Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 40

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

El Sr. Vicente procura la asistencia a los pobres habitantes de las fronteras de Champaña y Picardía, arruinadas por la guerra


Tiempo de lectura estimado:

Como dice la Sagrada Escritura es cierto que las enfermedades de larga duración y que degeneran en languidez aburren al médico, quien muchas veces llega hasta a abandonar al enfermo, cuando no ya sabe qué remedio usar para curarlo. Igualmente se puede decir que hay motivos para entibiarse y enfriarse en el ejercicio de las obras de caridad emprendidas en favor de los pobres, cuyo número, así como las necesidades y la miseria van creciendo diariamente por la fatalidad de las guerras, sobre todo de las interiores y civiles que han causado tremendas ruinas en Francia. Pero cuando le comunicaron al Sr. Vicente, a su vuelta a París, el deplorable estado a que se vieron reducidas las Provincias de Champaña y Picardía por la parte de la frontera, y se vio, después de tanto desastre, como abrumado por el número casi innumerable de pobres de todo sexo y condición, a quienes era preciso ayudar, hay que confesar que un corazón menos lleno de caridad que el suyo se habría desanimado y sucumbido bajo el peso de aquella sobrecarga, pensando que no podría con ella, ni hallaría recursos para remediar tantas necesidades

Precisamente en esa ocasión el Santo Varón mostró excelentemente la grandeza de su virtud, porque levantándose, como la palmera, con tanto mayor vigor cuanto más cargada, y confiando más que nunca en la omnipotente bondad de Dios, resolvió emprender aquella obra de caridad, igual que había hecho con todas las demás. Después de haber implorado la ayuda de la Divina Misericordia, cuyos tesoros son inagotables, presentó la propuesta a las Damas de la Caridad de París, que solían reunirse para esa clase de obras de misericordia; y aunque entonces las miserias comunes que también ellas habían sufrido, las redujeron a una situación tal que no podían hacer más de lo que habían hecho en tiempos pasados, con todo, las caritativas Damas cerraron los ojos a toda otra consideración humana, y creyendo que la voluntad de Dios les había sido manifestada por boca de su fiel siervo, hicieron un esfuerzo entre todas para socorrer a aquellos pobres en la desolación de sus Provincias después de añadir lo que pudieron recoger en las colectas, el Sr. Vicente envió a varios de los suyos a repartir las limosnas. Dios les concedió tan gran bendición, que, una vez iniciada aquella ayuda, fue siempre continuada por espacio de diez años, hasta la firma de la Paz. De forma que, contra toda esperanza y apariencia humana, vieron que durante aquel tiempo habían sido repartidas por valor de seiscientas mil libras en limosnas, tanto en dinero, como en pan, víveres, ropa, remedios para los enfermos, aperos para cultivar la tierra, grano para la sementera y otras cosas parecidas necesarias para la vida: todo eso se llevó a cabo bajo la dirección y las órdenes del Sr. Vicente, que envió a los misioneros de su Compañía a las Provincias. Allí residieron y recorrieron todos los lugares donde sabían que había pobres en extrema necesidad, y, particularmente, en las ciudades y los alrededores de Reims, Fismes, Rethel, Rocroy, Mezières, Charleville, Donchéry, Sedan, Sainte-Menehould, Vervins, Laon, Guise, Chauny, La Fère, Péronne, Noyon, Saint-Quentin, Han, Marle, Riblemont, Amiens, Arras; en una palabra, todas las ciudades, pueblos y aldeas donde la pobre gente, o habitantes, o refugiados, estaban más arruinados, o más dignos de lástima. Gracias a aquella caritativa ayuda se logró que un gran número de pobres no murieran de hambre y de frío, particularmente los más necesitados y más abandonados, como los enfermos, los ancianos y los huérfanos, reducidos en su mayor parte a un grado de escualidez espantosa, recostados en paja podrida, o sobre tierra, expuestos, durante los mayores rigores del invierno, a todas las injurias del aire, con sus casas saqueadas y quemadas, y despojados hasta de su camisa, no teniendo donde retirarse sino a chozas, donde esperar, un día tras otro, la muerte.

En los primeros años la desolación llegó al extremo, pero la ayuda fue también más grande, y además de los ocho o diez misioneros enviados por el Sr. Vicente, fueron también, mandadas por él, Hijas de la Caridad. Mientras ellas se dedicaban a socorrer y asistir a los pobres enfermos, una parte de los misioneros repartía el pan y las otras cosas necesarias para remediar la extrema necesidad de los demás. Y los sacerdotes iban por el campo, visitando las parroquias desprovistas de pastores, a distribuir el pasto espiritual a las pobres ovejas abandonadas, a instruirlas, a administrarles los sacramentos, a consolarlas y a reparar lo mejor que podían el desastroso estado de las iglesias, en su mayor parte saqueadas y profanadas por los soldados.

Veremos en la Segunda Parte más en detalle cómo los caritativos y fervientes misioneros actuaron bajo las órdenes de su dignísimo Padre en la realización de las obras de caridad, y de qué modo las iglesias, los sacerdotes, las Comunidades religiosas de hombres y de mujeres, la nobleza empobrecida, las jóvenes en peligro, los niños y los enfermos abandonados, en una palabra, toda clase de personas indigentes y llenas de aflicción recibieron alivio y consuelo.

Ciertamente, los siglos pasados contemplaron semejantes desastres y miserias, mas no leemos en la historia que hayan visto jamás tal fervor en proporcionar el remedio, y un remedio tan grande, tan rápido, tan amplio y tan universal como éste. Y todo se hizo con la bendición de Dios gracias a un pobre sacerdote y a un pequeño número de Damas animadas por la caridad y alentadas por los consejos de aquél.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *