Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 1, Sección 5

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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MISIONES DEL SEÑOR VICENTE

SECCIÓN V : Misiones dadas en Córcega

Esta isla está situada en el Mediterráneo y forma un pequeño reino, que pertenece a la República de Génova, cuyas principales autoridades conocedoras de las necesidades espirituales, pidieron el año 1652 al Sr. Vicente algunos sacerdotes de su Congregación para que fueran a dar misiones. Y les concedió siete, que fueron a trabajar a diversos lugares de esa isla, ayudados por otros cuatro eclesiásticos y cuatro religiosos que el Sr. cardenal, arzobispo de Génova, les había dado para ayudarles.

La primera misión se dio en Campo Lauro, donde habitualmente reside el obispo de Alleria. Pero, por aquellos días, estaba vacante la Sede Episcopal y la diócesis era gobernada por dos Vicarios Generales. Uno estaba nombrado por la Congregación «De Propaganda fide», y el otro por el cabildo de la iglesia catedral. Pues bien, los dos Vicarios Generales no se ponían de acuerdo en su forma de actuar, y a menudo eran opuestos en sus ideas, de forma que uno deshacía lo que el otro acababa de hacer, y si uno excomulgaba, el otro levantaba la excomunión. A causa de eso, el clero y el pueblo estaban muy divididos, y, como consecuencia, había muchos desórdenes en toda aquella tierra.

La segunda misión se dio en un lugar llamado Il-Cotone.

La tercera en Corte, que está en el centro de la isla.

La cuarta y última en Niolo.

Para comprender cuál fue el fruto de estas misiones, hay que saber que además de la ignorancia grandísima del pueblo, los vicios más habituales que reinaban en toda esta tierra eran la impiedad, el concubinato, el incesto, el hurto, el falso testimonio y, sobre todos los demás, la venganza, que es el desorden más generalizado y más frecuente: de aquí se sigue frecuentemente que se maten unos a otros como los bárbaros, y que no quieran perdonar, ni oír hablar de ninguna clase de arreglos, hasta que puedan vengarse. Y no sólo se vengan del que les ha injuriado, sino también lo hacen de todos sus parientes hasta el tercer grado inclusive; de manera que, si alguno ha ofendido a otro, todos sus parientes tienen que mantenerse en guardia, porque el primero que encuentren, aunque sea inocente, y quizá ni sepa nada de la ofensa cometida, será tratado como si hubiera sido cómplice. De ahí se sigue que los habitantes de esta isla lleven todos armas y se piquen de tal modo por una cuestión de honor que a la menor palabra que se les diga, se matan entre sí. Y esa es la causa de que este reino de Córcega, un país hermoso y muy fértil, no esté muy habitado

Pues bien, en estas misiones con la ayuda de la gracia de Dios hubo bienes muy considerables.

En primer lugar, por las Conferencias en forma de Ejercicios espirituales que los misioneros dieron a los canónigos, a los párrocos y a otros eclesiásticos; y eso, todos los días reuniéndolos en la iglesia, después de que el pueblo se hubiera retirado. El superior de la misión les daba unas exhortaciones acerca de las obligaciones y de los deberes de los eclesiásticos, y les señalaba los temas de la meditación; así preparados para las confesiones generales, remediaron con ese medio algunos escándalos pasados, y resolvieron decididamente cumplir cuidadosamente en el futuro con sus obligaciones para con Dios y para con el pueblo; algunos de ellos, conmovidos por el sentimiento de sus faltas hasta pidieron perdón públicamente por los malos ejemplos que les pudieron haber dado. Hubo párrocos que dieron satisfacción pública, y un cabildo entero también la dio por medio de uno de los canónigos que habló en nombre de todos los demás.

En segundo lugar, por el gran número de arreglos y reconciliaciones que se hicieron en todos los sitios; uno perdonando la muerte de su hermano; otro la de su padre, de su hijo, de su marido, de su pariente, etc. Otros perdonaban las falsas acusaciones, y los falsos testimonios cometidos contra ellos en justicia, condenando también todas la reparaciones de honor y de interés, aunque muy considerables, y abrazando cordialmente a quienes habían querido hacerles perder la vida o el honor. Y lo que es más de destacar en este asunto es que las reconciliaciones importantes no eran tres o cuatro, sino más de cincuenta y a veces más de cien en cada sitio.

