Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 2

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Nacimiento y educación de Vicente de Paúl


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Fue el año 1576, martes después de Pascua, cuando Vicente de Paúl nació en la pequeña aldea de Pouy, cerca de Dax, ciudad episcopal situada en los confines de las Landas de Burdeos, cerca de los Pirineos. Hay en el territorio de esa parroquia una capilla dedicada la Santísima Virgen, con la advocación de Nuestra Señora de Buglose, donde se suele ver ordinariamente a gran número de personas que vienen a venerar y a ofrecer plegarias a la Madre de Dios. Ese fue uno de los motivos, que indujo a nuestro Vicente a concebir desde su más tierna infancia, y a alimentar en su corazón durante toda su vida, una devoción particularísima a la Reina del cielo, sabiéndose nacido en un lugar, que le estaba dedicado y bajo su protección especial

Sus padres fueron pobres en bienes de este mundo, y vivían de su trabajo. Su padre se llamaba Juan de Paúl; su madre, Beltrana de Moras, y ambos vivieron no sólo sin que se les hiciera ninguna crítica, sino también con gran inocencia y rectitud. Poseían una casa y unas pequeñas heredades, a las que hacían valer con sus manos; para ello eran ayudados por sus hijos, que fueron seis, a saber: cuatro muchachos y dos muchachas. Vicente era el tercero, y desde su infancia estuvo, como los demás, dedicado a trabajar, en concreto a llevar a pacer y a guardar los animales de su padre.

Parece que Dios quiso poner y fundar sobre este humilde y pobre origen el primer cimiento del edificio de las virtudes, que más adelante levantó en el alma de su fiel servidor. Porque, como dijo muy bien san Agustín, llegar a ser grande ante Dios debe empezar por un profundo rebajamiento de sí mismo, y cuanto más pretenda elevar el edificio de sus virtudes, tanto más ha de ahondar los cimientos de su humildad». Y en efecto, entre las actividades de más categoría, a las que la Providencia Divina destinó más tarde a Vicente de Paúl, y en medio de los mayores honores que se rindieron a su virtud, con mucha frecuencia solía mencionar la bajeza de su nacimiento; y se le oyó frecuentemente repetir en semejantes ocasiones «que no era más que el hijo de un pobre campesino, y que había guardado cerdos», etc. ¡Es señal de virtud muy sólida conservar el amor de la propia abyección y de la propia bajeza en medio de los aplausos y las alabanzas! Y san Bernardo tuvo mucha razón cuando dijo que la humildad llena de honores es una virtud muy poco frecuente, y que son pocos los que llegan a tal grado de perfección, que busquen los desprecios cuando se ven abrumados por los honores

Por más que las perlas nazcan en un nácar mal pulido y a menudo lleno de fango, hacen brillar su viva blancura en medio del cieno, que sólo vale para resaltar más el brillo y para dar a conocer mejor su valor. La viveza de espíritu con la que Dios dotó a nuestro joven Vicente, cuando empezó a destacar en medio de las bajas ocupaciones a las que estaba dedicado, quedó por ello más en relieve; y su padre se dio cuenta de que aquel niño podía hacer algo más que apacentar animales

Por eso tomó la resolución de llevarlo a estudiar. Se prestó a ello más de buena gana, porque había conocido a cierto prior de su vecindad, que, siendo de una familia no más acomodada que la suya, había contribuido mucho con las rentas de su beneficio a mejorar a sus hermanos. Así, el buen hombre pensaba en su simplicidad que su hijo Vicente, siendo como era capaz para el estudio, podría algún día conseguir un beneficio, y sirviéndose de la Iglesia, ayudar a la familia y favorecer a los otros hijos. Pero los pensamientos de Dios son muy diferentes de los de los hombres (eso mismo lo atestigua un Profeta) y sus designios están muy por encima de todas las pretensiones de ellos. El padre del niño Vicente cuando lo llevó a estudiar, pensaba en las modestas ventajas que podría sacar para su familia. Pero Dios había decidido servirse de él para hacer unos bienes muy grandes a su Iglesia, y quería que, al dejar a sus padres en su baja condición y en su pobreza exterior, se dedicara sólo a procurar el crecimiento del reino de su Hijo, Jesucristo

A este propósito, un cura de su región fue a verlo en París, años más tarde, para presentarle la precaria situación de su familia y pedirle que prestara alguna ayuda a sus parientes y les procurara algún favor. El gran Siervo de Dios le preguntó si no vivían de su trabajo honrada y pasablemente según su condición. Y como el cura le respondiera que sí, Vicente le agradeció la caridad que había tenido con ellos, e inmediatamente le informó de los planes del prior arriba indicado, el cual se había valido de las rentas de su beneficio para mejorar a sus parientes. Y le hizo ver que aquella gente, después de haberlo disipado todo durante la vida y después de la muerte de su bienhechor, había caído en una situación peor que la que tenían anteriormente

Porque, como él decía, «en vano el hombre construye su casa, si Dios no la edifica». Y le adujo ese ejemplo como prueba de la experiencia que tenía de muchas familias arruinadas a causa de sus parientes eclesiásticos, los cuales queriendo enriquecerlos a costa de la Iglesia, les habían causado mucho más daño que bien, por concederles la porción de los pobres: Dios tarde o temprano les había desposeído de ella

Hemos de subrayar que su negativa a mejorar a los parientes no procedía de la dureza de su corazón, ni de ninguna falta de caridad para con ellos, sino solamente de cierta rectitud y pureza de intención, alma de todas sus obras y que siempre le hacía andar por el camino recto que conduce a Dios, sin nunca volverse atrás por cualquier consideración. Porque, el hecho es que poseía un corazón que se enternecía mucho ante las miserias del prójimo y que siempre estaba dispuesto a socorrerlo en cuanto de él dependiera. Se podía decir con el antiguo Patriarca, que la misericordia había nacido con él»,y que siempre había tenido una inclinación particularísima para practicar esa virtud, y que, incluso desde su más tierna edad ya se había hecho notar, pues daba todo lo que podía a los pobres. Cuando su madre le mandaba al molino por harina, si encontraba pobres por el camino, abría el zurrón y les daba unos puñados cuando no disponía de otra cosa para ayudarles. Ante aquello, su padre, que era un hombre de bien, no se mostraba nunca contrariado

En cierta ocasión, a la edad de doce o trece años, después de haber reunido hasta treinta «sueldos» de lo que había podido ganar, cantidad que él consideraba importante en aquella edad y en aquella región donde el dinero es muy escaso, y que guardaba con sumo cuidado, habiendo tropezado con un pobre que parecía que estaba sumido en una gran miseria e indigencia, compadecido de él, le dio todo su pequeño tesoro sin quedarse con nada. Si se quiere prestar alguna atención al natural apego que muestran los niños por las cosas que les vienen bien y que les gustan, podremos juzgar que aquello fue un efecto particular de las primeras gracias que Dios había puesto en este niño de bendición, y de ahí podría presagiarse el grande y perfecto desapego de las criaturas y el grado eminente de caridad adonde Dios lo quería subir.

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