Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 1, Sección 1

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
Tiempo de lectura estimado:

MISIONES DEL SEÑOR VICENTE

SECCIÓN I : De las misiones en general

No es necesario que hagamos aquí un largo discurso para hacer ver al lector la necesidad o la utilidad de las misiones llevadas a cabo por el Sr. Vicente y los suyos.

La experiencia, desde que empezaron hace más de cuarenta años, la ha dado a conocer suficientemente. Y si todavía alguno no estuviera plenamente persuadido de eso, no tienen más que ver a un lado el estado deplorable en que se hallaban antes de ese tiempo la mayor parte de los pueblos, y, particularmente, los del campo, que parecían estar sepultados en las tinieblas de una profunda ignorancia de las cosas de su salvación, y como consecuencia, sumergidos en toda clase de vicios; y al otro, los saludables efectos producidos por las misiones del Sr. Vicente y las conversiones admirables logradas por medio de dichas misiones. Seguramente que se verá obligado a reconocer y a confesar, que la mano de Dios estaba con su fiel siervo, y que entre otros excelentes medios externos para la salvación de las almas, su misericordia ha querido particularmente usar, en este último siglo, las misiones, como uno de los más eficaces y más excelentes, y sobre el que Dios ha querido derramar con mayor abundancia sus divinas bendiciones.

He aquí lo que un sacerdote de condición y de virtud, que había asistido y también trabajado en una misión en una población importante de la provincia de Anjou, escribió a este propósito, hace más de veinte años, al Sr. Vicente:

«Entre las personas —le dice— que han hecho confesión general, le puedo asegurar que hemos hallado más de mil quinientas que no habían hecho nunca una buena (confesión); y que, además de eso, en su mayor parte estaban encenagadas en pecados enormes por espacio de diez, de veinte y de treinta años. Y que han manifestado ingenuamente, que nunca se habrían confesado con sus pastores o confesores ordinarios. La ignorancia que hemos encontrado es grandísima; pero aún había más malicia; y la vergüenza que tenían para manifestar sus pecados llegaba hasta el punto de que algunos de ellos no podían decidirse a declararlos sino en las confesiones generalas que hacían con los misioneros. Mas, por fin, apremiados por lo que oían en los sermones y en los catecismos, se han rendido, y han confesado sin titubear sus faltas con gemidos y lágrimas».

Un gran prelado, cuya memoria es bendita, Don Santiago Lescot, obispo de Charter, escribiendo al Sr. Vicente sobre el tema de las misiones el año 1647, le habla en estos términos:

«No puedo recibir una noticia más grata ni más provechosa que la que usted me da, que desea que continúen las misiones en la diócesis, si me parece oportuno. No hay ninguna diócesis en Francia de la que usted pueda disponer más libremente; y no sé si habrá alguna en la que las misiones puedan ser más útiles y necesarias, al ver la extraña ignorancia que observo en mis visitas y que causa horror. No quiero decir nada sobre el tiempo, el lugar y las circunstancias. Lo dejo todo en sus manos, diciéndole lo que decía Abraham: Ecce universa coram te sunt.Soy de verdad y con todo el corazón, su…» etc

Otro prelado, a quien no nombramos porque todavía vive, escribiéndole al Sr. Vicente el año 1651 sobre ese mismo asunto:

«La misión —le dice— es uno de los mayores bienes y más necesarios que yo conozco, porque en el pobre pueblo reina la mayor ignorancia del mundo, y si usted pudiera ver cómo es la que existe en mi diócesis, se movería a compasión. Puedo decirle con toda verdad, que la mayor parte de los católicos son sólo de nombre, y únicamente porque lo eran sus padres, y no por saber lo que es ser católico. Y esto es lo que nos llena de aflicción, especialmente al no poder poner orden alguno en la diócesis, porque aquellos a quienes les desagrada este orden no se muestran tan contentos de ir al sermón como de ir a misa».

El Sr. Vicente estaba demasiado convencido por su propia experiencia de la extrema necesidad que los pueblos tenían de instruirse en las cosas necesarias para la salvación, y de estar preparados para hacer una confesión general. Y como era en las misiones cuando se les ofrecían esos servicios caritativos con más fruto y más éxito, ésa era la causa por la que el Sr. Vicente se entregaba a ellas con todo su poder, y a las que solía invitar y orientar, en cuanto podía, a todos los que veía aptos para trabajar en ellas tanto de la Congregación como de otras. Vamos a presentar en el párrafo siguiente el sumario de un pequeño discurso familiar, que dirigió un día a los suyos sobre este tema; en él se podrá ver cuáles eran sus ideas acerca de la necesidad y de la utilidad de las misiones

§. I Notables palabras del Sr. Vicente sobre las misiones

«Tenemos la obligación —dijo, hablando cierto día a los de su Compañía— de trabajar en la salvación de la pobre gente del campo, porque Dios nos ha llamado para eso. Y san Pablo nos invita a andar en nuestra vocación y a corresponder a los eternos designios que Dios tiene para nosotros. Pues bien, este trabajo es el principal de nuestra Congregación; todo la demás es accesorio. Porque no hubiéramos trabajado nunca en los Ordenandos ni en los Seminarios de los eclesiásticos, si no hubiéramos pensado que era necesario, para mantener a los pueblos en buen estado y para conservar el fruto de las misiones, actuar de forma que hubiera buenos eclesiásticos en ellos, imitando en eso a los conquistadores, que dejan guarniciones en las plazas que han tomado, por miedo a perder lo que habían conquistado con tantas dificultades. ¿No somos felices, hermanos míos, por realizar ingenuamente la vocación de Jesucristo? Porque ¿quién manifiesta mejor la forma de vida que Jesucristo tuvo en la tierra que los misioneros? No lo digo sólo de nosotros; también me refiero a los grandes Obreros apostólicos de diversas órdenes, que dan misiones dentro y fuera del Reino. Ellos son los grandes misioneros, nosotros sólo somos su sombra. Miren cómo se trasladan a las Indias, al Japón, al Canadá, para tener terminada la obra que Jesucristo empezó, y que no ha abandonado desde el primer instante en que fue dedicado a ella por voluntad de su Padre. Pensemos que nos dice en nuestro interior: ¡Adelante, misioneros! ¡Id a donde yo os envío! ¡Ahí tenéis a las pobres almas que os están esperando, y cuya salvación depende en parte de vuestras predicaciones y de vuestras catequesis!. ¡Eso es, Hermanos míos, lo que debemos considerar con detenimiento, porque Dios nos ha destinado para trabajar en tal tiempo, en tales sitios, y por tales personas! Es así como destinaba El a sus profetas para ciertos lugares y para ciertas personas, y no quería que fueran a otro sitio. Pero, ¿qué responderíamos a Dios, si sucediera que, por nuestra ausencia, alguna de esas pobres almas murieran y se perdieran? ¿No sería motivo para echarnos en cara, porque seamos en cierto modo la causa de su condenación, por no haberlas asistido como podíamos? Y ¿no deberíamos temer que se nos pidiera cuenta en el momento de nuestra muerte? Por el contrario, si correspondemos fielmente a las obligaciones de nuestra vocación, ¿no tenemos motivos para esperar que Dios nos aumentará de día en día sus gracias, que multiplicará cada vez más la Compañía, y le dará hombres con tales disposiciones como convienen para trabajar con su espíritu, y que El bendecirá todos nuestros trabajos? Y, en fin, todas esas almas que conseguirán la salvación eterna por medio de nuestro ministerio, atestiguarán ante Dios en favor de nuestra fidelidad a nuestras funciones».

