Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 36

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Servicios prestados por el Sr. Vicente al difunto Rey Luis XIII, de gloriosa memoria, en su última enfermedad, para el bien espiritual de su alma


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Aunque la dignidad de los Reyes los eleva por encima de la condición de los demás hombres, hasta el punto de que la Sagrada Escritura los llama dioses, en cuanto que son los Lugartenientes y la representación viva de Dios en la tierra, esa misma Escritura, después de haberles dado un título tan sublime y tan glorioso, les advierte, en el mismo pasaje, que no deben olvidar que son hombres, y por consiguiente, obligados a pagar el común tributo a la naturaleza, y a morir como los demás.

Esa ley no admite excepciones, y comprende tanto a los más sabios y más virtuosos Príncipes, como a los otros que no son tales. Mas con esta diferencia, que la muerte es para los buenos Reyes, como declara la Iglesia, un feliz inter cambio de una soberanía temporal y terrestre en un reino celestial y eterno. Y para los otros, al contrario, es el término de sus vicios, igual que de su vida, y el comienzo del castigo, que el poder de Dios les hará sentir

Si las virtudes y cualidades muy reales de Luis XIII, de gloriosísima memoria, han hecho que se le considerara ya en vida como uno de los más grandes monarcas de la tierra, su piedad sobresalió en el momento de la muerte. No es éste el lugar de relatar todo lo que este Príncipe, auténticamente cristiano, realizó y dijo durante su última enfermedad. Gracias a ella dio a conocer cuán desprendido estaba su real corazón de las cosas de la tierra, y cuál era su celo para lograr la conversión de los herejes y de los pecadores, y hacer cuanto estuvo en su mano para que Dios fuera cada vez más conocido, honrado, servido y glorificado en todos los lugares de su obediencia. Bastará con señalar aquí que este buen Rey, habiendo oído hablar de la virtud y santidad de vida del Sr. Vicente, y de todos sus trabajos caritativos por el bien espiritual de sus súbditos, le pidió que le fuera a ver en Saint-Germain-en-Laye, cuando le empezó la última enfermedad, para ser asistido en aquel estado con sus buenos y saludables consejos, y para comunicarle también algunos planes piadosos que estaba pensando, particularmente para procurar la conversión de los herejes de la ciudad de Sedán. El primer cumplido que le hizo el Sr. Vicente en la primera visita a Su Majestad fue decirle estas palabras del Sabio: «Majestad: Timenti Deum, bene erit in extremis». A lo que Su Majestad, rebosando de sentimientos de su piedad habitual, que le había hecho leer y meditar a menudo las bellas sentencias de la Escritura, respondió acabando el versículo: «et in die defunctionis suae benedicetur»

Y otro día, como el Santo Varón le hablara a Su Majestad acerca del buen uso de las gracias de Dios, el gran Rey, reflexionando sobre todos los dones recibidos de Dios, y considerando la eminencia de la dignidad real, a la que su Providencia lo había elevado, los grandes derechos anejos y, en especial, el de nombrar para los obispados y las prelaturas de su reino, «¡Ah Sr. Vicente! ­le dijo­ si volviera a recuperar la salud, los obispos estarían durante tres años en casa de usted», queriendo decir que obligaría a los nombrados para los obispados a prepararse para desempeñar bien sus cargos con la frecuentación de los sitios y el trato de las personas, que podrían serles útiles para tal fin. Así, el gran Príncipe dio un testimonio notable de los sentimientos que tenía sobre la importancia del cargo episcopal, para el que, según él, había que preparase bien; y sobre el aprecio que manifestaba tanto de la Congregación del Sr. Vicente, como de los medios empleados para el bien espiritual de los eclesiásticos, porque los juzgaba muy aptos y muy convenientes para preparar los para desempeñar con honor y mérito la función muy llena de responsabilidad de las grandes dignidades.

El Sr. Vicente residió esta primera vez, unos ocho días en Saint-Germain. Tuvo allí varias veces el honor de visitar al Rey y de hablarle palabras de salvación y vida eterna. Y Su Majestad manifestaba especial satisfacción por ello. Finalmente, la enfermedad del Rey se iba agravando cada vez más, y agotados todos los remedios, este Príncipe cristiano, viendo que Dios quería retirarlo del mundo, hizo venir nuevamente al Sr. Vicente para que lo asistiera en los últimos momentos. Volvió, pues, a SaintGermain, y se presentó ante Su Majestad tres días antes de su muerte. Allí se mantuvo, casi siempre en presencia del Rey, para ayudarle a elevar su espíritu y su corazón a Dios, y a formular interiormente actos de religión y de otras virtudes propias para prepararse bien ante el último momento, pues que de él depende toda la eternidad.

El Gran Príncipe acabó su vida con una muerte cristianísima. Sucedió el hecho el 14 de mayo de 1643. Y el Sr. Vicente, viendo a la Reina sobrecogida de gran dolor, y que no estaba como para recibir consuelos de parte de los hombres, volvió en seguida a San Lázaro, con el fin de mandar rogar a Dios por Sus Majestades, muy afligido por una parte a causa de la pérdida de un Príncipe tan justo y piadoso, pero por otra, consolado por la buenísima disposición con que había muerto: falleció muy cristianamente, después de haber vivido como un Príncipe cristianísimo. Al día siguiente el Sr. Vicente hizo celebrar un servicio solemne en la iglesia de San Lázaro, y ofrecer el Santo Sacrificio de la misa por todos los sacerdotes de la casa por el descanso del alma del Rey.

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