Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 41

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Muerte del Sr. Prior de San Lázaro, y muestras de agradecimiento que le dio el Sr. Vicente


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Dios se sirvió del Sr. Adrián Le Bon, prior de San Lázaro, como ya lo hemos dicho, para introducir al Sr. Vicente y a su Compañía en la casa de San Lázaro. Nominalmente había dado su consentimiento, sino hasta se lo había ofrecido al Sr. Vicente, y había perseverado durante todo un año en su ofrecimiento, a pesar de dadas las negativas de éste. Le hizo tantas instancias, y se sirvió de tantísimos ruegos ante el fiel Siervo de Dios, para que aceptase la casa y el Priorato, como otros los habrían hecho para conseguir del Sr. Prior la donación del Priorato. Así (ejemplo rarísimo y quizás único en nuestros días) se suscitó entre ambos Siervos de Dios un conflicto de virtudes: la humildad del Sr. Vicente se oponía a la caridad del buen Prior, y el amor de la pobreza luchaba contra la liberalidad. Y si la obediencia a las órdenes de Dios reconocidas, por fin, como tales por el Sr. Vicente, y a las que no se atrevió a resistir, no hubiera puesto fin a aquel desacuerdo, habría durado mucho más tiempo. Y puede ser que en aquellas circunstancias la mayor de las virtudes se habría visto obligada a ceder en cierta manera a las que le eran inferiores, aunque no hubiera dejado de triunfar de otra forma también excelente, pero menos ventajosa para el progreso de la Congregación de la Misión

El caritativo Prior había conservado el alojamiento en San Lázaro con sus Religiosos, y no se puede expresar qué satisfacciones y consuelos recibió durante el resto de su vida de parte de todos aquellos buenos misioneros y, por encima de todos, del Sr. Vicente, quien lo consideraba como el insigne Bienhechor y el auténtico Padre nutricio de los misioneros que vivían en San Lázaro. Trataba de rendirle todos sus respetos, todas sus complacencias y todos los favores que pudiera con un verdadero espíritu de sincero y filial agradecimiento; y lo continuó haciendo así por espacio de más de veinte años, hasta el año 1651. En esta fecha quiso Dios sacar de esta vida, exactamente el día de Pascua, a aquel verdaderamente caritativo y buen Prior, para darle a gustar los frutos de su caridad en el cielo

Como el Sr. Vicente le había honrado, amado y servido durante la vida, le mostró aún más la sinceridad de su afecto en el último momento: le brindó todos los deberes y todas las ayudas que el celo que tenía por la salvación de un alma tan querida le podía sugerir. Llamó a los misioneros residentes en aquel momento en casa para rezar alrededor de la cama del enfermo querido, y él en persona recitó en alta voz durante la agonía, que fue larga, las oraciones por los agonizantes, y añadió otros sufragios sugeridos por su caridad

Cuando el buen anciano (tenía entonces setenta y cinco años), dio su último suspiro, después de rezar la Recomendación del alma, el Sr. Vicente se levantó a hablar a los presentes de la siguiente forma:

«Ea, Hermanos míos, nuestro buen Padre está ya ahora ante Dios». Y después, levantando los ojos al cielo, y dirigiéndose a Dios, «Quiera tu bondad, Dios mío, aplicarle las buenas obras que puede haber hecho la Compañía y los pequeños servicios que ha tratado de ofrecerte hasta hoy. Te lo ofrecemos, Dios mío, suplicándote que le apliques su eficacia. Quizás alguno de nosotros estaríamos en la indigencia, y él nos ha provisto de comida y manutención. Procuremos, Hermanos míos, no caer nunca en el miserable pecado de ingratitud para con él, y con los demás Sres. Mayores de esta casa, de quienes somos como los hijos, ya quienes debemos reconocer y respetar como a nuestros padres. Agradezcamos les mucho por el bien que nos han hecho; y tratemos de acordarnos todos los días del Sr. Prior, y de ofrecer nuestras oraciones a Dios por él»

Organizó unos funerales muy honoríficos; y celebró, e hizo celebrar a su intención un grandísimo número de misas en la iglesia de San Lázaro y en otras partes

Y además, escribió a todas las casas de su Congregación en estos términos:

«Dios ha querido hacer a la Compañía huérfana al privarla de un Padre, que nos había adoptado por hijos. Me refiero al buen Sr. Prior de San Lázaro, que murió el día de Pascua, recibidos los sacramentos, y con una conformidad tan grande con la voluntad divina, que en toda su enfermedad no dio la menor muestra de impaciencia, como tampoco en sus dolencias anteriores. Ruego a todos los sacerdotes de su casa que celebren misas a su intención, y a todos los Hermanos que comulguen»

Después, el Sr. Vicente hizo poner un bello epitafio en medio del coro de la iglesia de San Lázaro, junto a la tumba del caritativo difunto, para perpetua memoria de la obligación grandísima y particularísima que la Congregación de la Misión tiene con él, y que siempre desea reconocer que le tiene. Y además decidió que todos los años, el nueve de abril, día de su fallecimiento, se celebrara en la iglesia de San Lázaro un servicio solemne a su intención.

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