Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 4

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Lo que le sucedió cuando le hicieron cautivo y fue llevado a Berbería


Tiempo de lectura estimado:

Durante todo el tiempo que Vicente de Paúl se dedicó a los estudios, tanto en la ciudad de Dax como en la universidad de Toulouse, actuó con tanta modestia y cordura difundiendo en todos los sitios tan buen olor por su virtud, que por ello fue apreciado y querido de todos los que lo conocían. Además de la buena dirección que usó con los jóvenes pensionistas que estaban con él, ponía un cuidado especial en grabar en ellos, con la ciencia que les enseñaba, sólidas impresiones de piedad cristiana. Y eso le atrajo tal reputación en Toulouse, que podía prometerse una posición muy notable en la vida. El Sr. de Saint Martin, canónigo de Dax, antiguo e íntimo amigo suyo, que le ha sobrevivido, ha afirmado que, por ese tiempo, le habían prometido un obispado gracias a la intervención del Sr. Duque de Epernon, dos de cuyos parientes próximos había tenido Vicente entre los pensionistas. A comienzos del año 1603 hizo un viaje a Burdeos, aunque no se sabe para qué, pero hay motivos para sospechar que fue por una gran mejora que le querían proporcionar; en una de sus cartas, escrita por ese tiempo, dice «que lo había emprendido por un asunto que exigía muchos gastos, y que no podía revelar sin ser temerario»

De vuelta para Toulouse se encontró con que, durante su ausencia, una persona, que apreciaba mucho su virtud y que había deseado procurarle algún favor, había muerto y lo había instituido heredero suyo en el testamento; eso le obligó a dedicar un poco de tiempo para hacerse con dicha herencia. Pero cuando supo que un hombre que debía cuatrocientos o quinientos escudos a la difunta, se había marchado a Marsella para evitar la persecución a la que se veía sometido, y que había ganado algún dinero en el trapicheo, y que, por lo tanto, estaba en situación de satisfacer la deuda, se trasladó a Marsella para hacerse pagar. Por medio de un arreglo consiguió de él trescientos escudos. Era el mes de julio del año 1605, cuando se disponía a volver por tierra a Toulouse, y un gentilhombre de Languedoc, con el que había estado hospedado, le invitó a embarcarse con él hasta Narbona. Fácilmente debió de persuadirlo, porque, siendo un tiempo apto para navegar, esperaba de esa forma acortar mucho su camino.

Ciertamente, según la forma de pensar más corriente, el hecho de embarcarse le resultó muy funesto; pero, si miramos con ojos iluminados por la luz de la fe, fue muy venturoso para el cumplimiento de los designios de Dios sobre él

Dejemos que haga él mismo el relato de lo que le sucedió en esa coyuntura, relato que se encuentra en una carta escrita desde Avignon, después de escapar del cautiverio, con fecha del 24 de julio de 1607, al Sr. de Comet el joven, pues el mayor había muerto de mal de piedra algún tiempo antes.

«Me embarqué para Narbona por llegar allí antes y para ahorrar, o por mejor decir, para no regresar nunca y perderlo todo. El viento nos fue tan favorable como para poder llegar aquel mismo día a Narbona (que estaba a cincuenta leguas),

 

si Dios no hubiera permitido que tres bergantines turcos, que costeaban el golfo de León para atrapar las barcas que venían de Beaucaire, donde se celebraba una feria que se cree es de las más hermosas de la cristiandad, no hubieren cargado y atacado tan vivamente, que, habiendo matado a dos o tres de los nuestros y herido a los demás incluso a mí con un flechazo, que me servirá de reloj por el resto de mi vida, nos viésemos obligados a rendirnos a aquellos felones. Los primeros estallidos de su rabia consistieron en descuartizar a nuestro piloto en mil pedazos por haber perdido a uno de sus principales, además de otros cuatro o cinco forzados que los nuestros habían matado. Hecho esto, nos encadenaron, y después de habernos curado groseramente, siguieron su rumbo cometiendo mil robos, aunque dando libertad a los que se rendían sin luchar, después de haberlos robado. Y finalmente, cargados de mercancías, al cabo de siete u ocho días, se encaminaron a Berbería, madriguera y cueva de ladrones sin conocimiento del Gran Turco, en donde, una vez llegados, nos pusieron en venta, con un proceso verbal de nuestra captura, que ellos decían haber realizado en un barco español; porque sin esa mentira habríamos sido libertados por el cónsul que el Rey tiene allí para asegurar el libre comercio a los franceses. Para proceder a nuestra venta, después de despojarnos, nos dieron a cada uno un par de calzones, una casaca de lino con un gorro, y nos pasearon por la ciudad de Túnez, adonde habían ido expresamente para vendernos. Tras obligarnos a dar cinco o seis vueltas por la ciudad con la cadena al cuello, nos devolvieron al barco, para que los mercaderes viniesen a ver quién podía comer bien o no y mostrar que nuestras heridas no eran mortales. Hecho esto, nos condujeron de nuevo a la plaza, adonde acudieron los mercaderes para ver todo igual que se hace en la compra de un caballo o de un buey, haciéndonos abrir la boca para ver nuestros dientes, palpando nuestros costados, sondeando nuestras llagas, y haciéndonos caminar, trotar y correr, levantar luego cargas, y también luchar, para ver la fuerza de cada uno, y otras mil clases de brutalidades»

«Yo fui vendido a un pescador, que pronto tuvo que desprenderse de mí, por no haber nada tan contrario para mí como el mar; y después el pescador me vendió a un anciano médico espagírico, fenomenal destilador de quintaesencias, hombre muy humano y tratable, el cual, según me decía, había trabajado durante cincuenta años en la búsqueda de la piedra filosofal. Me quería mucho, y le gustaba discurrir conmigo sobre alquimia, y más aún sobre su ley, a la que se esforzaba mucho en convertirme, prometiéndome grandes riquezas y todo su saber. Dios mantuvo siempre en mí una esperanza de liberación gracias a las asiduas plegarias que le dirigía a El y a la santa Virgen María, por cuya intercesión creo firmemente que he sido liberado. De este modo, la esperanza y la firme creencia que tenía de volver a verle, señor, me hizo estar más atento para instruirme acerca del medio de curar el mal de piedra, en el que todos los días le veía hacer milagros; lo cual me enseñó e incluso me hizo preparar y administrar sus ingredientes. ¡Oh! ¡Cuántas veces he deseado haber sido esclavo antes de la muerte de su hermano! Porque creo que, si hubiera sabido el secreto que ahora le mando, no hubiera muerto de esa enfermedad», etc

«Estuve pues con aquel anciano desde el mes de septiembre de 1605 hasta el mes de agosto, cuando fue tomado y llevado al Gran Sultán a trabajar para él; pero fue en vano, porque murió de pena en el camino. Me dejó a un sobrino suyo, verdadero antropomorfita, que me volvió a vender inmediatamente después de la muerte de su tío, porque oyó decir que el señor de Brèves, embajador del Rey en Turquía, venía con buenas y expresas patentes del Gran Turco a reclamar todos los esclavos cristianos. Un renegado de Niza (Saboya), de mala índole, me compró y me llevó a su temat; así se llama la finca que uno tiene como aparcero del Gran Señor, ya que el pueblo no posee nada: todo es del Sultán. El temat de éste estaba en la montaña, donde el terreno es sumamente cálido y desértico. Una de las tres mujeres que tenía era grecocristiana, pero cismática; la otra era turca y sirvió de instrumento a la inmensa misericordia de Dios para retirar a su marido de la apostasía, y devolverlo al seno de la Iglesia, y contribuyó a libertarme de la esclavitud. Curiosa por conocer nuestra manera de vivir, acudía a verme todos los días en el campo en que yo cavaba, y un día me mandó cantar alabanzas a mi Dios. El recuerdo del «Quomodo cantabimus in terra aliena» de los hijos de Israel cautivos en Babilonia me hizo comenzar, con lágrimas en los ojos, el salmo «Super flumina Babylonis», y luego la «Salve Regina», y varias otras cosas; todo lo cual le gustó tanto que quedó grandemente maravillada. Por la tarde no dejó de decir a su marido que se había equivocado al dejar su religión, que ella creía sumamente buena por la idea que yo le había dado de nuestro Dios y por algunas de sus alabanzas que yo había cantado en su presencia; en lo cual, decía, había tenido tal placer que no creía que el paraíso de sus padres y el que ella esperaba fuese tan glorioso, ni acompañado de tanta alegría, como el placer que había experimentado mientras yo alababa a mi Dios, concluyendo que había en todo ello algo maravilloso. Esta mujer, como otra Caifás, o como la burra de Balaán, hizo con sus razonamientos que su marido me dijese al día siguiente que no esperaba más que una buena ocasión para escaparnos a Francia; y que en poco tiempo encontraría tal remedio, que Dios sería alabado por ello. Esos pocos días fueron diez meses en que él me entretuvo en esta esperanza, al cabo de los cuales nos escapamos en un bote pequeño, y llegamos el  28 de junio, a Aigues Mortes y poco después a Aviñón, donde el señor Vicelegado recibió públicamente al renegado con lágrimas en los ojos y profundos sollozos en la iglesia de San Pedro para honor de Dios y edificación de los espectadores. Monseñor nos ha retenido a ambos para llevarnos a Roma, adonde irá apenas venga su sucesor. Prometió al penitente hacerle entrar en el austero convento de los Fate ben Fratelli, donde ya ha profesado», etc

Hasta aquí las palabras del señor Vicente tomadas de la carta que escribió estando en Aviñón, carta que fue hallada por casualidad, entre otros papeles, por un señor de Dax, sobrino del Sr. de Saint Martín, canónigo, el año 1658, cincuenta años después de escrita. La entregó al Sr. de Saint Martín, tío suyo, y éste mandó una copia al señor Vicente dos años antes de su muerte, pensando que le gustaría leer sus antiguas aventuras, y verse joven en la ancianidad. Pero en cuanto leyó la carta la echó al fuego inmediatamente, y al tiempo que le agradecía al Sr. de Saint Martín por haberle enviado aquella copia, le rogó que le remitiera también el original, y además se lo insistió una y otra vez por medio de una carta que le escribió seis meses antes de su muerte. El que escribió esa carta siguiendo las órdenes del señor Vicente, sospechando que contenía alguna cosa que pudiera redundar en alabanza del señor Vicente y que sólo la pedía para quemarla, como había quemado la copia, para así evitar que la pudieran conocer, introdujo una nota en la carta dirigida al Sr. de Saint Martin, rogándole que dirigiera el original a otra persona que no al santo, si no quería perderlo todo. Por eso la envió a un sacerdote de la Compañía, superior del seminario situado en el colegio de Bons Enfants. Así es cómo se ha podido conservar esa carta, de forma que el señor Vicente no ha sabido nada de ella antes de su muerte. Sin ese piadoso artificio ciertamente no se hubiera sabido nada de lo que sucedió en su esclavitud, porque este humilde Siervo de Dios siempre se esforzó en ocultar a los hombres las gracias y los dones recibidos de Dios, y todo lo que hacía para gloria y servicio de los suyos. Los que lo han observado más de cerca, lo han conocido bien en toda clase de circunstancias, y difícilmente llegaríamos a creer hasta qué punto alcanzaba su diligencia y sus precauciones con el fin de evitar todo lo que pudiera promover, de la manera que fuese, directa o indirectamente, su propia estima o alabanza

En todo el relato de su vida no se verá más que lo que su humildad no ha podido arrebatar a la vista y al conocimiento. Y si por alguna razón de caridad se vio alguna vez obligado a descubrir algún detalle que no podía negar a la edificación del prójimo, no lo hizo sin una gran violencia; y después de haber expuesto lo que pensaba de no haber podido mantenerlo en secreto, se le vio frecuentemente pedir perdón por haber hablado de sí mismo. Y cuando podía hacerlo en tercera persona, sin que nadie se diese cuenta de que era de él de quien hablaba, lo hacía con toda la destreza que su humildad le podía sugerir

Además de la confianza y entereza en profesar la fe de Jesucristo entre los infieles, la perfecta confianza en la ayuda de la Bondad Divina junto con el desasimiento y el abandono de las criaturas, la fidelidad en las prácticas piadosas referidas a Dios y en la devoción a la Santísima Virgen en medio de las impiedades de Berbería, la gracia de ablandar los corazones más duros, y de inspirar sentimientos de respeto y amor a nuestra santa Religión a las personas más opuestas, y otras virtudes y dones de Dios se manifestaron en el Sr. Vicente durante su cautiverio, y dejamos que el piadoso lector los considere y sopese en tanto sirva para su edificación. Pero hay aquí dos cosas que merecen una atención particular

Una es la virtud extraordinaria del Sr. Vicente para retener y guardar en su memoria todos los conocimientos que el médico espagírico le había comunicado acerca de preciosos secretos de la naturaleza y del arte, y cuyos experimentos maravillosos había visto a lo largo del año en que estuvo a su servicio, tal como lo afirma en la continuación de la carta dirigida al Sr. de Comet (2), y de la cual solamente hemos ofrecido un extracto, y en otra que escribió más tarde, después de su llegada a Roma. No hay duda de que si hubiera querido aprovecharse de dichos conocimientos en aquella gran ciudad, donde viven tantos personajes curiosos, hubiese podido sacar grandísimas ventajas temporales en un tiempo en que parecía haber más necesidad de ellos. Pero si juzgamos que todo eso sería indigno de un sacerdote de la Iglesia de Jesucristo, no solamente no quiso en absoluto hacer ningún uso de ellos, sino, lo que es más admirable, desde su vuelta de Roma a Francia no se le ha oído decir ni una sola palabra para demostrar que sabía de esas cosas ni a los de su Compañía, ni a ninguno de sus amigos más íntimos, así como tampoco de otras particularidades de su cautiverio, aunque haya tenido ocasión de hablar de eso más de cien mil veces al escribir y hablar a propósito de los esclavos que tuvo que atender su caridad. Se le oyó decir, eso sí, muchas veces, las cosas más humillantes de su vida, pero nunca nada acerca de su estancia en Túnez, a causa de las circunstancias que pudieran redundar en alabanza suya

La otra cosa digna de consideración en el cautiverio del Sr. Vicente es el espíritu de compasión que tuvo y que dedicó a todos los pobres cristianos que vio quejarse y languidecer lastimosamente en los hierros y bajo el yugo de la tiranía de los bárbaros, sin que nadie los atendiese ni consolase corporal o espiritualmente, expuestos a ultrajes llenos de crueldad, a trabajos insoportables, y, lo que es peor, en peligro continuo de perder la fe y la salvación. Dios quiso darle experiencia de todo ello, para que el sentimiento de dolor le quedase grabado en el alma y lo llevara más eficazmente algún día a socorrer a los pobres abandonados, como así lo hizo, consiguiendo medios para fundar una residencia de misioneros en Túnez y en Argel para consolarlos, fortalecerlos, alentarlos, administrarles los sacramentos y procurarles toda clase de servicios y asistencias, tanto en sus cuerpos con en sus almas, y hacerles en cierto modo sentir entre las cadenas y las penas, los efectos de la infinita dulzura de la misericordia de Dios.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *