Padre:
He recibido dos cartas suyas a la vez, una sobre la salida del padre Fondimare, la respuesta del hermano Doutrelet, la opinión del señor de Restal sobre nuestras reglas y especialmente el juicio que se tiene de los votos; y la segunda referente a que le descargue de la ocupación que usted tiene.
Empezaré diciéndole que hay que someterse a la disposición de la Providencia a propósito de las entradas y salidas de la compañía e imitar la aceptación de la voluntad de Dios que se ve en Nuestro Señor, al verse desamparado de la divina compañía de su Padre; y que según esta voluntad, él hace y conduce siempre las cosas para su gloria y el bien de las personas afectadas. Así pues, hemos de ver la salida de esas personas como un bien para la Compañía y quizás para ellos mismos.
En cuanto a Doutrelet, ya sabe usted por él mismo la razón por qué no quiere renovar los votos; si sigue en esta actitud, despídale cuanto antes, suponiendo que lo apruebe Su Santidad. Por lo demás, hay que someterse a la voluntad de Dios, que permite todo esto para que subsista la Compañía, y creo que esto, junto con los diversos juicios que se han dado sobre este asunto, le tiene que hacer aceptar este resultado lo antes posible.
Se dice que al papa no le gusta el estado religioso. Muy bien; pero quizás, considerando que nuestros votos no nos hacen religiosos, los aprobará, sobre todo si la cosa depende de él (esto es, de su disposición); y será conveniente darle a entender que será difícil que pueda subsistir la Compañía en medio de las ocupaciones tan diversas, importantes, difíciles y complicadas que tiene. La diversidad se ve en que se entrega al servicio del pobre pueblo y al de los eclesiásticos, tanto por medio de los retiros a los que van a recibir las órdenes, como por medio de la atención a los muchachos que aspiran al estado eclesiástico en el pequeño San Lázaro, en el de Saint-Méen y Le Mans, los dos que van a empezar juntos en Agen, Y finalmente por medio de los ordenandos. En cuanto a las misiones del campo, ya conoce usted la diversidad, la rudeza y la importancia de unas y de otras. ¡Y es preciso conservar a unos hombres libres en medio de tan rudas e importantes ocupaciones! Añada la de Berbería, Persia y la Arabia Feliz, adonde nos envía la Propaganda, y la de Madagascar. Observe, padre, cómo es muy difícil que pueda subsistir con seguridad en medio de ocupaciones tan difíciles. Y si Su Santidad o la Congregación a la que encomiende el estudio de este asunto no aprueba estos votos simples, que nos haga el favor de darnos un medio para ello. La congregación está regida por Su Santidad; le toca a él darnos los medios para subsistir, si no le parece bien el que nosotros le proponemos. Y si después de todo ello no lo acepta, tendremos que someternos a quedarnos en una simple congregación bajo sus leyes. Nos someteremos a ello, y quizás la experiencia les haga reconocer la necesidad que tenemos. Y si Su Santidad lo acepta y aprueba lo que hemos hecho, esto hará cesar todos estos pequeños contratiempos y estos pretextos para abandonar la vocación.
Me olvidaba de decirle, a propósito de Doutrelet, que no me acuerdo si se le dio su título de la casa, pues si es así habrá que ver la manera de descargarlo de él. El padre [Carcireux] nos hizo firmar que tenía que pagarle el suyo, junto con los atrasos…, con el pretexto de la obligación que asumimos de mantenerle en él (o sea, de conservarle la posesión). Fíjese en nuestra negra ingratitud y en lo que habrá que hacer con el dicho Doutrelet.
Por lo demás, me parece que se ha excedido usted en lo que le ha dado el padre Fondimare. ¿Por qué tanta generosidad con los que desertan de la Compañía? Pase con los que se despide; ¿no basta con darles ocho o diez escudos todo lo más? Será conveniente que se lo comunique esto a la familia, para que sepa a qué atenerse. Los padres jesuitas no les dan nada a los que se salen, ni los padres del Oratorio, ni ninguna Orden, que yo sepa.
En cuanto a nuestras reglas, me parece que es necesario que empiece usted haciéndolas aprobar o, al menos, la de los votos y la del generalato perpetuo para los que vengan detrás de mí. Y si resulta tan difícil lograr que se acepten todas las reglas, habrá que reducirlas a estos resúmenes que usted me ha enviado, añadiendo los dos puntos que acabo de indicar. En nombre de Dios, padre, no pierda el tiempo en todo esto.
Pasemos a su última carta. Le aseguro que me ha hecho pensar mucho en los motivos que puede haber tenido usted para pedirme que le descargue de sus ocupaciones. A veces el corazón me ha dicho que había querido usted imitar a los padres Dehorgny y Codoing, que pidieron como usted dejar el cargo de superior; otras veces, que usted creía que su conducta era la causa de la salida de esos padres; y otras, que no se trataba de nada de eso, sino que la verdadera causa es cierta inteligencia particular que yo tendría con el padre Dehorgny, de la que no le habría dado a usted ninguna explicación; que los paquetes de cartas que le escribí al padre Dehorgny le hacen pensar a usted que trato con él ciertos asuntos de los que ni él ni yo le damos cuenta, por no tener confianza en usted.
Le diré, en cuanto al primer punto, que si es ésa la única razón, no tengo por qué preocuparme, sino alabar a Dios porque no hay ni un solo superior que no quiera ser relevado de su cargo; en cuanto a lo segundo, que nunca se me ha ocurrido tal cosa, sino todo lo contrario, y que le doy gracias a Dios por su acierto en gobernar y le pido que lo siga bendiciendo; en cuanto a lo tercero, le diré que el asunto que trataba con él es de tal naturaleza que no hay ninguna persona en el mundo con el que pueda tratarlo, ni siquiera con el padre Lamberto, que es mi asistente y en el que tengo plena confianza, lo mismo que con todos aquellos con quienes trato. Pero no he hablado de ello con nadie de la Compañía y le he rogado a él que no hable tampoco. Se trata de la salvación y de la reputación de una persona que no desea que se hable con nadie más que con él. Esa es, padre, la naturaleza del asunto que trato con él. En nombre de Dios, padre, esté seguro de que no hay una sola persona en el mundo en la que Dios me haya dado más confianza que usted, y ninguna a la que estime tanto. Así pues, le ruego que coloque ese pensamiento entre los que el espíritu maligno le inspiró cuando estaba usted enfermo; le aseguro que todos ellos proceden de la misma fuente y tienden al mismo fin; se lo aseguro en presencia de Nuestro Señor, en cuyo amor soy…
El padre Brisacier siente aversión a los votos; me ha hablado de ello en varias ocasiones. Sin embargo, se quedó tranquilo cuando le dije que no pretendíamos entrar en el estado religioso. Me ha dicho que podrían emplearle ahí en los asuntos del rey; si así se hace, habrá que tener cuidado con él. Podría usted decirle algo de ello, como idea suya; hemos de poner mucho interés con los de la Congregación. Bastará con que dirija usted sus tiros hacia ese lado y que haga intervenir al señor embajador con Su Santidad. Ya se ha hecho así por otro medio. Y si el señor embajador no es muy bien visto por Su Santidad, bastará con que él inicie el asunto y haga usted sus gestiones particulares, no tanto por medio de razones como por medio de recomendaciones con esos señores, y sobre todo con los franceses. Mitte sapientiam et nihil deerit.







