Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 38

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Contribución del Sr. Vicente a la fundación y al bien espiritual de las Hijas de la Congregación de la Cruz


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La caridad del Sr. Vicente no se limitaba sólo a unas obras particulares, sino que se extendía universalmente sobre todas aquellas en que veía que Dios podía ser glorificado, aprobándolas y apreciándolas siempre, y hasta contribuyendo a ellas con sus consejos y su intervención, cuando lo juzgaba necesario o se lo solicitaban. De ahí resulta que no se llevó a cabo en su tiempo casi ninguna obra pública de piedad, sin que dejara de tomar alguna parte en ella, y para la cual no se hubiera acudido a él, para pedirle consejo, o para rogarle que interviniera o la apoyara de alguna manera. He aquí, entre otros muchos, un ejemplo muy digno de ser destacado

Una señora muy piadosa llamada María L’Huillier, viuda del difunto Sr. de Villeneuve, había ocasionalmente acogido en su casa a varias jóvenes virtuosas de Picardía obligadas a venir a París para sus asuntos. Cuando supo que las buenas muchachas manifestaban un celo especial para formar en la piedad a personas de su sexo, y particularmente a las niñas, instruyéndolas en toda clase de conocimientos necesarios para llevar una vida verdaderamente cristiana, la Señora, impulsada por el mismo celo, las mantuvo en casa mientras pudo; y como las necesidades espirituales son de ordinario más grandes en las aldeas y en los lugares del campo que en las ciudades, se retiró a unas casas del campo para proporcionar a aquellas muchachas un medio adecuado de practicar más útilmente dicha caridad. Hasta las mandaba a diversos sitios, donde, aunque se detuvieran poco, se dedicaban a enseñar con mucho fruto. Eso animó a otras jóvenes que también sentían interés en practicar aquella obra caritativa, a unirse a las primeras, que la habían comenzado, y con el tiempo, aquella Señora comprobó, por medio de una pequeña prueba, la gran necesidad que había de procurar que las niñas fueran, desde su más tierna edad, formadas en el conocimiento de Dios y en las buenas costumbres. Porque por ser pocas las personas que vivían en las poblaciones pequeñas, en los pueblos y en las aldeas, que fueran capaces de dar una buena instrucción; y las Religiosas Ursulinas y otras, que hacen profesión especial de dedicarse a la enseñanza, no podían establecerse en lugares tan pequeños. Y, como por otra parte, las jóvenes y viudas, deseosas de crear escuelas, eran a menudo muy incapaces y no se preocupaban deformar y enseñar a las muchachas en la piedad, y, además, había un número grandísimo de sitios donde no había ninguna maestra; debido a todo eso, las muchachas campesinas se veían obligadas a permanecer en una ignorancia grandísima, o a ir a las escuelas con los muchachos. De ahí se derivaban grandísimos desórdenes, como la experiencia lo había dado a conocer

Esa Señora, después de sopesar todo atentamente, resolvió aportar un remedio más universal: convenció a aquellas buenas jóvenes que vivían con ella, y que conservaban un respeto muy grande y total deferencia a sus ideas, a que se dedicaran no solamente a continuar con la enseñanza, sino también a formar a otras jóvenes a las que las consideraran aptas, para ir a vivir en diferentes lugares, donde desempeñar más cristianamente y con mayor fruto la función de maestras. Y como todas las obra piadosas inspiradas por Dios están siempre expuestas a contrariedades y defectos, aquellas muchachas tuvieron, al comienzo de la obra, muchas dificultades; por eso, alguien les dijo que podían con razón ser llamadas Hijas de la Cruz, nombre que les ha quedado desde entonces. Y lo han conservado con un afecto tanto más grande, cuanto que parecía que las obligaba en cierto modo a mantenerse más unidas a Jesucristo crucificado, a quien san Pablo llama poder y sabiduría de Dios», con el fin de sacar, como de la verdadera fuente, la luz y la fuerza necesarias para corresponder dignamente a los planes de la Providencia sobre ellas, y para dedicarse con bendición a destruir entre las personas de su sexo los dos mayores obstáculos de la vida cristiana: la ignorancia y el pecado

Esta virtuosa Señora no quiso fiarse en sus propias ideas en una obra de tal importancia. Habló con varios siervos de Dios sobre aquel asunto. Entre ellos apreciaba de modo particular la virtud y las dotes del Sr. Vicente. Habló con él a menudo sobre el tema, y él le dio unos cuantos consejos saludables, ya para animarla a emprender dicha buena obra, ya para ayudarla a formar y a dirigir a las jóvenes que la debían sostener junto con ella. Más adelante, cuando creció el número de las jóvenes, con el fin de consolidar aún más tan buenos propósitos, la Señora obtuvo la aprobación del Sr. Arzobispo de París, y también la erección de la Compañía en Comunidad y Congregación formada con el nombre de Hijas de la Cruz. Inmediatamente consiguió la autorización por unas Letras patentes del Rey registradas en la Corte del Parlamento. Y la Señora Duquesa de Aiguillon, cuando vio los grandes bienes que podía producir la nueva Congregación en la Iglesia, y movida por su habitual caridad, contribuyó notablemente a su fundación en la ciudad de Aiguillon y en otros sitios.

Pasaron varios años antes de que la Congregación pudiera subsistir por sí misma. Las graves y casi continuas dolencias de la Señora de Villeneuve fueron causa de su mucho retraso, y, finalmente, la muerte acabó con ella antes de que pudiera dar su última mano a lo que había empezado tan bien. Aquellas buenas Hermanas quedaron como huérfanas, al perder a su madre; y la pérdida les ocurrió precisamente en un momento bastante difícil (Dios así lo permitió para sacar mayor gloria). Podemos decir que Satanás comenzó a atacar la incipiente Congregación para cribarla, lo mismo que hizo con los Apóstoles en los primeros años de la Iglesia según la predicción de Jesucristo. Ciertamente había por entonces muchas personas virtuosas y de condición que deseaban y se empeñaban en hacer subsistir a la Congregación.

Pero se presentaban unas dificultades enormes debidas a los obstáculos que les ponían, y a otros accidentes enojosos que les sucedieron por aquellos años, hasta el punto de que las personas más simpatizantes y más interesadas en su conservación resolvieron, casi todas, disolverla, o bien, unirla a otra Comunidad. Le consultaron el caso al Sr. Vicente, y se reunieron en su presencia varias veces para hablar del caso. Cosa maravillosa, a pesar de todo lo que adujeron para hacerle ver que, según las apariencias humanas, no podía subsistir, aquel gran hombre, como inspirado por Dios, y a pesar de que era bastante lento en tomar una última decisión en los asuntos de aquella naturaleza, y de que le costaba aprobar nuevas fundaciones, fue absolutamente de la opinión de que debían emplearse todos los medios posibles para sostener y hacer subsistir aquella Congregación; y aunque, se pudiera afirmar lo contrario, se mantuvo firme en dicha posición. Aconsejó incluso a una Señora virtuosa, cuyo celo y caridad conocía, que protegiera aquella buena obra, y que se constituyera en protectora y tutora de las jóvenes huérfanas. Tal fue la Señora Ana Petau, viuda del Sr. Renauld, Señor de Traversay, consejero del Rey en el Parlamento de París. Accediendo al consejo del Sr. Vicente, se dedicó llevada de un amor infatigable, a sostener y defender los intereses de la Congregación de las Hijas de la Cruz. Y gracias a su contribución, y principalmente a la ayuda de Dios, ha superado todos los obstáculos, y está en situación de subsistir y de prestar, como ya lo hace, un servicio útil a su Iglesia. El Sr. Vicente no contento con haber salvado así a una Congregación, que parecía estar en la pendiente de su ruina, y haberle procurado una ayuda tan favorable, aconsejó además a un eclesiástico, que consideraba muy adecuado para el fin que pretendía, que aceptara el cargo de Superior, supuesta la anuencia del Sr. Arzobispo de París, con el fin de ayudar a las virtuosas Hermanas a perfeccionarse en su estado, y para suplir lo que no pudo realizarse en vida de la Señora de Villeneuve. El Sr. Vicente les dio después, en varias entrevistas, consejos muy útiles relacionados con la forma de actuar de la Congregación, a la que Dios quiso concederle desde entonces una bendición especial, de forma que ha contribuido y contribuye todos los días a la salvación y a la santificación de muchas almas. Las Hermanas de esta Congregación se dedican no sólo a formar a las que se les presentan para hacerlas hábiles en instruir útil y cristianamente a otras según su Instituto; también practican toda clase de obras de caridad espirituales convenientes a las personas de su sexo, y principalmente a los pobres, para recibirlos y ofrecerles toda clase de atenciones en sus necesidades espirituales, ya sea enseñándoles las cosas necesarias para salvarse, ya preparándolos a hacer una buena confesión general, o recogiéndolos durante algunos días en su casa para practicar un Retiro, a tenor de sus necesidades

Después de Dios, fue el Sr. Vicente quien les tendió la mano para sostenerlas y librar a su Congregación de una caída, de la que no habría podido levantarse. Y como fue él quien había contribuido con sus prudentes consejos a conseguir la buena situación en que se hallan, se han visto obligadas a reconocerle, si no como Fundador e Instituidor, al menos sí como su Restaurador y Conservador, y a dar gracias a Dios por todas las ayudas y los socorros temporales y espirituales, recibidos gracias a su caritativa intervención.

 

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