Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 37

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

El Sr. Vicente es nombrado miembro del Consejo de Asuntos Eclesiásticos del Reino durante la Regencia de la Reina Madre


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El Rey Luis XIII, de gloriosa memoria, dejó, al morir, la Regencia del Reino a la Reina, durante la minoría de edad de su hijo y dignísimo sucesor. Esta prudente y virtuosa Princesa, considerando la magnitud de esta gran monarquía y la multiplicidad de los asuntos que llevaba consigo la Regencia, y, sobre todo, la importancia de las cuestiones relacionadas con la Iglesia y la Religión, pensó que sería conveniente crear un Consejo especial para los Asuntos Eclesiásticos. Lo componían cuatro personas, a saber, el Sr. Cardenal Mazarino, el Sr. Canciller, el Sr. Charton, penitenciario de París, y el Sr. Vicente. Y la Reina decidió que no dispondría de los beneficios dependientes de su nombramiento propio sin oír antes las opiniones de sus Consejeros

Aunque el Sr. Vicente siempre estaba muy dispuesto para prestar toda clase de servicios a Sus Majestades, sintió una gran contrariedad al verse llamado a la Corte y tener un puesto en el Consejo, cosa que le resultaba tanto más insoportable, porque parecía más honorable a los ojos de los hombres. Su gran humildad le había hecho siempre considerar los honores como cruces cuyo peso no podía sobrellevar. Intentó por todos los medios obtener la gracia, así decía él, de ser dispensado de aquella carga, pero la Reina, buena conocedora de su virtud y de su valer, quiso decididamente mantenerlo en el cargo. Empezó a actuar en él el año 1643 por pura deferencia a la voluntad de Su Majestad, y con gran temor, no tanto a desaparecer entre los honores del mundo cuya vanidad conocía demasiado, sino de no poder retirarse en cuanto quisiera para dedicarse sólo al cuidado de su Congregación y a la práctica de la humildad y de otras grandes virtudes que prefería a todas las grandezas de la tierra. Eso le obligaba a dirigirse sin cesar a Dios, rogándole todos los días que le librara de aquel compromiso. A una persona de confianza le dijo que desde entonces no había celebrado la Santa Misa sin que le pidiera a Dios esa gracia, cosa que deseaba hasta el punto de que, habiéndose alejado de París durante unos días y corrido la noticia de que había caído en desgracia y que había recibido orden de retirarse de la Corte, como a su vuelta un eclesiástico, amigo suyo se congratulara porque la noticia no había resultado verdadera, le contestó levantando los ojos al cielo y golpeándose el pecho: «¡Ah! ¡qué desgraciado soy! ¡No soy digno de esa gracia!»

Dios quiso que permaneciera cuando menos diez años en aquel puesto, que le resultaba penosísimo, porque venían a parar a él la mayor parte de los asuntos que se debían tratar en el Consejo. El recibía los Placets que se presentaban a Su Majestad, y se preocupaba de conocer las razones y cualidades de las personas solicitantes, o para las que se solicitaban beneficios, y así redactar inmediatamente un informe al Consejo. La Reina le había encargado especialmente que le hiciera saber la aptitud de las personas, con el fin de no verse sorprendida. Mas era algo digno de admirarse ver al gran Siervo de Dios conservar una santa igualdad de ánimo en medio de un ir y venir de personas y asuntos, que lo asaltaban continuamente, y mantener su alma en paz entre el agobio debido a distracciones e importunidades. Recibía a todos los que le venían a ver siempre con la misma serenidad en su cara, y sin salirse de sí mismo, atendía a todos y se hacía todo a todos para ganarlos a todos a Jesucristo

A quien le viera metido de lleno en las ocupaciones del nuevo cargo, junto con la dirección de su Congregación y de las otras Comunidades, Casas y Asociaciones de las que hemos hablado en los capítulos anteriores, le parecería que debía estar como derramado y dividido en medio de infinidad de preocupaciones y de pensamientos divergentes, velando por todo y atendiendo a todo, y trabajando día y noche para desempeñar bien todas las obligaciones que la obediencia o la caridad le habían impuesto. Mas, por un efecto admirable de la gracia, le veían siempre recogido en su interior y unido a Dios, siempre presente en sí mismo, y controlándose perfectamente con tanta paz y tranquilidad como si no tuviera ningún asunto (pendiente); siempre presto y dispuesto a escuchar a quienes acudían donde él, y a satisfacer a todos sin nunca rechazar a nadie, ni manifestar alguna contrariedad por muchas molestias que se le pudieran causar; recibiendo con la misma afabilidad a los pequeños y a los pobres, que a los ricos y grandes. En fin, podemos decir del Sr. Vicente a propósito de su actuación en los asuntos públicos lo que el santo Apóstol decía de sí mismo, «que se había hecho como un espectáculo para el mundo, los hombres y los ángeles», y que la Corte fue como un teatro, donde la virtud de este fiel siervo de Dios apareció ante la luz del día. Es ahí donde triunfó su humildad entre los aplausos de los hombres; ahí su paciencia se manifestó invencible entre las pérdidas, los sinsabores y todos los dardos envenenados de la envidia y de la malicia; ahí su entereza en sostener los intereses de Dios y de la Iglesia se dejó ver por encima del miedo y del respeto humano. Es ahí donde manifestó su fidelidad inviolable y entrega constante al servicio de Sus Majestades; su respeto y su misión a los prelados; el aprecio y la caridad que conservaba en su corazón a todas las Ordenes de la Iglesia y a todas las Comunidades eclesiásticas y religiosas; el gran deseo que tenía de desterrar la avaricia y la ambición de todos los Beneficiados, de poner remedio a los abusos que se cometían en la administración de los bienes de la Iglesia, y en los medios que habitualmente se usaban para ascender a los beneficios y demás dignidades eclesiásticas. De todo eso hablaremos más ampliamente en la Segunda Parte

Pero lo que principalmente es más digno de notarse y hace ver claramente el perfecto desinterés del Sr. Vicente es que la Reina, estando como estaba por aquellos días rodeada y agobiada por todas partes por peticionarios y por personas que aspiraban ardientemente a los cargos, a los beneficios y a otra clase de bienes, el Sr. Vicente no le pidió, ni le hizo pedir nada para él ni para los suyos, a pesar de estar tan cerca de la fuente de donde manaban abundantemente para todos los demás. Y hay motivos para pensar que la Reina, que sentía una estima especial de su virtud, le hubiera muy gustosamente gratificado con varias ofertas, si él hubiera estado en disposición de aceptarlas. Durante varios días corrió la voz de que iba a ser Cardenal; hasta hubo personas que llegaron a felicitarle. Ciertamente, no se sabe si Su Majestad tuvo tal intención, como se afirmaba ya públicamente. Pero, sea como fuere, se puede asegurar que si ella hubiera tenido tal intención, la humildad del Sr. Vicente habría sido bastante elocuente como para disuadirla de ello.

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