Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 1, Sección 11

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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MISIONES DEL SEÑOR VICENTE

SECCIÓN XI: Misión de las islas Hébridas

Si la señal más segura de una caridad perfecta es preferir incomparablemente los intereses de nuestro Señor Jesucristo a los suyos propios, o por mejor decir, olvidar todos los intereses propios, e intererarse únicamente por los de Jesucristo, se puede decir en verdad que el Sr. Vicente poseyó esa virtud en un grado eminentísimo de perfección. Porque en todas sus empresas siempre puso bajo sus pies todo lo que se refería a sus propios intereses, o a los de los suyos, y se preocupó únicamente de la gloria y del servicio de su divino Maestro. Todas las misiones que hemos referido en las secciones anteriores son pruebas evidentes de eso, pero especialmente las que vamos a tratar en ésta. En ella verán que el puro motivo de la caridad fue lo que llevó al Sr. Vicente a emprenderla, ya que ninguna clase de ventajas terrenales le podía mover a semejante tarea.

Y para conocerlo mejor, se ha de saber que las islas llamadas Hébridas, que son muy numerosas pero muy pequeñas en extensión, están situadas en el norte de Escocia, en un clima frío que las hace estériles. Como consecuencia, los habitantes se ven reducidos a una pobreza tal, que los que pasan por notables y mejor acomodados se ven obligados al pan de avena, y la mayor parte no tiene más muebles que la paja, que les sirve de cama y de mesa, y en algunos casos, de manteles y servilletas. De ahí se puede deducir fácilmente cómo será la pobreza del pueblo bajo.

Esa miseria e indigencia ha sido la causa de que, habiéndose suspendido la práctica de la religión católica y expulsado a los sacerdotes, desde los días en que Inglaterra se separó de la Iglesia Romana, haya habido muy pocos ministros o predicadores de la nueva religión que hayan querido permanecer allí. Y así, los pobres habitantes de las islas se han visto reducidos en su mayor parte a tal penuria en la asistencia espiritual, que se han llegado a encontrar ancianos de ochenta, de cien años y más, que no habían sido bautizados. De ahí se podrá juzgar en qué situación estaban todos los demás. La mayor parte de aquella pobre gente no sabía si eran católicos o herejes, y no existía entre ellos casi ningún acto de religión.

No hizo falta otra solicitud ante el Sr. Vicente para moverlo a socorrer a aquellos pobres isleños en semejante abandono, sino su propia caridad. Bastaba con que conociera aquella necesidad espiritual casi extrema, para que tomara la resolución de enviar allí a los suyos, sin ahorrar ni los gastos ni las molestias. Y se le podían aplicar estas palabra: «Sufficit, ut noveris; neque enim amas et deseris». Propuso a algunos virtuosos sacerdotes irlandeses y escoceses de su Congregación que fueran a socorrer y asistir a sus hermanos. Lo aceptaron con mucho interés, a pesar del evidente peligro al que había que exponerse a causa del rigor con que se les perseguía entonces a los sacerdote católicos. Escogió entre ellos a dos sacerdotes irlandeses para aquella misión de las islas Hébridas, y a ellos juntó un tercer sacerdote, escocés de nacimiento, para trabajar en Escocia.

Partieron el año 1651 disfrazados de mercaderes para no ser reconocidos por los herejes, y se dirigieron por esa razón a Holanda para embarcarse allí. Felizmente se encontraron con un señor escocés llamado Glengarry, notable tanto por su virtud como por su nacimiento, que se había convertido hacía poco a la religión católica.

Los tomó desde entonces bajo su protección y les prestó siempre muy buenos servicios. Una vez embarcados en su compañía, se dirigieron a Escocia. En cuanto llegaron, los reconoció un sacerdote apóstata que se había hecho ministro, y escribió cartas a todos los sitios de Escocia para informar de la llegada de los misioneros. Pero Dios por su Bondad los libró de aquel peligro e hirió de tal manera el cuerpo y el corazón del miserable apóstata, que, después de sufrir grandes dolores en todos sus miembros y de perder casi la vista y el oído por la violencia de los males que sufría, al fin reconoció que la mano de Dios estaba sobre él y que sus pecados atraían aquel azote; y tocado por un movimiento de la gracia divina, decidió convertirse. Así lo hizo sin ningún fingimiento, pues tuvo que andar un largo recorrido para verse con el Sr. Duiguin, misionero, con la intención expresa de pedirle perdón por su falta y la absolución de su apostasía. Para ello se postró a sus pies con grandes muestras de verdadera contrición, conjurándole que aceptara la abjuración que quería hacer de su herejía y que lo recibiera en la Iglesia, cosa que realizó muy gustosamente el Sacerdote de la Misión en virtud del poder que había recibido del Soberano Pontífice.

