Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 52

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Lo que precedió, acompañó y siguió al fallecimiento del Sr. Vicente


Tiempo de lectura estimado:

El fiel Siervo de Dios, entre las acometidas de su larga enfermedad, esperaba, cual otro Simeón, la hora deseada en la cual su Divino Redentor vendría a liberarlo del cuerpo de muerte que mantenía su alma cautiva. Y si el cumplimiento de su deseo había sido diferido, sólo era para dar cima a sus méritos por medio del ejercicio de la paciencia y de las demás virtudes que él practicaba tan dignamente, y para terminar, la corona preparada para su fidelidad. Finalmente, cumplido ya todo eso, el Padre de la Misericordia y el Dios de todo consuelo, quiso concederle la mayor y más deseable de todas, que era la de morir con la muerte de los justos, o, por mejor decir, la de dejar de morir en esta vida mortal, para comenzar a vivir la verdadera vida de los Justos y de los Santos en la bienaventurada eternidad.

La Historia Sagrada nos enseña que Dios, cuando llamó a Moisés a la cumbre del monte Nebo, le ordenó morir en aquel sitio, y que el Santo Patriarca, sometiéndose a la voluntad de Dios, murió en aquel momento, no tanto por estar atacado de alguna enfermedad, sino simplemente por la eficacia de su obediencia: «Y murió, ­como dice la Sagrada Escritura­ en la boca del Señor», es decir, recibiendo la muerte como un favor singularísimo, y como un beso de paz de la boca de su Señor.

Si se nos permite comparar las gracias que Dios hace a los Santos, y a sus más queridos Servidores, dejándole a El el juicio de sus méritos, podemos decir que, por una misericordia especialísima, ha hecho algo parecido en favor de su fiel Siervo, «Vicente de Paúl». Había vivido en una total y perfecta dependencia de su voluntad, y murió, no tanto por la acometida de la fiebre o enfermedad violenta alguna, cuanto por una especie de obediencia y de sumisión a la Divina Voluntad. Falleció con una muerte tan apacible y tan tranquila, que pudiera considerarse más un dulce sueño que una muerte, de forma que, para expresar con más claridad lo que fue el óbito de este Santo Varón, se ha de decir que durmió en la paz de su Señor, que ha querido anticipar en esos últimos momentos las bendiciones más ansiadas de su Divina dulzura, y poner sobre su cabeza una corona de precio inestimable. Fue una recompensa especial que Dios quiso conceder a su fidelidad y a su celo. Había consumado la vida en los desvelos, en los trabajos y en las fatigas para su servicio. Y la acabó felizmente en la paz y en la tranquilidad. El Sr. Vicente se privaba por propia voluntad del descanso y de sus propias satisfacciones durante su vida para procurar el avance del Reino de Jesucristo, y el aumento de su gloria y al morir, halló el verdadero descanso, y empezó a entrar en la alegría de su Señor. Veamos más al detalle cómo sucedió todo.

El Sr. Vicente, al ver que el final de su vida se iba acercando, se preparaba cada vez más interiormente al último momento, continuaba practicando en el fondo de su alma todas las virtudes que consideraba más agradables a Dios, y desprendiéndose de todas las cosas creadas, mientras se lo podía permitir la caridad, para levantar más perfectamente su corazón al Príncipe de todo bien. El 25 de septiembre, hacia el mediodía, se durmió en la silla, cosa que ocurría desde hacía unos días, más que de ordinario; y era debido a que no podía descansar nada durante la noche y a su gran debilidad, que iba siempre aumentándosele cada vez más, y que lo mantenía la mayor parte del tiempo como adormilado. El Sr. Vicente consideraba la somnolencia como la imagen y la precursora de su próxima muerte; y como alguno le preguntara cuál sería la causa de aquel sueño tan extraordinario, le contestó sonriendo: «Es el hermano que viene a esperar a la hermana», llamando así al sueño hermano de la muerte, para la que él se estaba preparando

El domingo, 26 de septiembre, pidió que lo llevaran a la capilla; allí oyó la Santa Misa y comulgó, como lo hacía a diario. De vuelta para su habitación, cayó en un sopor más profundo que de ordinario, de manera que el Hermano que lo atendía, al ver que el sopor se iba alargando demasiado tiempo, lo despertó, y después de hacerle hablar, cuando vio que volvía a caer enseguida en el mismo sopor, avisó al que estaba al frente de la casa, y éste ordenó que se fuera a buscar al médico. En cuanto llegó el doctor encontró al Sr. Vicente tan débil que ya no estaba para recibir ningún remedio, y dijo que había que darle la Extremaunción. Pero antes de marcharse, despertó al enfermo y le invitó a hablar. El virtuoso enfermo respondió, como así lo hacía habitualmente, con una cara sonriente y afable, pero dichas unas palabras se cortó, pues ya no tenía fuerzas para acabar lo que quería decir

Uno de los principales Sacerdotes de la Congregación de la Misión vino a verlo en seguida, y le pidió la bendición para todos los de la Congregación tanto ausentes como presentes. El Sr. Vicente hizo esfuerzos para levantar la cabeza y para acogerlo con su afabilidad acostumbrada, y cuando empezó las palabras de la bendición, pronunció en voz alta la primera mitad, y el resto en muy baja. Por la tarde, al ver que se iba debilitando cada vez más, y que parecía que iba a entrar en agonía, le administraron el sacramento de la Extremaunción. Pasó la noche pensando en Dios dulce, tranquila y casi continuamente; y cuando se adormilaba, no había más que hablarle de Dios para despertarlo, cosa que no podía conseguir ninguna otra palabra. Entre las devotas aspiraciones que le sugerían de vez en cuando, sentía especial devoción ante las palabras del Salmista: «Deus in adjutorium meum intende». Y a tal fin, se las repetían con frecuencia, y él respondía inmediatamente: «Domine, ad adjuvandum me festina». Y siguió haciendo así hasta el último suspiro. Imitaba así la piedad de los grandes Santos que habitaron en otro tiempo en el desierto: usaban con muchísima frecuencia jaculatorias, con cuya repetición continua trataban de manifestar su dependencia del soberano poder de Dios, la necesidad permanente de sus gracias y sus misericordias, su esperanza en la bondad de Dios y el amor filial, de que estaban animados sus corazones, que los impulsaba incesantemente a buscar a Dios, como a su bondadosísimo Padre, sin miedo a molestarle, con una grandísima y perfectísima confianza en su caridad más que paternal.

Un virtuosísimo Eclesiástico de la Conferencia de San Lázaro estaba aquellos días de Retiro en la misma casa. Honraba y quería mucho al Sr. Vicente, y recíprocamente el Sr. Vicente le tenía mucho aprecio y afecto. En cuanto supo la extrema gravedad del enfermo, fue a su habitación poco antes de que expirase, y le pidió la bendición para todos los Señores de la Conferencia que él había creado: le suplicó que les dejase su espíritu, y que obtuviera de Dios que su Compañía (de ellos) no viniera a menos en la virtud que él les había inspirado y comunicado. Le respondió el Sr. Vicente con su humildad habitual: «Qui coepit opus, ipse perficiet». E inmediatamente pasó dulcemente de esta vida a una mejor, sin estertores ni convulsión.

Fue el lunes, 27 de septiembre de 1660, a eso de las cuatro y media de la mañana, cuando Dios lo llevó a Sí, en el momento en que sus Hijos espirituales reunidos en la iglesia empezaban la oración mental para atraer a Dios sobre ellos. Sucedió el hecho en la misma hora y en el mismo momento en que, desde hacía cuarenta años, acostumbraba a invocar al Espíritu Santo sobre él y sobre los suyos, cuando ese Espíritu adorable llevó su alma de la tierra al cielo, como su santidad de vida, su celo por la gloria de Dios, su caridad por el prójimo, su humildad, su paciencia y todas las demás virtudes en cuya práctica había perseverado hasta su muerte nos dan motivos razonables para creer de la infinita bondad de Dios. Este fiel Siervo de la Divina Majestad pudo muy bien decir al morir, con humilde reconocimiento de sus gracias, a imitación del Santo Apóstol, que había combatido valerosamente, que había terminado santamente su carrera, que había guardado una fidelidad inviolable, y que sólo le quedaba recibir la corona de justicia de la mano de su Soberano Señor.

Después de exhalar el último suspiro, su cara no cambió nada: siguió con su dulzura y serenidad habitual, estando en la silla en la misma postura, como si estuviera dormido. Expiró sentado, y completamente vestido, y había permanecido así las veinticuatro últimas horas de su vida, porque los que lo atendían pensaron que en aquel estado era difícil tocarle sin causarle algún daño y sin acortarle la vida. Murió sin fiebre, y sin ningún fenómeno imprevisto. Dejó de vivir por puro agotamiento de la naturaleza, como una lámpara que se va apagando insensiblemente, cuando le falta el aceite. Su cuerpo no se puso rígido, sino que permaneció flexible y manejable, como lo estaba antes. Le abrieron y le encontraron muy sanas las partes nobles. Se le había formado en el bazo un hueso de la anchura de un escudo blanco (escudo de plata), y más largo que ancho, los médicos lo consideraron muy extraordinario; y podemos decir que se había formado por un particular influjo de la Providencia de Dios para con su Siervo. Porque como el bazo es por su naturaleza de materia fofa y esponjosa, que sirve de receptáculo al humor melancólico, cuando llega a rebosar, envía ordinariamente gran cantidad de vapores al cerebro, que ofuscan el entendimiento y llenan la imaginación de ilusiones, y a veces debilitan y hasta conturban completamente el juicio. Pero Dios, por haber destinado al Sr. Vicentea prestar tan grandes servicios a su Iglesia, parece que le quiso exceptuar de ese defecto, dando a aquella parte de su cuerpo una consistencia ajena a su naturaleza, para que su espíritu nunca estuviera sometido a falsas luces y engañosas apariencias. Y efectivamente, el Sr. Vicente estaba por encima de todas esas debilidades, y gozaba de un juicio sano, que sabía discernir muy bien el bien del mal, lo verdadero de lo falso, y lo cierto de lo dudoso, como se ha visto en su modo de comportarse a lo largo de toda su vida.

Estuvo expuesto el día siguiente, 28 de septiembre, hasta el mediodía, tanto en el salón, como en la iglesia de San Lázaro, donde se celebró solemnemente el Servicio Divino, y a continuación el entierro. Estuvo presente el Sr. Príncipe de Conti con el Sr. Piccolomini, nuncio del Papa, arzobispo de Cesarea, y varios Prelados más, como también algunos de los párrocos de París, gran número de eclesiásticos y cantidad de religiosos de diversas órdenes. La Señora Duquesa de Aiguillon y otros Señores y Damas quisieron también honrar de igual manera su memoria con su presencia, así como el pueblo, que acudió en gran número. El corazón se guardó en un pequeño recipiente de plata que regaló la Duquesa para ese fin; y su cuerpo, colocado en un ataúd de plomo con otro de madera encima, fue sepultado en el coro de la iglesia de San Lázaro, y cubierto con un sepulcro. Sobre él sus Hijos han hecho grabar este epitafio:

«Hic jacet Venerabilis Vir Vincentius a Paulo, Presbyter, Fundator seu Institutor, et primus Superior Generalis Congregationis Missionis, necnon Puellarum Charitatis. Obiit die 27 septembris anni 1660, aetatis vero suae 85»

Los Eclesiásticos de la Conferencia de San Lázaro, a quienes el Sr. Vicente había congregado y dirigido durante tantos años, celebraron días más tarde un servicio solemnísimo en la iglesia de San Germán de Auxerre de París. Don Enrique de Maupas du Tour, anteriormente obispo de Puy, y en la actualidad de Évreux, que sentía una veneración y un afecto especialísimo por este gran Siervo de Dios, pronunció la oración fúnebre con tanto celo, erudición y piedad, que le escuchó con singular admiración y edificación todo el auditorio, compuesto por un gran número de Prelados, de Eclesiásticos, de Religiosos y de una increíble multitud de fieles. Pero no pudo decir todo lo que había proyectado, aunque estuvo hablando más de dos horas: la materia era tan amplia y tan vasta que, como lo confesó él mismo, tenía suficiente como para predicar durante toda una cuaresma

Varias iglesias catedrales, y entre otras la célebre metropolitana de Reims, han celebrado también Servicios solemnes, igual que muchas iglesias parroquiales y comunidades; y un gran número de personas particulares, tanto en París, como en otros sitios de Francia han querido ofrendar ese testimonio de las obligaciones que tenían con su caridad y ese agradecimiento por los servicios que había prestado a toda la Iglesia

Fin del Libro Primero

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *