Vida de Catalina Labouré (René Laurentin): 3. El seminario

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina LabouréLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: René Laurentin · Año publicación original: 1984.
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1. La llegada

Miércoles, 21 de abril de 1830. Los cascos de los caballos suenan sobre el pavimento de París, arrastrando el sordo ruido de las ruedas de hierro, como una especie de trueno, lejano y próximo.

Para Catalina la capital no es un descubrimiento. ¡Pero qué diferencia de la primera vez! Hacía dos años aquello era la cárcel, el destierro: lejos de su padre que la rechazaba, lejos del sueño que en ella había despertado san Vicente… Pero ya tenemos a su padre reconciliado con ella y abierta de par en par la casa de san Vicente. Los obstáculos se han venido abajo, lo mismo que las murallas de Jericó. Harta de dificultades. Catali­na saborea a pesar de la fatiga la victoria prometida a la fe que transporta las montañas.

París ya no será aquel restaurante, aquellas botellas, aque­llas bromas groseras de los obreros; será la oración, el silencio, el servicio a los pobres y a los enfermos. El sueño se hace realidad.

Le han dicho a Catalina que el período de formación era duro. Pero iba preparada para todo. Nada le pesa, sobre todo ahora cuando actúa según su corazón.

El viaje toca a su fin: ajetreo de caballos relinchantes y cocheros. Hay allí hermanas de la Casa-Madre vestidas como las de Chátillon: es la misma familia, el mismo calor. Las dos viajeras, la anciana y la joven reciben una misma acogida.

La calle del Bac

Recogen los bultos y el equipaje en un coche. Resuenan las ruedas bajo el pórtico del n. 132 de la calle del Bac; viene luego un segundo pórtico más adentro y finalmente se detienen en un patio rectangular. A la derecha se encuentra el edificio del reloj. A la izquierda está el edificio del seminario, con la campana que convocará a Catalina a los ejercicios de comunidad.

Conducen a Catalina por este segundo lado, al «Palacio de Chátillon», una extraña residencia para un noviciado. Aquella casa había sido concebida en el siglo XVII para servir de ostentosa residencia a la familia de La Valliére: las ventanas tienen una altura realmente desmesurada. En el lado opuesto al patio de entrada -el jardín- hay una doble escalinata de piedra con suntuosas balaustradas de hierro forjado, que con­ducen al rellano del primer piso: el de la superiora general. Las hermanas del seminario viven debajo, a ras de suelo, entrando por un vestíbulo directamente desde el patio. Viven con ciertas apreturas, ya que son 124 las que se reúnen para los ejercicios de comunidad y las comidas. De noche suben a los dormitorios, que se encuentran en el segundo piso con buhardilla, que se comunica por el desván con la capilla, entonces más baja que en la actualidad. También allí hay demasiadas personas acumu­ladas y a veces un calor sofocante.

Catalina cambia su traje de campesina, toquilla y dos ena­guas, por la cofia y el hábito de las hermanas del seminario. Aquí el traje no tiene importancia. El padre Vicente había querido que las hermanas vistieran como toda la gente, no la gente de mundo, sino el pueblo sencillo. Como suele suceder, el vestido fue evolucionando cada vez más hasta ser un hábito religioso. Catalina puede incluso extrañarse de diferencias que no existían en Chátillon: color y calidad de la tela varían de una hermana a otra. Algunas hasta parecen señoras por sus medias y zapatos. Se hacen unas «cornetas» enormes. Llevan «colletes» y dobladillos generosos, adornos de cintas y hasta de piel de castor y delantales de merino, mientras que otras hermanas han conservado su aire de mujeres de pueblo, mas próximo a lo que quena san Vicente.

Es el resultado de un relajamiento contra el que se lucha inútilmente en aquellos tiempos de «restauración». Esta palabra tiene a nuestros oídos cierto sentido de ñoñería y de facilidad: ¡la vuelta nostálgica a un pasado exhausto! De todas formas, la llama arde en el corazón de Catalina. Ella lo mira todo como nuevo, como la tierra prometida. Y no se detiene ante aquellas debilidades.

La joven granjera, que antaño tenía que disputar el tiempo para rezar a una vida agobiada y sin ocio, saborea ahora las vacaciones del espíritu y del corazón, ya que es Dios y la oración los que ocupan el primer lugar.

Apenas llegar recibe una noticia que viene a colmar sus deseos: el próximo domingo las reliquias de san Vicente van a ser solemnemente trasladadas desde Notre-Dame a San Lázaro. El arzobispo se las devuelve a los padres lazaristas. El mismo presidirá el cortejo. Asistirá también el rey, un personaje lejano y casi mítico. Las hermanas del seminario irán en la procesión. San Vicente renueva a sor Catalina la señal de que se acerque; y en esta ocasión no se le ocurre retroceder, como había hecho en Fain. Todo su ser se vuelca en esta cita: una fiesta en la que se espera una gran participación popular.

2.- Traslado de las reliquias de san Vicente

Vicente de Paúl había atravesado la Revolución sin eclipsar­se. Su prestigio de «padre de los pobres» era tan grande que por aquel entonces se compusieron himnos en los que su nombre se asociaba a los de Rousseau y Voltaire.

Más valía contar con su esplendor humanitario y tener a tales personajes consigo que contra sí.

Esto no había impedido que las dos comunidades fundadas por el fueran disueltas y perseguidas. Pero el comisario De­livry, encargado de desmantelar la iglesia de los lazaristas, les había entregado su cuerpo, que se conservaba intacto en la urna.

La traslación solemne que va a devolver el cuerpo de san Vicente a su casa comienza el 24 de abril, tres días después de la llegada de Catalina.

El día siguiente, domingo 25 de abril, a las nueve de la mañana, el nuncio apostólico monseñor Lambruschini celebra la misa mayor pontifical ante la urna, colocada sobre un estrado: es un pesado relicario de plata, de 7 pies de largo, realizado por Odiot por una suma de 40.000 francos. Una inmensa muchedumbre rodea al arzobispo y a los 12 obispos asistentes.

A las dos de la tarde, mientras se entonan las vísperas en Notre-Dame, empieza la procesión. La urna va rodeada de los padres de San Lázaro y los canónigos de la catedral metropolitana. Van a continuación los capellanes reales, los obispos y en último lugar el arzobispo, precedido de la cruz y de su estandarte, rodeado de asistentes con capas y seguido de altos funcionarios. Un pelotón de gen­darmes cierra el cortejo.

Pero también van en la procesión los huérfanos y los pobres, los que realmente contaban para san Vicente. No lo han olvida­do. Y forman una verdadera muchedumbre.

Estén también las hermanas del seminario: todo un bosque de 122 tocas blancas. Bajo una de ellas encontramos a Catalina, tan contenta de acompañar las reliquias del hombre de sus sueños y de su vocación. El gentío va aumentando, «deseoso de ver los restos tan preciados de aquel santo sacerdote que ha llenado esta gran ciudad de monumentos y de instituciones, creadas por su caridad para alivio de los desventurados», como dice enfáticamente el informe oficial.

Hasta las 6 de la tarde no llega la procesión a la calle de Sévres, a la iglesia de los padres lazaristas.

Así empezó, bajo los ojos maravillados de Catalina, aquella octava de celebraciones litúrgicas que, a partir del domingo 25 de abril vio desfilar a una gran muchedumbre y al rey Carlos por la capilla de los padres lazaristas. Las hermanas de la calle del Bac, que viven solamente a unos 300 metros de distancia, acuden todos los días. Entre ellas se encuentra nuestra joven hermana borgoñona, que celebrará su 24 cumpleaños el do­mingo 2 de mayo, el octavo día del traslado de las reliquias. Se siente libre como un globo al que hubieran cortado las amarras.

Catalina no referirá por escrito esta experiencia hasta 26 años mas tarde, por orden de su director. V lo hará con un estilo objetivo, sin lirismos… y sin ortografía. La sitúa precisamente en ese tiempo y en ese espacio nuevo en que «no es ya de esta tierra».

Se encuentra en un estado distinto. No se trata de un sueño. Podría hablarse de una visión a la que llega sobre las alas de un deseo exigente:

Le pedí a san Vicente todas las gracias que necesitaba, así como su protección para mis dos familias y para toda Francia. Me parecía que también ellas teman mucha necesidad de esas gra­cias.

Catalina piensa en las amenazas latentes de la revolución, pero sobre todo en el impulso espiritual que tantas oposiciones encontraba en aquel siglo.

3. Las apariciones (Abril-Diciembre 1830)

El corazón de san Vicente (55 abril-2 mayo 1830)

Fue de estos deseos de donde surgió el gran acontecimiento: En fin, le pedí a san Vicente que me enseñase todo Io que necesitaba pedirle con una fe viva. Y siempre que volvía de San Lázaro (en donde había visitado la urna), me sentía tan triste que me parecía encontrar de nuevo en la comunidad a san Vicente o por lo menos su corazón… Se me aparecía siempre que volvía de San Lázaro. Sentía el dulce consuelo de verlo en la capilla de la calle del Bac encima del relicario en donde estaban expuestas algunas pequeñas reliquias de san Vicente de Paúl.

Aquel pequeño relicario era una arqueta de metal con ventanillas de vidrio, que estaba colocado a la izquierda del altar mayor. La visión del corazón se produjo encima de este relicario:

Se me apareció tres veces distintas, tres días seguidos: el blanco color de carne anunciaba la paz, la calma, la inocencia y la unión. Luego lo vi de rojo como el fuego: es lo que tiene que encender la caridad en los corazones. Me parecía que toda la comunidad tenía que renovarse y extenderse liaste los extremos del mundo. Luego lo vi rojo obscuro y aquello me llenaba de tristeza el corazón. Sentía una tristeza que me costaba trabajo superar. No sabía ni por que, ni cómo: aquella tristeza se refería al cambio de gobierno.

Esta es la narración autógrafa de Catalina. Lo que conservó su memoria después de 26 años fueron tres visiones cuyos colores significaban para ella la inocencia, el amor y la prueba. Su confesor y el padre Etienne fecharon estas visiones, por confu­sión, en el mes de julio, cuando la fiesta (y no cuando el traslado de las reliquias) de san Vicente. Y las han estilizado en forma de díptico: primero una visión sombría y luego otra visión más clara, al revés de Catalina.

Según su interpretación, que circulaba ya desde 1833, 23 años antes de que Catalina pusiera por escrito su narración, la vidente no solamente percibió unos símbolos, sino que escuchó también unas palabras en su interior: para la visión sombría: «el corazón de san Vicente esta profundamente afligido por los males que van a caer sobre Francia»; para la visión mas clara: «san Vicente se siente algo consolado, ya que ha obtenido por intercesión de la santísima Virgen, que en medio de esos grandes males no perezcan sus dos familias».

Si leemos con atención los relatos de Catalina, esos mensajes explícitos sólo se le dieron más tarde, cuando la aparición de Nuestra Señora en la noche del 18 al 19 de julio, en la fiesta de san Vicente. Así se explica que Etienne y Aladel silenciaran esta aparición y situaran en esa lecha la visión del corazón de su fundador. Los documentos oficiales han sintetizado las predicciones que fue recibiendo progresivamente Catalina y que difundió confidencialmente, que tan gran estimulo dieron al renacimiento de las dos familias de san Vicente, antes de que se proclamaran bajo el generalato del padre Etienne. Esas prome­sas han adquirido un gran relieve, ya que no dejaron de verse confirmadas por medio de acontecimientos admirables, bien comprobados durante las agitaciones de aquel siglo: desde la resolución de julio de 1830 hasta la Comuna de 1871.

Para Catalina lo importante es este nuevo encuentro con san Vicente, con el que vuelve a «tropezar» seis años después del sueño de Fain. Pero esta vez está bien despierta.

Sin embargo, no exagera, sino que relativiza el signo que se concede percibir: Me parecía encontrar de nuevo a san Vicente, o por lo menos su corazón

No se trata del corazón de carne, que no estaba ni en la arqueta de la capilla ni en la urna de San Lázaro, ya que había sido separado como reliquia y había tenido un destino independiente. En 1790 el padre Cayla, superior general, lo había confiado a su asistente italiano, el padre Siccardi, que lo había trasladado oculto dentro de las tapas de un libro con las hojas recortadas hasta Turín. Después de algunas peripecias, la reliquia había vuelto a Lion por exigencias del cardenal Fesch, el 1 de enero de 1805. Catalina no sabe nada de aquella reliquia ausente. Pero insiste con razón en el carácter simbólico de la aparición: no se trataba de una pieza anatómica, sino de una imagen.

Los tres colores que menciona no tienen nada que ver con un colorido pintoresco y gratuito. Se trata de un mensaje con un hondo sentido. Catalina lo descifra con el vigor lacónico de las personas dominadas por una fuerte impresión.

La visión color carne señala no tanto un colorido como una dimensión de encarnación. Este color carne es el blanco, el color de la piel (no de la sangre), que significa «la paz, la calma, la inocencia y la unión». Catalina ha llegado a una comunidad que esta convaleciendo y renaciendo después de la hemorragia de la Revolución. No ha encontrado en ella todo aquel ideal que se habla forjado, sino una realidad un tanto apagada y a veces lastimosa. Sin embargo, la esperanza le impide enjuiciarla de forma negativa. Había entonces muchas cosas que reformar. Catalina lo dirá enseguida y los superiores lo han percibido ya. Pero la visión supera la realidad decadente con vistas a un futuro mejor.

El rojo de fuego de la segunda visión designa un ardor interior más bien que un color determinado. Lo que percibe Catalina es el resplandor que, desde Abrahan y Moises hasta Pascal, hace pronunciar la palabra luego para hablar de la proximidad de Dios. Ese fuego con que irradia el corazón de san Vicente «tiene que encender la caridad en los corazones».

Catalina no se refiere a los defectos más que en función de la necesidad de superarlos, tal cono se promete en la visión. La comunidad tiene que «renovarse», señala ella misma. es decir reformarse. Y esta esperanza se abre a todas las dimensiones del universo: Me parecía que toda la comunidad tenía que extenderse hasta los extremos del mundo.

Sin embargo, la tercera visión tiende al negro e inspira a Catalina una «tristeza» casi insuperable. ¿Se trata de una nueva revolución con sus muertos, como en 1793? Aquí la visión de Catalina se concentra simbólicamente en el anciano monarca. Quizás pudo verlo en la visita que hizo a la urna de san Vicente. Por lo menos, se enteró de que había participado en la celebración. En su universo jerárquico, en donde el soberano (sagrado por su unción) está en la cima, lo mismo que su padre en la granja, el papa en Roma y la superiora en la casa, aquel homenajee del rey a san Vicente tiene un sentido. La Restauración, que ha llegado a los últimos destellos del ocaso del sol, de un sol de invierno, sólo se presenta a sus ojos bajo la luz religiosa, antes de sumergirse en la noche de la nada. Catalina Laboure, una buena campesina del viejo pueblo de Francia, lo mismo que la Violaine de Paúl Claudel, concedía a aquel «go­bierno» el carácter de un signo sagrado. Veía en su caída un presagio siniestro: la corrupción del viejo mundo religioso al que pertenecía con todas las fibras de su ser, a pesar de ser hija de un padre que había ocupado cargos civiles durante la Revolución.

Ahora se siente portadora de un mensaje que la sobrepasa, pero que tiene que mantenerse en secreto entre ella y el cielo. Se aprovecha de la confesión semanal, seguramente el sábado 1 de mayo, para confiar ese mensaje al padre Aladel. Pero le resulta muy difícil expresar lo que ha percibido: un mensaje de amor, de promesas y de desgracias inminentes. Catalina no encuentra ningún eco al otro lado de la rejilla del confesionario. La silueta negra que divisa la atemoriza y la rechaza: «¡Otra novicia que se empeña en levantar el cuello y ponerse a cacarear! Piensa el confesor.

Le invita a que tenga calma y a que se olvide de lo que ha visto. «No escuche esas tentaciones (¿añadió: del demonio?) Una Hija de la Caridad esta hecha para servir a los pobres Y no para ponerse a soñar».

Catalina está totalmente de acuerdo en lo que se refiere al servicio. Pero este consejo le asusta, porque la verdad es que la visión redobla sus fuerzas para amar y para servir. Entonces, ¿por qué oponer una cosa a la otra? Pero acaba acogiendo, sin amargura, las consignas que se le dan: Mi confesor me ha tranquilizado todo lo posible, quitándome de la cabeza estas ideas.

¡Todo lo posible! ¿Pero es «posible» calmar los ardores que vienen de Dios? Y entonces se encierra en una oración sensata, austera, según las fórmulas oficiales y los ritos sacramentales. Ya no ve el corazón de san Vicente. Por encima del relicario de labrado metálico. Ya no está más que el cuadro de santa Ana, sentada en un sillón, con la virgen Marta de niña, puestas las manos en las rodillas de su madre, como si estuviera aprendien­do a leer.

Nuestro Señor en la eucaristía

Pero las cosas se complican de nuevo… De pronto, en la misa, la hostia se hace transparente, como un velo. Más allá de las apariencias de pan Catalina ve a Nuestro Señor. Aquello sucedió antes de que tuviera tiempo de resistir, tal como le había indicado su director. ¿Será acaso una ilusión? Catalina se aplica a este ejercicio crítico…, y ya no ve más que la hostia blanca en toda su desnudez. Pero cuando se deja llevar por su movimiento interior-cuando se pone a rezar de veras-, entonces la hostia te revela a quien oculta ordinariamente. No se trata de un sueño, ni de una exaltación, sino de una especie de acceso misterioso a la Realidad. Ella lo resume diciendo: Vi a Nuestro Señor en el Santisimo Sacramento… todo el tiempo de mi vida en el seminario, excepto cuando dudaba (es decir, cuando se resista): entonces, en este último caso, ya no veía nada, porque quería profundizar…, dudaba de este misterio y creía que me engañaba.

Lo mismo que san Pedro, cuando se hundía en el mar por dudar de la inverosímil posibilidad de caminar sobre las olas. El 6 de junio de 1830, día de la Santísima Trinidad, la visión se hace «negra», como el corazón de san Vicente dos meses antes. Catalina vuelve a utilizar la palabra «negra» para señalar el impactado de esta visión entristecedora: Nuestro Señor se me apareció como un Rey, con la cruz en el pecho, siempre en el Santisimo Sacramento… Era durante la misa, en el momento del evangelio. Me pareció que la cruz se caía del pecho a los pies de Nuestro Señor. Me pareció que Nuestro Señor era despojado de todos sus ornamentos. Todo se cayó a tierra. Fue entonces cuando tuve los pensamientos más negros y más sombríos.

Esta visión de los sufrimientos de Cristo en su cuerpo que es Ia Iglesia se forma sobre el modelo tan cercano de los mártires de la Revolución. La interpretación de Catalina se polariza en turno al rey de Francia. Los teólogos han hablado alguna vez de la unción real como de un octavo sacramento, para exaltar el título de representante de Dios que el apóstol Pablo atribuía ya a los soberanos paganos). Catalina distingue bien entre su visión y la aplicación que hace de al anciano rey, a quien vio casi agotado rindiendo homena­je a san Vicente en el pasado mes de abril.

«No sabría explicarlo», reconoce. «Pero tuve la sensación de que el rey de la tierra se perdería, es decir, sería destronado) y se vería despojado de su vestidura real».

Catalina intenta confiar sus «pensamientos» al padre Aladel, pero es inútil. El cielo sin embargo sigue haciéndole señales Irresistiblemente. El deseo de Dios, que había inspirado su vocación, sigue inflamando su realización.

Se siente feliz en el seminario: ágil moradora de los suburbios del cielo, lenta sin embargo al limpiar los corredores y los calderos. Un día accidentalmente, en el refectorio, se queda tan absorta después de una aparición, tan desconectada del mundo exterior, que sor Cailhot, la tercera directora, tiene que llamarle la atención: Sor Labouré, por favor, ¿está usted en éxtasis?

Sor Cailhot había dicho esto espontáneamente, sin sospechar nada. Era la fórmula habitual para sacar a una persona de su ensimismamiento. Sor Catalina no suele andar distraída. Y, entonces, se pone a comer como si no hubiera pasado nada. Ya no era necesario volver a llamarle la atención.

A principios de junio recibe una carta de su hermana mayor, enviada desde el sur del 25 del mes de María. María Luisa acaba de saber que Catalina ha ingresado finalmente en el seminario. Al principio se muestra un poco descontenta: Tu silencio desde el 4 de marzo me ha dado bastante preocupa­ción… Tenía pena por ti…

Pero dicho esto, su hermana se deja llevar de la alegría: Ya no siento ninguna pena y le doy gracias a Dios… Si no tienes nada especial que decirme, puedes aguardar algún tiempo a escribirme… Tu dicha será tan completa como es posible esperar­lo en este mundo, si eres dócil en escuchar los buenos consejos que no te faltaran. Espero que habrás perdido tu propia voluntad por el camino de Chátillon a París. Te felicito por ello. ¡No vuelvas va nunca a reclamarla! La de nuestros superiores vale ciertamente más que la nuestra. Piensa que ya no estás en tu casa, que ya no sabes hacer nada… En el seminario, mi querida amiga, es preciso hacer un buen acopio de todas las virtudes: sobre todo de humildad… No resulta difícil creerse la última de todas, cuando se piensa un poco…

Le da finalmente especiales recuerdos para la madre Marta, una de las lumbreras del noviciado: ¡Si supieras cómo nos gusta recordar sus santas instrucciones!

Una misión para Catalina (18 julio 1830)

Y es precisamente sor Marta la que da la plática en el seminario la tarde del 18 de julio de 1830, víspera de la fiesta de san Vicente. Evoca efusivamente la piedad del santo fundador para con la virgen María. Catalina se bebe sus palabras. Ella ha visto a san Vicente. Ha visto a Nuestro Señor… No ha visto a la santísima Virgen. ¡Y ahora se siente arrastrada por un nuevo impulso!: Me acosté con el pensamiento… de que aquella misma noche vería a mi buena Madre. ¡Hacía tanto tiempo que estaba deseando verla!

Sor Marta ha hecho un regalo a las novicias: un trocito del roquete p sobrepelliz que en otros tiempos usó san Vicente. Antes de dormirse se le ocurre una idea loca a Catalina. Corta en dos el trocito de tela y dice, sin rodeos, «me lo trague y me dormí con la idea de que san Vicente me alcanzarla la gracia de ver a la Santisima Virgen.

Prosigue sin transición alguna, con un «por fin» que traduce la secreta impaciencia de su espera: Por fin a las once y media de la noche, oí que me llamaban por mi nombre:

¡Hermana, Hermana!!

Al despertar, miré hacia el lado desde donde venia la voz, que era hacia el corredor. Abrí la cortina. Vi a un niño vestido de blanco, de unos 4 o 5 años, que me decía:

– Levantate enseguida y ven a la capilla; te está esperando la Santisima Virgen! Inmediatamente se me ocurrió un pensamiento: ¡Pero me van a oir!

Aquel niño me contestó (contesta a su pensamiento): No te preocupes: son las once y media y todo el mundo está bien dormido. Ven, te espero. Me vestí aprisa y me dirigía hacia donde estaba el niño, que se había quedado de pie, sin apartarse más allá de la cabecera de mi cama. Me siguió, o mejor dicho, le seguí yo a el, siempre a mi izquierda, dirigiendo rayos de claridad por todos los sitios por donde pasaba. Las luces se encendían por donde pasábamos y aquello me extrañaba mucho. Pero todavía me sorprendí más cuando entramos en la capilla… la puerta se abrió apenas la toco el niño con la punta del dedo.

Cuando cuenta ingenuamente su aventura. Catalina esta segura de que no hacia más que repetir lo que le había ocurrido a San Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, cuando fue liberado de su prisión: «Durante la noche…, el ángel del Señor le mandó levantarse… Por sí sola la puerta se abrió ante ellos. Creía que estaba soñando»… continua: Pero mi sorpresa fue todavía mayor cuando vi todas las velas y los hachones encendidos, lo cual me recordaba la misa de media noche. Sin embargo, no veía a la santísima Virgen. El niño me condujo hasta el presbiterio, al lado del sillón del padre direc­tor. Y allí me puse de rodillas: el niño se quedó de pie todo el tiempo.

Como iba pasando el tiempo, miré a ver si las veladoras pasaban acaso por la tribuna. Por fin llego la hora y el niño me aviso. Me dijo: Ya viene la virgen. ¡Aquí está! Oí una especie de ruido…. como el roce de un vestido de seda, que venía de la tribuna, del lado del cuadro de san José, que venia e colocarse sobre las gradas del altar, por el lado del evangelio en un sillón parecido al de santa Ana.

Sin embargo, no era santa Ana la que estaba en el sillón, sino solamente la virgen María…. No era la misma figura de santa Ana… Dudaba de si seria la Santisima Virgen. Pero el niño que estaba allí me dijo: Esta es la Santísima Virgen!

En aquel momento me sería imposible decir lo que sentía, lo que ocurría dentro de mí. Me pareció que no veía a la santísima Virgen.

Todo este comienzo tiene las apariencias de un sueño, lo mismo que la liberación del apóstol san Pedro en los Hechos, que creía estar soñando, pero el relato está esmaltado de detalles realistas que no acaban de cuadrar con un sueño. Catalina tiene miedo de que pasen por allí las veladoras que circulan de noche por la tribuna lateral. Duda de la identidad de la Virgen. También Bernadette dudará al comienzo de la primera apari­ción, al observar cómo no se mueven los árboles a pesar del extraño golpe de viento. Catalina, de pie en el coro, a la izquierda, delante del comulgatorio, observa atentamente el sillón en el que se sienta la visitante delante de ella, sobre las gradas del altar. Es un sillón parecido al del cuadro que está colgado encima del relicario de san Vicente, en el que está sentada santa Ana enseñando a leer a su hija, la virgen María. Si no es santa Ana la que está sentada, será necesariamente la Virgen, que esta de pie en el cuadro de santa Aria ¿Se habrá sentado en el sillón de su madre?

El niño repite: ¡Esta es la santísima Virgen!

Pero Catalina no se decide. Permanece a distancia, junto al sillón del padre Richenet, colocado allí para la celebración de la misa mayor del día de san Vicente.

Fue entonces cuando me habló el niño, pero no cono un niño, sino como un hombre, en voz alta y con palabras más fuertes. Entonces, mirando a la Virgen, di como un salto hacia ella, de rodillas sobre las gradas del altar, con las manos apoyadas en las rodillas de la santísima Virgen.

Así pasaron unos momentos, los mas dulces de mi vida. Me seria imposible decir lo que sentía. Ella me dijo cómo tenía que portarme con mi director y algunas otras cosas que no debo decir: la forma de portarme en medio de mis penas.

La Virgen le señala «con la mano izquierda el pie del altar». Allí es donde tengo que ir «a echarme… a expansionar mi corazón», continúa Catalina.

Recibiré todos los consuelos que necesite… Le pregunte que significaban todas las cosas que había visto… Y me las explico todas.

¿Oué explicaciones escuchó Catalina durante aquel encuen­tro tan íntimo, en contacto con Nuestra Señora: Intentó trans­cribirlo al final de su vida, 46 años después de la aparición, el 30 de octubre de 1876, por dos veces. Ofrecemos la versión mas completa posible comparando las dos redacciones.

Hija mía. Dios quiere encargarte de una misión? Tendrás muchas dificultades pero las superarás todas pensando quelo haces por la gloria de Dios. Conocerás lo que es Dios. Te sentirás atormentada hasta que se lo hayas dicho a aquel que esta encargado de dirigirte. Te contrariarán. Pero recibirás la gracia necesaria. Dilo todo con confianza y sencillez. Ten confianza. No temas. Verás algunas cosas. Da cuenta de ellas (es decir), de lo que veas y de lo que oigas.

Lo que Catalina tendrá que decir con confianza son las visiones y las palabras que recibirá. Será la Medalla que pronto tendrá que hacer acuñar. La aparición concluye: Serás inspirada en la Oración. Da cuenta de ella.­

Esta promesa de asistencia va acompañada de un anuncio de desventuras: Serán malos tiempos. Las desgracias vendrán a caer sobre Francia. EI trono será derribado. El mundo entero se hundirá en desgracias de todas clases (la santísima Virgen tenía el rostro muy apenado cuando decía esto). Pero venid al pie de este altar. Aquí se derramarán gracias sobre todas las personas que las pidan con confianza y fervor, grandes y pequeños. Se derramarán particularmente las gracias sobre las personas que las pidan. Hija mía, me complazco en derramar gracias sobre la comunidad en particular. La quiero mucho, afortunadamente.

Sin embarqo, tengo una pena. Hay muchos abusos contra las reglas. No se observan las reglas. Hay una gran relajación en las dos comunidades. Díselo al que esta encargado de vosotras, aunque no sea el superior. Le encargarán de forma especial de unas funciones en la comunidad. Tiene que hacer todo lo posible para poner de inicio con rigor la regla. Dile de mi parte que cuide de las malas lecturas, de la pérdida de tiempo y de las visitas.

Cuando la regla vuelva a estar en vigor, habrá una comunidad que venga unirse a la vuestra. No suele sor ordinario. Pero yo la quiero… Dile que se la reciba. Dios las bendecirá y gozarán de una gran paz.

Fue en 1850 cuando se realizó esta predicción: entraron dos comunidades en la familia de san Vicente: la de las hermanas de la Caridad, fundada por Elisabeth-Ann Seton (que llegaría a ser la primera santa canonizada de los Estados Unidos) y la de las hermanas de la Caridad de Austria, fundada por Leopoldina de Brandis.

La comunidad gozara de una gran paz. Se hará grande, concluyó nuestra Señora.

Y a continuación prosigue con el anuncio de calamidades inminentes: Vendrán grandes desgracias. Será grande el peligro. Pero no temáis: di que no tienen nada quo temer. La protección de Dios estará siempre sobre vosotras de una forma muy especial y san Vicente protegerá a la Comunidad (la santísima Virgen seguía estando triste). Yo misma estaré con vosotros. Siempre he velado sobre vosotros. Os concederé muchas gracias. Llegará un momento de gran peligro. Se creerá que todo está perdido. ¡Pero yo estaré entonces con vosotros!

Tened confianza. Conoceréis mi visita y la protección de Dios y la de san Vicente sobre las dos comunidades. ¡Tened confianza! No os desaniméis. Yo estaré, con vosotros. Pero no pasará lo mismo en otras comunidades. Habrá víctimas (la Santísima Virgen tenía lágrimas en los ojos cuando decía esto). Entre el clero de París también habrá víctimas: el señor arzobispo (al decir esta palabra lloro de nuevo) morirá.

Esta predicción no se realizó en 1830. Tampoco se trata de la muerte de monseñor Affre, muerto en las barricadas de junio de 1848. El autógrafo de Catalina señala la fecha: 40 años después de la visión de 1830. Se trata por tanto de la muerte de monseñor Darboy en 1871. Desgraciadamente Catalina no consignó por escrito esta interpretación hasta 1876, post fac­tum; pero se acuerda de que se lo había dicho al padre Aladel mucho antes, pues indica: Al oír estas palabras, pensé: ¿Cuando será esto?: Y comprendí muy bien que sería a los 40 años. (La segunda redacción añade: «y 10 años después de la paz»)

A propósito de esto el padre Aladel me dijo: ¿sabemos si estará usted y yo también? Yo le respondí: Si no estamos nosotros, habrá otros.

La aparición insistió en las desgracias próximas: Hija mía, despreciarán la cruz. La tirarán por el suelo. Correrá sangre. Abrirán de nuevo el costado de Nuestro Señor. Las calles se llenarán de sangre. El señor arzobispo será despojado de sus vestiduras (aquí la Santísima Virgen ya no podía hablar y tenía la pena dibujada en su rostro):

-Hija mía -me decía-, el mundo entero se llenará de tristeza.

Finalmente la visión comienza a comunicar a Catalina cier­tos proyectos que se irán precisando más adelante: la nueva asociación de hijas de María que tendrá que fundar su confe­sor:se celebrara allí con «gran pompa» el mes de María y el de san José: «habrá mucha devoción al Sagrado Corazón».

Volvamos aquí al autógrafo de 1856, en donde Catalina narra el final de la aparición: estuve allí no sé cuánto tiempo. Todo lo que sé es que cuando ella se marchó, solo me di cuenta de que se apagaba algo y finalmente solo hubo una sombra que se dirigía al lado de la [futura] tribuna [de la derecha]», por el mismo camino por donde había llegado. Me levanté de las gradas del altar y vi al niño en el sitio en donde lo había dejado. Me dijo: Se ha marchado.

Volvimos por el mismo camino, siempre iluminado por todas partes. El niño iba siempre a mi izquierda. Creo que aquel niño era mi ángel de la guarda, que se había hecho visible para hacerme ver a la santísima Virgen, porque yo le había rezado mucho que me obtuviera aquel favor. Iba vestido de blanco, llevando una luz milagrosa consigo, es decir, que iba resplande­ciente de luz: su edad de 4 a 5 años.

Al regresar a mi cama eran las dos de la mañana. Oí sonar el reloj. No pude volver a dormirme. Aquella larga vigilia, lúcida hasta el amanecer, demuestra a Catalina que no estaba soñando.

No tardó en comunicar su mensaje al padre Aladel,ya que siente vivamente lo que le había dicho la Virgen: «Te sentirás atormentada hasta que se lo hayas dicho todo a aquel que está encargado de dirigirte».

El relato es mal acogido. El padre Aladel no ve en él más que «ilusión» e «imaginación». No cabe duda de que las peticiones relativas a la reforma de las dos familiascoinciden con sus preocupaciones evangélicas y radicales. El es una de las jóvenes esperanzas en quien se empieza a confiar para reorientar la Compañía. Pero se dice: ¿cómo se mezcla en ello esta joven Hermana? Le choca la perspectiva de tener que meterse a fundador. ¿Ganas de adularle con el señuelo de una misión? Finalmente, aquella profecía tenebrosa sobre una nueva revolu­ción le parece inverosímil. El traslado de las reliquias de san Vicente ha puesto de relieve el gran fervor del pueblo, y la rápida conquista de Argel «promete para Francia una gran prosperidad», según se imagina.

Pero en contra de estos pronósticos optimistas lo cierto es que la revolución estalla antes de finales de mes, el 27-29 de julio. Las «tres gloriosas» hacen realidad a la vez la caída del trono y los sangrientos disturbios, paradójicamente anuncia­dos. Así es como lo comprendió el padre Etienne: Las iglesias son profanadas, las cruces derribadas, las comunida­des religiosas asaltadas, devastadas y dispersadas; los sacerdotes son perseguidos y maltratados. El mismo arzobispo de París es objeto del furor del populacho, obligado a disfrazarse y a ocultar­se (despojado de sus vestiduras, decía Catalina). Se diría que estamos volviendo a los peores días de 1793.

Lo que se comprueba ciertamente, más aún que las violen­cias anunciadas, es la protección de los lazaristas y de las hijas de la Caridad. Las amenazas parecen detenerse en la puerta de sus casas. Una banda de jóvenes amotinados de 12 a 14 años asaltan gritando la casa de los lazaristas del n.° 9 5 de la calle de Sévres: ¡Hemos visto que entraban armas!

«Un buen padre, todavía con sotana, que no había querido disfrazarse como los demás», sale a hablarles con calma: -Hijo mío ¿queréis ver mis armas? le dice al jefe de la pandilla.

-Sí, señor: enséñenoslas.

El padre abre «su breviario», les enseña sus estampas, que tienen la suerte de interesar al joven interlocutor.

-¿Quieres una?, les dice el padre.

Le dio una y el muchacho se marchó, victorioso, con su estampa. Toda la pandilla lo siguió.

Otro día vinieron también a arrancar la cruz que estaba en el frontispicio de la fachada. Pero el coraje y la energía del padre Etienne les hizo marchar enseguida. Desde aquel día, ya no ocurrió nada más. Nada vino a turbar la tranquilidad de la casa, cuenta sor Pineau que reconoce en ello una manifestación de las promesas hechas a Catalina.

Catalina había llegado incluso a detalles que habían pareci­do absurdos: «Un obispo perseguido encontraría asilo entre los lazaristas». Aquel parecía el menos indicado de los refugios. Pues bien, resultó que un arzobispo, monseñor Frayssinous, ministro de cultos bajo Carlos X, vino a pedir hospitalidad al Padre Salhorgne, superior general, que creyó más seguro en­viarlo a Saint-Germain-en-Laye.

Bajo la impresión de estos acontecimientos y sorpresas, Aladel escucha a Catalina con mayor interés durante aquellos tiempos agitados, pero «sin darle a entender que concedía la más mínima importancia a sus visiones». Después de la tormenta Catalina vuelve a las confesiones normales; sus faltas ordina­rias, cuya importancia exageran su contrición y su humildad. Esto le hace esperar al confesor que aquella joven hermana volverá pronto a ser una penitente sin historias ni visiones.

La Medalla

Pero ¿ya se ha acabado todo? No. Cuatro meses más tarde se acerca trayendo una consigna muy concreta: mandar acuñar una medalla con la efigie de la inmaculada, a la que ha visto irradiando los dones de Dios.

Aquél día se sintió de nuevo llena de un «gran deseo de ver a la Santísima Virgen», un deseo que venía desde muy lejos.

Yo creía que ella me concedería aquella gracia y aquel deseo era tan fuerte que tenía la convicción de que la vería con su belleza más esplendorosa. Y ví a la santísima Virgen a la altura del cuadro de san José…, de pie vestida de blanco, de mediana estatura, con la figura tan bella que me sería imposible decir su hermosura.

Llevaba un vestido de seda blanca aurora.

Esta vez la aparición no se produjo de noche, sino «a las cinco y media de la tarde, el 27 de noviembre, durante la oración, después de los puntos de la meditación, en medio de un profundo silencio»: no ya cerca del altar mayor, como la apari­ción del sillón, sino a la derecha, del lado del cuadro de san José. Catalina no tuvo necesidad de desplazarse. La vio desde su sitio -delante, a la derecha- donde estaba meditando, entre Ias filas apretadas de las hermanas, sin que nadie se diera cuenta de ello. Confió también esta visión al padre Alabel en el secreto del confesonario. He aquí lo que él recogió y difundió: La novicia vio en la oración un cuadroque representaba a la santísima Virgen, tal como se la representa de ordinario bajo el título de la Inmaculada Concepción, en pie y extendiendo los brazos. Iba vestida con un vestido blancoy un manto de color azul plateado, con un velo aurora. De sus manos salían como una especie de haces de rayos de un resplandor deslumbrante. La hermana oyó en aquel mismo instante una voz que decía: Estos rayos son el símbolo de las gracias que María alcanza a los hombres.

Y alrededor del cuadro leyó con caracteres de oro la siguiente invocación: iOh. María, sin pecado concebida! Ruega por nosotros que recurri­mos a ti!

El autógrafo de Catalina concreta más sus sentimientos de entonces: No sé expresar lo que sentí y lo que vi: la belleza y el resplandor, Ios rayos… Yo derramo estas gracias sobre las personas que me las piden (oyó Catalina). Ella me hizo comprender cuánto le agrada que se rece a la Sma. Virgen y cuán generosa se muestra con las personas que se encomiendan a ella. ¡Cuántas gracias concede a las personas que se lo luden y cuánta alegría siente al concedérselas! En aquel momento no sé si estaba o no estaba; lo cierto es que gozaba. No lo sé…

Aladel continúa su relato en términos que coinciden lacónicamente con los de Catalina: Unos momentos más tarde, aquel cuadro se volvió y en el reverso distinguió la letra M coronada con una pequeña cruz y debajo los sagrados Corazones de Jesús y de María.Después de que la hermana hubiera observado en todo aquello, la voz le dijo: hay que acuñar una medalla según este modelo,y las personas que la lleven bendecida y que recen con piedad esta breve oración, gozarán de una protección muy especial de la Madre de Dios.

Así es como contará más tarde Aladel esta aparición. Pero de momento la acoge con desconfianza. Aquella vuelta de apariciones es mala señal.

¡Pura ilusión, responde!. Si usted quiere honrar a Nuestra señora, «imite sus virtudes» y guárdese de las imaginaciones.

Catalina se retira, aparentemente tranquila, «sin preocuparse más» ­constata el confesor. Pero esto se debe sobre todo al dominio sobre sí misma y a la gracia prometida, ya que el choque ha sido duro. Aliviada de haberse atrevido a hablar, intenta ahora obedecer.

Aladel se interesó tan poco por aquel mensaje que no se acordó nunca de la fecha de aquella primera aparición: 27 de octubre. Catalina la recordará mucho más tarde, en 1841.Tampoco se preocupó de contar los días transcurridos desde el acontecimiento hasta que Catalina vino a comunicárselo. Lo importante para él era invitarla firmemente a no volver sobre ello.

Última aparición (diciembre 1830)

Pero he aquí que en diciembre vuelve a ver aquel cuadro. Más tarde escribirá ella misma el relato de esta «tercera aparición de Nuestra Señora»: la segunda y última de la medalla. No «indicó el tiempo», es decir, la fecha.

Lo mismo que el 27 de noviembre es a las cinco y media de la tarde, después de los puntos de meditación… Y empieza con la misma señal: el roce de un vestido de seda. Hay algunas diferencias: viene no del lado de la tribuna, sino de detrás del altar. Y el «cuadro» de la medalla se presenta, no ya «a la altura del cuadro de san José», por la derecha, sino en el centro: «cerca del sagrario», un poco hacia atrás.

El mismo vestido -«a la Virgen», como dice Catalina-, «color de aurora»; el mismo «manto azul». Los «cabellos parti­dos sobre la frente y aplastados sobre los lados cubren una especie de toquilla, guarnecida de una puntilla de unos dos dedos de ancha», indica minuciosamente en términos análogos a los que empleó para la aparición del 27 de noviembre. Los rayos que brotan de sus manos «llenaban toda la parte inferior de manera que no se veían los pies de la santísima Virgen». Como la última vez, se hizo oír «una voz» en el fondo del «corazón»: Estos rayos son el símbolo de las gracias que la santísima Virgen alcanza para las personas que se lo piden.

La aparición tiene el carácter de una despedida. Y Catalina, cuya época de seminario está para acabar, recibe este mensaje: Ya no me verás más, pero oirás mi voz durante tus rezos. Así pues, es el final de las visiones. Todas ellas tuvieron lugar en la capilla de la calle del Bac. Solamente las prolon­garán las comunicaciones o las inspiraciones interiores

Vemos, pues, a Catalina puesta entre la obligación de comu­nicar la indicación que le ha renovado la Virgen y la obediencia a su director que no quiere oír hablar de esas «imaginaciones». Ella pone en primer lugar a la obediencia terrena, puesto que Nuestra Señora no ha urgido nada.

4.- Toma de hábito

Final del seminario

El 30 de enero de 1830 termina el período de seminario. Catalina toma el hábito.

Al día siguiente deja el seminario.

Primera alerta

Antes de dirigirse a su nuevo destino, pasa algunos días en una casa de nuestras hermanas, cuenta sor Pineau en marzo de 1877.

Esta corta etapa parece haber sido prevista por Aladel para examinar a Catalina… «Buscó un pretexto para ir a visitar a las hermanas de aquella casa». Ya había empezado a circular el rumor de las visiones del corazón de san Vicente, aureoladas por la admirable protección experimentada por las hermanas du­rante la revolución de julio. «Se sabía que el padre Aladel había recibido ciertas confidencias. Apenas se presentó, las hermanas lo rodearon y empezaron a hacerle preguntas». El tenía los ojos bien abiertos. Catalina se sentía más provocada que él mismo. Está inquieto. ¿Se va ella a traicionar?

¡No! «Sin desconcertarse», ella es «la más dispuesta a mez­clarse en todas las preguntas, tranquilamente y sin descubrirse de ninguna manera». El confesor queda impresionado. La que había sido acogida con tanta severidad acaba de marcarse un punto (sin haber dejado que se advierta nada). Aquella joven hermana, que había llegado hasta él desde la sombra, toda llena de ilusiones y de mensajes inoportunos, era por consiguiente ajena a toda ostentación, soberanamente dueña de sí misma y de mantener el secreto. Había allí una especie de carisma. Aladel ignoraba por aquellas fechas la segunda y última apari­ción de la Medalla. Catalina, obediente, no se había atrevido a hablarle de ella. Su impresión viva de aquel día es que «la Santisima Virgen ayudaba a la hermana a mantener su secreto y que ese secreto le era agradable»

Sor Marta Velay, la primera directora, no había adivinado evidentemente nada cuando al final del seminario entregó este informe que subraya el carácter ordinario y común de Catalina: Fuerte, estatura mediana. Sabe leer y escribir para ella. Parece de buen carácter. Ingenio y juicio poco brillantes. Suficientes recursos. Piadosa, se esfuerza en la perfección.

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