Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 12

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Luis Abelly · Translator: Martín Abaitua, C.M.. · Year of first publication: 1664.

Cambio maravilloso acaecido en la persona de un gran Señor, que se puso bajo la dirección del Sr. Vicente


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La fama del Sr. Vicente, mientras estuvo en Bresse, se fue extendiendo por diversos lugares, y el Sr. Conde de Rougemont, que vivía en aquella provincia, habiendo oído hablar de él, fue varias veces a verle a Châtillon. Habló a menudo con el Sr. Vicente de los asuntos de su conciencia y de su salvación, y quedó tan contento de sus entrevistas, que resolvió ponerse totalmente bajo su dirección. Era un señor de Saboya, que se había retirado a Francia cuando el Rey Enrique el Grande unió Bresse a su reino. Se trataba de un hombre que había frecuentado durante toda su vida la corte, y vivía todas las ideas y todo el estilo de vida cortesanos. Por aquel tiempo desgraciadamente los duelos eran uno de los medios más corrientes entre los gentiles-hombres para demostrar el valor, y el Sr. Conde obtuvo mucha fama por haber sido uno de los más grandes duelistas de su tiempo. Pero, maravillosa eficacia de la gracia, Dios se había servido de la palabra del Sr. Vicente para darle a conocer el mísero y condenable estado en que vivía. Quedó tan impresionado por aquellas palabras, que no sólo renunció para siempre a aquella práctica furiosa y a todos los desarreglos de su vida; además, para reparar el mal pasado, se puso a practicar los actos más heroicos de una vida perfectamente cristiana

Y en primer lugar, vendió su tierra de Rougemont en más de treinta mil escudos y empleó gran parte de esa cantidad en fundaciones de monasterios, y distribuyó lo que quedaba entre los pobres. Después, se entregó a la meditación de los misterios de la Pasión de Jesucristo, y su piedad le llevó hasta querer saber cuántos azotes había recibido el Hijo de Dios en la flagelación, por lo que dio otros tantos escudos a la casa del Oratorio de Lyon. En poco tiempo se vio tal cambio en él, y progresó tanto en la virtud bajo la dirección del sabio director, que llegó a ser verdaderamente ejemplar. La oración era su ocupación ordinaria y se le veía todos los días pasar tres o cuatro horas en meditación de rodillas sin apoyarse en nada y siempre con la cabeza descubierta. El castillo de Chandes, donde él vivía, vino a ser la residencia de todos los religiosos y el hospital de todos los pobres, sanos y enfermos, porque allí eran asistidos con increíble caridad tanto en las necesidades corporales como en las espirituales, manteniendo unos eclesiásticos para darles a los enfermos toda clase de consuelos y ayudas

No había pobre en sus tierras al que no fuera a visitar y a servirlo en persona, o que no lo hiciera visitar y servir por sus criados, cuando tenía que ausentarse, cosa que ocurría raras veces

Ha sido el R. P. Des Moulins, del Oratorio, quien ha dado un testimonio fiel de todo:

«Y no digo nada ­afirma­ que no lo haya visto con mis propios ojos. Este buen Señor se había cansado de poseer bienes, aunque parecía que era el arrendatario, y quería serlo para provecho de los pobres. Un día me dijo derramando lágrimas: ¡Ay, Padre! ¿Cómo no se me dejará hacer? Y ¿por qué hará falta que yo sea siempre tratado como el Señor, y que posee tantos bienes? El Sr. Vicente que le dirigía por entonces lo mantenía ­afirmaba­ en aquella situación. Si me soltara la mano, le aseguro, Padre, que antes de un mes el Conde de Rougmenot no sería dueño ni de una pulgada de tierra. Se extrañaba cómo un cristiano podía guardarse algo para sí, al ver al Hijo de Dios tan pobre en la tierra»

