Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 51

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Preparación para la muerte


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El Sr. Vicente veía que se le iba acercando cada vez más el final, y también iban notándolo todos los demás, aunque con pensamientos muy diferentes; porque los suyos y todos los que lo apreciaban temían aquella separación, y sentían mucho verla tan próxima. Y, por el contrario, el santo anciano, como otro Simeón, esperaba con alegría la última hora, y a todos les mostraba una cara muy serena. Se preparaba sufriendo alegremente en espíritu de penitencia y de humildad, aspirando a la vida en la que esperaba poseer a su Dios, invocándolo en su corazón, y uniéndose interiormente a El por medio de una total conformidad con su voluntad, y poniendosu cuerpo y su alma en sus manos para que dispusiera de ellos según su beneplácito en el tiempo y en la eternidad. Y aunque toda su vida fue una continua preparación para una buena muerte, y la práctica de las virtudes y los actos piadosos y la caridad, que llenaban sus días, fueron otros tantos pasos para acercarse con bendición al último período; a pesar de todo eso, se había servido desde hacía mucho de una preparación más inmediata, rezando todos los días, después de la acción de gracias de la misa, las oraciones de los agonizantes y la recomendación del alma, preparándose así de antemano a la salida de la suya

Si por las mañanas se preparaba de esa forma para bien morir, por las tardes nohacía menos. Ponemos a continuación cómo llegó a saberse esto

Poco antes de su fallecimiento, un Sacerdote de la casa de San Lázaro, al escribirle a otro que estaba fuera, le decía, entre otras cosas, en su carta, que el Sr. Vicente no iba a vivir mucho tiempo, y que por lo que parecía iba a morir pronto. Después, sin pensar más en ello, fue a llevar con toda su candidez la carta al Sr. Vicente, para que la leyera, según la práctica de la Compañía. El Sr. Vicente cogió la carta y le dijo que la vería con tiempo; como así lo hizo. Y fijándose en las palabras que hablaban de su fin próximo, pensó para sí por qué razón aquel sacerdote pondría aquello en la carta que le había entregado para que la viera. Otro cualquiera habría condenado aquella imprudencia; pero el Sr. Vicente pensó que quizás habría querido hacerle un favor, advirtiéndole sobre su muerte. Y yendo más adelante, su humildad le hizo temer si no habría dado algún motivo a dicho Sacerdote, para que le hiciera aquella advertencia sin saber cómo hacérsela, ni con qué ocasión. Le mandó buscar, y agradeciéndole el aviso, le dijo que le había gustado mucho, y le rogó que si había notado en él algún defecto más, le hiciera la caridad de advertírselo. Le respondió el Sacerdote que no había advertido ninguno, y el Sr. Vicente le respondió en estos términos:

«En cuanto al aviso que creía que usted quería darme, le diré con toda sencillez que Dios me ha concedido la gracia de evitar el motivo del mismo. Se lo digo para que no se escandalice por no verme hacer ninguna preparación extraordinaria. Hace ya dieciocho años que no me acuesto nunca sin ponerme en disposición de morir aquella misma noche».

Aquel sacerdote le presentó inmediatamente sus excusas por la falta de consideración, y le aseguró que no era su intención darle ningún aviso, y que no había pensado en lo que contenía la carta, cuando se la presentó. Así es como lo ha manifestado él mismo, al contar lo que sucedió entre el Sr. Vicente y él en aquella circunstancia, sabiendo como sabía demasiado bien cuál era la virtud del Sr. Vicente, y era como para no dudar de que estuviera siempre perfectamente preparado, tanto para la muerte como para los demás designios de la voluntad de Dios. Sobre esta misma cuestión se ha encontrado una carta escrita de puño y letra del Siervo de Dios veinticinco años antes, y que contiene estas palabras:

«Caí gravemente enfermo hace dos o tres días; y me ha hecho pensar en la muerte. Por la gracia de Dios, adoro su voluntad, y la acepto de todo corazón; y examinándome si tendría algo que pudiera causarme alguna inquietud, no he hallado nada, salvo que no hemos hecho todavía nuestras Reglas»

Hacía, pues, mucho tiempo que el Fiel Siervo, según se dice en el Evangelio, tenía ceñidos sus lomos y la lámpara encendida en la mano para ir por delante de su Señor cuando llegara. Y su última hora la tenía casi siempre presente ante sus ojos. Unos años antes de su muerte decía a los suyos:

«Uno de estos días el miserable cuerpo de este viejo pecador será enterrado y reducido a polvo, y ustedes lo pisotearán»

Y cuando hablaba de su edad, decía:

«Hace tantos años que estoy abusando de las gracias de Dios. ¡Ay, Señor! He vivido demasiado, porque no hay enmienda en mi vida, y mis pecados se multiplican con el número de mis años», etc

Y cuando comunicaba a los suyos la noticia de la muerte de un buen misionero, añadía de ordinario:

«Me dejas a mí, Dios mío, y te llevas a tus servidores. Yo soy la cizaña, que echa a perder el buen grano que Tú recoges, y estoy aquí ocupando siempre inútilmente la tierra. ¡Ah, Dios mío! ¡Hágase tu voluntad, y no la mía!»

A veces les ponía a los suyos ante los ojos el pensamiento de la muerte como uno de los más saludables, y les exhortaba a prepararse a ella con buenas obras, asegurándoles que ése era el mejor y más seguro medio para morir bien. Sin embargo, quería que el pensamiento de la muerte estuviera acompañado de la confianza en la bondad de Dios, y no que nos causara abatimiento alguno o inquietud en el alma. De ese estilo fue el consejo que le dio una persona, que, por sentir mucho miedo a la muerte, la tenía siempre presente. Le dijo, como se puede ver en una carta que le escribió sobre ese tema,

«Que el pensamiento de la muerte era bueno, y que Nuestro Señor lo había aconsejado y recomendado; pero que debía ser moderado, y que no era necesario ni conveniente tenerlo continuamente presente en su memoria; que bastaba con que pensara dos o tres veces al día, sin detenerse mucho tiempo; y si aún así se encontraba turbada, que no pensara nada en ella, y que procurara distraerse suavemente».

Cuando se conoció en Roma la larga y peligrosa enfermedad del Sr. Vicente, y que seguía, a pesar de su debilitamiento debido a los dolores y a los asuntos, rezando siempre el breviario, Nuestro Señor el Papa, Alejandro VII, reconociendo la importancia que tenía para la Iglesia la conservación del gran Siervo de Dios, expidió un Breve apostólico para dispensarlo, sin que el Sr. Vicente lo supiera; y al mismo tiempo, los Sres. Cardenales Durazzo, arzobispo de Génova, Ludovisi, penitenciario mayor de Roma, y Bagni, nuncio que fue de Francia, entonces en Roma, le escribieron para aconsejarle que se mejorara y conservara. Eso prueba el aprecio en que tenían a la persona del Sr. Vicente

Para abreviar, sólo expondremos aquí la carta del Sr. Cardenal Durazzo, porque fue la primera, y porque contiene sustancialmente lo que se dice en las otras. He aquí en qué términos le habla:

«Los trabajos de los Sacerdotes de la Congregación de la Misión siempre resultan para el bien del prójimo por el impulso que se les ha dado gracias a las instrucciones y al ejemplo de su Superior General. Por eso, toda persona bien intencionada tiene que pedirle a Dios que le prolongue la vida y le conceda una buena salud, a fin de que así pueda ser más duradera la fuente de tan gran bien. Y como me intereso mucho por el feliz progreso de ese Santo Instituto, y le tengo un cariñoso afecto a usted, habiéndome enterado de su edad, de sus fatigas y de su mérito, me siento obligado a suplicarle, como lo hago, que se aproveche de la dispensa de Su Santidad; que anteponga la atención a su persona al gobierno de sus queridos Hijos y que niegue a la devoción de su alma toda ocupación capaz de abreviar la duración de su vida. Y sea todo para mayor servicio de Dios. Roma, 20 de septiembre de 1660».

Pero todas esas precauciones llegaron demasiado tarde, hallaron a la víctima consumida. Dios quiso descargar al fiel siervo de tantas fatigas y penas, por las que había tratado de rendir a su Divina Majestad todo el honor y el servicio que pudo, durante su larga vida, pero le concedió la gracia, antes de sacarlo del mundo, de poner a su Congregación y a todas las Compañías por él fundadas en la mejor situación que él les podía desear.

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