Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 48

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Luis Abelly · Translator: Martín Abaitua, C.M.. · Year of first publication: 1664.

Otras obras de piedad a las que se ha dedicado el Sr. Vicente, y sus ocupaciones más habituales


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Los que han conocido mejor al Sr. Vicente, y han sabido de la magnitud de su celo y de las ocasiones que la Divina Providencia le fue presentando continuamente para ponerlas por obra, pueden afirmar con verdad que desde hace treinta o cuarenta años, se han realizado poquísimas obras de piedad o de caridad públicas y de cierta entidad en París, en las que no haya tenido alguna parte o con sus consejos, o cooperando de otra manera

La casa de San Lázaro era de fácil acceso: allí acudían todas las personas interesadas en acometer alguna buena obra, o en prestar algún servicio notable a la Iglesia, con la intención de buscar en la persona del Sr. Vicente el consejo, la ayuda y la cooperación necesaria para lograr éxito en una empresa. Le consultaban casi continuamente al gran Siervo de Dios sobre asuntos y planes piadosos no sólo los de París, ciudad que le brindaba amplia materia, sino incluso los de otros lugares. Recibía a menudo cartas de personas desconocidas, y que sólo sabían de él por la fama de su virtud y de su caridad, lo cual les daba confianza para acudir a él en sus dudas. Por otra parte, además de las reuniones ordinarias que se tenían al menos tres veces por semana y a ellas asistía con toda exactitud, le llamaban a otras reuniones particulares, ya de Prelados, o de doctores, o también, a veces, de superiores de comunidades, o, en fin, de personas de toda clase de categorías, ya para resolver dificultades importantes, ya para reglamentar e instituir un régimen, o bien para arreglar algunos desórdenes, o, finalmente, para buscar un medio con que promover la gloria de Dios y procurar el bien de la diócesis, de las comunidades o de las familias

También lo llamaban para poner paz y buen orden en las casas religiosas, tanto de hombres como de mujeres; y para componer litigios y pleitos a las personas particulares, y hasta a comunidades

Su caridad lo llevaba a visitar a personas enfermas o atribuladas, ya porque se lo rogaban, ya por iniciativa propia, para consolarlas y ejercitar con ellas todas las obras de una verdadera y sincera misericordia

Estuvo encargado, como ya lo hemos dicho en uno de los capítulos anteriores, de la dirección de las casas de las Religiosas de la Visitación de Santa María establecidas en París y en SaintDenis. Tuvo gran solicitud para con ellas, visitándolas de cuando en cuando, y atendiendo a todas sus necesidades espirituales

Añádase a todo eso la continua dedicación de su pensamiento y de su atención al gobierno y a la dirección de todas las casas de su Congregación. El gran número de cartas que recibía diariamente de todas partes, y a las que daba respuesta. Y a pesar de todas las ocupaciones y todos los asuntos extraordinarios que lo abrumaban, no dejaba ningún día de levantarse, como mandaba la Regla, a las cuatro de la mañana. Después acudía a la iglesia; allí permanecía tres horas, y a veces más, empleándolas en la oración, la misa y en alguna de las partes del breviario, dedicando siempre con maravillosa tranquilidad de espíritu un tiempo notable para su preparación y su acción de gracias, sin suprimir nada por mucha prisa que tuviera, salvo en muy rara ocasión y en circunstancias extraordinarias. Durante el día se le veía agobiado por las visitas de personas externas, y por las tardes, de las de casa. Atendía a todos a medida de sus deseos con gran dignidad y con mucha atención, como sino tuviera otra cosa que hacer. Casi todos los días salía de casa por asuntos de piedad y de caridad que tenía por obligación, alguna vez hasta dos veces por día, y volvía ordinariamente muy tarde. En cuanto llegaba, se ponía de rodillas para rezar el breviario; en casa, siempre lo recitaba de ese modo mientras sus dolencias le permitieron mantenerse en aquella postura. El resto del tiempo lo dedicaba a escribir cartas, o a estudiar otros asuntos, cosa que muy a menudo le obligaba a quedar sin dormir parte de la noche; pero no por ello dejaba de levantarse a la hora acostumbrada, salvo que estuviera enfermo o muy indispuesto.

Todos los años hacía su Retiro y sus Ejercicios espirituales, tomando para ello el tiempo necesario, a pesar de todas sus ocupaciones y de todos sus asuntos; y consideraba con razón que lo principal, que era la salvación y la santificación de su alma, debía preferirse a todo lo demás. Aconsejaba esa piadosa práctica, que él cumplía exacta y fielmente, tanto para mover a los demás más eficazmente a aquel acto piadoso, como para renovarse y extraer del seno de Dios las luces, las fuerzas y las gracias necesarias para desempeñar dignamente todos sus grandes trabajos, a los que se había comprometido; así imitaba a Moisés, quien en medio de agotadores trabajos producidos por la conducción de un gran pueblo, no disponía de refugio más seguro, ni de retiro más dulce que el santuario: allí se ponía al abrigo de todas las impertinencias de la multitud, y pedía a Dios para ellos y para él la ayuda y protección. Es así como se pasaban los días y los años de aquel gran Siervo de Dios. Verdaderamente de él se puede decir que tuvo los días y los años llenos, según el modo de hablar de la Sagrada Escritura, de forma que su vida estuvo no sólo llena, sino también colmada de virtudes y de méritos.

Y ciertamente, quien quiera observar las grandes obras que Dios ha hecho por medio del Sr. Vicente, y que todavía siguen en pie; quien considere todas las casas de su Congregación establecidas en tantos lugares; todas las misiones en las que ellos trabajan con tanta bendición; los seminarios donde sus sacerdotes están tan útilmente ocupados; los ejercicios de Ordenandos; las Conferencias y los Retiros espirituales que tanto contribuyen al bien del estado eclesiástico y de las personas seglares de toda clase y condición; la Institución de las Hijas de la Caridad y el establecimiento de las Cofradías de la misma Caridad en innumerables parroquias; las reuniones y Compañías de las Damas de la Caridad con tan numerosas obras buenas; la fundación de tantos hospitales, y la asistencia temporal y espiritual de Provincias arruinadas y de tantos pobres abandonados; quien quiera ­digo­ reflexionar atentamente sobre todas esas cosas, se verá obligado a reconocer que no son obras de un hombre solo, sino que la mano de Dios estaba con él, su fiel Siervo, para llevar a cabo todos esos grandes efectos de su misericordia. Y aunque toda la gloria pertenezca a Dios, que es el primer y principal autor de todo, quiere El que se honren y que se aprecien sus dones y sus gracias en sus servidores, cuando han cooperado con El fiel y santamente. Precisamente en eso, podemos afirmar, que el Sr. Vicente es tanto más digno de estima y de alabanza, cuanto que él se consideraba menos digno, buscando en todo su envilecimiento y su abyección; y que, por un rasgo admirable de humildad, cuando más se le quería felicitar por las grandes obras realizadas por él, respondía, «que él sólo era cieno y barro vil y abyecto, y que si Dios lo había empleado en todas sus obras, se había servido de ese barro para sujetar las piedras de aquellos edificios».

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