Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 16

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Bienaventurado Francisco de Sales, obispo de Ginebra, y la Madre Chantal lo eligen primer Padre espiritual y Superior de las Religiosas de la Visitación de Santa María de París


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Ya hacía unos años que Dios había hecho nacer a la Santa Orden de las Religiosas de la Visitación como una nueva flor, que comenzaba en su floración a difundir una fragancia suave en el jardín de la Iglesia. Del Bienaventurado Francisco de Sales, obispo de Ginebra, se valió Dios para dar la vida y los primeros cuidados a la mística planta y se había dedicado a ello usando de toda clase de atenciones que su caridad incomparable le había podido sugerir. La Reverenda Madre de Chantal, bendito sea su recuerdo, había sido enviada a París por su Bienaventurado Padre para fundar un monasterio de la santa orden. Trabajó con tanto celo y prudencia, que, a pesar de todas las dificultades, contrariedades y persecuciones que se le presentaron, las murallas de la pequeña Jerusalén y de aquella mansión de paz fueron levantándose con favorable éxito. Acudían allí almas deseosas de su salvación y de su perfección para buscar un refugio seguro contra las vanidades y las tentaciones del mundo: la humildad, la modestia, la mansedumbre, la paciencia, la obediencia, la caridad y todas las demás virtudes de las nuevas esposas de Jesucristo causaban maravillosa edificación a todos los que las conocían o que oían hablar de ellas. Buscaban un Padre espiritual y un Superior propio para esta comunidad religiosa; es decir, un ángel visible que fuera el guardián y que, por su caridad, por su prudente dirección y por su vigilancia y fidelidad conservase el espíritu primitivo que Jesucristo les había dado por medio del ministerio de su Santo Fundador y que les prestase las ayudas necesarias para ir de virtud en virtud y para progresar en el camino de la perfección

Pero si este Santo Prelado dijo en su Filotea, y lo dijo con muchísima razón, hablando del director de unan persona particular, «que había que escogerlo de entre diez mil, y que se encontrarían menos de los que pudieran pensarse, para ser capaces de semejante oficio», por ahí puede verse lo difícil que sería encontrar un verdadero Padre espiritual y un digno Superior para esa santa Congregación, que continuamente iba creciendo tanto en número como en virtud y cuya dirección requería tanta gracia y luz en quien se hiciera cargo de ella. Porque la vida religiosa es más sublime, la perfección más importante y su menoscabo más pernicioso para la Iglesia. Por eso, entre las cualidades que dicho Bienaventurado Fundador deseaba en aquel a quien pudiera confiar aquel cargo, además de las que son comunes con los otros directores, exige que sea hombre de virtud y de gran caridad, y, además de eso, de doctrina y de experiencia. En una palabra, eso significa que hace falta un hombre consumado en toda clase de virtudes y tan perfecto que sea capaz de perfeccionar las almas que Dios llama a la más alta perfección.

Tratándose, pues, de hallar un hombre de semejantes características, no resulta pequeño testimonio de la excelente virtud y de las demás cualidades espirituales del Sr. Vicente, el que, entre tantos personajes notables en doctrina y piedad como se presentaron por entonces, el Bienaventurado Francisco de Sales, dotado de gran discernimiento de espíritus, y la dignísima Madre de Chantal, inteligencia tan preclara, hayan juzgado que el Sr. Vicente fuera el más digno y el más capacitado para aquel puesto, y a quien pudieran confiar lo que les era más querido y más precioso en el mundo. Había por aquellos días en París varios sacerdotes sabios, virtuosos y de más edad que el Sr. Vicente. Había también Pastores muy prudentes y muy vigilantes en las parroquias, doctores insignes por su piedad en las Casas de la Sorbona, de Navarra, y otros de la célebre universidad de la primera ciudad del reino, además de varios particulares que se dedicaban con fruto a la dirección de las almas. Y, sin embargo, el Bienaventurado Prelado, después de haberlo pensado largamente ante Dios y perseverado mucho tiempo en oración con ese fin, junto con la prudentísima y virtuosa Superiora, pensó que no podía hacer una elección mejor para cargo tan importante, que la de la persona de Vicente de Paúl. En él encontró todas las cualidades que podía desear para el primero y dignísimo Padre espiritual y Superior de su querida Congregación naciente

Ciertamente, lo que ha dicho un escritor antiguo es mucha verdad: es una gran alabanza ser apreciado y alabado por una persona que es a su vez muy digna de alabanza; y que la excelencia y la virtud de quien da el testimonio, contribuye grandemente al honor y al provecho de quien ha hecho la alabanza». Debemos confesar que el Sr. Vicente no podía recibir por entonces un testimonio más elocuente de su virtud y de sus méritos: más adelante se verá que el Santo obispo no se había equivocado

Desde entonces el Sr. Vicente ejerció muy dignamente aquel cargo bajo la autoridad y por mandato del Sr. Cardenal de Retz, por entonces obispo de París, y de sus sucesores. En el libro tercero veremos la forma de actuar del sabio director en lo que respecta a las casas de esta santa Orden que se han establecido en París, y que han producido otras en diversos lugares, y la bendición que Dios ha concedido a su gobierno, a lo largo de treinta y ocho años, y hasta el final de su vida a pesar de los muchos esfuerzos que hizo, de cuando en cuando, para exonerarse de él por causa de sus muchas ocupaciones; y además por creer que aquel cargo no era propio ni conveniente para el Instituto de los misioneros, consagrados preferentemente al servicio y a la instrucción de los pobres, particularmente del campo, y dedicarse a otras obras parecidas de Caridad más descuidadas

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