Vida de Catalina Labouré (René Laurentin): 4. Primeros pasos en el hospicio de Enghien (5 febrero a 3 de mayo de 1835)

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina LabouréLeave a Comment

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Autor: René Laurentin · Año publicación original: 1984.
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El 5 de febrero de 1831 Catalina llama a la puerta del número 12 de la calle de Picpus, el hospicio de Enghien a donde le han destinado. La acogen cuatro hijas de la Caridad. Los ancianos y las ancianas inspeccionan a la recién llegada.

Tiene 24 años. Le quedan casi el doble de años de vida, aquí mismo. Es el municipio de Reuilly, un barrio pobre al sudeste de París, a 5 kilómetros de la calle del Bac…, y a 4 solamente del restaurante de Carlos Labouré, situado igualmente al este de la capital, pero más hacia el norte.

El hospicio de Enghien lleva sólo doce años de existencia. Lo fundó en 1819 la duquesa de Bourbon en recuerdo de su hijo, el duque de Enghien, fusilado en 1804 en los fosos de Vincennes por decisión de Napoleón I. Lo había fundado en la calle de Varenne, para atender a los convalecientes que salían de los Hospitales de París, así como a doce ancianas desamparadas. Su heredera, Adelaida d’Orleáns, hermana de Luis-Felipe, actualmente reinante, había trasladado la fundación a Reuilly en 1829, añadiendo la carga de mantener a 50 antiguos servido­res de la familia de Orleáns, para que encontrasen allí una existencia decente después de haber abandonado su deslumbrante librea.

Si el padre Aladel quiso mantener a Catalina en un barrio cercano, fue para vigilar mejor a aquella hermana, normal en el servicio cotidiano pero preocupante por sus visiones.

1.- La cocina, el huerto y el gallinero

La casa, con pasillos abovedados, da a un huerto que se extiende dos hectáreas hacia la calle de Keuilly. En este lugar es donde pronto se va a encontrar con un trabajo a la medida de sus fuerzas.

Demasiado joven para el servicio de los ancianos, a veces demasiado atrevidos, la destinan a la cocina. Se han dado cuenta de que entiende algo de aquello. Le vinieron bien enton­ces las experiencias de la granja, perfeccionadas por las expe­riencias del restaurant Labouré, en donde la clientela exigía cada vez más refinamiento y espíritu inventivo. Trata ahora a sus ancianos como clientes a los que hay que honrar.

Su único problema procede de la cocinera titular, sor Vin­cent, de 35 años. Esta hermana, una de las fundadoras de la casa, goza de buena reputación por su gran abnegación y su viva sensibilidad. Pero le gusta demasiado ahorrar. Para Catali­na, que prefiere la esplendidez, aquellas restricciones resultaban intolerables.

El padre Aladel, confesor de Enghien, le aconseja impertur­bablemente: Hay que tolerar con paciencia ti esa compañera.

Ese es el camino de la virtud. Cómo puede serlo a contra pelo del servicio c incluso del amor a los pobres: Catalina, un tanto desconcertada, hace lo mejor que puede sin acabar de resignarse. ¿Estará acaso poco dotada para la virtud? Intenta convencerse de ello humildemente.

Las cosas van mejor en el gallinero, que han puesto bajo su responsabilidad. Su competencia allí no encuentra rivales, lo mismo que en el amplio huerto en donde las hermanas de ciudad actúan con desventaja. Aquellos son sus dominios. Administra, organiza y defiende aquel territorio contra los gorriones y otros depredadores: animales y personas. Poco a poco va renovando los métodos de explotación y convierte aquellas tierras en una pequeña granja a la moda de Borgoña. Encuentra allí sus raíces, aunque en una tierra menos generosa.

De esta forma realiza, tal como lo había aprendido en Fain, un sueño de san Vicente, a quien su actividad «no productiva» le atormentaba hasta el punto de escribir el 24 de julio de 1655: Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de la gente pobre… Con frecuencia se me ocurre este pensamiento que me llena de confusión: ¡Miserable! ¿te has ganado ese pan que vas a comer?, ese pan que ti viene del trabajo de los pobres.

El análisis evangélico de san Vicente es radical. Karl Marx le concedía al trabajo de los pobres más que una plusvalía. El los reconoce, pura y simplemente, como los únicos autores legítimos del pan que come…

Catalina, granjera, está por encima de ese problema. Sirve a Ios pobres produciendo su propia subsistencia, un poco más dura año. A los millares de gallinas y de palomas se añadirá pronto la leche de las vacas que instalará en el establo de Reuilly. Esta fatiga resulta un buen tónico para su conciencia.

