Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 42

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Servicios prestados o procurados por el Sr. Vicente a los pobres de París y de otros sitios durante las revueltas del año 1652 y siguientes


Tiempo de lectura estimado:

Además de los socorros caritativos prestados y procurados por el Sr. Vicente a los pobres de Lorena, de Champaña y de Picardía ­hemos hablado de ellos en los capítulos anteriores­ nuevas turbulencias sobrevenidas en el reino el año 1652 47 le proporcionaron otra vez nueva materia más amplia y más abundante para practicar la caridad, que Dios quería perfeccionar aun más con el fin de culminar por ese medio los méritos de su fiel Siervo y de todas las personas virtuosas, cuyo celo por promover el bien espiritual y el alivio corporal de los pobres, se ha manifestado en esta ocasión. He aquí cómo sucedieron los hechos:

El acampamiento y la estancia de los ejércitos en los alrededores de París causaron por todas partes extraordinaria desolación y miseria. La ciudad de Étampes fue la que experimentó en mayor medida los funestos efectos: había estado asediada largo tiempo, y varias veces, sin interrupción. Los habitantes de la ciudad y de las aldeas vecinas quedaron reducidos a un estado de languidez y pobreza digno de lástima: la mayor parte de la gente estaba enferma, y sólo les quedaba la piel pegada a los huesos. Además de eso, estaban tan desprovistos de socorros, que no disponían de nadie que les pudiera dar aunque sea un vaso de agua. Para colmo de las miserias, la pobre ciudad de Étampes, después de haber sido tomada y vuelta a tomar, estaba totalmente infectada a causa de las basuras podridas esparcidas por todas partes: en ellas habían sido abandonados gran cantidad de cadáveres tanto de hombres como de mujeres, mezclados con carroña de caballos y otros animales, que exhalaban una fetidez espantosa

El Sr. Vicente, cuando conoció el lamentable estado de aquella ciudad y de sus alrededores, después que lo hubo presentado a la reunión de las Damas de la Caridad, que le ayudaban con tan buena voluntad en todas sus santas empresas, envió a varios misioneros a socorrer espiritual y corporalmente a aquellos pobres abandonados. Una de las primeras cosas que hicieron nada más llegar y ver tan insólito espectáculo fue hacer que vinieran de otras partes hombres fuertes y robustos con carros para eliminar todos los estercoleros y limpiar la ciudad. Su ejecución supuso muchos gastos. Después dieron sepultura a todos los pobres cuerpos medio podridos, y a continuación hicieron perfumar las calles y las casas, para así evitar la infección, y volverlas habitables. Al mismo tiempo empezaron a repartir comida, que todos los días preparaban tanto en la ciudad de Étampes como en otras aldeas, que los misioneros, después de recorridos todos los alrededores, habían visto peor tratadas por los ejércitos, y en las que los habitantes estaban reducidos a extrema necesidad: tales fueron especialmente, además de Étampes, Guillerval, Villecouils, Estrechy y Saint Arnoul. Los pobres de esos lugares igual que los de otros sitios próximos se acercaban todos los días a recibir su correspondiente ración. Estuvieron en Palaisseau; allí los soldados habían causado grandes estragos, y también iniciaron el reparto de la sopa para conservar la vida a gran número de pobres famélicos. Dado que muchas de las parroquias a las que asistían se encontraban sin pastores, porque habían muerto o huido, y los sacerdotes misioneros no podían satisfacer a las necesidades espirituales y corporales al mismo tiempo, el Sr. Vicente envió a Hijas de la Caridad para preparar y repartir el potaje, y para cuidar que se atendiese a las demás necesidades externas de los pobres enfermos, como también de un gran número de pobres huérfanos como había por aquellos lugares: los reunieron y recogieron en una casa de Étampes, y allí los vistieron y alimentaron. Mientras las buenas Hermanas se entregaban a las obras de Caridad externas y corporales, los sacerdotes misioneros iban de un lado a otro por las parroquias a visitar y consolar a los pobres desconsolados, a decirles la Santa Misa, a instruirlos, a administrarles los sacramentos, todo con los permisos y las aprobaciones exigidas por parte de los superiores

Todas esas ayudas espirituales y corporales no podían llevarse a cabo sin dificultades y fatigas extraordinarias, y sin exponerse al peligro de contraer las mismas enfermedades que trataban de remediar, a causa de la infección de los lugares. Poreso, sucedió que varios de aquellos buenos misioneros cayeron enfermos y consumieron su vida en las obras de caridad. No hay por qué dudar de que su muerte fue muy preciosa ante Dios, y por haber trabajado y combatido por su gloria, guardando inviolable fidelidad a su Santa Voluntad con su pronta y perfecta obediencia, y así acabado felizmente su carrera, han recibido de su Divina Misericordia la corona del cielo

También hubo varias de aquellas buenas Hijas de la Caridad, que, después de haber sufrido mucho ofreciendo sus servicios a los pobres, y su vida a Dios en holocausto de suavidad con un valor que sobrepasaba a su sexo, participaron de la misma corona

Mientras el Sr. Vicente dedicaba toda su atención a la asistencia de los pobres de aquellas tierras, Dios le preparaba un nuevo campo donde extender las obras de caridad. Porque sucedió que los ejércitos se aproximaron a París, y provocaron un tremendo estrago en todas las aldeas y los lugares circunvecinos. Y cuando le comunicaron al Padre de los pobres que los habitantes del pueblo de Iuvisy y alrededores estaban en deplorable situación en cuanto al cuerpo y al alma, mandó allí Sacerdotes con limosnas para repartirlas entre los más necesitados. Y al saber que la desolación era general, y que en todos los lugares los habitantes de las aldeas, después de saqueados y tratados brutalmente por los soldados, estaban en su mayor parte reducidos a una grandísima y casi extrema necesidad, varias personas de categoría y de piedad de uno y otro sexo, movidas por Dios e impulsadas por una caridad auténticamente cristiana, se juntaron al Sr. Vicente para socorrer a los pobres angustiados. Y considerando que no se podrían llevar a cabo dichos socorros, sino a costa de enormes gastos para poder proporcionar todo lo necesario a los que  habían sido despojados de todo lo que tenían, la caridad, que es ingeniosa, o mejor, el Dios de la caridad, les sugirió el pensamiento de crear un almacén caritativo. Se invitó a todos, que llevaran o enviaran allí muebles, ropa, herramientas, víveres y otras cosas parecidas que les resultaran superfluas, o que podrían entregar con más facilidad que el dinero, por entonces muy escaso en la mayor parte de las familias

No debemos omitir aquí que es al Sr. du Plesis Monbart, cuya virtud y celo han destacado tanto en muchas otras circunstancias, a quien se debe ese caritativo y admirable proyecto, porque de él fue la idea del plan del almacén caritativo, y él quien propuso los medios para hacerlo útil y fructífero. De todo eso hablaremos con más amplitud en la Segunda Parte.

Pues bien, de ese maravilloso almacén, como de un manantial inagotable de caridad, se sacaron durante seis o siete meses, toda clase de socorros para los pobres, es decir, vestidos, ropa blanca, muebles, herramientas, utensilios, fármacos para preparar los remedios, harina, pesas, manteca, aceite, pasas y otras cosas necesarias para la vida; y también ornamentos, cálices, copones, libros y otros útiles y lienzos sagrados con los que dotar las iglesias saqueadas: enviaban todo a ciertos lugares del campo, y de allí los distribuían con orden y medida. Los misioneros iban diariamente de aldea en aldea con los animales cargados de víveres y de ropa, para repartirlos según la necesidad de cada cual. A eso se añadía además el reparto diario del potaje que salvó la vida a un número casi innumerable de pobres famélicos que no sabían dónde encontrar pan.

Los trabajos de los misioneros fueron tan grandes en viajes y servicios que prestaban a los pobres, y las enfermedades que contraían tan malignas, que cuatro o cinco llegaron a morir, y otros estuvieron enfermos largo tiempo. Aunque el Sr.  Vicente sintió vivamente las fatigas y la muerte de los buenos misioneros a los que amaba tiernamente como a hijos espirituales suyos, sin embargo, alababa y bendecía a Dios al verlos trabajar y sufrir por los miembros de Jesucristo con tantos ánimos, y acabar así gloriosamente su vida en el campo de batalla, y se puede decir que con las armas en la mano; porque sabía muy bien, que morir de aquella manera no era morir, sino dejar de morir para empezar una vida mejor y más feliz en la posesión perfecta de quien es la fuente y el principio de la verdadera vida

Además de los auxilios prestados a los pobres habitantes de las aldeas de fuera de París, atendieron también a los que huyendo de los ejércitos venían a refugiarse a la ciudad. Un gran número de mujeres y muchachas e incluso religiosas se vieron en apurada situación, y el Sr. Vicente las hizo acoger en sitios seguros. Invitó a algunas Damas de la Caridad a prestar ese caritativo oficio, y después de dividirlas en varios grupos, fueron alojando a cada grupo en una casa. Durante el tiempo de su acogida, además de facilitarles comida y otras necesidades del cuerpo, se sirvieron de aquella ocasión para darles, en cada uno de los sitios, como una pequeña misión, tanto para instruirlas en las cosas necesarias para la salvación que algunas ignoraban, como para prepararlas a hacer una confesión general y ponerse en estado de ofrecer a Dios por la paz y la tranquilidad del reino oraciones, que mereciesen ser escuchadas. Atendieron de modo especial al retiro de las Religiosas a tenor de los consejos del Sr. Vicente, quien por ese tiempo, escribiendo sobre todas esas desgracias a un doctor de Teología de la Facultad de París, que entonces estaba enRoma, le hablaba en estos términos:

«No dudo que estará usted enterado de todo esto. Sólo le diré a propósito de la bajada solemne del relicario de Santa Genoveva y de las procesiones generales que se han organizado para pedir a Dios el cese de todas las calamidades públicas por intercesión de esta santa, que nunca se había visto en París más afluencia de gente ni tanta devoción exterior. El resultado ha sido que, antes del octavo día, el duque de Lorena que tenía su ejército a las puertas de París, estando él mismo en la ciudad, ha levantado el campo para volverse a su tierra. Tomó esta decisión, cuando el ejército del Rey estaba a punto de lanzarse sobre el suyo. Desde entonces se están llevando a cabo las conversaciones de paz con los Príncipes y se espera que la bondad de Dios hará que se consiga, tanto más cuanto que se procura aplacar su justicia con grandes limosnas que se recogen actualmente en París para ayudar a los pobres vergonzantes y a los campesinos refugiados aquí. Todos los días se da de comer a catorce o quince mil personas, que morirían de hambre sin esa ayuda. Además se ha acogido a las jóvenes encasas particulares, en número de ochocientas o novecientas. Van a reunir a todas las religiosas refugiadas que viven por la ciudad, algunas ­según se dice­ en lugares sospechosos, en un monasterio preparado para ellas, donde estarán bien  atendidas. Ya va bien de noticias, señor, en contra de la norma que tenemos de no escribir de cosas de ésas; pero ¿quién puede impedir que publique la grandeza de Dios y sus misericordias?» etc

No hemos de omitir aquí que el reparto de casi todo el potaje lo hacían las Hijas la Caridad, y todo gracias a los desvelos y las limosnas de las Damas de la Compañías la Caridad, que siempre tomaron parte muy activa en todas esas grandisonaras. Como los pobres refugiados estaban separados en diferentes puntos de París, sobre todo en los arrabales, el Sr. Vicente tuvo una preocupación especial por la alimentación y la instrucción de los situados en los barrios próximos a San Lázaro; eran setecientos u ochocientos. Les hacía venir todos los días por la mañana y porra tarde para repartirles la comida y para darles, aprovechando la circunstancia, lastimaos enseñanzas y tener los mismos actos que se suelen practicar en las misiones. Después de la predicación, invitaba a los hombres y a los muchachos a entraren el claustro de San Lázaro, y los dividía en nueve o diez grupos. En cada grupo había un sacerdote para instruirlos, mientras que otros sacerdotes se dedicaban a enseñara las mujeres y a las jóvenes en la iglesia. El Sr. Vicente quiso participar en aquel trabajo y catequizar también él a aquellos pobres

Quiso Dios conceder tal bendición a todas aquellas caritativas iniciativas emprendidas por los desvelos y los consejos del Sr. Vicente, que las han continuado con el mismo celo en las diversas situaciones que se han ido presentando ulteriormente, hasta después de la muerte del gran Siervo de Dios, quien, cual otro Elías, parece que ha dejado su espíritu no sólo a su santa Congregación, sino también a todas esas personas virtuosas tan unidas a él en la realización de las obras de caridad. Lo hemos visto al comienzo del año 1661. Ese año un gran número de personas pobres se han visto reducidas a extrema necesidad a causa de la prohibición de hacer encaje, trabajo que anteriormente les surtía con qué vivir, como también a causa de la gran carestía del grano. Para colmo, hacia el mes de julio y de agosto del mismo año, una enfermedad maligna, y en cierto modo contagiosa, se difundió casi universalmente por todos los lugares del campo, impidiendo a parte de la pobre gente recoger la cosecha, que, desgraciadamente, resultó muy exigua, y, debido a eso, la carestía del pan y de los demás alimentos creció considerablemente. Los Sres. Vicarios Generales de París mandaron a varios sacerdotes de la Congregación de la Misión, casi por toda la diócesis, a cerciorarse de las necesidades de los diferentes lugares y a redactar un informe fidedigno. Hallaron más de ocho mil enfermos en ochenta parroquias visitadas por ellos, y parecida proporción en otros lugares, la mayor parte sin ayudas de ninguna clase, con las familias atacadas del mal; y la escasez de víveres era tremenda en todos los sitios. En consecuencia, siguiendolas mismas órdenes que se observaron cuando vivía el Sr. Vicente, llevaron y repartieron víveres y remedios por todas partes gracias a los cuidados de las Damas de la Caridad, y con la ayuda de las limosnas que ellas entregaban, o que recogían con sus colectas

Y como el hambre fue tan grande a fines del año indicado de 1661 y durante el año siguiente, no sólo en los alrededores de París, sino también en otras Provincias, como Maine, Perche, Beauce, Touraine, Blaisois, Berry, Gastionis y otras, las mismas Damas, reavivando en sus corazones el espíritu que animaba al Sr. Vicente, y que le impulsaba a aceptar la asistencia de toda clase de pobres hambrientos, con una caridad infatigable acometieron la tarea de socorrer a los pobres hambrientos, y a mandarles con qué alimentarse. Y felizmente lo lograron: Dios bendijo sus desvelos y multiplicó su caridad en tal forma, que consiguieron salvar la vida, por medio de los misioneros del Sr. Vicente, a gran número de pobres criaturas fuera cual fuera su edad, sexo y condición, que hubieran perecido sin su ayuda. Las limosnas recogidas a ese efecto desde el año 1660, fecha en que murió el Sr. Vicente, hasta el actual, 1664, han ascendido a más de quinientas mil libras.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *