Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 1, Sección 2

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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MISIONES DEL SEÑOR VICENTE

SECCIÓN II : Relación de los frutos más considerables de algunas misiones particulares dadas en diversos lugares de Francia

 

§. I En la diócesis de París

Por el Sr. Vicente hemos conocido el fruto muy considerable de una misión en una aldea de la diócesis de París. El es quien la relata a la Comunidad para moverla a dar gracias a Dios

«Ruego a la Compañía —le dice— que agradezca a Dios las bendiciones que ha derramado sobre las misiones que acaban de terminar, y particularmente la de N., que han sido notables. Existía en esta parroquia una singular división: los habitantes sentían una gran aversión contra su párroco, y el párroco por su parte, estaba resentido por el mal trato recibido de sus feligreses. Por esa razón, los había llevado a pleito, y hasta había hecho meter en la cárcel a tres o cuatro de los principales, porque habían llegado hasta el extremo de poner las manos sobre él dentro de la iglesia, o sobre alguno de los suyos. La mayor parte de los feligreses ni siquiera querían oír misa, y se salían de la iglesia, cuando lo veían subir al altar. El escándalo era mayúsculo; yo no había visto una cosa semejante. Aseguraban que no acudirían nunca a confesarse con él, y que en la fiesta de Pascua no comulgarían».

«Al verse reducidos a tal estado, algunos de ellos vinieron aquí, hace ya algún tiempo, para rogarnos que fuéramos a darles una misión. La hemos dado, y por la misericordia de Dios, todos han entrado en el buen camino. Pero lo que más nos mueve a bendecir y a dar gracias a Dios es que se han reconciliado perfectamente con su pastor, y que ahora se hallan en una gran paz y unión; por eso, están contentos de una y otra parte, e igualmente agradecidos. Porque diez o doce han venido aquí a darnos las gracias de parte de toda la parroquia, y me han contado tantas cosas buenas de la misión, que me ha costado creerles».

«¿Quién es el que ha hecho eso? Señores, únicamente Dios. ¿Dependía de los hombres conseguir aquella reconciliación? Seguro que, aunque todo un parlamento hubiera intentado una pacificación tan difícil entre unos individuos tan acalorados, apenas hubiera podido tener éxito, ni siquiera en lo que se refiere al orden externo».

«Es Dios el autor de esa buena obra, y a quien debemos darle gracias. Les ruego, señores, que hagan eso con todo el fervor que puedan, y, además, pidan a su Divina Bondad, que dé a la Compañía el espíritu de unión y el espíritu unitivo, que no es otro que el Espíritu Santo, a fin de que, estando siempre unida, pueda unir a los externos, ya que hemos sido fundados para reconciliar las almas con Dios, y los hombres con los hombres»

Veamos ahora el resultado de otra pequeña misión predicada en la parroquia de N., cercana a París, que sólo tiene trescientos comulgantes. En ella se han llevado a cabo nueve cosas diferentes, dignas de ser destacadas, y que servirán para hacer ver la utilidad de las misiones, que de ordinario hacen las mismas cosas en todos los sitios pues se encuentran con las mismas necesidades

1. Los mayordomos de las parroquias, que suelen ser elegidos dos cada año, y que desde hacía diez o doce años no habían rendido ninguna cuenta, retenían en su poder varias cantidades pertenecientes a la iglesia y a la fábrica, fueron advertidos de la injusticia que cometían, y han presentado las cuentas, y pagado todo lo que debían

2. Varios particulares que guardaban desde hacía mucho varios títulos y papeles de la iglesia, los han traído y entregado, y los han puesto en un arca cerrada con tres llaves

3. Han cesado varios concubinatos, y los concubinarios se han separado, o bien, se han marchado fuera de la parroquia

4. Todos los habitantes, hombres, mujeres y niños, han recibido con tanto fruto la semilla de la palabra de Dios, y han venido con tanta asiduidad a los actos de la misión, que no han perdido ninguna predicación de la tarde, ni de la mañana, ni tampoco la catequesis que se daba después del mediodía; asistían con una atención maravillosa

5. Aunque eran pobres, han encargado un tabernáculo y regalado un copón y un cáliz de plata. El que se usaba era de estaño

6. Han reparado en parte la iglesia, amenazada como estaba de una ruina total y próxima. Y además, han tomado la resolución de rehacerla del todo, aunque todo esto les suponga cuando menos doce mil libras

7. Todos los pleitos y desavenencias han quedado arreglados, de forma que no hay ninguno, que se sepa, y han llegado a un acuerdo tan a lo cristiano, que llegaron a pedirse perdón de rodillas unos a otros

8. Todos los enfermos pobres han sido visitados, socorridos y asistidos corporal y espiritualmente

9. Finalmente, todos los habitantes han hecho la confesión general buena y lealmente, y han cumplido con sus otras obligaciones, y durante el tiempo de la misión han quedado no solamente muy bien instruidos y muy consolados en su interior, sino también con una verdadera disposición y resolución de vivir cristianamente en el futuro

No seguiremos aquí relatando en detalle los éxitos de las otras misiones, porque sería demasiado prolijo y estaría sujeto a repeticiones. Nos contentaremos solamente con señalar las principales circunstancias de las que se ha tenido conocimiento por el testimonio de los misioneros y de otras personas fidedignas

§. II En la diócesis de Saintes

El Sr. Vicente destinó a unos sacerdotes de su Congregación a trabajar en las misiones en la diócesis de Saintes, hacia el año 1634. Una persona muy piadosa le escribió lo siguiente:

«Nuestro Señor bendice más de lo que pudiera creerse la misión de Saintonge. Ha habido cantidad de conversiones de costumbres y de religión; pero lo que hace admirar más el trabajo de los misioneros es que hacen ver al pueblo la hermosura de la religión católica según el método habitual que usan, sin disputar. Eso hace que varios herejes se hayan convertido. La señora de N. me ha dicho que ve a estos buenos misioneros como a los Obreros de la primitiva iglesia, por lo que han contado los que vienen de allí, tanto católicos como herejes».

Hubo otros sacerdotes misioneros enviados a la misma diócesis de Saintes por el Sr. Vicente el año 1640, a petición del difunto Sr. de Raoul, entonces obispo de dicha ciudad, y que con su clero los ha establecido en dicha ciudad. Dios ha querido dar su bendición a las misiones que predicaron en esa diócesis; consiguió muchos bienes según el testimonio de los Obreros, que ha sido confirmado por varias cartas de ese buen obispo

«Estamos —dice un misionero en una de sus cartas— terminando nuestra misión de N., que ha durado siete semanas. No me atrevería a enviarle las bendiciones que hemos recibido por miedo a quedar demasiado satisfecho. Todo se reduce a decir que esta parroquia, que era la de peor fama de todo Saintonge por las enemistades, las discordias, los asesinatos, y por otras abominaciones que se cometían, ahora por la misericordia de Dios ha cambiado totalmente, y ha hecho una reparación pública de todos los escándalos dados por ella. Ha acudido muchísima gente a todos los actos de la misión, incluso a la catequesis; las divergencias se han apagado, los rencores se han disipado, y ha habido reconciliaciones sin que hayamos intervenido nosotros. Atribuimos todas esas gracias a la Bondad de Dios, y a los méritos de la Santísima Familia de Nuestro Señor, a la que hemos dedicado esta misión. Los habitantes de una parroquia situada a una legua de aquí, después de reunirse, se han dirigido a su párroco, y le han dicho que, ya que no pueden tener la misión en su parroquia, deseaban y le pedían que todas las mañanas les enseñaran a rezar y a servir bien a Dios. Y el buen cura ha empezado a hacer eso con mucho gusto»

Otra persona, escribiendo de una misión que se dió en otra parroquia de la misma diócesis:

«Esta misión —decía— ha recibido bendiciones, y por la gracia de Dios muy extraordinarias. Se han logrado reconciliaciones muy importantes y muy difíciles que no habían podido arreglar en el pasado ni personas de gran influencia y ni el obispo. Los corazones estaban muy amargados desde hacía tiempo, y había de por medio intereses y grandes perjuicios, causantes de pleitos enojosísimos.

Pero por la misericordia de Dios ha acabado todo, y las personas perfectamente reconciliadas; de manera que, a nuestro parecer, a pesar de que esta parroquia estaba totalmente dividida, la hemos dejado muy unida y en gran paz por la misericordia de Dios, quien, además de eso, le ha concedido otras gracias singulares para unos grandes pecadores y pecadoras públicas, que se han convertido; para grandes y notables restituciones que se han hecho secreta y públicamente; y también para algunos herejes a los que Dios ha tocado el corazón, y se han convertido»

Otro misionero, al darle cuenta al Sr. Vicente de lo que habían hecho en la misión de Gémozac, de la misma diócesis, el año 1647, le decía que, además de los frutos ordinarios y habituales de todas las misiones, eran siete u ocho los herejes que habían abjurado. Y añadía que varios más estaban muy inclinados a convertirse, pero que se veían impedidos por miedo a verse sobrecargados de impuestos, porque los «principales» que los imponen, son herejes. E incluso, que la mayor parte se alegraría de que el rey les obligara a ir a misa, para vencer el respeto humano que les retiene

«Uno de esos convencidos es un anciano, al que habíamos exhortado inútilmente en varias ocasiones, Después de haber hecho el último esfuerzo, cuando ya estábamos para marcharnos, al ver que no sacábamos nada de él, se nos ocurrió acudir a la Santísima Virgen y suplicarle que usara de sus intercesión para obtener la conversión de aquel pobre descarriado. Con esta intención fuimos a postrarnos de rodillas ante Ella y a rezar las letanías, y he aquí que, al terminarlas, vimos a aquel anciano que venía a confesarnos que reconocía la verdad y que deseaba abjurar de la herejía. Así lo realizó ante nosotros y luego hizo confesión general, y a continuación lo recibimos a la comunión. Al decirnos adiós, nos rogó insistentemente que lo encomendáramos a las oraciones de todos los católicos»

El superior de la casa de la misión de Saintes escribió en una de sus cartas que, habiendo permanecido un mes entero trabajando en el pueblo de Deniat, se halló agotado, lo mismo que los otros misioneros que estaban con él, por la gran muchedumbre que venían desde los lugares circunvecinos, y que se vieron obligados, al verse completamente exhaustos hasta caer agotados en el confesionario, a suprimir los actos de la misión, y a dejar con mucho sentimiento, a un grandísimo número de personas que acudían de todas partes, sin poderles ofrecer el servicio que deseaban».

Añade que durante esa misión, hubo más de cuatrocientas reconciliaciones, y más de cien pleitos cancelados.

«Y aquella buena gente —dice— tenían tal deseo de confesarse que, al saber que no absolvíamos a nadie si antes no se había reconciliado, y si no había hecho lo posible para acabar con sus pleitos, iban de casa en casa a buscarse unos a otros para tal fin. La víspera de nuestra marcha, una gran muchedumbre se hallaba en la iglesia en las oraciones del anochecer, y como el Sr. párroco dijera en alta voz que los misioneros le pedían su bendición para marcharse al día siguiente, queriendo de ahí aprovecharse de la ocasión para animarles a hacer buen uso de las enseñanzas que les habían hecho durante la misión, toda aquella gente quedó muy conmovida, y se pusieron a gritar y llorar de tal forma, que no pudo articular palabra que pudieran entender, y los misioneros tuvieron mucha dificultad para separarse de ellos, pues no los querían dejar partir».

Sucedió casi lo mismo en otro pueblo llamado Usseau, cerca de la ciudad de Niort, donde, después de haber trabajado un mes entero, los misioneros cayeron en un agotamiento parecido; y al no poder sostenerse de pura debilidad, se vieron obligados, muy a pesar suyo, a dar por terminada la misión, dejando a una casi innumerable cantidad de personas sin confesar. Lo pedían con tantos ruegos, derramando lágrimas y lanzando agudos gritos, que no había corazón que no quedara conmovido. Se hicieron gran número de reconciliaciones, pero los misioneros al principio hallaron mucha resistencia por haber querido suprimir el baile público, que se celebraba en aquel lugar en las fiestas de Pentecostés. Era en esos días, cuando se cometían muchos desórdenes, hasta raptos de muchachas y asesinatos. Y como se predicó contra ese abuso el día de Pentecostés, hubo algunos, que, contraviniendo a lo dicho por el predicador fueron a bailar por la tarde de aquel mismo día. Se lo dijeron al Director de la misión, y éste, acompañado de otros eclesiásticos, se trasladó al lugar. Todos los que estaban bailando se escaparon. Y al día siguiente, después de hablar duramente desde el púlpito sobre aquel asunto, rompió el violín del que se valían, en presencia de todo el pueblo, que estaba allí en gran número. Aquello causó tal efecto por la gracia de Dios en la gente, que después del sermón, todos aquellos y aquellas que habían bailado vinieron donde los misioneros a postrarse a sus pies, y a pedir perdón por su falta; y todos los habitantes de aquel lugar concibieron tal horror al baile y a los males que de él se derivaban, que lo suprimieron totalmente de su parroquia.

Todavía se logró otro bien en aquella misión, que fue una reunión de eclesiásticos de los alrededores. Se juntaron hasta diecisiete curas; se les dieron varias conferencias, y quedaron muy conmovidos, y decidieron llevar una vida verdaderamente eclesiástica, y llevar las señales externas con el espíritu interior

Finalmente las misiones que se predicaron en esta diócesis estuvieron acompañadas de una bendición tan grande, y produjeron tan buenos efectos, que el difunto Sr.obispo de Saintes en una carta que escribió al Sr. Vicente el año 1642 le decía que los pueblos habían acudido a darle gracias por todo. Y en otra carta del mismo año:

«He hecho venir —le decía— a sus misioneros a esta ciudad para que descansaran algunos días. La verdad es que hace seis meses que están trabajando con tanta asiduidad, que me extraña cómo han podido resistir, y yo mismo he ido a buscarlos a los sitios en que estaban».

Y en otra carta de 1643

«He pasado —dice— la fiesta de Pentecostés con sus misioneros, que trabajan con celo maravilloso, y he visto con gran consuelo la bendición que Dios les da a sus trabajos. No puedo darle unas gracias proporcionadas a mi obligación», etc

§. III En las diócesis de Mende y de SaintFlour

A la diócesis de Mende, en Cévennes, que estaba inundada de herejes, el Sr. Vicente envió en varias ocasiones a algunos de sus misioneros, ya para tratar de volverlos a la verdad, o bien, para fortalecer a los católicos e impedirles que cayeran en el error. Y el digno superior de los misioneros resolvió ir también él en persona el año 1635. Por aquellos días estaba en Roma uno de sus sacerdotes muy versado en el conocimiento de la lengua hebrea y siríaca. Le querían persuadir que trabajara en la versión de la Biblia siríaca al latín; pero el Sr. Vicente pensó que sería mucho mejor hacerle venir a ayudar a la misión que quería dar en las Cévennes. Veamos en qué términos le escribió:

«Le suplico —le dice— que no se detenga en la propuesta que le han hecho de trabajar en esa versión (de la Biblia) Sé muy bien que serviría para satisfacer la curiosidad de algunos, pero no, según creo, para el bien de las almas del pobre pueblo al que la Providencia de Dios ha predestinado a usted desde toda la eternidad. Debe bastarle, señor, que, por la gracia de Dios, haya empleado tres o cuatro años en aprender el hebreo y que sepa lo bastante para sostener la causa del Hijo de Dios en su lengua original y confundir a su enemigos en este reino. Piense, pues, que hay miles de almas que le tienden la mano y le dicen así: ¡Ah señor! Usted ha sido escogido por Dios para ayudar a salvarnos; tenga piedad de nosotras y venga a tendernos la mano para sacarnos del mal estado en que esta mos. Mire que estamos sumidas en la ignorancia de las cosas necesarias para nuestra salvación, y en los pecados que jamás hemos confesado por vergüenza, y que, sin su ayuda, estamos en gran peligro de condenarnos»

«Pero, además de los gritos de esas pobres almas que la caridad le ha hecho oír interiormente, escuche también por favor, señor, lo que mi corazón le dice al suyo, que se siente sumamente apremiado por el deseo de ir a trabajar y a morir en las Cévennes, y que se marchará para allá, si no viene usted pronto a estas montañas, desde donde pide a gritos ayuda el obispo y dice que esta región, que en otro tiempo era la más floreciente en piedad de todo el reino, está ahora empecatada y que el pueblo muere de hambre de la palabra de Dios»

El Sr. Vicente envió años más tarde a otros misioneros para que trabajaran en la misma diócesis, a propósito de lo cual el difunto Sr. Marcillac, que era entonces el obispo, le escribió en estos términos:

«Le aseguro —le dice— que aprecio más el trabajo que los suyos hacen en la actualidad en mi diócesis, que si me dieran cien reinos. Estoy plenamente satisfecho al ver que todos mis diocesanos se portan tan bien, y que mis párrocos sacan provecho de las Conferencias que sus sacerdotes fundan con éxito y bendición». Y por una carta escrita el año siguiente, esto es, 1643, el mismo prelado le habla en estos términos:

«Ya se van —le dice— su señores misioneros a darle cuenta de lo que he-mos hecho en las Cévennes de mi diócesis. He pasado visita general y recibido a treinta o cuarenta hugonotes para la abjuración de sus errores, y dejado otros tan-tos en situación de hacer lo mismo dentro de pocos días. Hemos celebrado solemnemente la misión con un aprovechamiento increíble. Y como estos bienes nos llegan de Dios y de la buena ayuda de usted, no puedo usar de nadie que le haga una relación más fiel que esos buenos sacerdotes».

El año 1636, el difunto Sr. Abad Olier, que posteriormente fue fundador y primer superior del Seminario de San Sulpicio, gran siervo de Dios, de altísima virtud, y cuya memoria es bendita, pidió al Sr. Vicente algunos sacerdotes de su Congregación para ir a dar misiones en las tierras de su abadía de Pébrac, en la diócesis de Saint-Flour.Se encaminó a la misión con ellos y con otros virtuosos y celosos eclesiásticos. Dieron su primera misión en SaintIlpize. Cuando terminó la misión, el abad, admirado de los efectos de la gracia que aparecieron en aquellas actividades, escribió la carta siguiente en el mes de junio del mismo año al Sr. Vicente y a los Eclesiásticos de la Conferencia de San Lázaro, a la que también él pertenecía:

«No puedo —les dice— estar por más tiempo ausente de la Compañía de ustedes sin darles cuenta de lo que ha pasado en estos pueblos. Se empezó la misión el domingo después de la Ascensión, y duró hasta el 15 de este mes. El pueblo, al comienzo, venía como nosotros debíamos desear, a saber, según que los podíamos ir confesando; pero esto se hacía con tales movimientos de la gracia, que era fácil saber donde confesaban los sacerdotes,ya que los penitentes, con sus suspiros y sollozos se hacían oír por todas partes».

«Pero, al final, el pueblo acudía en tan gran número, y nos apremiaba con tanto ardor, que nos resultaba casi imposible atenderlo. Se les veía, desde el alba hasta el anochecer, en la iglesia, sin beber ni comer, esperando la ocasión para confesarse».

«A veces, en favor de los forasteros, nos veíamos obligados a prolongar más de dos horas la catequesis. Salían tan hambrientos de la palabra de Dios como entraron; y teníamos que servirnos del púlpito para dar la catequesis, por no haber sitio en la iglesia a causa de la gran multitud que la llenaba del todo hasta las puertas y las ventanas, que estaban atestadas de oyentes. Esto mismo se veía también en el sermón de la mañana y en la instrucción de la tarde. No puedo decir más sino que Dios sea bendito, pues se comunica con tanta misericordia y liberalidad a sus criaturas y, sobre todo, a los pobres. Porque hemos observado que es en ellos donde El reside, y para asistir a los pobres El pide la cooperación de sus servidores».

«No le nieguen, señores, esa ayuda a Jesucristo; es demasiado grande el honor de trabajar bajo El, y de contribuir a la salvación de las almas y a la gloria que obtendrá de allí para toda la eternidad. Han comenzado ustedes felizmente, y sus primeros ejemplos me han hecho salir de París. Continúen con esos divinos trabajos, ya que realmente no hay nada semejante en la tierra».

«¡París! ¡Tú entretienes a personas, que, con la gracia de Dios podrían convertir a gran número de almas! ¡Ah! ¡Cuántas buenas obras se hacen sin fruto en esta gran ciudad! ¡Cuántas conversiones aparentes! ¡Cuántos discursos perdidos por falta de disposiciones en los que los escuchan! Aquí, una palabra es una predicación, y todos los pobres con poquísima instrucción se ven llenos de bendiciones y de gracias,» etc

Y en otra carta del 10 de febrero del año siguiente habla en los siguientes términos:

«La cuarta misión se ha dado hace quince días. En ella se han administrado dos mil confesiones generales, aunque sólo estábamos seis obreros, y, a la noche, estábamos agotados por la gente que nos llegaba desde siete u ocho leguas de la región, a pesar del riguroso frío y de la incomodidad del sitio, que es un verdadero desierto. Aquella buena gente traía provisiones para tres o cuatro días, y se retiraban a las granjas; y en ellas se les oía conversar de lo que habían oído en la predicación y en el catecismo. Y en la actualidad se les ve a los campesinos y a sus mujeres dar la misión en sus familias, a los pastores y labradores cantar los Mandamientos de Dios en el campo, y preguntarse unos a otros sobre lo que habían aprendido durante la misión. En fin, la nobleza, para la que parecía que no hablábamos por ser nuestro lenguaje tan vulgar, después de cumplir cristiana y ejemplarmente con su deber, nos ha dejado marchar derramando lágrimas. Cinco hugonotes han abjurado su herejía en esta última misión: cuatro de ellos, que nos seguían ya antes, han vuelto a buscarnos, y eso, señores, para enseñarnos, como lo han enseñado con frecuencia ustedes, que la conversión de las almas es obra de la gracia; nosotros somos los que le ponemos obstáculos por nuestra parte, y Dios quiere siempre obrar o en la nada, o por la nada, es decir, en aquellos y por aquellos que reconocen y confiesan su impotencia y su inutilidad».

 

§. IV En las diócesis de Ginebra y de Marsella

No podemos conocer los frutos que los misioneros establecidos en Annecy han producido con la gracia de Dios por un testimonio más auténtico y más seguro que el de D. Justo Guérin, obispo de Ginebra, que escribió sobre ella al Sr. Vicente el mes de junio de 1640 en estos términos:

«¡Ojalá Dios le hiciera ver el centro de mi corazón, ya que realmente le amo y le venero a usted con toda la intensidad de mi afecto, y reconozco que soy el hombre más obligado de todos los hombres del mundo a la caridad de usted por los grandes beneficios y los frutos que realizan los señores misioneros, sus queridos hijos en Dios, en nuestra diócesis, que son tales que yo no los puedo expresar y que resultan increíbles, excepto para los que los ven. Yo pude ser su testigo ocular con ocasión de la visita que empecé después de Pascua. Todo el mundo los quiere, los aprecia y los alaba unánimemente. Cierto, señor, su doctrina es santa y su conducta también. Provocan en todos una grandísima edificación con su vida irreprochable. Cuando acaban su misión en una aldea, se marchan de allí a otra y todo el pueblo los acompaña con lágrimas y gemidos diciendo: ¡Ay Dios mio! ¿Qué vamos a hacer? ¡Se marchan nuestros buenos Padres!Y durante varios días van a buscarlos a las aldeas. Se ven personas de otras diócesis que acuden a confesarse con ellos y se han observado conversiones admirables conseguidas por su medio. Su superior ha recibido de Dios grandes dones, junto con un celo maravilloso por su gloria y por la salvación de las almas. Predica con mucho fervor y gran fruto. La verdad es que estamos muy agradecidos al Sr. Comendador de Sillery por haberse cuidado de su manutención. ¡Qué digna de admiración es la Divina Providencia por haber inspirado suavemente en el corazón de ese buen señor la idea de procurarnos esos Obreros evangélicos! Dios es el que ha hecho todo esto, sin que haya intervenido para nada el hombre, teniendo en cuenta nuestra necesidad y la triste vecindad en que estamos de la desgraciada ciudad de Ginebra».

Y en otra carta del mes de octubre de 1641:

«Reconozco que estoy obligado para siempre con usted y con sus queridos hijos, nuestros buenos señores de la misión, que cada vez van trabajando mejor y ganando más almas para el cielo. Ciertamente, señor, no dejaré nunca de admirar la protección de la Divina Providencia sobre esta pobre diócesis, por habernos enviado a esos buenos obreros por medio de usted. Por eso no dejaré nunca de agradecerles, y de igual modo a usted, ya que sería demasiado ingrato si no lo hiciera. ¡Ay! Hemos perdido, con gran pena de nuestra parte, al Sr. Comendador de Sillery, nuestro gran bienhechor», etc

El mismo prelado escribió otra carta al Sr. Vicente el mes de agosto de 1644 en estos términos:

«Sus misioneros continúan enriqueciendo cada vez más el cielo con las almas que ponen en estado de salvación, enseñándoles el camino y proponiéndoles los medios para llegar allí, con sus enseñanzas, catequesis, exhortaciones, predicaciones y administración de sacramentos, con la vida buena que llevan y los buenos ejemplos que dan en todos los lugares adonde van a misionar. Sólo hay una cosa que lamento, que son muy pocos en relación con la gran extensión de nuestra diócesis, que tiene 585 parroquias, ¡Ay! ¡Si nuestro Señor me concediera la gracia, antes de morir, de ver que han recorrido todos los lugares de esta diócesis, diría verdaderamente con todo mi corazón y con un consuelo especialísimo de mi alma: Nunc dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace!»,etc

En cuanto a las misiones predicadas en Marsella y en Provenza las ha habido de dos clases: unas en la costa y las otras tierra adentro. Las primeras a los forzados a galeras, y las segundas a los campesinos, y todas han recibido grandes bendiciones de Dios

Las misiones de la galeras empezaron el año 1643 con gran contento de Juan Bautista Gaud, dignísimo obispo de Marsella; murió poco después en olor de santidad

Veamos lo que escribió el 6 de marzo a la señora Duquesa de Aiguillon, que estaba muy interesada porque el duque de Richelieu, su sobrino, era entonces general de las Galeras, y por eso había rogado al Sr. Vicente que enviara allí a sus sacerdotes

«Todavía no hace mucho —le dice el buen prelado— que le he escrito, a la llegada de los señores de la misión que ha querido usted enviar aquí para trabajar en las galeras; pero no puedo retrasarme más en darle cuenta de lo que pasa aquí, del consuelo que reciben todos los que estan ocupados en ese trabajo tan penoso, y yo con ellos. No dudo que usted sentirá lo mismo. Hemos empezado a dar la misión al mismo tiempo en siete galeras con ocho misioneros de los que están en Provenza para trabajar en cuatro, y hemos distribuido en las otras tres a los que han mandado desde París. Les presto ayuda a unos y a otros cuando tienen necesidad de ella, particularmente para los italianos, que son muchos en las galeras. El fruto ha superado con mucho las esperanzas. Ciertamente se han encontrado en primer lugar personas no sólo ignorantes, sino también empedernidas en sus pecados y que no querían ni oír hablar de las cosas de Dios, amargadas hasta el extremo por su miserable condición. Pero poco a poco la gracia de Dios, por medio de esos eclesiásticos, de tal manera ha ablandado los corazones que al presente manifiestan tanto arrepentimiento, como anteriormente obstinación. Quedaría usted admirada, Señora, si conociera el número de los que han estado tres, cuatro, cinco y diez años sin confesarse; ha habido quienes han permanecido en ese estado por espacio de veinticinco años, y que afirmaban que no querían hacer nada, mientras estuvieran en cautividad. Pero, por fin, nuestro Señor se ha manifestado el Dueño y ha expulsado a Satanás de esas almas sobre las que había adquirido tanto poder. Alabo a Dios porque le ha dado ese deseo; la venida de los misioneros me ha decidido a dar esta misión, que quizás la hubiera diferido para otro tiempo. Y es de temer que varios de los galeotes habrían muerto en el mal estado en que estaban. Espero que se recogerán los mismos frutos en las demás galeras. No le puedo decir, Señora, cuántas gracias dan esos pobres forzados a quienes les han proporcionado una ayuda tan saludable para sus almas. Estoy buscando los medios para conseguir que las buenas disposiciones en que están puedan continuar. Me voy ahora a dar la absolución a cuatro herejes que se han convertido en las galeras; todavía hay más que tienen el mismo deseo, porque estas cosas extraordinarias les mueven en gran manera».

Dos o tres meses más tarde el Sr. Vicente recibió una carta del superior de sus misioneros de Marsella. En ella, después de comunicarle la triste noticia de la muerte del Sr. Obispo, le habla a continuación de esa misión en estos términos:

«Todavía nos queda una misión que dar en una galera, y basta por este año. Este trabajo es muy pesado; pero lo que más nos ayuda a soportarlo es el cambio notable que se advierte en estos pobres forzados, que nos da toda la satisfacción posible. Ayer catequicé a siete turcos de varias galeras a quienes había hecho venir aquí. Dios, por su misericordia, quiere bendecir esta empresa, que encomiendo a sus santos sacrificios. Otro turco ha sido bautizado en la galera, cuando estaba enfermo. Y además de esos turcos, se han convertido unos treinta herejes, y han abjurado todos».

Y por otra carta del primero de junio del mismo año de 1643 escrita por el mismo al Sr. Vicente:

«Ayer —le dice—, fiesta de la Santísima Trinidad, bautizaron en la iglesia catedral a nueve turcos a la vista de toda la ciudad de Marsella, encontrándose todas las calles cubiertas de gente que bendecía a Dios. Hemos querido a propósito darle relieve a este acto para animar a otros turcos que parecen vacilar. Hoy han venido dos nuevos a verme y a decirme que también quieren hacerse cristianos. Venían acompañados de otro a quien bautizaron hace unos diez días. Seguimos dándoles la catequesis en italiano dos veces al día para darles la mayor firmeza y solidez posibles; si no, correrían el peligro de volverse de nuevo al mahometismo».

En adelante, el Sr. Vicente siempre ha mantenido misioneros en Marsella, que han continuado y siguen todavía manteniendo de vez en cuando la obra de las misiones en las galeras, incluso después de su traslado a Toulon. Y siempre producen grandísimos bienes para la salvación de las almas de los pobres forzados.

Además de las misiones de galeras, los mismos sacerdotes las han predicado en varios sitios del campo con no menos fruto. He aquí lo que uno de ellos contaba de lo que hacían en una de las misiones el año 1647:

«Acabamos de salir —dice— de una misión que nos ha tenido cinco semanas atados al confesionario, al púlpito y a los arreglos de pleitos con tanto éxito y tan gran fruto que puedo decir sin exageración que no es posible desear más. Se han rehabilitado nueve o diez matrimonios clandestinos, se han hecho veinticinco o treinta arreglos de pleitos, donde se trataba a veces de sumas importantes y hasta de cuestiones de honra y de vida; y casi todas se han hecho de buena gana, sin que interviniera un tercero, y hasta algunas en la iglesia públicamente y durante la predicación, con tanta emoción y lágrimas que tenía que interrumpirse el predicador. También sucedió que un hombre de condición mediana, llevado por la cólera, respondió con poca discreción a uno de los nuestros, acompañando su respuesta con una blasfemia públicamente en la puerta de la iglesia. Quince días más tarde se sintió tan arrepentido que espontáneamente, para satisfacer aquel pecado, se impuso a sí mismo la penitencia de pagar cien escudos para reparar la iglesia ante la que había proferido aquella blasfemia».

 

§. V En las diócesis de Reims, de Toul y de Ruán

Entre las misiones de la diócesis de Reims una de las más importantes es la que se dio por orden del rey en la ciudad de Sedan el año 1643. El superior de la misión le escribía al Sr. Vicente lo siguiente:

«Le diré, señor, que desde que Dios quiso formar la pequeña Compañía de la misión, no ha trabajado nunca con tanta utilidad y necesidad como aquí lo hace. Los herejes siguen edificándose y acudiendo a las predicaciones, que alaban mucho. Y en cuanto a los católicos, hay que trabajar con ellos como se haría con personas totalmente nuevas; pues, como desde hace cuatro o cinco años la predicación es libre en esta ciudad, casi no se ha hablado más que de controversias y muy poco de las prácticas y los actos de religión y de piedad. Ha habido muchos que han confesado francamente que no creían que fuera necesario confesar todos los pecados. Estos mismos abusos se cometían en la recepción de la sagrada Comunión, etc.; de forma que hubo que empezar por instruirles en los primeros principios de la religión. Es cierto que no ha sido sin mucho consuelo, al ver el gusto con que todos escuchaban lo que se les decía y cómo lo practicaban con fidelidad. No sabrían admirar bastante la gracia que Dios les ha concedido, ni saben qué hacer para agradecérselo como a ellos les gustaría»

Por la gran necesidad que había se puede juzgar cuáles han sido los frutos de esta misión, que fueron efectivamente muy considerables. El difunto Sr. d’Étampes, por entonces arzobispo de Reims, manifestó su agradecimiento y dio gracias especialísimas con las cartas que escribió a este propósito al Sr. Vicente

También se predicaron más adelante misiones en varios sitios de la misma diócesis, y, entre otras, el director de la misión que dio en el pueblo de Sillery (29) al terminar las guerras, le decía al Sr. Vicente, que sólo había encontrado ochenta habitantes, pues todos los demás habían muerto de hambre y miseria; pero aquel pequeño número había manifestado tan buenas disposiciones, que no se podía desear más; y particularmente, hablando de los que se habían presentado al acercarse a la sagrada mesa:

«Han comulgado —dice— con tan gran sentimiento que sus lágrimas atestiguaban de forma imposible de explicar la presencia muy adorable de su divino Salvador, que tomaba posesión de sus corazones sensiblemente tocados. Su conversión es tan sincera que todos ellos protestan en alta voz que no solamente quieren renunciar a todos los pecados sino sufrir mejor con paciencia y resignación todo lo que Dios quiera, y servirle lo mejor posible sólo por amor a El. Eso es lo que dicen, repitiendo con frecuencia: ¡todo por amor a Dios!».

El mismo sacerdote escribiéndole al Sr. Vicente desde el pueblo de Lourdes, donde se estaba dando la misión algún tiempo más adelante:

«Por aquí —dice— las cosas van tal como usted desea; con eso está dicho todo. Uno de nuestros frutos ha sido que han echado la última mano para acabar de construir lo que faltaba de la iglesia, lo cual no habrían hecho nunca sin la misión. Se han prohibido las tabernas, lo mismo que las reuniones por la noche. No jura nadie, y el nombre santo de Dios se pronuncia siempre con mucho respeto. Algunos han ido a casa de sus enemigos para pedirles perdón de rodillas por las ofensas que les habían hecho».

Y desde otro sitio de la misma diócesis llamado Fontaine, al escribir al Sr. Vicente, le habla con estas palabras:

«Dios, que ha bendecido las misiones anteriores, parece aumentar sus gracias en ésta, ya que se ha puesto fin a concubinatos que habían durado más de veinticinco años y han terminado todos los pleitos. Un gran número de personas, no sólo del pueblo sino de los lugares vecinos, que llevaban veinte, treinta y treinta y cinco años abusando de los sacramentos, han reconocido y detestado sus crímenes. Los vecinos del pueblo llaman y convidan a parientes de sitios más alejados, para que vengan a participar de los frutos de la misión. Y venía gente principal desde siete, diez y catorce leguas de la parte de Rethel».

Finalmente, este buen misionero que trabajaba en el pueblo de Ay, de la misma diócesis, dice en una de sus cartas dirigidas al mismo Sr. Vicente:

«Cuando llegamos aquí, algunos de los principales querían cerrarnos las puertas, pues habían indispuesto a la gente en contra nuestra; pero después de unos días de paciencia, Dios, que nos había enviado a esta lugar por orden de nuestro superiores, ha cambiado de tal forma los corazones que jamás ha comenzado mejor ninguna misión.

Se confiesan con toda seriedad, y con las señales de una verdadera contrición; restituyen puntualmente; van a pedirse perdón de rodillas unos a otros; rezan por la mañana y por la tarde, y demuestran que están decididos a cambiar completamente de vida y a ser cristianos de verdad; no se cansan de escuchar la palabra de Dios. El Ministro (protestante) que había en este pueblo ha huido y los pocos herejes de este lugar, que son unos pobres viticultores muy ignorantes, no se pierden ninguna de nuestras predicaciones».

En cuanto a la diócesis de Ruán, el Sr. Vicente envió en diversos momentos a Sacerdotes de su Congregación, que consiguieron en sus misiones, con la ayuda de la gracia de Dios, los mismos frutos que en las otras diócesis. Para evitar repeticiones nos contentaremos con presentar aquí una carta que el Sr. Arzobispo de Ruán escribió al Sr. Vicente el año 1656, y que da a entender la satisfacción que tenía por los misioneros y por sus trabajos:

«No me cansaré —le dice— de enviarle cartas, ya que usted no se cansa de hacernos el bien. El que mi diócesis ha recibido por medio de sus santos Obreros, es una prueba certísima. Y como doy gracias a Nuestro Señor por ver que su espíritu se ha difundido tan abundantemente en los sacerdotes que usted ha formado por su gracia, no quisiera por mi parte desear para su Iglesia y la gloria de su sagrado Nombre, sino que todos los eclesiásticos tuvieran la misma capacidad y el mismo fervor. Le devuelvo pues al valiente Sr. N. y a su generosa tropa; han combatido valerosamente contra el pecado. Espero que en otras circunstancias no se cansará de continuar bajo el estandarte del primado de Normandía, que aprecia sus virtudes, que alaba su celo, y que está a disposición de su ilustre Jefe, su muy humilde y muy …» etc

En cuanto a la diócesis de Toul, aunque quedó devastada por los desastres de la guerra, con todo, los misioneros establecidos en la ciudad de Toul no han dejado de sentir las bendiciones de Dios en las misiones donde han trabajado. Veamos en qué términos le escribe el superior al Sr. Vicente el año 1656 acerca de una misión, la tercera en la que había intervenido:

«No puedo —le dice— expresarle las bondades que nuestro Señor ha tenido con nuestra localidad. Hemos oído cerca de quinientas confesiones generales, sin tener un sólo día de descanso durante todo el mes. El mal tiempo invernal, que había cubierto los caminos con nieve de dos pies de espesor, no ha podido impedir que esta pobre gente, rica en fe y ávida de la palabra de Dios, a pesar de las vejaciones extraordinarias que recibe de la gente de guerra, nos haya hecho ver que el reino de los cielos es para ellos. Se ha prodigado todo el bien que se puede desear, y nos vemos obligados a decir que Jesucristo ha quedado contento al ver que se extendía por estos lugares la fragancia de su Evangelio».

Y en otra carta escrita algo más adelante por el mismo:

«Acabamos —dice— de dar la misión en un pueblo grande llamado Charmes, de donde, después de haber trabajado durante cinco semanas, hemos vuelto un poco cansados, pero con el corazón lleno de gozo y de consuelo por las bendiciones que nuestro Señor ha derramado sobre nosotros y sobre todas las personas de aquel sitio, y también de otras muchas parroquias de los alrededores. El Sr. Párroco es un hombre muy celoso, y desde él hasta el más pequeño de su parroquia, todos han hecho la confesión general, sin que haya habido uno solo sin confesarse; pero además esas confesiones estaban bien hechas y con unos sentimientos de tan sincera conversión, que, de las veinticinco misiones que llevo predicadas, no recuerdo ninguna en la que el pueblo me haya parecido tan impresionado como en ésta. Después de haber satisfecho a Dios y al prójimo ofendido de la mejor manera que sería de desear, todos se esfuerzan ahora en seguir nuestros consejos para mantenerse en gracia de Dios. En este mismo lugar hay un convento de buenos religiosos; estos reverendos Padres estaban muy sorprendidos al ver tantas maravillas, y, sobre todo, su superior, que es un verdadero santo».

«Todos estos gloriosos trofeos que Nuestro Señor ha conseguido con su gracia sobre los corazones que habían sido rebeldes a sus leyes y que le han dado gloria mediante una verdadera penitencia, nos obligan a darle muy humildemente las más rendidas gracias, y a mí, sobre todo, a trabajar, más aún que lo que he hecho, reconociendo por experiencia que éste es el mejor medio para ayudar a las almas. He vuelto de esta misión con este pensamiento y este deseo».

 

§. VI En varios sitios de Bretaña

Las misiones de Bretaña no tuvieron menos éxito que las de otras Provincias. El superior de los misioneros instalados en SaintMéen, de la diócesis de SaintMalo, escribió al Sr. Vicente el año 1657, al terminar la misión de Pleurtuit, que habían oído en confesión a más de tres mil personas, y que si volvían, se necesitarían más de veinte confesores para poder satisfacer a la multitud que se presenta. Dice entre otras cosas, que en esta misión cierta persona de condición, a la salida de la iglesia, se puso de rodillas en el cementerio, delante de todo el mundo, para pedir perdón a los que había ofendido; todos quedaron muy sorprendidos por aquella acción.

Y que otra, antes de presentarse al tribunal de la confesión, fue por su propia iniciativa hasta ocho leguas de distancia, para suplicar perdón a una persona que había ofendido muy levemente.

Y en otra carta del año 1658 cuenta varias cosas notables que se hicieron en la misión de Mauron:

«Todos los días, incluso los laborables, había más de mil doscientas personas que asistían a la catequesis; no faltaban nunca los principales del lugar, así como tampoco a la predicación. Ha habido muchos criados y criadas que han dejado a sus amos, porque no querían darles tiempo para venir, prefiriendo perder sus ganancias que la ocasión tan hermosa que tenían de instruirse. También ha habido madres que, después de haber cumplido con sus deberes en esta misión, se han puesto a servir en lugar de sus hijas, para que éstas pudieran hacer otro tanto, y varios criados y criadas que han pedido a sus amos y amas, que les permitieran venir a las instrucciones, descontándoles de la paga el tiempo que emplearan en ellas sin poder trabajar».

«El domingo de Quincuagésima y los días siguientes hubo una afluencia tan grande y tan extraordinaria de gente que se presentó a recibir la sagrada Eucaristía que nos vimos obligados a seguir dando la comunión hasta las siete de la tarde. Y una vez acabada la misión, me enteré que, del gran número de tabernas que había en aquel lugar, no había quedado ni una sola, ya que nos habían oído decir en una de nuestras predicaciones que era muy difícil que se salvaran los taberneros por dar de beber en exceso, según se acostumbra en esta tierra, de manera que actualmente, en los intercambios comerciales que hacen unos con otros, en vez de poner algún dinero para beber juntos, según se estila en esta tierra, lo entregan a la Cofradía de la Caridad, que hemos fundado para los pobres enfermos del lugar».

El año siguiente el mismo misionero escribiendo lo que había sucedido en otra misión:

«Ya ha terminado —dice—, gracias a Dios, nuestra misión de Plessala. Dios ha derramado sobre ella con tanta abundancia su bendición, que todos los que han trabajado allí están de acuerdo en afirmar que no han visto cosa parecida, ni donde haya habido tanta cosa buena».

«Hemos notado que ha venido gente de diecisiete parroquias aldeanas. Varios hombres me han dicho, cuando se acercaron a confesarse, que llevaban diez días esperando en la iglesia, y pienso que les ha ocurrido lo mismo a más de quinientas personas. Se han conseguido grandísimos bienes a propósito de las reconciliaciones, sobre todo entre la nobleza. En todo esto nos ha ayudado mucho el Sr. Barón de Rechau. Tiene una casa en esta parroquia, adonde había venido a pasar unos días desde SaintBrieu, que es donde tiene su residencia habitual. Y habiendo escuchado nuestra primera predicación, vino a vernos con su Señora esposa a la casa en la que nos alojábamos y nos dijo que no se marcharía hasta que hubiera terminado la misión. Entonces le pedí que nos ayudara a acabar con las disensiones, que aquí son muy numerosas, y a conseguir la avenencia entre las personas que están reñidas, sobre todo, las personas más distinguidas. Y lo ha conseguido con una bendición extraordinaria».

«Los días de Carnaval transcurrieron entre actos piadosos. El lunes tuvimos procesión solemne; en ella el Sr. Obispo de SaintBrieu llevó el santísimo Sacramento. Asistió todo el pueblo con tanta devoción y modestia y con un orden tan bello, marchando de cuatro en cuatro, que, aunque estuvo lloviendo durante toda la procesión, que duró unas dos horas, no hubo nadie que abandonara su fila. Este mismo prelado administró la confirmación el martes siguiente en el cementerio, bajo el viento y la lluvia, por no haber sitio suficiente en la iglesia, pues estaba totalmente llena de comulgantes».

El Sr. Obispo de Tréguier ordenó que se diera una misión en Guincamp, después de la de Morlaix, el año 1648. Para tal fin le escribe al Sr. Vicente y le dice:

«Su carta nos ha encontrado a todos atareados en nuestra misión, de la que espero mucho. Uno de sus sacerdotes predica en ella admirable y devotamente. Otro hace el catecismo principal a una hora después del mediodía, y se hace admirar y amar de pequeños y de grandes. Y otro predica el catecismo pequeño, y mi lectoral lo hace por las mañanas en bajo bretón. En fin, todos trabajan, y no me han querido dejar ocioso, porque predico dos días por semana. Todos empezaremos a confesar mañana, Dios mediante. La gente de esta tierra está muy admirada, porque no están acostumbrados a las misiones; todos dan su opinión sobre ellas de manera distinta, pero con respeto. Espero que con la gracia de Dios todo irá bien».

Y en otra carta del año 1650, que escribió al Sr. Vicente a propósito de otra misión, le habla en estos términos:

«Le doy las gracias por el fiel ministerio de sus cuatro sacerdotes en las misiones de este lugar. Su capacidad, su celo y su asiduidad en predicar y confesar han sido tan grandes que han obtenido un gran éxito; y puedo decir que todos los habitantes de este lugar, de toda edad, sexo y condición, se han convertido, y tengo muchos motivos para alabar a Dios por haberme dado, por medio de usted, tan buenos obreros. El Sr. N. tiene una energía en el púlpito que nadie le resiste. Se lo pido ya para la misión de N. del año próximo».

§. VII En varios sitios de Borgoña y de Champaña

El Sr. Vicente había mandado algunos sacerdotes de su Congregación el año 1642 a predicar la misión en la parroquia de SaintCyr, de la diócesis de Sens. He aquí lo que le dice el señor del lugar después de terminarse la misión:

«Los trabajos —le dice— de sus señores sacerdotes, junto con el ejemplo de su piedad han logrado tal cambio de vida en mis campesinos que apenas pueden reconocerlos sus vecinos. De mí sé decirle que no los conozco, y no puedo menos de estar convencido de que Dios me ha enviado una nueva colonia para poblar mi aldea. Esos señores no encontraron más que espíritus rudos, cuyo cambio sólo era posible lograr por medio de la gracia que acompaña a sus obreros, y especialmente a éstos, a quienes usted se ha tomado la molestia de enviar para la conversión de este pueblo y la mía. Es un efecto de la misericordia de Dios y una muestra de la prudencia de usted el haber enviado a unas personas tan apropiadas para nuestras necesidades. Y después de darle gracias por todo ello, no nos queda más que ofrecer ardientes plegarias a Dios, para que llene de bendiciones a su Compañía, a la que juzgo como una de las más útiles para la gloria de Dios que hay en la iglesia. No obstante, me quedo con el temor de que esta pobre gente, por carecer de un buen pastor que la guíe y la mantenga en las buenas resoluciones que han tomado en esta misión que les ha resultado tan útil, caigan fácilmente en el pecado de omisión, y se olviden o dejen de poner en práctica todo lo que tan juiciosamente les han enseñado. Como usted no les ha querido dar un párroco, creo que, al habernos engendrado de nuevo para nuestro Señor, está obligado al menos a procurarles uno con sus oraciones, tal como se lo suplico con todo mi corazón».

La señora de SaintCyr no fue menos agradecida que su señor esposo. Veamos cómo le habla al Sr. Vicente en una carta que le escribió sobre el mismo asunto:

«Aunque me considero incapaz de poder agradecer dignamente tanto honor y tantos bienes como hemos recibido por su medio en nuestra parroquia, no puedo mantener prisionera esta verdad de que, después de Dios, es usted en cierto modo nuestro salvador, por medio de esos buenos señores que nos ha enviado y que han logrado maravillas en este lugar. Se han ganado hasta tal punto el afecto del señor de SaintCyr, que tengo miedo de que caiga enfermo al verse sin su presencia. Me creo incapaz de expresarle mis sentimientos, ya que estoy demasiado triste para poder decirle otra cosa».

El Sr. Le Boucher, vicario general de la abadía de MonstierSaintJean, le escribió el año 1644 al Sr. Vicente a propósito de las misiones que se estaban dando en Borgoña:

«Por todas partes —le dice— va usted haciendo el bien en servicio de Dios, de la Iglesia y de la santa religión. Vengo ahora de Tonnerre, donde he visto a sus queridos hijos los Sacerdotes de la Misión conducidos por un hombre de Dios. He de confesarle, Señor, que todos esos buenos sacerdotes hacen maravillas con sus enseñanzas y sus buenos ejemplos, reconcilian a muchas almas con Dios y con su prójimo», etc

Uno de los misioneros que trabajan en esa Provincia el año 1650, escribiendo al Sr. Vicente:

«He de darle cuenta —le dice— del fruto que sus oraciones y santos sacrificios han conseguido tanto en Joigny como en Longron, donde ahora estamos dando la misión. De Joigny sólo le diré que es admirable la asiduidad de sus habitantes en venir a escuchar las predicaciones y catecismos, y su diligencia en levantarse por la mañana, ya que a veces se empezaba a tocar para la predicación a las dos después de media noche, y , sin embargo, se llenaba la iglesia», etc

«Pero he de confesarle con franqueza, que noto mayores bendiciones en el campo que en las ciudades, y advierto allí más señales de una verdadera y sincera penitencia y de la primera rectitud y sencillez del cristianismo naciente. Esa buena gente no se acerca ordinariamente a confesarse sino derramando lágrimas, se creen los mayores pecadores del mundo y piden mayores penitencias que las que se les puede imponer. Ayer una persona que se había confesado con otro misionero vino a rogarme que le impusiera una penitencia mayor que la que le habían impuesto, y que le mandase ayunar tres días por semana durante todo el año. Otro, que le pusiera como penitencia caminar con los pies descalzos sobre el suelo durante la helada. Y también ayer vino un hombre, y me dijo: Padre, he oído en la predicación que no hay mejor medio para dejar de jurar que ponerse en seguida de rodillas ante las perso nas delante de las cuales se ha jurado; así lo acabo de hacer, pues apenas advertí que había dicho «por mi fe», me arrodillé ante todos y pedí a Dios misericordia».

Unos dos meses más tarde, el mismo sacerdote, que seguía dándole cuenta al Sr. Vicente de las cosas sucedidas en las misiones de Borgoña:

«Si es justo —le dice— que el que ha plantado un árbol, disfrute viéndolo producir fruto, también es justo que usted participe de las bendiciones que Dios ha dado abundantemente a nuestro pequeño trabajo. Le puedo asegurar que en las misiones que hemos dado después de la de Joigny, creo que no ha quedado nadie sin hacer la confesión general. Y es una maravilla ver qué conmovido ha quedado este pueblo, hasta el punto de que me he visto obligado a hablarles sólo en los primeros días acerca de los temas que excitan a la penitencia, a causa de la compunción de sus corazones. Porque tenía miedo que les causara daño a su imaginación».

Sobre esto hemos de señalar que aquel sacerdote misionero que tenía la gracia de mover al pueblo a la penitencia, era también él muy penitente, y hacía lo que predicaba

Entre las misiones que se dieron en Champaña una de las más interesantes fue la de Ruán, de la diócesis de Troyes; tuvo lugar el año 1657. El Sr. Obispo envió a ella a sus dos Vicarios Generales, y también acudió él en persona, y trabajó durante varios días. Duró seis semanas, y con la gracia de Dios estuvo acompañada de grandes bendiciones, por lo que el pueblo manifestó su agradecimiento a su prelado; pues en ella se dieron todas las clases de bienes que se pueden dar en las misiones. Y los señores Vicarios Generales, maravillados, decían que era tiempo perdido para los eclesiásticos, si no se dedicaban de aquella forma a la salvación de las almas; y que el medio más seguro de conseguir fruto era predicar y catequizar según el método de la misión. El pueblo era tan asiduo a las predicaciones y a las catequesis que el párroco del lugar les decía que no había visto nunca tanta gente en su iglesia el día de Pascua, como la que veía los días laborables durante el tiempo de la misión

El Sr. Obispo de ChâlonssurMarne pidió al Sr. Vicente algunos de sus sacerdote el año 1658 para predicar la misión en varios lugares de su diócesis, y obligó a varios de sus curas a asistir para aprender la manera de instruir a sus feligreses. Veamos lo que uno de los sacerdotes misioneros escribió al Sr. Vicente:

«Nuestra misión de Vassi, —le dice— ha recibido todas las bendiciones que podía esperar. Nos han estado ayudando cuatro curas párrocos y un buen eclesiástico, todos ellos capaces y virtuosos. Dos de ellos han asimilado tan bien el método de la Compañía en sus predicaciones, que, aunque estaban poco preparados para hablar en público, ahora sí lo hacen tan útilmente y con la facilidad que yo conozco entre las personas de su profesión. Los católicos, que la herejía había dejado manchados e infectados de ideas perniciosas, las han abandonado y han quedado confirmados en los buenos sentimientos, dispuestos a llevar una vida verdaderamente cristiana. Y no sólo los habitantes del lugar, sino los de cuatro y cinco sitios de alrededor han aprovechado maravillosamente la misión».

«Estamos ahora ocupados en la misión de Holmoru. Esperamos todavía alcanzar mayores bienes, dada la cantidad de gente, y el afecto que nos tienen los Sres párrocos es tan grande, que hoy mismo han acudido expresamente doce curas desde tres o cuatro leguas para asistir a los actos y aprender el método de enseñar al pueblo».

§. VIII En otros lugares de Francia

Cuando el Sr. Vicente empezó a mandar a sus sacerdotes para trabajar fuera de la diócesis de París y en los lugares más alejados del reino, un abad muy célebre escribió una carta de congratulación en el mes de diciembre de 1627. Y en ella le hablaba sobre aquel asunto

«Acabo de volver —le dice— de un largo viaje que he hecho por cuatro Provincias; ya le he informado del buen olor que se extiende por las Provincias donde hay instalada una casa de su santa Compañía, que trabaja en la instrucción y en la edificación de los pobres aldeanos. En verdad, pienso que no hay nada en la Iglesia de Dios que sea más edificante, ni más digno que los que llevan sobre sí el carácter y el orden de Jesucristo. Hay que pedir a Dios que infunda su Espíritu de perseverancia a un proyecto tan provechoso para el bien de las almas; a él se dedican muy pocos de los que se consagran como conviene al servicio de Dios».

El Sr. Vicente envió a dos de sus sacerdotes a la diócesis de Montauban (48) hacia el año 1630 para fortalecer a los católicos en la pureza de la fe, porque, como vivían entre herejes, estaban en continuo peligro de mancharse con sus errores, y al cabo de dos años de trabajo continuo, los hizo volver al redil. Pero, aunque habían sido principalmente enviados allí para ayudar a los católicos, Dios le hizo la gracia, mientras allí estuvieron, de convertir a veinticuatro herejes.

Y años más tarde, el difunto Sr. de Murviel, obispo de Montauban, escribió al Sr. Vicente sobre el asunto de los brujos que había en su diócesis, y la pena que tenía por tener que limpiarla de aquella gentuza. Y concluía la carta con estas palabras:

«Los sacerdotes de la Misión son muy necesarios en esta diócesis, pues en los lugares donde han trabajado anteriormente no se ha encontrado ningún brujo, ni bruja. He ahí el provecho que los catecismos y las confesiones generales hacen por toda partes: poner a los pueblos en tan buena situación, que los demonios no pueden hacer nada contra ellos con sus sortilegios, tal como hacen con las personas que están sumidas en la ignorancia y en el pecado».

El año 1634 el Sr. Vicente envió a otros misioneros a trabajar en la diócesis de Burdeos, y ellos le dijeron que el pueblo acudía a la misión desde los lugares más lejanos con tanto fervor, que en su mayor parte se quedaban semanas enteras en el lugar donde se daba la misión, esperando que les tocara la vez para hacer la confesión general. Algunos se ponían de rodillas y declaraban en voz alta sus pecados para obtener la absolución; otros decían que preferían morir que volverse a sus casas sin hacer la confesión general.

Y el año 1638 algunos sacerdotes de la misión fueron enviados por el Sr. Vicente a trabajar en la diócesis de Luçon. He aquí lo que uno de ellos le escribió tres años más tarde de que se hubieran dedicado a misiones por aquellos lugares:

«Es inimaginable —le dice— cuán empapados están ahora nuestros trabajos por los consuelos que nuestro buen Dios nos envía para darnos ánimos. Las almas del Poitou que parecían duras como piedras han quedado prendidas en el fuego sagrado de la devoción tan intensamente y con tanto fervor, que parece que no puede apagarse en mucho tiempo».

Otro, al escribirle sobre la misión que se dió en SaintGilles a orillas del mar, dice que en aquel lugar las disensiones y disputas se habían apagado, los corazones divididos reconciliados, los pleitos más difíciles arreglados, los bienes ajenos restituidos, los pobres aliviados y los enfermos consolados y atendidos por la Cofradía de la Caridad. Y finalmente los católicos fortalecidos en la verdadera religión

El difunto Sr. de Nivelle, obispo de Luçon, al escribir al Sr. Vicente el año 1642 sobre las misiones que los Sacerdotes de su Compañía estaban dando en su diócesis, le dice:

«Si Dios quiere que el Instituto de Sacerdotes de su Congregación permanezca muchos años en su Iglesia, podemos esperar grandes frutos. La diócesis de Luçon, donde desde hace tres o cuatro años trabajan siguiendo las órdenes de usted, ya los ha recibido en tal abundancia, especialmente en el mismo Luçon, en donde su misión ha sido tan fructuosa, que me siento infinitamente agradecido al Sr. Cardenal de Richelieu por haberlos proporcionado, y a usted, señor, por haberlos enviado. Sobre todo, su superior trabaja continuamente con un tesón admirable; tiene talentos muy apropiados para conseguir el efecto deseado, y su celo hace que lo aprecien todos. Es digno de elogio en todo lo que hace, fuera de que se pasa en sus trabajos, si es que puede haber algún exceso en las actividades que se emprenden para ganar almas a Dios».

Otros sacerdotes misioneros habían salido hacia Angulema el año 1640, y una dama de alcurnia deseaba que dieran la misión en el pueblo de Saint-Amant, que le pertenecía. Uno de sus principales oficiales le escribió a la señora en estos términos:

«Pienso —le dice— que no puedo empezar mi carta por un asunto que le sea más agradable que por el feliz éxito de la misión de su tierra de Saint-Amant. Ha sido un éxito con tantas bendiciones, que no solamente los pueblos que dependen de ella, más también las treinta y cuatro parroquias vecinas han comparecido en ella y se han manifestado con actos de piedad inimitables. Los Mínimos y los Capuchinos no eran menos celosos: su ejemplo ha atraído a gran parte de los personajes más importantes de la ciudad de Angulema. Le puedo asegurar, señora que, según el común sentir, los misioneros nunca han trabajado con mayor utilidad por la gloria de Dios: han convertido a cinco o seis de los hugonotes importantes de Montignac. El Sr. Duque de la Rochefoucauld ha quedado tan satisfecho que se ha decidido a pedírselos al Sr. Vicente para dar la misión en Verteuil la primavera próxima, y también en Marsillac. Los señores N. y N. que han asistido a la misión, han quedado tan fuertemente conmovidos, que uno de ellos se ha separado y ha resuelto no ver ya más a su concubina y el otro se ha casado legítimamente con la que estaba con él».

El Sr. Vicente envió también misioneros a la misma diócesis el año 1643; no se conocen detalles de sus trabajos, pero le parecieron tan útiles al Sr. du Perron, obispo de Angulema, que le escribió al Sr. Vicente el mes de enero del año siguiente en estos términos:

«Aunque ya le di las gracias por el envío de sus señores misioneros a esta diócesis, he creído que no debería dejar pasar la carta de nuestra pequeña Conferencia sin acompañarla de esta muestra, aunque muy débil, del vivo sentimiento que tengo ante el fruto que recibe esta diócesis por la caridad que usted ha tenido con nosotros, al darnos estos Obreros. Sin embargo, mi consuelo será siempre imperfecto hasta que usted no colme esta felicidad, que no es más que pasajera, con una misión estable y permanente en esta diócesis, mucho más necesitada que las demás. Cuando yo sepa que está usted en disposición de concedernos este favor, procuraré encontrar por aquí los medios para hacer esta fundación, de la que espero que Dios recibirá mucha gloria y la Iglesia no pocas ventajas para la salvación de las almas, que ya sé que es lo único que ustedes buscan como finalidad de todas sus acciones».

A esta carta le siguió otra, a los quince días, de un virtuoso eclesiástico de Angulema dirigida al Sr. Vicente en estos términos:

«Dentro de unos momentos tomaré el caballo para llevar a sus misioneros que trabajan en Blanzac el dinero que usted me ha enviado para sus necesidades. Permítame, por favor, que me muestre de nuevo importuno y le reitere mis humildes súplicas en favor de esta pobre y desolada diócesis, que le pide Obreros estables para socorrerla en sus necesidades espirituales, que son de suma gravedad, y que no serían irremediables, si hubiera aquí personas con tanto celo y con una caridad tan desinteresada como los de esa casa de San Lázaro, que se cuidaran de ellas. Sé muy bien, señor, que la Providencia podrá servirse de otros mil medios, cuando le plazca; pero está claro que ha puesto sus ojos sobre usted y le ha escogido entre otros muchos miles para socorrer no solamente a las pobres diócesis de este reino, sino principalmente a las que parecen estar casi abandonadas por todo el mundo»,etc

El difunto Sr. de Montchal, arzobispo de Toulouse, que le escribe al Sr. Vicente el año 1640:

«No puedo —le dice— dejar marchar a esos dos misioneros, que ha enviado usted a esta tierra y que ahora vuelven para ahí, sin agradecerle con todo mi corazón los grandes servicios que le han hecho a Dios en mi diócesis. No sería capaz de indicarle los esfuerzos que han realizado ni los frutos que han obtenido, por los que me siento especialmente agradecido con usted, ya que han estado trabajando precisamente en mi descargo. Uno de ellos ha llegado a dominar la lengua de esta tierra hasta hacerse admirar por los que la hablan, y se ha mostrado infatigable en su trabajo. Cuando hayan recobrado las fuerzas, le suplico que me los envíe de nuevo, ya que estoy pensando en obligar a hacer los Ejercicios a los Ordenandos, y tengo necesidad una vez más de su ayuda por este motivo. Todo será para la gloria de Dios, si usted nos ayuda», etc

El año 1648 el superior de la misión de Richelieu escribió al Sr. Vicente que tres misioneros acababan de dar dos misiones en el BasPoitou; y que entre las gracias que Dios había hecho por su ministerio, la conversión de doce herejes no fue ciertamente la menor

A propósito de eso es bueno destacar una circunstancia bastante notable, que es que esas conversiones de herejes, a las que acabamos de aludir, y otras muchas que tuvieron lugar desde las primeras misiones del Sr. Vicente hasta ahora, se lograron no disputando contra ellos, ni prometiéndoles ayudas, empleos, u otras ventajas temporales, sino por una gracia especial de Dios, que acompañaba a las enseñanzas y a los buenos ejemplos de los misioneros; solamente dándoles a conocer las verdades cristianas en su pureza los han atraído a la religión católica, de una forma tanto más segura cuanto más apartada está de todo interés humano.

Por ese tiempo, los mismos misioneros, después de dar la misión en la parroquia de Saché, de la diócesis de Tours (58), le escribieron al Sr. Vicente que, aunque sólo había seiscientas personas en edad de comulgar en esta parroquia, sin embargo, hubo mil doscientas en la comunión general; que esta misión había estado acompañada de grandísimas bendiciones de Dios, que había producido gran número de reconciliaciones, de restituciones, de verdaderas conversiones, y de otros frutos parecidos; que el Sr. Párroco, su vicario y otros cinco eclesiásticos habían hecho confesión general; y que uno de los más ricos del pueblo, muy apegado a sus riquezas y que no hacía limosnas sino rarísima vez y en pequeñísima cantidad, había quedado tan tocado que había hecho decir en el sermón que daría pan tres veces a la semana a todos los pobres que se presentaran pidiendo en su puerta.

Después de esta misión, se dio otra en el pueblo de Villaine, de la misma diócesis. Y la misma bendición se manifestó en la concurrencia y la asiduidad de los pueblos, en las conversiones de los pecadores, y en las reconciliaciones de enemigos, entre los cuales hubo trece o catorce por desavenencias importantes. La comunión general se realizó con gran efusión de lágrimas; y en la procesión, a la que asistían cerca de dos mil personas, el Sr. Párroco, de ochenta y ocho años de edad, dijo llorando de alegría, que estaba agradecido a Dios por tantas gracias como hacía a las almas que estaban bajo su guía, y que nunca había visto tal cantidad de gente, ni devoción semejante en su iglesia, como la que veía entonces

Aún se dió otra misión el año 1640 en la misma diócesis de Tours, en la parroquia de Chailly. En ella, además de las bendiciones ordinarias que Dios derrama por su bondad en semejantes circunstancias, hubo cuatro o cinco arreglos y reconciliaciones muy importantes. Uno, entre el Sr. párroco y un habitante, que lo había injuriado

Otro, entre los mayordomos de la parroquia que habían administrado los bienes de la iglesia los cinco años anteriores, y el que estaba entonces de administrador; y este arreglo fue muy ventajoso para la iglesia, que estaba muy mal dotada de ornamentos. Y el tercero, entre unos oficiales de justicia, que, desde hacía seis o siete años vivían muy enemistados. El cuarto, entre dos gentileshombres, que estaban enzarzados en un pleito. El quinto, entre uno de los principales burgueses y un arrendatario suyo, por unas cuentas que estaban en discusión, y que podrían llevar a la ruina al labrador.

Omitimos aquí infinidad de frutos parecidos de las misiones que se dieron en grandísimo número en otros sitios de este reino, que si las tuviéramos que narrar al detalle, además de las repeticiones continuas y enojosas, habría que utilizar varios volúmenes. Lo poco que se ha relatado aquí bastará para servir de muestra, y para hacer ver las grandes gracias y bendiciones que Dios ha querido derramar sobre todo el reino por el ministerio del Sr. Vicente y de los suyos. Digo grandes gracias, si se las quiere pesar en la balanza del santuario, y juzgar su valor por el precio que han costado a Jesucristo; quien, para hacernos conocer cuánto deberíamos apreciar la conversión de los pecadores, y, por consiguiente, todos los medios que puedan contribuir a ello, declaró en el Evangelio «Que habrá una alegría muy especial entre los ángeles en el cielo aún cuando se convierta y haga penitencia un solo pecador» en la tierra, y debemos creer que esos espíritus celestiales tan sabios y tan esclarecidos sólo se alegran por un motivo que lo merece.

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