Vicente de Paúl: historia de un buen samaritano

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Celestino Fernández, C.M. y José María Ibáñez, C.M. · Año publicación original: 1982 · Fuente: Congreso Nacional Vicenciano, Abril de 1982.
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—Pero la caridad, señor Canciller, consiste en ayudar a los pobres a recuperar su dignidad de hombres.

—¡La caridad! Es la que vos habéis inventado, señor Vi­cente. Antes no era más que una virtud, era perfecta. Un sermón, una lagrimita, una moneda de la bolsa y todo el mundo estaba tranquilo. Vos habéis sido un visionario… Antes también había pobres y no perturbaban el sueño de las personas decentes, Ahora están en todas partes; se creería que los fabricáis vos.

(Diálogo entre Vicente de Paúl y el Canciller Seguier, en la película «Monsieur Vincent», París, 1947).

Aseguran los historiadores que los sencillos le adoraban, los grandes le consultaban, los maestros de vida espiritual le tenían por un «hombre prudente», los partidos le discutían sin que ninguno de ellos consiguiera tenerle entre sus parti­darios, los revolucionarios y ateos le llamaban «su santo». El solía apelar a sus raíces y repetía: «Soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años».

Se llamaba Vicente de Paúl. Nació el 24 de abril de 1581, en el caserío de Ranquines, a cinco kilómetros de Da.; en el suroeste francés. Hoy, después de cuatrocientos años, sigue siendo un corazón abierto al mundo y un profeta actual.

Este pequeño gascón se ha dejado retratar, con cierta iro­nía, desde las más variadas perspectivas. Le han querido encasillar en los más contradictorios moldes: desde el ange­lismo piadoso hasta la subversión radical. Incluso le han intentado domesticar en la agridulce comodidad del sistema. Pero siempre ha conservado su libertad y su imprevisible capacidad de sorpresa. Y todavía no ha renunciado a su figura sumamente incómoda para nuestras conciencias.

Por lo demás, ésta no es la historia de un hombre neu­tral, pulcro y burocrático. Es una entrañable y humilde pará­bola sobre un creyente apasionado, militante y «parcial». En definitiva, la historia de un Buen Samaritano.

En los márgenes de la burguesía

«Tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sa­car a nuestros hermanos de la miseria». «Somos responsa­bles si ellos, los pobres, sufren por su ignorancia; somos culpables de todo lo que sufren, si no sacrificamos toda nuestra vida para instruirlos». «Nuestra herencia son los pobres».

Estas son tres frases, tomadas al azar, de entre las mu­chísimas que nos ha dejado Vicente de Paúl en sus 8.000 pá­ginas. Tres frases que reflejan de alguna manera el hilo conductor de su vida comprometida. Porque cualquiera que se asome a los gestos y palabras de este luchador, se dará cuenta inmediatamente de algo elemental: toda la energía, la lucidez y la entrega de Vicente tienen un norte diáfano: proclamar contra todos los opresores de este mundo la dignidad humana de todo pobre y de todo marginado; y en conse­cuencia, lograr a todo precio su liberación.

En cualquier caso, Vicente de Paúl depende de un descu­brimiento: el de los márgenes de nuestro pequeño mundo burgués, lo que queda fuera de él. Ese submundo empedrado con todos los heridos en el camino de Jerusalén a Jericó. Esa Haga histórica que se agranda a nuestro mismo lado, sin necesidad de acudir a lejanas y tercermundistas tierras. Y un descubrimiento de las más sutiles estructuras burgue­sas que genera, explotación y abandono. Aquello que, años más tarde, dirá su compatriota León Bloy: «La alegría y el botín de los salteadores tiene por sustancia el dolor del pobre».

Sólo así puede entenderse la opción radical de Vicente de Paúl. El aldabonazo que le hizo escoger el difícil e incó­modo oficio de Buen Samaritano: formar parte de la legión de los que sufrían el egoísmo y la crueldad de los «cumpli­dores» y «poderosos». Pero no como una resignación alie­nante o una superstición milagrera, sino con el coraje del que ha comprendido que cada quejido de los pobres llena de confusión el corazón de Dios.

«¿Dónde está tu hermano?» o el drama de una elección

Esta terrible pregunta de Yavé ha obtenido, desde siem­pre, una respuesta evasiva: «Yo no soy guardián de mi her­mano». La misma respuesta que dan el sacerdote y el levita al pasar de largo ante el herido del camino. Fue también la primera respuesta de Vicente de Paúl.

Y es que la experiencia de la pobreza y de los pobres en Vicente de Paúl no se puede encerrar en unas cuantas frases, por muy brillantes que resulten. Hay una evolución personal y un «momento» decisivo. No es ninguna preten­sión el afirmar que la primera etapa de Vicente de Paúl es el drama de esa pregunta bíblica en busca de una respuesta afirmativa.

Porque desde 1581 a 1617 la espeluznante miseria de la sociedad no es para Vicente nada más que el «resultado de no saberse defender en la vida». Los pobres no le preocu­pan: los oprimidos no le angustian; los explotados no le plantean ningún problema existencial. El vive obsesionado por buscar un «honorable beneficio». Como otros muchos gascones, que abundan y vegetan, «agrupados en buhardillas, poniendo en común su arrogancia, su penuria y su suerte», Vicente intenta buscar fortuna. Como tantísimos clérigos de la época.

Sin embargo, el auténtico testigo del Evangelio siempre tiene una fecha de conversión. La de Vicente fue larga. Entre 1613 y 1617 se agita en una «noche» de dudas, perple­jidades, luces y sombras. Y el drama existencial se le pre­senta en toda su desnudez radical: o seguir pasando de largo o atender al herido; o estar con los oprimidos o apoyar a los opresores. No valen tampoco las neutralidades espiri­tualistas. Esta es, precisamente, la suerte arriesgada del que se decide a ser un Buen Samaritano.

En definitiva, los pobres no son para él una especie de slogan, una categoría de análisis socio-económico-político o un vertedero de la piedad o de la ideología. Son una terrible pregunta de Dios. Y descubre plenamente lo que, siglos des­pués, refleja el novelista Georges Bernanos: «Es suficiente haber oído bien ese clamor que no se parece al de ningún otro pueblo. Ese gemido del mujik bajo los azotes, esos gritos de la mujer apaleada, ese hipo del borracho y ese gruñido de alegría salvaje. Yo creo que tal miseria, una miseria que ha olvidado hasta su nombre, que ya no busca, que ya no razona, que asoma al azar su rostro huraño, se despertará un día sobre el hombro de Cristo». Desde ese momento, la respuesta de Vicente de Paúl es taxativa y su elección se cimenta en una frase de Jesús de Nazaret: «Cuantas veces hicisteis un servicio a uno de estos pequeñue­los, a mí me lo hicisteis».

A partir de aquí nace «Vicente de los pobres», el Buen Samaritano. Su primer biógrafo, Louis Abelly, lo resume en una preciosa pincelada: «En esta situación, se decidió un día a tomar una resolución firme e inviolable para honrar más a Jesucristo e imitarle más perfectamente de lo que hasta entonces lo había hecho, que fue dar toda su vida por su amor al servicio de los pobres».

«Los santos van al infierno»

Así se titula aquella famosa novela que Gilbert Cesbrón escribió en el amanecer de los años cincuenta: una lúcida penetración en la lucha de unos sacerdotes-obreros cerca del mundo del proletariado y de la marginación. Y, a buen se­guro, que el desaparecido escritor —gran admirador de Vi­cente de Paúl— tuvo en su mente la andadura vicenciana como telón de fondo de su novela. Porque si a algún santo le cabe esta bajada al «infierno» de los condenados de la tierra, ése es Vicente de Paúl.

No resulta fácil comprender hasta dónde llegaba el aban­dono y la miseria de esos pobres por los que apostó Vicente. Tal vez nos diga algo la carta que le escribió un sacerdote: «El hambre es tan grande que vemos a los hombres comer tierra, masticar la hierba, arrancar la corteza de los árboles, desgarrar los miserables harapos en que están cubiertos para tragárselos. Pero lo que no nos atreveríamos a decir si no lo hubiéramos visto es que da horror ver cómo se comen sus brazos y sus manos, y mueren en esa desesperación».

Vicente de Paúl se «convierte» en el momento mismo en que se inicia en Europa una larga serie de conflictos. Se ha hablado mucho del gran giro histórico de los años 1630-1650.

Se ha insistido en las revoluciones que en estos veinte años tuvieron lugar en todos los terrenos: «La revolución de las ideas, el nacimiento del pensamiento científico, el giro del pensamiento filosófico». Sin embargo, este período es tam­bién el tiempo de las grandes calamidades para el pueblo llano. Vicente lo resumirá en dos frases: «El pobre pueblo se muere de hambre y se condena». «Los pobres, que se mul­tiplican todos los días, que no saben a dónde ir ni qué hacer, constituyen mi peso y mi dolor».

La Guerra de los Treinta Años, con todos sus conflictos políticos e ideológicos, se tradujo en una constante devasta­ción de la ingente masa de pobres y campesinos. El campe­sino es siempre el perdedor frente a los ejércitos de merce­narios que invaden los campos, saquean los bienes y se apo­deran de su sustento.

Sobre una maldita trilogía compuesta por «la peste, el hambre y la guerra» se levanta todo un monumento a la más cruel miseria física, psíquica y moral. Un terrible monu­mento apuntalado por un Gobierno instalado en la guerra y en el despilfarro. Así, la misma vida cotidiana pierde sen­tido y se vuelve miseria. No es extraño que un jansenista, Pierre Nicole, escribiera en ese tiempo: «Estas gentes no piensan en casi nada más durante su vida que en satisfacer las necesidades de sus cuerpos, en encontrar el medio de vivir», de subsistir, habría que corregir, para ser más exactos.

El juicio de los pobres

Dicen las crónicas que el 27 de septiembre de 1660 ,currió algo hermoso en París: en cuanto se supo la noticia de la muerte de Vicente de Paúl, los mendigos más andra­josos de la ciudad acudieron, en multitud, para despedir a a quien había tomado partido por ellos.

Y es que hay una expresión que Vicente repite macha­conamente: «Los pobres son nuestros amos y señores». No es una cantinela publicitaria ni un artificio de vana espiri­tualidad consoladora. Es el signo interpelante y la espuela dolorosa que guía la aventura de Vicente hasta la entraña misma de nuestros días. Y, por supuesto, es la clave de la espiritualidad y de la praxis liberadora de Vicente de Paúl.

Jean Anouilh, guionista de la película «Monsieur Vincent», transmite libremente, pero con fidelidad, esta idea nuclear en palabras actuales de Vicente de Paúl: «Los pobres son terribles, terribles como la justicia de Dios que proclaman implacablemente. Nos engañamos con nuestras ropas decen­tes y nuestros rostros atildados; pero esos harapos, ese horror, esas enfermedades, esa desnutrición tras de la que asoman miradas de lobos, son de hombres, jueces duros e injustos pero a los que es preciso servir como a nuestros dueños y amarlos». Por eso, alguien ha dicho, con toda la razón, que esta expresión es la que hace de Vicente un tes­tigo actual del Evangelio y un luchador actualísimo por los derechos de los explotados en esta sociedad tan despiadada y represora como la de su tiempo.

Cuando Vicente de Paúl repite constantemente esa frase, quiere decirnos algo muy claro: esos seres, aparentemente despreciables, sin derecho a la mirada de la sociedad alta­nera, son, en realidad, grandes y nosotros sus servidores. Porque ellos, los pobres, tienen el poder de convocarnos ante el tribunal de Dios y de la sociedad. Pueden condenarnos en cada minuto, pero también tienen el poder para salvarnos. Pueden aclarar nuestra mirada miope y enseñar­nos a ver la realidad con los ojos de la «justicia de Dios». Nos remiten, en definitiva, a lo único esencial: el test radi­cal de la identidad evangélica.

Incluso los pobres nos perdonarán nuestra ayuda y nues­tro servicio. En la misma película hay una escena que resu­me todo esto. Es la escena final y puede quedar como el testamento de Vicente de Paúl a sus seguidores. El se lo transmite a una joven Hija de la Caridad: «Pronto verás que la caridad pesa mucho más que el caldero de la sopa y el cesto del pan, pero conserva tu dulzura y tu sonrisa. No todo consiste en dar el caldo y el pan; eso pueden hacerlo los ricos. Tú eres la pobre sierva de los pobres, la Hija de la Caridad, siempre sonriente y de buen humor. Ellos son tus amos, amos terriblemente susceptibles y exigentes, así que cuanto más feos y sucios sean, cuanto más injustos y grose­ros te parezcan, tanto más amor deberás darles. Unicamente por tu amor, sólo por tu amor, te perdonarán los pobres el pan que les des».

Con los pobres, contra la pobreza

Lippert solía quejarse a Dios en términos duros: «Tus santos han besado a los leprosos, pero nada hicieron para curar la lepra, han dado a los mendigos cuanto tenían, mas no procuraron ordenar el mundo de modo que nadie tuviera que mendigar… En cambio, los hijos de este mundo, que no veneraban tu nombre, que apenas lo conocían, han ornado el mundo de lámparas y ensanchado y limpiado los caminos y calles, han aliviado la miseria humana, prolongado la vida de los terrícolas, suavizando sus dolores con su arte mara­villoso y con su insaciable sed de saber…».

Es, sencillamente, la lucha por la justicia que, demasia­das veces, hemos olvidado los cristianos. Sin embargo, Vi­cente de Paúl sale ileso de esta amarga acusación. El Buen Samaritano no se conforma con levantar al herido, ni si­quiera con curar sus heridas: lucha y se organiza estraté­gicamente para que el caminante no vuelva a ser asaltado. No se queda en planteamientos paternalistas. El solía decir que «al socorrer a los pobres, estamos haciendo justicia y no misericordia».

Se ha escrito, acertadamente, que es uno de los pocos santos que han tenido sentido de las realidades económicas y de la eficacia organizativa. Y todavía hoy asombrará a muchos el completo y complejo sistema de acción social que desplegó. Pero aún asombrará mucho más el saber que, ya en el siglo XVII, hubo un creyente comprometido que a la asistencia y a la promoción añadió, sin vacilaciones, la denuncia del sistema opresor y el cambio de las estructuras injustas.

En absoluto prescindió de la acción asistencial: la orga­nizó escrupulosamente. Dio suma importancia a la acción promocional, y su pensamiento es tajante: «No hay que asis­tir más que a aquellos que no pueden trabajar ni buscar su sustento, y que estarían en peligro de morir de hambre si no se les socorre. En efecto, apenas tenga alguno fuerzas para trabajar, habrá que comprarle algunos utensilios conformes con su profesión, pero sin darle nada más. Las limosnas no son para los que pueden trabajar, sino para los pobres enfer­mos, los huérfanos o los ancianos». Y esta caridad organi­zada, socializada, inventiva, creadora de justicia adquiere en él una dimensión política, en razón de las exigencias de la fe.

Su lema, repetido hasta la saciedad, de «pasar del amor afectivo al amor efectivo» no le deja ninguna escapatoria posible. La urgencia de la pobreza desoladora y cruel le impone ahondar en la profundidad de la miseria, oponerse a sus causas y buscar a las personas que trabajen en redu­cirla. Comprende que sólo un cambio estructural impedirá sepultar vivos a los seres que todavía respiran.

Así se entienden sus denuncias proféticas y su oposición política. Así se explica que se entrevistase con Richelieu para pedirle abiertamente el cese de la guerra; que se opusiera públicamente, casi con agresividad, al cardenal Mazarino en 1649; que permaneciera exiliado de París durante cinco me­ses; que apelase al Papa Inocencio X para que interviniese en favor dé la paz durante la «Fronda de los príncipes»; que pidiese la dimisión del poderoso Mazarino; que sus interven­ciones políticas fueran, corno él mismo dice, «un pequeño servicio a Dios y al bien del pueblo».

Estas actuaciones, complejas y arriesgadas, son revela­doras de la solicitud de Vicente de Paúl por «hacer efectivo el Evangelio», por realizar el «Reino de Dios y su justicia». Y pone en evidencia las condiciones de la verdadera fe: la construcción de un mundo en el que todo hombre tenga la posibilidad de alimentarse, de trabajar y de vivir.

La liberación integral

Hoy sería la mejor traducción de la actitud evangeliza­dora de Vicente. El decía a sus misioneros: «Si hay algunos entre vosotros que crean que están en la misión para evan­gelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que los asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agrada­bles palabras del soberano Juez de vivos y de muertos: «Venid, benditos de mi Padre; poseed el Reino que os está preparado, porque tuve hambre y me dísteis de comer; esta­ba desnudo y me vestísteis; enfermo y me cuidásteis». Hacer eso es evangelizar de palabra y de obra, en lo cual el Evan­gelio adquiere su perfección, como Cristo mismo lo ha prac­ticado».

Una vez más, Vicente de Paúl se adelanta a nuestro tiem­po y aparece como un auténtico precursor de las inquietudes modernas en todo lo referente a la liberación integral del hombre y a la lucha por los derechos más fundamentales de la persona. Durante siglos, hemos consumido millones de toneladas de papel en la típica y tópica discusión de que la tarea del evangelizador era «salvar las almas» sin contami­narse con las dimensiones temporales y materiales. Desde siempre nos hemos querido refugiar en las cómodas medias-tintas dualistas y maniqueas. Y, desde luego, nunca han fal­tado las acusaciones de «subversivo» a quien se atrevía a traspasar los idílicos umbrales del espiritualismo desencar­nado. Ha tenido que pasar mucho tiempo para rescatar la frescura evangélica y su noticia liberadora. Y hemos tenido que esperar a que la teología del Concilio Vaticano II hicie­ra justicia a la intuición cristiana de Vicente de Paúl.

Lo curioso es que este hombre practica y propone esa «liberación integral» en medio de las barreras de una teolo­gía de la Contrarreforma que llevó a la Iglesia por caminos de desinterés —incluso de oposición— a la lucha por la justicia y a la realidad del mundo moderno. Pero también resulta evidente que este «revolucionario de la caridad» tie­ne una gran ventaja: está en contacto con la historia su­friente del hombre. Y la dura realidad le hace comprender que no se puede hablar beatíficamente de Dios al herido si antes no se le muestra la bondad de Dios curando sus heridas y evitando su caída. Vicente de Paúl apuesta por algo que hoy nos parece absolutamente lógico, pero que aún resulta conflictivo: «que antes de salvar sus almas, no tene­mos más remedio que dar a esos desventurados una vida que les permita tener alma».

Sus palabras no dejan lugar a la más mínima duda: «Evangelizar a los pobres no es solamente enseñar las ver­dades necesarias para la salvación, sino realizar las cosas predichas y prefiguradas por los profetas, o sea, hacer efe< tivo el Evangelio».

La respuesta a un Premio Nobel

El escritor y filósofo francés Albert Camus relata una especie de leyenda desesperanzada: «Estaba San Dimitri ci­tado en la estepa con el propio Dios en persona y se apresu­raba a llegar a la cita cuando se encontró con un campesino cuyo carro se había atascado. Entonces San Dimitri le ayu­dó. El barro era espeso y el hoyo profundo. Hubo que forcejear durante una hora. Y cuando hubo acabado, San Di­mitri corrió a la cita. Pero Dios no estaba ya». Y el perso­naje de Albert Camus saca esta conclusión: «Siempre habrá quien llegue tarde a las citas con Dios, porque hay dema­siadas carretas en el atolladero y demasiados hermanos que socorrer».

Es muy posible que Albert Camus no se asomase nunca al pensamiento de Vicente de Paúl. Si lo hubiera hecho, el angustiado Premio Nobel de Literatura se hubiera encon­trado con un dato sorprendente: tres siglos antes, un cre­yente con los pies en la tierra había respondido con claridad a su existencial pregunta. Y es que Vicente de Paúl había dicho a las Hijas de la Caridad: «Si fuera voluntad de Dios que tuvieseis que asistir a un enfermo en domingo, en vez de ir a oír misa, aunque fuera obligación, habría que hacer­lo. A eso se le llama dejar a Dios por Dios». Así de claro y así de sencillo. Con esta frase responde Vicente de Paúl a todos los que piensan que llegarán tarde a la cita con Dios si se detienen a ayudar al prójimo necesitado o aban­donado. El recalcará: «Dejar a Dios por Dios, no es dejar a Dios». El Buen Samaritano ha calado perfectamente que la verdadera cita con Dios verdadero se sitúa en la pasión por los desheredados. Como dice Maxence Van der Meersch, «la verdad, Pilatos, es ésta: ponerse del lado de los humil­des y de los que sufren».

Este planteamiento fundamental no es para Vicente de Paúl una bella teoría. Es el motor de arranque de su más original y arriesgada aventura: la fundación de las Hijas de la Caridad. Un grupo, cada vez más numeroso, de «pobres aldeanas servidoras de los pobres», a las que quiere libres y dispuestas para levantar a la multitud incontable de expo­liados. A las que no quiere encerrar en los muros de un convento ni en los nerviosismos leguleyos de un código reli­gioso: «Las Hijas de la Caridad no podrán jamás ser reli­giosas; ¡maldición al que hable de hacerlas religiosas!». Nunca se ha considerado bastante la valentía y la clarivi­dencia de Vicente de Paul cuando da a sus «siervas de los pobres» la regla práctica de encarnación en los gozos, dolo­res, esperanzas y sufrimientos de los hombres de todos los tiempos: «Vuestro monasterio es la casa de los enfermos, vuestra celda es vuestro cuarto de alquiler, tenéis como ca­pilla la iglesia parroquial, vuestro claustro son las calles de la ciudad. Por reja tenéis el temor de Dios. Y por velo lleváis la santa modestia».

En definitiva, para Vicente de Paúl se ama o se traiciona a Dios en el hombre. Y se llega tarde a la cita con Dios cuando se llega tarde a la cita con el hombre. Por eso, él no cesa de repetir: «Hay que acudir a las necesidades de los pobres con la misma rapidez con que se corre a apagar el fuego…, porque no socorrer es matar».

Una parábola final

Alguien ha dicho que en la mirada de un hombre se encierra toda la fuerza de su existencia, que los ojos de una persona pueden llegar a ser una viva parábola de bondad o de maldad. Y ésta es, precisamente, la característica de Vicente de Paúl. En cualquiera de los viejos retratos que sobre él se conservan —el de Simon Frangois de Tours, el de Nicolás Pitau, el de Van Schuppen o el de René Lechon—, lo que más impresionan, sin duda, son sus ojos. Una mirada penetrante, escrutadora, con una gota de humor irónico. Una mirada inmensa donde caben todos los marginados de antes, de ahora y de siempre: donde las pupilas se hacen honradez, lealtad y cordial confianza.

Por eso, este santo no causa miedo como otros; ni tam­poco humilla a los simples mortales. Cuando se mira el mundo con sus ojos, uno se siente empujado a la libertad y a la lucha amorosa y coherente. Uno adquiere la certeza de no malgastar la vida al jugársela a la única carta válida: Cristo en la causa de los pobres.

Ahora, «este hombre que cambió casi totalmente el rostro de la Iglesia», como declaraba en su funeral monseñor Enri­que de Maupas du Tour, no tiene otra cosa que dejarnos más que su mirada defensora y creadora. No tiene otra palabra que legarnos más que la encarnada en los desdicha­dos. No quiere enseñarnos otro caminar más que el de sus grandes pasos para llegar allí donde alguien sufre, donde alguien reivindica un trozo de dignidad humana.

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