En cuanto a los frutos que esa misión produjo en aquellas islas abandonadas, junto con los trabajos que los misioneros sufrieron allí, no sabríamos explicarlo mejor que aduciendo aquí párrafos de dos cartas escritas a propósito al Sr. Vicente por el Sr. Duiguin. La primera es del veinticinco de octubre de 1652. En ella habla de esta manera:

«Dios nos ha concedido la gracia, una vez llegados a Escocia, de cooperar en la conversión del padre del Sr. de Glengarry. Era un anciano de noventa años, educado en la herejía desde su juventud. Lo instruimos y lo reconciliamos con la Iglesia durante una grave enfermedad que lo llevó en seguida al sepulcro, aunque después de haber recibido los sacramentos y demostrado una verdadera pena por haber vivido tanto tiempo en el error y un gozo indecible por morir católico. También reconcilié a varios de sus criados y a alguno de sus amigos, aunque en secreto. Hecho esto, dejé a mi compañero en aquella tierra montañosa de Escocia, ya que había allí muchas necesidades espirituales y mucho bien que hacer, y me trasladé a las islas Hébridas, en donde Dios con su omnipotencia misericordiosa ha realizado maravillas por encima de toda esperanza. Porque ha dispuesto tan bien los corazones que el Sr. de Clanronald, señor de una gran parte de la isla de Uist, se ha convertido con su esposa, su hijo y toda su familia, así como también todos los gentileshombres suyos con sus familias. También he estado trabajando con la gente de aquella isla, hasta que pasé luego a Egga y Canna, en donde Dios ha convertido a unas ochocientas o novecientas personas, que estaban tan poco instruidas en las cosas que concie[rn]en a nuestra religión que ni siquiera habría quince que conocieran algunos de los misterios de la fe cristiana. Espero que el resto dará pronto gloria a Dios. Me he encontrado con treinta o cuarenta personas de setenta y hasta cien años y más que no habían recibido el santo Bautismo. Las he instruido y bautizado, y poco después han muerto. Sin duda que están ahora rogando delante de Dios por quienes les procuraron tan gran bien. Gran parte de los habitantes vivían en concubinato, pero gracias a Dios hemos puesto remedio a ello, casando a los que querían y separando a los que no querían casarse».

«No hemos recibido nada de este pueblo por los servicios que les hemos prestado. A pesar de eso tengo que mantener a dos hombres: uno para que me ayude a remar cuando paso de una isla a otra, y a llevar mis ornamentos y mis bultos por tierra, ya que he de caminar a veces cuatro o cinco leguas a pie por caminos difíciles antes de decir misa; el otro me ayuda a enseñar el Padrenuestro, el Avemaría y el Credo, y a decir la misa, ya que no hay nadie capaz de hacerlo más que él, después de la instrucción que le di».

«Ordinariamente no hacemos más que una comida al día, que consiste en pan de cebada o de centeno, con queso o manteca salada. Pasamos a veces días enteros sin comer, por no encontrar con qué, sobre todo cuando tenemos que atravesar montañas desiertas y sin habitar. En cuanto a la carne, no la comemos casi nunca, a pesar de que a veces se encuentra en algunos lugares que están más bien lejos del mar, sobre todo en casa de las personas distinguidas; pero es tan mala y la condimentan con tanta sal que da repugnancia comerla. La echan en tierra sobre un poco de paja, que les sirve de mesa y de silla, de mantel y de servilleta, de fuente y de plato. Es imposible comprarla para cocerla y guisarla nos otros mismos como en Francia, pues no la venden a trozos, ya que aquí no hay carniceros, de modo que tendríamos que comprar un buey o un cordero entero, y no podemos hacerlo, ya que nos vemos obligados a viajar continuamente para ir a bautizar y a administrar los demás sacramentos. En el mar de los alrededores de estas islas hay pesca en abundancia, pero sus habitantes se dan poca maña para cogerla, ya que tienen un carácter perezoso y poco hábil. Sin duda sería un gran servicio el que se haría a Dios enviando a esta tierra buenos Obreros evangélicos que supieran hablar bien la lengua del país, y todavía más sufrir el hambre, la sed y el dormir en tierra. También es necesario que tengan una pensión anual, pues de lo contrario no tendrían medios para subsistir».

En la segunda carta del mismo mes de abril de 1654.

«Estamos infinitamente obligados —dice— a dar gracias incesantes a la Bondad divina por tantas bendiciones como quiere derramar sobre nuestros trabajos humildes. Le diré solamente alguna cosa sobre ello, ya que sería imposible manifestarle todo»

«Las islas que he frecuentado han sido las de Uist, Canna, Egga y Sky, y en el continente, las aldeas de Moydart, Arisaig, Morar, Knoydart y Glengarry»

«La isla de Uistpertenece a dos señores: uno se llama el capitán de Clanronald y el otro Mac Donald. Lo que pertenece al primero está todo convertido, exceptuando sólo a dos hombres que no quieren ninguna religión, a fin de tener más libertad para pecar. Han sido devueltas al redil de la Iglesia cerca de mil doscientas almas. En la otra parte de la isla, que pertenece a Mac Donald, no he estado todavía, aunque me han invitado a ir. Hay allí un ministro que quiere discutir conmigo por carta. Ya le he contestado y espero que la controversia podría obtener un buen resultado. Los nobles me invitan a ir a sus lugares y al señor le parece bien que vaya. Y estoy tanto más decidido a ir, cuanto que sé que el ministro me tiene miedo y que le gustaría apartarme de allí. Los dos criados que me envió se han vuelto convertidos al catolicismo, gracias a Dios, y he recibido la confesión general que hicieron después de haberlos preparado a ella».

«Los habitantes de la pequeña isla de Cannaestán convertidos en su mayoría, lo mismo que algunos de los de Egga.Por lo que se refiere a la isla de Sky,está gobernada por tres o cuatro señores: una parte por Mac Donald y su madre, otra por Mac Leod y la tercera por Mac Fimine. Pues bien, en las dos primeras partes hay una gran cantidad de familias convertidas, pero en la de Mac Fimine no he hecho nada todavía».

«En cuanto a Moydart, Arisaig, Morar, Knoydart y Glengarry están convertidos o resueltos a recibir la instrucción, apenas tengamos la oportunidad de ir allí. Hay seis o siete mil almas en todos aquellos lugares, que están muy alejados unos de otros y son difíciles de visitar a pie e inaccesibles a caballo».

«A comienzos de la primavera fui a otra isla llamada Barra en la que encontré al pueblo tan devoto y tan deseoso de aprender que me llena de entusiasmo. Bastaba con enseñarle bien a un niño en cada pueblo el Padrenuestro,el Avemaría,y el Credo, para que al cabo de dos o tres días los supiera toda la aldea, tanto los mayores como los pequeños. Recibía a los principales en la iglesia, y entre ellos al joven señor con sus hermanos y hermanas, con la esperanza de hacer lo mismo con el señor anciano en la primera ocasión que vuelva allá. Entre esos convertidos hay uno que es hijo de un ministro y cuya devoción edifica mucho a todo el país, donde es muy conocido. De ordinario, retraso durante algún tiempo la comunión después de la confesión general, para que queden mejor instruidos y mejor dispuestos todavía por una segunda confesión, y también para excitar en ellos el deseo y el afecto de comulgar».

«Entre los que han recibido la sagrada comunión hubo cinco que Dios demostró que no estaban en las disposiciones debidas para ello, pues habiendo sacado la lengua para recibir la sagrada Forma no pudieron luego retirarla; tres de ellos se quedaron en ese estado hasta que se les retiró la forma; pero luego, habiéndose confesado y debidamente dispuestos, recibieron finalmente ese Pan de vida sin ninguna dificultad. Los otros dos todavía no se han repuesto. Dios ha querido permitir estos efectos extraordinarios para dar a los cristianos de este país mayor temor cuando se acerquen a este divino sacramento, y así se presenten en las mejores disposiciones»

«Se han visto otras muchas cosas maravillosas realizadas en virtud del agua bendita. Esto ha servido mucho para dar grandes sentimientos de piedad a muchos pobres. Hemos bautizado a muchos niños e incluso a adultos de treinta, cuarenta, setenta y ochenta años y más, pues estaban seguros de no haber sido bautizados. Entre ellos hubo algunos que se veían turbados y vejados por fantasmas y por espíritus malignos, que se han quedado totalmente libres después de recibir el bautismo, de forma que ya no los ven».

El virtuoso y celoso misionero tenía también las intención de trasladarse a otra isla, llamada Pabba, pues el gobernador le había concedido antes una entrada libre. He aquí lo que le escribe a un cohermano suyo el 5 de mayo de 1657.

«Me preparo para salir el día 10 camino de Pabba.Todavía no le he declarado mi plan por miedo a que la dificultad y el peligro que hay le causara algún temor, porque ese sitio es terrible y fuera de lo común. Pero la esperanza que tenemos de atraer a varias ovejas descarriadas al redil de Nuestro Señor, con la confianza puesta en su bondad; y como además hay motivos para esperar que los habitantes de aquella isla, al no estar inficcionados de ninguna idea herética vendrán a instruirse en las verdades de nuestra santa religión, podrán con la gracia de Dios mantenerse en ella y perseverar. Confiando en eso, despreciando los peligros y hasta la misma muerte, saldremos, con la ayuda de Dios, a cuya voluntad me encomiendo. Por eso le ruego que no tarde en venir. Guárdese mucho de confiar a nadie mi secreto, salvo al Sr. Noeil, porque queremos por varias razones que se mantenga secreto y oculto».

Pero aquel buen misionero no pudo realizar este proyecto que hizo saber a su cohermano por esta carta, porque cayó un poco más tarde enfermo y murió el diecisiete del mismo mes de mayo, con gran sentimiento de todos aquellos pueblos por cuya salvación había trabajado tanto

Después de haber hablado de las misiones dadas en las islas Hébrida, habrá que decir algo de las que se daban en ese mismo tiempo en Escocia. Allí trabajaba el Sr. Lumsden, misionero muy celoso. He aquí lo que le confió al Sr. Vicente el año 1654:

«En cuanto a la misión que estamos dando aquí en el campo, Dios le está dando muchas bendiciones. Puedo decirle que todos los habitantes, tanto ricos como pobres, no han estado nunca, desde que cayeron en la herejía, en tan buenas disposiciones para reconocer la verdad y convertirse a nuestra santa fe. Todos los días recibimos a varios que abjuran de sus errores; algunos son incluso de lo más distinguidos. Además, trabajamos en confirmar a los católicos con la palabra de Dios y la administración de los sacramentos. El día de Pascua estuve en casa de un señor; en ella comulgaron más de cincuenta personas, entre ellas había gente recién convertida. El feliz éxito de nuestras misiones da mucha envidia a los ministros, a los que les falta más bien fuerza que deseos para sacrificarnos en aras de su pasión; pero nosotros confiamos en la bondad de Dios, que será siempre nuestro protector».

Y por otra carta del mes de octubre del año 1657, hablando sobre el mismo tema: «Los pueblos de estas tierras del norte —dice— están mucho mejor dispuestos para recibir la verdadera fe ahora que antes, etc. La gracia de Dios no ha trabajado en vano este último verano. Gracias a ella he tenido la dicha de devolver al seno de la Iglesia a unas cuantas personas de alta condición, que han abjurado de su herejía. Al mismo tiempo, he confirmado cada vez más a los católicos mediante las instrucciones que les he dado y los sacramentos que les he administrado. Incluso he emprendido un viaje a las islas Orcadas, y he recorrido las aldeas de Moray, Ross, Sutherland, Candie y Caithnes,por donde no había pasado ningún sacerdote desde hace varios años, ni queda ya casi ningún católico. Pero cuando empecé a trabajar en serio en Caithnes, donde recibí en la fe a un hombre ilustre, que me invitó a permanecer durante algún tiempo en aquella Provincia, donde era de esperar la conversión de muchos, me vi obligado a dejarlo todo y a escapar deprisa, ya que el enemigo de nuestra salvación suscitó una nueva persecución contra los católicos por instigación de los ministros, que obtuvieron un mandato del protector Cromwell, dirigido a todos los jueces y magistrados del Reino de Escocia, en el que decía que, como le han expuesto que muchas personas, especialmente en las Provincias septentrionales, se pasan al papismo, y como es oportuno impedir estas conversiones y evitar este cambio, les manda que hagan una investigación diligente, especialmente contra todos los sacerdotes, a los que ordena encarcelar y castigar según las leyes del Reino. Pues bien, como el ministro Bredonique está muy enconado especialmente contra mí, y anda intentando prenderme, he tenido que retirarme de los lugares en donde estaba con cierta seguridad hasta entonces y buscar algún otro refugio, hasta que se vea en qué para esta persecución. No le puedo escribir más al detalle acerca del estado de nuestros asuntos por miedo a que nuestras cartas vayan a caer en manos de nuestros enemigos».

No sin gran razón usaba de estas precauciones el virtuoso misionero para librarse de caer en manos de los herejes, no tanto por temor a la cárcel ni a la misma muerte, cuanto por miedo a privar a los católicos de aquel pobre Reino de la ayuda y la asistencia que les prestaba. Porque desde el año 1655, con ocasión de un mandamiento parecido, y por petición de los ministros de Cromwell, el magistrado inglés que hacía de pretor había encontrado a tres en el castillo del Marqués de Huntley, entre los que estaban su hermano el Sr. Le Blanc, que había sido llevado preso a la ciudad de Aberdeen el mes de febrero de dicho año

El Sr. Vicente, cuando se enteró de aquella noticia, se aprovechó de ese tema para hablar a la Comunidad y exhortarla a la constancia en los contratiempos, y las persecuciones en los que se pueden hallar los sacerdotes misioneros. He aquí en qué términos les habla:

«Encomendaremos a Dios a nuestro buen Sr. Le Blanc, que trabaja en las montañas de Escocias, y que ha sido hecho prisionero por los herejes ingleses, junto con un Padre jesuita. Los han llevado a la ciudad de Aberdeen, de donde es el Sr. Lumsden, que no dejará de verle y ayudarle. En aquel país hay muchos católicos que visitan y atienden a los sacerdotes que están sufriendo. Tanto es así que ese buen misionero está en camino hacia el martirio. No sé si hemos de alegrarnos o de entristecernos por ello; pues por una parte, Dios recibe honor por su detención, ya que lo ha hecho por amor; y la Compañía podría sentirse dichosa, si Dios la encontrara digna de darle un mártir, y él está contento de sufrir por su Nombre y de ofrecerse, como lo hace, a cuanto Dios quiera hacer con su persona y su vida. ¡Cuántos actos de virtud estará practicando ahora, de fe, de esperanza, de amor a Dios, de resignación y de oblación, disponiéndose cada vez mejor para merecer esa corona! Todo esto nos mueve, en Dios, a sentir gran alegría y gratitud.

«Más, por otra parte, es nuestro cohermano el que sufre, ¿no tenemos que sufrir con él?. De mí confieso que, según la naturaleza, me siento muy afligido y con un dolor muy sensible; pero, según el espíritu, me parece que hemos de bendecir por ello a Dios como si se tratara de una gracia muy especial. Es lo que Dios hace cuando uno le ha hecho notables servicios: lo carga de cruces, de tribulaciones y de oprobios. Señores y Hermanos míos: tiene que haber algo muy grande, incomprensible al entendimiento humano, en las cruces y en los sufrimientos, ya que Dios suele pagar el servicio que se le hace con aflicciones, persecuciones, cárceles y martirios, a fin de elevar a un alto grado de perfección y de gloria a los que se entregan perfectamente a su servicio. El que quiera ser discípulo de Jesucristo tiene que esperar esto, pero debe esperar también que, cuando se presente la ocasión, Dios le dará fuerzas para soportar las tribulaciones y superar los tormentos.

«El Sr. Le Vacher me escribió un día desde Túnez que un sacerdote de Calabria, donde los espíritus son rudos y toscos, concibió un gran deseo de sufrir el martirio por su Nombre, como en otros tiempos el gran san Francisco de Paula, a quien también inspiró Dios ese mismo anhelo, pero sin que llegara a ejecutarlo, por destinarlo Dios a otra cosa. Pero aquel buen sacerdote se vio tan movido por ese deseo, que cruzó los mares para encontrar ocasión de ser martirizado en Berbería, donde finalmente murió confesando el nombre de Jesucristo. ¡Oh, si Dios quisiera inspirarnos ese mismo anhelo de morir por Jesucristo, de cualquier forma que sea, cuántas bendiciones atraeríamos sobre nosotros! Ya sabéis que hay varias clases de martirios: además del que acabamos de mencionar, está el de mortificar incesantemente nuestras pasiones, y también el de perseverar en nuestra vocación en el cumplimiento de nuestras obligaciones y de nuestras prácticas. San Juan Bautista, por haber tenido el coraje de reprender al Rey un pecado de incesto y de adulterio que había cometido, y haber sido matado por este motivo, es honrado como mártir, aunque no murió por la fe, sino por defender la virtud contra la que había pecado aquel incestuoso. Por consiguiente, consumirse por la virtud es una especie de martirio. Un misionero, que es muy mortificado y muy obediente, que cumple perfectamente sus obligaciones y vive según las reglas de su estado, hace ver, por medio de ese sacrificio de su cuerpo y de su alma, que Dios merece ser el único servido y que merece ser incomparablemente preferido a todas las ventajas y los placeres de la tierra. Obrar de este modo es publicar las verdades y las máximas del Evangelio de Jesucristo, no por palabras, sino por conformidad de su vida con la de Jesucristo, y dar testimonio de su verdad y de su santidad ante fieles e infieles. Por tanto, vivir y morir de esta forma es ser mártir».

«Pero volvamos a nuestro buen Sr. Le Blanc, y consideremos cómo lo trata Dios, después de haber hecho tantas cosas buenas en su misión. He aquí una cosa maravillosa a la que algunos le querrían dar el nombre de milagro. Hace algún tiempo, hubo en el mar una especie de mal tiempo que hacía la pesca muy infructuosa y puso al pueblo en extrema necesidad. Le pidieron que hiciera algunas preces y echara agua bendita en el mar, pues se imaginaban que la perturbación atmosférica se debía a algún maleficio. Así lo hizo, y Dios quiso que volviera en seguida la calma y que abundara de nuevo la pesca».

«Es él quien me lo ha escrito. Otros me han hablado también de los grandes trabajos que sufría en aquellas montañas para animar a los católicos y convertir a los herejes, los continuos peligros a que se exponía y la escasez que padecía, no comiendo más que pan de avena. Por consiguiente, si a un obrero que ama tanto a Dios le corresponde hacer y sufrir estas cosas por su servicio y, después de eso, Dios permite que le vengan otras cruces mayores todavía y que lo encarcelen por Jesucristo y hagan de él un mártir, ¿no hemos de adorar esta voluntad de Dios y, sometiéndonos amorosamente a ella, ofrecernos a El para que cumpla en nosotros su santísima Voluntad? Pues bien, le pediremos a Dios esta gracia, le daremos las gracias por la última prueba que quiere hacer de la fidelidad de este servidor suyo y le rogaremos que, si no quiere dejárnoslo, le dé al menos fuerzas en los malos tratos que está sufriendo o que pueda sufrir en adelante».

Aunque, según todas las apariencias, el virtuoso preso tenía en peligro su vida por estar en manos de sus más crueles enemigos, que sólo deseaban su muerte, Dios quiso que recobrara la libertad después de cinco o seis meses de estar encarcelado, porque no se hallaron pruebas suficientes para condenarlo a tenor de las leyes que se promulgaron en aquel tiempo contra los católicos, de que había celebrado misa, o ejercido otras funciones de su ministerio. Hubo ciertamente un hombre, que testificó contra él, pero de forma titubeante y dubitante; y en el careo se desdijo de lo que había depuesto anteriormente y explicó de otra manera lo que había hecho, pues no quería, según decía él, ser la causa de la pérdida de aquel hombre. Con todo, al Sr. Le Blanc se le concedió la libertad con una condición muy rara, que era que, si volvía a predicar, a instituir o a bautizar a alguno, o a administrar otros sacramentos, sería colgado sin nueva forma de proceso.

El Sr. Vicente en cuanto recibió la noticia de la liberación del Sr. Le Blanc, la comunicó a su Comunidad en estos términos:

«Demos gracias a Dios por haber librado de este modo al inocente y porque entre nosotros haya habido una persona que ha sufrido todo esto por amor a su Salvador. Este buen sacerdote no ha dejado por miedo a la muerte de regresar a las montañas de Escocia y de seguir trabajando allí como antes. ¡Cuántos motivos tenemos para dar gracias a Nuestro Señor por haber dado a esta Compañía el espíritu del martirio, esta luz y esta gracia que le hace ver como algo grande, luminoso, espléndido y divino el morir por el prójimo a imitación de Nuestro Señor! Demos gracias a Dios por todo ello, y pidámosle que nos dé a cada uno de nosotros esa misma gracia de sufrir y dar la vida por la salvación de las almas».

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