Entre los antiguos Padres cenobitas existía la norma de no recibir en sus agrupaciones a ninguno sin que previamente fueran conocidas sus disposiciones y probada su virtud. Esta norma posteriormente ha sido siempre observada en todas las Comunidades, tanto seculares, como regulares, fundadas en la Iglesia. Porque, como ha dicho muy bien uno de los más experimentados de la antigüedad en esa forma de vida, no se puede afinar ni acrisolar el oro sin antes probarlo; y los aspirantes a la perfección de un estado, al que se creen llamados por Dios con el fin de entregarse especialmente a su servicio necesitan pasar por diversas pruebas, tanto para conocerse a sí mismos, como para estar mejor dispuestos y ser más capaces de llegar al fin propuesto.
Durante los primeros años, cuando el Sr. Vicente empezó a trabajar en las misiones, como aún no conocía los planes de Dios, ni lo que quería hacer de él y por él, no observaba forma ni estilo especial en la recepción de quienes deseaban juntarse a él para participar en sus santos trabajos. Se contentaba con la buena voluntad con que se presentaban, y con algún Retiro, que les invitaba a hacer para reafirmarse más e implorar la ayuda de la divina gracia. Más adelante, pensó que había que añadir al Retiro otros actos espirituales, que fueron un poco más largos que el Retiro ordinario. Y, cuando vio ya formada su Congregación, y conoció la importancia de admitir solamente a individuos bien dispuestos y claramente llamados de Dios, decidió que en adelante todos los que se presentaran para ingresar en la Comunidad, harían, antes de ser admitidos, una especie de probación en un Seminario bajo un director, que los ejercitaría en la práctica de las virtudes, y los formaría en la vida espiritual
Escogió para primer director al Sr. Juan de la Salle, uno de los tres primeros sacerdotes en juntarse a él. Después de redactar una distribución del día y algunas reglas particulares propias para la probación, el Seminario empezó el mes de junio del año 1637 en la casa de San Lázaro. Allí ha continuado siempre, y continúa aún hoy con bendición. De ordinario suele haber unos treinta o cuarenta seminaristas tanto sacerdotes como clérigos. Ese Seminario es propiamente el primer Seminario creado para los miembros de la Congregación de la Misión, a diferencia de otros seminarios, de los que ya hemos hablado anteriormente, y que fueron fundados para formar eclesiásticos, que no son de esta Congregación. El Sr. Vicente lo llamaba «spem gregis» y semillero de misioneros; y siempre confió en la Providencia paternal de Dios, que cuidaría de llenarlo con individuos aptos para su servicio: porque tenía como máxima, que correspondía a Dios elegir y llamar a quienes quisiera, y como los primeros misioneros del Hijo de Dios, que fueron los Apóstoles, no ingresaron por propio impulso, sino que fueron elegidos por el divino Señor, que llamó a quienes quiso, igualmente era necesario que los que se entregaran a Dios para trabajar en la imitación de los grandes Santos, en la instrucción y en la conversión de los pueblos fueran elegidos y llamados por el mismo Señor
Por esa razón, el Sr. Vicente nunca quiso decir una sola palabra a nadie para atraerlo a su Congregación; y prohibió que los suyos persuadieran a entrar a nadie en ella. He aquí con qué términos les habló un día sobre este asunto:
«Dios se sirve de ordinario de personas de poca entidad para realizar grandes obras. Tenemos algunos en nuestra Congregación, a quienes hemos admitido con mucha dificultad, porque ofrecían pocas esperanzas; pero que en la actualidad son muy buenos obreros, y algunos hasta superiores, que llevan sus casas con prudencia y mansedumbre, de forma que hay que alabar a Dios y admirar sus designios sobre esas personas. ¡Ah! Señores: guárdense mucho, cuando atiendan o dirijan a los que vienen a hacer los Ejercicios espirituales en esta casa, de decirles nunca nada que pueda atraerlos a la Compañía. Corresponde a Dios llamarlos y darles la primera inspiración
Aún más, incluso cuando algunos les descubran su intención de ingresar, y les manifiesten que tienen esa inclinación, guárdense mucho de persuadirlos a hacerse misioneros, aconsejándoles o animándolos; en ese caso, díganles solamente que encomienden más y más sus deseos a Dios; que lo piensen bien, pues se trata de una cosa importante. Preséntenles también las dificultades que podrán encontrar por su carácter; que deben esperar, si abrazan este estado, sufrir mucho y trabajar mucho por Dios. Y que si, después de eso, se deciden, magnífico, se les puede presentar al superior para hablar más ampliamente con ellos acerca de su vocación. Dejemos actuar a Dios, Señores, y mantengámonos humildemente a la espera, dependiendo de las órdenes de su Providencia. Por su misericordia así es como hemos obrado en la Compañía hasta el día de hoy; y podemos decir que no hay nada en ella que no haya sido enviado por Dios; y que no hemos buscado ni hombres, ni riquezas, ni fundaciones. En el nombre de Dios, mantengámonos así, y dejemos hacer a Dios. Sigamos, les ruego, sus órdenes, y no nos adelantemos a ellas. Créanme, si la Compañía actúa de esa forma, Dios la bendecirá»
«Y si vemos que piensan retirarse a otra parte, que quieren irse a servir a Dios en alguna santa Religión o Comunidad, ¡Dios mío! ¡no se lo impidamos! De otra forma tendríamos que temer que la indignación de Dios cayera sobre la Compañía por haber querido tener lo que Dios no quiere que tenga. Y, díganme, se lo ruego, si la Compañía no se hubiera mantenido hasta el presente en ese espíritu de no aceptar a otros individuos por excelentes que fueran, sino a los que Dios ha querido enviar, y que han tenido largo tiempo ese deseo, los PP. Cartujos y otras Comunidades religiosas ¿nos enviarían, como ya lo hacen, para hacer el Retiro en nuestra casa, a muchos jóvenes que solicitan entrar donde ellos? Ciertamente se guardarían mucho de eso»
«Pues ¿qué? Supongamos que un buen joven tiene el pensamiento de meterse cartujo; lo envían acá para tratar con Nuestro Señor por medio de un Retiro, y ustedes ¿tratarían de persuadirle que viviera con nosotros aquí? Y ¿qué sería eso, Señores, sino querer retener al que no nos pertenece, y querer hacer que un hombre entre en una Congregación a la que Dios no lo llama, y en la que ni él ha pensado? Y ¿qué podría hacer o producir semejante acción, sino atraer la maldición de Dios sobre toda esta Compañía? ¡Pobre Compañía de misioneros! ¡En qué lastimoso estado caerías, si hicieras tal! Pero por la gracia de Dios no ha sido así, has estado muy lejos de eso. Pidamos a Dios, Señores, pidamos a Dios que confirme a esta Compañía en la gracia que le ha hecho hasta el presente, de no querer otra cosa que lo que le es agradable».
Otro día el Sr. Vicente recibió una carta de un sacerdote de su Congregación, para que se la entregara a un eclesiástico muy virtuoso, a quien consideraba muy apto para la vida y las actividades de los misioneros, y que hasta le había manifestado en alguna ocasión que sentía inclinación para entrar en la Congregación. Y el Sr. Vicente le dio esta respuesta:
«No he mandado su carta al Sr. N., porque usted intenta persuadirle a que entre en la Compañía, y porque tenemos como norma una máxima contraria, que es la de no invitar a nadie a abrazar nuestro estado. Sólo a Dios toca elegir a los que El quiera llamar. Y estamos seguros de que un misionero concedido por su mano paternal, le será de mayor bien que muchos otros que no tengan una vocación pura. A nosotros nos corresponde pedirle que envíe buenos trabajadores a la mies, y vivir tan rectamente que nuestros ejemplos les sirvan de atractivo para trabajar con nosotros, si Dios los llama».
Así es como hablaba el Sr. Vicente; y he aquí cómo obraba. Se sabe que varias personas se dirigieron a él, y le escribieron o hablaron con él en particular:
«Señor: Me pongo en sus manos para hacer todo lo que piense V. que Dios me pide. Dígame pues, ¿qué debo hacer? ¿debo dejar el mundo para abrazar tal o cual estado? Me parece que Dios me manda a usted para conocer su voluntad. Estoy en completa indiferencia acerca de la elección que debo hacer, y seguiré su parecer como la señal más segura de la voluntad de Dios».
Le hicieron varias veces consultas y preguntas como ésa; y, cosa maravillosa, el humilde y prudente Siervo de Dios casi nunca quiso dar solución a nadie, ni recomendar el estado que debían abrazar por miedo a atentar como él decía contra la dirección de la Providencia de Dios y a prevenir las órdenes de su soberana voluntad, que hemos de seguir humilde y fielmente. Su respuesta habitual la daba, más o menos, en estos términos:
«La resolución de su duda es un asunto que compete a Dios y a usted. Continúe pidiéndole que le inspire lo que ha de hacer usted. Haga un Retiro de varios días a ese propósito; y piense que la resolución que obtenga en presencia de Nuestro Señor será más agradable a su Divina Majestad, y más útil para el verdadero bien de usted».
En cuanto a los que se dirigían a él, una vez decididos a abandonar el mundo, pero sin concretar aún la Religión o Comunidad en la que debían entrar, si le proponían dos que eran muy observantes, para saber cuál debían elegir les sugería que resolvieran ellos lo que debían hacer con Dios. Pero si la Congregación de la Misión era una de las dos, les decía:
«Señor: somos una pobre gente indigna como para compararnos con esa otra Santa Compañía; vaya allí en nombre de Nuestro Señor; allí será ustedincomparablemente mejor que con nosotros»
Para quienes venían a presentársele con voluntad decidida de ingresar en su Congregación, les mostraba una gran circunspección antes de recibirlos. Ordinariamente se informaba acerca de ellos: ¿desde cuándo tenían aquella idea? ¿cómo y por qué ocasión se les presentó? ¿qué clase de personas eran? ¿por qué motivo se habían decidido a abrazar el estado de misioneros? ¿estaban dispuestos a ir a todos los sitios adonde los podían mandar, incluso a los países extranjeros más lejanos? ¿y a pasar por encima de tales y cuales dificultades?, al tiempo que les presentaba las que con más frecuencia se suelen ofrecer en el estado que querían abrazar. Algunas veces los despedía sin darles ninguna solución, y hasta con pocas esperanzas de ser recibidos, para probar su vocación y su virtud. De ordinario, los mantenía fuera durante un tiempo notable, pero obligándoles a volver varias veces para conocerlos mejor; y nunca les daba palabra, aunque hubiera puesto a prueba sus disposiciones y su perseverancia, sin que no les mandase expresamente hacer un Retiro para consultar la voluntad de Dios. Después, si perseveraban en su primera idea, los presentaba a algunos de los más antiguos de la casa, y si éstos los juzgaban aptos para la Congregación, eran recibidos en el Seminario para completar la prueba de dos años con actos de humildad, mortificación, devoción, recogimiento, puntualidad y otras prácticas necesarias para conseguir una base sólida de virtud, y honrar, como el Sr. Vicente decía, el estado de infancia de Nuestro Señor. Quería que se volvieran muy interiores, y que hicieran buen acopio de la unción del espíritu de Dios, que pudiese después conservar el fuego de la caridad en sus corazones en medio de todas las ocupaciones y de todos los trabajos de las misiones. Y luego de transcurrido el tiempo y cumplido con su deber en el Seminario, si aún no habían terminado sus estudios, les hacía continuar todo el tiempo necesario para poder desempeñar dignamente las funciones de su estado. Ahí va un pequeño resumen de las disposiciones exigidas a los suyos escritas de su propia mano:
«El que quiera vivir en Comunidad, debe decidirse a vivir como un peregrino en la tierra. Debe hacerse loco por Jesucristo, cambiar sus costumbres, mortificar todas sus pasiones, buscar a Dios con pureza de intención, someterse a todos, como el menor de todos, y a no vivir en placeres y ociosidad. Debe saber que va a ser probado como el oro en el crisol, que no se puede perseverar en la Congregación, si no quiere humillarse por Dios, y persuadirse que, obrando así conseguirá verdadera satisfacción en este mundo y la vida eterna en el otro»
En tan pocas palabras ha resumido este buen hombre muchas cosas, y podemos decir que ha ido eliminando de la obra a todos los que, no habiendo hallado comodidades ni satisfacciones en el mundo, piensan satisfacer sus gustos y comodidades en la Congregación de los misioneros
He aquí finalmente una palabra sobre las disposiciones requeridas por él. Dijo cierto día a su Comunidad a propósito de un misionero que había sido maltratado en un país extranjero:
«¡Plegue a Dios, queridos Hermanos míos, que todos los que vengan para ingresar en la Compañía, vengan con el pensamiento de ser mártires, y con el deseo de padecer la muerte y consagrarse enteramente al servicio de Dios ya en los países lejanos, ya en éste, o en cualquier otro lugar, donde a Dios le plazca servirse de la pobre pequeña Compañía! ¡Sí, con el pensamiento del martirio! ¡Oh! ¡Frecuentemente deberíamos pedir esa gracia a Nuestro Señor! ¡Ah Señores y Hermanos míos!, ¿hay algo más razonable que consumirse por quien tan liberalmente ha dado su vida por nosotros? Si Nuestro Señor nos amó hasta el punto de morir por nosotros, ¿por quéno le vamos a tener el mismo amor para ponerlo a su disposición, si se nos presenta una ocasión? Vemos a tantos Papas martirizados uno tras otro. ¿No es algo sorprendente ver a mercaderes, que, por una pequeña ganancia atraviesan los mares y se exponen a infinidad de peligros? Estuve el domingo pasado con uno que me decía que le habían propuesto ir a las Indias, y estaba decidido a ir. Le pregunté si había algún peligro; me dijo que había y muy grandes; que era cierto que un mercader a quien conocía había vuelto, pero que otro se había quedado allí. Entonces me decía en mi interior: «Si esa persona, por ir a buscar unas piedras preciosas y hacer alguna ganancia, quiere exponerse a tantos peligros, ¿cuánto más debemos exponernos nosotros para conseguir la piedra preciosa del Evangelio y ganar almas a Jesucristo?»







