Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 1, Sección 6

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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MISIONES DEL SEÑOR VICENTE

SECCIÓN VI: Misiones dadas en el Piamonte

 

Se dio una misión el mes de abril del año 1656 en una población grande, llamada Scalenghe, cerca de Pignerol. Escribiéndole acerca de ella el superior de la casa de la misión de Turín al Sr. Vicente: «La afluencia —le dice— ha sido de cuatro o cinco mil personas. Lo que más me ha edificado ha sido el interés que todos han mostrado por la palabra de Dios. Se ha visto ordinariamente a unos cincuenta párrocos y otros eclesiásticos asistir con asiduidad a los actos de la misión. Todas las personas distinguidas de los alrededores han tomado parte en ella con una devoción extraordinaria. Y el pueblo bajo acudía con tanto fervor todos los días que ha durado la misión, esto es seis semanas, que era evidente el deseo que todos tenían de aprovechar en ella. Hemos visto a varios que, trayéndose un poco de comida, han permanecido ocho días y ocho noches en la iglesia o en las inmediaciones de ella, para poder acercarse al confesionario. Todo eso demuestra la buena disposición de este pueblo y el gran fruto que se podría conseguir si hubiera mayor número de obreros, puesto que, siendo nosotros tan pocos y tan pobres y ruines, no deja por ello la bondad de Dios se servirse de nosotros para conseguir muchos bienes. Y digo tan «pobres y ruines» porque no acabo de comprender cómo esta buena gente ha tenido la paciencia de tolerarme, ya que soy más bien capaz de repelerlos que de atraerlos. Es Dios el que ha actuado con su pura gracia y el que actuaría sin duda con mucha más plenitud, si yo no le pusiera impedimentos con mi ignorancia, con mi poco espíritu y con todas mis demás miserias».

Y en otra carta del veinticuatro de junio siguiente:

«Acabamos de terminar una misión cerca de Lucerna, donde hemos tenido a unas ocho o nueve mil personas que han hecho la comunión general. Eso nos obliga a predicar fuera de la iglesia, en medio de la Plaza Mayor, sobre una especie de tablado, y ahí precisamente se produjo un accidente que demostró bien a las claras el efecto de la palabra de Dios y de la gracia. Fue que uno de los asistentes, hombre pendenciero y de armas, según la costumbre de esta tierra, en la cual casi todos las habitantes llevan continuamente consigo tres o cuatro pistolas y varios puñales y espadas, este hombre del que hablo, que estaba muy atento a la predicación, se apoyó en la pared y recibió un ladrillazo que otro le tiró sin pretenderlo y le hirió en la cabeza derramando mucha sangre. Pues bien, al recibir aquel golpe no le salieron de la boca más que estas palabras; «¡Qué justo es Dios! ¡Si me hubiera hecho esto en otra ocasión …!» Y como alguno se extrañara de su paciencia, replicó: «¿Qué quiere usted que haga? ¡Mis pecados merecen esto y mucho más!». Y después de retirarse para curarse la herida, se volvió con la cabeza vendada a escuchar el resto de la predicación, con tanta tranquilidad como si no le hubiera pasado nada. Esto es algo muy extraordinario en la gente de esta tierra, que tiene un genio muy vivo y son muy coléricos e inclinados a la venganza»

«Al final de la misión, nos urgieron mucho para que fuéramos a pacificar a los habitantes de un pueblo grande a una legua y media del lugar en que nos encontrábamos. Existía entre la gente una división extraña desde hacía diez o doce años, y había ocasionado ya la muerte de más de treinta personas. Nos dijeron que desde hacía varios días aquel pueblo estaba todo en armas, dividido en dos facciones que ponían a todo el pueblo en peligro de matarse unos a otros. Yo tenía motivos para creer que nuestra empresa no iba a dar resultado, sobre todo al saber que no podríamos tener en aquel pueblo una misión entera. Pues bien, nos urgieron tanto que nos creíamos obligados a hacer lo que deseaban de nosotros, dejando el resultado en manos de la Divina Providencia. Estuvimos allí dos días, durante los cuales quiso Dios disponer de tal modo los espíritus que, después de algunas predicaciones, y, especialmente, después del sermón del día de Corpus en presencia del santísimo Sacramento, se celebró una reconciliación general con toda solemnidad; y las partes más interesadas, acercándose al altar, juraron sobre los santos Evangelios que se perdonaban mutuamente de corazón. Y en señal de reconciliación se abrazaban cordialmente en presencia de todo el pueblo, y firmaron delante del notario una transacción pública de concordia y de paz. A continuación cantamos todos el «Te Deum» en acción de gracias. Esto ha llenado de alegría a todo este pueblo, que desde hacía años no veía más que asesinatos y sangre de los parientes más próximos con ocasión de estas rencillas».

He aquí un párrafo de otra carta del mimo, del 3 de febrero de 1657, que alude al éxito de una gran misión:

«Gracias a Dios hemos vuelto de la misión de Raconi, en donde su Divina Bondad ha querido mantenernos en buena disposición durante seis semanas de trabajo continuo, después de salir de otra misión que nos había cansado mucho. No nos hubiéramos atrevido a emprender esta obra en un lugar que es el más poblado de todo el Piamonte, si no nos lo hubiera ordenado el Sr. Arzobispo de Turín, tras la mucha insistencia que le habían hecho el clero y el pueblo del lugar. Y aunque nos han ayudado para las confesiones cuatro buenos eclesiásticos de la ciudad y varios virtuosos religiosos que han estado trabajando junto con nosotros, no hemos podido, a pesar de todo, satisfacer plenamente a la devoción de todo aquel pueblo, que nos urgía tanto que apenas nos concedía un momento de descanso. La afluencia a las predicaciones y a la catequesis ha sido continua y el deseo de confesarse tan grande que venían a despertarnos a media noche para recibir de nosotros ese servicio. Ha habido algunos que han estado varios días y varias noches, durante el rigor de este tiempo invernal, sin volver a sus casas, para poder confesarse. Los buenos frutos y resultados han respondido, por la gracia de Dios, a todas esas buenas disposiciones, mediante las muchas restituciones que se han logrado. El mismo clero, compuesto de unos cuarenta sacerdotes y clérigos, ha dado el ejemplo al pueblo. Teníamos con ellos una conferencia todas las semanas, y han tomado la resolución de seguir ellos solos. Hemos fundado también la Cofradía de la Caridad para enfermos pobres; las personas que la componen han comenzado con mucho fervor a hacerles algunos servicios».

Y ese mismo año, trabajando en el mes de junio en la misión de Savigliano, escribió sobre ella en estos términos:

«Nos encontramos ahora en lo más fuerte de esta misión que es una de las mayores que hemos dado en esta tierra. Dios la ha bendecido de una manera especial, a pesar de la pobreza de los obreros y de su pequeño número. Tenemos que atender a una gran población, cuyos habitantes no hablan actualmente más que de la necesidad de hacer penitencia y de convertirse. Lo que más me extraña es que casi todos los religiosos de cinco o seis conventos asistieron a las predicaciones; todos los sacerdotes han hecho la confesión general; y toda la nobleza, que es muy numerosa, no piensa más que en ponerse en una sincera disposición de verdadera penitencia, de forma que nos hemos visto obligados a pedir a todos esos buenos religiosos que nos ayuden a confesar, e incluso tuvimos que pedir también ayuda a la cuidad de Turín. La Providencia de Dios nos ha enviado a este lugar en una época en que los soldados, que habían estado aquí invernando, pudieran asistir muchos de ellos, especialmente varios capitanes y soldados franceses, a las predicaciones y a los catecismos durante una semana. Hubo muchos que hicieron la confesión general con unos sentimientos extraordinarios, antes de ir a exponerse a los peligros de la guerra. Tengo que confesarle que no recuerdo haber tenido durante toda la vida un consuelo tan grande como el que sentí al ver a unas personas de esa profesión, que llevaban tantos años sin haberse acercado a los sacramentos, derramando lágrimas a los pies de sus confesores y haciendo propósitos verdaderamente cristianos y muy extraordinarios para unas personas que llevan armas. Todo ello es un efecto singularísimo de la misericordia de Dios, por lo que espero que tendrá usted la caridad de ayudarnos a darle gracias».

