Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 1, Sección 4

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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MISIONES DEL SEÑOR VICENTE

SECCIÓN IV: Misiones dadas en el estado de Génov

No sabría empezar mejor a hablar de estas misiones, que presentando el testimonio que ofrece el Sr. Cardenal Durazzo, dignísimo arzobispo de Génova, en una carta que escribió al Sr. Vicente el mes de agosto de 1645 en estos términos:

«Uno de estos meses, al pasar por aquí el Sr. N, he sabido que pertenecía a la Congregación de la Misión, y he utilizado su ministerio en varios lugares de mi 283 diócesis, donde ha trabajado con mucho fruto y bendición para el servicio de Dios, la salvación de las almas y mi satisfacción particular. Pero como me ha dicho que, para obedecer a sus superiores, tenía que volver a París, he accedido a ello, ya que usted ha enviado a otros sacerdotes para continuar con lo que él ha comenzado con tanto éxito. Hay esperanza de que podrá establecerse aquí su Instituto tan piadoso para mayor gloria de su divina majestad. He querido hacerle participe a usted de nuestro consuelo espiritual en este caso».

Pero para hacer ver más en detalle los efectos de la gracia de Dios en estas misiones, presentamos aquí muy sencillamente los párrafos de algunas de las cartas de los misioneros destinados a aquellas tierras por el Sr. Vicente.

Un sacerdote misionero escribiendo al superior de la casa de Génova para darle cuenta de las cosas que han ocurrido en las misiones en donde él había trabajado:

«Dios da grandes bendiciones —le dice— a nuestra misiones, y principalmente a esta última del lugar llamado Chiavari; porque además de los frutos habituales y de las reconciliaciones de personas particulares que han sido muy numerosas, tres parroquias enteras, que anteriormente estaban muy desunidas, se han reconciliado», etc

Dicho superior de la misión de Génova, contando el éxito de otra misión, cuyo nombre no cita, en una carta que escribió al Sr. Vicente el mes de julio de 1646:

«Hemos llegado a estar —le dice — hasta dieciocho confesores. Ha habido más de tres mil confesiones generales y gran número de reconciliaciones de grandísima importancia; gracias a ellas han acabado unas desavenencias que habían causado veintitrés o veinticuatro asesinatos. La mayor parte de los que se habían manchado con ellos, después de obtener el perdón y la paz por escrito de las partes ofendidas, podrán obtener la gracia del príncipe y alcanzar la anterior situación».

La misma persona añade en otra carta que escribió al Sr. Vicente más o menos por ese tiempo, una particularidad que merece ser tenida en cuenta:

«Cuando le escribí —dice— sobre el orden que guardamos en nuestras misiones, me olvidé decirle lo que hacíamos para instruir al pueblo y para aligerar la tarea de los confesores. Tenemos dos jóvenes eclesiásticos, que fuera del tiempo del catecismo enseñan los misterios a todos los que quieren confesarse, y cuando están suficientemente instruidos, les dan una pequeña nota impresa con ese fin, y los penitentes la presentan a su confesor, quien por ese medio está seguro cuando un penitente va a confesarse de que está bastante instruido en las verdades cristianas, y así no se molesta en preguntarles. Eso hace que los confesores adelanten en su trabajo y no hacen esperar tanto a los que están alrededor de los confesionarios».

En otra carta del 6 de mayo de 1647 el mismo superior escribe:

«Ya hemos regresado de la misión de N. Comprendía cinco parroquias, aparte de la asistencia a otras vecinas. Ha habido un gran número de conversiones y confesiones generales, a pesar de la dureza del pueblo, que ha resultado muy difícil de conmover hasta el punto de que casi nos fallaron las ánimos al comienzo. Pero nuestro Señor quiso consolarnos al final de la misión, tocando estos corazones endurecidos y derramando sobre ellos gracias tan abundantes que los que al comienzo no querían escucharnos, al final de la misión no querían apartarse de nosotros. De modo que el día de nuestra partida, al ir a la iglesia a recibir la bendición del Sr. Párroco, acudió todo el pueblo a la Iglesia y se puso a llorar y a gritar «¡Misericordia!», como si marchándonos les hubiéramos quitado la vida. Por eso nos costó mucho escapar de allí».

«Hay muchos de la nobleza de la ciudad de Génova que han venido aquí para asistir a los actos de la misión, quedando muy edificados. El Sr. Cardenal, arzobispo de Génova, ha venido a administrar la confirmación; luego, cuando estaba comiendo con los misioneros y algunos señores que le acompañaban, le envió un obsequio cierto señor de aquellas tierras, pero él se excusó de aceptarlo, diciendo que los misioneros tenían como regla no recibir nada durante la misión, y lo despidió».

Por una carta del 16 de diciembre de 1647 el mismo misionero, al escribirle al Sr. Vicente acerca de otra misión, dice que, entre otras cosas, siete bandoleros se habían convertido; y que un turco, criado de un gentilhombre del lugar, había pedido el bautismo, pero que no se lo habían querido administrar hasta después de estar bien instruido y bien probada su fe

Y en una misión posterior varios bandoleros más se habían convertido también; obtuvieron el perdón y la paz de quienes ellos les habían matado a su padre, o a los hermanos, o a los hijos. Y algunos de esos bandoleros, poniéndose de rodillas a los pies de los ofendidos, habían sido recibidos y acogidos con mucha caridad, y con abundancia de lágrimas derramadas por una y otra parte. En el pueblo de Sestri, donde se estaba dando la misión, el pueblo, que había acudido con asiduidad y docilidad grandísima a todas las instrucciones, exhortaciones y predicaciones que se habían dado, al final dio muestras de tanto afecto a los misioneros que les habían ofrecido aquellos servicios caritativos, que, al saber que iban a marchar, tuvieron como asediada durante dos o tres días la casa de los misioneros, no pudiendo consentir que se marcharan; así que se vieron obligados, para poder escaparse, a partir de noche

Y en otra carta del 10 de diciembre del mismo año 1648 dice que en la misión de L’Avagna había habido aún más bandoleros convertidos y recibidos a la gracia y al perdón

En otra misión dada en enero del año 1650, aunque los habitantes del lugar estaban en la miseria, a pesar de eso les propusieron establecer en la parroquia la Cofradía de la Caridad para los enfermos pobres. Aquella gente hizo tal esfuerzo para contribuir a una obra que creían tan buena y tan santa, que en la primera colecta recogieron quinientas libras de plata, y, además, setecientas libras en fondos y obligaciones.

Se fundó también una Cofradía para los hombres, llamada de la Doctrina Cristiana. Su finalidad era enseñar el «Pater» y el «Ave» y los principios de la fe a los que no los sabían, e ir por la parroquia recogiendo niños para hacerlos acudir al catecismo

Uno de los sacerdotes más antiguos de la Misión, yendo de París a Italia, se encontró con una misión que los de Génova estaban dando en Castiglione en el mes de diciembre de 1650, y le escribió sobre ella al Sr. Vicente en estos términos:

«He visto todos los actos de la misión que se celebra en esta parroquia, y al mismo tiempo en otras siete u ocho de los alrededores. Los pueblos se muestran muy asiduos a la asistencia a los sermones y al catecismo, y dan continuo trabajo a los confesores. Hay que confesar que no ceden en lo más mínimo los otros países, y que hasta los sobrepasan un poco. Dos concubinarios públicos, movidos a penitencia, han hecho confesión pública en la iglesia en medio del sermón, en presencia de un gran gentío. Varios usureros se han obligado por escrito y ante notario a restituir todo lo que les había exigido injustamente a los pobres a quienes les había prestado dinero. La Cofradía de la Caridad ha quedado fundada en esta parroquia y en todas las aledañas. El superior de la misión todos los lunes pronuncia una conferencia a diez o doce párrocos de la comarca. He asistido a una de ellas. Todo marchó muy bien; cabe esperar mucho provecho de ellas para los sacerdotes y para los pueblos».

El superior de la casa de Génova en una carta que escribió al Sr. Vicente el 6 de febrero de 1659:

«Acabamos —le dice— de tener dos pequeñas misiones, a las que Dios ha concedido muchas bendiciones, especialmente a la última».

«La parroquia contaba solamente con doscientos cuarenta comulgantes, en un lugar muy apartado; sin embargo, acudieron a la comunión general más de setecientas personas que habían venido de lugares circunvecinos muy alejados. Entre las reconciliaciones hay que mencionar la de un padre, cuyo hijo había sido asesinado mientras dormía y sin ningún motivo hacía poco tiempo. Varias personas importantes habían intervenido inútilmente para conseguir que perdonara al autor del asesinato; incluso un día antes de su conversión, él mismo me lo había negado, cuando quise hacerle esta misma petición, rogándome que no le hablara jamás de aquello. Pero Dios hizo con su gracia lo que los hombres no habían podido conseguir con sus consejos y exhortaciones; porque, habiéndome atrevido, el día siguiente, a conjurarle de nuevo con súplicas para que concediera ese perdón y esa paz por amor a nuestro Señor, cambió de repente y me concedió lo que le pedía con sentimientos verdaderamente cristianos, que hicieron derramar lágrimas a todos los presentes».

Y en otra misión del mismo año hubo otra reconciliación de un hijo, cuyo padre, de sesenta años, había sido muerto, el cual, no habiendo podido durante todo el tiempo de la misión superar el violento resentimiento de su corazón, ni conceder la paz y el perdón para el que había cometido el asesinato, lo hizo después de terminar la misión y de marcharse los misioneros. La semilla de la palabra de Dios, que había sido sembrada en su corazón por medio de las exhortaciones y las predicaciones que había escuchado, finalmente produjo su fruto, aunque un poco tardío, lo suficientemente pronto para hacer ver una muestra notable de la divina misericordia en aquel lugar.

 

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