Es común que los especialistas de San Vicente de Paúl afirmen que él no escribió nada de manera metódica. Y tienen razón. Este santo no sintió la necesidad de la sistematización. Él es más animador que catedrático. Su gran libro de cabecera es el de la experiencia. Vive los acontecimientos, observa a las personas, ve las situaciones de desamparo y comparte con sus interlocutores y destinatarios aquello que experimenta y que le impulsa a la acción, pues es ante todo y sobre todo un hombre de acción. «Totus opus nostrum in operatione consistit» (XII, 41).1 No obstante, sabe trasmitir una doctrina y tornarse maestro. Sólo por los suyos. Debemos prestar mayor atención cuando se entrega a esta tarea de enseñar. En este sentido, San Vicente habla más que lo que escribe.
Un libro manual (de 10.5 cm. por 5 cm. aproximadamente) es la excepción y propone una mirada más elaborada y organizada: se trata del folleto de las «Reglas Comunes de la Congregación de la Misión».2 San Vicente las hizo vivir, experimentar durante 33 años antes de escribirlas y de distribuirlas a sus cohermanos el 17 de mayo de 1658, en el transcurso de una memorable conferencia (SV XII, 1-14; ES XI, 321-331), en la que cuenta, por otra parte, la historia de su impresión. Incluso cuando se decide a publicarlas, a plasmar su pensamiento a través de la imprenta. San Vicente lo hace solamente después de haberlo verificado en la práctica. La vida se debe, en suma, confirmar lo escrito. Esta es una constante en él, una regla de oro. El pequeño libro de las Reglas ha llegado a convertirse hoy en fuente de las nuevas Constituciones de la Congregación de la Misión y ofrece un documento de 12 capítulos con algunos parágrafos cada uno.3 El capítulo II es particularmente importante en lo que se refiere a la espiritualidad vicentina. Aborda las máximas evangélicas, desde las actitudes espirituales hasta las manifestaciones concretas, de las que el discípulo se debe revestir para ser verdadero y buen misionero. «Las enseñanzas de Cristo no pueden engañar nunca, mientras que la doctrina del mundo es siempre falaz».4 San Vicente propone «la búsqueda del Reino de Dios» en el culto y la confianza a la Providencia, por el cumplimiento en toda ocasión de la «voluntad de Dios», el cultivo de la sencillez y la prudencia, la práctica de la mansedumbre, la humildad, la mortificación de «la propia voluntad; la renuncia a los juicio propios y a todos los sentidos», «al afecto desordenado hacia los parientes»; el cultivo de la virtud de la indiferencia, la búsqueda de la unión practicando una cierta «uniformidad», la realización de «actos de caridad», la aceptación gozosa de las calumnias.
En síntesis, se trata de hacer todo lo posible «por guardar todas estas máximas evangélicas, como santas y útiles, asumiendo de entre ellas aquellas que nos son recomendadas, especialmente la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por las almas«.5
He aquí las «virtudes fundamentales». San Vicente señala particularmente en este punto que «La Congregación ha de empeñarse muy cuidadosamente en ellas, pues estas cinco virtudes son como las potencias del alma de la Congregación entera, y deben animar las acciones de todos nosotros».6
Las Constituciones de 1980-1984 resumieron con mucho acierto lo esencial de lo que contiene este Capítulo II pero lo condensan en sus fuentes explícitas. Tenemos pues allí lo mejor de la tradición vicentina.
Las cinco virtudes no constituyen todo el espíritu de la misión pero sí son la consecuencia directa: de ellas emana el perfil del misionero. Esta observación es importante. En los textos de sumo valor, en las obras de personalidades importantes, en los compendios interesantes, se creyó que teníamos el resumen del espíritu vicentino. Este planteamiento es falso y tenemos que situar bien estas virtudes dentro del contexto de una espiritualidad que va más allá. La tendencia que tenemos de simplificar las cosas puede resultar peligrosa con el tiempo. Nos encontramos un ejemplo en el fin de la Congregación de la Misión. Se han tenido muchos meses de reflexión personal y comunitaria, un intenso trabajo durante dos meses de verano en dos años, precedidos de cinco años de idas y venidas entre una Comisión Central y las comunidades hasta llegar al célebre texto del parágrafo 1 de las Constituciones: «El fin de la Congregación de la Misión es seguir a Cristo evangelizador de los pobres. Este fin se logra cuando sus miembros y comunidades, fieles a San Vicente:
- procuran con todas sus fuerzas a revestirse del espíritu de Cristo (RC I, 3), para adquirir la perfección correspondiente a su vocación (RC XII, 13);
- se dedican a evangelizar a los pobres, sobre todo a los más abandonados;
- ayudan en su formación a clérigos y laicos y los llevan a una participación más plena en la evangelización de los pobres».
Ahora bien, en la práctica se entiende que una condensación abusiva se haya hecho en el transcurso de los años: «¡La Congregación existe para los pobres!». Esto es tan verdadero como falso. La Congregación tiene preferencia por los pobres sin dejar de atender su evangelización. Su verdadero fin se enuncia de otro modo: el fin de la Congregación de la Misión es «seguir a Cristo, evangelizador de los pobres» y toda su vida y la de cada uno de sus miembros implica una imitación de Cristo. Imitación al estilo beruliano que supone una configuración incluso en la acción misionera. El P. Bernard Koch nos indica lo esencial de estas afirmaciones:
«Para expresar estas dos maneras, Bérulle utiliza frecuentemente dos palabras que se encuentran algunas veces en la Biblia (en latín): ‘adherir’, en Deut 11,22; 13,4; 30,29; Sal 72(73), 28; 1 Cor 6,17; y el sustantivo ‘adherencia’ e ‘imitar’, cuatro veces en San Pablo: 1 Tes 1,6; 2 Tes 3,7; 1 Cor 4,16 y 11,1. Según Bérulle, ‘imitar’ e ‘imitación’ suelen aparecer frecuentemente como ‘adherir’ y ‘adherencia’ en los índices de los diversos volúmenes».7
Tenemos que asimilar la realidad exigente de la imitación de Cristo que nos viene probablemente de Tomás de Kempis, el autor del libro la «Imitación», que Bérulle interpone: «San Vicente cita y recomienda la lectura de la Imitación de Cristo, pero utiliza también ‘imitar’ e ‘imitación’ en el espíritu de Bérulle. Todo como él, el Sr. Vicente contempla la imitación de Jesús sobre todo en sus virtudes, en la vida interior y en la renuncia, mucho más que en sus actividades de curaciones y de predicación, que seguirá más fácilmente si nosotros nos dejamos llenar del espíritu, de las disposiciones, de las situaciones (estados de ánimo) de Jesús».8
La primera insistencia de la Congregación es de orden místico, en cuanto que cristológica; olvidarlo conlleva el grave peligro de disgregación y de empobrecimiento espiritual. San Vicente lo sabía muy bien, hasta el punto de combatir cualquier falsificación: «Nuestra vocación es una continuación de la suya (de Jesucristo), o, al menos, puede relacionarse con ella en sus circunstancias. ‘¡Qué felicidad, hermanos míos!’. ‘Y también cuánta obligación de aficionarnos a ella’.
Por lo tanto, un gran motivo que tenemos es la grandeza de la cosa: dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres. ¡Qué grande es esto! Y el que hayamos sido llamados para ser compañeros y para participar en los planes del hijo de Dios, es algo que supera nuestro entendimiento. ¡Qué! ¡Hacernos…, no me atrevo a decirlo… sí; evangelizar a los pobres es un oficio tan alto que es, por excelencia, el oficio del Hijo de Dios! Y a nosotros se nos dedica a ello como instrumentos por los que el Hijo de Dios sigue haciendo desde el cielo lo que hizo en la tierra. ¡Qué gran motivo para alabar a Dios, hermanos míos, y agradecerles incesantemente esta gracia!» (Sobre el fin de la Congregación de la Misión el 6 de diciembre de 1658. SV XII, 80; ES XI, 387).
Es oportuno recordar esto para poder responder a la amable invitación del director de Vincentiana, de hablar acera de:
- ¿Cuál es el espíritu de la Misión?
- ¿Cuál es el contenido de las cinco virtudes?
Estos son dos momentos de este estudio, ambos de suyo son complementarios.
Otros se encargarán de decir cómo se pueden actualizar y, sobre todo, cómo se podrán vivir hoy.
I. EL ESPIRITU DE CRISTO, EL ESPIRITU DE LA MISION
Ya se afirmó con énfasis que no existe en San Vicente la mínima intención de elaborar un tratado de espiritualidad. Un lector atento y detallista podrá encontrarse con ciertas constantes en la vida de San Vicente, en sus cartas y conferencias. Hay en él unas convicciones fuertes que generan un pensamiento, al cual podemos, sin traicionarlo, darle organización y cuerpo.
a) Cristo, enviado y servidor del Padre
A partir de la experiencia de Folleville y de Châtillon y de las dos realidades que refuerzan y dan cohesión a su acción, «la Misión y la Caridad», San Vicente se vuelve hacia Cristo, Misionero y Servidor. Es Cristo el que está en el centro de su vida. Lo irradia, lo estimula y, sobre todo, lo hace sujeto de imitación.
San Vicente presenta a Cristo como Él mismo se presenta en el evangelio: «el evangelizador de los pobres», «el Misionero de los pobres», «el Enviado del Padre». Se trata del texto de Isaías (61,1) retomado por Lucas (4,18). En los textos poseemos San Vicente recuerda 18 veces este episodio neotestamentario y lo relaciona con la fundación de la Congregación de la Misión: «Me ha enviado a evangelizar a los pobres» (SV XI, 32; ES XI, 725; SV XI, 108; ES XI, 34; SV XI, 135; ES XI, 56; SV XI, 315; ES XI, 209; SV XII, 3; ES XI, 323; SV XII, 79; ES XI, 387; SV XII, 90; ES XI, 395; SV XII, 367; ES XI, 639). El Señor ha recibido la misión de llevar la Buena Nueva que libera y, en consecuencia, el misionero hace lo mismo: «Nuestra finalidad es trabajar por la salvación (de los pobres), a imitación de Nuestro Señor Jesucristo, quien es el único verdadero Redentor y que cumplió perfectamente ese nombre afable de Jesús, es decir de Salvador… Mientras vivía en la tierra, tenía todos sus pensamientos hacia la salvación de los hombres; y continúa todavía con los mismos sentimientos, porque es allí en donde encuentra la voluntad del Padre».9
La misión de Cristo se inscribe en el corazón de la conciencia de Vicente e impulsa todas sus energías. Jesús es el enviado del Padre; en consecuencia nosotros somos sus nuevos enviados. Según el P. Morin, excelente lector y actualizador de nuestro fundador, Jesús es el misionero-tipo10 que San Vicente encuentra cada día en el ejercicio de su ministerio, a quien sigue como el evangelizador de los pobres en el sentido de la «sequela Christi»; de ahí el maravilloso compendio que supo acuñar como contraseña a sus misioneros: «Jesucristo es la Regla de la Misión» (SV XII, 130; ES XI, 429).
Jesucristo es también Servidor. No se limitó a predicar a los pobres, sino que también los sirvió. Esta segunda misión de Cristo se verifica en la escena del lavatorio de los pies. En la cual Jesús se pone de rodillas delante de sus apóstoles y pronuncia el famoso «exemplum dedi vobis» (Jn 13,15). Cristo entrega a los misioneros una misión que no es secundaria sino esencial. Se trata de vivir la cotidianidad de Mt 25,31-46, cuyo núcleo se encuentra en el célebre versículo 40, eminentemente vicentino: «Todo lo que hagan al más pequeño de entre ustedes, a mí me lo hacen».
San Vicente exhorta vehementemente a los misioneros a trabajar de esta manera en la famosa conferencia del 6 de diciembre de 1658, que bien puede llamarse «Conferencia-testamento»:
«Si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás… Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que nuestro Señor practicó y tienen que practicar los que lo representan en la tierra, por su cargo y por su carácter, como son los sacerdotes» (SV XII, 87-88; ES XI, 393-394).
A las Hijas de la Caridad, les explica por eso: «Los pobres son nuestros señores. Sí, hermanas mías, son nuestros amos» (SV IX, 119; ES IX, 125). Retoma la fórmula de los Votos de las Hospitalarias de Italia como fórmula de referencia, que dice textualmente: «Yo hago voto… de servir a nuestros señores los pobres» (SV IX, 25; ES IX, 42).
Este mismo cariz se encuentra en sus conferencias a los misioneros, como se puede leer en el siguiente texto significativo:
«Dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan11 al Hijo de Dios, que quiso ser pobre… ¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobre, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo» (SV XI, 32; ES XI, 725).
Su experiencia espiritual recobra sentido y compromiso: Jesucristo está en el pobre; el pobre es Jesucristo. He aquí las dos dimensiones de una identificación querida por el mismo Cristo. Se diría hoy, en una teología más abierta: el pobre es el sacramento de Cristo, la presencia real del Cristo pobre. Su más grande indigencia, ¿no fue cuando estuvo elevado en la cruz? Paradójicamente el crucificado es el que atrae a todos los hombres y que reconoce en su acto de amor extremo su divinidad. San Vicente no se equivoca cuando propone este amor perfecto a sus cohermanos:
«Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo! ¡qué llama de amor! Jesús mío, dinos, por favor, qué es lo que te ha sacado del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra y todas las persecuciones y tormentos que has recibido. ¡Oh Salvador! ¡Fuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un suplicio infame! ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú? Viniste a exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma de pecador, a llevar una vida de sufrimiento y a padecer por nosotros una muerte ignominiosa; ¿hay amor semejante? ¿Quién podría amar de una forma tan supereminente? Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su palabra la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención. Hermanos míos, si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos esos que podríamos asistir? No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación y al consuelo de los demás» (SV XII, 264-265; ES XI, 555).
Jesús es el divino ejemplo, aquel a quien es preciso contemplar detenidamente para revestirse de sus sentimientos y de su ternura. Sentimientos de compasión y de misericordia, como lo acabamos de afirmar. Los misioneros son «Escogidos por Dios como instrumentos de su caridad inmensa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las almas » (SV XII, 262; ES XI, 553).
b) Cristo, homenaje consumado del Padre
San Vicente encuentra también a Cristo contemplándolo en su relación con el Padre y el Espíritu y, en consecuencia, en la Trinidad. Ella es la fuente y la cumbre de toda la dinámica espiritual de San Vicente. La Congregación de la Misión debe honrar «de manera especial los misterios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación».12
San Vicente presentó a Cristo como «Adorador del Padre», esta es una inspiración beruliana. Inspirándose en Bérulle consideró a Jesús como el primer adorador del Padre, el modelo de los hombres religiosos, pero siempre en conexión con su amor por la humanidad. El texto típico y al mismo tiempo el más corto, acerca de la grandeza del ministerio de la formación de los sacerdotes, del cual hace falta la fecha: «Qué feliz es usted, padre, por servir de instrumento en manos de Nuestro Señor Jesucristo para formar buenos sacerdotes… esos señores, llamados al ministerio más alto que existe en la tierra, por el que tienen que ejercer las dos grandes virtudes de Jesucristo, a saber, la religión para con su Padre y la caridad para con los hombres» (SV VI, 393; ES VI, 370).13
Para él, el estado de religión es dependencia respecto del Padre. Cristo es el Hijo que por su naturaleza de Hijo rinde homenaje al Padre. Recibe su vida, su ser de Dios mismo. Por su oración y su acción, le tributa toda la adoración y toda alabanza. Nos aproximamos al Cristo de Bérulle, presentado con frecuencia de manera reducida como Aquel en quien Dios actúa: «Su acción se inserta entre las acciones de los hombres».14
Según San Vicente, Jesús recibe todo del Padre; es totalmente dependiente de Él. Reconoce que el Padre es el autor y el principio de todo bien que esta en él (cf. SV XII, 109; ES XI, 411). Es el enviado del Padre a un precio costoso de amor (cf. SV X, 85; ES IX, 717). Este es prácticamente un acercamiento a la llamada teología contemporánea del «sufrimiento de Dios».15 Jesús da gracia a su Padre por su obediencia. Porque el Hijo está unido al Padre en una intimidad perfecta, no solamente en cuanto Verbo sino en cuanto hombre (cf. SV XII, 147-148; ES XI, 442-443). Llegamos de este modo a la relación de amor de Jesús con su Padre: el cumplimiento de su voluntad (cf. SV XII, 109; ES XI, 411).
Es evidente que esta relación privilegiada, prototipo de toda relación humana, entre el Padre y el Hijo, se desarrolla en la persona viva del Espíritu. Vicente contempla a menudo el Espíritu Santo, unión del Padre y del Hijo, y lo ofrece como modelo a sus comunidades nacientes.
c) Cristo, portador del amor del Padre
Jesús es garante del amor del Padre llevando a cabo su obra. He aquí todavía una idea fuerza en San Vicente, siempre atento al honor de Dios, «Dios es Dios» afirma Bérulle. El alma se debe sorprender de su grandeza y alabar, bendecir, admirar e inclinarse delante de El. Vicente, siempre pragmático, tiende a lo más concreto: trabajar por la llegada del Reino a los corazones de los hombres y de los pobres, luchar porque se instaure la justicia es su primera preocupación. De hecho se trata de dar gloria a Dios: «Todos los días pido a Dios, tres o cuatro veces, que nos aniquile si nos somos útiles para su gloria. Pues, ¿qué, hermanos míos? ¿Nos gustaría estar en el mundo sin agradar a Dios y sin procurar su mayor gloria?» (SV XI, 2; ES XI, 698). Como ya tuvimos la ocasión de escribir: la última referencia de la vocación misionera reside siempre en una pregunta que es necesario hacerse antes de empezar a hacer algo: «Si se hace esto, ¿se dará gloria a Dios?» (SV XIII, 629; ES X, 763). A Bernardo Codoing, responsable de «discutir» la aprobación de los votos de la Congregación en Roma, escribe: «Busquemos la gloria de Dios; él nos hará prosperar en nuestros asuntos» (SV II, 263; ES II, 220).16 A menudo San Vicente se referirá a «la voluntad arbitraria » de Dios, otra manera de hablar de la voluntad de Dios. Para él, esta voluntad divina se realiza de manera eminente en la evangelización de los pobres. En este sentido, se ciñe al evangelio y renueva la espiritualidad. He aquí una muestra, entre otras:
«¡Qué dicha, padres, hacer siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios! ¿No es esto hacer lo que el Hijo de Dios vino a hacer en la tierra, como ya hemos dicho? El Hijo de Dios vino a evangelizar a los pobres; y nosotros, padres, ¿no hemos sido enviados a lo mismo? Sí, los misioneros han sido enviados a evangelizar a los pobres. ¡Qué dicha hacer en la tierra lo mismo que hizo nuestro Señor, que es enseñar el camino del cielo a los pobres!» (SV XI, 315; ES XI, 209-210).
d) Cristo, trabajador del Padre
El misionero, según San Vicente, debe continuar la obra de Cristo. Él es su relevo, su prolongación. «Trabajar, trabajar, actuar, actuar», es su santo y seña. San Vicente retoma gustoso su frase lapidaria: «Totus opus nostrum in actione consistit» (SV XI, 41; ES XI, 734); propone una piedad laboriosa, «arremangándose».17 Por nuestras obras ponemos de manifiesto que amamos a Dios. ¡Sería una ofensa si no le respondemos!
Y es aquí donde se insertan las cinco virtudes fundamentales de la Congregación, que son la concretización, la marca visible del espíritu vicentino, el cual intentamos esbozar. San Vicente tiene una palabra maravillosa para motivar a sus misioneros a vivirlas:
«Encerrémonos en estas cinco virtudes, lo mismo que los caracoles en sus conchas… con ellas, iremos a todas partes, lo conseguiremos todo; sin embargo sin ellas, no seremos más que misioneros en pintura» (SV XII, 322; ES XI, 602).
A partir de allí, todo se encadena lógicamente.
II. LAS CINCO VIRTUDES FUNDAMENTALES
La enseñanza de San Vicente acerca de las cinco virtudes en conjunto, tiene un valor sintético aunque presentemos la nuestra enseguida de la suya con el cuidado de actualizarla.
1. Enseñanza general de San Vicente sobre las cinco virtudes
Como es sabido, el texto más común y más oportuno para hablar de las cinco virtudes, como me ha pedido el Director de Vincentiana, es aquel de la conferencia del 22 de agosto de 1659 sobre las cinco virtudes fundamentales que explican las Reglas Comunes, Capítulo II, artículo 14 (XII, 298-311; ES XI, 583-593).
El párrafo referido dice: «Aunque hemos de hacer todo lo posible por guardar todas estas máximas evangélicas, por ser tan santas y útiles, hay algunas de ellas que son para nosotros más apropiadas que las demás, o sea las que recomiendan especialmente la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo de las almas; por eso, la congregación se aplicará a ellas de un modo más especial, de formas de toda la congregación y las acciones de cada uno de nosotros se vean siempre animadas por ellas» (SV XII, 298; ES XI, 583).
El primer elemento que San Vicente argumenta para haber elegido estas cinco virtudes es, como podía esperarse, Cristo. Para hacer la voluntad de su Padre, anunciar su voluntad y enseñar a los hombres, Cristo transmitió «el consejo de la prácticas evangélicas». Esta expresión merece atención, puesto que San Vicente nos indica que estamos aquí en el ámbito de los consejos y que tenemos gran interés espiritual en recibirlos y vivirlos como tales. Invitación y proposición que nos lleva a la perfección querida ya desde el primer párrafo de las Reglas Comunes.
Además Cristo practicó «estas máximas evangélicas «, a saber: «La sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por las almas». Y San Vicente afirmó con énfasis: «Estas máximas evangélicas» cuyas son «la simplicidad, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por las almas». Y el padre Vicente afirmó con fuerza: «Esa fue su finalidad, su gloria y su honor; de ahí hemos de deducir que, como nuestra intención no debe ser otra más que la de seguir a nuestro Señor y conformarnos a él» (SV XII, 299; ES XI, 584).
Nosotros ponemos mucho empeño en vivirlas para cultivar nuestra santidad como acabamos de afirmarlo. Las virtudes nos sacan de la mediocridad, nos liberan «del afecto a las cosas terrenas» (SV XII, 300; ES XI, 584) y de «tres enemigos poderosamente morales… que son el bien, el placer y la libertad». ¡Qué beneficio tan grande practicar éstas máximas evangélicas! «Y ellas son las que le dan la libertad cristiana a una persona. Hace algún tiempo erais esclavos de las pasiones: el apego a las riquezas, a los placeres y a vuestra propia voluntad os tenía esclavizados; ahora estáis ya libres gracias a estas máximas; ni el mundo con sus engaños, ni la carne con sus placeres, ni el demonio con sus engaños, os pueden tener cautivos, ya que el amor a la pobreza, la mortificación de vuestros placeres y la sumisión a la voluntad de Dios os hacen triunfar» (SV XII, 301-302; ES XI, 585-586).
Como hay muchas máximas evangélicas conviene releer todo el conjunto del Capítulo II de las Reglas Comunes; nuestro fundador se concentra e insiste siempre en cinco de entre ellas: «Entre las cuales — ya que son muchas en número — he escogido las que son propias del misiones; ¿cuáles son? Siempre he creído y he pensado que eran la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo» (SV XII, 302; ES XI, 586).
«Primero es la sencillez, que consiste en hacer todas las cosas por amor de Dios, sin tener otra finalidad en todas las acciones más que su gloria. En eso es en lo que consiste propiamente la sencillez. Todos los actos de esta virtud consisten en decir las cosas sencillamente, sin doblez ni artificio; ir derecho a nuestro propósito, sin rodeos ni andar con recovecos. La sencillez consiste, por tanto, en hacerlo todo por amor de Dios, rechazando toda mezcla, ya que la simplicidad es la negación de toda composición. Por eso, como en Dios no se da composición alguna, decimos que es un acto purísimo y un ser simplicísimo. Por consiguiente, hay que desterrar cualquier mezcla, para buscar solamente a Dios. Pues bien, hermanos míos, si hay personas en el mundo que deben tener esta virtud, son los misioneros, ya que nuestra vida se emplea en ejercer actos de caridad para con Dios o para con el prójimo. Y en ambos casos hemos de proceder sencillamente, de forma que, si se trata de cosas que hemos de hacer, que se refieren a Dios y dependen de nosotros, hay que huir de los artificios, ya que Dios se complace y comunica sus gracias solamente a las almas sencillas. Y si miramos a nuestro prójimo, como hemos de asistirle corporal y espiritualmente, hemos de evitar parecer cautelosos, taimados, astutos, y sobre todo, no decir nunca una palabra de los sencillos. ¿Qué lejos ha de estar todo eso de los misioneros?» (SV XII, 302; ES XI, 586).
Con sagacidad y con marca mayor, ¡la sencillez! En un encuesta hecha en el momento del aggiornamento posconciliar, se reveló que lo que más le agradaba a los alumnos de los lazaristas franceses (algo realmente perceptible entonces en el cuerpo de profesores de los seminarios mayores y de las escuelas apostólicas) era precisamente la sencillez. La práctica se incorporó al deseo de San Vicente. Me gusta mucho esta carta y la simpática admonición: «¡Adiós la misión, adiós su espíritu, si no tiene sencillez!» (SV XII, 303; ES XI, 587).
Sabemos, por otra parte, que en la conferencia que trata de la sencillez San Vicente testimonia su propia manera de actuar: «Esta es la virtud que más aprecio y en la que pongo más atención en mi conducta» (SV I, 284; ES I, 310) y añade: «Dios me ha dado un aprecio tan grande a la sencillez, que la llamo mi evangelio» (SV IX, 606; ES IX, 546).
La segunda máxima es la humildad: anonadarse delante de Dios, aniquilarse (¡hoy esta expresión no suena bien porque preconiza el aniquilamiento!); sin embargo, se trata de algo muy positivo; lo que se pretende es «agradar a Dios en el corazón» (SV XII, 304; ES XI, 587). Y la razón de este proceso de aniquilación, que podría expresarse como kénosis, es una razón apostólica: «Nuestra finalidad con los pobres, la gente vulgar del pueblo, si nos acomodamos a ellos, no podremos servirles en nada; el medio para que podamos aprovecharles es la humildad, porque la humildad hace que nos anonademos y nos pongamos en las manos de Dios, soberano ser… yo diría que es ése estado que conviene a la misión; y entonces hemos de temer que, si no somos así, no tenemos el espíritu de verdaderos misioneros» (SV XII, 305; ES XI, 588). Nos encontramos aquí con un argumento muy típico en San Vicente: todas las virtudes fundamentales tienen una finalidad misionera, revelan nuestra vocación, son útiles para nuestro apostolado y nos permiten vivir como testigos.
La tercera máxima es, como bien sabemos, de origen muy salesiano: la mansedumbre. Tiene el mismo objetivo: soportar a aquellos a quienes evangelizamos, «si groseros, si ignorantes, si tontos, y por no decir, si bestias» (!). Esta virtud permite ceñirse a la realidad sin ser agresivos, sino permaneciendo en estado de servicio. El testimonio de San Vicente es convincente: «Los mismos condenados a las galeras, con los que estuve algún tiempo, se ganan por ese medio, cuando en alguna ocasión les hablé secamente, todo se perdió; por el contrario, cuando alabé su resignación, cuando me compadecí de sus sufrimientos, cuando les dije que eran felices de poder tener su purgatorio en este mundo, cuando besé sus cadenas, cuando compartí sus dolores y mostré aflicción por sus desgracias, entonces fue cuando me escucharon, dieron gloria a Dios y se pusieron en estado de salvación» (SV IV, 53; ES IV, 54-55).
Desde aquí se impone este esquema: la sencillez nos hace irradiar a Dios, la humildad nos reviste de Él y la mansedumbre nos pone en situación de siervos. Esto quiere decir que estos tres acentos suponen un medio radical que es la mortificación. Para vivir comunitariamente18 «sin rencillas» (SV XII, 307; ES XI, 590) y para evangelizar. ¡Entonces será fácil ascender al celo! «El celo… consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo. Celo de entender el reino de Dios, celo de procurar la salvación del prójimo. ¿Hay en el mundo algo más perfecto? Si el amor de Dios es fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es un rayo. El celo es lo más puro que hay en el amor de Dios» (SV XII, 307-308; ES XI, 590).
En cuanto a la conclusión de San Vicente se refiere, ésta es imperativa y nos une más allá de los siglos:
«Es menester que esas cinco virtudes sean como las facultades del alma de toda la congregación; es menester que así como el alma de conoce por el entendimiento, quiere por la voluntad y se acuerda por la memoria, también un misionero obre por esas virtudes» (SV XII, 309; ES XI, 591) y más lejos aún como si martillaba este principio: «Procuremos cada uno encerrarnos en estas cinco virtudes, lo mismo que los caracoles a sus conchas, y hagamos que nuestras acciones sean expresión de estas virtudes» (SV XII, 310; ES XI, 592).
2. Ensayo de síntesis sobre las cinco virtudes
Este artículo debe dar cuenta del pensamiento vicentino. Para resumir lo fundamental, he aquí un intento modesto de síntesis.
- San Vicente nos invita a focalizar nuestra atención en Cristo. Las virtudes fundamentales son ante todo cristológicas. San Vicente nos pide contemplar a Cristo sencillo (auténtico), humilde (servidor), manso (él se domina perfectamente), mortificado (elige salvar el mundo en la cruz) y celoso, decimos ardiente (el celo de Dios lo devora: «He venido a traer fuego a la tierra…» (Lc 12,49).
- Nuestra vocación nos acerca a los pobres; adoptar el comportamiento vicentino es revestirse de estas virtudes funcionales, prácticas. La finalidad de las virtudes es fundamentalmente apostólica, pastoral, misionera.
- Somos sencillos, humildes, mansos, mortificados y celosos entre nosotros para estarlo mejor con aquellos de quienes somos responsables. Ellos no comprenderían que nosotros estemos por vocación hechos en función de ellos, sino en dependencia de Cristo y sin consecuencia práctica sobre nuestro comportamiento con ellos, nuestro carácter y nuestra propia psicología, ya que somos modificados por el principio de imitación puesto en obra para los pobres.
- Se deben vivir las cinco virtudes en comunidad para que éstas sean más evangelizadoras. Nuestro primer compromiso implica el testimonio. La gente comprenderá mejor que tendemos hacia estas virtudes si comenzamos por vivirlas entre nosotros.
- Desde la definición de las virtudes que hemos hecho, vemos aparecer unos puntos de insistencia que pueden agruparse en torno a la idea del compromiso, de la energía, de la fuerza. Con certeza la actitud vicentina desde las cinco virtudes requiere de nosotros, en primer lugar, la voluntad. Porque como hombre de acción, el vicentino asume los riesgos, se atreve, emprende. Tiene firmeza después de haber tomado la decisión de ser mejor. Tiene esta voluntad porque está inundado por la fuerza del amor.
- Todo esto implica una cierta no-violencia en favor de la verdadera violencia. Hay un desplazamiento de la violencia. Nuestras energías se emplean para luchar contra nosotros mismos a fin de volvernos buenos obreros para evangelizar a los pobres. Es preciso hacerse violencia para controlar la cólera y aparecer mansos; es necesario hacerse violencia para ser sencillos en un estilo de vida, en la manera de pensar y de expresarse, pues es más fácil aparentar de sabio o importante; es necesario hacerse violencia para ser humildes al nivel de los pequeños, pues es más gratificante vivir con los ricos y tener poder; es necesario hacerse violencia para optar por la cruz de nuestra vida, pues es fácil huir del esfuerzo y del sacrificio; es necesario, finalmente, hacerse violencia para optar resueltamente por la irrupción del Reino de Dios, pues la pereza o la insensibilidad nos tientan. Este es el único sentido aceptable de la mortificación.
- La práctica de las virtudes fundamentales no pueden existir sin la Gracia de Dios. Sólo el Espíritu da la fuerza para ser sencillos, humildes, mansos, mortificados y celosos. Para vivir así, es necesario actuar en este sentido y orar para alcanzarlo. El hombre de oración es capaz de todo.
- Las cinco virtudes nos ponen en el camino de la Bienaventuranzas. No será difícil encontrar los puntos de convergencia en cada una de las Bienaventuranzas. Las cinco virtudes son un compendio del evangelio. Sí, San Vicente decía: «La sencillez, he aquí mi evangelio», nosotros podemos decir: «Las cinco virtudes, he aquí nuestro evangelio».
- Podemos, finalmente, afirmar que las cinco virtudes son «virtudes de equilibrio «. La expresión es del P. Jean Morin, poco tiempo antes de su muerte. Debemos decir que San Vicente es el santo del equilibrio. En él, nada es excesivo. Al situarnos en la verdad con respecto a Dios, en la humildad con respecto a nuestro ser, en la mansedumbre con respecto a los otros y al poner nuestros pasos en aquellos del crucificado (por la mortificación bien entendida), nos convertiremos en apasionados por el Reino (estaremos llenos de celo).
Conclusión
Porque San Vicente es un apasionado. Es un meridional que puso toda su energía al servicio de Dios en los pobres. Él está habitado por la pasión, por el entusiasmo, el ardor. Me parece que esta pasión por el Reino está muy presente en el texto que puede servirnos de meditación final y que tiene un valor testamentario.
«En Madagascar los misioneros predican, confiesan, catequizan continuamente desde las cuatro de la mañana hasta las diez, y luego desde las dos de la tarde hasta la noche; el resto del tiempo lo dedican al oficio y a visitar a los enfermos. ¡Esos sí que son obreros! ¡Esos sí que son buenos misioneros! ¡Quiera la bondad de Dios darnos ese espíritu, que los anima y un corazón grande, ancho, inmenso! Magnificat anima mea Dominum: es preciso que nuestra alma engrandezca y ensalce a Dios, y para ello que Dios ensanche nuestra alma que nos dé amplitud de entendimiento para conocer bien la grandeza, la inmensidad del poder y de la bondad de Dios; para conocer hasta dónde llega la obligación que tenemos de servirle, de glorificarle de todas las formas posibles; anchura de voluntad, para abrazar todas las ocasiones de procurar la gloria de Dios. Si, la Misión lo puede todo, porque tenemos en nosotros el germen de la omnipotencia de Jesucristo» (24 de julio de 1655. SV XI, 203-204; ES XI, 122-123).
- Para los textos de San Vicente, contamos con 14 volúmenes, 8 cartas (Volúmenes I a VII), 2 Conferencias a las Hijas de la Caridad (Volúmenes IX y X), 2 Conferencias a los misioneros (Volúmenes XI y XII), 1 de Documentos (volumen XIV), compaginado por Pierre COSTE, sacerdote de la Misión, de los años 1920 a 1925 en la editorial Gabalda. En 1960, el padre André DODIN divulgó un volumen de 144 cartas en un número especial de la revista «Mission et charité». En este estudio, cada cifra romana indica el volumen y la cifra arábiga indica la página, como es usual. (Hemos añadido las referencias en la versión en español con ES, nota de traducción).
- «Regulae seu constituciones comunes Congregationis Missionis», Parisiis, 1658, en 24.
- Capítulo I: «Sobre el fin y la naturaleza de la Congregación» -Capítulo II: «Sobre las enseñanzas evangélicas» -Capítulo III: «Sobre la sobriedad» -Capítulo IV: «Sobre la Castidad» -Capítulo V: «Sobre la Obediencia» -Capítulo VI: «Sobre lo que se refiere a los enfermos» -Capítulo VII: «Sobre la modestia» -Capítulo VIII: «Sobre el trato mutuo entre nosotros» -Capítulo IX: «Sobre el trato con los externos» -Capítulo X: «Sobre las prácticas piadosas de la Congregación» -Capítulo XI: «Sobre las Misiones y demás ministerios de la Congregación a favor del prójimo» -Capítulo XII: «Sobre algunos medios y ayudas necesarias para ejecutar bien y fructuosamente los ministerios anteriores».
- Reglas Comunes, Capítulo II, 1.
- Ibidem, Capítulo II, 2-14.
- Ibidem, Capítulo II, 14.
- Ver Bernard Loch en FAMVIN, página Web francesa de la Congregación de la Misión: Bérulle et Saint Vincent Nº 13.
- Ibidem, op. cit.
- L. ABELLY, «La vie du venerable serviteur de Dieu, Vincent de Paul «, F. Lambert, Paris 1644 (tres tomos en un volumen). Esta obra fundamental y obligatoria ha sido reproducida idénticamente en 1891; se puede encontrar en la «Procure de la Congregación de la Mission», 95 rue de Sévres -75006 PARIS. Las referencias a este libro serán siempre indicadas por el nombre del autor: «Abelly» seguido del número del volumen, del capítulo y de la página: ABELLY I, III, p. 89-90.
- Vicente de Paúl, su experiencia y la nuestra, p. 57.
- Destacamos el pronombre demostrativo «estos pobres» y no aquellos que podríamos soñar o esperar. Los pobres han sido dados; no los escogemos. Ellos son nuestra herencia.
- Reglas comunes de la Congregación de la Misión, X, 2 que proponen honrarlas: 1º haciendo a menudo y de corazón actos de fe y de religión acerca de estos misterios; 2º ofreciendo cada día en su honor algunas oraciones y obras buenas y sobretodo celebrando sus fiestas con solemnidad y con la mayor devoción posible; 3º trabajando con diligencia con la palabra y con el ejemplo por esparcir en las almas de las gentes el conocimiento, el honor y el culto a esos misterios.
- BERNARD KOCH, página Web Famvin, op. cit.
- Cf. RENÉ BOUREAU, «L’Oratoire en France», Cerf, 1991, pp. 31-35.
- «Creer en un Dios que sufre, es hacer el misterio más misterioso, pero de manera más lumoniso», es decir una falsa claridad para sustituirla por resplandecientes tinieblas (FRANÇOIS VARILLON. «La souffrance de Dieu», El Centurión, p. 23).
- COLLECTIF, «Monsieur Vincent, témoin de l’Evangile «, Animation Vincentienne, 16, Grande Rue St Michael -31400 TOLOSA; J.P. RENOUARD, «La glorie de Dieu et le Régne de Jésus-Christ «, p. 87-98.
- La expresión es del Padre Jean Morin, C.M., quien ha dejado numerosas notas manuscritas. Es necesario decir además, aunque sea imposible de manera completa, que el tema del trabajo, ocupa un enorme lugar en San Vicente. A decir verdad, algunas veces mal comprendido o exageradamente, las Hijas de la Caridad se han consagrado intensamente al trabajo y se han formado para serlo. Los formadores han tomado frecuentemente a la letra y enseñado las recomendaciones de su bienaventurado padre: «Una Hija de la Caridad debe estar siempre ocupada» (SV XI, 7, 117, 221, 496). ¡Hoy, el equilibrio más finamente buscado no alcanzaría!
- Leer con interés: FERNANDO QUINTANO, «Défis que la culture actuelle lance á la Congrégation de la Mission», en Cahiers St Vincent, bulletin des Lazaristes de France, Nº 19, Primavera 2005, pp. 5-19 y sobretodo las páginas 14-17.








One Comment on “Vicente de Paúl y las cinco virtudes fundamentales”
gracias, me ha ayudado en un exorcismo