Al terminar la misión, el mismo misionero escribe en estos términos:

«Ya le indiqué cómo, desde el comienzo de nuestra misión, quiso Dios tocar el corazón de los soldados. Desde entonces continuamos con nuestras predicaciones, catecismos y otras funciones acostumbradas, a las que asistía un concurso de gente tan grande que la iglesia, a pesar de ser muy amplia, se encontraba siempre llena, y esto en una época del año en que las faenas del campo daban, como es natural, mucho trabajo a la gente. Por orden de los que llevaban la administración pública, se cerraban todas las tiendas durante la hora de la predicación y del catecismo mayor, y los días de mercado dejaban de negociar durante esas mismas horas, a fin de que todos tuvieran la oportunidad de escuchar la palabra de Dios. Los religiosos y los eclesiásticos acudían en gran número, y la mayor parte de ellos hicieron la confesión general, incluso los religiosos que se la hacen mutuamente. Las restituciones y las reconciliaciones se llevaron a cabo con la misma bendición que en los demás sitios. La clausura de la misión se celebró en una gran plaza de la ciudad, con la concurrencia de más de doce mil asistentes. Durante todo el tiempo de la misión hemos dado conferencias a los eclesiásticos, que asistían a cada reunión en un número que superaba a veces el centenar».

«Pues bien, sucedió que uno de los obreros que habíamos llevado de Turín para ayudarnos, que era un eclesiástico muy bueno, después de haber trabajado durante unos días en el confesonario, cayó enfermo y murió finalmente con sentimientos extraordinarios de piedad. No tenía en sus labios, cuando ya iba a morir, más que estas palabras: «Humildad, humildad; sin humildad estoy perdido». Apenas falleció, los habitantes del lugar acudieron en bloque a darnos el pésame, y en señal de afecto y reconciliación quisieron hacerle unos funerales muy solemnes; asistieron en gran número, llevando en la mano hachones y velas encendidas. Asistieron todas las órdenes religiosas, y el sepelio fue de los más solemnes que pudo celebrarse en aquel lugar».

«Este buen pueblo, después de haber gustado los servicios que habíamos procurado ofrecerle, concibió un deseo muy grande de tener sacerdotes de nuestra Congregación que vivieran con ellos, y nos hicieron unos ofrecimientos de lo más generosos que pudieron para conseguir que fundáramos allí. Y al ver que nos excusábamos por el reducido número de Obreros, decidieron hacer una fundación para el mantenimiento de cuatro o cinco sacerdotes, y acudieron al Sr. Marqués de Pianezza para obtenerlos, presentándole para ello unas razones tan convincentes que, cuando regresamos, nos exhortó mucho que aceptásemos dicha fundación, aunque nosotros tuvimos que declararle con todo respeto que no podíamos hacerlo».

A finales de ese mismo año se dio una misión en el lugar de Bra, que fue acompañada de grandes bendiciones. No sabríamos darlas a conocer mejor que presentando aquí pasajes de tres cartas del mismo superior al Sr. Vicente. Por ellas se podrá ver en qué estado se hallaban los habitantes antes de la misión y los efectos producidos por ella con la gracia de Dios.

En la primera, que es del 17 de octubre de 1657:

«Creo —dice— que habrá que retrasar para otro tiempo la misión que Su Alteza Real nos había mandado dar en Bra, ciudad que le pertenece, debido a que ha crecido tanto en ella el fuego de la división que actualmente hay barricadas por las calles, las casas están llenas de fusileros y de gente armada; se matan unos a otros hasta en la iglesia. Y están tan encarnizados unos contra otros, que hasta escalan las casas para entrar en ellas a la fuerza, y todos procuran fortificarse dentro de ellas de tal modo que puedan rechazar al enemigo, y hasta quitarle la vida, si pasa adelante. Se esperaba que por medio de algún acuerdo se hubieran podido suspender por algún tiempo las armas y obtener cierta seguridad de unos días durante la misión, y que por las predicaciones, exhortaciones y demostraciones públicas y particulares se podrían amansar los espíritus y disponerlos a la reconciliación; pero están tan lejos de ello, que, cuando Su Alteza Real envió allí, con ese propósito, a algunos de los principales ministros de este estado, no pudieron hacer nada. De modo que sería una empresa completamente inútil ir a tener una misión en un sitio en donde no podría acudir nadie a las predicaciones ni a los demás actos, ya que sería temerario y peligroso para los que se atrevieran a asistir. No nos faltan otros lugares en donde podamos trabajar por ahora».

Pero en otra carta escrita desde ese mismo lugar el 6 de febrero de 1658:

«Llevamos ya un mes —dice— trabajando en la ciudad de Bra, en donde ha querido Dios disponer a los habitantes para reconciliarse unos con otros. Se han visto movidos a ello en primer lugar, por la desaprobación que había manifestado Su Alteza de su desunión, y después por medio de la misión, que acabó disponiéndoles a unos con otros por completo, ya que las personas de uno y otro partido acudían juntas a nuestros sermones y actos en una misma iglesia, lo cual se creía al principio que les iba a resultar muy difícil y hasta peligroso. Pero, antes de tenerlos reunidos en la iglesia, hubo que convencer a los unos y a los otros que dejaran la armas que llevaban siempre consigo a todas partes. Su asiduidad a la predicación y catecismo, con los sentimientos que Dios quiso comunicarles, los ha unido perfectamente, de forma que todos se abrazaron unos a otros en presencia del Santísimo Sacramento, pidiéndose mutuamente perdón; y algunos de los principales hasta lo hicieron públicamente en la Plaza Mayor de la ciudad, todo con gran satisfacción de una y otra parte, de modo que hay muchos motivos para esperar que esa reconciliación será estable y duradera. Todo el pueblo se ha quedado muy consolado al ver cómo esas personas, que antes se iban buscando para matarse, ahora trataban entre sí, paseaban y charlaban juntos con tanta cordialidad como si nunca hubieran estado enemistados. Antes iban por la calle cargados de armas; ahora, por la gracia de Dios, no se ve a nadie armado. Nadie piensa en otra cosa más que en reconciliarse con su Divina Majestad por medio de una buena penitencia. Su Alteza Real, al conocer todo esto, se ha dignado testimoniarnos en una carta la satisfacción que ha recibido. Lo mismo ha hecho el Sr. Marqués de Pianezza que ha recibido por esa razón sentimientos muy extraordinarios de consuelo. Ahora estamos ocupados en las confesiones; se presenta un montón tan grande de penitentes que, a pesar de que hemos pedido ayuda a todos los sacerdotes y religiosos del lugar, que son muchos, no sé cuándo podremos acabar».

Finalmente, en una tercera carta del 9 de marzo siguiente:

«Ya hemos acabado —dice— con la misión de Bra. En ella Dios ha querido derramar abundantemente su gracia sobre estas pobres almas, que se encontraban desde hacía mucho tiempo en esa situación tan lamentable que tuve la ocasión de referirle en mis cartas anteriores. Hemos empleado en esa misión siete semanas enteras; y todo ese tiempo, que el mundo emplea de ordinario en las locuras de Carnaval, ha sido para los habitantes de ese lugar un tiempo de penitencia y como una fiesta contínua de grandísima devoción. Hemos tenido alrededor de nueve a diez mil confesiones generales, con un fervor tan grande que algunos, para poder acercarse al confesionario, pasaban días enteros y una gran parte de la noche en la iglesia, a pesar del frío tan riguroso que hemos pasado durante todo ese tiempo. Dios ha querido por este medio derramar la paz y la caridad en los corazones con tal plenitud que los mismos habitantes están admirados de ver una reconciliación tan perfecta, de manera que no se acuerdan de haber visto jamás tanta unión y cordialidad entre todos. Ellos mismos se lo han comunicado así a Su Alteza Real, a quien acudí ayer a dar cuenta de todo lo que había ocurrido y la esperanza que sentía de una total perseverancia. Ella lo escuchó con tanta alegría y tanto consuelo que su corazón se estremeció y las lágrimas le asomaron a los ojos. Y para colmo de todo este bien y para borrar por entero el recuerdo del pecado, les ha concedido la gracia y les ha otorgado la amnistía total de todos los crímenes y excesos cometidos durante sus divisiones».

«Pero como una misericordia y una gracia atraen ordinariamente otra de la bondad de Dios, ha querido esta Divina Bondad extender esa misma bendición que había comunicado al lugar de Bra a otro lugar cercano, en donde la discordia y la división han estado haciendo durante cuarenta años tales estragos entre sus habitantes que todo el lugar ha quedado casi destruido, ya que un gran número ha muerto por una y otra parte, muchas casas han sido derribadas y destruidas y gran parte de los habitantes se han visto obligados a ir a otros sitios. El Senado del Piamonte se había esforzado en varias ocasiones en reconciliarlos, pero sin conseguir ningún fruto, y todos los demás medios empleados para ese fin habían resultado inútiles. Por fin, el señor de aquel lugar, que es uno de los más influyentes del Piamonte y, además, muy virtuoso y prudente, juzgó conveniente, después de la misión de Bra, a cuyas funciones habían asistido algunos de los habitantes de aquel lugar, convocar a todos, de una y de otra parte, para ver si había alguna forma de lograr su reconciliación según el ejemplo de sus vecinos. Nosotros fuimos allá y estuvimos solamente tres o cuatro días, hicimos algunas predicaciones y actos de la misión. Dios ha querido tocarles el corazón de tal manera, que, en presencia del santísimo Sacramento y de gran cantidad de gente del vecindario, se abrazaron unos a otros, se perdonaron recíprocamente y juraron sobre los santos Evangelios una paz perpetua. Y en testimonio de ello, se han convidado unos a otros y han comido juntos con una unión y una cordialidad tan grande como si fueran hermanos. Su Alteza ha tenido la bondad de concederles la misma gracia y la amnistía que a los de Bra, a fin de que puedan volver a vivir en sus casas abandonadas y cultivar sus tierras».

El 26 del mes de marzo siguiente, se dio otra misión en el pueblo de CavallerMaggiore, que tiene de cuatro a cinco mil comulgantes. Allí (como dice el mismo superior en una carta que escribió al Sr. Vicente):

«Aunque no se dan tan graves desórdenes como en los otros sitios en que hemos dado misiones hay muchos rencores y litigios que no nos dejan un momento de reposo. La confianza que Dios ha puesto en estos buenos habitantes para con nosotros hace que pongan en nuestras manos la resolución de sus pleitos y de todas sus desavenencias, tanto civiles como criminales. Esperamos acabar con todo ello en esta cuaresma, con la gracia de Dios».

Y en otra carta del 6 de julio:

«Salimos —dice— de Fossano, población muy pequeña, pero muy poblada, en donde hemos terminado la misión. Dios ha querido derramar muchas bendiciones, a medida de las grandes necesidades que allí se dan. La afluencia de la gente ha sido tan grande que la iglesia, a pesar de ser muy grande, no era suficiente para contener al pueblo, que venía a aprovecharse de las predicaciones y de los demás actos de la misión. Y no solamente acudían los seglares, sino que también participaban el clero y los religiosos»

«Además de haberse suprimido las malas costumbres públicas y secretas, de haberse apagado los odios y haberse conseguido los otros frutos ordinarios de las misiones, se han establecido algunas buenas obras para el futuro: 1. Las oraciones públicas por la tarde, que habíamos comenzado nosotros, continuarán en la iglesia de los Padres del Oratorio de San Felipe Neri, adonde acude gran cantidad de gente todas las tardes; 2. Los Sres. canónigos han tomado la resolución, para mantener al pueblo en los sentimientos de piedad que ahora posee, de celebrar cada tres meses una comunión general en su iglesia; 3. Estos Sres. Canónigos y todo el clero se han decidido a continuar todas las semanas la Conferencia espiritual que nosotros les hemos dirigido durante el tiempo de la misión. Si Dios quiere, esto podrá ser de mucha utilidad para restablecer y conservar entre ellos el verdadero espíritu eclesiástico. Muchos de estos señores, que son personas de espíritu y de virtud, parecen sentirse muy inclinados a eso. En fin, este lugar parece actualmente como si se hubiera renovado por completo con una vida verdaderamente cristiana. ¡Quiera la Divina Bondad conservarlos en esta buena disposición y aumentar su gracia sobre ellos!».

En otra carta del 12 de marzo de 1659 habla también de algunas misiones que se dieron en la ciudad de Mondovi. Su principal fruto fue que acabaron los asesinatos y los homicidios que se cometían frecuentísimamente. Sólo en uno de los sitios, muy pequeño por cierto, los misioneros se encontraron con cuarenta bandidos, a los cuales, igual que a los demás habitantes, se les preparó para que se pusieran en estado de penitencia, y manifestaron la conversión de sus corazones con la abundancia de sus lágrimas y por otras señales bastante extraordinarias del pesar que sentían por su vida pasada, en presencia del Santísimo Sacramento, inmediatamente antes de recibir la Sagrada Comunión.

Finalmente, en una carta del 12 de julio del mismo año 1659:

«Ya estamos todos de vuelta —dice— de la campaña. La misión de Cherasco ha sido un poco más larga que las demás, por la extraordinaria afluencia que allí tuvimos de todos los lugares de alrededor; de tal forma que, para dar satisfacción al pueblo, habríamos necesitado una veintena de buenos Obreros que hubieran podido encontrar allí abundante ocupación para dos meses y más. Dios ha querido darnos toda la bendición que se pueda desear en semejante ocasión. Se han arreglado gran número de divergencias y discusiones; entre otras había una gran población próxima, cuyos habitantes estaban divididos y tan agitados unos contra otros que hubo cuatro muertos el día anterior a nuestra llegada. Pero, por la misericordia de Dios, se ha restablecido por completo la paz, que no se ha logrado sin grandes dificultades, ya que se han necesitado cuarenta días de predicaciones y negociaciones; pero al fin todo se ha terminado con mucho consuelo incluso con edificación de todo el pueblo en presencia del Santísimo Sacramento, que había sido expuesto expresamente para ello. Y lo principal es que esas personas, después de su reconciliación, se han presentado al sacramento de la Penitencia con muy buenas disposiciones».

Hasta aquí los párrafos de cartas escritas al Sr. Vicente. Si tuviéramos que relatar detalladamente todos los demás frutos precisos que sólo las misiones del Piamonte han producido con la ayuda de la Gracia Divina, habría para llenar todo un volumen, y nos veríamos obligados a repetirnos muchas veces. Lo poco que hemos presentado bastará para darle una idea al lector, para que pueda juzgar todo lo demás, y sugerirle una razón con que agradecer a Dios todas las gracias que ha querido comunicar a esos pueblos. Además, hemos de observar para mayor gloria de su Divina Majestad, que para lograr todas esas conversiones, reconciliaciones y otras obras tan grandes y tan admirables, sólo quiso servirse de cuatro sacerdotes misioneros. El Sr. Vicente no pudo enviar más a las misiones de esa Provincia. Y en eso mismo Dios ha hecho aparecer tanto más su poder, cuanto que los instrumentos que quiso emplear parecían ser más desproporcionados para la magnitud del efecto, al haber opuesto un grupo tan pequeño y tan débil en apariencia a los ojos del infierno, y por haberse servido para excomulgar al príncipe de la tinieblas de todos los corazones, donde había reinado el pecado durante tanto tiempo, y para restablecer en ellos el imperio de su Hijo Jesucristo.

A El solo le sean dadas por siempre la alabanza y la bendición.

 

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