«¡Qué felices serán los que a la hora de la muerte vean cumplidas en ellos las hermosas palabras de Nuestro Señor: Evangelizare pauperibus misit me Domi nus. Vean, Hermanos míos, parece que Nuestro Señor nos quiere manifestar con esas palabras que una de sus principales obras ha sido trabajar por los pobres. Pero, desgraciados de nosotros, si nos hacemos perezosos en servir y socorrer a los pobres, porque, después de haber sido llamados por Dios y habernos entregado a El para eso, en cierta manera, El descansa en nosotros. Recuerden las palabras de un santo Padre: Si non pavisti, occidisti,que ciertamente se refieren al alimento corporal, pero que pueden aplicarse al espiritual con tanta verdad y aún con más razón. Piensen si no tendríamos motivos para temblar, si falláramos en ese punto; y, si, a causa de la edad, o bien, con el pretexto de alguna dolencia o indisposición, llegáramos a reducir y a perder nuestro primer fervor. En cuanto a mí, a pesar de mi edad, no estoy dispensado de la obligación de trabajar en el servicio de los pobres. Porque, ¿quién podría impedirlo? Si no puedo predicar todos los días, predicaré dos veces por semana; y si no tengo fuerzas suficientes para hacerme oír en las grandes iglesias, hablaré en las pequeñas; y si no tuviera bastante voz ni para eso, ¿quién me impedirá hablar sencilla y familiarmente a la buena gente, como estoy hablando ahora, permitiéndoles acercarse y ponerse en torno a mí como están ustedes? Conozco a ancianos que en el día del juicio final podrán levantarse contra nosotros y, entre otros, a un buen padre Jesuita, todo un santo, que, después de predicar varios años en la Corte, a los sesenta años padeció una enfermedad que lo puso a morir. Dios le dió a conocer cuánta vanidad e inutilidad había en la mayor parte de aquellos sermones estudiados y pulidos, que constituían sus predicaciones, de forma que empezó a sentir remordimientos de conciencia. A causa de eso, en cuanto recobró la salud, pidió y obtuvo de sus superiores permiso para ir a catequizar y exhortar familiarmente a los pobres del campo. Empleó veinte años en aquellos caritativos trabajos, y perseveró en ellos hasta la muerte; y estando para expirar, suplicó una gracia que fue que enterraran junto con su cuerpo una varita que usaba en la catequesis, para que, decía, aquella varita fuera testigo de cómo había abandonado los trabajos de la Corte para servir a Nuestro Señor en la persona de los pobres del campo».

«Alguno de los que tratan de vivir mucho tiempo pudiera quizás temer que el trabajo de las misiones podría abreviar el número de sus días y adelantar la hora de su muerte, y por eso trataría de eximirse de ellas, en cuanto le fuera posible, como de una desgracia que tenía motivos de temer. Pero yo le preguntaría a ese tal que tuviera semejante pensamiento: ¿es una desgracia para quien viaja por un país extranjero avanzar en su camino, y acercarse a su patria? ¿Es una desgracia para los que están navegando acercarse al puerto? ¿Es una desgracia para un alma fiel ir a ver y poseer a su Dios? Finalmente, ¿es una desgracia para los misioneros ir lo antes posible a disfrutar de la gloria que su Divino Maestro les ha merecido con sus sufrimientos y con su muerte? ¿Qué? ¿Se tiene miedo a que suceda una cosa, que no sabríamos desear bastante y que siempre sucede demasiado tarde?»

«Pues bien, lo que digo aquí a los Sacerdotes, lo digo también a los que no lo son, lo digo a todos nuestros Hermanos. ¡No, Hermanos míos! No crean, porque  no están dedicados a la predicación, que están por eso libres de la obligación que tenemos de trabajar en la salvación de los pobres, porque ustedes lo pueden hacer a su manera, quizás tan bien como el mismo predicador, y con menos peligro para ustedes. Están obligados por ser miembros de un mismo cuerpo que nosotros. Exactamente igual que todos los miembros del Sagrado Cuerpo de Jesucristo han cooperado, cada cual a su manera, a la obra de nuestra Redención; porque, si la cabeza de Jesucristo ha sido agujereada por las espinas, los pies también han sido perforados con clavos, que le sujetaban a la cruz. Y si después de la resurrección esta sagrada Cabeza fue recompensada, los pies también han participado en esa recompensa, y han compartido con ella la gloria, con la que ha sido coronada»

§. II Ideas del Sr. Vicente acerca de las virtudes más necesarias para los misioneros, y sobre su forma de predicar

Como este gran siervo de Dios estaba lleno de un espíritu verdaderamente apostólico, podría saber bien cuáles eran las virtudes más convenientes y necesarias a los misioneros, puesto que él las poseía todas en grado eminentísimo, y las había practicado perfectísimamente, como se verá en el libro tercero de esta obra. Pero no tanto como efecto de su razonamiento como por su propia experiencia, decía que, entre todas las virtudes, los misioneros estaban necesitados de una profunda humildad y de una gran desconfianza en sí mismos, para no atribuir a su habilidad, ni a su trabajo la conversión de las almas y los éxitos de sus misiones; sino que debían atribuir fielmente toda la gloria a Dios, no quedándose con nada para sí, salvo la confusión de sus defectos y de sus fallos. Creía también que debían tener mucha fe y una perfecta confianza en Dios, para no dejarse llevar por el desánimo en las penas y contrariedades, y no desalentarse por las dificultades que hallaran en sus actividades; una gran caridad y un celo ardentísimo por la salvación de las almas, para ir a buscarlas y a socorrerlas y servirlas; una gran mansedumbre y paciencia para atraerlas y aguantarlas; una gran sencillez y prudencia para conducirlas directamente a Dios; un gran desprendimiento de las cosas de la tierra para estar más libres en los trabajos iniciados por Dios, y más propios para inspirar a los demás el amor a los bienes del cielo; una continua mortificación de cuerpo y de espíritu, para que los movimientos de la naturaleza no impidan en ellos la actuación de la gracia; una gran indiferencia en todo lo referente a los trabajos, lugares, cosas y personas, para pretender hacer en todo sólo la voluntad de Dios, de forma, que los que hablan en público, estén siempre dispuestos a consentir de buena gana que otro le sustituya en su lugar, y ocupe su vez durante la misión, si es ésa la voluntad del superior. Y a este propósito mandaba especialmente a sus misioneros, que dieran la preferencia a los religiosos y a otros predicadores que encontraran en las parroquias, sobre todo, cuando tenían Vía Crucis, cediéndoles gustosamente la palabra de la predicación y mostrándoles toda clase de muestras de respeto. Finalmente, quería que sus misioneros fueran personas de oración y ejemplares, porque pensaba que con ese medio conseguirían más fruto que con toda la ciencia y la elocuencia que hubiera podido emplear. La oración atrae sobre ellos abundantes gracias y unción interior, y el buen ejemplo prepara a las almas para recibir bien lo que ellos iban a comunicar, después de recibirlo de Dios.

En cuanto a la forma de predicar en las misiones, veamos lo que el Sr. Vicente escribió a uno de sus sacerdotes el año 1633:

«He sabido por varias personas —le dice— la bendición que la bondad de Dios ha querido derramar sobre la misión de N. Me he quedado muy consolado por ello; y para que reconozcamos que esa gracia tan abundante viene de Dios, y solamente es concedida a los humildes, los cuales reconocen que todo el bien que se hace por medio de ellos viene de Dios, le pido con todo mi corazón que les conceda cada vez más el espíritu de humildad en todas sus funciones, porque ustedes deben creer con toda seguridad que Dios les quitará esa gracia desde el momento en que admitan en sus almas algo de vana complacencia, atribuyéndose lo que pertenece solamente a Dios. ¡Humíllese, pues, mucho señor!, pensando en Judas que había recibido unas gracias más excelentes que usted; y que producían mayores efectos que las suyas; y que, a pesar de todo, se perdió. Y ¿qué le aprovechará al mayor predicador del mundo, y dotado de los mayores talentos, haber hecho resonar sus predicaciones con aplausos por toda una provincia, y hasta haber convertido a varios miles de almas para Dios, si, a pesar de todo eso, llega a perderse?»

«No le digo todo esto, señor, por alguna razón especial que tenga yo para temer esa vana complacencia ni en usted ni en N., su compañero de trabajo; sino para que, si el demonio les ataca por ese lado, como seguramente lo hará, le dediquen mucha atención y fidelidad para rechazar sus sugestiones, y para honrar la humildad de Nuestro Señor. Estos días tenía como tema de mi charla la vida ordinaria que Nuestro Señor quiso llevar en la tierra. Y veía que había amado tanto aquella vida común y humilde de los demás hombres, que para acomodarse a ella se rebajó cuanto pudo, hasta ella, (¡Qué cosa más maravillosa y que sobrepasa toda la capacidad del entendimiento humano!) que, aunque era la sabiduría increada del Padre Eterno, sin embargo, había querido predicar su doctrina con un estilo mucho más bajo y más despreciable que el de los ángeles. Vea usted, se lo ruego, cómo fue el estilo de su predicación, y compárelo con las Epístolas y predicaciones de san Pedro, de san Pablo y de los demás Apóstoles. Parece que el estilo usado por El es el de un hombre de poca ciencia, y que el de los Apóstoles parece como de personas que tienen mucha más ciencia que El. Y lo que todavía es más de admirar, El quiso que sus predicaciones causaran mucho menos efecto que las de los Apóstoles, porque vemos en el Evangelio que se ganó a los Apóstoles y sus discípulos, casi de uno en uno, y eso con mucho trabajo y fatiga. Y vemos que san Pedro convirtió a cinco mil ya en su primera predicación. Ciertamente, eso me ha dado más luz y más compresión, eso me parece, de la grande y maravillosa humildad del Hijo de Dios, que ninguna otra consideración que haya podido tener sobre este asunto».

«Todos los días decimos en la santa misa las palabras in spiritu humilitatis, etc. Pues bien, un santo varón me decía el otro día, que así lo habían aprendido del bienaventurado obispo de Ginebra, que ese espíritu de humildad, que solemos pedir a Dios en todas nuestra eucaristías, consiste principalmente en mantenernos en una continua atención y disposición de humillarnos sin cesar, en toda ocasión, tanto interior como exteriormente. Pero, señor, ¿quién puede darnos ese espíritu de humildad? Será nuestro Señor, si se lo pedimos, y si nos hacemos fieles a su gracia, y cuidadosos en practicar sus actos. Hagámoslo así, se lo suplico, y tratemos para eso de acordarnos uno del otro, cuando pronunciemos esa misma palabra ante el santo altar. Así lo espero de su caridad»

Y hablando una vez a los Sacerdotes de su casa sobre este mismo asunto

«Es preciso —les decía—, que la Compañía se dé a Dios para explicar con comparaciones familiares las verdades del Evangelio, cuando se trabaja en las misiones. Tratemos pues de acomodar nuestro estilo de hablar a este método, imitando a Nuestro Señor que, como dice el evangelista, Sine parabolis non loqueba tur ad eos.Usemos sobriamente en nuestra predicaciones los párrafos de autores profanos, y, aún entonces, que sirvan de trampolín para la Sagrada Escritura».

También recomendaba a sus misioneros que no se dejaran llevar de un fervor excesivo en su predicación, y que no elevaran tanto la voz, sino que hablaran al pueblo sencillamente, y a media voz, tanto para que le aprovechara mejor al auditorio, que entonces atiende más a gusto y recibe mejor lo que se le dice, como también para economizar fuerza y salud. Porque al tener que predicar muy a menudo, y casi todos los días durante una buena parte del año, y en ocasiones hasta dos veces por día, quedarían reducidos a la impotencia, si continuaran de esa forma; si a fuerza de gritar, echaran a perder la voz y la salud. He aquí lo que se le escribió cierto día a uno de sus sacerdotes:

«Me han advertido —le dice— que hace usted demasiados esfuerzos cuando habla al pueblo, y que eso le debilita mucho. En nombre de Dios, señor, cuide su salud y modere su palabra y sus sentimientos. Ya le he dicho en otra ocasión que Nuestro Señor bendice las predicaciones que se hacen hablando a media voz y familiarmente, porque El enseñó y predicó de esa forma, y que esa manera de hablar, como es la natural, es también más cómoda que la otra, que resulta forzada, y que al pueblo le gusta más y le aprovecha mejor. Créame, señor, que los comediantes así lo han reconocido, y han cambiado su forma de hablar, y no recitan ya sus versos con un tono elevado, como hacían antes; ahora lo hacen a media voz, y como hablando familiarmente a sus oyentes. Cierta persona, que había sido actor me lo decía uno de estos días. Pues si el deseo de agradar más al mundo ha podido influir en los actores de teatro, ¿qué motivo para su confusión no tendrán los predicadores de Jesucristo, si el deseo y el celo de procurar la salvación de las almas no tuviera el mismo poder en ellos?».

«Por lo demás, he sentido mucho que en lugar de hacer el gran catecismo por las tardes, usted haya predicado sermones en su misión. Cosa que no debe hacerse. 1. Porque el predicador de la mañana puede tener dificultades en la segunda predicación. 2. Porque el pueblo tiene mayor necesidad de ese catecismo, y saca de él mayor provecho. 3. Porque al predicar ese catecismo me parece que hay en cierto modo mayor ocasión de honrar la forma que usaba nuestro Señor Jesucristo para enseñar y para convertir el mundo. 4. Porque ésa es nuestra costumbre, y nuestro Señor ha querido conceder grandes bendiciones a esa práctica, ya que en ella encontramos más ocasiones para practicar la humildad»

§. III Orden que el Sr. Vicente observaba y que quiso fuera observado por los suyos en las misiones

Puesto que todas las cosas que vienen de Dios están ordenadas según  nos enseña el santo Apóstol y que el orden, como también lo afirma san Agustín, nos lleva a Dios, las misiones, como son obras de la gracia divina para ayudar a las almas a volver a Dios cuando están separadas de El por el pecado, deberían realizarse, por eso mismo, con orden y cada grupo de misioneros debería ser como una compañía de soldados bien disciplinados, o como un pequeño ejército bien ordenado, que por su buen orden se hace terrible y formidable para los enemigos de Jesucristo.

Esa es la razón por la que el Sr. Vicente ha puesto desde el principio un orden en sus misiones, que ha querido que se observara por todos los suyos de la forma siguiente. En primer lugar, los misioneros no van a trabajar a las misiones, sea donde sea, sin una orden escrita del Sr. obispo de la diócesis, para presentarla a los Sres. párrocos; antes de empezar cualquier función deben obtener de ellos el consentimiento, y recibir su bendición, o en su ausencia, la de sus vicarios. Y en caso de que se la negaran, los misioneros se vuelven despidiéndose humildemente de ellos, para imitar y honrar así la conformidad de nuestro Señor, cuando fue rechazado en semejantes circunstancias, tal como lo cuenta el Evangelio.

Una vez obtenido el mandamiento del obispo y el consentimiento del párroco en cuya parroquia se va a dar la misión, un sacerdote hará la apertura un día de fiesta o un domingo con un sermón que, de ordinario, será por la mañana, para informar a los habitantes sobre la próxima llegada de los misioneros y del servicio que desean prestarles, y para exhortarlos a la penitencia, y prepararlos para hacer buenas confesiones. Y el mismo día, después de vísperas, ordinariamente predica otro sermón más para enseñarles la forma de hacer buenas confesiones y, especialmente, de examinarse bien, explicándoles brevemente los pecados más ordinarios, que se cometen contra los Mandamientos de Dios, o bien, alguna otra predicación breve para animarlos aún más a confesarse.

Unos días más tarde, después que hayan llegado los otros misioneros destinados a trabajar en aquella parroquia, comienzan a actuar en los actos y las funciones ordinarias de las misiones, que consisten principalmente en predicar los catecismos grandes y pequeños, oír confesiones, mediar en las reconciliaciones y arreglos de los causantes de enemistades o discordias, visitar y consolar a los enfermos, corregir fraternalmente a los pecadores impenitentes, poner remedio, en cuanto cabe, a los abusos y desórdenes públicos, y generalmente consagrarse a todas las obras de misericordia y caridad espiritual que sean convenientes, cuyas ocasiones la Providencia se encargará de proporcionar, pero sin olvidar los actos propios y particulares de la oración mental, del oficio divino en común, del santo sacrificio de la misa, los exámenes generales y demás actos espirituales parecidos

Tienen también todas sus horas regladas, tanto para levantarse, acostarse, la comida, la meditación, la misa, el oficio divino y otros actos que ya hemos indicado, como para las predicaciones, catequesis, confesiones y otras funciones propias de la misión a las que se aplican con asiduidad.

Ordinariamente todos los días hacen tres clases de actos públicos, a saber: una predicación muy de mañana, para que la pobre gente del campo pueda asistir a ella sin desatender a sus trabajos acostumbrados; el pequeño catecismo a determinada hora después del mediodía, y el gran catecismo, al anochecer, a la vuelta del trabajo.

Los temas más habituales de las predicaciones, además de las dos que se tienen en la apertura de la misión (de las que ya hemos hablado) son las partes, más al detalle, de la Penitencia, de las postrimerías del hombre, de la enormidad del pecado, de los rigores de la justicia de Dios para con los pecadores, del endurecimiento del corazón, de la impenitencia final, de la mala vergüenza, de las recaídas en el pecado, de la maledicencia, de la envidia, de los odios y las enemistades, de los juramentos y las blasfemias, de la intemperancia en la bebida y en la comida, y de otros pecados parecidos que comete más ordinariamente la gente del campo; como también, de la penitencia, del buen uso de las tribulaciones y de la pobreza, de la caridad, del buen empleo del día, de la manera de rezar bien, de frecuentar dignamente los sacramentos, de asistir devotamente al santo sacrificio de la misa, de la imitación de nuestro Señor, de la devoción a la Santísima Madre, de la perseverancia, y de otras virtudes parecidas y buenas obras propias de las personas campesinas.

Se cambian el orden y los temas de las predicaciones, según las circunstancias y las necesidades; y se acortan o alargan otras, según que la misión sea más o menos corta; y su duración se regula según el tamaño de los poblados, el número y la preparación de las personas. De ordinario se prolonga hasta que todos los habitantes del lugar, mayores y pequeños, estén suficientemente instruidos y puestos en estado de salvarse por medio de confesiones generales a las que se les suele invitar tanto como se pueda.

En cuanto al gran catecismo, que se predica al anochecer, las materias ordinarias son: en primer lugar, la explicación de los misterios principales de la religión, a saber: la Santísima Trinidad, Encarnación del Hijo de Dios y el santísimo Sacramento del altar; además de los Mandamientos de Dios, de los de la iglesia, y también de los Sacramentos, de los artículos de fe, de la oración dominical y de la salutación angélica. Todo ello en proporción con la duración de la misión, como ya hemos dicho al hablar del tema de las predicaciones de la mañana. Y si la misión no dura co mo para explicar todas esas cosas, se reduce a las más importantes y necesarias, que se enseñan breve y familiarmente, según el alcance de los oyentes.

El gran catecismo se predica, como ya lo hemos dicho, a eso del anochecer desde el púlpito para mayor comodidad de los oyentes; y se comienza ordinariamente con una recapitulación del anterior catecismo. Sobre él, durante algo menos de un cuarto de hora, se hacen algunas preguntas a los niños, e inmediatamente se explica el tema que se va a tratar, y después de esa explicación, a la que se da un poco de más extensión, se sacan de ella algunos frutos y algunas consecuencias morales para juntar la enseñanza y la edificación de los oyentes.

El catecismo pequeño se tiene a una determinada hora después del mediodía para enseñar a los niños. El primer día se comienza con una breve exhortación familiar, con la que se les invita a que asistan, y se les dan los avisos necesarios para portarse bien en la misión. Y después, los días siguientes se les explican las verdades de la fe, de los principales misterios de nuestra religión, de los Mandamientos de Dios y de las demás materias que se tratan en el gran catecismo. Pero todo familiar y de modo adaptado al alcance de su corto desarrollo intelectual. El catecismo pequeño se hace sin subir al púlpito; se da el catecismo entre los niños. Al final, se les hace cantar los Mandamientos de Dios para inculcarlos mejor en su memoria.

Al final de la misión se cuida de modo especial la preparación de los niños que aún no han recibido el Santísimo Sacramento y que se cree que ya son capaces de recibirlo, para que hagan su primera Comunión; y además de las enseñanzas particulares que se les hicieron durante la misión, se les añade una exhortación más la víspera de la Comunión para prepararlos mejor, y otra, inmediatamente antes de comulgar en presencia del Santísimo Sacramento para excitarlos a una mayor devoción y reverencia al adorable Misterio. Y después de vísperas se organiza una procesión solemne. En ella se lleva el santísimo Sacramento, los niños que han hecho la primera comunión asisten a la procesión y van de dos en dos con el pueblo detrás. Y a la vuelta de la procesión, se tiene otra breve exhortación a los niños y al pueblo, y, finalmente, como acción de gracias y conclusión de la ceremonia, se canta el «Te Deum laudamus». Y algunas veces, al día siguiente, muy temprano, se canta una misa de acción de gracias. Al final de ella, se predica sobre la perseverancia, si es que no se habló de ella algún día antes. Todavía está vigente la costumbre, introducida por el Sr. Vicente en las misiones, de fundar, cuando se ve posible dadas las circunstancias del lugar, la Cofradía de la Caridad, constituida por mujeres y muchachas para asistir corporal y espiritualmente a los enfermos pobres; y, para eso, cuando está para acabarse la misión, se dan unos avisos especiales sobre el tema de la caridad para con los pobres, y de los reglamentos y actos ordinarios de la Conferencia

Cuando los confesores han quedado ya libres al final de la misión, se dedican a confesar a todos los niños que todavía no han alcanzado la edad propia para comulgar, pero que ya tienen suficiente discernimiento para cometer pecados y ofender a Dios. Para prepararlos a ese sacramento y enseñarles a confesarse bien, se les dan algunas lecciones particulares, proporcionadas a su alcance. Con ellas se trata de poner remedio a dos abusos que había tiempo atrás en la mayor parte de las parroquias del campo: uno es que en algunos lugares les hacían confesarse a los niños públicamente y todos juntos; y en otros no les hacían confesarse nunca, sino en edad de comulgar

Finalmente, durante el tiempo de la misión, se visita a menudo a los enfermos, y, sobre todo, a los pobres, procurándoles, en cuanto se pueda, toda clase de ayudas corporales y espirituales, y preparándoles y ayudándoles a hacer buenas confesiones con el fin de asegurar mejor su salvación.

Visitan también a los maestros y maestras de escuela, y les dan las lecciones y los consejos necesarios para desempeñar dignamente su oficio, y para encaminar a los niños a la virtud, y a inspirarles la piedad.

También se da una cosa que el Sr. Vicente observaba en las misiones, y que quería fuera observada con exactitud por los suyos, a saber, que dieran sus enseñanzas y prestaran todos los servicios, de los que ya hemos hablado, gratuitamente y sin ser en absoluto gravosos para las personas a las que se les ofrece el servicio caritativo, exceptuando simplemente el alojamiento y utensilios necesarios, que no se pueden llevar con comodidad. Los sacerdotes de su Congregación siempre han observado esos detalles.

Además de todas esas funciones que se practican con las personas seglares, el Sr. Vicente quería también que sus misioneros se dedicaran, como ya lo hacen, durante el tiempo de sus misiones, a prestar los servicios que puedan a los eclesiásticos de los lugares donde trabajan, especialmente por medio de Conferencias espirituales, en las que tratan con ellos acerca de las obligaciones de su estado, de los defectos que principalmente deben evitar, de las virtudes que están obligados a practicar, y que los hacen más aptos y más preparados, y de otros temas parecidos.

Ya desde el principio, como ya lo hemos dicho, el Sr. Vicente era muy asiduo en dar misiones, al ver la necesidad de esa caritativa ocupación, y el gusto que sentía el pueblo en aprovecharse de ellas, de forma que, cuando se veía obligado a volver a París, le parecía, así lo dijo varias veces, que «las puertas de la ciudad debían caérsele encima», tantos eran sus escrúpulos por dedicarse a otras cosas, que no a la salvación de aquellas pobres almas, que se perdían por carecer de asistencia.

Pero, cuando reconoció por propia experiencia que aquella ocupación, muy penosa por cierto y que, además, disipa mucho el alma, no se puede continuar sin sufrir alguna relajación, decidió conceder cada año algún tiempo de descanso a los Obreros dedicados a las misiones. Y le pareció que el tiempo más propio era el de la recolección y la vendimia, porque los campesinos están tan ocupados en recoger la cosecha, que no pueden, sin un contratiempo notable, asistir a los actos de la misión. Dedicó, pues, esa época tanto para dar tiempo a los misioneros para estudiar, componer y preparar las materias que deben predicar y enseñar en las misiones siguientes, como para darles también medios, después de haber servido a los demás, para trabajar para ellos mismos y en su propia perfección, dedicándose con más desahogo y tranquilidad al recogimiento y a la oración, igual que nuestro Señor hacía con sus apóstoles, cuando un día estando ya de vuelta de los lugares por donde los había mandado a predicar, y después de contarle lo que habían hecho, les dijo:  «Venite seorsum in desertum locum, et requiescite» Marc.6 «Venid un poco a un lugar solitario, para estar allí durante algún tiempo descansando tranquilamente». Y eso es lo que el Sr. Vicente procuraba a sus miembros durante las vacaciones espirituales que les hacía tomar. Buena parte de ellas las empleaban en hacer los actos del Retiro, las confesiones anuales y la renovación de su interior. Porque a las personas que se dedican a la salvación de los demás y a las funciones apostólicas les sucede lo que a los relojes, que, según van sirviendo al público, se les van bajando las pesas, y se paran. Por eso necesitan de un cuidado especial para reparar la pérdida que causa la disipación externa con la práctica del recogimiento interior. Y el Sr. Vicente para eso les decía a veces:

«que la vida de un misionero debía ser la vida de un cartujo en casa y de un apóstol en el campo, y que, cuanto más cuidadosamente trabaje en su perfección interior, tanto más fructuosos serán sus actividades y sus trabajos en el bien espiritual de los demás».

Y en una carta que escribió el año 1631 a uno de sus sacerdotes, hablándole del mismo tema: «Llevamos —dice— una vida casi tan solitaria en París como la de los cartujos, porque no predicamos, ni catequizamos, ni confesamos en la ciudad, casi nadie se preocupa de nosotros, y tampoco nosotros nos preocupamos de nadie. Y esta soledad nos hace desear el trabajo del campo y el trabajo en la soledad»

§. IV Consejos del Sr. Vicente a sus misioneros referentes a la forma de actuar con los herejes en las misiones

Así como se encuentran con frecuencia herejes en los sitios donde se dan misiones, particularmente en ciertas provincias, como las de Guyena, Languedoc, Poitou, etc., donde la cizaña se ha extendido más que en otras partes; así, el Sr. Vicente, cuya caridad no conocía límites, y que se preocupaba de la salvación de esos descarriados con tanto afecto como de las de los demás, quería que los de su Compañía se dedicaran, según sus posibilidades, en las misiones a procurar la conversión de los herejes con quienes se tropezaban. Pero para tener éxito les prescribía varias normas que la experiencia le había dado a conocer como muy convenientes para ese fin.

Estaba persuadido de que las discusiones y las disputas en materia de religión, y especialmente las que se llevan a cabo con acritud y palabras mordaces, eran en absoluto impropias para convertir herejes. Por eso a los suyos les recomendaba que las evitaran totalmente, sobre todo, las invectivas y las recriminaciones. Decía a este propósito que la gente docta no podía ganarle al demonio en soberbia, porque él tiene aún más que ellos, pero que, por el contrario, lo vencerían fácilmente con la humildad, porque era un arma de la que no podía usar él. Y añadía que no había visto ni oído que un hereje se convirtiera con la sutileza de un argumento, pero sí con la mansedumbre y con la humildad.

Aunque el Sr. Vicente no fuera de la opinión de que sus misioneros se metieran en debates y disputas con los herejes, con todo les recomendaba que aprendieran con interés todo lo perteneciente a la Teología polémica y a las controversias para estar preparados, según la máxima del príncipe de los apóstoles, para dar razón de su fe, defendiendo la verdad y convenciendo la falsedad de los errores contrarios; conversando amistosamente con los herejes, y respondiendo mansamente a sus objeciones, más bien para convertirlos que para confundirlos. Y siempre les ha obligado a dar conferencias, y a estudiar especialmente esa cuestión. Pongo a continuación lo que escribió sobre ese tema el año 1628, desde la ciudad de Beuvais, donde entonces estaba, a quien había dejado en su ausencia la dirección del Colegio de Bons-Enfants de París.

«¿Cómo sigue la Compañía? ¿Están todos bien de salud? ¿Están alegres? ¿Continúan observando los pequeños reglamentos? ¿Estudian y se ejercitan en la controversia? Y ¿se observa el orden prescrito? Le suplico, señor, que se esfuercen en dominar el manual de Bécan. Es imposible ponderar bastante la utilidad de ese pequeño libro. Dios ha querido servirse de este desgraciado (está hablando de sí mismo) para la conversión de tres personas, después de salir yo de París. Y tengo que confesar que la mansedumbre, la humildad y la paciencia en el trato con estos pobres descarriados es el alma de este bien. He dedicado dos días para convertir a uno. Los otros dos no me han costado tanto. He querido decirle esto para mi confusión, para que la compañía vea que, si Dios ha querido servirse del más ignorante y desgraciado de ella, con mayor eficacia se servirá de cada uno de los de dicha compañía».

Esa era su norma, unir a la doctrina y al estudio de la controversia una buena provisión de humildad, de mansedumbre, de paciencia, para servirse de ellas cuando había que hablar o discutir con los herejes. Quería también que se les manifestara respeto y afecto, no para halagarlos en sus errores, sino para ganar más fácilmente y eficazmente sus almas. Sobre todo creía que la vida virtuosa y ejemplar de los católicos, y, en especial, de los eclesiásticos y de los misioneros tendrían mayor fuerza que ninguna otra cosa para arrancarlos del error, y hacerles abrazar la verdadera religión. Eso es lo que más ha inculcado en sus cartas, como, cuando entre otras, escribiendo al superior de la casa de Sedan, le habla en esos términos:

«Cuando el Rey lo envió a Sedan, fue con la condición de no disputar nunca con los herejes, ni desde el púlpito, ni en particular, sabiendo que eso sirve de poco y que muchas veces se hace más ruido que fruto. La vida buena y el buen olor de las virtudes cristianas llevadas a la práctica atrae a los descarriados al camino recto, y confirma en él a los católicos. Así es como la Compañía podrá hacer algo en la ciudad de Sedan, añadiendo a los buenos ejemplos los actos de nuestras funciones, instruyendo al pueblo según nuestros usos, predicando contra el vicio y las malas costumbres, hablando de la necesidad, la belleza y la práctica de las virtudes y de los medios de adquirirlas. En eso es en lo que usted debe trabajar principalmente. Y si desea hablar de algunos puntos de controversia, no lo haga, a no ser que aluda a ello el evangelio del día: entonces podrá usted sostener y probar las verdades que combaten los herejes, e incluso responder a sus razones, pero sin nombrarlos para nada y sin hablar de ellos».

Y uno de los Hermanos de la Congregación de la misión, muy hábil cirujano, tuvo la idea de marchar a la isla de Madagascar para ayudar al establecimiento de la fe por medio de las posibilidades de su arte y de su caridad. El Sr. Vicente le envió, para embarcarse, a la Rochela en el mes de diciembre del año 1659, con otros sacerdotes de su misma Compañía. Pero el buen hermano, cuando vio que varios hugonotes iban a realizar el mismo viaje que él y a embarcarse en el mismo barco que los debía llevar a aquella isla, sufrió una grave contrariedad, y la dio a conocer al Sr. Vicente por una carta. El prudente superior de los misioneros le respondió de esta manera:

«Estoy muy apenado, porque he sabido que usted va a tener algunos herejes en su barco y, por consiguiente, tendrá mucho que sufrir por parte de ellos. Pero en fin, Dios es el Amo, y así lo ha permitido por unas razones que no conocemos; quizás para obligarle a usted a estar más recatado en presencia de ellos, más humilde, y más devoto para con Dios, y más caritativo para con el prójimo; así verán la hermosura y la santidad de nuestra religión y, por ese medio, se verán movidos a volver a ella. Será necesario evitar con cuidado exquisito toda clase de disputas y de invectivas contra ellos, mostrarse paciente y bondadoso, incluso cuando digan algo contra usted, o contra nuestra fe y nuestras costumbres. La virtud es tan hermosa y tan amable, que se verán obligados a amarla en usted, si la practica bien. Es de desear que en los servicios que va a prestar usted a Dios en el barco, no haga ninguna acepción de personas, y que tampoco haga distinción entre los católicos y los hugonotes, para que éstos sepan que usted los ama en Dios. Espero que sus buenos ejemplos aprovecharán a unos y otros. Cuide su salud, se lo ruego, y la de los misioneros», etc

§. V De los frutos en general producidos por las misiones del Sr. Vicente y los suyos

Ya que, según la frase del Evangelio, el árbol se conoce por sus frutos, y que no hay señal más segura de su bondad y fertilidad, que ver la abundancia y la utilidad de los frutos que producen, no podríamos conocer mejor la excelencia y la utilidad de las misiones, y de los trabajos de los misioneros instruidos por el Sr. Vicente, que relatando los efectos saludables que han causado y los grandes bienes que han producido en toda la Iglesia. Diremos en primer lugar algo sobre los frutos en general, y después bajaremos al detalle y a lo particular, pero todo sencillamente y sin ninguna exageración, porque no pretendemos aquí hacer un panegírico, sino un sencillo relato donde, no obstante, el lector hallará tanta mayor satisfacción y aún edificación, cuanto que verá la pura verdad de las cosas contadas sin ningún artificio y con la mayor sinceridad.

Hemos dicho en la parte primera cómo, aún antes de que el Sr. Vicente instituyera la Congregación, empezó sus primeras misiones el año 1617, y las fue predicando hasta el año 1625, no sólo en los pueblos y las aldeas de varias diócesis, sino también en el Hospital de Petites Maisons de París y en el de los Galeotes, y en Burdeos, en las galeras. Le ayudaron en ellas varios eclesiásticos de erudición y de piedad, y también de condición y de nacimiento. No conocemos el número de misiones que predicó él en persona durante esos siete u ocho primeros años; pero consta que las dio en casi todas las tierras de la casa de Gondi, comprendiendo en ellas las de la señora generala de las Galeras, que abarcaban cerca de cuarenta poblaciones entre ciudades, pueblos y aldeas; y que, además, predicó en otros sitios. Después del nacimiento de la Congregación de la Misión, hecho que ocurrió el año 1625, hasta el año 1632 en que se estableció en San Lázaro, dieron entre él y los suyos, cuando menos ciento cuarenta misiones. Y después del año 1632 hasta la muerte del gran siervo de Dios, sólo la casa de San Lázaro por orden suya había dado unas setecientas misiones; y en varias de ellas ha trabajado con gran bendición. Si a todas esas se añaden todas las que han predicado las otras casas de su Compañía repartidas en más de veinticinco diócesis, de dentro y de fuera del reino de Francia, ¿quién podrá concebir la magnitud, la extensión, y la multiplicidad de los bienes que ha conseguido para gloria de Dios y para utilidad de su iglesia? ¿Quién podrá decir cuántas personas, que estaban en ignorancia criminal de las cosas de su salvación, han sido instruidas en las verdades que tenían obligación de saber? ¿cuántas otras que se habían estancado durante toda su vida en el estado de pecado han sido recuperadas con las confesiones generales? ¿cuántos sacrilegios, que se cometían en la recepción indigna de los sacramentos, han sido reparados? ¿cuántas enemistades y cuántos odios desarraigados, y cuántas usuras desterradas? ¿cuántos concubinatos y otros escándalos eliminados?. Pero también, ¿cuántas prácticas religiosas y actos caritativos instaurados? ¿cuántas buenas obras y virtudes se han puesto en práctica en lugares donde ni siguiera eran conocidas? Y además, ¿cuántas almas santificadas y salvadas, que glorifican ahora a Dios en el cielo, que, sin la ayuda que recibieron en las misiones, quizás habrían perseverado en sus pecados hasta la muerte, y que ahora blasfemarían y maldecirían de Dios con los demonios en el infierno? Sólo El que conoce la magnitud y el número de todos los bienes que su gracia ha obrado por el ministerio de sus servidores en los trabajos apostólicos, y que los publicará un día para su mayor gloria. Y para comprender todo en pocas palabras, me parece que su Providencia misericordiosa ha querido usar las misiones para cooperar eficazmente a los principales efectos que había determinado producir por medio de la Encarnación de su Hijo, y que había hecho predecir por su profeta, a saber:Borrar la iniquidad, abolir y exterminar el pecado, y restablecer la santidad y la justicia».Con la esperanza de que Dios descubrirá en la eternidad todo eso, solamente referiremos algunas pequeñas muestras en los capítulos siguientes. Pero antes haremos aquí unas observaciones necesarias sobre este asunto.

La primera es que los misioneros no han puesto por escrito los frutos de sus misiones

Han preferido hacer buenas obras que escribirlas, y lo que vamos a presentar lo  hemos encontrado por casualidad hace poco por aquí y por allá, en algunas cartas, entre tantísimas, escritas tanto por los obispos en cuyas diócesis el Sr. Vicente hizo trabajar siguiendo órdenes de ellos, como por los misioneros de su Congregación al darle cuenta de las misiones. Si hubiera podido revisarlas todas, habría hallado todavía cosas mucho mejores, pero sería demasiado inmenso hablar largo y tendido acerca de ese tema, y lo poco que vamos a referir servirá para juzgar del resto.

La segunda observación es que el Sr. Vicente no quería que sus misioneros hicieran los trabajos aprisa y corriendo; sino que les dedicaran todo el tiempo disponible y necesario para llevarlos bien a cabo, y para conseguir el fruto que se proponían, que era la instrucción de los ignorantes, la conversión de los pecadores, la santificación de las almas y el restablecimiento del servicio de Dios. Y a tal fin, cuando trabajaban en algún sitio, no se marchaban hasta que todo el pueblo hubiera quedado bien instruido y puesto en estado de salvarse, empleando para eso cinco o seis semanas en los pueblos mayores, aunque, a decir verdad, el tiempo que de ordinario empleaban en las aldeas medianas era de tres semanas más o menos, y para lugares más pequeños, quince días o poco más.

Además, con el fin de que los que trabajaban en las misiones estuvieran mejor dispuestos para darlas con bendición, el Sr. Vicente instituyó una regla: que todos los que iban a darse a Dios para servirle en la Congregación, renunciaran a todos los cargos y a la gestión de los negocios; y así desprendidos de todo y enteramente libres, pudieran dedicarse sin ningún impedimento a las funciones caritativas de las misiones, y, a imitación del Hijo de Dios, ir de aldea en aldea a evangelizar a los pobres.

Aunque el principal proyecto del Sr. Vicente haya sido proveer a las necesidades casi extremas de los pobres del campo, y aunque haya aplicado especialmente a ese servicio y esa asistencia a los de su Compañía, no por eso ha tenido menos caridad para con los habitantes de las ciudades. Porque ha animado e impulsado a varios virtuosos eclesiásticos, particularmente a los que se reúnen en San Lázaro para las Conferencias espirituales a emprender misiones en diversas ciudades del reino, e incluso, en la de París. Allí, asistidos con los caritativos consejos y la prudente dirección del Sr. Vicente, han logrado éxito con una gran bendición. Y no sólo los que han sido empleados por él se han dedicado a esas santas actividades; también hemos visto a un gran número de otros eclesiásticos, después de que el Sr. Vicente había fundado su Congregación de misioneros, unirse y asociarse, y hasta formar unas Compañías en varias Provincias para dar misiones y trabajar en la instrucción y en la salvación de los pueblos; unos, imitándole y animados por su celo; otros, alentados por el éxito de sus misiones, y algunos puede ser que por emulación. Pero el gran siervo de Dios animado por una caridad verdaderamente apostólica aprobaba, apreciaba y alababa siempre muchísimo todo lo que se hacía para el servicio de Dios, ya fuera por su imitación o por emulación, o por algún otro motivo. No le importaba, con tal de que Jesucristo fuera anunciado, su Santo Nombre conocido y glorificado, y las almas redimidas por su sangre, santificadas y salvadas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *