Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 1, Sección 3

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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MISIONES DEL SEÑOR VICENTE

SECCIÓN III: Relaciones de los frutos logrados en las misiones dadas en Italia

§. I En varios lugares de los alrededores de Roma

Pasaremos de Francia a Italia, y nos acompañarán los misioneros que el Sr. Vicente, como lo hemos dicho en su vida, envió para que se establecieran en la primera ciudad de la cristiandad. Allí, habiendo sido favorablemente acogidos por el Soberano Pontífice, Urbano VIII, de felicísima memoria, hallaron donde ejercer su celo acostumbrado, siguiendo las órdenes que les habían dado de parte de Su Santidad, no sólo en el recinto de Roma por las ordenaciones, conferencias espirituales, retiros y otros servicios caritativos que prestan a los eclesiásticos, sino también en las misiones a las que han sido invitados en varios sitios, tanto de los alrededores de la ciudad, como en el resto de Italia

Hablaremos en primer lugar de una especie de misión muy extraordinaria, y tan difícil como caritativa, en la que empezaron a trabajar hace veinte años y continúan hoy: me refiero a los pastores de vacas y de ovejas

Y para que los que no han estado en Roma se hagan una idea más clara de lo que vamos a decir sobre este tema, hay que saber que esta gran ciudad está como en medio de un pequeño desierto, es decir, que en cuatro o cinco leguas a su alrededor, no hay ni pueblos ni aldeas. Ello es debido, no tanto a la naturaleza del terreno, que es bastante bueno, cuanto a la calidad del aire que allí es malsano. Por esta razón no se encuentran personas trabajadoras que lo cultiven, porque no pueden vivir allí. Por eso las tierras quedan sin cultivar, y abundan los pastos para el ganado, que acude de todas partes para pasar allí el invierno; y en primavera lo vuelven a llevar al reino de Nápoles y a otros sitios de donde han venido, de modo que los hombres que lo guardan viven cinco o seis meses en estos campos desiertos, sin oír casi nunca la santa misa ni recibir los sacramentos. Por eso, no tienen mayor preocupación, porque la mayor parte son gente ruda y muy poco conocedores de las obligaciones del cristiano. Van todos los días de un lado a otro, separados unos de otros, con el fin de llevar sus rebaños a pacer. Y por la noche los encierran en unas majadas y junto a ellas levantan unas cabañas portátiles, adonde se retiran habitualmente diez o doce pastores juntos, y alguna vez, más de doce en cada una.

El Sr. Vicente, que siempre trató de atender a las necesidades de las almas más abandonadas, cuando supo el estado en que se hallaban aquellos pobres pastores la mayor parte de su vida, recomendó especialmente a los sacerdotes que destinó a Italia, que socorrieran a aquella pobre gente, y le dieran el pasto espiritual, mientras ellos se dedicaban a dar el corporal a sus rebaños. Sentía tanta compasión por ellos y tantos deseos de que los atendieran, cuanto que él honraba con mayor devoción en sus trabajos, aunque bajos y viles según los hombres, a una de las más excelentes cualidades del Salvador del mundo, llamado por excelencia en el Evangelio el «Buen Pastor», y que le ha transmitido esa cualidad a todos los que ha confiado la dirección de su redil, que es la Iglesia, y, particularmente, al que es el primero y la Cabeza de todos los fieles, a saber, el Soberano Pontífice.

Aquellos buenos misioneros, habiendo recibido el encargo de parte de su Padre, y guiados además por su propio celo, estuvieron pensando cómo podrían trabajar en la instrucción de los pobres pastores. Antes de nada vieron que no había forma de reunirlos en ninguna iglesia para predicarles y catequizarles, como se hace en otras misiones, dado que ellos no podían decidirse a dejar nunca solos a sus rebaños, y tampoco sería razonable exigirles eso por los inconvenientes que se podrían seguir. Pero la caridad les sugirió la solución para aquella coyuntura, que era la de ir a esperarlos todos los días al anochecer, cuando volvían a sus cabañas, y pasar la noche con ellos y así tener ocasión de hablarles e instruirlos. La Cuaresma les pareció a su vez el tiempo más propicio para obtener de ellos una fácil audiencia. Siguiendo esa determinación, se dividieron para lograr más fruto, y acudió un sacerdote a cada cabaña. Allí esperaban, al anochecer, la vuelta de los pastores, y allí trataban de insinuarse mansamente en sus espíritus, diciéndoles en primer lugar que no venían a pedirles nada, sino más bien para hacerles bien, y les pedían que, a tal fin, aceptaran que pasaran la noche hablándoles de las cosas necesarias y útiles para la salvación, instruyéndolos en las principales verdades de la fe, y sobre las disposiciones requeridas para recibir dignamente los sacramentos, especialmente los de la Penitencia y de la Eucaristía, como también la forma de vivir bien y cumplir los deberes de un cristiano. Y cuando llegaba el momento del descanso, les hacían rezar, e inmediatamente se acostaban junto a ellos sobre las pieles de oveja, y a menudo, sobre la tierra desnuda. Después de haber tenido en diferentes ocasiones aquellas enseñanzas, viéndolos suficientemente preparados, los recibían en el sacramento de la Penitencia, y les invitaban a hacer confesión general de noche o de día, según su propia conveniencia. Y cuando habían cumplido con el oficio de caridad en todas las cabañas de los alrededores, los juntaban a todos un día de fiesta, o un domingo, en la capilla más próxima, pues hay varias en estas extensas campiñas; y allí celebraban la santa misa, les hacían una exhortación, y les daban a todos la sagrada Comunión. Después de ese acto, aquellos pobres pastores, a imitación de los que fueron a adorar a Jesucristo en el pesebre, se volvían alabando y glorificando a Dios, y dándole gracias por la misericordia que había tenido con ellos, por medio de aquellos buenos misioneros, que aún ahora acuden de vez en cuando a ofrecerles su caritativa asistencia.

Aunque todos esos actos de caridad para con los pobres pastores, unidos a todos los demás trabajos que la ciudad de Roma ofrece a los misioneros ocupan una gran parte de su tiempo, sin embargo, eso no les ha impedido extender su celo a todos los lugares de la campiña de Roma y de las diócesis vecinas, y aún a otras diócesis más lejanas, en donde han predicado misiones que no han producido menores frutos que las de Francia. No pretendemos hablar aquí de todas, ni tan siquiera de la vigésima parte de las que se han dado, sino solamente de algunas más notables, para darle al lector una ligera idea de las ventajas espirituales que los pueblos de estas provincias han recibido y reciben todavía hoy todos los días, con la ayuda de la gracia divina, del celo del Sr. Vicente y de los trabajos de sus hijos espirituales.

El año 1642 el superior de los misioneros de Roma escribiendo al Sr. Vicente sobre este asunto:

«Hemos dado —le dice— una misión en un lugar, cuyo nombre vamos a omitir; es un pueblo amurallado, de tres mil habitante más o menos, en el camino de Roma a Nápoles. La misión ha durado un mes; durante ella hemos hallado miserias y desórdenes espantosos. La mayor parte de los hombres y de las mujeres no sabían ni el «Pater» ni el «Credo», y mucho menos las otras cosas necesarias para la salvación. Había un gran número de enemistades inveteradas; las blasfemias eran frecuentísimas, pero eran blasfemias que infundían horror. Varias personas de toda clase y condición vivían en concubinato; había varias mujeres públicas y disolutas, que corrompían a la juventud; y, además de todo eso, hemos encontrado mucha oposición y resistencia, y el maligno espíritu nos ha lanzado violentos ataques de quienes debían apoyarnos más. En fin, esta misión ha sido un sufrimiento para nosotros. No existía humildad capaz de ganar el corazón de aquella gente, porque creían que su honor perdería con instruirse y convertirse, y no había forma de hacer las paces con ellos, sino dejando de predicar y de confesar. A pesar de todo, después de quince días de paciencia y de perseverancia en nuestros actos y funciones ordinarias de misiones, los pueblos han empezado a abrir los ojos y a conocer sus desórdenes y, al final, la gracia de Dios ha producido grandes bienes. Ha habido cantidad de reconciliaciones, las enemistades han desaparecido y las blasfemias han cesado. Cuatro mujeres perdidas se han convertido, y entre los concubinarios uno de los más obstinados que vivía desde hacía doce años en público adulterio y creaba mucho desorden en su familia y escándalo en el pueblo, se ha convertido, ha dejado el pecado y ha roto con la ocasión»

«Otro gran fruto entre los que se recogen habitualmente en misiones es tener que arrancar un pecado abominable que no se suele nombrar, al cual estaban extraordinariamente sometidos. Se ha hecho la comunión general con gran preparación, y todos han quedado conmovidos al oír el llanto y los gemidos, al ver las lágrimas de las almas convertidas. Y finalmente, a pesar de todos los esfuerzos del maligno espíritu, esta misión ha terminado con gran bendición»

Otro sacerdote de la misión de Roma escribió el año 1654 una carta en la cual, después de hablarle de varias misiones en la diócesis de Sarfina, en la Romaña, y de todo lo que de más notable había sucedido, añade lo siguiente:

«En la última misión que tuvimos en las montañas más altas de los Apeninos nos encontramos con un desorden general, que a pesar de ser cosa ordinaria en la Romaña, es sin embargo mucho mayor en aquellos lugares apartados. Toda la juventud, muchachos y muchachas, se entretienen en amoríos locos y vanos, muchas veces sin ningún deseo de casarse; y de eso no se confiesan de ordinario, así como tampoco de los malos efectos que de ello se siguen, que son los entretenimientos peligrosos en los que pasan con frecuencia una parte de la noche; esto acontece especialmente en vísperas de fiesta. Siguiendo con estos malos afectos de unos con otras, ni siquiera tienen respeto a las iglesias, adonde no van casi nunca si no es para entretenerse con las miradas y gestos inmodestos. Aparte de los malos pensamientos y de otros desórdenes interiores, llegan a veces a caídas muy escandalosas, que, sin embargo, no logran hacer a los demás precavidos ni a los parientes más avisados para evitar cosas semejantes».

«Habiendo conocido por casualidad estos abusos y todas estas peligrosas y molestas consecuencias, hablamos en nuestras predicaciones de esta cuestión lo más fuertemente que pudimos a fin de acabar con todo eso. Pero el mal parecía incurable, y no faltaban buenas razones para pensar así; esto nos daba mucha pena. Más, al fin, con la gracia de Dios, pusimos remedio negando la absolución a todos los que no veíamos muy decididos a renunciar absolutamente a todos esos locos amoríos. Eso les ha impresionado mucho y ha sido el motivo de que casi todos se rindieran. Les leí públicamente en Italiano un capítulo del libro de Filotea, que trataba de este defecto y que les descubría las faltas que cometían, como si el autor lo hubiera escrito expresamente para ellos. Muchos demostraron con lágrimas el dolor por su pasado y disposiciones para el provenir. ¡Quiera Dios concederles la perseverancia!»

«En fin, señor, aunque al principio los párrocos de aquellos lugares nos tenían por espías y nos hicieron pasar ante los ojos de aquellos pueblos por personas sospechosas, al ver, sin embargo, la sencillez de nuestra conducta, el respeto que les mostrábamos, nuestra manera de actuar en las misiones y principalmente que no teníamos nada de interés, empezaron a tenernos más afecto y puedo decirle que nos hemos ganado sus corazones. Muchos de ellos nos lo han demostrado incluso con lágrimas»

§. II En los obispados de Viterbo, de Palestrina y otros sitios

Un sacerdote de la misión de Roma escribiendo al Sr. Vicente, el mes de diciembre de 1655, a propósito de lo que sucedió en una misión dada en el obispado de Viterbo:

«El Sr. Cardenal Brancaccio —dice— nos hizo el honor de llamarnos a Viterbo, de donde es obispo, y nos envió a Vetralla, pueblo importante de su diócesis, a dos jornadas de Roma. Al llegar allí, aunque tropezamos con muchas dificultades en nuestro humilde trabajo, conseguimos oír a mil setecientas personas en confesión general, que demostraban estar muy impresionadas y arrepentidas. Lo que me parece que contribuyó más a conmover a aquel pueblo es lo que aparentemente debía tener menos efecto, a saber: 1º. La explicación de los actos del cristiano, que teníamos todas las mañanas a la salida de la primera misa; 2º. La instrucción familiar que se tenía luego sobre los principales misterios de la fe, y sobre el modo de confesarse bien; 3º. El examen general que hacíamos en voz alta, con las oraciones ordinarias al anochecer, inmediatamente después de nuestra predicación. Pero lo que causó impresión en sus espíritus fue una reprimenda muy seria que les hizo nuestro predicador al final de su exhortación para la preparación a la comunión, diciéndoles de parte de Dios que nadie tuviera el atrevimiento de acercarse a la sagrada mesa sin haberse reconciliado previamente con sus enemigos. Y creo que esa exhortación, animada como estaba del espíritu de Nuestro Señor, obró más fruto que todo lo demás, sobre todo respecto a la reconciliación de quienes se tenían un odio mortal y las restituciones notables que se hicieron, ya que desde aquella predicación ni se ha visto ni oído ya más que de los arreglos que se llevaban a cabo y del perdón que se pedían unos a otros con lágrimas en los ojos, no sólo en las casas, sino en medio de la calle, y especialmente en la iglesia delante de todo el mundo. Lo mismo se hacía en lo referente a la restitución de los bienes mal adquiridos y en el pago de las antiguas deudas abandonadas, y todo ello de forma pública y sin preocuparse para nada de la propia reputación»

«Si me pusiera a referir aquí todos los casos particulares que hemos visto y oído sobre este tema, tendríamos demasiadas cosas que decir; solamente referiré tres o cuatro de las principales. La primera tuvo lugar durante la procesión: en ella, cuando uno de nuestros sacerdotes iba poniendo a los hombres de dos en dos para hacerles ir ordenadamente, la Divina Providencia dispuso las cosas de tal manera que dos habitantes de aquel lugar, que se tenían un odio muy arraigado desde hacía años, se vieron colocados por casualidad uno junto al otro, y caminaron incluso durante algún tiempo los dos juntos sin que ninguno de ellos se diera cuenta; pero, cuando se reconocieron, Dios les tocó el corazón tan fuertemente, que en un instante su odio tan vivo se trocó en una sincera amistad y sus corazones se encontraron en tal disposición que, derramando lágrimas, se abrazaron y se pidieron perdón, delante de toda la concurrencia, y con unas palabras tan cordiales que todo el mundo se llenó de admiración y de consuelo».

«El segundo caso fue el de cierto vecino de aquel mismo lugar, que desde hacía mucho tiempo le debía a otro 400 escudos y nunca se los había querido pagar, aún cuando a veces se le presionó por medio de la justicia y hasta con sentencia de excomunión, de modo que ya no quedaba esperanza alguna para su fiador. Mas, se sintió de pronto tan impresionado que en aquel mismo instante le pagó los 400 escudos, y desde entonces siguen siendo buenos amigos».

«El tercero fue que un rico avaricioso, que, desde hacía bastante tiempo, le debía 100 escudos a un pobre hombre que había acabado perdiendo todas las esperanzas de cobrar su dinero, de pronto se sintió tocado por Dios, y sin que nadie se lo pidiera, puso en práctica casi lo de Zaqueo: le devolvió al pobre hombre tres o cuatro veces más de lo que le debía, dándole una casa y una viña, con lo que pudo arreglarse toda su familia».

«En fin, el cuarto caso fue el de un padre que, habiendo concebido y fomentado en su corazón durante cerca de tres años un odio mortal contra otra persona que había querido matar a su hijo y hasta le había herido en un brazo, dejándolo mutilado y obligándole además a gastar mucho dinero para que se pudiera curar, a pesar de eso y del resentimiento que le guardaba, llevó a cabo dos acciones dignas de un verdadero cristiano: la primera, perdonó de corazón a su enemigo, el cual había intentado asesinar a su hijo; y la segunda, dispensó y perdonó voluntariamente todos los gastos que podía haberle exigido, a pesar de que antes de aquella misión hubo muchas personas que intentaron reconciliarlos y buscar un arreglo sin haber conseguido nada».

«Esta es una parte de los frutos de esta misión, de la que se puede decir con verdad que produjo efectos maravillosos por la mano omnipotente de Dios, pues los obreros que trabajaban en ella no eran, ni mucho menos, capaces de obrar esas maravillas con unos medios tan débiles como los que hemos referido. Esto es lo que me da motivos para decirle lo mismo que en otro tiempo decían aquellos que veían los milagros que hacía Moisés en presencia del faraón: «Digitus Dei est hic»: es el dedo de Dios el que hace estas cosas admirables, y no la elocuencia ni la ciencia ni la sabiduría ni el poder de los hombres. Quizás ha sido por esto por lo que la Divina Providencia no ha querido que nuestro prelado y eminentísimo cardenal asistiera a nuestra misión, como nos lo había hecho esperar, al haberse roto una rueda de su carreta cuando ya se había puesto en camino para venir; pues, si nos hubiera hecho ese honor, quizás se hubiera atribuido a su presencia y autoridad la gloria de estas maravillas, que Dios ha querido reservarse solamente para El».

El mismo sacerdote misionero cuenta en una de sus cartas el éxito de otra misión que se dió el mes de enero del año siguiente. En ella habla de esta manera:

«En la misión que acabamos de dar en Breda hemos observado una gran asistencia del pueblo a nuestros sermones y catecismos, a los que asistían con tantos deseos de aprovecharse que todo lo que escuchaban causaba una viva impresión en sus corazones, de manera que los veíamos luego instruirse y exhortarse los unos a los otros. Toda la mañana del día de la comunión se pasó en medio de reconciliaciones y abrazos, que se hacían unos a otros. Ahí se veía manifiestamente la fuerza de la gracia de Dios, ya que los más distinguidos del lugar, tanto hombres como mujeres, dejando aparte todos los respetos humanos, no ponían ninguna dificultad en humillarse ante los más pobres, y en pedirles perdón por las faltas que habían cometido contra ellos. Pero cuando llegamos a la predicación, que se tuvo inmediatamente antes de la comunión, los corazones se enternecieron de tal modo que faltó muy poco para que algunos no cayeran desvanecidos. El que estaba predicando se vio obligado a interrumpir por dos veces su sermón, y a dejar de hablar para detener las lágrimas y los suspiros de este pueblo. Acabada que fue la predicación, un sacerdote de aquella tierra se adelantó hacia el altar mayor, y postrado en tierra, pidió en voz alta perdón, por la vida escandalosa que había llevado, en primer lugar a Dios y luego al pueblo; la gente, extraordinariamente impresionada por aquel ejemplo, se puso a gritar en voz alta: «Misericordia».

«El demonio, envidioso de tan grandes éxitos, se esforzó en impedirlos perturbando el buen orden y la disposición del pueblo en la procesión que tuvo lugar después de vísperas, a causa de la precedencia entre algunas cofradías de penitentes establecidas en la parroquia. Pero Dios, por su bondad, impidió aquel desorden, pues en medio de la disputa alguno indicó que el predicador había dicho que les tocaba la precedencia a los penitentes vestidos de blanco; y entonces, por el gran respeto que todo el mundo sentía a cuanto viniera de él, hizo que todos acataran aquella palabra, sin meterse en más discusiones. De este modo la procesión transcurrió con mucha piedad y con una especial edificación de todos».

«Creo que no debo omitir aquí una cosa que sucedió. Le exhortamos al pueblo a comprar una cruz de plata para su iglesia, y no hubo ni una sola persona que no quisiera participar en tan buena obra, de manera que todos hicieron un esfuerzo por contribuir a ella, y se logró recoger una cantidad superior a cien escudos, que era mucho más de lo que se necesitaba».

En cuanto al obispado de Palestrina, la relación de las misiones que se predicaron el año 1657 nos dice que la primera se dio en un pueblo grande de mil doscientos comulgantes, llenos todos de enemistades y, si hemos de hablar con propiedad, todos ensangrentados por los frecuentes homicidios que se cometían, pues llegan hasta setenta en tres años. Este pueblo, aunque era cruel y habituado a los crímenes, a pesar de eso, gustó la palabra de Dios, acudió con exactitud a los actos de la misión que duró un mes, y, al final, usó tan bien de ella que casi todos hicieron confesión general, y se reconciliaron perfectamente con Dios y con sus enemigos. Hemos visto a varios que habían estado diez o quince años sin querer hablarse, que lo han hecho de buena gana en dicha ocasión. Una viuda, cuyo marido había sido asesinado, y que había negado la paz a sus enemigos, a pesar de todos los ruegos que le hicieron, entre otros el Sr. Cardenal Colonna, señor de dicho lugar, para que se la concediera, quedó tan conmovida por una predicación, que sin ninguna reconvenón previa hizo llamar al Sr. Párroco y al notario, y se reconcilió, concediendo el perdón con gran alegría.

Otra viuda, que se había manifestado tan difícil en perdonar a un hombre que había matado a su marido, le perdonó también de muy buena gana en esa ocasión, y decía que jamás había sentido tal consolación en todo el tiempo de su vida. Después de eso algunos de sus parientes, como le hubieran querido recordar que no debía haber perdonado ni tan fácilmente ni tan pronto, para manifestar mejor su amor hacia su marido difunto, les respondió que quería salvar su alma, y que si no lo hubiera hecho, lo haría aún de buena gana.

Un joven, que tenía un brazo mutilado por un enemigo suyo, a quien no quería ni ver, habiéndole encontrado a la salida de una predicación en la plaza pública, se puso de rodillas, y levantándose lo abrazó con tanto afecto y cordialidad, que su ejemplo y su palabra sirvieron muchísimo para mover a otras personas a perdonar las injurias que habían recibido.

Pero la más importante de todas las reconciliaciones realizadas en esta misión, y donde más manifiestamente ha aparecido el efecto particular de la gracia de Dios fue la que se consiguió entre dos de las principales familias del pueblo, entre individuos de una de las familias, que habían matado a uno de otra familia y herido gravemente a su hermano. Ese hecho de tal modo enfureció a los hermanos que quedaban vivos y que eran muy crueles, que decidieron exterminar a aquella familia, pues algunos miembros de ella habían cometido el asesinato, y uno de los hermanos, para vengar la muerte del otro, había matado, después de tres años, a diez personas inocentes. Esta reconciliación era muy difícil de lograr, tanto porque las ofensas eran recientes, como porque los que querían cometer el asesinato andaban recorriendo todo el día por el campo de miedo a que los pudiera coger la justicia, y sólo volvían a casa por la noche, así que era muy difícil hablar con ellos. Además, estando como estaban tan enfurecidos no había ni traza de poder doblegar sus corazones; uno de ellos llegó a decir que no quedaría contento hasta que hubiera matado a todos los de la otra familia. Sin embargo, a pesar de todas esas dificultades, y después de varias tentativas, Dios quiso que se lograra aquella buena obra por un efecto singularísimo de su gracia. El predicador de la misión había ido a buscar, en un lugar apartado, a los que querían cometer los asesinatos, y después de hablarles durante unos cinco minutos, les suplicó en nombre de nuestro Señor Jesucristo, al tiempo que los abrazaba cordialmente, que perdonaran e hicieran las paces. E inmediatamente el principal de ellos, vivamente emocionado por sus palabras, se quitó el sombrero, y levantando los ojos al cielo, bañado en lágrimas, le dijo: «Prometo a Dios y a su Reverencia la paz, y quiero hacerla». Dicho eso, se retiró para llorar con más libertad. Después convino en hacer las paces el día siguiente; pero aparecieron nuevos obstáculos y tan grandes que se creía que se iba a estropear todo. Pero se le comunicó que se había acudido a la Santísima Virgen,por cuya poderosa intercesión todos los impedimentos quedaron superados e hicieron las paces con tanta bendición, que la mayor parte de los habitantes que habían venido a la iglesia para admirar un acto tan hermoso, lloraba de alegría, bendiciendo a Dios, porque veía a los ofendidos y a los ofensores abrazarse con tanto afecto. Un anciano dijo a un joven de la parte contraria, a quien odiaba antes a muerte: «Quiero ante todo tenerle por hijo», a lo que el otro le respondió: «Y yo le tendré por mi padre».

Sería demasiado largo contar al detalle todos los arreglos y todas las reconciliaciones que se hicieron en esta misión. La división de los corazones era casi general en aquel lugar, porque la ofensa que se hace a un particular se extiende a todos sus parientes, y su enemistad recíprocamente a toda la parentela de quien ha ofendido, de modo que llegan a no hablarse entre sí, ni a saludarse nunca más unos a otros. Mas, por la misericordia de Dios, no hemos sabido, que, al terminar la misión, haya quedado alguno enemistado: todos se han reconciliado verdadera y sinceramente.

Otro equipo de misioneros había ido a trabajar a las parroquias que dependían de la Abadía de Subiaco. Dieron allí cuatro misiones a las que Dios concedió grandísimas bendiciones, tanto en razón de las reconciliaciones por las que varias enemistades habían quedado superadas, como por los remedios que se pusieron a las malas amistades y a varios escándalos públicos. Por no repetir, aquí solamente referimos lo sucedido en una de las parroquias. Tres mujeres públicas pidieron públicamente perdón en la iglesia a todo el pueblo por el escándalo que le habían dado en el pasado. En cuanto a la blasfemia, como reinaba en gran manera en aquel lugar, todos acordaron firmemente evitar aquel funesto pecado, y varios convinieron entre sí, que si alguno de ellos profería blasfemias en el juego, perdería la partida, o bien pagaría cierta cantidad de dinero que sería distribuida entre los pobres; pero otros acordaron abandonar por entero el juego, lo cual es mejor y más seguro. Y porque los días de fiesta el pueblo, en la mayor parte del tiempo, estaba ocioso sin saber a qué dedicarse, aceptaron con mucha docilidad y afecto el consejo que les dieron de hacer comprar un salterio grande y un antifonario para cantar las vísperas en sus iglesias los días de fiesta y domingos. Y además, algunos libros espirituales, a saber, la Vida de los Santos, las obras de Granada y otros parecidos, para hacer, esos días, reunidos en la iglesia, una hora de lectura espiritual.

En otra relación enviada por el superior de los Sacerdotes de la Congregación de la Misión de Roma se dice, al hablar de las últimas misiones dadas en sitios que no nombra, que Dios ha derramado sus bendiciones habituales: han cesado los escándalos, se han eliminado lo concubinatos, las mujeres públicas se han convertido, las ocasiones de los pecados deshonestos, muy frecuentes en aquellos sitios, han desaparecido, y ha habido tal cantidad de arreglos de desavenencias y pleitos tanto civiles como criminales, que sólo en una misión un notario inteligentísimo estuvo ocupado seis días escribiendo los acuerdos realizados. Hemos logrado terminar con contratos usurarios y revocar algunas enajenaciones de los bienes de la iglesia, que se habían hecho injustamente. Y no sólo los vicios y los desórdenes han quedado suprimidos, sino que también se ha plantado en los corazones el gusto por la virtud, y se han puesto en uso todas las clases de buenas obras, especialmente las de la caridad. Ahí van dos o tres ejemplos.

Al final de una de las misiones, el médico de uno de los lugares en que se habían dado, movido por un impulso de caridad, se ofreció a no quedarse durante tres años, con nada de todos sus honorarios, a condición de que el celemín de trigo que cada casa tenía que darle todos los años, se fuera acumulando a lo largo de esos tres años con el fin de hacer un monte de piedad de unos cien sextarios de trigo, que servirían para prestar a los pobres; cosa que quedó decidida con el consentimiento de los habitantes.

En el mismo sitio, un oficial, al ver que los niños estaban poco instruidos por no haber una persona capaz de enseñarles, se obligó a dar todos los años una gran parte de su sueldo que serviría de salario para un buen maestro.

La comunidad de los habitantes del mismo lugar eligió a dos protectores de los pobres. Su oficio consistía en impedir que los pobres fueran gravados injustamente con impuestos por ciertos daños que los arrendatarios del señor pretenden a veces que les han hecho. Y también eligieron a un depositario de los muebles de los pobres que los policías exigen al aplicar la ley; dichos muebles, por no haber depositario, casi siempre se perdían para los pobres.

Vemos ahora una pequeña muestra de los excelentes frutos que el Sr. Vicente ha hecho nacer en Italia por el ministerio de los sacerdotes de su Congregación establecidos en Roma. Hemos hablado de lo que sucedió en ocho o nueve misiones, aunque se hayan dado más de doscientas en los veinte años que llevan en la ciudad capital de la cristiandad. Pero hemos creído que basta con eso para dar a conocer la abundante gracia, que Dios quería derramar sobre todos los proyectos de su fiel siervo, y sobre lo trabajos y las ocupaciones que Dios había puesto bajo su dirección.

Concluiremos este capítulo con un párrafo de una carta que el Sr. cardenal Spada escribió desde Roma al Sr. Vicente, el año 1651, donde le habla en estos términos:

«El Instituto de la Congregación de la Misión, del que usted es Fundador y Superior General, adquiere cada día mayor crédito y fama por aquí. Me han servido mucho y bien en mi ciudad y en toda la diócesis de Albano, donde he visto los frutos extraordinarios conseguidos en estos pueblos, sus buenos sacerdotes han trabajado con tanto esfuerzo, caridad, desinterés y prudencia, que todos se han quedado sumamente edificados. Es mi deber darle gracias por ello, como lo hago, asegurándole que lo hago con un sentimiento especial, y que no dejaré de publicarlo para el bien y la propagación de ese santo Instituto, siempre que se me presente la ocasión», etc.

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