¡Qué lección más notable para los Grandes del mundo para hacerles conocer cómo deben usar de sus riquezas y con qué desasimiento de corazón deben poseerlas, acordándose de la palabra del santo Apóstol, que advertía a los que tenían bienes temporales que usaran de ellos como si no los tuvieran, porque la apariencia de este mundo pasa». También es motivo de consuelo para los pobres ver su estado tan querido y buscado por un señor tan grande, para así parecerse mejor a Jesucristo. También para los misioneros es éste un motivo para agradecer a Dios por haber comunicado gracias tan admirables a dicho señor por medio de las oraciones y por la buena dirección de su sabio Fundador, quien sólo habló de este asunto una vez con ocasión de exhortarlos al desprendimiento de las criaturas; les propuso el ejemplo del Conde de Rougemont sin aludir para nada a lo que él había contribuido por medio de sus consejos y de su dirección. He aquí sus propias palabras, que encontramos en la relación que se hizo entonces de su discurso:

«Conocí a un gentilhombre de Bresse llamado Sr. de Rougemont, que había sido pendenciero y gran duelista. Era alto, arrogante; se había encontrado muchas veces en esa situación rogado por otros nobles que se querellaban entre sí, o él mismo retaba a duelo a cualquiera que le hiciera un agravio. El mismo me lo dijo, y es increíble con cuántos peleó y a cuántos hirió odio muerte. Finalmente, Dios lo movió tan eficazmente que entró dentro de sí mismo y al ver la triste situación en que se encontraba, se decidió a cambiar de vida, y lo hizo. Después de aquel cambio, tras ir progresando poco apoco, llegó tan adelante en la vida del espíritu, que pidió al sr. Obispo de Lyon permiso para tener el Santísimo en su capilla, y así poder honrar allí a Nuestro Señor, y sostener mejor su piedad, que era singular y conocida por todos. Esto me dio el deseo de ir a verlo un día en su casa, donde me contó sus prácticas de devoción y, entre otras cosas, la del despego de las criaturas. Estoy seguro ­me decía­ de que si no estoy atado a nada, me dirigiré a Dios, que es mi único anhelo; para ello miro si me detiene la amistad con tal señor, con tal pariente, con tal vecino, si me impide avanzar el amor a mí mismo, si me atan las riquezas o la vanidad, si me retrasan mis pasiones o mis placeres; y cuando me doy cuenta de que hay algo que me aparta de mi soberano bien, rezo, corto, sajo, me libro de aquella atadura. Estos son mis ejercicios.»

«Y me dijo concretamente esto; lo he recordado a menudo: un día, yendo de viaje, estaba pensando en Dios, como solía hacerlo, y se examinaba sobre si le había quedado desde su conversión o le había sobrevenido alguna cosa que lo mantuviera apegado; estuvo recorriendo sus negocios, sus bienes, sus amistades, su reputación, sus grandezas, los pequeños entretenimientos del corazón. Piensa, cavila y, finalmente, se fija en su espada. ¿Porqué la llevas? ­pensó­. ¡Dejar esta querida espada que tan bien me ha servido en tantas ocasiones y que, después de Dios, me ha sacado de mil peligros! Si alguien me atacara, me vería perdido sin ella. Pero también es verdad que podría surgir algún agravio, y tú no tendrías el valor, llevando la espada, de no servirte de ella, y ofenderías a Dios en seguida. ¿Qué haré, Dios mío? ­se dijo­; ¿Es posible que me trabe el corazón este instrumento de mi vergüenza y de mi pecado? No encuentro ninguna otra cosa que me tenga atado más que esta espada; sería un cobarde si no me desprendiera de ella. Y en aquel momento vio una piedra grande; se bajó del caballo, cogió la espada y la rompe y la hace trizas sobre aquella piedra, y montándose a caballo, se marchó. Me dijo que aquel acto de desprendimiento, al romper aquella cadena de hierro que lo tenía preso, le dio una libertad tan grande que, a pesar de ser contra la inclinación de su corazón, que amaba a esa espada, ya nunca tuvo ningún afecto a las cosas perecederas; y que sólo buscaba a Dios»

Por estas cosas podemos ver lo que puede un acto heroico de virtud, y una victoria conseguida a la fuerza sobre sí mismo, para hacer en poco tiempo un gran progreso en la santidad, y cuánto importa renunciar al apego que se tiene a las menores cosas de la tierra para unirse perfectamente a Dios

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