Vida de san Vicente de Paúl: Introducción

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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A la reina madre del Rey

SEÑORA

La favorable acogida que siempre concedió Su Majestad al Sr. Vicente mientras vivió en la tierra, y los testimonios de benevolencia con que honró su memoria después de muerto me dan motivos para esperar que aceptará gustosamente esta obra, que sólo es un boceto de la vida y las virtudes del gran Siervo de Dios, y que he tratado de bosquejar con toda la fidelidad posible. No se encontrarán en ella adornos que parecerían convenientes para hacerla digna de ser presentada a tan gran Princesa. Pero he pensado, que cuanto más sencilla e ingenua sea esta copia, será tanto más conforme al original, y tanto más favorablemente acogida por Su Majestad, porque reconocería más fácilmente al Sr. Vicente, cuando lo vea aparecer en su indumentaria ordinaria, es decir, con la humildad, la sencillez y el candor acostumbrados. Y para conseguir eso con mayor perfección, aunque este santo varón durante su vida haya siempre mantenido, en cuanto le ha sido posible, bajo el velo del silencio, las excelentes gracias recibidas de Dios, sin embargo, he hecho todo lo posible para obligarle a hablar después de su muerte, y a declararnos algo de esas gracias. He recogido con todo cuidado lo que dijo acerca de ese asunto en diversas circunstancias, cuando su caridad le obligó a descubrir lo que su humildad hubiera querido ocultar. Si Su Majestad se digna concederle una audiencia, tendrá el honor de hablarle de varias cuestiones, que indudablemente satisfarán a Su piedad

Y además, la consolarán mucho, reconociendo las magníficas cosas que se han hecho para la gloria de Dios y el crecimiento del reino de Jesucristo durante 2. Ana de Austria fue regente del reino desde la muerte de Luis XIII en 1643 hasta la declaración de la mayoría de edad de Luis XIV en 1651, a los catorce años el tiempo de Su Regencia 2 , no sólo con el permiso y el apoyo de Su autoridad, sino también con la cooperación de Su celo, y por la aplicación de Sus cuidados y liberalidades

Y lo que debe colmar de alegría a Su Majestad es que todas esas grandes obras subsistan todavía, y que vayan creciendo y perfeccionándose siempre con el favor de la sapientísima dirección de nuestro incomparable Monarca, que brilla como el sol, y vivifica, al mismo tiempo, todas las partes de su reino, y que, entre los más importantes asuntos a los que se consagra por el bien del estado con una infatigable fortaleza de ánimo, no deja de extender sus desvelos y de emplear su celo para mantener en todos los sitios la verdadera religión y la sólida piedad

Eso es, Señora, lo que obligará aún más particularmente a aquél, cuya vida hemos escrito y cuya inocencia y santidad nos dan pie para creerle en el cielo con Dios, a emplear incesantemente sus ruegos para impetrar de la infinita Bondad toda clase de bendiciones sobre la persona del gran Príncipe, sobre la de Su Majestad y sobre toda la Casa Real en agradecimiento de las gracias y favores recibidos de Ella, y que continúa recibiendo en la persona de los suyos

Mientras el Siervo de Dios vivió en la tierra y, sobre todo, en los tiempos más peligrosos y difíciles, siempre profesó una constante fidelidad al Rey, y un afecto sincero por todo lo que se refería al bien de su servicio. Y como las virtudes de los santos no mueren en absoluto, y su caridad siempre está viva, hay razón para creer que el Sr. Vicente conserva en el cielo ese mismo afecto y ese mismo celo para conseguir de Dios toda clase de bienes para la persona del Rey, para Su Majestad, y para todo lo que tenga de más querido. No es pequeño motivo de consuelo estar segura de disponer de un fiel Servidor, o mejor, para hablar más de acuerdo con los sentimientos de Su piedad, de un intercesor y de un protector, que le es perfectamente propicio ante Dios, quien, como otro Jeremías, está continuamente postrado ante el trono de la adorable Majestad para pedirle todo lo que, en el gran día de la gloria, ve que le es verdaderamente saludable a Su Majestad y favorable al cumplimiento de sus justos deseos

En cuanto a mí, Señora, por haber sido prevenido y colmado de gracias por el Rey, y sentido los efectos de Su benevolencia sin haberlos merecido nunca; y, por otra parte, como me juzgo incapaz de rendir a Su Majestad un agradecimiento tal como yo le debo, Le suplico que permita que tome yo prestado, de aquel cuya vida he escrito, lo que me falta para cumplir con mi deber, y que, a su ejemplo, y con el favor de los méritos adquiridos por sus fieles servidores, diga con todo el respeto que me es posible SEÑORA De Su Majestad

Su muy humilde, muy obediente y muy fiel servidor y súbdito

LUIS, OBISPO DE RODEZ

Advertencia para el lector

Querido lector: Tengo que advertirle en pocas palabras tres cosas. Le ruego, les dedique alguna atención antes de enfrascarse en la lectura de este libro

La primera, que la verdad, por ser el alma de la historia (sin ella la historia no merece el nombre de tal, sino más bien el de novela o de cuento), puede estar seguro de que ha sido observada en esta obra con toda fidelidad y con toda exactitud. Todo lo que usted lea es ya públicamente conocido, o está apoyado en el testimonio de personas dignas de fe, o bien, es de tal condición que puedo certificarle que lo he visto con mis propios ojos u oído con mis oídos, ya que he tenido la dicha de conocer y de tratar al Sr. Vicente durante un gran número de años, e incluso he visitado el lugar de su nacimiento y a sus parientes más próximos en un viaje que hice a Guyena hace unos veinticinco años

Entre otros testimonios aduzco también extractos de sus cartas y de sus charlas, recogidas en parte por algunos de los suyos con gran fidelidad; pero esto solamente en los últimos años de su vida. Los he usado pensando que no puedo crear una expresión más sincera ni más exacta de su espíritu interior, sino presentando lloque él dijo, cuando la caridad le obligaba a hablar y a descubrir alguna vez lo que la humildad le hacía ordinariamente ocultar. Su testimonio es tanto más digno de ser creído, cuanto que todos los que lo han conocido saben que no tenía ningún espíritu de vanidad y de jactancia, y que una de sus más frecuentes prácticas era buscarla abyección y el envilecimiento de sí mismo, diciendo y haciendo de buena gana, en las reuniones, lo que podía hacerle más despreciable a los ojos de los demás

Como este santo varón pronunciaba de ordinario sus charlas sin haberlas preparado de antemano, hablaba a los de su Compañía sobre los temas que se le iban presentando, como un padre a sus hijos; y así no se podrá ver en ellas ni todo el orden, ni toda la trabazón, que se encontraría en un discurso estudiado y preparado. A pesar de eso, hemos pensado que, citándolos con sencillez, el lector estaría más satisfecho y edificado de su lectura, que si viera pintado ingenuamente el fondo del alma y de la virtud de este gran Siervo de Dios, porque su boca hablaba, en esas ocasiones, de la abundancia de su corazón

La segunda es, que esta obra parecerá quizás demasiado amplia y prolija, y hasta algunos podrán pensar que no sería necesario detenerse en aportar tantos detalles que se hubieran podido omitir en silencio, pues hubiera bastado con relatar en general los principales y más dignos de la atención del lector. Mas como no se puede juzgar bien de las cosas si sólo se las conoce superficialmente o en parte, hemos creído que, para destacar la grandeza y la utilidad de las obras que Dios ha realizado por medio del Sr. Vicente, era necesario referirlas al detalle y publicarlas, y no sería bastante con narrarlas sumariamente y sólo en general, sin bajar a lo particular

Por lo demás, el lector podrá ver, si le place, que aquí no se trata de una pieza oratoria, ni de un panegírico, sino de un sencillo relato de la vida y de los actos virtuosos de un Siervo de Dios, y por haber hecho durante toda su vida profesión particularísima de humildad, sería en cierto modo ir contra su espíritu y desfigurar esa virtud tan querida de él, revestirla con los adornos pomposos de una elocuencia mundana. El estilo, que se usa cuando se escribe un libro, debe tener siempre plena relación con el tema de que se trata; y sólo se puede considerar que se ha logrado perfectamente, cuando se narran los actos virtuosos de los santos, si se describen con el mismo espíritu con el que estuvieron animados

Finalmente, querido lector, la tercera y última cosa que le voy a advertir es que, para estar de acuerdo con las disposiciones muy sabiamente establecidas por la Santa Sede Apostólica, declaro que no entiendo, y que no tengo ningún otro propósito de hacer entender a nadie todo lo que se relata en este libro de otra manera que aquella en que se acostumbra a tomar las cosas que están apoyadas en el testimonio de los hombres, y no en la autoridad de la Iglesia. Y que no uso el título de santo, que a veces le doy al Sr. Vicente, sino en el sentido con que san Pablo se dirige a todos los fieles: no quiero significar otra cosa con esa honorable cualidad y por todas las demás, que este gran Siervo de Dios estuvo dotado de una virtud eminentísima, y que sobrepasaba con mucho la del común de los cristianos.

Aprobación del Señor Arzobispo de Auch

Nos, Enrique de la Mothe, Doctor por París y Arzobispo de Auch, declaramos haber leído el libro titulado «La vie du Vénérable Serviteur de Dieu, Vincent dePaul», escrito por don Luis Abelly, Obispo de Rodez. En él no hemos hallado nada que no esté lleno de edificación, y que no pueda servir de ejemplo a toda clase de personas para imitar a un hombre, cuyos actos y cuya vida han sido descritos por el autor con tanta fuerza, sinceridad y colores tan vivos, que es preciso haber tenido la dicha que Nos hemos poseído de la amistad particular y trato familiar con este varón admirable para volverlo a encontrar en este libro con más ventajas para el público, que lo que pudo hacerse durante su vida, pues la mantenía oculta a los ojos de los hombres para sólo descubrirla ante Dios. Por eso, lo juzgamos muy digno de ser impreso y leído por todo el mundo

Dado en París el 30 de agosto de 1664

ENRIQUE DE LA MOTHE, Arzobispo de Auch

Aprobación del Señor Obispo de Évreux

La Iglesia ha suspirado por largo tiempo no sólo bajo la crueldad de los tiranos, sino también bajo la vergüenza de las críticas que los profetas hicieron a sus ministros varios siglos antes de su nacimiento. Ezequiel se lamentó porque las ovejas del Señor habían quedado dispersadas por falta de pastor. O si el pastor ha sido negligente, Zacarías lo llama ídolo, porque es inútil para guardar el rebaño, cuya dirección abandonó cobardemente. Los Padres de la Iglesia han gemido bajo la consideración de una desgracia tan de lamentar, y san Gregorio de Nacianzo, entre otros, se aflige y se maravilla de ver a un pastor que sufre las injurias de las estaciones con tanta perseverancia por la seguridad del rebaño, cuyo guardián es, y de que al mismo tiempo se encuentren en el Aprisco del Salvador del mundo almas que el santo llama ovejas razonables, expuestas a la voracidad de los lobos, porque hay mercenarios en lugar de pastores, despreocupados de la salvación de ellas en el exceso de su ociosidad

Pero, al fin, la bondad del Soberano Pastor, que vela por su Iglesia, nos ha suscitado en la persona del Sr. Vicente de Paúl un ministro fiel henchido del celo de su gloria, y ardentísimo de amor por la salvación de las almas. No hay más que leer esta agradable Historia de su vida, escrita por el señor Obispo de Rodez, para quedar persuadido de ello. Confieso que he leído y releído varias veces una parte de las obras tan llenas de doctrina y piedad, que este gran Prelado ha dado al público, y que las he estudiado con admiración. Y debo invitar a los fieles a meditar este último libro, que puede ser utilísimo para grabar en los corazones sentimientos de una sólida y verdadera devoción

Dado en Évreux el día de san Bernardo, 10 de agosto de 1664

ENRIQUE, Obispo de Evreux

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