem nemo habet, quam ut animam suam ponat quis pro amicis suis». A estos tres les sucedió el Sr. Felipe Le Vacher, hermano del Sr. Le Vacher, que está en Túnez, y a su imitación ha prestado largos servicios a Dios y a los pobres cautivos en esa ciudad infiel y bárbara, cuyos habitantes, como los demonios, sólo hacen profesión de atormentar a los cristianos.

Y, en tanto que el Sr. Le Vacher de Túnez había sido obligado, como ya lo hemos dicho, a hacerse cargo del oficio de cónsul, y que el ejercicio de esa ocupación le impedía a veces dedicarse a los trabajos de la misión, la cual, a pesar de todo, era la razón principal de su estancia en aquel lugar, el Sr. Vicente, que sufría mucho por esa causa, consiguió que el año 1648 el Sr. Huguier se hiciera con aquel cargo y que saliera en diligencia para ir a ejercer como tal. Este señor se había retirado de su actividad profesional, en la que había estado empleado hasta entonces. Y habiendo dejado el cargo de procurador en el Châtelet de París, se había puesto enteramente a disposición del Sr. Vicente, para que lo dedicara a todo lo que él juzgara conveniente para el servicio y gloria de Dios. Pero, luego que llegó a Túnez, no cayó bien a los turcos: no lo quisieron aceptar como cónsul. A pesar de todo, permaneció allí durante algún tiempo con el Sr. Le Vacher para ayudarle en el ejercicio del consulado. Más adelante, vuelto a Francia y recibidos los sagrados Ordenes por consejo del Sr. Vicente, fue enviado a Argel, no sólo como Sacerdote de la Misión, sino también en calidad de misionero apostólico; y trabajó allí con gran bendición en la salvación de los pobres cautivos hasta el mes de abril del año 1663, en que terminó felizmente su carrera. Murió enfermo de peste, con unas santísimas disposiciones, al servicio de los pobres cautivos cristianos atacados por la misma enfermedad.

El Sr. Vicente, como no podía sufrir que el Sr. Le Vacher se viera impedido por el cargo de cónsul, que ejercía a su pesar, a dedicarse a las funciones propias de su carácter (sacerdotal), ni tampoco que ostentara por más tiempo el título de un cargo seglar, aunque muy importante para el plan que tenía de asistir a los cautivos, logró el año 1653 que el Sr. Martín Husson, natural de París, abogado del Parlamento, recibiera el encargo del Rey para que fuera a ejercer el oficio de cónsul a Túnez. Era un personaje muy recomendable por su virtud.

El Sr. Vicente hablaba así de él, en una carta que escribió por eso tiempo:

«Es —dice— sabio, desinteresado, piadoso, prudente, y capaz tanto como otro cualquiera que yo conozca de su edad. Va puramente para servir a Dios y a los cautivos, a pesar de las lágrimas y los consejos en contrario de un padre y de una madre que le quieren tiernamente y que, por fin, le han dado su bendición. Vivirá en comunidad con el Sr. Le Vacher, como si fuera de nuestra Congregación, aunque en realidad no lo sea».

Se marchó para allá el mes de julio del año 1653, y, habiendo sido aceptado para el cargo de cónsul, estuvo en aquella tierra durante varios años con gran bendición

§. II Principales actividades de los misioneros

El Sr. Vicente dedicó así sus primeros desvelos a procurar que hubiera en las dos ciudades de Túnez y de Argel cónsules, tales como los podía desear, para que cooperasen en espíritu de unión con los sacerdotes de su Congregación en todas las obras de caridad y de misericordia espirituales y corporales para con los cristianos que se hallaban en aquellas tierras, tanto cautivos como otros. Se trataba de proceder a la realización y de trabajar cada cual por su lado para ese fin.

Para entender mejor los grandes bienes que el Sr. Vicente pretendía llevar a cabo por medio de las misiones de Berbería, se ha de saber que no son solamente los franceses que se hallan en aquellas ciudades, libres o esclavos, los que están bajo la bandera y protección del Rey de Francia, sino también los italianos, españoles, portugueses, malteses, griegos, flamencos, alemanes, suecos y, en general, de todas las naciones de la cristiandad, que acuden, todas ellas (salvo los ingleses) al cónsul de Francia, para que los proteja y ayude, cuando se ven apurados por los ataques de esos bárbaros. Los barcos que van a comerciar allí, y las personas que salen de allí, reciben el pasaporte de manos del cónsul. Y cuando los corsarios se hacen a la mar, y quieren apoderarse de los barcos o de las mercancías de esas naciones, el cónsul de Francia los reclama y denuncia al Dey o al Bajá y a la aduana la sinrazón de las capturas; se queja del mal trato que se hace a esas naciones, negocia el rescate de sus esclavos, y los libera, cuando puede, de los hierros para mandarles a su casa. Pone fin a las desavenencias que ocurren entre los mercaderes de esas naciones, y también entre los esclavos. Cuida de que ningún mercader cristiano lleve a los turcos mercancías de contrabando, que les puedan servir para hacer la guerra a los cristianos, como velas, jarcias, hierro, plomo, armas y otras cosas parecidas prohibidas por los cánones de la Iglesia y por las ordenanzas reales.

Los Sacerdotes de la Misión no tienen menos trabajo en los asuntos espirituales que los cónsules en los temporales. Son misioneros apostólicos puestos por la autoridad del Soberano Pontífice, que les ha concedido todos los poderes y todas las facultades convenientes para su oficio. Y además son Vicarios Generales del Arzobispo de Cartago, del que dependen esas ciudades; y en calidad de tales tienen jurisdicción sobre todos los sacerdotes y religiosos esclavos que se encuentran allí, a veces en número bastante grande. Por esa misma categoría, son los pastores de todos los cristianos tanto mercaderes como cautivos, que, de ordinario, son de veinticinco a treinta mil en esos dos Reinos, donde entran más que salen.

Los sacerdotes misioneros se dedican en primer lugar a sostener la religión católica, y a mantener los actos públicos y privados en los mismos sitios en que se ve oprimida y perseguida. Y como Jesucristo, hablando con los pérfidos judíos, les decía que honraba a su Padre, mientras que ellos lo deshonraban, igualmente, los Hijos del Sr. Vicente se esfuerzan en honrar al mismo Salvador y procurar que sea honrado y servido en medio de una tierra infiel y en los sitios en que es deshonrado por los más crueles enemigos de su sagrado Nombre. Además de eso, se dedican a corroborar y fortalecer a los fieles en la fe; sostienen a los débiles, e impiden que se pierdan; encaminan a los que andan desviados; administran los sacramentos a los sanos y a los enfermos, tanto en la ciudad como en el campo; consuelan a los pobres cautivos en sus penas y tribulaciones; predican, instruyen, trabajan, resisten y finalmente, se consumen por esta pobre Iglesia doliente del mismo modo que lo hizo Nuestro Señor por la iglesia universal.

Esas son las principales ocupaciones de los sacerdotes y de los cónsules enviados a Berbería; a ellas se aplican continuamente, y en ellas se ayudan mutuamente con gran unión y correspondencia para tratar de conseguir la salvación de las almas y la mayor gloria de Dios, que es el fin único y común de unos y otros.

El Sr. Vicente les solía recomendar sobre todo que conservaran entre sí una perfecta unión y comunicación, y que se ayudaran unos a otros con buenos consejos, y con todos los medios de que pudieran valerse. Veamos lo que decía en una carta que les escribió sobre esa cuestión:

«He sabido la unión y la íntima caridad que existe entre ustedes. He bendecido por ello a Dios varias veces, y lo bendeciré tantas veces como me venga a la memoria, porque mi alma está tan llena de agradecimiento por un bien tan grande, que llena de gozo el corazón del mismo Dios, tanto sería que, de esa unión, se podrá conseguir infinidad de buenos resultados para el avance de su gloria y para la salvación de gran número de almas. En nombre de Dios, señores, hagan de su parte todo lo que se pueda para hacerla más fuerte y más cordial hasta la eternidad. Acuérdense del dicho de los romanos, «que con la unión y el consejo se consigue todo». Sí, la unión entre ustedes hará triunfar la obra de Dios y nada podrá destruirla sino la desunión. Esa obra es el acto de caridad más noble que existe en la tierra, aunque el menos solicitado. ¡Dios mío! Señores, ¿cómo no nos fijaremos un poco más en la excelencia de los trabajos apostólicos, para apreciar infinitamente nuestra felicidad y para corresponder a las obligaciones de nuestra condición? Sólo harían falta diez o doce misioneros así preparados para producir frutos increíbles en la Iglesia. He visto el asalto a que les han sometido la carne y la sangre; era necesario que les sucediera esto. El espíritu malo no tenía intención de dejarles sin combate. ¡Bendito sea Dios porque han permanecido firmes ante ese ataque! El cielo y la tierra contemplan con agrado la feliz participación, que les ha caído en suerte, de honrar con su trabajo esa caridad incomprensible por la que nuestro Señor bajó a la tierra para socorrernos y ayudarnos en nuestra esclavitud. Creo que no hay ningún ángel ni santo en el cielo que no les envidie esa dicha, tanto cuanto se lo permita su condición gloriosa. Y aunque soy el más abominable de todos los pecadores, sin embargo, les confieso que, si me fuera permitido, les envidiaría yo mismo. Humíllense mucho, y prepárense a sufrir de los turcos, de los judíos y de los falsos hermanos: les podrán causar molestias, pero les ruego que no se extrañen de eso, porque no les causarán otro mal, que el que Nuestro Señor quiera que les hagan, y lo que les suceda de su parte, sólo será para hacerles merecer favores especiales con los que piensa honrarlos. Ustedes saben que la gracia de nuestra redención se debe atribuir a los méritos de su Pasión, y que cuanto más complicadas son las cosas de Dios, tanto más felizmente se consiguen, con tal de que nuestra resignación y nuestra confianza no desfallezca. Rara vez se logra un bien sin alguna contrariedad; el demonio es demasiado sutil, y el mundo demasiado corrompido como para que no traten de ahogar semejante obra buena en su misma cuna. Pero, ánimo, señor, es Dios mismo quien les ha colocado en ese sitio y en el trabajo en que están. Si ustedes tienen su gloria por finalidad, ¿qué podrán temer, o mejor, qué no deberán esperar?».

§. III Persecución sufrida por el cónsul de Argel

Con muchísima razón preparaba el Sr. Vicente a los suyos ante los sufrimientos, y los exhortaba a la constancia, previendo acertadamente que estando entre aquellos bárbaros, y trabajando en el servicio de Jesucristo, no les faltarían perseguidores, ni ocasiones de experimentar los efectos de su rabia y de su crueldad. En efecto, varias veces los han amenazado con el fuego, con la cuerda y con otros suplicios; hasta han sentido los golpes. De todo eso solamente presentaremos un ejemplo, que hará ver que la vida de los que profesan servir a Jesucristo entre esos infieles está continuamente expuesta a toda clase de vejaciones y de malos tratos, y que se necesita una caridad ardentísima para semejante empresa.

El Sr. Barreau, cónsul de Argel, ha experimentado en una ocasión en su persona las crueldades de esos bárbaros por haber sido tiranizado y perseguido por esos infieles para obligarle a que les diera dinero, pues tienen como norma, cuando sufren alguna pérdida, cogérsela a otro, y siempre al más inocente de entre los cristianos. Los acusan con mentiras y les levantan falsos testimonios, y les causan violencias e injusticias sin visos de razón; es lo que ellos llaman afrentas, y cuando se piensa acudir a la justicia o a la protección de los más poderosos, hay que comprarla con regalos excesivos, y darles casi tanto como los autores de las afrentas les piden. Y como suelen ser gente de milicia que no trabaja, y que tampoco trapichean, sólo viven de lo que arrebatan a la fuerza, y se apoderan de todo lo que puedan hallar, no tanto por verse necesitados (la mayor parte se ha enriquecido con lo que ha robado a los cristianos), sino por avaricia insaciable, que hace que nunca estén contentos con lo que tienen y quieren siempre lo que no tienen.

El cónsul fue encarcelado el año 1647 sin otro motivo que el de obligarle a entregar el dinero que le pedían. Y al poco tiempo, el Sr. Nouelly, Sacerdote de la Congregación de la Misión, cayó enfermo de peste, y se vio en la necesidad de adelantar el rescate de su libertad para ir a atender al buen sacerdote en su enfermedad. Murió el sacerdote, y el cónsul, como se vio en peligro de ser devuelto a la cárcel, dio cuenta de todo al Sr. Vicente, quien le escribió sobre esos dos lamentables incidentes en estos términos:

«Ayer tarde recibí la triste, pero feliz, noticia de la muerte del Sr. Nouelly, que me ha hecho derramar muchas lágrimas en varias ocasiones, pero lágrimas de gratitud a Dios por su bondad con la Compañía, al haberle dado un sacerdote que tan perfectamente amaba a Nuestro Señor, y que ha tenido un fin tan hermoso».

«¡Qué feliz es usted porque el buen Dios le ha escogido para una obra tan santa, excluyendo a tantas otras personas inútiles del mundo!» .

«Ha sido usted casi prisionero por la caridad, o mejor dicho, por Jesucristo. ¡Qué dicha sufrir por tan gran Monarca y cuántas coronas le esperan, si persevera hasta el fin!».

El año 1650 el mismo Sr. Barreau fue de nuevo encarcelado. Sobre eso le escribió el Sr. Vicente la carta siguiente; por medio de ella y por otras parecidas que le envió, podemos descubrir con cuánta pureza veía a Nuestro Señor en todo, y cuán grande consideraba la felicidad de asemejarse a El trabajando y sufriendo como El para la gloria de Dios y para el servicio de los pobres.

«Con gran pena —le dice— me hago cargo de la situación en que está, que es motivo de pena para la Compañía, y para usted de mérito ante Dios, ya que sufre como inocente. He sentido gran consuelo, mayor que cualquier otro, por la mansedumbre de espíritu con que ha recibido este golpe y aprovecha su situación de prisionero. Doy gracias a Dios, con un sentimiento de incomparable gratitud. Nuestro Señor que bajó del cielo a la tierra para redimir a los hombres fue hecho prisionero por ellos, ¡Qué dicha, querido Hermano, poder ser tratado casi de igual forma! Se fue de aquí como de un lugar de alegría y reposo para asistir a los cautivos de Argel, y ahí es usted tratado de forma similar a la de ellos, y no de otra forma. Cuanta más relación tengan nuestras acciones con la hechas y sufridas por Nuestro Salvador, y nuestros sufrimiento con los suyos, tanto más agradables le serán a Dios, y como su encarcelamiento honra al cielo, así El le honra a usted con su paciencia, en la cual le pido que le confirme».

«Le aseguro que su carta me ha conmovido mucho, tanto que estoy resuelto a edificar con ella a la Comunidad. Ya he hecho a la misma partícipe de la opresión que sufre usted y de la dulce resignación de su corazón, a fin de excitarla a que pida a Dios la liberación de su cuerpo, y a agradecer a su Divina Bondad la libertad de su espíritu. Siga usted, señor, conservándose en la santa Voluntad divina, pues así se cumplirá en usted la promesa de Nuestro Señor de que ni uno solo de los cabellos de usted se perderá y de que su paciencia de usted poseerá su al ma.Confie mucho en El, y recuerde lo que El sufrió por usted en su vida y en su muerte. El criado —dice El—no es mayor que su amo; si ellos me han perseguido, también le perseguirán a usted. Bienaventurados los perseguidos por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Alégrese, pues, señor, en aquél que desea ser glorificado, y que será la fuerza de usted en proporción a lo fiel que le sea usted. Se lo pido con insistencia. Y en cuanto a usted, le conjuro por el afecto que tiene a nuestra Compañía, que pida a Dios para todos nosotros la gracia de sobrellevar bien nuestras cruces, pequeñas y grandes, a fin de que seamos dignos hijos de la cruz de su Hijo, que nos ha engendrado en el amor, y por la que esperamos poseerlo perfectamente en la eternidad de los siglos. Amén».

Veamos ahora otra carta de este caritativo Padre de los misioneros del 15 de enero de 1651. En ella le vaticina al buen cónsul su próxima liberación:

«Su última carta, del mes de octubre, nos dio grandes sentimientos de ternura y de consuelo al ver que no le abandona la paciencia, y que sigue usted sometiéndose humildemente a las penas presentes y a todas las que Dios le mande en el futuro. Ya le hemos dado gracias por tan grande favor y le seguiremos pidiendo insistentemente su libertad».

«El Rey ha estado ausente de París durante seis o siete meses. A su regreso, hemos hecho esfuerzos para procurar su libertad. Han decidido finalmente escribir a Constantinopla, y que el Rey se queje ante la Puerta por su encarcelamiento, exigiendo la ejecución de los artículos de paz y de alianza acordados por Enrique IV con el Gran Señor en el año 1604, a fin de que los turcos cesen también en sus ataques corsarios contra los franceses, y devuelvan los esclavos que tienen en su poder. Si no, que Su Majestad se tomará la justicia por su mano. Insistiremos para que se expida esta carta con la ayuda de Dios. Corresponderá a su Providencia hacer lo restante, y espero que todo irá bien, si nos abandonamos en sus manos con confianza y sumisión, como usted lo hace con su gracia. Quizás nos sea tan propicia como para poder sacarle de la prisión y de esos aprietos por un camino más corto que el de Constantinopla, pues, o bien se amansará el Bajá que le corresponde a usted, o habrá algún cambio o negociación que consiga el buen efecto que todos deseamos».

Parecía que Dios le había dado al Sr. Vicente algún presentimiento de lo que iba a suceder, y que se lo predecía con esas últimas palabras. Porque, en efecto, se cumplieron poco más tarde. En cuanto el Bajá, llamado Murath, supo que otro Bajá llamado Mahomet, iba a llegar a Argel para ocupar su puesto, prefirió sacarle al cónsul lo que pudiera y ponerlo en libertad, a esperar la venida de su sucesor, que se aprovecharía de aquél. De forma que le hizo salir de la cárcel, al cabo de siete meses, previo pago de trescientas cincuenta piastras, que eran mucho menos de lo que pretendía

La carta que el Sr. Vicente le escribió después de su liberación nos hace ver cuáles eran sus sentimientos acerca de las penas y las persecuciones:

«Solamente Dios, —le dice— que ve el fondo de los corazones, puede hacerle sentir la alegría del mío por la noticia tan deseada de su libertad, por la que le hemos dado las gracias más efusivas, como hace ya tiempo que no se las dábamos por ningún otro de los favores recibidos de su bondad. Se lo he comunicado al padre de usted. Se ha consolado mucho, lo mismo que por el buen uso que hizo usted de su cautiverio. No pienso nunca en él sin que la mansedumbre de espíritu que usted ha demostrado me sirva para hallar la sumisión a Dios, y la paciencia en medio de los sufrimientos siempre más hermosos y más amables. Nunca podré expresarle cuán feliz ha sido usted por haber sufrido tanto por nuestro Señor Jesucristo, que es quien le llamó a Argel. Verá usted su importancia y sus frutos, mejor aún que ahora, dentro de quince o veinte años, y, sobre todo, cuando Dios lo llame para coronarlo en el cielo. Debe usted pensar que el tiempo pasado en la cárcel ha estado santamente empleado. En cuanto a mí, lo considero como una señal infalible de que Dios quiere conducirlo a El, ya que le hace seguir las huellas de su propio Hijo. ¡Bendito sea para siempre! ¡Y que usted progrese en la escuela de la virtud sólida, que tan bien se practica en los sufrimientos y que mantiene en temor a los buenos siervos de Dios cuando no tienen nada que sufrir! Le suplico a su Divina Bondad que la bonanza de que usted goza en la actualidad le colme de paz, ya que la tempestad no ha logrado turbarle, y que dure tanto cuanto convenga para el cumplimiento perfecto de los designios de Dios sobre usted. Tan lejos está usted de haber obrado contra mi intención por haber dado esas mil libras que usted ha pedido prestadas, que creo que no es nada en comparación con su libertad, que vale para nosotros más que cualquier otra cosa».

Pero la más enojosa y más cruel de todas las persecuciones sufridas por el Sr. Barreau fue la que le sucedió el año 1656 con ocasión de la bancarrota que experimentó un mercader de Marsella en Argel. Sus acreedores elevaron sus quejas al Bajá, quien quiso, contra toda razón y justicia, obligar al cónsul a pagar la cantidad que debía el mercader. El cónsul se negó a pagar, y le hizo notar que, además de que él no le debía nada, y que no era su fiador, no tenía medios para satisfacer la deuda. Aquel inhumano y bárbaro violador del derecho de gentes quiso doblegarlo con tormentos y torturas. Y a tal efecto, lo hizo tumbar en tierra, mandó darle, en su presencia, según la cruel costumbre del país, un número tan grande de garrotazos en la planta de los pies, que la violencia del dolor que sentía le hizo perder el conocimiento. El Bajá, viendo aquello, temiendo que muriera durante la tortura, mandó parar a los verdugos. Pero su furia y bárbara avaricia no quedó satisfecha, y quiso usar otra clase de tormento. Y lo amenazó con mandarle clavar en los dedos, entre la carne y las uñas, leznas puntiagudas. Mas el buen cónsul, extenuado de dolor y casi medio muerto, pensó que debía dejarse empeñar por todas las exacciones que le pedían, antes que privar a los pobres cautivos cristianos de la ayuda que podía prestarles conservando su vida

He aquí en qué términos le escribió el Sr. Vicente acerca de esta última tribulación:

«¡Bendito sea por siempre el santo nombre de Dios por haberle encontrado digno de sufrir, y de sufrir precisamente por la justicia, ya que, gracias a Dios, no ha dado usted motivos para esos malos tratos!.

Es una señal de que nuestro Señor quiere hacerle participar de los méritos infinitos de su pasión, ya que le aplica sus dolores y la confusión por las culpas ajenas. No dudo que en este suceso no ha visto usted, como enviado por su mano paternal, más que su honor y su divina voluntad, y no la mala voluntad de los hombres, que no saben lo que hacen. Por eso espero que esta aflicción contribuirá a su mayor santificación. Nunca ha sucedido en la Compañía ninguna que me haya impresionado tan vivamente. Espero que ésta le atraerá nuevas gracias para la salvación del prójimo».

Al buen cónsul, obligado por el Bajá a empeñarse por la suma de doce mil libras, que era lo que se le pedía, lo llevaron a su casa, porque no podía mantenerse en pie, estando como estaba magullado a base de golpes y quebrantado por los dolores. Pero, apenas se vio un poco libre de los tormentos que le habían hecho sufrir, estando recostado en cama, aquel tirano, que no acababa de recibir el dinero que le debía, mandó a cuatro de sus satélites con la orden de pagarle de inmediato, y que si no lo hacía, tenían orden de sacarlo de la cama, y de llevarlo de nuevo donde el Bajá para darle muerte. El pobre perseguido no disponía en su poder más que de cien escudos, cantidad que estaba muy lejos de lo que le exigían. Como no sabía ni de dónde sacarlas ni cómo actuar, decidió abandonarse a todo lo que Dios quería que le sucediera de parte de aquellos bárbaros, y a sufrir la muerte, si era ésa su voluntad. Pero, cuando los pobres cristianos cautivos supieron de la violencia a que se le sometía, y el gravísimo peligro de ser condenado a muerte, quedaron tan conmovidos, que todos aportaron de su parte para socorrerle lo poco que podían, y le llevaron quién veinte, quién treinta, quién cien y quién doscientos escudos, para ayudarle a pagar el injusto rescate, y salvarle la vida. Habían reunido aquellas pequeñas cantidades para ayudar a recuperar su propia libertad, cuando se les presentara la ocasión. Sin embargo, por agradecimiento y por caridad entregaron gustosamente para liberar y ayudar al que se había expuesto al peligro en que estaba, sólo por asistirlos y procurarles su libertad. Parecía, al ver el afecto de los pobres esclavos en aquella coyuntura, que Dios hacía revivir en ellos el espíritu de los primeros cristianos, que ponían con una devoción semejante sus bienes a los pies de los apóstoles para dar de comer y ayudar a los pobres. Y lograron reunir la cantidad exigida; por ella el cónsul les quedó en deuda. En cuanto el Sr. Vicente supo aquello, y como conocía muy bien cuánto importaba que se les devolviera a los cautivos cristianos el dinero que habían ofrecido, no dudó en una ocasión tan apremiante, y procuró con limosnas y donativos de personas caritativas que, una vez recogida aquella cantidad, fuera enviada a Argel y puesta en manos de aquellos buenos esclavos, que, precisamente por eso, pudieron rescatarse a sí mismos. Dios bendijo la caridad que los había movido a preferir el alivio y la ayuda del cónsul a su propia libertad, y volvieron llenos de felicidad a Francia el mes de junio del año 1661 con el Sr. Barreau, quien fue también a París, porque el Rey había enviado a otro cónsul a Argel a petición del Superior General de la Congregación de la Misión, sucesor del Sr. Vicente. Así que el Sr. Barreau se trajo consigo a setenta cautivos que el Sr. Le Vacher y él habían rescatado gracias a la ayuda de las limosnas y caridades, que habían hecho para tal fin.

§. IV Otras vejaciones sufridas por los misioneros en la ciudad de Túnez

Aunque los misioneros que estaban en Túnez no habían sido tratados con tanta crueldad como los que estaban en Argel, con todo no dejaron de tener su parte en el cáliz de Jesucristo, y de llevar una porcioncita de su cruz en diferentes situaciones. El año 1655 por un falso informe que le habían hecho al Dey, éste mandó buscar al Sr. Le Vacher, y le dijo que le habían advertido que con sus mentiras disuadía a los cristianos de abrazar la ley de Mahoma y de hacerse turcos cuando se enteraba; y por eso, le ordenaba que se marchara de la ciudad con la prohibición de no volver más a ella. El buen sacerdote, obedeció aquella orden, y se fue a Bizerta, adonde él creía que la Providencia de Dios lo conducía, porque, al llegar allí, se encontró con dos barcazas de cautivos cristianos, a los que preparó para el sacramento de la penitencia; y, a tal efecto, obtuvo del comandante que les fueran quitadas las cadenas por un poco de tiempo. El Sr. Vicente, al contar aquella noticia a la comunidad, hizo esta reflexión:

«¿Quién sabe, señores, si no habrá sido designio de Dios que esta pequeña desgracia le haya ocurrido al Sr. Le Vacher, para que pudiera ayudar a los pobres esclavos cristianos a ponerse en buen estado?».

Y dijo además que el Sr. Husson, que era el cónsul, habiéndole hecho ver al Dey que aquel buen sacerdote sólo se dedicaba a atender a lo pobres esclavos cristianos, sin mezclarse para nada con la religión turca, le suplicó que tuviera a bien volverlo a llamar. Y así se lo concedió. Y ordenó al gobernador de Bizerta que lo mandara a Túnez dentro de un mes, considerando acertadamente que le podrían tachar de ligereza por haber desterrado a un hombre por una cosa así, si lo hubiera hecho volver antes.

Más ni el buen sacerdote misionero, ni el cónsul quedaron libres por eso; porque un poco más adelante se originó otra tormenta contra ambos. He aquí cómo lo relató por entonces el Sr. Vicente a su comunidad:

«Hace unos días —dijo— les hice saber que el Rey de Túnez deseaba que el cónsul le proporcionara cotonía de Francia (cierta tela gruesa con la que se hacen velas para los barcos). El se excusó no sólo porque lo prohíben las leyes de este reino, sino porque en Bulas terminantes de la Santa Sede apostólica se prohíbe, bajo pena de excomunión, proporcionar a lo turcos cosas que les sirvan para hacer la guerra a los cristianos. El Dey, al verse así tratado, se dirigió a un mercader de Marsella que traficaba en Berbería, y éste se comprometió a traérsela, a pesar de todo lo que hizo el cónsul por disuadirle, exponiéndole la injuria que cometía contra Dios y contra los cristianos, el daño que se haría a sí mismo y el castigo que podría recibir, si el Rey de Francia se enteraba de aquel tráfico ilegal. Pero como el mercader no cejó en sus planes, el cónsul formuló una acusación, y la envió aquí. Y el Rey ha ordenado a los oficiales de los puertos de Provenza y del Languedoc que vigilen estrictamente, para que nadie cargue ninguna mercancía de contrabando para Berbería. Esto de seguro habrá llegado a oídos del Dey, y le habrá indignado más todavía contra el cónsul francés y contra los misioneros».

«Efectivamente, poco después los humilló públicamente. Buscó una ocasión para causarles una afrenta pública, es decir, una querella de alemán, y mandó venir al Sr. Le Vacher, y le dijo:

«Quiero que me pagues las doscientas setenta y cinco piastras que debe el caballero de La Ferrièrre, ya que tú eres de una religión que tiene en común los bienes y los males, y por esta razón yo quiero cobrártelos a tí».

«El Sr. Le Vacher respondió que los cristianos no estaban obligados a pagar las deudas unos de otros, y que él no podía pagar las de un caballero de Malta y capitán de navío, pues era «morabito» de los cristianos (esto es, un sacerdote, según la manera de hablar de ellos), venido expresamente a Túnez para atender a los pobres esclavos. «Di lo que quieras —replicó el Dey—, yo lo que quiero es que me paguen». Y utilizando la violencia, le obligó a pagar dicha cantidad».

«Pero esto no es más que el comienzo; pues, si Dios no cambia el humor del Dey, van a tener que sufrir opresiones mayores todavía. En fin, ahora pueden decir que empiezan a ser cristianos mucho más verdaderos, pues empiezan a sufrir por servir a Jesucristo, tal como decía el mártir san Ignacio, cuando le llevaban al martirio. Y nosotros, hermanos míos, seremos discípulos de Jesucristo cuando nos sea concedida la gracia de padecer alguna persecución, o algún daño por su nombre. Los del mundo se alegrarán, dice el Evangelio de hoy. Sí, la gente del mundo buscará placeres y evitará todo lo que contraría a la naturaleza. Y Dios quiera que yo, desgraciado, no haga lo mismo y que no sea del número de los que buscan las dulzuras y los consuelos en el servicio de Jesucristo, en lugar de amar las tribulaciones y la cruz. De lo contrario, no sería verdaderamente cristiano. Para que pueda serlo, Dios me reserva la ocasión de sufrir, y me la enviará cuando El quiera. Es la disposición que hemos de tener todos, si queremos ser verdaderos servidores de Jesucristo».

Finalmente, algún tiempo más adelante, el Dey, como seguía conservando en su corazón el resentimiento por la negativa que el Sr. Husson, cónsul, le había dado para la adquisición de la lona de Francia que había pedido, buscó un nuevo pretexto el año 1657 para irrogarle una nueva afrenta pública con la argucia de que trece turcos habían sido capturados en el mar por los barcos del Gran Duque de Florencia, y conducidos a Livorno. El Dey, en cuanto se enteró de la noticia, llamó al Sr. Husson, y quiso que se obligara a hacer volver a los turcos. Este le respondió que aquello no era de su incumbencia, ya que los turcos estaban en manos de un príncipe de quien él no dependía. El Dey, no queriendo escuchar razón alguna, y enfurecido, lo expulsó de la ciudad de Túnez; y, aunque, según todas las apariencias, debiera usar el mismo trato con los misioneros, sin embargo Dios quiso tocarle el corazón, de forma que les permitió permanecer en la ciudad y continuar sus obras de caridad y de religión, e incluso obligó de nuevo al Sr. Le Vacher a ejercer el consulado, a causa del bien que hacía a los pobres cautivos.

§. V El Sr. Vicente cuenta a la comunidad el martirio de un joven cristiano quemado en la ciudad de Argel por la fe de Jesucristo

Todos los actos de virtud y de piedad practicados por los cautivos cristianos pueden, con justa razón, ser considerados como frutos de las misiones que se dan entre ellos gracias al desvelo y al celo del Sr. Vicente, porque, de ordinario, son efecto de las enseñanzas, predicaciones y demás obras de caridad recibidas de sus misioneros, y que la palabra de Dios que les anuncian por su ministerio viene a ser como la semilla celestial recibida en sus corazones y que la gracia hace germinar, y de donde hace brotar frutos dignos de la vida eterna.

Entre todos los hechos virtuosos de los pobres cautivos queremos destacar uno que está muy por encima de lo común, y que lo podemos llamar heroico. El Sr. Vicente cierto día lo contó a la comunidad de San Lázaro en pocas palabras, pero todas llenas de energía, animadas por el celo que ardía en su corazón:

«No puedo menos de expresaros los sentimientos que Dios, me da ante este joven del que os he hablado, y al que han matado en la ciudad de Argel. Se llamaba Pedro Borguny, natural de la isla de Mallorca, de veinte o veintidós años solamente. El amo, del que era esclavo, pensaba venderlo para enviarlo a las galeras de Constantinopla, de donde ya no habría salido jamás. Bajo este temor, se fue a buscar al Bajá para pedirle que tuviera piedad de él, y no permitiese que lo enviaran a aquellas galeras. El Bajá prometió que así lo haría, con tal de que tomara el turbante. Para obligarle a cometer la apostasía, utilizó todas las persecuciones que se le ocurrieron, y, finalmente, añadiéndo las amenazas a las promesas lo intimidó de tal manera que le hizo renegar».

«Pero aquel pobre muchacho seguía conservando en su corazón los sentimientos de aprecio y amor a su religión, y cometió aquella falta solamente por miedo a caer en aquella esclavitud, y por deseo de facilitar la recuperación de su libertad. Incluso les declaró a algunos esclavos cristianos que le reprochaban su crimen que, si era turco por fuerza, en el alma seguía siendo cristiano. Y poco a poco, reflexionando en el grave pecado que había cometido renunciando externamente a su religión, se sintió tocado de un verdadero arrepentimiento. Y al ver que sólo podía expiar su cobardía con la muerte, se decidió a ello, antes que vivir más tiempo en aquel estado de infidelidad. Les manifestó a algunos el plan; y para poder ejecutarlo empezó a hablar abiertamente en favor de la religión cristiana y en contra del mahometismo, y decía de estas cosas todo lo que le podía sugerir una fe viva, en presencia incluso de algunos turcos, y, sobre todo, de los cristianos. A pesar de todo, seguía temiendo la crueldad de aquellos bárbaros, y al pensar en el castigo tan riguroso que le harían sufrir, temblaba de terror. A pesar de todo —decía— espero que Nuestro Señor me asistirá; El murió por mí; es justo que yo muera por El».

«Finalmente, impulsado por los remordimientos de su conciencia y por el deseo de reparar la injuria que le había hecho a Jesucristo, tomó la generosa resolución de ir a ver al Bajá y, una vez en su presencia, le dijo: Tú me has seducido, obligan dome a renunciar a mi religión, que es la buena y la verdadera, y haciéndome pasar a la tuya, que es falsa. Pues bien, te declaro que soy cristiano. Y para mostrar te que abjuro de buena gana tú creencia y la religión de los turcos, rechazo y de testo el turbante que me has dado. Y con estas palabras tiró por tierra el turbante y lo pisoteó, diciendo: Sé que me harás morir, pero no me importa, porque estoy dispuesto a sufrir toda clase de tormentos por Jesucristo, mi Salvador».

«Efectivamente, el Bajá, irritado por aquel atrevimiento, lo condenó inmediatamente a ser quemado vivo. Lo desnudaron, dejándole solamente el calzón; le pusieron una cadena al cuello, y le cargaron con un gran poste, donde sería atado y quemado. Al salir de esta forma de la casa del Bajá para ser llevado al lugar del suplicio, al verse rodeado de turcos, de renegados y hasta de cristianos, dijo en alta voz estas hermosas palabras: «¡Viva Jesucristo y triunfe para siempre la fe católica, apostólica y romana! No hay ninguna otra en la que sea posible salvar se». Y dicho esto, se fue a sufrir el fuego y a recibir la muerte por Jesucristo».

«El sentimiento más grande que me inspira esta acción tan hermosa es que aquel valiente joven había dicho a sus compañeros: Aunque temo la muerte, siento algo aquí dentro (señalando entonces la frente) que me dice que Dios me dará la gracia de sufrir el suplicio que me preparen. También nuestro Señor tuvo miedo de morir, pero aceptó voluntariamente dolores más intensos que los que yo tendré que sufrir. Espero en su fuerza y en su bondad. Le ataron al poste y encendieron fuego alrededor. Pronto entregó a las manos de Dios su alma pura como el oro limpio en el crisol. El Sr Le Vacher, que le había seguido, estuvo presente en el martirio, aunque algo alejado; le levanto la excomunión en que había incurrido, y le dio la absolución con la señal que había convenido antes con él, mientras sufría con tanta constancia».

«Eso es ser cristiano. Ese el coraje que hemos de tener para sufrir y para morir, si es preciso, por Jesucristo. Pidámosle esta gracia y roguémosle a este santo joven que la pida para nosotros, a él que fue alumno tan aventajado de tan valiente maestro, que en tres horas se hizo verdadero discípulo imitador suyo, muriendo por El».

«¡Animo, Señores y Hermanos míos. Esperemos que Nuestro Señor nos dará fuerzas en las cruces que nos vengan, por grandes que sean, si ve que las amamos y que confiamos en El. Digámosle a la enfermedad cuando se presente, y a la persecución cuando llegue, a las penas externas e internas, a las tentaciones y a la propia muerte, cuando El nos la envíe: ¡Sed bienvenidos, favores celestiales! ¡Gracias a Dios, santas pruebas, que venís de una mano paternal y muy deseosa de mi bien! Os recibo con un corazón lleno de respeto, de sumisión y de confian za para con aquél que os envía. Me entrego a vosotros para darme a El.Aceptemos, pues, estos sentimientos, Señores y Hermanos míos, y, sobre todo, confiemos mucho, lo mismo que este nuevo mártir, en la ayuda de nuestro Señor, a quien encomendaremos todos, si os parece, a esos buenos misioneros de Argel y de Túnez».

Este discurso del Sr. Vicente nos hace ver el espíritu que lo animaba y cuán grande era el deseo que tenía de inspirar a los suyos ese mismo espíritu, que no es otro que el del martirio, y de robustecerlos contra todos los ataques del mundo y del infierno; y también contra los propios sentimientos de la naturaleza, y para hacerse dignos con la renuncia de sí mismos y cargando la cruz de seguir a Jesucristo.

Después de apagarse el fuego, el Sr. Le Vacher fue, en pleno día una hora después del suplicio, aunque exponiéndose mucho, a recoger el santo cuerpo, quemado y asado, para darle sepultura. El escribió la historia del martirio, y lo hizo representar en un cuadro que trajo al Sr. Vicente el año 1657, cuando vino a París, junto con los huesos de este valeroso cristiano quemado por la fe, como uno de los más excelentes frutos que la gracia de Jesucristo vuelve a producir en aquellas tierras bárbaras e infieles.

§. VI Consejos que da el Sr. Vicente a los misioneros de Berbería relativas a la forma de comportarse entre los infieles

Aunque el odio mortal e interesado que los mahometanos sienten a la religión cristiana sea tal, que llegan a pensar que a un turco le basta con matar a un cristiano para ir al paraíso, sin embargo, Nuestro Señor no ha permitido que, desde hace dieciocho años, más o menos, que los Sacerdotes de la Congregación de la Misión llevan viviendo entre ellos en Argel y Túnez, les hayan hecho morir a ninguno a pesar de que han transgredido a menudo la ley que prohíbe bajo pena de la hoguera hablar contra la religión mahometana, o han tendido la mano a los que profesan dicha religión para hacerles salir de ella, sin preocuparse de una prohibición injusta, cuando se trata de servir a Jesucristo, y de procurar la salvación de las almas, compradas con su sangre. Ciertamente se han portado por la gracia de Dios con tanta modestia, prudencia y caridad en aquella tierra, siguiendo lo que les fue recomendado a menudo por el Sr. Vicente, que no sólo los turcos los han respetado, sino también varios de ellos han dado constancia de su virtud. A propósito de esto, el Rey de Túnez se encontró cierto día a un misionero, a quien veía frecuentemente ir y venir por la ciudad y por el campo con celo infatigable, para socorrer y ayudar a los pobres cautivos cristianos, cuando volviéndose a los de su séquito, y señalándoles al sacerdote He ahí —les dijo— un verdadero Padre. En otra ocasión, cuando el mismo misionero le fue a pedir permiso para salir de la ciudad, con el fin de ir a un lugar del campo a visitar y a asistir a unos pobres cristianos, le dijo con el corazón en la mano: «Vayase con entera libertad adonde le parezca». Y otra vez puso a sus órdenes a uno de sus oficiales, para que lo acompañara a unos sitios apartados, adonde no podía ir sin peligro.

El Sr. Vicente también les recomendaba sin cesar que actuaran con gran moderación y discreción, y que no se expusieran temerariamente a los peligros por miedo a que por un bien aparente, no pudieran llevar a cabo un grandísimo número de bienes verdaderos. Veamos en qué términos le escribió un día sobre esta cuestión a uno de sus misioneros de Berbería, cuyo celo era muy ardiente, y que por eso necesitaba más de brida que de espuela. Esta carta contiene varios consejos muy importantes, y por eso ha servido de norma para todos los demás:

«Alabo a Dios —le dice— por el buen tino que usted ha usado para hacerse reconocer como misionero apostólico y Vicario General de Cartago. Si usted ha procedido prudentemente en eso, lo debe hacer aún mucho más en el desempeño de su cargo. De ninguna manera debe usted mantenerse inflexible contra los abusos, cuando vea que de ello se seguirían mayores males. Saque lo que pueda de los buenos sacerdotes y de los religiosos esclavos, de los mercaderes y de los cautivos por vías suaves, y no se sirva de las severas sino en casos extremos. Por miedo a que el daño que ya sufren, dada su situación de cautivos, se una con el rigor que usted quisiera ejercer en virtud de su poder, no los lleve a la desesperación. No es usted responsable de su salvación, como usted piensa; a usted le han enviado a Argel sólo para consolar a la almas afligidas, para animarlas a sufrir y para ayudarlas a perseverar en nuestra santa religión: ése es su cargo principal y no el de vicario general, que usted ha aceptado únicamente en cuanto que sirve de medio para poder llegar a los fines arriba indicados; porque es imposible ejercer con un rigor de justicia, sin que aumenten las penas de esa pobre gente ni casi sin darles motivos para perder la paciencia y de perderse usted mismo. Sobre todo, es necesario no tratar de abolir en seguida las cosas que están en uso entre ellos, aunque sean males. Alguien me recordaba el otro día un hermoso párrafo de san Agustín, que dice que hay que guardarse mucho de atacar de frente un vicio que reina en un sitio, porque no sólo no se acabará con él, sino que, al contrario, lastimará a las personas en las que está inveterado el mal, de modo que no se podría lograr de ellos otros bienes, que de otra manera se hubiesen conseguido, si se hubiera acometido dando un rodeo. Le ruego pues que condescienda cuanto pueda ante la debilidad humana. Así es cómo se ganará usted a los eclesiásticos esclavos, compadeciéndolos mejor que rechazándolos y corrigiéndolos. No carecen de luz, sino de fuerza, la cual se insinúa con la unción exterior de las palabras y del buen ejemplo. No digo que haya que autorizar ni permitir sus desórdenes, sino que le digo que los remedios deben ser suaves y benignos, dada la situación en que están, y aplicados con gran precaución a causa del lugar y del perjuicio que le puedan causar a usted, si los enoja, y no sólo a usted, sino también al cónsul y a la obra de Dios; porque podrán comunicar sus impresiones a los turcos, y por ellas no querrán ya nunca más sufrirle a usted».

«Tiene que evitar otro escollo entre los turcos y los renegados: en nombre de Nuestro Señor no tenga comunicación con esa gente. No se exponga a peligros que le podrían ocurrir, porque, al exponerse usted, como le he dicho, expondría todo y causaría grandes daños a los pobres cristianos cautivos, porque no serían atendidos ya más, y cerraría la puerta para el porvenir a la libertad presente que tenemos de prestar servicio a Dios en Argel y en otros sitios. Vea el mal que hará por un pequeño bien aparente. Es más fácil y más importante impedir que varios esclavos no se perviertan que convertir un renegado. Un médico que preserva de la enfermedad merece más que el que la cura. Usted no es el encargado de las almas de los turcos ni de los renegados, y su misión no se extiende sobre ellos, sino sobre los pobres cristianos esclavos. Y si por alguna razón importante está obligado a tratar con los de esa tierra, no lo haga, si le parece bien, sino poniéndose de acuerdo con el cónsul. Le ruego que atienda a sus consejos siempre que pueda».

«Tenemos grandes motivos para agradecer a Dios el celo que le da para la salvación de los pobres esclavos; pero ese celo no es bueno, si no es discreto. Parece que usted quiere emprender cosas desde el principio, como querer dar una misión en las baños, vivir encerrado con ellos e introducir entre esa gente nuevos actos piadosos. Por eso, le ruego que siga la costumbre de nuestros sacerdotes difuntos que le han precedido. A menudo se echan a perder las obras buenas por ir demasiado aprisa; porque se procede según las propias inclinaciones, que le privan a uno del juicio y de la razón, y le hacen pensar que el bien que hay que hacer es factible y oportuno. Lo cual no es así, y se le reconoce a continuación por su mal resultado. El bien que Dios quiere se hace casi por sí mismo, sin que se piense en ello. Es así como nació nuestra Congregación, como empezaron los trabajos misionales y de ordenandos, como se ha hecho la Compañía de las Hijas de la Caridad; como se ha fundado la de las Damas para la asistencia de los pobres del HôtelDieu de París, y, finalmente, como todas las obras, de las que estamos encargados actualmente han comenzado, y nada de todo eso lo hemos emprendido con un plan previo por nuestra parte. Pero Dios que quería ser servido en esas ocasiones, las ha suscitado insensiblemente, y El se ha servido de nosotros sin que supiéramos adonde se iba. Por eso le dejamos hacer, muy lejos de apresurarnos en los progresos, como tampoco en el comienzo de las obras. ¡Dios mío! Señor: deseo que modere su fervor, y que pese maduramente las cosas con el peso del santuario, antes de resolverlas. Sea más bien paciente, que agente; y así Dios hará por usted solo lo que todos los hombres juntos no sabrían hacer sin El».

§. VII Penas y trabajos de los pobres esclavos cristianos en Berbería, y ayudas y servicios  prestados por los misioneros

Para conocer mejor lo servicios caritativos que los misioneros del Sr. Vicente prestan a los esclavos cristianos en Berbería es necesario hacer ver la inhumanidad con que los tratan los turcos, los trabajos excesivos que les hacen sufrir; y también las violencias que ejercen sobre ellos para obligarles a abjurar la fe de Jesucristo y a abrazar el mahometismo

Los corsarios de Túnez y de Argel apresan por todos los lados, en las tierras de los cristianos y en la mar, a un gran número de personas de toda edad, sexo y condición. Los llevan a esas ciudades y a otros lugares vecinos. Allí los exponen a la venta en el mismo mercado, lo mismo que se hace aquí con los animales. Y como hacen todos los años varias correrías, reúnen a gran cantidad de gente; es por esa razón por la que los turcos poseen esclavos en gran número; los albergan en ciertos lugares que ellos llaman baños. En Túnez y Bizerta los tienen atados con cadenas de hierro durante la noche. Imagínense unas cuadras grandes, y en cada una de ellas a doscientos, trescientos o cuatrocientos caballos: esa es la imagen exacta de estos lugares, pero con esta diferencia, que los caballos están bien alimentados y bien limpios, y que los cristianos están sobre la basura, en la miseria y en el máximo abandono, especialmente a causa de su religión a la que los turcos sienten asco. Y además de eso, según la fantasía y el mal humor del amo y de quien los guarda, los golpean sin tregua, y, a veces, hasta morir, o quedar maltrechos por toda la vida

Los pobres cautivos así encerrados no salen de esos lugares sino para ir a trabajar la tierra, o a otros trabajos muy penosos, o bien, para remar en las galeras, o servir en otros barcos que salen a la mar, y con la mayor frecuencia, a guerrear contra los cristianos, ahí sufren fatigas, golpes, desprecios y penas insoportables. De ordinario reman y trabajan completamente desnudos (sólo llevan el calzón), expuestos a los abrasadores ardores del sol de verano, y al frío riguroso del invierno. Y cuando vuelven, con sus fuerzas totalmente agotadas y como medio muertos, los vuelven a meter, como a los animales, en los establos más bien para consumirse que para encontrar allí algún descanso.

He aquí lo que el Sr. Guérin, Sacerdote de la Misión, escribía sobre el caso al Sr. Vicente:

«Estamos esperando una gran cantidad de enfermos al regreso de las galeras. Si esa pobre gente sufre grandes miserias en sus correrías por el mar, los que se quedan aquí no pasan menores apuros: les hacen trabajar en serrar mármol todos los días, expuestos a los ardores del sol, que son tan grandes que me atrevería a compararlo con los de un horno encendido. Es admirable ver el trabajo y el calor excesivo que padecen, que sería capaz de hacer morir a los caballos, pero que no acaba de matar a estos pobres cristianos, sino que sólo les hace perder la piel, que tienen que pagar como tributo a ese sol devorador. Se les ve con la lengua fuera, como a los pobres perros, debido al calor insoportable que tienen que respirar. Ayer mismo, un pobre anciano, al verse enfermo y sin poder resistir más pidió permiso para retirarse, pero no obtuvo otra respuesta que debía sacar piedra y que tenía que seguir trabajando. Puede usted imaginarse cómo me conmueven estas crueldades y cómo llenan de aflicción mi corazón».

«Sin embargo, estos pobres esclavos sufren sus males con una paciencia inconcebible y bendicen a Dios en medio de todas las crueldades que tienen con ellos; puedo decirle con toda verdad que nuestros franceses se distinguen por su bondad y su virtud entre todas las demás nacionalidades. Tenemos dos enfermos de gravedad que, según todas las apariencias, no podrán librarse de la muerte, y les hemos administrado todos los sacramentos. La semana pasada murieron otros dos como verdaderos cristianos. Se puede decir de ellos «pretiosa in conspectu Domini mors sanctorum ejus». La compasión que siento por estos pobres afligidos, que trabajan en serrar el mármol, me obliga a distribuir entre ellos parte de los pocos socorros que les distribuiría si estuvieran enfermos, etc. Hay otros esclavos que no son tan maltratados, sino que viven unos en casa de sus amos sirviéndoles en todo de noche y de día, como en hacer el pan, hacer la colada, prepararle de comer y beber y los demás oficios caseros. Finalmente, algunos gozan de libertad para trabajar por su cuenta, entregando a sus amos cierta cantidad mensual, que ellos procuran ganar y ahorrar a costa de sus pequeños gastos».

«Además de los cautivos de las ciudades hay un gran número de ellos empleados en las tierras y en las casas de campo. Algunos pasan allí toda su vida, sin ir nunca a la ciudad, y allá se dedican a labrar la tierra, a cortar madera, a hacer carbón, a sacar piedras de la canteras, y a otros trabajos muy penosos; en los trabajos no se les permite ninguna relajación; y después de trabajar durante todo el día, se les encierra por la noche. Era necesario adelantar todas estas distinciones para dar a conocer mejor cuáles son las actividades de los misioneros en Berbería».

En las ciudades de Argel, Túnez y Bizerta hay veinticinco baños. En cada uno de ellos se ha hecho una especie de capillita, donde los pobres cristianos cautivos, en medio de sus aflicciones y penas, tienen la dicha de oír la santa misa, y de participar de los sacramentos

Como dice un sacerdote de la misión en una carta:

«Y en eso debemos reconocer la mano especialísima de la Providencia y de la Bondad de Dios, que, para dar a los miembros afligidos de su Hijo Jesucristo el medio de conservarse en la verdad de la fe por el libre ejercicio de todas las funciones del cristianismo, ha cambiado sus cárceles en iglesias, en donde el divino Salvador se encierra en persona con ellos bajo las especies del adorabilísimo Sacramento de la Eucaristía, todas las veces que se celebra allí la santa misa; haciéndose así, por un exceso de amor, en cierto modo esclavo con los esclavos, para hacer reconocer la verdad de su palabra, por la que El prometió estar con cada uno de los fieles en la tribulación, Cum ipso sum in tribulatione, etc.»

Entre el gran número de cautivos, siempre se encuentran algunos sacerdotes o religiosos, y los misioneros que intervienen ante sus amos, para obtener de ellos que no les pongan a trabajar ni los encadenen, pagando alguna cantidad de dinero cada mes. Y en calidad de Vicarios Generales de Cartago los nombran capellanes de todos los baños; vigilan los abusos, los corrigen, los cambian y los destituyen, cuando lo juzgan conveniente. Y éste es uno de los grandes bienes que el Sr. Vicente ha conseguido en estos lugares; porque, antes de que ese buen ordenamiento fuera establecido, vivían en extraña confusión. Todos los pobres cautivos contribuyen según sus posibilidades, unos más otros menos, a los gastos necesarios para las luces y para el ornato de las capillas. Y lo hacen todos por propia voluntad y pura devoción, porque no se le obliga a nadie, e incluso la mayor parte están totalmente desprovistos de todo y no poseen nada para dar, y por toda subsistencia sólo disponen de un poco de pan negro que se les da cada día.

Además de las capillas de los baños, hay otras en la casas de los cónsules, que vienen a ser como las parroquias de los mercaderes cristianos, tanto de los que van a comerciar en las ciudades, como de los que residen en ellas. Son sostenidas, adornadas y servidas por el cónsul y por los misioneros. La de Argel tiene por título a san Cipriano de Cartago, y la de Túnez a san Luis, Rey de Francia, cuya muerte ha santificado en cierto modo la tierra de esta ciudad infiel. Se celebran todos los años sus fiestas con toda la solemnidad posible, así como todas las otras fiestas principales del año, con una edificación singular de todos los cristianos que se encuentran en aquel país.

Pero quién podría decir cuál era el consuelo que recibía el Sr. Vicente, cuando leía en las cartas remitidas por sus sacerdotes, que vivían en Túnez y en Argel, que el servicio divino se realizaba con tanta solemnidad como en las parroquias de París; que la misa mayor y los oficios divinos se solían celebrar los días de fiesta y los domingos; y que se habían hecho hasta bastantes fundaciones; que se habían establecido Cofradías; y esto en cada una de las iglesias y capillas tanto para procurar la libertad de las almas del purgatorio y la asistencia de los pobres cautivos en las enfermedades, como para honrar a algunos santos los días de sus fiestas; y, especialmente a la Santísima Madre de Dios, con las Cofradías del Rosario y del Escapulario, con predicación y procesión los días señalados; que en las iglesias de los misioneros había tabernáculos en donde se guardaba el Santísimo Sacramento día y noche, con las lámparas siempre encendidas; que cuando lo llevaban a los enfermos en los baños, era acompañado de hachones y velas, y las otras señales externas de respeto que se deben prestar a un sacramento tan grande; y que todos los años el día del Corpus Christi, y durante toda la octava, el Santísimo Sacramento estaba expuesto, y hasta era llevado en procesión en las capillas e iglesias, con asistentes que portaban cada uno su vela en la mano

Es común sentir de los santos, que nuestras miserias levantan un trono a la misericordia de Dios, y se puede decir también con verdad, que las miserias de los pobres cautivos levantan no sólo un trono, sino también un trofeo a la Caridad y a la Santidad del Hijo de Dios en aquellas Tierras Bárbaras, y que tendrían alguna razón para decir con el salmista: Triunfa, Señor, en medio de tus enemigos. Ciertamente no sería adorado en aquellas ciudades infieles, como lo es ahora, si la Providencia no hubiera permitido que hubiese cristianos esclavos, y si la opresión que sufren, no hubiese atraído a los Sacerdotes de la Congregación de la Misión.

El Sr. Guérin añadía también en una carta dirigida al Sr. Vicente otra cosa digna de mención:

«Se sentiría usted —le dice— entusiasmado al escuchar, los domingos y días de fiesta, cantar en nuestras iglesias y capillas el Exaudiaty las demás oraciones por el Rey de Francia, por el que los mismos extranjeros demuestran respeto y afecto; así como también al ver con qué devoción estos pobres cautivos ofrecen sus oraciones por todos sus bienhechores, que en su mayoría reconocen que están en Francia o provienen de Francia, y no es pequeño motivo de consuelo ver aquí casi toda clase de nacionalidades en medio de hierros y de cadenas rezando a Dios por los franceses».

Pero además de todos los actos caritativos que los misioneros prestan en aquel país a los esclavos cristianos con sus predicaciones, enseñanzas, administración de sacramentos, celebraciones de los divinos oficios, y otras ocasiones diarias hay uno que no es el menos importante para su salvación, y en el que están frecuentísimamente ocupados: es el de consolarlos en sus sufrimientos y suavizar, en lo que pueden, el odio que sienten por la falta de humanidad con que los tratan aquellos bárbaros, que los ponen a veces a dos dedos de la desesperación. Así, en otro tiempo hubo varios que, al no ver el final ni el aligeramiento de sus penas, prefirieron buscarse la muerte, que llevar una vida tan desgraciada. Ha habido quien se ha cortado la garganta con sus propias manos; otros que se han colgado y estrangulado; otros, que, al cortarse las venas, han entregado su alma con su sangre; otros que enfurecidos, han querido matar a sus amos, y éstos, en consecuencia, los han hecho quemar; y otros, finalmente, que han renegado de la fe de Jesucristo, y se han puesto en un estado de condenación eterna por liberarse de las penas temporales. Pues bien, ésa es una de las ocupaciones más ordinarias de los Sacerdotes de la Misión que están en Berbería: consolar a los pobres afligidos de todas las formas que pueden, animarlos a hacer buen uso de sus sufrimientos y también procurarles todo el alivio posible, visitarlos y servirlos en sus enfermedades, que son bastante frecuentes, y cuidar especialmente de que los que se creen más abandonados sientan los mayores efectos de su caridad.

§. VIII Continuación del mismo asunto

La gran caridad con que los misioneros se ocupan en prestar toda clase de ayudas y de servicios a los pobres cautivos, ha parecido como muy nueva a los turcos, y los ha colocado en cierta apreciación y veneración entre algunos de aquéllos infieles. ¡Tanta fuerza tiene la virtud para hacerse admirar y amar por sus grandes enemigos! Gracias a eso, los misioneros disponen de mucha libertad para trasladarse a las casas donde viven los pobres esclavos, y hasta a los sitios más retirados donde trabajan para consolarlos y ayudarlos. Pero, como al principio se topaban con muchas dificultades, uno de aquellos buenos Sacerdotes de la Misión se sirvió de un recurso que le sugirió la caridad: cuando había enfermos esclavos en sitios de difícil acceso, mandaba por delante a un boticario cristiano para visitar los enfermos, y el boticario le daba a entender al amo que no podía dar remedios a sus esclavos sin que el médico lo hubiera visitado antes; y que, para eso, le traería uno. Y gracias a ese medio, el buen sacerdote en calidad de médico disponía de libre acceso a los sitios en que estaban los pobres enfermos, les hablaba, les confesaba y les administraba los sacramentos, a veces estando presentes sus amos, sin que, a pesar de todo, se pudieran dar cuenta, diciéndoles que se trataba de remedios, lo cual era muy cierto

La manera de la que se sirven para llevar el Santísimo Sacramento a los pobres enfermos es ésta: ponen la Sagrada Hostia en una cajita de plata dorada; la meten en una bolsa de seda; la cuelgan del cuello, y luego de colocarse una estolita sobre la sotana, cubren y tapan todo con su casaca, de forma que no aparece nada al exterior. Un cristiano va por delante, llevando bajo la capa o bajo el capote una vela encendida dentro de una linternita, agua bendita en un frasquito, una sobrepelliz doblada, un ritual, una bolsa en la que hay un pequeño corporal y un purificador. No saludan a nadie por la calle por donde pasan, y ésa es la señal por la que los cristianos conocen lo que lleva, para que los sigan, si tienen devoción y libertad. Ciertamente en la ciudad de Argel no ha parecido oportuno que los esclavos acompañen al Santísimo Sacramento para evitar los inconvenientes que podrían surgir. Sólo un sacerdote en un baño de Argel ha llegado a dar la comunión de una vez hasta a setenta enfermos, habiéndolos confesado antes. Y se ha hecho lo mismo en otras ocasiones.

Hay además otra atención que los misioneros ofrecen a los pobres esclavos; es la de mantener entre ellos la paz y la unión, verdadera señal y característica propia de los cristianos. Pero en eso hemos de reconocer para nuestra confusión, que los turcos parece que nos dan ejemplo y lecciones. He aquí lo que el Sr. Guérin escribió un día al Sr. Vicente:

«No puedo menos de comunicarle lo que me dijo un turco uno de estos días pasados, para confusión de los malos cristianos. Me estaba esforzando en reconciliar a dos cristianos que estaban reñidos. Y al ver mis esfuerzos por conseguirlo, me dijo delante de ellos en su lengua: «Padre, entre nosotros los turcos no está permitido pasar tres días enfadados con el prójimo, aunque hubiera matado a uno de nuestros parientes más próximos». En efecto, muchas veces he observado esta práctica entro ellos, y he visto cómo se abrazaban inmediatamente después de haber estado golpeándose. No sé si el interior responderá al exterior, pero no cabe duda de que esos infieles condenarán en el día del juicio a los cristianos que no quieren reconciliarse interior ni exteriormente y, conservando su odio en el corazón contra su prójimo, lo siguen demostrando por fuera con gran escándalo de los demás, y hasta alardean de las venganzas que se han tomado o desean tomarse de sus enemigos. Sin embargo, esta gente, que consideramos bárbara, tienen vergüenza de conservar en el corazón su odio y de no querer reconciliarse con los que les han hecho algún mal».

Además de todo lo que hemos dicho, ocurren a veces ocasiones extraordinarias, en las que parece que Dios quiere derramar más abundantemente sus misericordias y sus gracias sobre los pobres cristianos cautivos, como en tiempo de algún jubileo, o cuando se instauran las Cuarenta Horas; porque entonces los Sacerdotes de la Misión no escatiman nada para prestar todos los servicios conveniente para los cautivos. Pasan a veces noches enteras en los baños para poder confesarlos, por no disponer de otro tiempo, porque sus amos no quieren que se les aparte de su trabajo durante el día. Y ha sucedido que uno de los sacerdotes, alguna vez, ha pasado seis o siete noches seguidas sin dormir; eso es lo que el cónsul escribió al Sr. Vicente, con el fin de que le mandase a dicho sacerdote moderar sus vigilias nocturnas por miedo a que llegara a sucumbir. Es también en esas buenas circunstancias cuando los Sacerdotes de la Misión llevan a los esclavos a hacer confesiones generales, que la mayor parte de ellos hacen con grandes muestras de penitencia. Es también en ese tiempo de gracia, cuando a menudo han visto a los pecadores más endurecidos abrir los ojos para reconocer su desgraciada situación y convertirse del todo a Dios, después de haber pasado diez, veinte y, a veces, treinta años y aún más sin confesarse. Es también en ese tiempo de misericordia y de perdón, cuando algunos renegados franceses, italianos y españoles, han concebido la voluntad de renunciar a su apostasía y de volver a la Iglesia, y cuando efectivamente han tratado, para eso, de escaparse, y cuando varios han conseguido llegar a su tierra, aunque no sin gran peligro de su vida.

Finalmente, después de Dios, ha sido gracias a las enseñanzas y exhortaciones de los Sacerdotes de la Congregación de la Misión, por lo que algunos de los esclavos cristianos, después de las confesiones generales, han llevado no sólo una vida verdaderamente cristiana, sino también han practicado las más excelentes virtudes y han guardado una fidelidad inviolable a Jesucristo, entre las rigurosas persecuciones a las que los han sometido, sufriendo con maravillosa constancia los más crueles tormentos, y hasta la muerte, antes que consentir en ofender a Dios por algún pecado. Ahí van dos ejemplos dignos de mención. Uno de ellos se lo refirió al Sr. Vicente el Sr. Guérin, el mes de agosto de 1646, con estos términos:

«Creo que es mi deber comunicarle que el día de santa Ana ha sido sacrificado un segundo José en esta ciudad de Túnez por conservar su castidad, después de haber resistido duramente más de un año las violentas solicitaciones de su impúdica dueña, y de haber recibido más de quinientos palos por las calumnias que contra él levantó esa loba. Por fin, ha alcanzado la victoria, muriendo gloriosamente por no haber querido ofender a su Dios. Estuvo tres días atado con una gruesa cadena; fui a visitarle para consolarlo y exhortarlo a sufrir los tormentos del mundo antes que faltar a la fidelidad que debía a Dios. Se confesó y comulgó, y luego me dijo: «padre, que me hagan sufrir todo lo que quieran; quiero morir como cristia no». Y cuando vinieron a cogerlo para llevarlo al suplicio, se confesó de nuevo, y quiso Dios, para su consuelo, que nos permitieran asistir a su muerte, cosa que nunca nos habían concedido aquellos inhumanos. La última palabra que dijo, levantando los ojos al cielo, fue esta: «Dios mío, muero inocente». Murió con mucho ánimo, sin dar jamás señal de impaciencia en medio de los crueles tormentos que le hacían sufrir. Luego le hicimos unas exequias muy solemnes. Su malvada e impúdica dueña pronto recibió el castigo de su perfidia, pues el volver al amo a casa, la mandó estrangular en seguida para descargar su cólera. Aquel santo joven era portugués, de veintidós años de edad. Invocó su protección, y como él nos quería en la tierra, espero que nos seguirá queriendo desde el cielo».

Otro ejemplo sucedió en la ciudad de Argel. Un joven esclavo había sido solicitado y casi violentado por su desdichado amo, para que fuera donde él a cometer un pecado abominable. El se resistió valerosamente. Pero, como, al defenderse de sus violencias, lo hirió en la cara, aquel malvado movido por la rabia y el furor, fue a quejarse falsamente al juez, que su esclavo lo había querido matar. Así que en lugar de ser él quien merecía ser quemado por su brutalidad execrable, ordenaron que fuera quemado vivo el valeroso cristiano, que soportó con constancia el cruel martirio.

§. IX Ayudas prestadas a los pobres esclavos de Bizerta y de otros lugares

Los Sacerdotes de la Congregación de la Misión habían sido enviados por el Sr. Vicente, su Superior General, a servir y a atender a todos los esclavos que estaban presos en Berbería; pero no se limitaron sus obras de caridad a las ciudades de Argel, Túnez, aunque ellas solas hubieran podido proporcionar materia muy abundante; sino que la extendieron a todos los sitios donde pudieran descubrir que los pobres cautivo gemían bajo los hierros, y necesitaban de su ayuda. Eso es lo que obligó al Sr. Juan Le Vacher, que habitualmente residía en la cuidad de Túnez, a desplazarse frecuentemente hasta la cuidad de Bizerta, que es un puerto de mar distante de Túnez unas diez o doce leguas, y donde hay cinco baños de esclavos, con el fin de darles algún consuelo, y prestarles algún servicio útil para su salvación. He aquí en qué términos le escribió al Sr. Vicente:

«La esclavitud es tan rica en desventuras que el final de unas es el comienzo de otras. Entre los esclavos de este lugar, además de los que están en los baños, me he encontrado con cuarenta encerrados en un establo tan pequeño y tan estrecho que apenas podían moverse. No recibían el aire más que por un tragaluz, cerrado con una reja de hierro, que estaba en la parte superior de una bóveda. Todos estaban encadenados de dos en dos, y perpetuamente encerrados, aunque tenían que trabajar en moler trigo en un pequeño molino de brazos, con la obligación de moler cada día una cantidad determinada que superaba a sus fuerzas. Lo cierto es que esa gente está verdaderamente alimentada con el pan del dolor, y pueden muy bien decir que ellos comen con el sudor de sus cuerpos en ese lugar sofocante y con un trabajo tan abrumador».

«Poco tiempo después de haber entrado allí para visitarles, mientras los estaba abrazando en tan lastimoso estado, oí gritos confusos de mujeres y de niños, mezclados con gemidos y llantos. Levanté los ojos hacia el tragaluz, y vi que se trataba de cinco pobres jóvenes cristianas esclavas, de las que tres tenían cada una un niño; todas ellas estaban en extrema necesidad. Pues bien, como habían oído el ruido de nuestros saludos, habían corrido hacia el tragaluz para saber lo que pasaba, y cuando supieron que yo era sacerdote, el dolor tan grande que les agobiaba el corazón, les hacía prorrumpir en gritos y derramar lágrimas para pedirme un poquito del consuelo que estaba intentando darles a los hombres, que yo había ido a visitar en la cárcel».

«Le confieso que en aquellos momentos me vi casi abatido de dolor, viendo por un lado a los pobres esclavos que apenas podían sostenerse por el peso de las cadenas, y, por otro, al escuchar los lamentos de las pobres mujeres y los gritos de los pequeños inocentes. La más joven de ellas se ve perseguida por su amo, que quiere hacerla renegar de la fe de Jesucristo para casarse con ella.

«¡Ay! ¡Cuánto mejor empleada estaría una parte de los millones que los cristianos utilizan en vanidades superfluas y en lujos, si se utilizaran para ayudar a estas pobres almas en medio de tantas amarguras como las agobian! Ayudado de la gracia de Dios, he procurado socorrer a los hombres y a las mujeres con lo que he podido. Pero estamos en un país donde hemos de comprar con dinero contante y sonante la posibilidad de hacer el bien a estos desgraciados, pues, para obtener permiso para hablar con ellos, hemos tenido que dar dinero a sus amos, así como también para que les quitaran las cadenas a los esclavos de algunas galeras que estaban ya listas para viajar, y hacérmelos llevar a los baños, no ya a todos juntos en grupos, sino a uno después de otro, para poder confesarlos, decirles la santa misa y darles la comunión. Finalmente, lo hemos hecho así, con mucho fruto y bendición por la misericordia de Dios».

Y en otra carta escrita por el mismo:

«Ayer salieron dos galeras —dice— armadas en corso, en donde iban más de quinientos esclavos cristianos que, gracias a Dios, se habían puesto todos en buen estado. ¡Oh! ¡Qué dolorosa fue para ellos esa jornada y cuántos palos descargaron sobre sus pobres cuerpos los infames renegados que son sus cómitres! Sé muy bien que los forzados de las galeras de Francia no reciben mejor trato; pero la diferencia está en que esos forzados de Francia están condenados por sus crímenes. Mientras que los cautivos de Berbería solamente tienen que penar y sufrir por ser buenos cristianos y fieles a Dios. El día en que aquella pobre gente comulgó para ser a continuación conducidas de nuevo a las galeras, les di un pequeño banquete, mandándoles repartir dos bueyes y quinientos y pico panes; además mandé que entregaran a cada galera un quintal de galleta blanca, para que se lo repartieran a los que cayeran enfermos durante el viaje».

«De allí me fui luego a visitar a los cautivos de SidiRegeppe. Los encontré libres de cadenas; en eso reconocí que el amo me había mantenido la palabra, ya que la última vez que fui a verlo me prometió que les quitaría aquellos hierros insoportables. Entre ellos me encontré a seis muchachos de dieciséis años, que en cuatro o cinco años que llevaban de esclavos no habían podido obtener nunca permiso para salir de casa, y por consiguiente, no habían podido confesarse ni comulgar en todo ese tiempo, como lo habían hecho los demás. Los preparé para ambas cosas, y después de haberles escuchado en confesión, les dije que preparasen sus pobres establos lo más decentemente que pudieran, pues iría al día siguiente por la mañana a llevarles el Santísimo Sacramento de la misma manera que se les lleva a los enfermos. En efecto, después de haber celebrado la santa misa en el baño de la Anunciada, fui a ver a aquellos pobres cautivo con el divino Depósito, seguido de todos los cristianos con que me encontraba por las calles de Bizerta. ¡Dios mío! ¡Con qué devoción y ternura recibieron esta santa visita aquellos pobres muchachos! Las lágrimas que el gozo y la alegría sacaba de sus ojos obligó también a llorar a todos los asistentes, no tanto por sus miserias como por el sentimiento que tenían de su felicidad. También confesé y di de comulgar a un séptimo, que había caído enfermo la noche anterior. A continuación le di la extremaunción, y murió poco después. El resto del tiempo lo dediqué al servicio y a la asistencia de los enfermos de los baños».

Es así como el Rey de la Gloria, Jesucristo, no sólo por sus ministros, sino también por sí mismo con una caridad inexplicable, se digna visitar, consolar y vivificar las almas, rescatadas por su sangre, hasta en los calabozos, donde yacen en las sombras de la muerte. Y no es pequeño favor para su fiel siervo, Vicente de Paúl, el que haya querido servirse particularmente de él, como de un instrumento de misericordia y de gracia, para procurar un bien tan grande a todos aquellos pobres cautivos, que le deben considerar como al que, después de Dios, le son deudores por todos los consuelos, asistencias y medios de salvación, que les han proporcionado los misioneros de su Congregación

El Sr. Guérin, sacerdote de la misión, que trabaja por aquellas tierras, dando cuenta al Sr. Vicente acerca de un viaje que había hecho en la misma ciudad de Bizerta, en una carta que le escribió el año 1647:

«El día de Pascua —le decía— me comunicaron que había llegado a Bizerta una galera de Argel, y salí inmediatamente a visitar a los pobres cristianos que estaban encadenados. Me encontré con unos trescientos, y el capitán me dejó tener con ellos una corta misión de diez días. Había tomado conmigo a un sacerdote, que me ha ayudado a catequizar y a confesar aquellas pobres gentes. Cumplieron todos con su obligación, salvo algunos griegos cismáticos. ¡Dios mío! ¡Qué consuelo ver la devoción de aquellos pobres cautivos, de los que la mayoría no habían podido confesarse durante mucho tiempo! Había algunos que no se habían acercado a este sacramento desde hacía ocho o diez años, y otros hasta veinte. Todos los días hacía que les quintasen las cadenas y los sacasen de la galera para venir a tierra a recibir la sagrada comunión en una casa particular, en donde celebraba la santa misa. Después de acabar la misión, les obsequié y les di unos cincuenta y tres escudos de víveres».

«Yo estaba alojado en casa de un turco, que me alimentó todo el tiempo que duró la misión, pero no me quiso cobrar nada, diciendo que había que ser caritativos con los que practicaban la caridad con los demás, lo cual es una acción muy digna de apreciar en la persona de un infiel. Y todavía le extrañará más a usted saber que casi todos los turcos de aquel lugar se vieron tan impresionados y edificados de la misión, que varios de ellos vinieron a besarme el rostro y las manos. Estoy seguro de que su querido corazón se habrá pasmado de gozo al saber esto. Mas si el fruto de aquella corta misión de Bizerta me fue tan sabroso, el camino para llegar a él me resultó muy duro y espinoso, pues, como no quisiese tomar genízaros para que me escoltaran, me encontré con unos árabes que me molieron a golpes. Uno de ellos me cogió por la garganta, y me apretó tan fuerte que temí me fuera a estrangular, y ya me tenía por muerto, pero como, no soy más que un desgraciado pecador, nuestro Señor no me juzgó digno de morir en su servicio».

Además de los cautivos que hay en las ciudades de Argel, de Túnez y de Bizerta, hay varios en el campo trabajando. Entre éstos hay algunos que van de vez en cuando a las ciudades, y allí se confiesan y comulgan. Pero otros no bajan nunca, o rarísima vez; a éstos los sacerdotes de la misión los van a buscar cuando pueden a aquellos lugares casi desérticos y salvajes, donde se les emplea en trabajos muy penosos. Particularmente los misioneros de Túnez han ido varias veces a recorrer las «macerias» del campo (así es como llaman a los cortijos y casas de campo). En ellas hay esclavos, como en la Pedrera del pan caliente, en Alcántara, la Courombaille, Gaudiene o los siete arroyos, la Tabourne, la Morlochia, Hanfia, la Mamedia, etc., y las que están lejos de Túnez munas a tres, otras a seis, diez y doce leguas, algunas de ellas, en tres montes muy altos y estériles, más habitados por leones que por hombres.

En el primer viaje que hizo el Sr. Juan Le Vacher a aquellas tierras, se encontró con muchos esclavos cristianos que no se habían confesado desde hacía doce, quince y dieciocho años. Algunos de ellos casi habían perdido toda idea del cristianismo, porque en tan largo tiempo no había npracticado ni visto ningún acto de nuestra religión. Veamos lo que escribió al Sr. Vicente:

«Gracias a un poco de dinero que les he entregado a los amos o a los guardianes de estos pobres cautivos, los he podido reunir en cada uno de los sitios, y los he instruido, consolado, confesado y confirmado en la fe, les he celebrado la santa misa, en la que han comulgado todos. Uno y otros nos hemos llenado de consuelo, que Dios ha querido conceder a estos pobres cautivos en medio de las miserias de su cautiverio, tan molestas y tan pesadas, que es imposible que se las imaginen las personas libres. De este modo, los gozos y consuelos que han saboreado en medio de sus penas no pueden ser más que frutos de la gracia de Dios. Los he abrazado a todos, para aliviarlos un poco de sus fatigas, les he obsequiado todo lo que permitía nuestra pobreza, y, además, les he dado a los más pobres un cuarto de piastra a cada uno».

¡Qué alegría para el corazón tan paternal del Sr. Vicente, cuando se enteró de estas noticias, al ver que sus hijos espirituales, animados del espíritu del Buen Pastor, iban a aquellos sitios apartados y salvajes a buscar las pobres ovejas descarriadas, y devolverlas en cierto modo en sus brazos y en sus hombros, a Jesucristo, su verdadero Pastor! Pero ¡qué consuelo no sentiría, cuando supo que sus misioneros habían librado a algunos de aquellos pobres cautivos de una lamentable caída en la apostasía, a la que les habría precipitado su desesperación, y que, habiendo acudido donde ellos y écholes ver con dulzura y caridad su falta, los pobres, movidos por un gran dolor de haber sido infieles a Dios, se habían echado a sus pies, con lágrimas en los ojos, y el sollozo en el corazón; y sometiéndose a sus buenos y saludables consejos, habían hecho penitencia proporcionada a la enormidad de sus pecados! No podemos decir cuál sería el consuelo y la alegría que sentía el buen padre de los misioneros al recibir aquellas noticias tan agradables; su corazón estaría con los mismos sentimientos que los ángeles, cuya alegría crece en el cielo, cuando ven a un pecador que hace penitencia de su pecado y que se convierte a Dios.

§. X Conversiones de herejes y renegados logradas por los sacerdotes de la congregación de la misión enviados por el Sr. Vicente a Berbería

Es un rasgo admirable de la sabiduría y de la bondad de Dios haberse servido de la cautividad de algunos herejes, que habían caído en manos de los turcos, para librarlos de la esclavitud en que los retenía el demonio por un apego voluntario a su error; haber usado de los hierros y los cepos de sus cuerpos para romper las cadenas que tenían cautivas a sus almas; y por la pérdida de la independencia de sus personas, se les había hecho recobrar la libertad de los hijos de Dios. Eso es lo que ocurrió varias veces en las misiones de Berbería, donde se encontraron con varios esclavos de las herejías de Calvino y de Lutero, quienes movidos por el sentimiento de la desgraciada condición a que se veían reducidos, e ilustrados por las enseñanzas de los misioneros, han acabado por reconocer finalmente, con ayuda de la gracia, la verdad, y después de abjurar de sus errores, han ingresado felizmente en el aprisco de Jesucristo. No se conoce el número de las conversiones de herejes realizados en las misiones de Berbería; pero seguro que su número es muy considerable, y se puede deducir por las cartas que le escribieron al Sr. Vicente, que sólo un Sacerdote de la Misión convirtió en aquellas tierras a dieciocho herejes; y hay motivos para creer que los demás no harían menos, y quizás más todavía.

Pero entre todas esas conversiones, la del joven inglés es digna de una mención especial. Se trata de un joven de once años, que fue capturado por los corsarios en las costas de Inglaterra, y que había sido llevado y vendido en Berbería. Y he aquí lo que el Sr. Guérin le escribió desde Túnez al Sr. Vicente el mes de junio de 1646:

«Dos ingleses —dice— se han convertido a nuestra santa fe, dando un maravilloso ejemplo a los católicos. Hay un tercero, que no tiene más que once años, que es uno de los niños más guapos que puede verse y de los más fervorosos que pueden desearse, y además devoto de la Santísima Virgen, a la que invoca continuamente, para que le obtenga la gracia de morir antes que renegar u ofender a Jesucristo. Pues eso es lo que desea su amo, que no lo guarda más que para hacerle renegar de la fe cristiana, empleando toda clase de artimañas para ello. Si nos pudieran enviar doscientas piastras, lo apartaríamos de ese peligro, y habría motivos para esperar que algún día, con la gracia de Dios, sería un segundo Beda, ya que tiene tanto espíritu y tanta virtud, como raras veces se encuentran en un niño. Hizo profesión de fe católica el jueves de la semana santa de la última cuaresma, y comulgó aquel mismo día. Ahora sigue comulgando con frecuencia. Ha sido golpeado por dos veces con palos, para que reniegue de Jesucristo. La última vez le dijo a su amo, mientras lo golpeaba: Córtame el cuello, si quieres, pero soy cristiano y no seré nunca otra cosa. Me ha confesado varias veces que está dispuesto a dejarse moler a palos hasta morir, antes que renunciar a Jesucristo. Toda su vida es admirable en una edad tan joven y tan tierna. Puedo decir realmente que se trata de un pequeño templo en donde reposa el Espíritu Santo».

Además de las conversiones de herejes, y también han convertido a renegados, a quienes los sacerdotes de la Misión, con ayuda de la gracia, han traído felizmente al aprisco de la Iglesia. Uno de esos sacerdotes le escribió al Sr. Vicente en estos términos:

«Tenemos es esta tierra una gran cosecha, que ha aumentado todavía más con ocasión de la peste, ya que, además de los turcos convertidos a nuestra religión que mantenemos ocultos, hay otros muchos que han abierto los ojos a la hora de la muerte para reconocer y abrazar la verdad de nuestra religión. Hemos tenido especialmente tres renegados, que, después de haber recibido los santos sacramentos, se han ido al cielo. Hace unos días, uno de ellos, habiendo recibido la absolución de su apostasía, estaba a la hora de la muerte rodeado de turcos que urgían a que profiriese algunas blasfemias, como acostumbraban hacer ellos en semejante ocasión, pero no quiso consentir en ello, sino que teniendo los ojos puestos en el cielo y un crucifijo en el pecho, murió con sentimiento de verdadera penitencia».

«Su mujer, que también había renegado como él de la fe cristina y que había sido religiosa profesa, recibió igualmente la absolución de su doble apostasía, después de haber demostrado que tenía todas las buenas disposiciones que cabía desear. Actualmente permanece retirada en su casa, sin salir de ella. Le hemos mandado hacer dos horas de oración mental cada día y algunas penitencias corporales, además de las que ordena su regla; pero hace muchas más por su propia iniciativa, ya que está arrepentida de sus faltas, que estaría dispuesta a ir al martirio para expiarlas, si no tuviera que cuidar de dos niños que hemos bautizado y que ella se encarga de educarlos en la piedad, como tiene que hacerlo una madre verdaderamente cristiana».

«También ha muerto otro renegado cerca del sitio en donde vivimos, y ha terminado su vida con los sentimientos de un verdadero penitente. Estoy esperando dentro de unos días a algunos turcos para bautizarlos. Están muy bien instruidos y son muy fervorosos en nuestra religión, pues venían a verme muchas noches en secreto. Uno de ellos es de una familia bastante distinguida de este país».

En cuanto a los turcos y renegados, que se convierten a nuestra santa religión, los sacerdotes de la Misión actuaban con grandísima prudencia y circunspección por miedo a que, fueran descubiertos entre los infieles. Por este motivo sólo hablan muy discretamente sobre ellos en las cartas que escriben a Francia, y a menudo entre líneas, por temor a que, si las cartas fueran interceptadas, se conociera lo que Dios hace por su ministerio para la salvación de los pobres descarriados

En ese sentido hablaba uno de aquellos sacerdotes, cuando, escribiendo al Sr. Vicente y deseando que se enterara de la conversión de dos renegados, le decía:

«Nuestro Señor nos ha concedido la gracia de volver a encontrar dos de nuestras piedras preciosas que se habían perdido: son de gran valor, y sus reflejos son verdaderamente celestes. Me he alegrado muchísimo por ello».

§. XI Notable ejemplo de constancia de dos jóvenes esclavos uno francés y el otro inglés

He aquí una historia un poco trágica, pero que será de mucha edificación, y por ella podrán conocer mejor los grandes frutos que los sacerdotes de la Congregación de la Misión animados del espíritu y del celo del Sr. Vicente produjeron en esas tierras infieles. La conocemos por una carta escrita por el Sr. Le Vacher el año 1648, cuyo resumen presentamos:

Había en la ciudad de Túnez dos muchachos de unos quince años, más o menos, uno francés y el otro inglés. Ambos capturados en tierra por los corsarios de Berbería, y vendidos inmediatamente como esclavos a dos amos diferentes, y que vivían en dicha ciudad, bastante cerca uno del otro. La comodidad, la vecindad, la igualdad de la edad, lo parecido de la fortuna y de su condición, hicieron que se trabara entre ellos una estrecha amistad, de manera que se querían como hermanos.

El inglés, que era luterano, fue ganado para Dios por al francés, que era católico, y una vez instruido por el Sr. Le Vacher, abjuró de su herejía y abrazó con toda el alma la religión católica. Fue de tal modo confirmado en ella por las conversiones de su compañero, que, cuando vinieron unos mercaderes ingleses herejes a Túnez a rescatar cautivos de su tierra y de su religión, y quisieron contarle a él entre los rescatados, les declaró en alta voz que era católico, por la gracia de Dios, y que prefería seguir toda su vida de esclavo, profesando la religión católica, que renunciar a la felicidad de su profesión por recobrar la libertad. Y de ese modo rechazó animosamente el favor que le ofrecían, tan ardientemente deseado y buscado por todos los que se encuentran en la esclavitud entre aquellos bárbaros; prefirió ser atormentado y maltratado por permanecer fiel a Jesucristo, que gozar todas las dulzuras de la vida, exponiéndose al peligro de faltar a dicha fidelidad. He ahí un efecto admirable de la gracia de Jesucristo en esos dos muchachos, quienes, por haber recibido en un corazón bien dispuesto la semilla de la palabra de Dios que el buen sacerdote de la Misión había esparcido una y otra vez, cuando tenía ocasión de hablarles, produjeron frutos que difícilmente podrían hallarse en otros, que han pasado su vida en la práctica de las virtudes.

Estando así los dos en la esclavitud, continuaban viéndose con frecuencia, y sus conversaciones más ordinarias servían para alentar uno al otro a conservar siempre inviolable en sus corazones la fe de Jesucristo, y a profesarla exteriormente con constancia, sin miedo a ningún tormento que pudieran aplicarles para obligarlos a renunciar a ella. Y parecía que Dios los preparaba de aquel modo, para prevenirlos y robustecerlos contra los asaltos que debían sufrir por su valor. Porque sus amos, impulsados por el espíritu maligno, redoblaban los malos tratos que les hacían para forzarlos a renegar de Jesucristo. Llegaron a tal extremo de crueldad, que varias veces, después de haberlos molido a golpes, los dejaban como muertos tumbados en tierra. El francés, estando cierto día en aquel estado, fue visitado por su amigo, porque, como vivían cerca uno del otro, se escondían a menudo para hablar, consolarse, y animarse mutuamente, contándose lo que habían sufrido por Jesucristo. El joven inglés halló a su amigo tumbado en tierra; lo llamó por su nombre para saber si estaba vivo o muerto, y el otro le dijo como respuesta: «Soy cristiano de por vida». Esas fueron las primeras palabras que pronunció en cuanto le volvieron las fuerzas. Y entonces el buen inglés se puso a besarle los pies lastimados y sangrantes del querido compañero, y cuando estaban en eso, llegaron los turcos, y maravillados le preguntaron por qué hacía aquello. Les respondió con entereza: «Honro los miembros que acaban de sufrir por Jesucristo, mi Salvador y mi Dios». Irritados los infieles lo arrojaron y expulsaron llenándolo de injurias, cosa que le produjo al francés una no pequeña contrariedad, pues había quedado muy consolado con la presencia de su amigo. Y unos días más tarde el francés, curado ya de sus heridas, entró en cierta ocasión en la casa del amo del joven inglés para visitarlo como solía: lo encontró en el mismo estado en que había yacido el, tumbado cuan largo era sobre una estera de juncos, medio muerto por los golpes recibidos, y aunque lo vio rodeado de turcos y hasta de su amo, que acababa de descargar sobre él su rabia, vivamente conmovido por tan triste espectáculo, y robustecido por una gracia especial, entró valerosamente en la habitación, y acercándose a su querido amigo, le preguntó ante los fieles a quién quería más: a Jesucristo o a Mahoma. Y el pobre muchacho inglés, abrumado por el dolor, respondió en alto que prefería a Jesucristo; que él era cristiano; y que quería morir cristiano. Los turcos que lo oyeron, se enfurecieron contra el francés, y uno de ellos que llevaba un cuchillo a cada lado, le amenazó con cortarle las orejas. Y como se adelantara a realizar tal acción, el pequeño campeón de Jesucristo no le dio tiempo, porque en cuanto le vio que se le acercaba, se lanzó sobre los cuchillos, cogió uno, y al punto se cortó a sí mismo una oreja para demostrar a aquellos bárbaros que no tenía miedo a sus amenazas, y con la oreja llena de sangre, en la mano, tuvo la audacia de preguntarles si querían también la otra. Y ciertamente la hubiera cortado para testimoniar el aprecio en que tenía a su religión y la resolución de sufrir la muerte antes que renunciar a ella, si no le hubieran quitado el cuchillo de las manos.

El valor de los dos jóvenes cristianos causó tal admiración a los infieles, que perdieron la esperanza de poder hacerles abandonar la fe de Jesucristo. Por eso ya no les hablaron más de ello. Y Dios, después de haber probado así su fidelidad y su constancia, los llevó para sí el año siguiente por medio de una enfermedad contagiosa, que acabó por purificar sus almas, y hacerlas dignas de la corona que les había preparado en el cielo.

§. XII Otras obras caritativas practicadas por los sacerdotes de la Congregación de la misión enviados a Berbería por el Sr. Vicente para atender a los pobres cautivos cristianos

Le resultaría molesto al lector, si le contáramos detalladamente todas las obras de caridad que los Sacerdotes de la Misión, animados por el espíritu de su Padre y por susórdenes, han practicado en Berbería con los pobres esclavos cristianos, con el fin de ofrecerles todos los bienes que podían a los cuerpos y a las almas de ellos. Solamente señalaremos en este último párrafo algunas que no han sido tratadas en los anteriores párrafos

Una de las más notables ha sido que los misioneros de Berbería, gracias a sus desvelos, solicitudes e intervenciones, han conseguido impedir que varios cristianos, a quienes querían hacer esclavos, no los hayan hecho, y que otros, que ya lo eran, contra la costumbre de aquellas tierras infieles (en las que en medio de todas las violencias y crueldades se observan ciertas formalidades en la justicia) hayan quedado libres. Veamos lo que el Sr. Vicente le escribió sobre ese tema al Sr. Juan Le Vacher a Túnez, el mes de mayo de 1653, en respuesta a las cartas que le había escrito por su parte:

«Le doy las gracias a nuestro Señor —dice— de que, por intervención de ustedes, no hayan sido hechos esclavos varios de los franceses apresados en el mar y llevados a Túnez, mientras que otros que ya habían sido vendidos como esclavos, se han visto puestos en libertad. Es un gran servicio el que le han hecho a Dios en esas personas. ¡Quiera su Divina Bondad darles la gracia de proceder con fortaleza y eficacia ante aquellos que tienen poder y autoridad para ello».

Ciertamente a veces la violencia y la injusticia sobrepasaban todos los esfuerzos de su caridad, lo cual les tocaba vivamente el corazón, principalmente cuando no podían ni con dinero ni con otra manera liberar de las manos de aquellos bárbaros a las pobres criaturas que veían en gran peligro.

«Trajeron últimamente a esta ciudad de Túnez —dice el Sr. Le Vacher en una carta que escribió al Sr. Vicente— a una joven de Valencia, de edad de veinticinco años, a la que los corsarios turcos habían raptado cerca de su ciudad, y que era muy hermosa. La vendieron en la plaza pública. Mandé ofrecer para rescatarla hasta 300 escudos, que me prestaron los mercaderes, pero un moro despreciable, ofreciendo más todavía, se la llevó, porque me faltaba dinero. Tenía ya dos mujeres, y ésta sería la tercera. La pobre criatura ha estado llorando durante tres días, y sólo la han hecho perder la fe, cuando le arrebataron la honra. Hay incluso unas religiosas que los corsarios han capturado de su convento, que estaba junto al mar, y que han corrido el mismo peligro. ¡Ay! ¡Si algunas personas caritativas dieran algo para semejantes ocasiones! Seguramente Dios las recompensaría abundantemente».

Hay todavía una obra de caridad que no es bastante apreciada; el celo, que ardía en el corazón del Sr. Vicente y de los sacerdotes de su Congregación, ha logrado que un número de pobres cristianos esclavos no renegaran de su fe, especialmente cuando los han querido domeñar por medio de violencias, y que estaban a punto de sucumbir. Ahí van algunos ejemplos entre otros

El Sr. Guérin escribiendo desde Túnez al Sr. Vicente el año 1646, le dice:

«Hemos libertado a una de las pobres mujeres francesas que estaba en manos de un renegado francés. Todo los mercaderes han contribuido a ello con sus donativos; yo he puesto setenta escudos. Las otras dos mujeres están en una situación desgraciada. Intentaré salvar a la que está en mayor peligro. Hay algunas más jóvenes y hermosas, que también necesitan ser socorridas. Una de ellas se habría perdido ya, si no hubiera obtenido, después de mucho esfuerzo, que me concedieran un plazo de tres meses para liberarla, y si no, la hubiera puesto en un lugar donde su amo no pueda violentarla. No hace mucho tiempo que, para obligarle a una a renegar de Jesucristo, esa gente le dio más de quinientos palos; y no contentos con ello, al caer medio muerta por tierra, dos hombres se pusieron a darle puntapiés en los hombros hasta llegar a reventarle los pechos. Y así acabó gloriosamente su vida confesando a Jesucristo».

El mismo sacerdote en otra carta del mes de junio de 1647:

«Con el dinero que usted me envió —dice— hemos conseguido rescatar a esa pobre mujer francesa, que durante tanto tiempo ha estado sufriendo la tiranía de su bárbaro amo. Es un verdadero milagro haberla sacado de las manos de aquel tigre, que no quería entregarla ni por oro ni por plata. Un día me avisó que fuera a visitarle; y cuando estuve en su casa, nos pusimos de acuerdo en trescientos escudos, que le entregué inmediatamente. El me dio su carta de libertad, y en seguida la puse en sitio seguro. Dos horas más tarde, aquel miserable se arrepintió y pensó que iba a reventar de rabia. Es realmente una obra de la mano de Dios».

«También hemos rescatado a un muchacho de Sablesd’Olonne, que estaba a punto de renegar de su fe. Creo que le escribí cómo en dos o tres ocasiones logramos impedirlo. Cuesta ciento cincuenta escudos. Ya he entregado treinta y seis de mi cuenta; el resto lo hemos mendigado donde hemos podido».

«También he recuperado a aquella joven siciliana que era esclava en Bizerta, y cuyo marido se había hecho turco. Durante tres años enteros ha estado padeciendo tormentos inenarrables, antes que imitar la apostasía de su marido. Ya le escribí durante las últimas fiestas de Navidad el lamentable estado en que la encontré, toda cubierta de llagas. Ha costado doscientos cincuenta escudos, que nos han dado de limosna, y yo he contribuido en parte».

«Tenemos aquí a un niño de Marsella —dice el mismo sacerdote en otra carta— de trece años que, después de haber sido cogido y vendido por los corsarios, ha recibido más de mil palos por la fe de Jesucristo, de quien querían hacerle renegar a la fuerza. Con este mismo fin le machacaron el brazo, lo mismo que se hace con la carne para asarla en las brasas; luego, lo condenaron a recibir cuatrocientos palos, o sea, a morir o a hacerse turco, por lo que fui rápidamente a hablar con su dueño. Me puse tres o cuatro veces de rodillas ante él, con las manos juntas, para interceder por él. Me lo entregó por doscientas piastras, pero como no las tenía, pedí cien escudos prestados a interés, y un mercader me dio lo que faltaba».

«Una barca francesa —dice el Sr. Juan Le Vacher en una de las cartas que le escribió al Sr. Vicente— embarrancó en la costa de Túnez, y seis hombres que se salvaron del naufragio cayeron en manos de los moros, que los llevaron a Túnez y los vendieron como esclavos. Algún tiempo después, el Dey, queriendo hacerlos turcos, obligó a dos de ellos a fuerza de golpes a renegar de la Fe de Jesucristo; otros dos prefirieron morir en medio de tormentos antes de consentir en semejante infidelidad, y como quería hacer otro tanto con los dos que quedaban, la caridad nos obligó a sacarlos de aquel peligro. Concertamos su rescate en 600 piastras, y yo, respondí con 200. Ahora están en libertad. En cuanto a mí, es mejor sufrir en este mundo antes que dejar que renieguen de mi Divino Maestro, y daría gustoso mi sangre y mi vida, y hasta mil vidas que tuviera, antes que permitir que unos cristianos pierdan lo que nuestro Señor adquirió con su muerte».

Sabemos por otras cartas del Sr. Felipe Le Vacher, su hermano, escritas desde Argel al Sr. Vicente, que, como viera un día a un niño de Marsella de ocho años, que había sido capturado por los corsarios en aquella ciudad, y que querían obligarlo a renegar de Jesucristo y a vestirse de turco, lo rescató y lo mandó a su tierra. Y en otra ocasión vio en gran peligro a tres muchachas, que eran hermanas, oriundas de Vence de Provenza. Los corsarios las habían capturado como esclavas en Argel. Una de ellas había caído en manos del gobernador, y la había vestido ya ricamente queriendo tomarla por esposa. El Sr. Le Vacher las rescató a las tres por mil escudos, por no disponer de otros medios para salvar sus almas. En otra ocasión rescató también a dos personas del mismo sexo, madre e hija, con un muchacho natural de Córcega, y los tres en gran peligro a causa de la joven a quien querían hacer renegar por la fuerza, para así casarse con ella.

Aunque aquellos buenos Sacerdotes de la Congregación de la Misión no pudieron rescatar a todos y a todas los cautivos que veían en peligro de renegar de su fe, porque las limosnas y las posibilidades que le daban estaban totalmente agotadas, y a menudo se veían comprometidos por ese motivo más allá de lo que podían, no dejaban por eso de contribuir con sus consejos y con los sacramentos que administraban a los pobres esclavos en medio de las mayores persecuciones a que se les sometía, a robustecerlos y a alentarlos mucho, de modo que perseveraban valerosamente en la confesión de Jesucristo, a pesar de todas la violencias que se les inferían.

Gracias a esas ayudas espirituales es como, entre las mujeres cristianas que estaban esclavas en Túnez, el año 1649 hubo diez, que a pesar de estar maltratadas por causa de su fe y encerradas sin libertad alguna para salir de la casa de sus amos, a pesar de todo se escapaban a veces a oír la santa misa y a confesarse y comulgar, y se sentían tan fuertes con las gracias que entonces recibían, que no solamente aguantaban con paciencia todos los garrotazos y otros suplicios, a que se las sometían, sino, que, hasta en sus enfermedades, al no poder ser atendidas por un sacerdote, pues en su ausencia ponían a su disposición a un morabito para seducirlas y perderlas, con todo han preservado con constancia en la confesión de Jesucristo. Y lo que puede hacer conocer mejor con qué crueldad tratan a esos pobres esclavos para hacerlos apostatar, y qué virtud necesitan para no sucumbir, es que esos abominables mahometanos están falsamente persuadidos de que, cuando hacen renegar a un cristiano, tienen asegurado el paraíso por enormes que sean los pecados que hayan podido cometer.

Siendo las cosas tales como las hemos presentado, ¿no tenía el Sr. Vicente muchísima razón para animar a los suyos a usar la caridad para con los pobres cautivos, como solía decir con frecuencia? Y una vez, entre otras, hablándoles sobre esa cuestión:

«A esta obra —les decía— se la ha considerado tan grande y tan santa, que ha promovido la fundación de algunas santas Ordenes en la Iglesia de Dios. Y esas Ordenes han sido tenidas en gran estima, precisamente por estar instituidas para los cautivos. Así son los religiosos de la Redención de Cautivos, que, de cuando en cuando, van a rescatar esclavos, y después los entregan a los suyos. Y entre lo votos que hacen figura el de dedicarse a rescatar esclavos cristianos. ¿No es eso, señores y hermanos míos, una cosa excelente y santa? Pero, me parece que todavía hacen más que eso: no solamente se marchan a Berbería para contribuir al rescate de los pobres cristianos, sino que además se quedan allí para dedicarse todo el tiempo a ese caritativo rescate, y para atender de forma continua corporal y espiritualmente a los pobres cautivos, para acudir corriendo a todas sus necesidades, en fin, para estar siempre dispuestos a tenderles la mano y a prestarles toda clase de ayudas y consuelos en sus mayores penas y miserias. ¡Señores y hermanos míos! Pero, ¿hay cosa más parecida a lo que nuestro Señor hizo, cuando bajó a instruirlos con sus palabras y con sus ejemplos? He ahí el ejemplo que todos los misioneros deben imitar; deben estar dispuesto para dejar su tierra, sus comodidades, su descanso por esa causa, igual que hacen nuestros buenos hermanos que están en Túnez y en Argel, entregados enteramente al servicio de Dios y del prójimo en aquellas tierra bárbaras e infieles».

Para sostener todas esas santas y caritativas empresas, y ayudarles a los buenos misioneros, que estaban en Berbería, para que pudieran prestar todas esas asistencias y todos sus buenos oficios a los pobres esclavos cristianos, el Sr. Vicente se preocupaba de recoger y de enviarles de vez en cuando cantidades muy considerables, en las que metía muy a menudo su propia aportación, cuando lo que le daban no era suficiente. Las mandó en primer lugar varias veces para socorrer especialmente a los cristianos, a quienes veían en peligro de perder la fe, o rescatándolos del todo, o bien, dándoles algunas limosnas con que atender sus carencias, o animándolos en sus sufrimientos.

Envió otras cantidades para rescatar a los sacerdotes o religiosos franceses, que habían caído en la esclavitud.

Varias veces mandó el rescate entero de muchos esclavos, de modo que, hasta el momento de su muerte, se ha podido comprobar que los sacerdotes de su Congregación enviados por él a Berbería, han rescatado, parte por caridad, y parte por encargo, más de 1.200 cautivos que han enviado a sus tierras. Y que han empleado en los rescates, como en los gastos menores realizados en todas las demás obras de caridad, que han llevado a cabo en tierras infieles, cerca de un millón doscientas mil libras. Veamos lo que el Sr. Vicente escribió un día a este propósito a uno de sus sacerdotes, que le había remitido la cuenta de sus gastos menudos:

«He visto —le dice— el apartado de sus gastos menores. ¡Dios mío! ¡Cuánto me he alegrado al leer su carta! Le aseguro que me ha causado tanta emoción como no la había sentido desde hace mucho a causa de la buena gestión que aparece en ella, y, sobre todo, de la caridad que usted practica para con tantísimos pobres esclavos, de todas las nacionalidades, de toda edad, que se ven afligidos por toda clase de miserias. Ciertamente, aún cuando su trabajo no le diera ocasión de hacer otro bien que ése, sería suficiente para valorarlo con un precio infinito, y para atraer sobre usted bendiciones inmensas. Quiera darle la Bondad de Dios medios para continuarlos», etc

El Sr. Vicente también mandó alguna cantidad de dinero a la ciudad de Argel con el fin de establecer un pequeño hospital para lo pobres esclavos enfermos, que son abandonados en sus enfermedades por sus amos inhumanos. Y el hospital se ha fundado gracias a las caridades y a la liberalidad de la señora duquesa d`Aiguillon. Además de todo eso, el Sr. Vicente hizo por los pobres esclavos franceses otros gastos con un cuidado exquisito: recibir todas sus cartas, y entregarlas a sus parientes, e igualmente recibir las de sus parientes, y remitírselas a ellos. De forma que por ese medio aquellos pobres cautivos han podido mandar noticias suyas a sus padres, madres, hermanos, esposas e hijos, y han recibido a su vez noticias de ellos; pero también han experimentado consuelo y alivio en sus miserias, y varios han podido lograr por ese medio su libertad; y han servido mucho a los pobres cautivos, quienes, antes de esa caritativa actividad del Sr. Vicente y de lo suyos, no sabían cómo ni por dónde hacer llegar sus cartas, unos a Picardía, otros a Poitou, a Guyena, a Normandía, a Bretaña, a Languedoc, y a otras provincias, de donde no podían recibir respuesta, ni esperar ninguna clase de ayuda por falta de correspondencia en Marsella y en París. Eso hacía crecer enormemente su tribulación. Todo eso lo ha podido remediar el Sr. Vicente con una caridad casi sin ejemplo, y cuyo efecto es tal que para entenderlo bien hay que estar en el lugar de los pobres esclavos y haber sentido su aflicción, en la que ellos se encuentran, en el gran abandono que acompaña a todas las penas y tribulaciones de su cautividad.

He ahí una parte de las obras buenas que el Sr. Vicente hizo en favor de los pobres esclavos cristianos durante su vida, y que continúa aún después de su muerte por medio de sus queridos Hijos. Sólo he dicho una parte, y muy pequeña, por cierto, porque sólo Dios conoce todo. Este humilde misionero, como siempre, ocultó, mientras pudo, todo lo que hacía en servicio de su Divina Majestad, a fin de que a Ella le atribuyeran toda la gloria. Ciertamente, aunque él no hubiera hecho otra cosa por celo y por su buena dirección, secundada por la cooperación de los de su Compañía, que establecer y conservar el ejercicio público de la religión católica, que aún continúa después de tantos años en una tierra bárbara, ante los ojos de sus más crueles perseguidores, no sería pequeña gloria para nuestro Señor Jesucristo, que ha querido servirse de la mano de su fiel siervo, para levantar como un trofeo a su santísimo Nombre en esos dos reinos infieles, en medio de sus más grandes enemigos, y hacer triunfar la caridad cristiana en unos sitios de donde parecía que había sido eliminada la humanidad, y donde se veía continuamente ejercer la injusticia y la violencia con toda clase de impunidad.

 

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