2.- La medalla, finalmente

La vuelta a tareas materiales agobiantes ha hecho que la visión se apague en Catalina. De la Medalla no ha hablado al P.Aladel más que una vez después de la aparición del 27 de noviembre. Y él empleó tanta autoridad para prohibirle que pensara en ella que Catalina ha guardado para sí la segunda aparición, la de diciembre. Aunque ahora ya «no ve», tal como le había anunciado Nuestra Señora, una voz interior la impulsa a trasmitir su mensaje. Así pues, al llegar la primavera, cede a esta inspiración que la atormenta. Esfuerzo inútil, Aladel la ve venir. Previene cualquier desbordamiento. La consigna sigue siendo la misma: resistir a la ilusión y Catalina se siente aliviada por haber hablado. Y Aladel se felicita al verla marchar tan tranquila.

Pero la voz interior sigue insistiendo. ¿Oué hacer entre aquellas consignas contradictorias de Nuestra Señora y del representante de Dios? En otoño se atreve a replicar a Nuestra Señora: «El» no quiere escucharme. «El» es el padre Aladel. «El» es mi servidor, responde aquella voz íntima; temería disgustarme.

Así pues, en otoño Catalina vuelve a la carga por tercera vez ante aquel a quien Nuestra Señora quiere ablandar: -¡La Virgen está molesta!, se atreve a decirle.

Aladel se queda de mármol. Pero aquellas palabras le impre­sionan y le atormentan. ¿Será acaso un «mal servidor» de «Aquella a la que le gusta llamar: Refugio de los pecadores? Perplejo, deja que Catalina se expansione más que las otras dos veces, pero sin darle a conocer su perplejidad. Vuelve a despedir­la, sin ofrecerle ninguna esperanza.

Sin embargo, esta vez habla seriamente con el padre Etien­ne, procurador general de los lazaristas y amigo suyo, con quien ya antes había hablado vagamente sobre la impresión que le habían dejado en julio de 1830 las predicciones de la Revolu­ción. Estas dos jóvenes esperanzas de la Congregación, cargados ya de responsabilidades cuando apenas tenían 30 años, com­parten preocupaciones y proyectos. Conocen la extrema pru­dencia que exige la Iglesia en cuestión de apariciones.Sin embargo, someten este caso al padre Salhorgne, superior gene­ral, que no se muestra desfavorable: Dentro de poco iré a visitar al arzobispo de París, monseñor de Quélen, para tratar unos asuntos de la Congregación, acompáñeme -propone el padre Etienne a su compañero-; aprovecharemos la ocasión para someterle esta petición…, entre otras.

¿Qué va a pensar el prelado?, se preguntan a punto de entrar en la audiencia. ¡Sorpresa! La aparición de María en el misterio de su gracia original encuentra en él una profunda simpatía.Esa irradiación del sol de justicia -Jesucristo- ¡qué hermosa ilustración de este misterio! Sí, María, la mujer revestida de sol de que habla al Apocalipsis, quiere irradiar a Aquel a quien trajo al mundo: No hay ningún inconveniente en acuñar esa Medalla, concluye el arzobispo. Está plenamente conforme con la fe y con la piedad. Puede contribuir a honrar a Dios.

Así, pues, el camino está libre, con la prudencia que requiere la Iglesia en estos casos: No hay que prejuzgar de la naturaleza de la visión ni divulgar sus circunstancias. Que se difunda esta medalla, simplemente. Y se podrá juzgar el árbol por sus frutos.

EI proyecto toma forma, pero sin precipitación. Aladel estableceun modelo reducido a sus rasgos esenciales. En el anverso de la medalla, la invocación que se ha de inscribir: María. Concebida sin pecado; invita a grabar el tipo clásico de la lnmaculada Concepción, según los deseos del arzobispo. Así pues, servirá de modelo la estatua de Bouchardon que se encuentra en San Sulpicio, pero con la irradiación de las manos que constituye la novedad de esta visión. Para el reverso Aladel se encuentra más embarazado. En contra de sus costumbres consultaa Catalina en el confesionario de Reuilly:

¿No había otra inscripción, lo mismo que en el anverso?

Ella no lo sabe. Rezará. En la confesión siguiente da la respuesta que ha recibido en la oración: La M y los dos corazones dicen bastante.

El Cólera

Así pues, la grabación va a comenzar a comienzos de marzo de 1832. Y he aquí que el cólera se desencadena sobre París el día 26, en pleno carnaval. La epidemia, que llega de Rusia a través de Polonia, provoca diarreas torrenciales, que obligan a los hospitales desbordados a agujerear las camas de los enfer­mos para que el líquido caiga en los cubos preparados para la catástrofe. En 4 ó 5 horas el cuerpo de un hombre de buena salud queda reducido a un esqueleto. El balance de muertos va creciendo de forma impresionante.

En total hubo 18.400 defunciones oficiales; pero más de 20.000 en realidad, ya que las estadísticas y la prensa minimi­zan el fenómeno para limitar el pánico.

Los médicos que acuden a París para informarse sobre la epidemia contribuyen a propagarla en provincias. Les enseñan más a combatir los síntomas que la enfermedad: diarrea, calam­bres o vómitos. Bolsas de agua y baños calientes combaten el frío que deja helados a los pacientes. Las sangrías, el calomel y el opio calman los espasmos, cuyo vigor parece concentrarse en estas eyecciones inagotables. Dupuytres, influido por una receta de las prostitutas de Hamburgo «para ocultar sus reglas», aplica acetato de plomo para impedir las evacuaciones. Otros prescri­ben ipecacuana, «a fin de sustituir los vómitos naturales por vómitos artificiales» según el principio vomitus vomitu curatur tirar el mal por el mal. Recamier y Chaumel practican fricciones. Velpeau receta camomila, valeriana, menta, éter y láudano en el hospital de la Caridad. En el Hótel-Dieu Magendie salva al 40% de los enfermos mediante pociones alternas de ponche y camomila, con acetato amónico. Broussais pregona los triunfos de su método: ingestión de malvavisco con hielo, calentamiento externo por baños de vapor, cataplasmas y sanguijuelas detrás de las orejas y en la nuca. Estas medicaciones bastante extrañas revelan su lógica cuando tenemos en cuenta que consideraba al cólera como una «gastroencefalia». Las sanguijuelas colocadas en el ano servirían para «atraer los movimientos del centro hacia la periferia». De este modo aseguraba haber curado a 39 de 40 enfermos. La Gazette médicale discute este balance, oponiéndole la cifra de 24 curaciones en 129 casos; Broussais envió sus testigos al redactor Julen Guérin. Fue entonces cuando murió Casimir-Périer, presidente del consejo de ministros, «aunque atendido por él». Se curaba el que podía.

Monseñor de Quélen se enteró de esta plaga en el retiro en que estaba oculto. Un motín popular lo había expulsado de su arzobispado el 15 de enero de 1831 y había tenido que refugiarse en el monasterio Saint-Michel y luego en casa de los Cafferelli. Inmediatamente vuelve entre su pueblo que sufre, celebra la misa en las hijas de la Caridad en la capilla de las apariciones y su dirige inmediatamente al Hótel-Dieu. El padre Etienne, preo­cupado por la violencia que parece amenazar al prelado, insiste en acompañarle por los hospitales. Pero el gesto del arzobispo aplacó los odios. Sus oraciones y sus bendiciones infunden esperanza. A petición de monseñor de Quélen, el padre Etienne abre San Lázaro a los enfermos; se ve atrapado por el torbellino de ese ministerio en el que se multiplican el drama y Io imprevisto. Lo mismo ocurre con el padre Aladel, cuya salud recibirá también una grave sacudida.

La medalla acuñada por M. Vachette

A finales de mayo la epidemia empieza a retroceder. Los periódicos anuncian su fin. Aladel toma contacto finalmente con el joyero Vachette, n.° 54 de la calle de los Orfebres y le ordena que acuñe la medalla.

Desgraciadamente la epidemia vuelve a recrudecerse en la segunda quincena de junio. Se acrecienta el pánico, pero la fabricación está ya en camino. Vachette entrega los primeros 1. 500 ejemplares el 30 de junio.El arzobispo recibe la prime­ra medalla y no tardará en mandar hacer para su habitación particular una estatua «según el modelo indicado a la herma­na».

Catalina recibe su Medalla a comienzos de julio, en su comunidad, sin que haya nada que la distinga y pueda airear el secreto. Mira la efigie ¿Había visto ya antes un croquis? No hay ningún documento que lo sugiera. ¿Qué es lo que siente enton­ces? Ante todo, la alegría de ver que se ha escuchado el deseo de Nuestra Señora, después de aquel callejón aparentemente sin salida: la Virgen está allí, irradiando su amor, con la invocación por un lado y la cruz y los corazones por otro.

Catalina se preocupa por las libertades que se han tomado con su interpretación: las de Aladel, que había estilizado el modelo según la Virgen de Bouchardon; las del orfebre, que había puesto en el reverso las estrellas omitidas en el anverso (alrededor de la cabeza de la Virgen) y había añadido dos barras horizontales y un trébol: su cuño.

Aladel le había dejado plena libertad para los detalles, sa­biendo que la expresión de una visión inefable y luminosa en el minúsculo bajorrelieve de una medalla no podía ser más que una interpretación. En Lourdes el abate Peyramale tendrá que enfrentarse pronto con el mismo problema entre Bernadette y el escultor Fabisch, encargado de hacer una estatua conforme a la visión; y tendrá que acallar la decepción de la vidente por deferencia para con un artista afamado que ha interpretado «según las reglas del arte». De todas formas, era imposible representar a la Virgen tal como es. Catalina no se detiene en los detalles demasiado feliz de ver realizado lo esencial: la aparición, los rayos de la Inmaculada, símbolos de la cruz y del amor. En aquella primera distribución no hizo más que manifestar aprobación: Ahora hay que propagarla, dice segura de que Dios haría lo demás.

Si la realización material le produjo algunas decepciones, las primeras curaciones y conversiones no tardaron en tranquilizarla por encima de todas las esperanzas.

Primeros rayos

La Medalla se distribuyó primero en la región de París, por Hijas de la Caridad, al reanudarse el cólera.

En París, en la escuela de la plaza del Louvre, la pequeña Carolina Nenain (8 años), de la parroquia de San Germán de Auxerre, la única de su clase que no llevaba la medalla, es también la única atacada por el cólera. Las hermanas le propor­cionan la medalla y enseguida se cura. Al día siguiente, vuelve a clase.

Hay también conversiones: el 13 de junio de 1833, un militar de Alençon, «iracundo y blasfemo», a quien entregaron las hermanas la medalla, se puso a rezar sin que nadie lo esperara. Vio venir con serenidad a la muerte, llegando a decir: Lo que me causa más pena es haber amado tan tarde y no amar aún más.

La medalla se difundió sin una referencia explícita a la aparición. Para ello habría sido menester proceder a una inves­tigación canónica y consultar luego a Roma en donde suelen ser mal acogidos estos expedientes.

Marejada

Perro el éxito empezó a desbordar la discreción. Los milagros de los que se habla provocan preguntas sobre el origen de la medalla y respuestas improvisadas. El rumor va creciendo y produce cierta marejada. Llegan espontáneamente a San Lázaro cartas agradecidas y pidiendo más medallas y explica­ciones.

El 5 de agosto de 1833, el padre Lamboley, lazarista, emigrado a España durante la revolución, envía un relato de las apariciones, en donde cuenta no solamente la de la medalla, sino también las del corazón de san Vicente, tan apreciadas por «las dos familias» fundadas por él.

Desde febrero de 1834, antes de que se hubiera publicado ningún relato, la medalla es calificada corrientemente de milagrosa ¿Cómo canalizar aquel movimiento sin ponerse en una difícil situación ante la Santa Sede, que prohíbe la propaganda prematura de revelaciones y de milagros?

Primera publicación

Fue el abate Le Guillou quien encontró la solución. Este sacerdote bretón, artista y músico, que el arzobispo ha hecho venir a París, se ha convertido en uno de sus consejeros. Propone editar una información en el marco modesto de un Mes de María. Se acepta que estos libros piadosos vayan ilustrados con «milagros» y «ejemplos», narrados con libertad a modo de ilustración, para estimular el fervor. La Medalla será presentada de este modo. Con esta finalidad, Le Guillou pide al padre Aladel una carta en la que cuente la aparición (bajo el anonimato). La carta, escrita el 17 de marzo de 1834, es lacónica: apenas una página muy prudente:

A finales del año 1830 una persona me comunicó una visión que había tenido, según ella, en la oración. Había visto, como en un cuadro, a la santísima Virgen…

Se califican con prudencia algunos «detalles de curaciones, conversiones y protección». Los médicos se muestran perplejos -indica Le Guillou-, y dicen en diferentes tonos: ¡Es un fenómeno!!

Algunos indican con cierta ironía: -¡Se trata de magnetismo!‘.

El Mes de María se publica con la aprobación personal del arzobispo, con fecha del 10 de abril de 1834. Pronto (y con prudencia) le hace recensión un joven de 21 años, llamado Federido Ozanam. A quien desea informarse, se le puede decir ahora: Lea a Le Guillou, página 317.

Esta primera difusión contribuye a que algunos deseen una información ex-profeso de la Medalla. Es eso lo que el público pide.

Aladel se decidió a ampliar las noticias, siempre bajo el anonimato. Desarrolla un poco el relato lacónico del 17 de marzo. Por dos veces empieza su redacción, no sin tachaduras, que muestran su vacilación. Señala un poco la identidad de la vidente: no se trata ya solamente de «una persona», sino de «Sor M…, novicia de París en una de las comunidades que se consa­gran al servicio de los pobres».

Aladel, que había escrito prudentemente en el manuscrito: «ella creyó ver», se atreve a escribir en esta edición que «vio en la oración un cuadro».Pero esta última palabra relativiza la aparición y a continuación se subraya que «la santísima Virgen» figura allí «tal como se la suele representar bajo el título de la Inmaculada Concepción».

Estas precauciones serán una protección en el caso de que Roma empiece a inquietarse.

Cuando recibe las pruebas del volumen, en julio, Aladel pide a Catalina autorización para divulgar (respetando desde luego el anonimato) lo que ella le había dicho en el confesonario y para hacer constar esta autorización.

Con ocasión de este contacto repara una omisión señalada con viveza por sor Catalina:

Hace poco sor M… nos ha comunicado una circunstancia que habíamos omitido al narrar las tres visiones. Que esas gracias, representadas en los rayos, se derramaban con mayor abundan­cia sobre una parte del globo que se encontraba en los pies de María: y esta parte privilegiada era Francia.

La Notice apareció el 20 de agosto. El relato de la aparición sigue siendo lacónico y descarnado: ni descripción de la apari­ción, ni colores, ni detalles. Aladel habla como si las «tres visiones» que menciona fueran estrictamente idénticas y ampliamente esparcidas en el tiempo, según ciertos intervalos que va modificando en redacciones sucesivas. Viene luego un florilegio de milagros físicos y espirituales, en donde se encuentra ya la curación de una mujer muda, ocurrida en Constantinopla el 10 de junio de 1834.Con una tirada de 10.000 ejemplares, la Notice se agotó en menos de dos meses. No habrá existencias durante los dos meses siguientes.

La segunda edición, que salió finalmente el 20 de octubre, desapareció más pronto todavía: en menos de un mes, aunque la tirada fue de 15.000 ejemplares. La tercera tirada alcanzó los 37.664 ejemplares.

Dos millones de medallas

En las ediciones ulteriores los relatos de curaciones se extienden a Estados Unidos (1836), a Polonia (1837), a China, a Rusia (1838) y a Abisinia (1839). En esta última fecha la Medalla se ha extendido por el mundo entero con más de diez millones de ejemplares. La fabrican un gran número de orfebres. Desbordado el señor Vachette, no tiene tiempo para litigar con los numerosos competidores y falsificadores.

-Como explicar esta difusión? ¿Fue la epidemia de cólera la que lanzó la medalla? La hipótesis parece lógica, pero no resiste el examen. Los médicos del Institut Pasteur, que muestran también interés por las ciencias humanas, han señalado bien la diferencia de repercusión psico-sociológica entre la peste y el cólera. La peste despierta el sentimiento de un castigo divino y estimula el sentimiento religioso; el cólera, con sus diarreas grotescas, provoca más bien la burla y la crítica de los poderes públicos. La gente se la toma contra ellos, más bien que contra Dios.

Y sobre todo, la gran expansión de la Medalla no había empezado aún cuando la epidemia se acabó en otoño de 1832.A comienzos de 1834, cuando ya el cólera llevaba más de un año en el olvido, apenas se habían repartido una docena de millares de medallas. El número de 50.000 no se alcanzó hasta principios de marzo; las 150.000 durante el verano y las 500.000 en otoño (finales de noviembre) y desde entonces el movimiento se extiende por todo el mundo, independiente­mente de las circunstancias particulares.

Acción de gracias

Catalina se siente agradecida, ya que esta fulgurante expan­sión va acompañada de conversiones, curaciones y favores que alimentan las conversaciones de cada día. La fe, que parecía impotente, cura, convierte y protege. Se hace actual la buena nueva anunciada por Isaías: «Los ciegos ven, los cojos andan, los pobres son evangelizados». Es un despertar para el pueblo cuya tradición religiosa no ha quedado desarraigada por la Revolu­ción. La Medalla es una Biblia de los pobres, un icono, el signo de una presencia, amiga y poderosa: la de María en la comu­nión de los santos,en la luz de Cristo, a la sombra de la cruz, bajo el signo de un solo amor representado en forma de corazón en el reverso de la Medalla. Catalina se siente feliz. Lo que le habían pedido en la noche se realiza ahora con esplendor.

3. Catalina expuesta

Pero ahora es precisamente cuando el secreto se ve más amenazado. Intentan adivinar quién es «aquella novicia de 1830» que ha recibido la visión. Y los más sagaces ponen a veces en aprieto a Catalina

Alerta en 1835

En 1835, cuando ya se han repartido más de un millón de medallas; los superiores maravillados por la renovación del fervor y de las vocaciones, mandan al pintor Lecerf ejecutar dos cuadros conmemorativos de las visiones de 1830: el corazón de san Vicente y la Medalla Milagrosa. Es el cuadro que se ha pintado buscando la mayor exactitud. Aladel se ha preocupado de indicar los colores, especialmente el manto azul plata.

El pintor ha presentado con gran exactitud el marco de la capilla de la calle del Bac, antes de sus ampliaciones. Su inter­pretación no es minuciosa. El anverso y el reverso de la Medalla se representan en un solo cuadro. No es imposible que Aladel preguntara brevemente a Catalina sobre algún otro detalle. El es también el que busca la ocasión oportuna para que vea los dos cuadros después de su instalación en el seminario. Es una visita discreta, anodina, aprovechando probablemente un día de reti­ro de Catalina en la casa madre. Pero la puerta está abierta, como está mandado. Mientras que el confesor y su penitente están en contemplación silenciosa, llega una hermana y dice ingenuamente señalando a Catalina: ¡Esta es seguramente la hermana que ha tenido la visión!

El padre Aladel, sin saber qué hacer, se vuelve sonriendo a Catalina y le dice: ¡Pues sí que nos han cogido!

Entonces la hermana, que creía haberlo adivinado, exclama: -¡No creo que sea ella! Si lo hubiera sido, usted no se habría dirigido a ella para hacérmelo saber….

Algunos riesgos

Aquella forma de difusión discreta que había autorizado el arzobispo se ve ahora desbordada por los acontecimientos. La Medalla es conocida mundialmente como «milagrosa». Y nadie ignora que es el fruto de una visión. Por consiguiente, la curia romana tendría razón para denunciar que se ha cometido un abuso. De momento no hay ningún peligro, ya que, en la misma Roma, los cardenales Lambruschini y Rivarola han defendido la causa de la Medalla; este mismo año de 183 5 mandan acuñarla a costa suya y patrocinan la edición italiana del libro de Le Guillou. Pero por poco que se mezcle en el asunto el Santo Oficio bajo el sello de su terrible secreto, estas influencias podrían ser insuficientes. Hay que hacer algo.

4.- Un proceso por contumacia

Monseñor de Ouélen abre entonces un proceso para garanti­zar en su fuente este movimiento de gracias. Las apariciones, la Medalla y los milagros serán examinados según los métodos promulgados desde el siglo XVIII por el papa Benedicto XIV.

Una negativa

Pero surge un obstáculo. El testimonio esencial es el de la propia vidente. Hasta ahora Catalina no ha hablado más que bajo el secreto de confesión.El mismo padre Etienne no sabe de quién se trata.

El arzobispo había pedido hablar con ella, aunque fuese con el rostro cubierto y sin indagar su identidad; ha sufrido una negativa y la ha aceptado.El canónigo Quentin, encargado del proceso por el arzobispo, tropieza con el mismo obstáculo. Lo constata al comienzo de su informe (1836): Para la regularidad misma de la investigación, habría sido menester sin duda alguna recibir de labios de la hermana los detalles de la visión. La autoridad eclesiástica tenía que haber sido informada por ella misma de todas las circunstancias de la apari­ción del cuadro. Finalmente, era su propio juramento el que tenía que asegurar y garantizar la fidelidad y la verdad de su relato

Puesto que define tan claramente su obligación, ¿cómo es que renunció a este testimonio? Es que el confesor, que había invitado a la vidente a «comparecer ante las autoridades eclesiásticas…, encontró en ella tal repugnancia que no pudo vencerla. Era en el año 1835.

Por diciembre de aquel mismo año reiteró sus instancias, pidiéndole en esta ocasión «que quisiera hacer ella misma sus declaraciones al promotor», pero ella se había negado formalmente.

Para salir de aquel callejón sin salida, el señor Quentin hizo una última tentativa, seguramente en enero de 1836, antes de Ios primeros interrogatorios. Pero acerca de esta última insistencia el padre Aladel declaró: Es una cosa extraña que ahora esta hermana no recuerde casi ninguna de las circunstancias de la visión. Por consiguiente, sería completamente inútil cualquier intento para obtener datos de ella.

Efectivamente, extraña este último argumento, ya que ese extraño olvido no era una razón para evitar que compareciera al contrario, exigía un examen sobre los motivos y la naturaleza de ese olvido. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Y por qué había sucedido esa «amnesia»? ¿Cuál era su extensión? ¿Era providencial, patológica o diplomática? El argumento aducido resulta más desconcertante todavía, ya que sabemos que Catalina recobró la memoria siempre que tuvo que explicarse sobre ello. Más aún, mucho tiempo después, en 1841, 1856 y 1876 pudo escribir otros relatos muy detallados de las apariciones.

Los motivos de Aladel

Podemos imaginarnos el diálogo entre el director, un poco seco y nuestra campesina deseosa de proteger su secreto: Pero si no me acuerdo de nada!

Sin duda había algo de verdad en sus palabras. El recuerdo la un estado emocional es frágil, evanescente, más aún que el de un sueño, ya que procede de la gracia de un momento. Pero, ¿no habría también allí una buena dosis de prudencia campesi­na? No sé…, no me acuerdo…

Esta respuesta ancestral, bien programada en la memoria de los pueblos, surge por sí misma, sin apelación, en los casos difíciles.

Misermont, vice-postulador del proceso de canonización, sugiere un tercer argumento. Es la santísima Virgen la que habría ordenado el secreto a Catalina. Pero ni Aladel, ni Quen­tin, ni Catalina han hablado nunca de ello. Se trata de una inducción mística o apologética posterior. Si hubiera sido ésta realmente la razón, ¿no lo habría dicho Aladel en el proceso?

Aladel podría haber obligado con su autoridad a Catalina, por necesidad de interés público y general, en nombre de la misma misión que ella había asumido. ¿Por qué no lo hizo? ¿Acaso por delicadeza con el secreto prometido? Sin duda. El secreto le había parecido «agradable a la misma Virgen y protegido por ella», según el padre Boré, su biógrafo.

¿Pero no le movería también el deseo de evitar confrontacio­nes a propósito de una misión que él había interpretado a su propio gusto, con ciertas simplificaciones? Aquella investigación; no podría agitar inútil y desafortunadamente ciertas diferencias sobre los detalles, suscitar discusiones sobre la acu­ñación de la medalla y crear complicaciones poco propicias al movimiento de gracias en pleno auge?

No era un espíritu absorbente el que movía a Aladel a proteger el secreto. Había mantenido el anonimato. No preten­día ser el factotum de este movimiento. En 1835 había incluso solicitado que lo enviaran a misiones,precisamente en la época en que la difusión de la Medalla y de su Notice adquiría aires triunfales.Sólo su nombramiento de tercer asistente en la Asamblea del mes de agosto había impedido su marcha. Pero podía temer la confrontación de su diseño con las indicaciones más complejas y precisas de Catalina, y que se alterase la discreta relación de conciencia entre confesor y penitente ante las exigencias de la investigación. El secreto protege la dirección de una gran empresa. Pero la historia no tiene más remedio que plantearse esta cuestión, ya que pronto surgirán ciertas diferen­cias entre Aladel y Catalina sobre la misma aparición. Se trata, pues de un enigma que nunca lograrán disimular ni las buenas palabras ni los argumentos apologéticos.

El punto de vista del promotor

Si los motivos del silencio siguen estando en el aire por parte de Catalina y de Aladel, están sin embargo perfectamente claros en el caso del promotor. Consciente de la necesidad del testimonio de la vidente para la conclusión normal de la encuesta, se inclina finalmente ante el secreto de una conciencia y «el secreto del rey»: «Dios tiene sus designios en todas las cosas», dice formalmente.

Su decisión se comprende fácilmente dentro de la lógica de su vida: joven sacerdote a los 26 años, bajo el Terror, en 1793, se vio bajo las órdenes del obispo intruso y cismático de Loir-et-Cher. Así es como regresó a la vida laica. Partió para París, empezó a ganarse la vida entrando en la administración públi­ca, hizo una buena carrera y se valió de su posición para salvar a varios sacerdotes perseguidos. Al final de la Revolución, el abate Desjardins, que los dirigía a él, le sugirió que volviera al ministerio sacerdotal. La experiencia que monseñor Quentin había adquirido hizo que lo encargaran de «la dirección de los asuntos temporales» de la diócesis de París; así llegó a ser canónigo, vicario general (1833)… y promotor responsable de las cuestiones canónicas. Le gustaba repetir la frase que su arzobispo le había dicho al confiarle estas funciones jurídicas: Recuerde que en la Iglesia no hay procurador del Rey, sino que según el ejemplo de Jesucristo tiene que ser usted siempre un hombre de misericordia en sus funciones. Esa es una justicia que nunca se extravía.

Su decisión, lamentable bajo el punto de vista del derecho y de la historia, provenía, pues, de una instancia superior: el evangelio.

Lo que evitó Catalina

Con ello salieron ganando la vida y la santidad de Catalina. De esta manera se libró de una prueba tremenda tanto para el psiquismo como para sus tareas. Entregada a los jueces, luego a los adversarios y a los admiradores, habría experimentado dificultades insoslayables, que resultaron mal a los videntes de la Salette. Sin duda habría manifestado otros recursos ocultos que nunca conoceremos. Pero ¿a qué precio? Sin duda su vida habría sido más corta, como fue la de Bernadette. Pero no era ésa su misión ni su opción. Conservó el incógnito sólo para Dios y el servicio de los pobres, a los que se había entregado con toda su alma.

De este modo el proceso de la Medalla milagrosa fue para Catalina un proceso por contumacia, en el sentido de «negativa a presentarse ante el tribunal» que tiene esta palabra, no en el sentido etimológico de «orgullo». Todo lo contrario, con toda razón pueden atestiguar Aladcl y Eticnne: «La repugnancia de esta hermana para comparecer se debe únicamente a su humil­dad».

La humildad encierra aquí mucho de prudencia y de realis­mo. Catalina adivinaba todas las vejaciones que podrían deri­varse de otra opción, dada la condición femenina de aquellos tiempos y su subordinación.

5. Los votos y la herida

Mientras se desarrollaban estos acontecimientos, Catalina seguía imperturbable en su servicio.

El final de una prueba

En la cocina los ancianos apreciaban a aquella joven herma­na que les servía con generosidad siempre que no la acechaba sor Vincent Bergerault. Catalina ocultaba sus impaciencias ante la cocinera ahorrativa, las acusaba en la confesión, pero no llegaba a resignarse en este punto. Sor Savart tuvo compasión la ella. Después de dos o tres años en Enghien la mandó venir y le dijo sonriendo:

En adelante su oficio no será la cocina: sino la lavandería. Y aquí tenemos a Catalina, enjabonando, repasando y plan­chando la ropa. Era un asunto suyo: una de sus tareas de campesina. La ropa es el honor de una casa. Catalina pone un esmero especial en cuidar de la de los pobres: limpia y bien remendada.

Catalina y los ancianos

Pronto la mandan a prueba en la sala de ancianos varones, ni siempre cómodos, cuyo lenguaje y malos deseos turban a las Hermanas jóvenes. Sólida y firme, Catalina se hace respetar. En adelante, ése será su oficio.

Los votos (3 de mayo de 1835)

Seguramente se le confirmó en él con ocasión de los votos que hizo, según la costumbre, al cabo de cinco años. El 3 de mayo de 1835, domingo del Buen Pastor, en la modesta capilla Enghien, después de la elevación del cáliz se eleva su voz en medio de la pequeña comunidad que contaba entonces cinco miembros:

Yo. Catalina Labouré, en presencia de Dios y de toda la corte celestial, renuevo las promesas de mi bautismo y hago voto a Dios de pobreza, de castidad y de obediencia…

A estos tres votos, las hijas de san Vicente de Paúl añaden un cuarto voto, muy querido a Catalina y que ya está bien arraigado en su vida: y de trabajar en el servicio corporal ,y espiritual de los pobres enfermos, nuestros verdaderos amos, en la Compañía de las hijas de la Caridad. Así lo pido por los méritos de Jesucristo crucificado y la intercesión de la Santísima Virgen.

Catalina sella de este modo sus primeros años de valientes servicios, preparados por su experiencia campesina.

Un relevo

Pero aquel día está velado por una sombra. El año pasado, el 26 de abril de 1834, su hermana mayor María Luisa, que le había precedido 12 años antes, deja las hijas de la Caridad, según la libertad que san Vicente había concedido a sus hijas de renovar o no su decisión cada año 76.

Para Catalina se trata de un choque incomprensible: estimu­lada por el entusiasmo de María Luisa en la vocación de hija de la Caridad, no se había visto decepcionada. La salida de la hermana mayor era todavía más preocupante por el hecho de que su vocación había sido antes un éxito en todos los aspectos. Hermana sirviente (superiora) a los 33 años, manifestaba su felicidad irreversible a Catalina, cuando ésta andaba todavía buscando su camino. Ella no habría cambiado su puesto -le escribía- ni siquiera para ser reina.

Su carta de agosto de 1831, que recibió Catalina cuando velaba sus primeras armas en Reuilly, reflejaba este mismo entusiasmo y el único deseo de que Catalina se dedique a todas sus «tareas con sencillez, ingenuidad, alegría, diligencia y aper­tura de corazón» y que se mantenga a la altura: Una hija de la Caridad que tiene de veras caridad…. Llena de satisfacción a todos los que la rodean. Al verla, se dice: ¡Esa es la imagen de Dios!: Qué humildad! ¡qué compasión! ¡qué indulgen­cia! ¡qué bondad! El admirador de una hija de la Caridad se dice a sí mismo: Si Dios es tan bueno en sus débiles criaturas, ¿qué será cuando veamos sus perfecciones infinitas? ¡Qué felices son las hijas de la Caridad que tienen cierto parecido con Dios! ¡El no podrá renegar de ellas!… Mi querida Zoé…, reconozcamos que no somos muy buenas pintoras, ¿verdad?… No hacemos más que estropearlo todo. ¿Qué hacer? ¡No desanimarse!… Tu hermana de toda la vida en el amor de Jesús y de María, María Luisa.

Sin embargo, ya por estas fechas María Luisa se encontraba bajo el peso de una calumnia, tan grave que la habían «depues­to en 1829. Había dejado de ser superiora y había vuelto a ser una simple hermana: primero en el mismo sitio en que estaba, Iuego dos años (situación traumatizante en contacto con sus adversarios); luego en el hospital de Saint-Cloud en 1832 y en Tarbes en 1833 (dos cambios que llegaron ya demasiado tarde). Algo se había roto. El 2 de abril de 1834, cuando está a punto de aparecer el primer folleto sobre la Medalla, la llaman a la casa madre, en donde el enfrentamiento resulta fatal. Los Labouré son orgullosos. Tienen la sensibilidad viva y la palabra tan impetuosa como lacónica en las dificultades. Bajo el golpe de la injusticia María Luisa se ha endurecido. Ha perdido aquel impulso que da sentido a la vida y hace posible una vida austera y a veces heroica.

Los votos que pronuncia Catalina un año más tarde toman así un valor de relevo…, esperando el retorno. Porque Catalina reza con una tenaz esperanza. Si tantos milagros llegan cada día, desde hace 3 años, en la comunidad, ¿por qué no éste? Aquel choque no la ha quebrantado. Valiente por las dos, en esto, como en todo, sigue esperando la aurora.

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