Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 43

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Lo que el Sr. Vicente hizo por el bien de este reino y por el servicio del Rey durante las revueltas del año 1652


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Para remediar eficazmente algún mal no basta con impedir sus efectos; es necesario, si se puede, hacer desaparecer la causa. Todas las asistencias caritativas que el Sr. Vicente procuraba a los pobres durante la guerra, podían aliviarlos de parte de las miserias que dicha calamidad les hacía sentir; pero para librarlos totalmente de ellas y hacer cesar los demás desórdenes espantosos y los enormes pecados que se cometían por todas partes durante el tiempo de turbación y división, el gran Siervo de Dios, vivamente impresionado y dotado de tanta prudencia como celo, veía acertadamente que todo lo que hiciera obtendría poco éxito, si no se aplicaba el remedio a la raíz del mal, y si no se hacía desaparecer su causa, que era la división y la guerra, instaurando una paz duradera por la total sumisión y obediencia que los súbditos deben a su Soberano. La unión y la adecuada correspondencia de los miembros con su jefe ha sido establecida por Dios tanto en el cuerpo político como en el natural para mantener dentro de él el orden y, por consiguiente, para introducir en él la paz, que no es otra cosa, como dice san Agustín, sino la tranquilidad en el orden.

El Sr. Vicente, cuando vio que el fuego de la guerra iba encendiéndose de día en día en la mayor parte de las Provincias del reino, previendo los grandes desastres que iban a suceder tanto para el estado como para la Religión, si continuaba el mal, resolvió actuar, en cuanto estaba de su parte, para poner remedio y apagarlo. La primera y principal cosa que hizo a este propósito, fue acudir a Dios e invitar a todas las personas virtuosas y bien intencionadas que conocía a hacer lo mismo con oraciones, limosnas, ayunos y otros actos de penitencia, para aplacar su justicia, reparar las ofensas cometidas contra Su Majestad, atraer su misericordia y obtener la paz. A ese fin, ordenó que en la casa de San Lázaro todos los días tres misioneros ayunaran con esa intención, un sacerdote, un clérigo y un hermano; que el sacerdote celebrara la misa ese mismo día, y que los otros dos comulgaran con dicha intención. Y él, a su vez, cumplía exactamente aquella obligación, cuando le tocaba, aunque ya era más que septuagenario

Y una vez, entre otras, como estuviera extraordinariamente conmovido por las miserias que el azote de las guerras causaba no sólo en Francia, sino también en otros Reinos cristianos, al salir de la oración mental, cuyo tema de meditación había sido la utilidad de los sufrimientos, habló a toda su Comunidad en estos términos:

«Renuevo la recomendación que les he hecho tantas veces, y que nunca sabría hacer bastante, de rezar a Dios por la paz, para que quiera reconciliar entre sí los corazones de los Príncipes cristianos. Hay guerra por todos los sitios y por todos los lugares: guerra en Francia, en España, en Italia, en Alemania, en Suecia; en Polonia, atacada por tres frentes; en Irlanda, sus pobres habitantes son trasladados de sus tierras a lugares estériles, a montañas y roquedales casi inaccesibles e inhabitables; Escocia no está mucho mejor; de Inglaterra, ya sabéis su triste situación. En fin, guerra en todos los reinos, miseria por todas partes, tantas personas en Francia que están sufriendo. ¡Oh Salvador! ¿Hay algo más? Si por cuatro meses que hemos tenido la guerra encima, hemos visto tanta miseria en el corazón de Francia, donde suelen abundar los víveres por doquier, ¿qué hará esa pobre gente de la frontera, expuesta a todas esas miserias y que están sufriendo esa plaga desde hace veinte años? Si siembran, no están seguros de poder cosechar: vienen los ejércitos y siegan y lo saquean y lo roban todo; y lo que no han robado los soldados, los funcionarios lo cogen y se lo llevan. Después de todo esto ¿qué hacer? No queda más que morir. Si hay verdaderas virtudes, sobre todo es entre esa pobre gente. Conservan una fe viva, creen sencillamente; se someten a las órdenes de Dios; tienen paciencia en la miseria más extrema; sufren todo lo que Dios quiera y en cuanto que Dios quiera, ya por los atropellos de la guerra, y también por la dureza del trabajo; todos los días están metidos de lleno en fatigas, expuestos ya a los ardores del sol, ya las demás injurias del aire. ¡Pobres trabajadores y viñadores que sólo viven del sudor de su frente, que nos dan sus trabajos y esperan a su vez que, al menos, recemos a Dios por ellos! ¡Hermanos míos! ¡Mientras ellos se cansan de esa forma por alimentarnos, nosotros buscamos la sombra, y nos ponemos a descansar! Hasta en las misiones, cuando nosotros trabajamos, estamos en la iglesia a resguardo de las injurias del aire, y no expuestos al viento, a la lluvia y a los rigores de las estaciones. Vivimos ciertamente del sudor de esa pobre gente y del patrimonio de Jesucristo. Deberíamos pensar siempre cuando vamos al refectorio, si verdaderamente hemos ganado la comida que vamos a tomar. En cuanto a mí, con frecuencia pienso en esto, que me llena de confusión, y me digo en mi interior: Desgraciado, ¿has ganado el pan que vas a comer? ¿el pan, ese pan que te viene del trabajo de los pobres? Al menos, si no lo ganamos, como ellos, pidamos a Dios por ellos, y que no pase ningún día sin que los ofrezcamos a Nuestro Señor, para que quiera concederles la gracia de haber buen uso de los sufrimientos. Decíamos estos días, que Dios cuenta especialmente con los sacerdotes para detener el curso de su indignación; cuenta con que harán lo que Aarón, y que se pondrán con el incensario en la mano entre El y los pobres; o bien, que actuarán como intermediarios, como Moisés, para impetrar el cese de los males que sufren por su ignorancia y por sus pecados, y que quizás no sufrirían si los hubieran instruido, y si hubieran trabajado en su conversión. A esos pobres es a quienes debemos ofrecer nuestros servicios caritativos, tanto para satisfacer a las obligaciones de nuestro carácter (sacerdotal), como para corresponder de alguna manera con nuestro agradecimiento a los bienes que recibimos de sus trabajos. Mientras ellos sufren y mientras ellos luchan contra la necesidad y contra todas las miserias que los abruman, debemos hacer lo que Moisés, y a su ejemplo levantemos continuamente las manos al cielo por ellos. Y si sufren por sus pecados y por su ignorancia, debemos ser sus intercesores ante la Divina Misericordia, y la caridad nos obliga a tenderles las manos para sacarlos de la miseria; y si no nos dedicamos aún a costa de nuestras vidas a enseñarles y a ayudarles a convertirse perfectamente a Dios, somos hasta cierto punto la causa de todos los males que soportan».

Así es como el Sr. Vicente animaba a rezar, a trabajar y a sufrir para desterrar la ignorancia y los pecados del pueblo, como principales causas de todos los azotes que sufrían, y para obtener de la bondad de Dios una paz verdadera y segura, el mejor remedio de todos los desórdenes que se veían entonces por todas partes. No podía dejar de recomendar a los suyos que perseveraran en pedir a Dios la paz con sus oraciones; y acostumbraba a recitar todas las mañanas públicamente en la iglesia de San Lázaro, junto con los suyos, las letanías del Nombre de Jesús, y cuando llegaba a las palabras «Iesu, Deus pacis», las pronunciaba con un tono más grave y más devoto, y las repetía siempre dos veces. Además de eso, siempre hacía la misma recomendación a todas las personas virtuosas que conocía, exhortándolas a ofrecer a Dios oraciones, y a dar limosna, y a hacer peregrinaciones, ayunos, mortificaciones y actos de penitencia con el fin de obtener de Dios una paz tan necesaria y tan deseada. Ponemos a continuación lo que ha manifestado un Eclesiástico muy virtuoso y uno de los más antiguos asistentes a la Conferencia de San Lázaro

«Si su caridad ­dice, hablando del Sr. Vicente­ fue grande en socorrer y aliviar a los pobres arruinados por las guerras, su celo no fue menor en tratar de acabar con su causa. Mientras las Damas de la Caridad y otras personas virtuosas se ocupaban en recoger limosnas y ayudas necesarias para el sostenimiento de las Provincias desoladas, sabemos con qué ardor y qué ternura de corazón les recomendaba que unieran a las obras de misericordia, los votos, las oraciones, los ayunos, las mortificaciones y otros actos de penitencia, las devociones, las peregrinaciones a Notre Dame, a Santa Genoveva y a otros Santos tutelares de París y de Francia; las confesiones y comuniones frecuentes, las misas y los sacrificios para tratar de inclinar a la misericordia de Dios y aplacar su cólera. Sabemos lo que hicieron unas almas buenas por su consejo a lo largo de varios años; cuántas Damas muy delicadas practicaron rigurosísimas austeridades en sus cuerpos hasta el punto de no escatimar cilicios, disciplinas y otras maceraciones, para unirlas a las de él y a las de su Compañía, con el fin de conseguir la paz tan deseada, que disfrutamos hoy en día. ¿Quién podría expresar su dolor por los desórdenes de los ejércitos? ¿cuán sensible y vivamente conmovido estaba por las violencias que se cometían por todas partes y contra toda clase de personas? Sacrilegios y profanaciones del Santísimo Sacramento y de las iglesias; y todos los demás excesos cometidos por la gente de guerra. Cuántas veces dijo, hablando de los eclesiásticos: ¡Ah Señores! Si nuestro Maestro está dispuesto a recibir cincuenta garrotazos, tratemos de disminuir su número y de evitarle algunos. Hagamos algo para reparar esos ultrajes; que, al menos, haya alguno que le consuele en sus persecuciones y sufrimientos.»

El Sr. Vicente pensaba que, además de con oraciones y actos de penitencia, debía atender cuanto pudiera a las personas influyentes para moverlas a lograr la paz y a actuar de forma que la autoridad del Rey fuera aceptada por todos los súbditos, y que se le rindiera en todos los lugares del reino una total y perfecta sumisión, único medio para acabar con las guerras civiles y las divisiones intestinas. Y aunque el Sr. Vicente se había abstenido siempre de entrometerse en los asuntos públicos, sea por humildad por juzgarse incapaz, sea también por prudencia cristiana, para no desviarse de sus otras ocupaciones concernientes al servicio de Dios y al bien espiritual de las almas, con todo, al ver a Francia amenazada por una ruina definitiva, si las guerras intestinas duraban aún más tiempo, y como conocía perfectamente que el amor a la patria es un deber de caridad, y que el servicio con que se obsequia al Rey forma parte del que se debe a Dios, decidió hacer todo lo que estuviera en su poder para socorrer a su patria y para servir a su Príncipe en coyuntura tan apurada y tan decisiva

Pensó que, a tal fin, debía dirigirse en primer lugar a los Sres. Obispos. Varios disfrutaban de algún crédito ante él, y se sirvió de eso para exhortarlos y animarlos a residir en sus diócesis, mientras durasen las revueltas, a fin de que, con su presencia y con su autoridad, pudieran retener a los pueblos en su deber y oponerse a los planes de quienes los querían sustraer a la obediencia del Rey. Escribió varias cartas a algunos de esos Prelados: a unos, para felicitarles por haber impedido que las ciudades de sus diócesis recibieran y favorecieran al partido contrario; a otros, para disuadirles a que no vinieran a la corte a quejarse de los destrozos causados por los ejércitos, pensando que no era tiempo oportuno, sino más bien a residir en sus diócesis con el fin de consolar a su pueblo y prestar allí todos los servicios que pudieran al rey, que sabría algún día agradecérselo y reparar todos los daños. Aquí sólo presentaremos unos fragmentos de dos o tres cartas. En una de ellas, dirigida al difundo Sr. Obispo de Dax, diócesis de la que era originario el Sr. Vicente, le habla en estos términos:

«Confieso, Monseñor, que sentiría una gran alegría por verlo en París, pero sentiría igual pesar, si su venida aquí fuera inútil, pues pienso que su presencia no conseguiría nada en unos tiempos tan calamitosos, pues el mal de que se queja es poco menos que universal en todo el reino: en todos los sitios por donde han pasado los ejércitos han cometido los mismos sacrilegios, los mismos robos y las mismas impiedades sufridas por su diócesis. Y no sólo en Guyena y Périgord, también en Saintonge, Poitou, Borgoña, Champaña, Picardía y en muchas otras partes, y hasta en los alrededores de París. En general, por todas partes los eclesiásticos, igual que el pueblo, están muy atribulados y carentes de todo deforma que hay que mandar desde París a las Provincias más cercanas ropa blanca y trajes con que puedan cubrirse y limosnas para ayudarles a vivir, si no quedarían muy pocos para la administración de los sacramentos a los enfermos. En cuanto a dirigirse a los Señores (Diputados) del Clero para reducir los diezmos, le dirán que la mayor parte de las diócesis piden lo mismo, y que todas están experimentando la aflicción de la guerra, y que no saben en qué se puede rebajar. Es un azote general, con que Dios quiere probar al reino. Y así, Monseñor, lo mejor que se podría hacer es someternos a su justicia con la esperanza de que su misericordia ponga remedio a tantos males. Si le nombran diputado para la Asamblea General de 1655, entonces podrá intentar lograr con más eficacia algún alivio para su clero, que entre tanto se consolará por gozar de su presencia en la diócesis, donde hace tanto bien hasta en el servicio del Rey», etc

Esta carta demuestra por una parte la deplorable situación a que se veía reducida F rancia, y la ayuda que se daba a los eclesiásticos arruinados, para que el servicio de Dios no quedara abandonado, cuando el demonio se esforzaba en destruirlo. Y por otra parte nos hace ver cómo el Sr. Vicente disuadía prudentemente al buen Prelado de su intención de venir a París para animarle a permanecer en su diócesis. Allí podría consagrarse mejor al bien de su Iglesia y al servicio del Rey

Hay otra carta que escribió al Sr. Santiago Raoul, Obispo de La Rochela, sobre el mismo asunto. En ella le habla en los siguientes términos:

«Recibí como una bendición de Dios la carta con que se dignó honrarme. Me ha consolado mucho en medio de las desgracias que está padeciendo todo el país. Si las que han amenazado a su diócesis no le han perjudicado tanto, creo que, después de Dios, se lo debe a su sabia conducta, que ha alejado la tormenta, al haber servido al Rey. Doy por ello gracias a Dios, así como también por tantos bienes como usted hace dentro y fuera de su ciudad, gracias a los cuales los pueblos se mantienen en sus deberes para con Dios, para con la Iglesia y para con su Monarca. Los mismos herejes, al ver esto, ven también la excelencia de nuestra santa Religión, la importancia y la gracia del episcopado, y lo que puede hacer cuando está santamente administrado, como en el caso, por su sagrada persona. Le pido a Dios, Señor Obispo, que nos de un gran número de Prelados que se parezcan a usted y que trabajen por el progreso espiritual y temporal del pueblo»

Era una práctica bastante habitual del Sr. Vicente, cuando escribía o hablaba a personas constituidas en dignidad, animarles a acciones propias de su estado, más bien a modo de congratulación que de exhortación: y hacía esto tanto para manifestarles el respeto que les debía, como también para insinuarse con mayor eficacia y más suavemente en su espíritu

Ahí va un párrafo de una tercera carta que escribió a otro Prelado que todavía vive, y que demuestra mejor que las dos anteriores el interés del gran Siervo de Dios por el servicio del Rey y la prudencia con que se dirigía a las personas de semejante categoría

«Siento mucho, Monseñor, ­le dice­ que este tiempo tan calamitoso le prive de los frutos de su abadía. Me cuesta mucho expresarle mi pesar, tanto porque no estoy en situación de servirle, como por las desavenencias del reino. Sin embargo, Monseñor, me parece que el presente estado de los asuntos le debe disuadir del viaje a la Corte, hasta que las cosas se aclaren un poco. Varios Señores Obispos se encuentran en igual situación penosa. Monseñor de N. no sólo ha perdido todas sus rentas habituales, sino también todas las provisiones, que había realizado para mucho tiempo. Aunque goza de mucha fama en la Corte, y con razón, ha venido hasta aquí pensando que recuperaría su situación anterior, pero no ha conseguido lo que esperaba. Monseñor de N. se ha mantenido firme en su diócesis, ha hecho volver su ciudad a la obediencia del Rey, cuando en los primeros disturbios se había declarado del partido contrario; pues bien, por eso ha sido muy alabado en la Corte, y ha logrado hacerse con cierto derecho al agradecimiento. Y aunque usted no haya tenido ocasión de prestar semejante servicio a Su Majestad, con todo, su presencia puede ayudar de forma notable a mantener la paz en la Provincia, siendo como es usted apreciado y considerado. Es algo que ahora es mucho de desear, y que será también digno de notarse. Le suplico humildemente que acepte mi franqueza y el ofrecimiento de mi obediencia», etc

El Sr. Vicente escribió otras cartas parecidas a diversos Prelados sobre este mismo asunto

Más adelante, cuando se acordó de que San Bernardo y otros Santos que llevaban una vida más retirada que él, habían dejado la soledad y el retiro para ir a la Corte de los Emperadores y de los Príncipes, cuando se trataba de pacificar las divisiones y los motines y de procurar la paz y la tranquilidad pública, pensó que los debía imitar cerrando los ojos a todas las razones humanas que le podían disuadir, y prefiriendo el servicio del Rey y el bien de Francia a toda otra consideración del propio interés, decidió intervenir y hacer todos los esfuerzos para lograr la reunión de los Príncipes con Su Majestad. No se ha sabido en concreto todo lo que hizo para conseguir tal propósito, porque mantuvo un total secreto; pero se sabe ciertamente que acudió varias veces a la Corte y a los Sres. Príncipes; y les habló en varios encuentros por orden de Su Majestad, e informó a la Reina de las respuestas recibidas. Después de su muerte se ha encontrado una minuta de la carta siguiente escrita de su puño y letra al Sr. Cardenal Mazarino sobre cierto asunto, cuando la Corte estaba en Saint-Denis. En ella podemos ver algo de su gestión

«Suplico humildemente a Su Eminencia que me perdone por haber venido ayer tarde sin haber recibido previamente sus órdenes. Me vi obligado a ello por encontrarme indispuesto. El Sr. Duque de Orleáns acaba de indicarme que me enviará hoy al Sr. d’Ornano, para que me traiga la respuesta, que él ha querido darme de acuerdo con el Sr. Príncipe. Le hablé ayer a la Reina de la conversación que tuve el honor de celebrar con ambos por separado, que fue muy respetuosa y agradable. Le dije a Su Alteza Real que, si el Rey volvía a recuperar su autoridad y se le daba un decreto de justificación, Su Eminencia daría la satisfacción deseada; que difícilmente podría arreglarse este acuerdo por medio de delegados y que era menester que intervinieran personas de mutua confianza, que tratasen la cuestión por las buenas. El me demostró de palabra y en su actitud que le parecía bien, y me respondió que hablaría con su consejo. Mañana por la mañana espera estar en disposición de ir a llevarle su respuesta a Su Eminencia, con la ayuda de Dios», etc

No hemos encontrado entre los papeles del Sr. Vicente lo que siguió a su intervención, porque la mantuvo muy en secreto, como ya lo hemos dicho; pero el éxito ha demostrado que Dios le había dado su bendición, porque un poco más tarde se trató sobre ese arreglo tan importante, y se llevó a buen término

Por la Divina Misericordia terminaron así las turbulencias internas del reino. El Sr. Vicente mantuvo siempre en su casa de San Lázaro las oraciones, las misas, las comuniones, los ayunos y otros actos de penitencia, que había impuesto anteriormente. Y como quisieran persuadirle que los diera por acabados, ya que aquellos actos de penitencia sobrecargaban en exceso a la Comunidad, y las divisiones públicas y las guerras civiles, por las que se hacían, habían terminado, respondió: «No; no; hay que mantenerlos; hay que seguir con ellos para pedir a Dios la paz general». Y así fue; se siguieron practicando hasta el momento en que el año 1660 fue felizmente concluida la paz tan deseada. Es decir, ocho años después de que empezaron los actos de penitencia, y seis o siete meses antes de su fallecimiento. Dios quiso darle antes de su muerte el consuelo de ver el fruto de sus oraciones, de sus ayunos y de su perseverancia.

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