Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 45

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

El asilo de los ancianos pobres fundado en París por el Sr. Vicente, sirvió de ocasión para la fundación del Hospital General de los Pobres en la misma ciudad


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La caridad del Sr. Vicente se parecía al fuego, que siempre está en acción cuando encuentra materia propia; o mejor, estaba animada y abrasada por el fuego celestial que Jesús vino a traer al mundo, y que pone a los corazones en continua disposición de trabajar por la gloria de Dios y por la salvación de las almas. Por eso, el fiel Siervo de Dios no dejaba que se le escapara ninguna ocasión de servir a la Iglesia, o de promover el verdadero bien del prójimo. Y aunque, además del peso de la edad y de las enfermedades, que acompañan ordinariamente a la vejez, estaba agobiado y como abrumado por el gran número de obras piadosas, cuya carga y peso sobrellevaba; eso no impedía que siempre estuviera presto y en disposición de emprender nuevas obras por la gloria de Dios. Su celo iba creciendo y fortificándose con los trabajos, como si hubiera recibido un aumento de vigor y de fuerzas en lugar de debilitarse y agotarse.

Eso es lo que le sucedió en cierta ocasión, cuando con una tarea que le presentó la Divina Providencia el año 1653, la cual lo embarcó en una nueva acción caritativa, hizo surgir más adelante una de las más grandes y más considerables empresas jamás vistas desde el comienzo de la Iglesia, a saber, la fundación del Hospital General de los Pobres de París. De él podemos decir, sin quitar nada al honor y al mérito de todas las personas virtuosas que han contribuido muy santa y muy honorablemente a su creación, que el Sr. Vicente puso como la primera piedra, o mejor, que Dios se sirvió de su mano, sin que él apenas conociera los planes de su Providencia, para poner los primeros cimientos, sobre los que el celo y la cooperación de otros grandes e insignes obreros han levantado el maravilloso edificio que todos los días va creciendo con bendición.

He aquí un breve relato del modo como sucedió la cosa

Un ciudadano de París, movido del deseo de ofrecer algún servicio a Dios y de hacer algo que le fuera agradable, se dirigió un día al Sr. Vicente, en cuya caridad confiaba plenamente; y le dijo que tenía la intención de entregarle una cantidad considerable de dinero para emplearla en obras caritativas, como le pareciera más convenientemente, pero con la condición de que nunca revelaría el autor, y que no diría su nombre a nadie, porque quería llevar a cabo aquella obra puramente por Dios, y sin que lo supiera nadie fuera de Dios y de él

El Sr. Vicente pensó que no debía rechazarle aquel servicio, recibió el dinero en depósito, y después de haberlo meditado ante Dios y pedido su luz para conocer en qué buena obra le sería más de su agrado emplearlo, no quiso determinar ni resolver nada sin haberlo antes comunicado más en detalles a quien le había puesto el caritativo depósito en las manos: cambiaron impresiones entre ellos, y ambos convinieron en emplear el dinero en la fundación de un asilo que sirviera de retiro a los artesanos pobres, que por no poder ganarse la vida a causa de la vejez, o por estar enfermos, se veían reducidos a la mendicidad (en ella vemos, que de ordinario no pueden cuidar de su salud), pensando que ese sería el medio de ejercer doblemente la caridad en su ciudad, remediando juntas las necesidades de sus cuerpos y de sus almas. Propuso la idea al bienhechor, y éste la aprobó con plena satisfacción, y la aceptó de muy buena gana, pero con la condición de que la administración espiritual y temporal del asilo estuviera en manos del Superior General de la Congregación de la Misión.

Para realizar el proyecto el Sr. Vicente compró dos casas y una explanada bastante grande en el arrabal de San Lorenzo de la ciudad de París. Las dotó de camas, ropa blanca y otras cosas necesarias; también mandó preparar una capilla con todos los detalles convenientes. Y del dinero restante obtuvo una renta anual. Acogió en aquel asilo cuarenta pobres, a saber, veinte hombres y veinte mujeres, que han sido alimentados y mantenidos hasta el presente, pero que, por haber venido a menos la renta, se verán obligados a disminuir el número, si la Providencia de Dios no lo remedia pronto. El Sr. Vicente mandó pues poner los cuarenta pobres en dos pabellones separados los unos de las otras, pero de tal manera estaban repartidos que todos podían oír una misma misa, y una misma lectura en la mesa, mientras comían en común, pero cada sexo por separado, sin verse ni hablarse entre sí. También mandó comprar y preparar telares, herramientas y otras cosas convenientes para ocuparlos según sus débiles fuerzas y habilidades, con el fin de evitar la ociosidad. Encargó a las Hijas de la Caridad el cuidado y el servicio de aquella pobre gente, confió a un Sacerdote de la Misión la celebración de la Santa Misa en el asilo, y la administración de la palabra de Dios y los sacramentos. El fue de los primeros en instruirlos y en recomendarles la unión entre ellos, la piedad para con Dios, y, sobre todo, el agradecimiento para con su infinita bondad por haberlos retirado de la indigencia y de la miseria y procurado un retiro tan tranquilo y tan cómodo para las necesidades de sus cuerpos, y para la salvación de sus almas.

El Sr. Vicente puso por nombre a la casa el de Asilo del Nombre de Jesús, y registró una declaración de su fundación ante notarios, pero sin nombrar al fundador. Después la aprobó el Sr. Arzobispo de París, quien le dio toda la dirección de la casa a él y a sus sucesores, y el Rey ha confirmado y autorizado todo con Letras Patentes.

Cuando alguno de los pobres fallece, se acoge a otro en su lugar. Viven con mucha paz, y se consideran felices por estar así mantenidos y atendidos, tanto en su vida como en la muerte, sin otra preocupación que vivir cristianamente con el fin de prepararse de esa forma a bien morir. Y su forma de vida tranquila y reglada les produce a otros tales deseos de relevarles, que son muchos los que buscan y solicitan las plazas años antes de estar vacantes.

Después de que el Sr. Vicente dejó así instituido y reglamentado el nuevo Asilo, le vinieron a visitar varias Damas de la Caridad y otras personas de condición y de virtud. Y después de observarlo todo, advirtieron un orden tan perfecto y una economía tan santa, que quedaron maravillosamente edificadas. Vieron allí una paz y una unión maravillosa; estaban desterradas la murmuración y la maledicencia con los demás vicios. Los pobres estaban ocupados en sus pequeños quehaceres, y cumplían todos los actos de piedad adaptados a su condición. En fin, aquello era una modesta reproducción de la vida de los primeros cristianos, y más bien una Religión que un asilo de gente seglar

La vista de aquel lugar tan bien regulado les daba motivo a las personas virtuosas que lo venían a ver para deplorar la desgracia de tantos pobres como andaban pidiendo limosna por las calles y las iglesias de París, y que en su mayor parte llevaban una vida fuera de lo común, con toda clase de vicios y desarreglos, sin que hasta entonces se hubiera podido remediar nada. A algunas Damas de la Caridad se les ocurrió que no le sería difícil al Sr. Vicente sacarlos de aquel desorden, y organizar una vida reglada para muchos, como lo hizo para pocos; porque Dios daba su gracia y bendición a todas sus iniciativas. Y además, porque disponía en la casa de San Lázaro y en la de las Hijas de la Caridad de personas muy capacitados para tal fin, con tal de que hubiera sitio suficiente donde recoger y dar ocupación a los pobres.

Las primeras Damas, a las que se les ocurrió la idea, la comunicaron a otras. Y éstas fueron a visitar el pequeño asilo, y quedaron convencidas de lo mismo. Una de ellas ofreció, primeramente, cincuenta mil libras para comenzar un Hospital General. Y otra se obligó a dar tres mil libras de renta con el mismo propósito. Finalmente, llegó el día de la reunión de las Damas, a la que siempre asistía el Sr. Vicente si no se le presentaba algún impedimento extraordinario, como ya lo hemos dicho. Ellas le presentaron un gran proyecto, que de momento, le sorprendió y le dio ocasión para admirar el celo y la caridad de las virtuosas Damas. Alabó por todo a Dios y las felicitó efusivamente. Sin embargo, les dijo que el asunto era de tal importancia, que merecía ser considerado con prudencia, y que era muy necesario encomendarlo a Dios.

En la siguiente reunión, mostraron las Damas nuevos entusiasmos para proceder a la ejecución de su gran idea. Dieron seguridades de que no faltaría dinero, ya que conocían a otras personas ricas con intención de contribuir generosamente, y de este modo apremiaron al Sr. Vicente a aceptar el proyecto y a consentir que su Compañía lo acometiera. Puesto a discusión el plan, determinaron que harían lo posible por iniciarlo. Con todo, el Sr. Vicente hubiera preferido tardar un poco más antes de embarcarse en semejante empresa, pero no pudo detener el fervor de las virtuosas Damas. Y como se necesitaba una casa muy amplia y con grandes espacios para poder albergar a todos los pobres, propusieron al Rey la casa y todas las dependencias de la Salpetrière, cerca del río, y enfrente del Arsenal, entonces en desuso. El Sr. Vicente habló a la Reina Regente del proyecto, y ella accedió de buen grado a la petición, y se expidió el documento de la donación. Y ante la oposición de una persona que pretendía tener algún derecho en aquello, una de las Damas le prometió ochocientas libras de renta para compensarla.

Después de eso, a las caritativas Damas les pareció que todo estaba suficientemente preparado para iniciar la ejecución del proyecto. A algunas de las más fervorosas se les hacía muy largo el tiempo para ver a todos los pobres recogidos en aquel lugar, y por eso se lo urgían al Sr. Vicente. Pero como éste no estaba de acuerdo con ellas en la manera de llevar a los pobres a aquella casa, y en la de dirigir semejante empresa, se vio en dificultades para contener a las impulsivas, porque le parecía que iban demasiado aprisa. Por eso un día les dijo a ellas en particular para moderar su celo:

«Que las obras de Dios se hacen poco a poco en los tanteos y en su desarrollo: cuando Dios quiso salvar a Noé del diluvio con toda su familia, le mandó construir un arca, que podía haber estado terminada en poco tiempo. Y sin embargo, se la hizo empezar cien años antes, para que la hiciera poco a poco. Igualmente, Dios, cuando quiso guiar e introducir a los hijos de Israel en la Tierra de Promisión, podía obligarles a hacer el viaje en pocos días; y sin embargo, pasaron más de cuarenta años antes de que les concediera la gracia de entrar en ella. De igual manera, cuando Dios trató de enviar a su Hijo al mundo para poner remedio al pecado del primer hombre, que había inficionado a todos los demás, ¿por qué tardó tres o cuatro mil años? El no se precipita en hacer sus obras, hace todo en su tiempo. Y Nuestro Señor, cuando vino a la tierra, podía haber venido con edad perfecta para realizar nuestra redención, sin dedicar treinta años a una vida oculta, que podría parecer superflua. Por el contrario, quiso nacer niño, y crecer en edad igual que los demás hombres, para así llegar poco a poco a la consumación de este incomparable beneficio. ¿No solía decir también a veces, hablando de lo que tenía que hacer, que su hora no había llegado todavía? Para enseñarnos que no nos adelantemos en las cosas que dependen más de Dios que de nosotros. Incluso podía en su tiempo haber establecido la Iglesia en todo el mundo; pero se contentó con poner los cimientos, y dejó lo demás para que lo hicieran los Apóstoles y sus sucesores. Según esto, no conviene querer todo a la vez, y todo de golpe, ni pensar que se perderá todo, si todos y cada uno no se apresuran con nosotros a cooperar con este poco de voluntad que tenemos. Entonces ¿qué hemos de hacer? Ir despacio, rezar mucho, y actuar de común acuerdo».

Y añadió: Que,

«Según su parecer, pensaba que había que hacer primero una prueba, y recibir a cien o a doscientos pobres, y aún así sólo a los que vinieran por su propia voluntad, sin obligar a nadie. Porque si estuvieran bien tratados y muy contentos, atraerían a otros; y así iría creciendo el número en proporción a los fondos que enviara la Providencia; que había que asegurarse para no estropear nada de modo irreflexivo, y que, por el contrario, si se usaba de la precipitación y la coacción, podría ser un obstáculo para los planes de Dios: que si la obra era cosa suya, saldría adelante y subsistiría; pero que si era sólo cosa del ingenio humano, no resultaría, ni mucho menos»

Esas eran las ideas del Sr. Vicente y las observaciones que les hizo a las Damas, y que lograron serenar su celo ardiente. Pero lo que retrasó aún más la ejecución de la obra fue que varios de los Magistrados más importantes, pensando que era poco menos que imposible su ejecución, no podían decidirse a aceptarla y a darle su visto bueno. De ahí resultó que los años 1655 y 1656 se pasaron sin poder hacer otra cosa que madurar algunos proyectos y proponer medios para la ejecución de la gran idea. Y a ella se consagraron personas de condición y de virtud con grandísimo celo. Por fin, Dios le dio su bendición, y convinieron en la forma de la empresa, y en el modo de dirigirla, y nombraron administradores o directores, personas, todas ellas, de honor y de piedad, para que dieran comienzo a la obra. Las Damas de la Caridad, que habían tenido la iniciativa de esta gran obra bajo la dirección sabia del Sr. Vicente, quedaron muy consoladas al verla apoyada y sostenida por la autoridad pública. Y por consejo del Sr. Vicente encomendaron su gestión a los Sres. Administradores. Y con el fin de darles medios para construir sobre sus cimientos, el Sr. Vicente les devolvió por medio de ellas no sólo la Salpetrière, sino también el Castillo de Bicêtre, que él había conseguido y poseído algunos años antes para los niños abandonados

Además de todos esos edificios cedidos por las Damas para acoger a los pobres, ellas contribuyeron también con unas cantidades muy notables de dinero, y de ropa blanca, de camas y otros muebles, por cierto, algunos de ellos hechos por los carpinteros de San Lázaro, para abastecer las primeras urgencias de aquellas casas, al recibir a los pobres. Y así se llevó a cabo aquella obra, no por vía de ensayo, ni de acuerdo con los pobres según el primer proyecto del Sr. Vicente, sino por una decisión absoluta de encerrarlos y así evitar que anduvieran mendigando: obligaron a todos los mendigos que hallaron en París, o a trabajar para ganarse la vida, o a ingresar en el Hospital General

Veamos lo que el Sr. Vicente escribió sobre esto en el mes de marzo del año1657 a una persona de su confianza:

«Van a suprimir la mendicidad en París, y a reunir a todos los pobres en unos locales apropiados para mantenerlos, instruirlos y darles trabajo. Se trata de un gran proyecto y muy difícil, pero que está ya muy avanzado, gracias a Dios, ya probado por todo el mundo. Muchas personas contribuyen abundantemente con sus limosnas, y otras se ocupan en él de buena gana. Tienen ya diez mil camisas y lo demás en proporción. El Rey y el Parlamento lo apoyan decididamente y, sin hablar conmigo, han destinado ya a Sacerdotes de nuestra Congregación y a Hijas de la Caridad para el servicio de los pobres, con el beneplácito del Sr. Arzobispo de París. Sin embargo, nosotros no estamos aún decididos a comprometernos en esa tarea, por no conocer suficientemente si es voluntad de Dios, pero, si la emprendemos, al principio será solamente en plan de prueba»

Cuando el Sr. Vicente se enteró de la intención que había de emplear a los Sacerdotes de su Congregación en la asistencia espiritual de los pobres del Hospital General, creyó que tal compromiso era de tal importancia para su Congregación que merecía la pena de considerarlo ante Dios, y que había que aconsejarse de si era conveniente aceptarlo. Por eso, después de rezar por dicho asunto, reunió a los Sacerdotes de la casa de San Lázaro para estudiar el caso, y después de presentarles las consideraciones que podían llevarles a aceptar o a rechazar semejante ocupación, al final se decidieron eximirse, como así se hizo por muy poderosas y muy importantes razones. Y como las Letras Patentes del Rey, que ya estaban expedidas para la fundación del Hospital General, les atribuían aquel derecho, renunciaron a ellas en absoluto con un Acta auténtica, para que otros eclesiásticos pudieran dedicarse a aquella tarea con plena libertad.

Por otra parte, como el Hospital estaba ya a punto de empezar a funcionar, y los Directores y Administradores se veían presionados a abrirlo cuanto antes, para evitar que la negativa de los Sacerdotes de la Misión causara algún retraso en una obra tan santa, o que los pobres carecieran de ayuda espiritual, el Sr. Vicente invitó a Luis Abellyun eclesiástico de la Compañía de los que se reúnen los Martes en San Lázaro a aceptar el cargo de Rector del Hospital General; y así lo hizo.

Y después de prestar sus servicios por algún tiempo, con otros eclesiásticos que se le juntaron, y de haber dado misiones en las casas del Hospital con ayuda de virtuosos eclesiásticos de la misma Compañía y de otros que residían en iglesias de París, como sus achaques no le permitían desempeñar por más tiempo aquel cargo, muy laborioso y agotador, renunció a él en manos de los Sres. Vicarios Generales del Sr. Cardenal de Retz, arzobispo de París, quienes, en su lugar, pusieron a un doctor de la Facultad de París de la misma Compañía. Dicho señor ha ejercido durante varios años el cargo de Rector del Hospital General con gran bendición, y ha trabajado con celo infatigable organizando misiones casi continuas llevadas a cabo gracias a sus desvelos en todas las casas del Hospital.

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