En tercer lugar, por la supresión y la abolición total de los concubinatos, que eran muy frecuentes, y por la penitencia pública de muchas jóvenes y mujeres desvergonzadas, que pidieron perdón públicamente por sus desórdenes; a las que siguieron otras personas, que quedaron conmovidas por sus ejemplos; y sintiendo en su conciencia algún remordimiento por haber causado algunos escándalos con sus pecados, se ponían de pie en medio del gentío y pedían en alta voz misericordia a Dios y perdón a todo el mundo. Y como acompañaban sus palabras con varias señales externas de verdadera penitencia, aquello arrancaba lágrimas de toda la reunión.

Finalmente, por el establecimiento de las Cofradías de la Caridad, que no sólo han proporcionado la asistencia espiritual y corporal a los enfermos pobres. Además, dieron ocasión de practicar otras obras buenas, que las personas pertenecientes a las Cofradías practicaban. Esto ha contribuido igualmente tanto al alivio de los pobres y a la santificación de aquellas personas, como también a la edificación de sus familias y de otras que veían sus buenos ejemplos.

Pero para hacerse todavía una idea más clara de la grandeza y la importancia de los frutos de esas misiones, sobre las cuales parece que la gracia de Dios, infundida con plenitud en el Sr. Vicente, fue derramada con especial abundancia, referiremos aquí un poco más por extenso lo que sucedió en la última misión, según el relato que envió el que era el superior de aquella misión en la siguiente forma:

«Niolo es un valle de tres leguas de largo y media de ancho, rodeado de montañas. Los accesos y los caminos para llegar allí son de los más difíciles que he visto en mi vida, tanto en los Pirineos como en Saboya. Esto hace que aquel lugar sea una especie de refugio de todos los bandidos y maleantes de las isla que, al tener ese escondrijo, practican impunemente su bandolerismo y sus asesinatos, sin temor a los oficiales de la justicia»

«En aquel valle hay varias pequeñas aldeas que cuentan en total unos dos mil habitantes. Yo nunca he conocido gente, ni sé que exista en toda la cristiandad, más abandonada que aquélla. No encontramos allí casi más restos de fe que su afirmación de que estaban bautizados y que había alguna iglesias, aunque muy mal conservadas. Tenían una ignorancia tan grande de las cosas de su salvación que apenas se habría podido encontrar a cien personas que supieran los mandamientos de Dios y el símbolo de los apóstoles. Preguntarles si había un Dios, o si había varios, y cuál de las tres divinas Personas se había hecho hombre por nosotros era hablarles en árabe. El vicio pasaba por virtud, y la venganza era tan corriente que los niños aprendían antes a vengarse de la menor ofensa que a andar o a hablar. No servía de nada predicarles lo contrario, ya que el ejemplo de sus mayores y los malos consejos de sus propios padres relativos a este vicio habían echado tan profundas raíces en sus espíritus que no eran capaces de convencerse de lo contrario. Había muchos que pasaban siete y ocho meses sin oír misa y que estaban tres, cuatro y diez años sin confesarse. Había incluso jóvenes de quince y dieciséis años que no se habían confesado nunca. Con todo ello había un gran número de vicios que reinaban entre aquella pobre gente. Eran hombres muy inclinados a robar; no sentían escrúpulo alguno por comer carne en cuaresma y en lo días prohibidos; se perseguían y se molestaban unos a otros como bárbaros; y cuando tenían algún enemigo, no ponían ninguna dificultad en imputarle falsamente algún crimen del que le acusaban ante la justicia, presentando tantos falsos testigos como querían. Por otra parte, los que eran acusados, tanto si eran culpables como si no, encontraban personas que decían y sostenían ante el juez todo lo que querían para quedar justificados. De aquí que la justicia no podía actuar, y se la hacían ellos mismos, matándose con facilidad unos a otros en cualquier ocasión».

«Además de todos esos desórdenes había grandes abusos entre los habitantes de aquella isla en relación con el sacramento del matrimonio. Era raro que lo celebraran antes de haber cohabitado. Ordinariamente, cuando no eran más que novios, o se habían dado simplemente la palabra, la joven iba a vivir a casa de su futuro marido y seguían en esa situación de concubinato dos o tres meses, y a veces dos y tres años, sin preocuparse del casamiento. Y lo que es peor todavía, gran parte de esos matrimonios se hacían entre personas que eran parientes, sin pedir la dispensa del impedimento de consanguinidad, permaneciendo en ese estado ocho y diez años, e incluso, quince y más. No obstante, tenían varios hijos y, si por ventura moría el padre, eran abandonados como bastardos, volviéndose a casar la mujer con otro, que, a veces, era su mismo pariente. Se han llegado a conocer casos de tres maridos con los que han vivido en concubinatos, e incesto. Sucedía, a veces, que, si las personas casadas de ese modo llegaban a cansarse una de la otra, aunque tuvieran hijos, no por ello dejaban de separarse y de buscar partido con otro».

«Había además un gran abuso, que es que los padres en su mayoría casaban a sus hijos antes de la edad núbil. Encontramos algunos que los habían casado a los cuatro o cinco años: uno había casado a su hija de un año con un niño de cinco años. De este desorden nacía otro, que es que muchas veces esos niños, al no sentir nunca afecto el uno por el otro, no podían verse ni tolerarse, por lo que muchos se divorciaban y llegaban a enemistarse y cometer atentados y asesinatos los unos contra los otros».

.«Este era el deplorable estado en que se encontraba aquel pobre pueblo, cuando se envió a unos sacerdotes para que predicaran allí la misión. Y ésta es la manera con que actuamos para poner algún remedio a tantos desórdenes»

«En primer lugar, pusimos toda la diligencia que nos fue posible en instruir al pueblo en las cosas necesarias para la salvación; en ello empleamos casi tres semanas».

2. Hicimos separar a los concubinarios, al menos a todos aquellos que conocimos y que habitaban en aquel lugar. Y el día de la fiesta de san Pedro y san Pablo, patrono de la iglesia donde estábamos, todos aquellos concubinarios, debidamente convencidos del mal estado en que habían estado viviendo y llenos de verdadero sentimiento de penitencia, se pusieron de rodillas al final del sermón, pidieron públicamente perdón por el escándalo que habían dado y prometieron bajo juramento que se separarían. Y habiéndose separado afectuosamente, se presentaron al tribunal de la confesión».

3. «Luego se hizo separar a los que estaban excomulgados, después de haberse presentado con todas las señales de un corazón verdaderamente contrito y humillado a la puerta de la iglesia para recibir la absolución, después de haberles explicado la censura en que habían incurrido, uno tras otro se fueron obligando bajo juramento público a permanecer separados y a no entrar jamás uno en casa del otro, en ninguna ocasión y por ningún motivo; y, por fin, fueron absueltos públicamente, se les recibió en la confesión y poco después se les dio la comunión. Como había algunos eclesiásticos que fomentaban aquellos desórdenes con sus malos ejemplos, cometiendo incestos y sacrilegios con sus sobrinas y otras parientes, quiso la misericordia de Dios tocarles el corazón, tanto por las muestras de caridad que se les dieron, como por medio de las conferencias espirituales a las que asistieron. Todos ellos hicieron su confesión general con todas la demostraciones de una verdadera penitencia, añadiendo a ello las reparaciones públicas por el escándalo que habían dado».

«Pero lo más duro de nuestro trabajo consistió en reconciliar a los enemigos. Puedo decir que «hoc opus, hic labor», ya que la mayor parte de este pueblo vivía enemistado. Estuvimos quince días sin poder conseguir nada, a no ser que un joven perdonó a otro que le había disparado un pistoletazo a la cabeza. Todos los demás se mostraban inflexibles en sus malas disposiciones, sin dejarse conmover por nada de lo que les decíamos. Esto no impidió, sin embargo, que la gente acudiera en gran número a las predicaciones, que continuamos todos los días por la mañana y al anochecer. Todos los hombres venían armados a la predicación, con la espada al cinto y el fusil a la espalda, pues ese es su equipaje habitual. Pero los bandidos y los demás cristianos llevaban, además de esas armas, otras dos pistolas y dos o tres puñales al cinto. Y todas aquellas personas estaban tan llenas de odio y de deseos de venganza que todo cuanto pudiera decirse para curarles de tan extraña pasión no dejaba ninguna impresión en sus espíritus. Hasta muchos de ellos, cuando se hablaba del perdón de los enemigos, se salían de la iglesia, de manera que todos estábamos muy preocupados, y yo más que los demás, puesto que me había encargado especialmente de procurar la avenencia entre los enemigos».

«Finalmente, el día anterior a la comunión general, al acabar la predicación, después de haber exhortado expresamente al pueblo al perdón, Dios me inspiró que tomara en la mano el crucifijo que llevaba sobre mí, y que les dijera que quienes estuvieran dispuestos a perdonar vinieran a besarlo; además, de parte de Nuestro Señor, que les tendía sus brazos, les dije que los que besaran ese crucifijo darían una señal de que querían perdonar y de que estaban dispuestos a reconciliarse con sus enemigos. A estas palabras empezaron a mirarse unos a otros; pero al ver que ninguno se acercaba, hice como que me retiraba y oculté el crucifijo, quejándome de la dureza de sus corazones, diciéndoles que no merecían la gracia ni la bendición que nuestro Señor les ofrecía. Entonces un religioso de la Reforma de san Francisco se levantó y empezó a gritar: «¡Oh Niolo, Niolo! ¿Es que quieres que Dios te maldiga? ¿No quieres recibir la gracia que te envía por medio de estos misioneros, que han venido desde tan lejos por tu salvación?».

Mientras aquel religioso profería esas palabras y otras semejantes, uno de los párrocos a quien le habían matado un sobrino, y cuyo asesino estaba presente en el sermón, vino a postrarse en tierra y pidió que le diera a besar el crucifijo, diciendo al mismo tiempo: «Que se acerque fulano (el asesino de su sobrino) y le daré un abrazo». Después de haberlo hecho así, se acercó otro sacerdote e hizo lo mismo con algunos de sus enemigos que estaban presentes. A aquellos dos le siguió una gran muchedumbre de personas, de modo que durante una hora y media no se vio otra cosa más que reconciliaciones y abrazos. Y para mayor seguridad, las cosas más importantes se ponían por escrito y levantaba acta pública un notario»

«Al día siguiente, que era el día de la comunión, se tuvo una reconciliación general, y el pueblo, después de haber pedido perdón a Dios, se lo pidió también a los párrocos, y, a su vez, los párrocos a su pueblo respectivo, todo ello con gran edificación de todos. Luego pregunté si quedaba alguno que no se hubiera reconciliado con sus enemigos. Enseguida se levantó uno de los sacerdotes y dijo que sí, y empezó a llamarlos por sus nombres. Todos ellos, acercándose, adoraron al Santísimo Sacramento que estaba expuesto y sin ninguna resistencia ni dificultad se abrazaron cordialmente unos a otros, ¡Oh Señor! ¡Cuánta edificación en la tierra y cuánta alegría en el cielo ver a los padres y a las madres que, por amor de Dios, perdonan la muerte de sus hijos, a las mujeres la muerte de sus maridos, a los hijos la muerte de sus padres, a los hermanos y parientes la muerte de sus allegados y, en fin, ver a tantas personas abrazadas a sus enemigos y llorando con ellos! En otros países es muy ordinario ver llorar a los penitentes a los pies del confesor, pero en Córcega esto es un pequeño milagro».

«Al día siguiente de la comunión recibimos una carta diciendo que teníamos que dirigirnos a Bastia, donde nos aguardaba una galera enviada expresamente por el senador de Génova. Sin embargo, todavía tardamos dos días, que empleamos muy útilmente arreglando algunas desavenencias que todavía quedaban. El martes se tuvo una predicación sobre la perseverancia, con tan gran afluencia de gente, que fue necesario hablar fuera de la iglesia. Allí se renovaron las promesas y la protesta de querer llevar una vida verdaderamente cristiana, perseverando en ella hasta la muerte. Y los párrocos prometieron en voz alta enseñar el catecismo y mostrarse más cumplidores de su obligación».

«La lluvia que cayó al final de la predicación nos impidió partir aquel día; por la tarde fui a un lugar distante casi una legua para hablar con dos personas que no habían querido asistir a ningún sermón por miedo a verse obligadas a perdonar a sus enemigos, que habían matado a un hermano suyo. Sin embargo, como su párroco les rogaba que, por lo menos, suspendieran el efecto de la venganza hasta después de haber hablado conmigo, así lo hicieron y quiso nuestro Señor tocarles el corazón con su gracia, de manera que perdonaron la muerte de su hermano. El miércoles por la mañana, después de haberles confesado y dado la comunión, partimos todos juntos acompañados de varios eclesiásticos y personas importantes del lugar, los cuales, en señal de alegría y para darnos algunas muestras de gratitud por los pequeños servicios que les habíamos prestado, disparaban muchos tiros de fusil y de otras armas de fuego, mientras nos embarcábamos».

 

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