Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 7

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Entrada y actuación en la casa de Gondi


Tiempo de lectura estimado:

Hacia el año 1613 el R. P. de Bérulle indujo al Sr. Vicente a aceptar el cargo de preceptor de los hijos del Sr. Manuel de Gondi, conde de Joigny, a la sazón general de las Galeras de Francia, y de la Sra. Francisca Margarita de Silly, su esposa, mujer de excelente virtud, tanto más digna de aprecio, cuanto que la piedad era por ese tiempo más rara entre las personas de la Corte. Y la elección, que hizo el Sr. Vicente para tal empleo, no es pequeña prueba del juicio favorable que el primer Superior General del Oratorio hacía de su virtud y de las buenas cualidades de su espíritu, ofreciéndolo a una delas familias más piadosas y más ilustres del reino, y confiándole la dirección y la educación de tres jóvenes señores de gran porvenir: el mayor es duque y par de Francia, el segundo ha sido elevado a la dignidad de cardenal de la Santa Iglesia, y en cuanto al tercero, que prometía tanto por sus bellas cualidades de cuerpo y de alma de las que estaba dotado, Dios lo retiró de este mundo a la edad de diez u once años, para darle en el cielo una parte más provechosa, que la que hubiera conseguido en la tierra

El Sr. Vicente pasó doce años en esta ilustre casa, y siempre actuó con tal prudencia, moderación y dominio de sí, hasta el punto de conseguirlo todo a la vez: el aprecio y el afecto de todas las personas que lo conocieron. Nunca se presentaba al Sr.General, ni a la Señora, si no lo llamaban antes. No se ingería por propia decisión, sino en lo que correspondía al cargo que le habían confiado; y fuera del tiempo destinado al servicio de los tres pequeños señores, permanecía en aquella gran casa, adonde acudía una continua afluencia de toda clase de personas, como en una cartuja. Retirado en su habitación como en una celda, no salía más que cuando lo llamaban o cuando la caridad lo obligaba a salir. Tenía por norma que, para presentarse fuera de casa con seguridad entre tantas ocasiones peligrosas y tan frecuentes en esta gran ciudad, hay que mantenerse de buena gana en el retiro y en el silencio, cuando no haya necesidad de salir ni de hablar. Es verdad que cuando se trataba de prestar algún servicio para el bien espiritual del prójimo, dejaba también de buena gana el retiro, pero se mantenía en él, si no había alguna causa que lo obligara a salir; y entonces se le veía hablar e intervenir con mucha caridad y hacer todo el bien que podía a unos y a otros. Serenaba las disputas y disensiones y procuraba la unión y la concordia entre los servidores, los iba a visitar en sus habitaciones cuando estaban enfermos, y después de consolarlos les ofrecía hasta los servicios más nimios: al acercarse fiestas solemnes los reunía a todos para instruirlos y disponerlos a la recepción de los sacramentos, introducía en la mesa buenos temas de conversación para evitar palabras inútiles, y cuando el Señor o la Señora lo llevaban al campo con los Señores hijos, como a Joigny, a Montmirail, a Villepreux y a otras de sus tierras, disfrutaba grandemente dedicando las horas libres a instruir y a catequizar a los pobres, o a administrar los sacramentos, y, en particular, el de la penitencia, con la aprobación de los obispos del lugar y el beneplácito de los párrocos

Una manera tan prudente y tan virtuosa de obrar se ganó muy pronto el corazón y el afecto de todos los que vivían con él, y en particular de la Señora. Quedó tan edificada de la modestia, de la discreción y de la caridad del Sr. Vicente, que ya en el primero o segundo año de su estancia en la casa se decidió a confiarle la dirección de su alma. A este fin, acudió al R. P. de Bérulle y le rogó que obligara al prudente y virtuoso sacerdote a encargarse de su conciencia y a ayudarla con sus buenos consejos. Así lo hizo el Sr. Vicente por espíritu de deferencia y de sumisión a la manera de pensar de quien respetaba como a Padre de su alma, aunque sintió mucha confusión por ello, debido a su gran humildad

Esta virtuosa Señora, que buscaba el bien por encima de todo y que deseaba ardientemente procurarlo a su familia y a todos sus súbditos, quedó sensiblemente consolada por la gracia que Dios le había hecho con haberle dado un sacerdote, tal como ella lo había deseado, y en quien reconocía, además de las disposiciones y cualidades propias para la ejecución de sus buenos propósitos, una dirección sapientísima y una caridad perfecta para poder confiarse a él con toda seguridad

Mas para conocer mejor todavía el espíritu con el que el Sr. Vicente actuaba y cómo se portaba en el tiempo de su permanencia en aquella grande e ilustre casa, es preciso saberlo por él mismo. He aquí cómo habló en dos ocasiones: la primera vez en tercera persona en una conferencia dada a varios sacerdotes reunidos en San Lázaro. En ella se trataba de la importancia de cumplir bien con el oficio de capellán en la casa de los Grandes. Dijo, entre otras cosas,

«que sabía de una persona que había sacado provecho para sí y para los demás de la casa en el cargo de capellán, mirando y honrando siempre a Jesucristo en la persona de su Señor, y a la Santísima Virgen en la persona de su Señora; que esa consideración lo mantuvo siempre en una modestia y circunspección en todos sus actos y palabras; y así le había ganado el afecto de su Señor y de su Señora y de todos los servidores; y le había proporcionado el medio de conseguir notables frutos en dicha familia»

La segunda vez habló de ese tema abiertamente con un joven abogado de París, muy sabio y muy piadoso, que pensaba entrar en la casa de Retz para encargarse de la administración. El joven le rogó que le dijera cómo podría mantenerse piadoso en medio de las distracciones inevitables debidas a la multiplicidad de los asuntos, que le habían encomendado. A lo que el Sr. Vicente respondió:

«Que por haber vivido él también en esa familia, Dios le había hecho la gracia de actuar de tal forma que había mirado y honrado en la persona del Sr. de Gondi, general de las Galeras, la de Nuestro Señor; en la persona de la Señora, la de Nuestra Señora; y en las de los oficiales y servidores, domésticos y otras personas que venían a la casa, la de los discípulos y las gentes que se acercaban a Jesucristo, Nuestro Señor»

 

He aquí cómo el Sr. Vicente se mantenía unido a Jesucristo, mirándole y honrándole en sus criaturas como en sus imágenes vivas, y ordenando todos sus actos externos e internos con esa manera de ver. Mantenía así siempre abierto ante los ojos de su alma el místico libro, en cuya lectura y meditación continua aprendía la ciencia de todas las virtudes

Pues bien, aunque tuviera gran respeto al Sr. General de las Galeras, eso no impedía que le prestara todos los servicios caritativos, y que, cuando lo juzgaba necesario para el bien de su alma, usase con él de la misma libertad que con otros, pero siempre con grandísima circunspección. El celo que tenía por el bien y por la virtud, y que le causaba tal horror del mal y del pecado que no podía sufrir la menor debilidad ni en otros ni en sí mismo, siempre iba acompañado de la prudencia, y si tenía firmeza también disponía de discreción. Ahí va un ejemplo digno de notarse que conocemos por él mismo. Hace ver de qué forma actuó cierto día con el buen Señor para obligarle a desistir de un duelo para el que estaba ya comprometido por su arrojo y su honor según costumbre reprobable de aquel tiempo, y que nuestro Monarca ha abolido felizmente, portándose como un Hércules cristiano que desde su más tierna edad ha degollado a ese monstruo, y de un solo revés ha cortado las cabezas de la Hidra

«Conocía ­dijo cierto día hablando de sí mismo en tercera persona en una conferencia que se tuvo en San Lázaro ante varios eclesiásticos­ a un capellán, quien, al saber que su amo tenía la intención de ir a batirse en duelo, después de haber celebrado la Santa Misa y haberse retirado la gente, fue a echarse a los pies del Señor, que había quedado solo en la capilla; y le dijo: ‘Señor, permítame, si le parece bien, que muy humildemente le diga una palabra: He sabido de buena fuente que piensa ir a batirse en duelo; pero le digo de parte de mi Salvador, al cual acabo de mostrarle, y a quien usted acaba de adorar, que si no abandona ese mal deseo, actuará su justicia sobre usted y sobre toda su descendencia’. Dicholo cual, el capellán se retiró, y en eso podrán notar, si les parece, el tiempo oportuno escogido por él, y los términos que usó, dos circunstancias que es preciso tener en cuenta particularmente en semejantes ocasiones»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *