Vicente de Paúl, Documento 096: Diario De Los Ultimos Dias De San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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5 junio 1660

¿No le hablaba el padre Jolly, superior de Roma, en su última carta de las ordenaciones de allí?.

Aquí está su carta, donde nos dice que tienen para la ordenación de pentecostés veintitrés ordenandos, que lo hacen muy bien; pero lo malo es que esta obra tiene también sus contradicciones, y bastante grandes. Un cardenal me había dicho que los ejercicios pertenecían a su compañía, y esto mucho tiempo antes de la ordenación; y el ayudante del secretario me dijo que el mismo examinador le había dicho al secretario que no convenía obligar a que vinieran a la Misión tantas personas distinguidas y que había que hablar de ello al papa; me han dicho que así lo han hecho; pero el Santo Padre, convencido de los frutos de la ordenación, no ha querido cambiar nada. Son los padres jesuitas los que ponen estos impedimentos. ¿Qué es lo que haría en esta ocasión la miserable naturaleza y la misma prudencia?

1. Iría a quejarse a los padres de esa compañía, a todos ellos, o a alguno en particular.

2. Se quejaría de ello ante los amigos de los jesuitas, para que ellos lo hicieran y hablaran con esos padres.

3. Se lamentaría ante sus propios amigos, para servirse de ellos y de su autoridad.

4. Finalmente, se colocaría entre los adversarios de dicha compañía, tomando partido con ellos para humillarlos; pues ése es el camino que sigue la naturaleza y el mundo.

Obrar de otro modo, prescindiendo de las máximas del mundo, es ser un tonto, no tener caletre, no tener coraje, etc.

Pero como esas máximas no son más que arenas movedizas, mientras que las máximas de Jesucristo son rocas firmes y seguras, y la compañía tiene como principio y práctica inviolable seguir esas máximas, les ruego, padres, que nos mantengamos firmes en ellas y que no las abandonemos. Es algo inconcebible para la naturaleza, pero hemos de saber resistir y oponernos a ella.

1º  Así pues, no les digamos ni una sola palabra sobre ello a los jesuitas.

2º  Ni mucho menos a sus amigos.

3º  Ni una sola palabra a los nuestros.

4º  Ni tomemos partido; no solamente no tomaremos ningún partido contrario a esa Compañía, sino que por el contrario, siguiendo las máximas de Jesucristo, nos mostraremos favorables a ellos, procuraremos que los alaben, etc.; pues no sería suficiente con permanecer indiferentes ante ellos y decir: «Bien, ¡pase! Dejémoslo estar; ya habrá otros caminos para servir a Dios». Ese lenguaje sería de la naturaleza; hay que hacer algo más, pues hemos de procurar servirle de verdad y buscar y desear que se nos presente cualquier ocasión para ello.

Ese padre examinador ha dicho eso y cree él que es lo que debía decir, creyendo que obraba bien, ya que le costaba trabajo convencerse de que unos extranjeros como nosotros, casi paganos en Roma, ¡pues estamos tan alejados!, pudiéramos hacer algún fruto en esta clase de ocupación.

Una vez, en una contradicción semejante, me sentí movido por ese pensamiento, y con mucha fuerza; y todavía lo siento. Lo único que hemos de hacer es proceder con rectitud y obrar bien, y nos haremos a todo el mundo amigo y protector nuestro.

Me parece a mí, padres, que ésa tiene que ser nuestra actitud; pedirle mucho a Dios que nos conceda la gracia de caminar con tanta rectitud aquí, donde está el origen y la fuente, en Roma y en todos los demás sitios, siguiendo con fidelidad nuestras reglas y las máximas de Jesucristo, que el mundo no encuentre nada que replicar, acordándonos de Jesucristo, que dijo: posui te in signum cui contradicetur. ¿Pero qué digo, miserable de mí? ¿Cómo me atrevo a poner esa comparación? ¡Perdón, Salvador mío! Así pues, padres,  portémonos como es debido.

Una hija de la Caridad de la casa de al lado no quiere tener a tal padre de la compañía como director; dice que no está dispuesta a ello y que no tratará con ninguno de aquí, sino con un sacerdote externo, a pesar de que se le ha prohibido hacerlo así, llegando a figurarse y a decir que los de aquí no le guardarían el secreto. Hace cuatro años que se obstina en ello. Es sobrina del padre Gautier, el misionero.

Dígale al padre d’Hauteville que ese espíritu no es bueno, que ella seguirá obstinándose en lo mismo y que incluso no conseguirá así su salvación, y que la despidan cuanto antes.

Hay otra, que ha llegado de Bretaña hace diez días, que tiene la misma ocurrencia; pero quizás se le pase.

Empieza demasiado pronto a obstinarse en sus ideas; creo que habría que despedirla.

6 junio 1660

El señor presidente de Nesmond y el señor abad le habrán hablado detalladamente de nuestros asuntos.

Nuestra conversación ha sido muy larga. Pero creo que es mi obligación decirles lo que se ha tratado, para que la compañía no se guíe por esa máxima tan digna de lástima en su conducta. Hemos hablado de hacer justicia; él tomó la palabra para decir: «Es imposible hacer justicia y proceder con justicia en muchos asuntos. No hay más remedio que cortar por lo sano y decidir a ciegas al pronunciar sentencia, o pasarse una semana entera con un asunto y poner de acuerdo a las partes. Y creo que ha sido ventajoso que se decidiera en contra; la mayor justicia ha sido salir de eso; pues aunque todos los jueces estuviesen durante cuatro horas estudiando y resolviendo lo que se ha resuelto y pronunciado en un momento, no llegaríamos a ver el fondo ni la verdad del asunto; y así se ha terminado todo y así es como se ha decidido».

Bien, padres, hemos de poner mucha atención en esta máxima, a fin de resolver una vez más arreglar los asuntos y llevar a cabo nuestros negocios por nosotros mismos. La compañía, padres, tiene que aprovecharse de este consejo que Dios nos ha querido dar; es verdad; todos se quejan de que deciden y proceden con demasiada rapidez; y ellos mismos no sólo lo reconocen, sino que lo han convertido en norma; más aún, están convencidos de que no pueden obrar de otra manera.

La madre de un joven que está de retiro, al saber que está aquí, ha venido a pedir que se le retenga y se le encierre con los pródigos y libertinos.

Como él ha venido por propia iniciativa al retiro, hay que decir a su buena madre que no puede hacerse eso y que nunca se hace; además, eso sería echar a perder los frutos del retiro y resultaría antipático. Dígale que no es posible.

7 junio 1660

Están presentes los padres Alméras, Berthe, Gicquel.

Tenemos hoy treinta y cuatro ejercitantes, como nunca se ha visto, y hemos tenido que dejar para otra ocasión a tres o cuatro; si usted no lo arregla, podrían llegar hasta ciento; aparte de los gastos, no tenemos suficientes camas ni directores; y a la mayoría hay que darles como directores a estudiantes Jóvenes.

Lo arreglaremos y fijaremos el número en veinte. Como la caridad es una virtud, tampoco quiere que nos excedamos.

Tenemos muchos motivos para humillarnos y creer que Dios ha tenido en cuenta la fidelidad que en ello hemos puesto, sin la cual no nos daría ese afecto que se siente por nuestros retiros; con esta idea tiene que considerarse dichosa la compañía. Cuando llegue a consumirse y reducirse a la nada por hacer el bien, entonces es que habrá hecho todo lo que pretendía hacer. Consumirse por Dios, no tener bienes ni fuerzas más que para gastarlos por Dios, es lo que hizo nuestro Señor, que se consumió por amor a su Padre.

He dicho muchas veces que nosotros no hemos pedido ni rechazado nada, que sólo hemos querido servir a Dios y no hemos rechazado nada. Esto pide una explicación: pienso en lo que era imposible, en lo que estaba más allá de nuestras fuerzas. Por ejemplo, el rey y el parlamento nos habían concedido la dirección del hospital mayor de París, pero lo hemos rehusado porque eso excedía nuestras fuerzas. La virtud judicium diligit, no puede haber excesos ni en poco ni en mucho.

Los padres de la comunidad y parroquia de San Nicolás han obtenido del rey la mitad de los muebles del señor arzobispo de Trebisonda, que murió en brazos del padre Watebled, superior de Bons-Enfants, a quien le había entrega do de palabra 1.000 libras, que él le guardaba. Esos padres exigen las mil libras y parece ser que podría indicárseles la intención del difunto y quedarnos con ellas.

El difunto había entregado esa cantidad en depósito y tenía un recibo por el que se demostraba que las había entregado en depósito. Dios no ha querido que os diera ese recibo, a pesar de lo que él dijo, pues podría haber escrito o hecho algo para ello. El rey, verdadero heredero y dueño de esos bienes, los da; ellos tienen derecho en conciencia y legalmente y ustedes no tienen ningún documento legal. Hay que dárselas y de buena gana. Existe mucha amistad entre nosotros….

Miércoles. 15 septiembre 1660

Ha determinado usted nombrar hoy a la superiora de esas buenas hijas de la Caridad. ¿A qué hora? ¿Quién será? ¿Cómo desea usted que ellas la reciban y que reciba ella a las demás?

Padre Dehorgny, reúnalas usted y, después de la conferencia, anúncieles la elección que Dios ha hecho de la [Margarita Chétifl] como superiora, diciéndoles luego que todas le besarán la mano en señal de acatamiento y ella las abrazará; observe usted un poco la cara y la actitud de la comunidad y sobre todo las de las dos o tres que eran antes las encargadas y que quizás pensaban en serlo.

Todavía no se les ha avisado de las tres que tienen que ir a Polonia, cuándo le parece a usted bien que se les avise?

Ya va siendo hora; avíselas hoy. Esas pobres hijas tienen una sumisión y prontitud admirables, y no hay más que decírselo.

La hermana que ha sido nombrada superiora no hace más que llorar todo el día, y también otras varias. Le cuesta someterse a ejercer ese cargo.

¡Dios sea bendito por esa disposición! Ya se le pasará.

Las que han sido nombradas para Polonia están dispuestas y sólo preguntan cuándo tienen que partir.

Dígales que será el próximo viernes. ¡Bendito sea Dios, que ha dispuesto de este modo el corazón de esas pobres hijas! ¡Enviar a unas mujeres a Polonia! ¡Y ellas tan decididas! Es preciso que hable con ellas y que les pinte las cosas tal como las encontrarán allí y que les diga sobre todo qué es lo que tienen que hacer con la reina y el rey, con los sacerdotes de la Misión, con los pobres, con las niñas, etc.

Jueves, 16 septiembre 1660

El señor obispo de Narbona desea fundar un seminario; ha mandado que se haga la unión de la iglesia y la parroquia de Nuestra Señora la Mayor con el seminario para preparar allí a los eclesiásticos en sus funciones.

Podrá recibirse la parroquia con el seminario, aunque esto vaya algo más allá de los propósitos de nuestro instituto, que no debe confesar en las ciudades donde haya obispado, etc.

Pone dos o tres condiciones para la unión: la primera, que él podrá devolver a los sacerdotes cuando le parezca bien, y usted estará obligado a proporcionarle otros; la segunda, que no dispondremos nosotros de renta más que en provecho del seminario, a no ser con su consentimiento o el de sus sucesores; esto parece aludir a cierta obligación de dar cuentas, lo cual va en contra de nuestras prácticas.

Indíquele que ni en Francia, ni siquiera en Roma, tenemos esa costumbre, sino que seguimos el uso contrario; suplíquele que acepte, si tenemos el honor de servirle, que lo hagamos de la manera con que lo hacemos en todas partes, y que se atenga a eso.

Pero, padre, si él despidiera a los misioneros con el consentimiento del general o del visitador, esto suavizaría las cosas.

No hemos de abrir brecha alguna en esta norma, bajo cualquier condición que sea.

Pide dos misioneros, con los otros tres, y un coadjutor, para dar las misiones y hacer visitas que ha indicado ya,  teniendo en cuenta la promesa que usted le ha hecho de enviárselos.

Habrá que darle al padre Delespiney, que está muy cerca, en Marsella, y al hermano Parisy, que no es todavía sacerdote, para que lo ordene. Está ya preparado. Preséntele excusas y dígale que no tenemos personal suficiente.

El señor obispo de Montauban traslada la fundación del seminario de Montech a su ciudad y lo incorpora a la Misión, concediendo a los misioneros la dirección en lo temporal y espiritual y la facultad perpetua de dar misiones en su diócesis.

Escríbale que con todo el respeto posible le agradecemos que haya aceptado nuestros pobres servicios y que haya elegido a nuestras indignas personas; que le enviamos la aceptación debidamente firmada, tal como nos lo ha ordenado.

Los señores canónigos, que venden la finca donde habrá de construirse la iglesia y el seminario, ponen cuatro condiciones:

1º  que asistamos corporativamente a las procesiones generales;

2º  que pidamos permiso para llevar en ellas la cruz;

3º que no administremos los sacramentos más que a los de casa y a los del seminario;

4º  que sólo enterremos allí a los de casa y a los del seminario; pero en esto no insisten mucho.

En cuanto a las dos primeras condiciones, son una carga y un estorbo y suelen perturbar los ejercicios del seminario; no podemos aceptarlas. Las dos últimas pueden aceptarse perfectamente; nos someteremos a ellas de muy buena gana, ya que es también lo que solemos hacer.

Las piernas del padre Vicente han estado ocho o diez días sin manar y no han aumentado sus dolores. Los últimos tres días empezaron a manar y echaban trozos de pus tan gruesos como un dedo.

Está abajo el señor Manchon, el segundo predicador del padre…, que acaba de terminar esa famosa y brillante misión del barrio de Saint-Germain; dice que le envía el señor príncipe de Conti a pedirle misioneros para trabajar en la diócesis de Narbona con ellos y con algunos otros que lleva para allá el señor príncipe.

Dígale que lo siento mucho, que no estoy en disposición de hablar con él y que, en cuanto a la propuesta del señor príncipe, enviaré mañana al padre Berthe a que le indique qué es lo que podemos hacer, a que le renueve, etc., y le informe que encontrará en Narbona a algunos misioneros que le hemos enviado al señor obispo, para trabajar en donde desee emplearles. Confieso que los espíritus de esos buenos señores me parecen muy decididos y animados. Dios sea nuestro todo y nos conceda persona así en la compañía.

¿Cuánto dinero les damos a los cuatro que marchan mañana para Polonia?

Cien escudos aquí y una carta de crédito para Rouen, a fin de que tomen allí otros tantos, en caso de que la reina no haya ya dispuesto todo para el embarque.

Viernes, 17 septiembre 1660

¿Cuál será el tema de la conferencia para esta tarde en la compañía?

Téngala sobre el retiro. Tres puntos: 1º  motivos para hacerlo bien; 2º  de dónde procede que se saque poco provecho; 3º  lo que hay que hacer antes, durante el mismo y después.

El padre Talec, superior de San Carlos, después de haberse purgado aquí en la enfermería, pide permiso para ir unos días a Rougemont a tomar aires y fuerzas.

Es justo; ha estado trabajando todo el año. Denle un alumno que vaya con él, y que el procurador les dé lo necesario.

El señor abad de Saint-Jean no se encuentra bien; si usted se lo ordenase, iría seguramente.

Temo que, al estar tan débil y con el pecho oprimido, se ponga peor. Pero véale y, si usted puede convencerle, hágalo; en ese caso, envíe también a un hermano, que se encargue de la cocina.

Sábado, 18 septiembre 1660

El padre Watebled, superior de Bons-Enfants, pide un regente y un procurador en lugar del padre de Briere.

He oído que la escolástica que se enseña en BonsEnfants resulta poco útil, e incluso nada; he pensado en quitarla, tanto más cuanto que del colegio se va a Navarra o a la Sorbona a estudiar escolástica; por eso hay que tener dos clases de moral y ejercitarse en la práctica de las funciones. Sé que eso le molestará al padre Watebled; pero ¡qué le vamos a hacer! ¡Hay que ir a lo útil!

Hay en París cuatro casas que hacen lo mismo: el oratorio, San Sulpicio, San Nicolás du Chardonnet y esa miseria de Bons-Enfants. Los de San Sulpicio tienden y hacen todo lo posible por elevar los espíritus, por desprenderles de los efectos terrenales, por llevarles a las grandes luces y a los sentimientos elevados; vemos que todos los que han pasado por allí tienen mucho de eso, disminuyendo en unos y aumentando en otros; y no sé si ellos enseñan escolástica.

Los de San Nicolás no elevan tanto, pero tienden al trabajo de la viña, a hacer hombres que trabajen en las funciones eclesiásticas, y para eso se fijan: 1º  en hacer siempre prácticas; 2º  en ser humildes, barrer, lavar los cubiertos, fregar, etc.; humildes; y así disponen de medios, ya que la mayor parte están gratis; y por eso lo hacen bien.

Sábado, 18 septiembre 1660

El Oratorio, dejémoslo; no hablemos de eso.

De todas esas cuatro casas la que tiene mejores resultados, sin duda, es la de San Nicolás, en donde son todos como unos pequeños soles; nunca he visto a nadie que se queje de ellos, sino que edifican a todos.

Esa es, pues, la más útil; y hemos de procurar imitarles en todo. Ya sabe usted que no enseñaron jamás escolástica, sino solamente moral y conferencia de prácticas; por eso yo me inclino mucho a pedirle a Dios que nos dé la gracia de seguirles.

El padre Vicente comulgó toda la semana, excepto hoy, en la misa de la capilla, y ha estado mucho mejor que la anterior, aunque la partida para Polonia, la elección de la superiora de la Caridad y la salida de algunos sacerdotes de la casa le obligaron a trabajar más.

Domingo, 19 septiembre 1660

El padre Watebled, superior, pide que se le retire al padre Le Vazeux, antiguo, que está en Bons-Enfants, donde lo estropea todo: desorden, maledicencias, murmuración continua y siempre con ganas de salir.

Ese pobre padre causará molestias a la Compañía, hay que acudir a Dios y rezar por él. Escríbale que vamos a empezar el retiro y que venga a hacerlo aquí.

El padre Le Vazeux se ha extrañado de que le mande venir usted; al ver que usted acaba de despedir a otro menos culpable, ha tenido miedo y le ha rogado al padre Watebled que venga a traerle una carta y a decirle que no lo despida usted, sino que él se retira:

1º  porque su padre es anciano y su familia está arruinada, al no tener recursos; 2º que siempre ha sentido mucha aversión por nuestros votos, que él cree que van a ser la pérdida de la Compañía; 3º  en una palabra, que no puede ya continuar ni seguir las reglas de la comunidad y que hace ya ocho meses que no encuentra descanso.

¡Salvador mío! ¡Qué gracia nos has concedido al librarnos de ese espíritu, brillante hasta ser orgulloso y altanero! Padres, hemos de dar muchas gracias a Dios. Les pido que, especialmente en la santa misa, le demos gracias, le adoremos y nos mostremos muy reconocidos a Dios.

¡Dios mío! ¡Qué bien sabes conducir tu obra! ¡Qué bien das a conocer que eres tú quien la diriges! Padres, una vez más, démosle gracias.

Le contesto que le dejo marchar de buena gana; consiento en que se retire para que pueda encontrar alivio y descanso.

El padre Vicente, durante los cuatro o cinco días siguientes, repitió con frecuencia en todas las reuniones: ¡Cómo hemos de dar gracias a Dios por habernos librado, etc.!

Domingo, 19 y 26 septiembre 1660

Aquel día entré de ejercicios espirituales y estuve hasta el día 26, domingo; aquel día, el padre Vicente hizo que le levantaran y vistieran, aunque ya estaba un poco amodorrado; se hizo llevar a misa, donde aumentó su sopor, de forma que cuando volvió el médico juzgó que estaba en peligro. Le dieron una purga suave, y después de comer aumentó el mal, de modo que a las seis y media el padre Dehorgny le administró la extramaunción, en presencia de los padres De Beamont, Bajoue, Maillart, Gicquel y otros.

Después de entrar todos, el padre Dehorgny le pregunto:

Padre, ¿desea usted recibir los últimos sacramentos? Sí. ¿Cree usted todo lo que la iglesia dice?

Sí.

¿Cree en un solo Dios en tres personas, Padre, Hijo y Espíritu santo?

Sí.

Aunque hacía grandes esfuerzos para poder responder como es debido, no podía pronunciar más que dos o tres palabras inteligibles; lo demás no se le entendía.

Se continuó con las preguntas ordinarias.

¿Le pide usted perdón a todos?

Con todo mi corazón.

¿Perdona usted a todos?

Nunca nadie…; queriendo decir: me ha ofendido.

Luego, todos los actos de fe, de esperanza, de confianza, de arrepentimiento, de ofrecimiento y de amor.

Padre, vamos a decir el Confiteor por usted; usted diga solamente mea culpa, golpeándose el pecho.

Y reuniendo todas sus fuerzas, dijo el Confiteor entero.

Luego empezaron las unciones y él respondía: Amén.

A cada unción, hacía un esfuerzo por escuchar y respondía: Amén, pero muy bajo.

Al final de la administración, se recuperó un poco y, levantando los ojos, miró a todos los que estaban presentes con un rostro alegre.

Le pedimos su bendición para todos sus hijos, y él respondió:

No es a mí…

Y queriendo hablar y decir que era indigno, volvió a caer en sopor y se quedó en ese estado, sentado, con la cabeza apoyada en una almohada, sostenida por uno de nuestros hermanos, Prévost, Survire o Ducournau, durante toda la noche, ya que la cabeza se le caía hacia adelante durante su sopor.

A eso de las nueve de la noche, los padres Bécu, Grimal, Boucher y otros antiguos acudieron a su lado. Cada uno le dijo unas palabras: Paratum cor meum, y él las repitió.

Otra última cuestión. Los padres Dehorgny y Berthe le piden su bendición para todos sus hijos, amigos y bienhechores, y él responde: «Dios os bendiga»; y lo dijo con claridad.

Sus hijos, consolados por esta bendición, se retiraron y salieron de la habitación, donde estaban todos de rodillas, parte en oración, pero la mayor parte de ellos con sus ojos puestos en aquel amable padre.

De cuarto en cuarto de hora, y a veces de Miserere en Miserere, el padre Gicquel o el padre Berthe le dicen: Mater gratiae, mater misericordiae. Y él repite: Mater gratiae, etc.

En todo esto demuestra un gran gozo y repite siempre: Deus, in adjutorium meum intente, etc.; y luego, otras veces: Mater Dei, memento mei, y las repite.

Hacia las once de la noche, le entró un gran sudor que lo dejó empapado; inmediatamente después se retiró el pulso; aquel sudor cambió y se hizo frío; se llamó a los padres Berthe, Boucher, Dehorgny, Bécu, y Demonchy. Se le hizo la recomendación del alma. Gicquel le gritó: «Jesús»; y él repitió: «Jesús». Deus in adjutorium, etc.; y él repitió muy bajo: Deus in adiutorium.

Aquel frío pasó y su pulso se recuperó un poco.

Le presentaron un poco de zumo de naranja y cerró los dientes.

Le pusieron en la boca un poco de mermelada, y poco después la vomitó. El hermano Alejandro le sopló en la nariz un poco de polvo cefálico para despertarle. Esto le hizo estornudar y usar la palangana. Luego volvió a adormecerse.

El padre Dehorgny le dijo: Propitius esto; y el repitió: Propitius esto.

Pasando un cuarto de la media noche, el hermano Nicolás Survire le dijo en voz alta: «Padre».

Con aquella palabra se despertó y mirando dulcemente al hermano le dijo: «Bien, hermano mío»; y luego se durmió.

A la una y media, se le pidió por segunda vez la bendición para la familia y respondió: «Dios la bendiga», levantando la mano; y dijo: «Qui coepit opus perficiet».

El padre Dehorgny le pide por las conferencias y por los eclesiásticos que asisten a ellas; y él respondió: «Sí».

Por las damas de la Caridad.

Sí.

Por los niños expósitos.

Sí.

Por los pobres del Nombre de Jesús.

Sí.

Por los bienhechores y amigos.

Sí.

A las dos vino un nuevo sudor; estaba rojo y como lleno de luz, y luego blanco como la nieve.

El padre Gicquel le decía con mucha frecuencia: Deus in adjutorium; él despertándose le dijo: «Ya basta», queriendo indicarle que le hablaba demasiado y que esto le distraía; pues parecía como si pensara en algo, aunque estaba medio dormido.

Le dijeron: Credo in Deum Patrem; y él repitió: Credo,besando el crucifijo.

Credo in Jesum Christum; y respondió: Credo, besando de nuevo el crucifijo.

Credo in Spiritum Sanctum; y dijo: Credo, y los demás artículos.

Le dijeron: Spero; in te speravi; in Domino confido; y él respondió alegremente: Confido, besando el crucifijo.

Hacia las tres y media, se le acercó el padre Berthe y se retiró el padre Gicquel.

El padre Berthe le dijo: In manus tuas; y él repitió: In manus tuas, etc.; In manus tuas…

Un poco antes de las cuatro, un nuevo rubor brillante y agradable le cubrió el rostro, que parecía todo de fuego; luego volvió a ponerse blanco como la nieve; al verle ya cercano a la muerte, se le repitió: Deus in adjutorium, etc.; y él repitió con esfuerzo, sin cerrar ya los labios, sino moviéndolos solamente: Deus in adjutorium, etc.

Le dijeron: «Jesús»; y él repitió: «Jesús», de la misma manera, moviendo los labios.

Aquel último ataque aumentó y hacia las cuatro y media entró en los últimos esfuerzos de la agonía, que duró hasta los tres cuartos, pero sin convulsiones, síntomas ni boqueadas.

Expirando, entregó en manos de nuestro Señor su hermosa alma, quedando sentado, como estaba, más majestuoso, hermoso y venerable que nunca.

Murió en su silla, totalmente vestido, cerca del fuego.

En aquella misma hora, el padre Berthe entregó a los padres Bécu y Dehorgny las dos llaves del cofre secreto en presencia de los padres Maillart, Demonchy, Gicquel, Boucher, Grimal, etc.

Después de rezar las oraciones, se retiraron; y los hermanos Alejandro, Dubourdieu, Lanier y Survire le amortajaron, estando presentes…

Se puso su cuerpo en la cama. Seis personas con sobrepelliz, a ambos lados del lecho rezaban el oficio de difuntos de día y de noche.

Aquel mismo día acudieron varios presidentes y consejeros, con lágrimas en los ojos.

En el llamado acto de obediencia se ordenó a todos los padres que no eran del seminario que acudieran a la una a la enfermería de San Lucas.

A la una empezó la reunión el padre Berthe, con la asistencia de unos cuarenta sacerdotes. Se leyó el artículo de las constituciones para la elección del vicario general.

Se mandó traer las llaves y se abrió el cofre públicamente. Se abrió el cofre secreto que contiene la nota secreta de nombramiento de vicario general.

Se reconoció el sello del padre Vicente.

Se leyó la nota del padre Vicente, en donde se nombraba vicario general al padre Alméras. El padre Alméras expuso su incapacidad y sus enfermedades.

Se pidió entonces que cada uno votara sobre su parecer. Todos estuvieron de acuerdo en que lo sea. Se mostró muy preocupado, se puso de rodillas y dijo que no se trataba de una debilidad cualquiera, sino que estaba muy enfermo. Se puso de rodillas. Insistió, diciendo que era incapaz y que, según las constituciones, eso era un impedimento. Entonces volvieron a recogerse los votos, para ver si le impedía ejercer el cargo la enfermedad que alegaba.

Todos fueron del parecer que no y que debía aceptar. Finalmente, de rodillas, inclinó la cabeza y se sometió, acabando con la antífona y la oración, dando o mejor dicho implorando la bendición de nuestro Señor: Benedictio domini nostri Jesu Christi descendat super nos et maneat semper, etc.

Se comunicó a todos esta noticia.  Se dispuso el entierro con toda sencillez, para el martes, a las nueve, se empezó a las diez, en presencia de muchos sacerdotes, abades y seis obispos, el señor príncipe de Gondi, etc.

Le enterraron debajo del águila, en un ataúd de plomo, dentro de otro de madera, en una tumba de mampostería.

Sobre el ataúd de plomo se colocó una placa de cobre, en donde se leen estas palabras: Vicentius a Paulo, presbyter, institutor seu fundator et primus superior generalis Congregationis Missionis, obiit die 27 septembris, anno Domini millesimo sexcentesimo sexagesimo. Sus entrañas están en la nave, en tierra, encerradas en un cofre de estaño, cerrado con una tira de hierro, en el mismo centro del tabique de la balaustrada, a la parte derecha de donde se juntan las dos puertas de dicha balaustrada hacia la parte de la nave.

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